LA NOCHE DE TODOS LOS SUEÑOS

Final del verano y comienzo del curso

Cada noche duermo peor, o cada vez son más las noches que duermo mal, parecen frases gemelas, pero esconden sus diferencias. Como los gemelos, o los mellizos, que siempre dudo en el término. Esas pecas, esa nariz más gruesa, esas orejas de soplillo. Siempre hay una diferencia, leve o gruesa, pero diferencia. Lo del dormir mal, poco también lo englobo en el mal, debe ser una cosa de los años, de cumplirlos, y tal vez por eso no lo llevamos tan mal -perdón por tanto mal-. Perdemos la tersura, la elasticidad y el sueño, qué cosas, con el paso de los años. Menos mal que no perdemos las ganas (en ganas cabe todo, o casi). Cada nueva vela que añadimos a la tarta, unos minutos menos de sueño. Y aunque en el global te acostumbras, en la noche, cuando sucede, lo entiendes como algo nuevo. Mirar la pantalla del móvil y descubrir que son las cuatro y veinte de la madrugada. Esa es una de mis horas fetiches, que he padecido en mis noches de los últimos meses. Ha sido tan frecuente, tan reiterado, que cuando el reloj ha sobrepasado el umbral de las seis lo he sentido y celebrado como un auténtico éxito, como una anomalía. Es como un insomnio invertido, porque caigo redondo en la cama, desfallecido, apenas unos minutos tardo en dormirme. Y en soñar. Porque en los últimos meses, tal vez coincida con el inicio de esta mierda de pandemierda, he vuelto a soñar. Pero a soñar como lo hacía en la infancia: larguísimos sueños, repletos de aventuras, surrealismo burbujeante, abstracción de colores exagerados y situaciones imposibles, que puedo recordar perfectamente cuando despierto. Puedo contarlos cada mañana, como el que cuenta la última farra, viaje o conquista.

Debería dedicar todas las mañanas unos minutos a anotar en una libreta el sueño de la última noche. Un diario de sueños. No de ilusiones, o esperanzas. No, de sueños, sueños verdaderos. Los que llegan cuando cierras los ojos y tu mente es un caballo sin montura ni jinete en una interminable pradera. Tal vez los sueños representen el punto más cercano en el que nos llegamos a encontrar de la verdadera libertad. Cuando era niño, si despertaba tras haber transcurrido la noche en un sueño placentero, volvía a cerrar los ojos y deliberadamente proseguía con el sueño. Como si se tratara de una película, filmaba en mi interior la segunda parte, la secuela, y durante unos minutos creía que el sueño había regresado. Muchas veces fueron como un western actual, pero sin sangre, sin muertos, sin tragedia, aventuras para todos los públicos, que llegaban a conseguir que me despertara cansado, como si en realidad hubiera saltado y corrido como lo había hecho antes, en mis sueños. Todos tenemos sueños que no podemos contar, que no nos gustan. Esa sensación angustiosa de despertar y durante unos minutos dudar de lo que es real y no. Y te preguntas si fuiste capaz de tal y cual cosa, o si realmente te pasó eso que soñaste. Y buscamos significados a esos malos sueños como el que se busca un bulto en el cuerpo, necesitado de explicarse.

En ocasiones he utilizado los sueños como material narrativo. Sí, hay capítulos, escenas, que las he soñado previamente. Puede que eso sea jugar con ventaja. Y normalmente mis personajes son soñadores, y normalmente cuento lo que sueñan. Igual que como vestimos, lo que comemos o lo que consumimos culturalmente, lo que soñamos también nos define. Por eso tal vez los sueños deben entenderse como autoficción, aunque yo prefiero que no, que se nos está yendo de las manos, y a este paso hablaremos de metaautoficción en poco tiempo. Y no todas las vidas son interesantes de contar, compartir. Y no son tan especiales como nosotros creemos, aunque nuestra soberbia o ego nos digan lo contrario. Los sueños sí son otra cosa, están hechos de otro material, no sé si más resistente, volátil o inexplicable. Da igual, siguen siendo la magia que aparece cuando cierras los ojos y tu mente te ofrece todo eso que la realidad te niega. La noche de todos los sueños posibles, como presagio o terapia, como un camino sin árcenes, que conducen a esa cima que nunca llegamos a conquistar.

MÁS POESÍA

Llega la primavera y celebramos el Día de la Poesía, que muchos consideran como algo ñoño, cursi y hasta desfasado. No sé por qué, pero desconfiamos y hasta nos burlamos de los días en los que se celebran cosas positivas, cosas bonitas. Emplee el adjetivo bonito sin pudor, que no pasa nada, nadie le multará, ni le sancionará y con frecuencia representará con bastante exactitud un acontecimiento, realidad o cosa concreta. Es bonito que le dediquemos un día a la poesía, y que las redes se llenen de poemas y más poemas, y que recuperemos algún autor que nos emocione y lo compartamos. Es bonito, sí. Yo procuro leer poesía todos los días, todas las noches antes de dormirme. A veces lo hago como terapia, sobre todo cuando acaban esos días feos y duros y amargos y jodidos en los que te quedas sin fuerza. En esos días, puñeteros días, un poema puede ser una hebra de esplendor, un momento de calma, de ocupar tu mente con algo que no tiene la textura del fango, y eso es mucho. Muchísimo. Uno de esos días, eso es impagable. Por eso yo celebro el Día de la Poesía con todos sus perejiles, a boca llena, con alegría y devoción, porque es un ámbito importante de mi vida. En la poesía he encontrado muchas preguntas, pero también he encontrado muchas respuestas. Me ha enseñado a contemplar y ver el mundo, y sus pobladores, con otros ojos. Renovados, limpios. La primera imagen no es la certera, tampoco la segunda o la tercera, hay que saber mirar dentro, más allá de las pieles, los prejuicios, los pudores y los conceptos. En la esencia. Porque la poesía desnuda lo verdadero, lo muestra, como un tesoro delicado y luminoso, que nos deslumbra entre las manos.

Las turbulencias de Dylan Thomas, el fulgor estelar de Cernuda, la real pulcritud de García Casado, la sensibilidad íntima de Julia Uceda, la exactitud de Carver, la normalidad de Ángel González, la solemnidad de Aleixandre, el largo aliento de Claudio Rodríguez, la sinceridad de María Victoria Atencia, la belleza total de García Baena, la sabiduría de Wisława Szymborska, el descaro de Gil de Biedma, la calidez de Braulio Ortiz Poole, la cotidianidad de Juanjo Téllez, la emoción de Pérez Azaústre, la duda de Eduardo García, la luz de Nacho Montoto, la trasgresión de Bukowski, la transparencia de Gloria Fuertes, el ingenio de Manuel Vilas, la permeabilidad de Raquel Lanseros, la iluminación de Fernández Mallo o la mirada de Eliot. Y podría citar más poetas, que con sus poemas, con su talento, me han acompañado en la mayoría de mis días, ofreciendo un instante al margen de la realidad, o transformando la realidad. No sé si está demostrado científicamente, si es que alguien se ha interesado por el asunto, pero no me extrañaría que la poesía tuviera un componente terapeútico, sanador, reparador como poco. O embriagador, que también lo necesitamos, de vez en cuando. Yo, desde luego, no concibo la vida sin poesía, del mismo modo que tampoco la concibo sin música o cine, sin arte. Sería otra cosa, más fea, más aburrida, sosa hasta la ausencia de sabor, perfectamente definible en su pequeñez. Y las cosas que son fáciles de definir no me interesan.

Más poesía, claro que sí, hoy, mañana y siempre, y por eso celebro su día desde la alegría, la emoción y el agradecimiento. Les debo a los poetas mucha belleza, mucha emoción, mucha luz, esas deudas que tenemos la obligación de contraer porque consiguen que nuestras vidas sean mejores, más bonitas. No renuncie, pronúnciela: bonita, qué palabra más bonita. En el Día de la Poesía, que es también el de la primavera, por su llegada, siempre me acuerdo de aquellas fiestas juveniles, aquellas fiestas improvisadas, repletas de parques, jardines, luces y hormonas, repletas de primeras veces, que siempre permanecen en nuestro interior. Días dichosos de ese tiempo en el que nos estábamos construyendo, repletos de una poesía de verso libre, entre lo salvaje, lo esencial, lo infantil y lo arrebatador. La poesía tiene de todo eso: nos conecta con lo esencial, con lo que se esconde bajo el disfraz de los años.

TOY STORY: 25 AÑOS

Creo que ya nadie puede dudar de que las tendencias audiovisuales de, especialmente, las dos últimas décadas han cambiado hacia otros modelos que jamás habríamos podido imaginar en el pasado. Y es que ha cambiado todo, tanto los formatos, como los géneros, como los canales y plataformas de exhibición, sobre todo. Hace veinticinco años nos habría costado imaginar Netflix o HBO, que en realidad no dejan de ser, si uno se detiene un instante a pensarlo, una evolución de aquellos videoclubes que poblaban nuestras ciudades, no hace tanto. La de horas tratando de buscar una película en las estanterías. Ahora el almacén, el contenedor, el videoclub lo tenemos en casa, y podemos acceder a su contenido sin levantarnos del sofá, sabiendo utilizar el mando a distancia (que a veces no es tan fácil, por otra parte). Pero es que hace veinticinco años no podríamos haber imaginado, ni remotamente, que el mejor cine, o las mejores producciones audiovisuales, especifiquemos, nos llegan desde las series de televisión y desde la animación. Y sobran los ejemplos. Uno de ellos es Chernóbil, la miniserie que ya muchos sitúan en el olimpo televisivo, y con razón. Impecable, devastadora, amarga y dolorosa, de una pedagogía y de una narratividad tan sutiles como precisas. Y un gran ejemplo, en cuanto a la animación, lo encontramos en Toy Story, en cualquiera de sus entregas, en estos 25 años desde que la primera llegó a las pantallas. Amor, que todo lo puede. Amor, que nunca se olvida, que siempre late, a pesar del tiempo y de la distancia. Amor, como señal en el camino. Otra dirección, una nueva vida. Pixar se ha convertido en el Nadal de la animación: nunca falla. Película tras película, la calidad no mengua, los argumentos nos siguen sorprendiendo, la actualización del discurso es permanente y la sensibilidad y emoción que consiguen transmitir solo está al alcance de unos cuantos privilegiados. Qué delicia, qué derroche, qué peliculón es la nueva entrega de Toy Story. Una vez más, en estos 25 años, pleno, cuatro de cuatro. Otra vez he vuelto a sonreír, a reír a carcajadas, a tener miedo, mucho miedo, a contener la respiración; otra vez he vuelto a llorar, sí, a lágrima tendida. Les perdono a Pixar todos los sofocones finales que me han provocado por todo lo que me han entregado a cambio. Lo que no les perdono, de ninguna de las maneras, es que hayan tardado nueve larguísimos años en volver, impondría que, por Ley, hubiera un Toy Story como poco al año, y hasta mensualmente. En un mundo tan plano como el que vivimos, de tan escaso latido, hasta el punto de convertir a las redes sociales en el canal de riego de nuestro corazón, los creadores de Pixar nos enseñan que aún es posible la magia, que la infancia puede ser un estadio permanente, una forma de mirar el mundo, limpia, desde la inocencia, desde una infinita y sana curiosidad. Con una sonrisa en los labios, y no como coraza, como actitud, como forma de estar en el mundo.No sería capaz de evaluar quién disfrutó más Toy Story, si mis hijos o yo. Pixar sí que ha conseguido eso que nombran tanto los políticos: la transversalidad. Películas globales, que como si fueran cebollas cuentan con diferentes capas o pieles que se adaptan a la edad, sensibilidad y sentido del humor de todos los espectadores posibles. Consiguiendo que muchos adultos hayan encontrado la excusa para ir de la mano de sus hijos para dejarse atrapar de nuevo por el mágico universo de estos juguetes que ya forman parte de la historia del cine. A modo de acompañamiento vital, desde 1995 nuestros hijos, y también nosotros mismos, hemos crecido junto a Woody, Buzz Lightyear, Betty, Jessie o el Señor Patata, pasando las fronteras de la infancia, la adolescencia y la juventud. Y todo ello, no puedo olvidarme de él, al son de la música del siempre vitaminado Randy Newman, ese incansable compositor que ha encajado como mano en guante en Toy Story. Una historia que es un fecundo oasis en el desierto en el que hemos transformado nuestra rutina.

DONDE DEBO ESTAR

Si todos los futbolistas fueran el mismo futbolista, aunque fueran como Messi, o como el mejor Guti, sería insoportable, insufrible, ver un partido. Su perfección nos aburriría a los pocos minutos. Y lo mismo nos sucedería con el baloncesto, diez Lebron James sobre la pista. Prórroga tras prórroga hasta la eternidad del cansancio. Ponga el ejemplo deportivo que le apetezca. Se puede ser homosexual de muchas maneras, con y sin pluma, y lesbiana, y heterosexual, y trans, y lo que te dé la gana. No hay un molde o patrón que defina nuestra sexualidad y género. No somos como el chocolate, no llevamos en la frente escrito el índice de pureza de lo que somos. Como tampoco a todos los gallegos les gusta el orujo y la empanada, ni todos los vascos se pasan el día levantando piedras y cortando troncos ni todos los norteamericanos tienen un rifle tras la puerta ni todos los ingleses toman un té a las cinco. No. Teniendo claro que no somos una masa uniforme, que no hay un concepto que nos aglutine a todos, como tampoco hay un concepto que nos defina de una manera exacta, cada día estoy más convencido de que se puede ser y se es andaluz de muchísimas maneras, y que todas ellas son tan válidas como la suya y como la mía. Tan precisas e imprecisas, tan exactas e inexactas al mismo tiempo. Porque el ser andaluz no se consigue mediante oposición, realizando un cursillo o gracias al certificado firmado por la administración competente. Es mucho más sencillo que todo eso, se es andaluz porque se quiere. Y hay muchos que deciden serlo porque les apetece, porque vinieron a esta tierra, se enamoraron de ella y se consideran andaluces, y yo los reconozco como tal. Porque ser andaluz no es un carné, ni una partida de nacimiento ni una postura, como tampoco lo es una impostura.

Yo creo que por eso mismo, me han gustado tanto el artículo de mi querido amigo Daniel Ruiz, titulado Hombres de luz, y el spot de los supermercados El Jamón, porque inciden en esa diferencia que nos une. Illo, quillo, picha, nene, pego, malaje, esaborío, miarma, malafollá, ancá, noniná, perol, fartusco, y no sé cuántas palabras y expresiones más que utilizamos de Ayamonte a Pulpí, y que aderezamos con todo tipo de acentos, seseos, ceceos, aos, eos y demás peculiaridades lingüisticas, porque hasta en eso, o también en eso, somos diferentes, y yo me alegro de que así lo sea. Porque la diferencia, lejos de separarnos, nos enriquece. Porque esa diversidad de palabras, de expresiones, de acentos, de sonidos, hacen que el andaluz sea una lengua, dialecto o modalidad oral, o como se quiera decir, más rica, más amplia, más sabia. Y porque el que acepta la diversidad tiene muchas más opciones de vivir una vida más plena, porque no le pone trabas a casi todo, porque es curioso, porque le gusta probar, indagar y descubrir aquello que no conoce. Sólo el enano mental y el miope le tienen miedo a la diversidad, que siempre debe ser entendida como lo que es, una suma, y nunca una resta. Afortunadamente, en Andalucía se nos da mejor sumar que restar.

Que nadie me venga a decir cómo he de ser andaluz, o si tengo todas las cualidades que se requieren o si todavía me falta medio kilo. Porque soy andaluz a mi manera, que entiendo es la manera de todos, con mis querencias y con mis contradicciones, con mis aliños propios, con mis fobias, mis filias y mis manías, con mis cosas, que para eso son mías. Y lo mismo me emociono escuchando a una banda de Boston que a Rocío Márquez, y me divierten Califato 3/4 y muevo los pies al ritmo de Los Voluble, y que no falte Prince, y se me salta una lagrimilla con ese vozarrón inigualable de la Jurado, interpretando ese himno nuestro que sólo pueden cantar, como se merece, tres o cuatro, y puede que sea demasiado generoso. Y no brindo con manzanilla o fino, prefiero el tinto, y hasta en eso soy andaluz, que la denominación de origen la llevo en las tripas, en las entrañas. En las emociones, que se despiertan cada mañana cuando me asomo a la ventana y miro, y huelo, y escucho, y me digo: estoy donde debo estar.

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis

LA LUZ DE LOS POETAS

Con la muerte de Joan Margarit me he dado cuenta de varias cosas. Una: algunos premios, como le sucede al Cervantes, llegan tarde. Los premios literarios, como las fiestas de la primavera, como las subidas de sueldo, como los ascensos y como los helados, como los revolcones en los portales, hay que concederlos, y por tanto disfrutarlos, en su momento. En muchos casos se convierten en la herencia para los hijos, en disfrute de los nietos, en consuelo de viudos y viudas, porque el que realmente debería aprovecharlo, y hablo del prestigio o del reporte material, apenas cuenta con tiempo o ya no tiene cuerpo para hacerlo. Dos: la muerte de un poeta tiene mucho de fomento de la lectura. Las redes sociales se llenan con sus poemas, recuperamos entrevistas y fotografías y hasta buscamos algunos versos -que en muchos casos nunca habíamos leído- para compartirlos en nuestros muros y perfiles. Aunque dura poco esta eclosión, es una bonita despedida la que les brindamos a los poetas en su fallecimiento, repleta de belleza, admiración y emoción, que no es poco. Y tres: la muerte de un poeta, y da igual su tamaño, dimensión o trayectoria, sigue siendo un asunto menor en la contabilidad de este tiempo, si lo comparamos con el último episodio de La isla de las tentaciones, una nueva pelea por/en Cantora o un gol de quien sea, que sí son asuntos mayores, de gran importancia y consideración. De los poetas, y da igual su significación y los premios recibidos, al final de sus días raramente conservamos en nuestra memoria alguno de sus poemas. Unos versos, una metáfora. El ruido de ciudad en los cristales acabará por ser tu única música, y las cartas de amor que habrás guardado serán tu última literatura.

Unas horas antes de que comunicaran el fallecimiento de Joan Margarit, por la mañana, una mañana de mucho trabajo, de jaleos varios y muy diferentes, sin saber por qué regresó a mi memoria la imagen de un contestador automático, color vainilla, que instalé en mi casa a principios de los 90, cuando vivía solo. Tiempo sin móviles, que sólo estaban al alcance de unos cuantos acaudalados, y en una versión atroz y gigantesca, en aquellas maletas que pesaban como si fueran de plomo. En aquel tiempo, pasé muchas horas de soledad, y no la recupero con tristeza. Estaba en ese momento de la vida en el que sólo contemplas encrucijadas, y la dirección a escoger es la Primitiva con la que te levantas cada día. Comenzaba a escribir, sin ninguna intención, tampoco aspiración, como consuelo, como terapia, todo eso lo sé ahora, pasados los años. Hubo muchos días planos, solamente alterados por una carta en el buzón -aún escribíamos en papel en aquel tiempo-, o tras descubrir, al final del pasillo, sobre la repisa de madera, la lucecita parpadeando del contestador automático. El día que murió Joan Margarit yo me acordé de ese contestador color vainilla, de su lucecita roja, y de un mensaje que me llegó y que jamás nunca he sabido quien lo grabó. Hola, Salva, te he leído y me gustaría hablar contigo. Y hasta hoy. No recuerdo muchos poemas, a pesar de los miles leídos, y sin embargo esa frase permanece en mi memoria. Como un verso libre, como un enigma que tal vez nunca descifraré.

La muerte de los poetas también dejan muchos enigmas por resolver, esos poemas que pretendemos que hubieran escrito, cuando los poemas son almas libres que no se pueden programar. A menudo pienso en los poemas de mis amigos, en los que habrían escrito Eduardo García y Nacho Montoto. La pasada semana fue el cumple de Pepe, el hijo que Nacho nunca llegó a conocer, y su imagen soplando una vela con el número 4 es un poema de vida y esperanza, una señal en el camino que te marca la dirección, hacia adelante. Cuatro, los poetas dejan una señal, que brilla en la contabilidad de este tiempo tan chabacano. Me retracto. Los poetas, como todos nosotros, se mueren, antes o después, a veces demasiado pronto, pero siempre dejan un rastro, una luz en nuestra oscuridad. Una luz muy diferente a esa que parpadeaba, al final del pasillo, en ese contestador color vainilla por el que no siento nostalgia alguna.

22 F, DÍA DE LA IGUALDAD SALARIAL

Desde hace unos años, pocos, se ha establecido la fecha del 22 de febrero como el Día Internacional por la  Igualdad Salarial entre Hombres y Mujeres. Así, a estas alturas, hay quien pueda llegar a pensar que se trata de una campaña más de feministas aburridas y trasnochadas, y no, ni mucho menos. En primer lugar, porque el movimiento feminista es más necesario ahora que nunca; y en segundo, porque la desigualdad salarial es una realidad que escapa de las normas, de las leyes y hasta de la lógica. Unos datos muy simples y concretos para ilustrar la cuestión. El Tratado de Roma, embrión de lo que hoy conocemos como Unión Europea, incorporó la igualdad de salario entre todos los trabajadores sin tener en cuenta su sexo, como uno de sus principios fundacionales. Sesenta años después, que ya son años, la realidad es la siguiente: las europeas ganan un 15% menos que los europeos por realizar un mismo trabajo. En España, esta cifra alcanza el 22%l. Algunos datos más a considerar: de cada 100 personas que tienen un contrato a tiempo parcial, 76 son mujeres, porque 80 de cada cien mujeres se ocupan al mismo tiempo de su “empleo” que de “trabajar” en casa, en lo que denominamos dulcemente “tareas del hogar”, y que en la mayoría de las ocasiones es un “trabajo” más que duro –y que convierte a las mujeres en trabajadoras de “guardia” durante las 24 horas del día-. Y esta reducción salarial por un mismo empleo, esta reducción de la jornada laboral, este trabajo permanente en la casa, es una cruda y casi esclavista realidad en el presente, pero que se amplifica y aumenta en el futuro, cuando las mujeres se enfrentan a jubilaciones infinitamente inferiores que las de los hombres ya que, legalmente, han cotizado mucho menos que ellos, aunque en la mayoría de los casos hayan trabajado mucho más.El Día por la Igualdad Salarial se fijó en el 22 de febrero por un cálculo tan simple como horripilante: una mujer europea tiene que trabajar 418 días para cobrar lo mismo que un hombre en 365. Como antes comentaba, legalmente no podría ser posible, y de hecho en determinados sectores no sucede, pero se emplean determinadas artimañas de falsas categorías profesionales, inferiores a las reales, que propician la reducción salarial. Ojalá el 22 F llegue a ser un día -no muy lejano en el tiempo- a dotar con otro significado, muy diferente al actual.

SEVILLA, UN TERRITORIO PERFECTO PARA LA NOVELA NEGRA

Otro de los ejemplos más sobresalientes de novela negra de gran calidad ambientada en Sevilla viene de la mano de Salvador Gutiérrez Solís (Córdoba, 1968). Tras desarrollar una sólida carrera narrativa jalonada por algunos galardones importantes como el Premio Andalucía de la Crítica (2013), este autor debutó en el terreno negro en 2016 con «Los amantes anónimos» (Stella Maris). En dicha obra dio a conocer a Carmen Puerto, una investigadora atípica porque resuelve casos sin salir de su casa debido a los problemas psicológicos que padece. «Centrar Sevilla como un territorio de novela negra ha sido por admiración a la ciudad. Me siento muy integrado después de vivir veinte años aquí». Carmen vive en la misma calle del escritor, Padre Pedro Ayala, en pleno barrio de Nervión, y debajo de su piso está la peluquería de Jesús, personaje real que conoce bien Gutiérrez Solís.

«Sevilla sigue siendo clave y protagonista no sólo en “Los amantes anónimos”, sino también en “El lenguaje de las mareas” (2020, Almuzara), ya que una buena parte de la trama se desarrolla en la ciudad». En ese sentido, el autor de «El escalador congelado» asegura que esta capital cuenta con unas condiciones «muy saludables para ser escenario de novela negra porque no tiene unos espacios muy trillados».

Sigue leyendo Sevilla, Un territorio perfecto para la novela negra, pinchando aquí https://sevilla.abc.es/cultura/libros/sevi-sevilla-territorio-perfecto-para-novela-negra-202102070905_noticia.html

NUNCA ES TARDE

Hay días que cuentan con un significado especial, días que tienden a emplezarnos con el futuro. Días en los que avanzamos, en los que se produce el milagro, la revelación, eso que no estaba previsto. El miércoles pasado fue uno de esos días, por el trasfondo, por los mensajes, por lo inesperado. Porque volvimos a comprender y comprobar que es posible. Sí, es posible, cuando lo intentamos, cuando lo queremos. Seguía la narración del partido de Copa entre el Madrid y el Alcoyano mientras leía las noticias que habían tenido lugar durante ese día. El Gobierno se piensa lo de adelantar el toque de queda, dijo el ministro Illa en Sevilla. Una terrible explosión llevó el caos al centro de Madrid, lamentándose cuatro víctimas mortales. Las primeras imágenes que pudimos ver nos mostraban la desolación, en estado puro. De Madrid también, de una de las grandes pinacotecas del mundo, porque lo es, el Museo del Prado, nos llegaba la reconfortante noticia de que la nueva reordenación de salas propiciará que aumente la presencia de las mujeres artistas. Nunca es tarde si la dicha es buena. Nunca una labor pedagógica debe ser despreciada, aunque llegue con tantos y tantos años de retraso. No se trata de apartar a los hombres artistas para poner en su lugar a las mujeres artistas, simplemente se trata de normalizar algo tan simple como el talento, el Arte y la Historia. Siempre estuvieron ahí, con pinceles en las manos, o escribiendo, como narraba en un preciso y precioso artículo Amparo Rubiales ese mismo día. Las Sinsombrero, todas esas mujeres a la sombra de la Generación del 27, por ejemplo, pero que también fueron Generación del 27, y ahora lo estamos empezando a descubrir. Casi cien años después, nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán que siempre aplicamos a las cosas de las mujeres, a sus derechos, a sus oportunidades.

Ese día también fue el de Joe Biden, el nuevo presidente de los Estados Unidos, un soplo de esperanza, una luz en la oscuridad, tras cuatro años de incertidumbre, vozarrones y política de barra de bar. Y llega con una mujer a su lado, Kamala Harris, la primera vicepresidenta que van a tener los norteamericanos en su historia. Nunca es tarde si la dicha es buena. Pudo haber pasado antes, sí. Incluso pudieron haber tenido una presidenta, pero no fue, tal vez no era aún el momento. Que también es una frase demasiado recurrente con las cosas de las mujeres: no es el momento. Sin embargo, los hombres seguimos contando con todos los momentos. Comos todos esos políticos, despreciables, que han utilizado su condición -que nosotros le hemos dado- para vacunarse en el primer momento. Miserables es una palabra que los califica con gran exactitud. El atuendo morado de Kamala Harris el pasado miércoles fue mucho más que un color, todo un símbolo, claro que lo fue. Así como esos puños apretados de Kamala contra Obama, al que tanto hemos echado de menos. La política también ha de ser serenidad y una sonrisa. Y buenos modales. Kamala entre Lady Gaga y Jennifer López, con esa proclama en español que también es un símbolo y una marca de localización: somos latinos y estamos aquí, y también estamos orgullosos de ser americanos. Nunca es tarde si la dicha es buena.

Madridista como soy, no me escoció la derrota de mi equipo frente al Alcoyano. Mi aplauso más sincero, mi admiración por esos jugadores, perfectamente representados en su portero, José Juan, un hombre de 41 años, que el barro que lo cubría de pies a cabeza no podía ocultar la felicidad que desprendía. Pudieron. Me fascina que no siempre gane lo previsible, lo que todos esperan, lo que «ha de ser». A veces, lo que «ha de ser» es recompensar el esfuerzo y la entrega, las ganas de conseguirlo. Y el pasado miércoles vimos señales y gestos muy evidentes de querer conseguirlo. Empleando un color, un idioma o abriendo las puertas a la lógica, a la igualdad, que no es tan difícil. Insisto, nunca es tarde si la dicha es buena, y debemos celebrar que pase. Pero también me gustaría que desde ya empleáramos otros dichos, que nos trasladen a la inmediatez, al ahora, a este presente. Sobre todo, con los asuntos que conciernen a las mujeres, y que son asuntos que nos conciernen a todos.

PABLO Y LA BELLEZA

Empezar, todo joven, de nuevo aquel amor es como abrir de pronto cerrado gabinete irrespirable de agonía suntuosa. Paseaba por Roma, pensando en el artículo que le pretendía dedicar, cuando me llamaron para contarme que Pablo García Baena acababa de fallecer. En ese preciso momento, yo pensaba y me entregaba a lo que Pablo entregó toda su vida, a la belleza. A buscarla, a cultivarla, a sentirla, a disfrutarla, a amarla. Si Sorrentino hubiera conocido a Pablo lo habría convertido en personaje de sus películas, de todas, no me cabe duda. Como asesor, silencioso y sabio cardenal, confidente, en el Joven Papa. Escritor taciturno y voyeur en Juventud y, sobre todo, le habría disputado el protagonismo a Gambardella, ese amante de la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, en La gran belleza, esa película maravillosa que el mismísimo Fellini habría disfrutado y admirado como si se tratara de una obra propia. Se nos ha ido Pablo dejándonos esa loca pulcritud que tan bien le definía y en la que, en cierto modo, convirtió su vida. Porque la suya fue una vida Fontana de Trevi, profunda y excelsa, bella y atropellada, melancólica y agitada al mismo tiempo, recatada y observada, bella en su desafío y en su aparente blancura. Umbral llamó a sus gatas Loewe y Pasionaria, que casi puede entenderse como una perfecta síntesis de lo que fue su vida, y también lo podríamos aplicar a la de Pablo. No era el amor y se llamaba Antonio. Hablaba como un indio del Far- West. Pablo alternó, con idéntica habilidad y naturalidad, los piropos a los obreros, la evocación de los amantes furtivos, con la solemnidad de un pregón de Semana Santa o un café en el Círculo de la Amistad. Y no lo hacía por protección o falso decoro, ambos mundos componían su mundo, su particular mundo en el que buscar y encontrar la belleza.La poesía de Pablo cuenta con la sorprendente luminosidad del Panteón de Roma, esa cúpula mágica en la que se suspenden los copos de nieve en los días más fríos del invierno. Cuando el frío también es belleza en Roma. He leído en decenas de ocasiones Palacio del cinematógrafo, ese poema que Ang Lee debería haber leído las mismas veces que yo antes de filmar Brokeback Mountain, esa secreta historia de amor entre vaqueros. Tus hijos estarán en su palco de congelado yeso, divertidos, mirando increíbles proezas de cowboys celestiales, y yo, ya sabes dónde: impares, fila 13. Un poema tan melancólico como trágico, tan bello como luminoso, que sintetiza a la perfección una historia de amor clandestino. Memoria, realidad o el deseo. Sin previo aviso, Pablo se presentó en la presentación de El sentimiento cautivo, una novela en la que narro las vivencias de un grupo de poetas, pintores, artistas, en la Córdoba de los años cincuenta y sesenta. Durante su redacción, Pablo siempre estuvo en mi cabeza, y he de reconocer que tuve que camuflarlo y casi emborronarlo para que no se pareciese al protagonista de la historia. Pero era él. Y puede que el propio Pablo lo supiese, pero nunca me lo dijo, tampoco yo se lo pregunté. La mermelada duró más que el amor. Recuerdo que un día hablamos de nuestro colegio, los dos estudiamos en el mismo, en el López Diéguez, aún se acordaba de la vivienda de los porteros y de la fuente del patio. Y también se acordaba de los naranjos, y de la cal, de esa infancia que nunca abandonó definitivamente. Lo tituló Los campos Elíseos y yo siempre me confundo y lo titulo El Coliseo, porque es un poemario imponente que se contempla y admira desde la distancia, como si viajáramos  tras Gregory Peck en esa Vespa que recorre la interminable avenida. No podríamos entender la poesía del Siglo XX, o la poesía de cualquier siglo, sin la obra de Pablo, impregnada de esa belleza a la que le dedicó su vida. Capilla Sixtina de azules interminables y rojos abrasadores, poética de la sensibilidad en su más perfecta definición, helado de fresa y Barroco, aljibe y taberna, Laocoonte y Pasquino, foie y salmorejo, callejuelas y paseo marítimo, costa de los sueños, fila 13 y Carrera Oficial. Cuando regrese al fuego suicida de mi patria definitivamente tú habrás muerto. Los que sentimos el aliento de la belleza seguiremos recordando y leyendo a Pablo, necesitados de latido y abrazo, de palabra y luz. Hasta siempre, maestro.

NOS TOCA

Nos hemos comido el roscón, los polvorones, el pavo, el pato, el cordero, el plato de gambas, la caña de lomo, el jamón regalado, la mojama de Barbate y las cocochas en salsa verde, dos tabletas de turrón y una caja de bombones y ahora queremos adelgazarlo todo en un rato, en tres paseos, en unas cuantas sentadillas, en 20 kilómetros de bicicleta. Queremos y pretendemos que los efectos de nuestros excesos se eliminen en un abrir y cerrar de ojos, sin esfuerzo, y no, las cosas cuestan, hasta las más simples y livianas. Nos hemos arremolinado en bares, terrazas, veladores y carpas, en reuniones con amigos y familiares sin respetar las más mínimas normas de seguridad, y ahora pretendemos que los datos de contagios no crezcan. Eso sí, mientras incumpliamos con nuestra parte hemos puesto a caldo a todo aquel que tampoco lo ha hecho, al Gobierno, al Ayuntamiento, a los políticos y a quien fuera necesario. Porque nosotros, aunque nos hayamos saltado las indicaciones, nos las hemos saltado con sentido común, con cuidado, porque nosotros no podemos contagiar a nadie, como tampoco nos pueden contagiar a nosotros. Y después, nos asomamos a la ventana y vemos a dos personas a menos de metro y medio, o paseando descubrimos esa terraza en la que se arremolinan sin mascarillas y nos escandalizamos, y hasta estamos dispuestos a avisar a la policía porque hay cosas que no se pueden permitir. Faltaría más. Tenemos lo que nos mrecemos, nos decimos, no comprendeo a esta gente, argumentamos, no nos extrañemos luego de lo que pase, pronosticamos. Somos así, no lo podemos evitar.

Que el 2020 fue un mal año no es el resultado de un análisis profundo y sesudo, basta con levantar la vista por encima de nuestra taza de café para contemplar el páramo que comienza a extenderse como una alfombra sin flores ni estrellas. Lo pasamos mal, sí, sanitaria, mental y materialmente y me temo que nos toca serguir pasándolo mal un tiempo. Ese es el horizonte, el resultado del batacazo, la sangre de la rodilla, que aún no se ha convertido en costra. Herida abierta. Ese tiempo pasado sigue estando muy presente de un modo y otro, de hecho este 2021 se parece, todavía, demasiado al terrible 2020. Pero cuenta con una gran diferencia, contemplamos una esperanza, una puerta, una luz al final del túnel con forma de vacuna. Eso no lo teníamos antes, no, sólo oscuridad, impotencia, incertidumbre, ignorancia. Es mucho. Porque a pesar de los tiempos y los modos, de la lentitud y de la rapidez en determinados lugares, a pesar de la manifiesta incapacidad de demasiados responsables públicos, a pesar de los negacionistas y demás inventores de conspiraciones, la vacuna habrá de marcar un antes y un después en la historia de esta imprevista pandemia. Como lo antes la han hecho otras vacunas en nuestra historia más reciente, posibilitando que la ciencia se impusiera a la enfermedad. Es una historia real, contrastada, pasó, y no hace tanto, siguen actuando en nuestro organismo, blindándonos. Por eso no es una ilusión o una utopía considerar la vacuna como nuestra gran esperanza.

Pero la esperanza, como los caminos, como los hijos y las civilizaciones, se construyen con tiempo y dedicación, con perspectiva de futuro, entregándonos. Poniendo de nuestra parte. Siendo generosos, responsables. No sé si lo mío es un optimismo excesivo o la necesidad de creer que iremos a mejor con tal de superar este presente; tengo la impresión, y también la intuición, de que nos irá mejor, que en los próximos meses habrá cambios significativos cuando la vacunación alcance a un mayor número de población. Pero no basta sólo con la vacuna, tenemos que poner de nuestra parte, ahora, ya, desde hoy, desde este preciso momento. Si la tercera ola la convertimos en tsunami los plazos se alargarán, nos costará mucho más llegar a la añorada realidad. A lo que fuimos, y que ahora tanto y tanto deseamos. Por eso, ahora nos toca.