EUROVISIÓN

Jennifer López lo intentó, se le notó a la legua, pero se pasó de rosca. Su Anillo traspasó la frontera de Eurovisión para colarse en el amplio e infinito universo de lo innombrable y hasta de la infamia más absoluta, si uno le dedica dos segundos a escuchar la letra de la canción de marras. Tengo claro que no fue una coincidencia, que J. Lo. y su equipo trataron de eclipsar a Eurovisión, como queriendo decir algo parecido a: esta canción sí que ganaría el festival, y de calle, pero no, se confunden, que ese no es el concepto, por mucho que nuestro Silvestre se empeñe en mostrar tableta en ese videoclip a lo Juego de tronos futurista. Luego acabamos bailando el Anillo en algunas de las fiestas, ferias o verbenas que nos devoraron. Cosas del calor, que se acerca y exige su canción del verano, su copla de estribillo machacón, ese hit hortera que debe reinar en la pista de nuestra discoteca mental, esa que llegamos a tararear hasta para nuestro disgusto. Y nos regañamos, pero no se preocupe, que todos guardamos un muerto en el armario, o dos o tres, y hasta una docena, y todos nos hemos dejado llevar por esa canción tan canalla como horrenda, pero bailonga para nuestra desgracia. No más prólogos, adentrémonos en el asunto, hablemos de Eurovisión, que es lo que toca por estas fechas, a pesar de esta cosa horrenda en la que estamos sumidos. Sí, lo reconozco, me encanta Eurovisión, y me encantaría asistir a una final, y me temo que, a este paso, tendré que tomar un avión y recorrer miles de kilómetros, si se mantiene la costumbre de que la final se celebre en el país ganador de la anterior edición.

Después de lo sucedido con Salvador Sobral ya no me atrevo a pronosticar nada, y me refiero a que la canción del citado tenía el ritmo y la electricidad de una carrera de caracoles. Haga una prueba, trate de recuperar el estribillo, trate de cantarla, tararee, si alguien del grupo lo consigue merece ser reconocido como cum laude en el doctorado eurovisivo. Me temo que influyó la situación personal del artista, la debilidad que nos mostraba, esa petición de cariño que parecía demandar cada vez que abría la boca. Aunque Eurovisión tiene eso, siempre, se alimenta de los extrarradios, de la atmósfera circundante, y hasta de las fronteras, que le pregunten a Rusia, si no, esa cantidad de puntos satélites –no fallaba una el fallecido Uribarri en sus vaticinios-. ¿Por qué Sobral sí y Alfred y Amaia no? La cálida y sugerente voz de ella no fue suficiente para levantar una tristona canción Disney, que empezaba a ser reconocida, y casi hasta a gustar, sí, porque llega a gustar, después de muchas escuchas. Y Eurovisión no es eso, Eurovisión es el chispazo del instante, el estribillo facilón que se te queda a la primera, las lentejuelas y el brindis, los bótox exagerados y los taconazos, el brillo con reclamo, la pandemia de lo hortera. (He dicho PANDEMIA!!!!). Toneladas de purpurina. En un segundo, sin tiempo de espera.

Tengo la impresión de que Lo malo, la canción de Aitana y Ana, igualmente de Operación Triunfo, habría contado con más posibilidades, aunque después de Sobral cualquier cosa es posible, insisto. Este año nos quedamos sin Eurovisión, sin disfrutar de esos vídeos, como rodados con cámaras de los 80, que nos muestran a los aspirantes. Nos quedamos sin esos momentos, apostando por la República Checa, Chipre o Malta, o por cualquier nórdico, siempre tan arropaditos entre ellos, o por una de esas sorpresas que el festival se saca de la manga para seguir avivando su leyenda. Este sábado debería ser la cita, ya deberíamos tener preparados los frutos secos, los caracoles y las pizzas. Los taconazos, los brillos y las lentejuelas, en la pantalla. Algo haremos. El Anillo lo tenemos reservado para la apoteosis final, si llega. Haremos que llegue.

LEIA

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme, pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias improbables, difusas. Acaso en mi cerebro tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar, pero pasó. Recuerdo que me costó mucho, muchísimo, contarle la terrible noticia a mi hijo, que había estado pendiente de los periódicos tras el infarto padecido en pleno vuelo. A pesar de que solo contaba con 11 años en ese momento, de que sólo ha vivido conscientemente el estreno de las tres últimas entregas de la saga, mi hijo es un seguidor/fanático/especialista/fan de Star Wars. Hasta límites que me costaría mucho tiempo y espacio poder explicar. Han Solo, Luke, R2-D2 o Leia Organa, claro, ya forman parte de su breve, aunque intensa, educación cultural y emocional. Ha visto las películas en decenas de ocasiones, repite de memoria buena parte de los diálogos, domina a la perfección las relaciones familiares que existen entre los personajes, y no tiene ese embrollo mental de los que comenzamos por el capítulo 4. Capítulo que para él no se titula La guerra de las galaxias, como todos la conocimos, sino Una nueva esperanza, que es su título real. Isra se pasa las horas conversando/compitiendo con mi amigo Manolo sobre aspectos de las películas. ¿Capítulos con nieve? Pregunta uno, y responde el otro. ¿En cuántos aparece la Estrella de la Muerte? Pregunta el otro y responde el uno, y así con dos mil preguntas más, algunas de tal dificultad y rareza que soy incapaz de reproducir. El confinamiento les ha trastocado una partida que tienen pendiente del Trivial Pursuit galáctico.

Reconozco que disfruté casi tanto como ellos escuchándolos hablar, discutir, sorprenderse durante la proyección de The Rogue One, esa entrega sin numerar de la celebérrima serie galáctica, o tras ver El ascenso de Skywalker, que es un dignísimo epílogo a la saga. Saltaban, se emocionaban, yo también lo hacía, lo reconozco, y hasta rozaron el éxtasis cuando Leia, rejuvenecida a base de látex y efectos especiales, protagonizaba un brevísimo cameo. Una chica muy pálida venía de algún astro a jugar en tu sueño contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje por el cielo, y volvía para no abandonarte nunca más.

En otras condiciones, lo que acabo de desvelar sería digno de multa o sanción, pero a estas alturas, consecuencia directa de su fallecimiento, ya todo el mundo sabe que la princesa Leia, Carrie Fisher, aparece en la última entrega de la saga, lo han contado todos los periódicos. Spoiler, dicen los modernos. Sin caer en la coleccionista ilustración de mi hijo, reconozco que la muerte de la princesa Leia me rozó por dentro, ya que ocupaba un lugar muy destacado en el, gozoso y desordenado, almacén de mi memoria infantil. Tengamos en cuenta, además, que fue un personaje icónico, simbólico en muchos aspectos, una aventajada a su tiempo, en cierto modo. Acostumbrados, como estábamos, a princesas alicaídas y sumisas, entregadas a las decisiones de los otros, y siempre hombres, Leia era y siempre será una princesa rebelde, que luchó por escapar de la dictadura de las fuerzas del mal, con láser en mano, si era necesario. Y lo hizo en un mundo, aunque ficticio, tremendamente masculinizado, colmado de buenos y malos, muy malos, protagonizados siempre por hombres. El que, a pesar de todo esto, Leia deslumbrara y se convirtiera en un elemento esencial de la saga hay que valorarlo como se merece, y anotarlo en el haber de la difunta Carrie Fisher.

Mi hijo, aquel funesto día, ordenó todas sus figuras, naves y demás accesorios de Star Wars para comunicarles la terrible tragedia. Una ceremonia sencilla, breve y triste. Creí ver cómo los ojos de plástico de Han Solo se humedecían, pero tengo claro que no fue más que el efecto de una emoción contagiosa. O no (Toy Story pesa lo suyo). Curiosamente, el luto de mi hijo duró poco, apenas un par de horas, y lo dio por concluido tras decirme: papá, no ha muerto Leia, ha muerto Carrie Fisher, la princesa sigue viva. Lección de vida, lección de magia, los mitos permanecen y somos nosotros, los mortales, los que nos vamos. Y concluyo con un nuevo fragmento de este hermoso poema de Luis Alberto de Cuenca: Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia Organa, para ser más precisos. Un nombre que sonaba a romance galáctico, a balada espacial, a cantar de gesta del futuro. Que la fuerza te acompañe.

#YOHABLOANDALUZ

Un recuento fiel y exacto de los insultos recibidos, aparte de un trabajo colosal, me llevaría demasiado tiempo y espacio. Tela de trabajo, me temo. Y es que, claro, téngalo en cuenta, soy andaluz, y por tanto soy flojo, tirando a vago, redomado, y lo de trabajar se me da peor que mal, porque lo que a mí me gusta, lo que realmente disfruto es una buena siesta y estar todo el día de fiesta, de Feria -aunque se haya suspendido-, con mi vinito en la mano y tocando las palmas, y si es vestido de corto, con mi sombrero cordobés de ala ancha, mucho mejor. Pero antes de avanzar, un acto de sinceridad: me están ayudando a escribir este artículo, por supuesto, un señor de Chicago que es la mar de apañado, y baratito, de la misma manera que me ha ayudado a escribir todas mis novelas, pero yo no soy una excepción, no se vayan a creer ustedes. Picasso tenía un ayudante que le pintaba los cuadros, y Machado un “negro” que le escribía los poemas, y Velázquez, y Lorca y Alberti y Cernuda y Murillo y Góngora y María Zambrano y Elvira Lindo y García Baena y Muñoz Molina, todos con un ayudante secreto, por supuesto, y Banderas es un ente virtual y a Antonio de la Torre lo tienen que doblar porque no se le entiende, y Vicente Amigo en verdad es de Pekín, y Carolina Marín realmente es vietnamita. Cómo iban a ser andaluces, por favor. Y es que ser andaluz es muy complicado, mucho, somos Las Canarias de la inteligencia, vamos siempre una hora o un siglo tarde, somos así, muy cortitos. No ya justitos, cortos cortísimos. Por eso es lógico que hablemos tan mal, que apenas se nos entienda, es lo normal, porque nuestros niños no van al colegio como el resto y cuando van, que es lo raro, porque aquí dormimos siestas tipo osos canadienses en hibernación, les esperan aulas sin mesas, sin pizarras, están tirados por los suelos, las criaturas, por eso nos pasamos el día de fiesta, cuando no de siesta, y mucho más ahora, que estamos de confinamiento. Eso sí, todo el día dándole a las palmas y al cante, ole que ole, para poder sobrellevar este terrible presente nuestro. Esa es nuestra gracia, perdón, grasia, que es como de verdad se escribe.

Así, un repasillo, pero sin esforzarme mucho, ya saben, que soy andaluz y luego tengo agujetas mentales. Que yo recuerde, Esperanza Aguirre comparando a los jornaleros andaluces con gallinas en sus “pitas, pitas”, Hernando diciendo que Andalucía es Etiopía, que aún no termino de entender, pero es que soy andaluz y esas cosas me cuestan, claro. O Feijoo cuando dijo que la Transición no había pasado por Andalucía o Ana Mato, la del Jaguar y el confeti, sí, la misma, cuando dijo que los niños andaluces eran unos analfabetos que dan clases en el suelo o Montserrat Nebrera, que dijo que teníamos acento de chiste. Hasta la nueva derecha se ha subido al carro del insulto a Andalucía y a los andaluces, cuando apareció por aquí Albert Rivera, en plan Bienvenido Mr. Marshall y nos prometió el pan y los peces, y que para eso nos iba a enseñar a pescar. No se lo tuvo que pensar mucho, que somos andaluces y aprender nos cuesta tela, y aprender para trabajar todavía más, mucho más. Vaya, Albert, parece que tu curso de pesca ahora lo impartes en solitario… El nuevo hit es repetir y repetir que a la Ministra de Hacienda, María Jesús Montero, cuando habla no se le entiende, con lo bonito que habla, por otra parte. Otra gracia, perdón grasia. Pero que esto me llega de oídas, eh, que soy andaluz y estas cosas me son muy difíciles de entender, ignorante que es uno donde los haya, que hasta he necesitado de un corrector, que tenía faltas para parar un tren. En la despedida, más allá de la ironía y el estupor, un recordatorio: el respeto y la ignorancia van siempre de la mano. A más respeto, menos ignorancia, y al contrario ya no sé cómo va, que soy andaluz y a tanto no me llega la cabeza.

ISABEL

Espero que las exigencias del artículo semanal, los plazos que te marca, la intensa vigilancia del reloj, los biberones y los pañales, no me impidan describir en palabras, tratarlo al menos, todas las emociones que me han rozado durante la última semana. El pasado lunes, cuando la noche cerraba, nació Isabel, mi segunda hija –tres años antes llegó Israel-. De nuevo en Huelva, en el hospital de nombre borbónico, Infanta Elena, entre trigales y brumas, muy cerca del océano. De nuevo rondando las once de la noche, como si esa hora escondiera una clave secreta que abre, de par en par, las puertas de la vida de mi mujer, Carmen. De nuevo Angustias junto a la camilla, sonrisa y nubes en la mirada, pendiente de hasta el más pequeño detalle, segura y tenaz. De nuevo el sonido de las contracciones en la sala de dilatación, que es una mezcla de submarino y sauna por sus sonidos y temperatura; la bata verde, los gritos de otras mujeres, el llanto de los recién nacidos, los guantes de látex. De nuevo los nervios, los paseos sin dirección, los cigarrillos no saboreados, el corazón maltratándote el pecho, en la antesala; los besos, las risas nerviosas, las frases descontroladas, las lágrimas felices en el anhelado desenlace. De nuevo los cientos de mensajes y de llamadas de felicitación, los ramos de flores y las cajas de bombones que ruedan entre las sábanas, de amigos y familiares compartiendo tu misma alegría. De nuevo el miedo, no saber cómo utilizar las manos, la sonrisa imperturbable… de nuevo la recuperación de un pasado nunca olvidado a través de la gozosa realidad del presente.
Antes de nacer Isabel pensaba que iba a sentir las mismas emociones que con el nacimiento de Israel, y que, por tanto, aún disfrutándolas, serían menos intensas, menos sorprendentes, más relajadas, más tranquilas. No podía estar más equivocado. Contemplar el nacimiento de un hijo siempre es un momento mágico, diferente, único e irrepetible. Aunque el guión se cumpla secuencia a secuencia, aunque el decorado se mantenga inalterable, es una nueva historia, todo se vuelve a vivir por primera vez, o es como si fuera la primera vez. Aunque tal vez sí haya una gran diferencia, al menos en mi caso. Los días previos, cuando sentía cerca la llegada de Isabel, en mi interior deambulaban sentimientos muy contradictorios. Por un lado, el de la expectante alegría por la inminente llegada, pero, por otro, algo que me es muy difícil de explicar. Una especie de angustia, de zozobra, temeroso de que mi primer hijo, aún pequeño, Israel, pudiera quedar desasistido, de que no le dedicara el tiempo que requiere, de que pudiera percibir que compartía afectos y cariños, en un segundo plano. Este sentimiento aún pervive, y aunque cada día disminuye, me esfuerzo en que desaparezca lo antes posible.
Todo transcurrió en apenas doce horas. Tras el ingreso hospitalario, Carmen comenzó a sentir las primeras contracciones a primera hora de la tarde. Una vez en la sala de dilatación, la célebre y efectiva epidural consiguió rápidamente aminorar el dolor. Alcanzada la noche, cuando creíamos que Isabel no nacería hasta el martes 29, cerca de las once, la matrona nos advirtió con una sonrisa que había llegado el momento. Ponte Angustias rápido la bata que esta niña sale en menos de cinco minutos, creímos que se trataba de un broma, y reímos la frase. Nada más acomodarse Carmen en el paritorio, y acompañando la primera contracción con toda la fuerza que aún permanecía en su interior, Isabel nació. Incrédulos, todos lloramos, nos abrazamos, felices. Calmada y morena, mimosa y menuda, Isabel abrió sus grandes ojos y nos miró, puede que tratara de certificar si había acertado con la imagen que se había imaginado de quienes le habían hablado y cuidado durante nueve largos meses. Ahora, Isabel duerme a mi lado, ya ha invadido nuestra casa de rosas y dulzura, de ilusiones y de futuro. Su hermano se asoma a su moisés, quiere besarla y, de paso, robarle el chupete. Ella ya nos ha robado el corazón.

NUESTROS MUERTOS

No sé si como consecuencia de una tradición milenaria, no nos olvidemos de que el mismísimo Cid ganó una gran batalla estándolo ya, pero la realidad es que la muerte, y por tanto los muertos, cuentan con un gran peso dentro de nuestra forma de entender la vida. Y no hay contradicción en esta afirmación, la muerte es una de las partes más importantes de la vida: la causa, el efecto, el fin. Amemos la vida, pero no reduzcamos las dimensiones de la muerte, su poder. Tengo muy presentes todas esas frías mañanas, en el cementerio, cambiando las flores y repasando los nichos, dentro de los cuales reposaban los restos mortales de mis padres. Cambiando las flores cada poco, limpiando con esmero las lápidas, hasta blanqueando o barnizando los contornos, para que sigan estando “presentables”. Sin llegar al extremo de lo que hemos leído que hacían los egipcios con sus más insignes difuntos, que los acompañaban de comida, libros, e incluso juegos, siempre hemos demostrado una especial atención por los que ya no están. Algo que deberíamos considerar como una virtud, como una bondad, y no como una pesada losa heredada. Hablamos con nuestros muertos, mucho más que las cinco horas que escribió Delibes y que tan bien representó Lola Herrera. Toda la vida hablándoles. Yo les hablo a mis muertos, todos los días, mantengo conversaciones con mis padres, con mi hermano, se fueron hace mucho tiempo, demasiado pronto, y tengo claro que sin estas conversaciones mi vida sería muy diferente a la actual. Me he negado a olvidarlos. Y en mis conversaciones abordo el ordinario, y lo extraordinario cuando toca, mi día a día, y ellos me escuchan con paciencia infinita y con una sonrisa. Yo siento muy cerca a mis muertos, caminan a mi lado, viven conmigo. Porque la muerte no acaba con el amor. Porque los recuerdos hay que alimentarlos.

Cuando los muertos se cuentan por miles, como los estamos contando desde hace unas semanas, pierden su identidad y se convierten en un ente anónimo. Lo mismo le sucede a la “gente”, al “público”, a los “espectadores”, a los “aficionados”, a la “audiencia”, se convierten en masa uniforme, sin matices. En un ente sin cara ni ojos, sin apellidos ni nombre, sin personalidad. Sin sus tragedias a cuestas. Sin familias, sin recuerdos. Y los muertos, todos los muertos, tienen derecho a que respetemos su individualidad, su concreción; porque todos ellos fueron universos, mágicos, especiales, únicos e irrepetibles para todas las personas que los amaron. Porque, salvo contadas excepciones, todos tenemos personas que nos aman, en mayor o menor medida. Cuando enterramos a los muertos en el anonimato, enterramos de la manera más egoísta e insensible nuestro dolor. No nos duele aquello que no distinguimos, que no conocemos, que se nos presenta desde la nada. Y renunciar al dolor, o pretenderlo, es renunciar a la memoria. Y no hay justificación para ello.

No se merecen los muertos de las últimas semanas, los muertos de ayer, hoy y siempre, cualquier muerto –porque todos son nuestros muertos-, el frío anonimato de la estadística. Que los consideremos solamente un pequeñísimo porcentaje de una curva que crece o mengua. Un titular de diez minutos, una frase en un discurso interminable; una portada nauseabunda de un periódico que renunció al periodismo –para dedicarse, en cuerpo y alma, a la casquería-. No hay muertos pequeños, no hay muertos numerales. Y, sobre todo, no se merecen nuestros muertos que los usen con propósitos pugilísticos, para golpear al adversario. Nuestros muertos no son una granada, una bala o un cañón, como tampoco pueden ser un escudo o una trinchera. Respetar y amar a nuestros muertos supone reconocerte ante el espejo, ser capaz de levantarte cada día y abrir los ojos, sin sentir vergüenza. Y dignificar a los muertos, a los tuyos y a los míos, a todos los muertos, es lo poco que podemos ofrecerles. Lo poco, y lo mucho, que nos merecemos, también nosotros.

¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Cuando los monstruos campan a sus anchas, en forma de virus e interminables noches en vela; cuando vivimos confinados, lejos de los familiares y amigos; cuando los Ertes y los proyectos fulminados son las piezas del puzle; cuando no nos importa que la injusticia sea un sistema universal de reparto, por qué escribir. Cuando las cifras del paro nos abruman, cuando la fotogalería del New York Times es nuestra ventana al exterior, por qué escribir. Cuando los canales de televisión batallan en el campo de las vísceras por un puñado de espectadores, cuando el todo vale es un dogma implantado y asumido, por qué escribir. Cuando han existido –y existen- Balzac, Cela, Coetzee, Hemingway, Umbral, Vargas Llosa o Carver, cuando Bob Dylan, Wilco, U2, Stones, Leonard Cohen, Calamaro o Bunbury han compuesto todas esas maravillosas canciones, cuando los Padrinos y Casablanca y Uno de los nuestros Volver y Patrimonio Nacional ya han sido filmadas, por qué escribir. Cuando los días pasan y no te esperan y la vida está ahí afuera, al otro lado de la ventana; cuando tus hijos crecen y muchos de sus minutos no han sido compartidos, cuando hay tantos besos y caricias por entregar y recoger, por qué escribir. Es una pregunta que revolotea más que nunca a mi alrededor, consiguiendo que el blanco de la pantalla sea más blanco (nuclear como dice el anuncio del detergente).

Por suerte, no todos los días respondo a la pregunta, ya que no me quedaría tiempo para nada más. Sin mencionar todo el ingenio que tendría que desplegar para encontrar y confeccionar unos argumentos lo suficientemente lógicos y contundentes con los que esquivar a la pregunta y, a la vez, reafirmar mi postura. Modo automatismo, cabeza cerrada. Si es dura la pregunta cuando soy yo mismo el que me la formulo, más aún cuando la realiza otra persona. Entonces las respuestas pueden llegar a ser muy diversas, variopintas, según el día, mi estado mental y esas cosas. Seguramente escribo por necesidad, pero también lo hago por placer, y no me puedo olvidar de la curiosidad, tampoco de la adicción. También escribo por un inexplicable efecto de liberación, o economía: lo repetimos con frecuencia, pero seguro que tiene su verdad aquello de lo que nos ahorramos en psicólogos, psiquiatras y demás terapias. Seguramente no escribo por proyección pública, por estampar mi firma, por una fotografía, por ser reconocido, por ego –cosas de futbolistas y concursantes de Gran Hermano, no de escritores-; por supuesto que no lo hago por dinero, menuda broma a estas alturas. ¿Por qué escribir? Insisto, la preguntita tiene su miga.

Tal vez escribo porque no sé hacer otra cosa, o porque no me gusta hacer otra cosa, pero estas respuestas no me gustan. Escribo para vivir más, a través de esas otras historias y esas otras vidas a las que sólo puedo acceder a través de la lectura o de la escritura. Como lector, las disfruto desde esa maravillosa pasividad y la sorpresa continua, y como escritor las disfruto desde la gestación, agitación, que puede llegar a resultar cansina, laboriosa y dura, como cualquier paternidad responsable, pero que te reporta el placer de la creación, de ser tu voz la que suena. Escribo porque necesito contar, no tanto contarme, este mundo con sus mil defectos, rescates y naufragios, este mundo que nos toca vivir. Y que ahora, más que nunca, como advertencia, radiografía, terapia, anestesia o antídoto, es necesario seguir contándolo. 

MI DEUDA CON LOS LIBROS

¿Qué le debo a los libros? Si respondo que la vida, tal vez alguien me califique de exagerado, aunque yo mismo considere que me quedo corto, cortísimo. ¿O, tal vez, debería emplear el plural? Hablemos de vidas, de todas esas que he conocido a través de los libros, y también de esas otras que yo mismo me he inventado y que he tratado de plasmar, más mal que bien, en mis novelas. También le debo una forma de vida –y ya van unas cuantas vidas-, y es que estoy plenamente convencido de que todos aquellos que convivimos con los libros contamos con una vida diferente, más plena, más rica, más amplia, con más colores y matices. Puede que los maratonianos, los coleccionistas de sellos, los ciclistas maduros de mountain bike carísimas, los adictos a las consolas o a dar la tabarra en las redes sociales cuenten con una sensación similar, no lo sé. Aquí les habla un infectado por el virus de los libros -empleando el lenguaje del momento-, con probabilidad no soy el más indicado para tratar el asunto, aunque también puede que sí lo sea, ya que he probado el veneno y conozco sus efectos. Sí, porque los libros, la lectura, tienen mucho de veneno, que va más allá de lo mental, de lo no concreto. Los libros son también la causa de mi insomnio, pero también de mi sueño. Retomo el plural de nuevo, de mis sueños. He soñado libros, propios y ajenos, convivo con los personajes creados y leídos, me he permito cameos maravillosos y delirantes junto a Don Quijote, vaya tunda nos dieron en aquella venta, en una carretera perdida norteamericana, en una isla desierta, había un tesoro escondido, claro que sí; conozco los rincones de un lúgubre ático de París, la soledad del guerrero y las alcantarillas de la España anisada y amarga de los cuarenta.

He viajado sin tarjeta de embarque, sin asiento asignado, sin levantar los pies del suelo, he cazado focas en el Polo, he combatido contra Hitler y el nazismo, he colaborado con Miguel Ángel, he paseado por Lima, Sinaloa o Argel, me he colado en un par de volcanes, he conducido una máquina del tiempo, también un bólido de carreras, y me he corrido un par de juergas con Hemingway, todavía me dura la resaca. Libros, sueños, vidas. No celebraremos Sant Jordi, no habrá calles colmadas de flores y libros, de colas multitudinarias a la caza de una dedicatoria, y a pesar de eso deberíamos celebrar el Día del Libro más que nunca. Por todo lo que supone para nuestra construcción personal, todo lo que nos aporta, el alimento que recibimos, las vidas extras que nos regala. Y los libros no son caros. Es más, me atrevería a decir que es el elemento cultural más barato que existe, baratísimo en determinadas ocasiones, si tenemos en cuenta todo lo que recibimos a cambio, el tiempo que permanecemos a su lado. Hay libros, pocos, contados, que permanecerán dentro de nosotros el resto de nuestras vidas. Que influirán en nuestra personalidad, en nuestra manera de entender el mundo y sus cosas. Pero, claro, tenemos que darle una oportunidad y abrirles la puerta de nuestra rutina. A pesar de las campañas institucionales -o no-, a pesar de los cambios en los sistemas educativos, ya he perdido la cuenta de los que llevamos, a pesar de que, en teoría, somos más avanzados –que no es sinónimo de “cultos”-, el libro sigue siendo un elemento extraño, ajeno, en nuestras vidas.

Ese tiempo que calificamos como de ocio -y que se ha incrementado con este confinamiento-, en demasiadas ocasiones preferimos emplearlo en contemplar tóxicos programas de televisión que nos muestran esa parte del decorado donde se extiende, como una hiedra salvaje, el cartón piedra, donde todo es mentira. Necesito desconectar, nos repetimos, para justificarnos de lo que no tiene justificación, se mire por donde se mire. Y los libros ahí, arrinconados, esperando ese día de puertas abiertas que en demasiadas ocasiones solo es un débil e imperceptible hilo de luz, que la oscuridad del olvido no tarda en devorar. A veces pienso que tememos a los libros, que sentimos una especie de miedo o de repulsión hacia ellos. Y escuchamos: a mí la lectura me aburre, a quien generalmente nunca lo ha intentado o que, como mucho, se quedó en una rocosa lectura de la infancia o primera juventud, obligada por el profesor de turno, con su mote y sus cosas. Los libros no cuentan con segundas oportunidades, no. Una vez aborrecidos, aborrecidos serán para el resto de la eternidad.
Disfruto el 23 de abril, me esfuerzo en disfrutarlo y en vaticinarle un futuro más halagüeño, más cálido, a los libros. Puede que se trate de mi particular utopía, ya que eso significaría que tenemos una sociedad más libre, más culta, más abierta, más sana, menos intoxicada. Quien lee, crece, y si todos los hacemos, si pasa a convertirse en una cotidianidad colectiva, todos seremos más grandes. Es tanto el placer que me reporta la lectura que me cuesta entender que no haya quien, al menos, se haya interesado alguna vez, por lo menos una vez. He viajado, amado, padecido, reído, llorado, he sentido miedo, atracción, pena, alegría con un libro entre las manos, sin necesidad de despegar los pies del suelo. Adoro los libros, como objetos, como contenedores, por su aliento, por su compañía, por su presencia. Y les debo mucho, mucho, en todos los aspectos, vitalmente, me han educado, me han formado; emocionalmente, creo que soy mejor, o lo intento, gracias a ellos. Tal vez me hayan salvado, incluso resucitado. No imagino una vida sin ellos, entre ellos, con ellos. Por eso el 23 de abril es para mí una fiesta, pero también una necesidad, de reivindicación, admiración y reconocimiento.

4 AÑOS SIN PRINCE. MAGIA Y DESMESURA

4 años después, de su repentino fallecimiento, se han escrito y dicho muchas cosas sobre Prince. Hemos hurgado en sus cajones, entregando supuestas grabaciones memorables, biografías inconclusas y remasterizaciones por doquier. Hemos conocido sus excentricidades, su turbia e inestable relación con la industria discográfica, la nómina de novias y amantes, las causas de su muerte, el ocaso de sus últimos años y también hemos vuelto a recodar la inmensidad de su obra, que realmente es lo único o lo que más nos interesa a todos aquellos que amamos la música. Todo lo demás no es más que el decorado, a ratos extravagante, excesivo e iconoclasta, del talento descomunal y genial de un artista irrepetible, punto neurálgico del atlas musical del último medio siglo. Aunque muchos periodistas y críticos lo han tratado de hacer en estos 4 años, condensar la obra de Prince en 10 ó 15 canciones me parece una tarea muy complicada, por no decir imposible. Entiendo que los gustos individuales son los que toman las riendas de la elección. Tengamos en cuenta que entre 1999, su quinto álbum, publicado en 1982, y Lovesexy, su décimo disco, de 1988, todo debemos entenderlo como una auténtica e indiscutible obra maestra. En estos siete años asistimos a la eclosión del genio, al desparrame del talento en estado puro, en esencia, así, a bocajarro. Nadie produjo tanto y de tan alta calidad en tan poco espacio de tiempo, nadie. En estos discos encontramos su Capilla Sixtina, su Gernika, su Colmena, su Álbum Blanco, su Cien años de Soledad, su Rayuela, su Padrino, su nave espacial que llega a Saturno, yo qué sé. Tengamos en cuenta que a muchos de los que consideramos genios, en cualquiera de las disciplinas artísticas, los recordamos por una obra cumbre, por un momento concreto de explosión creativa que definió y marcó sus trayectorias. Haga un repaso y comprobará que estoy en lo cierto.

En cierto modo, sin pretenderlo, fue ese “esclavo” que se tatuó en la cara durante la batalla que emprendió contra su discográfica, y acabó estando preso de su propio talento. Porque Prince tuvo la “desgracia” de ofrecer sus obras mayores demasiado pronto, demasiado joven, algo que no le perdonó la crítica, como tampoco se lo perdonamos sus propios seguidores, y lo condenamos al ocaso y casi al olvido, sin concederle esa segunda oportunidad, que con toda probabilidad se merecía. Acostumbrados a la excelencia, quisimos encontrar en cada nuevo álbum de Prince otro Purple Rain, otro Parade u otro Sign of the times y no nos conformamos con menos. No le alabamos en vida, lo suficiente, la desmesura de sus años mágicos, la grandeza de su obra, que escribiera una de las páginas más brillantes de la historia de la música. Ni siquiera fuimos capaces de ver en él, que lo fue y de qué manera, a uno de los mejores guitarristas que hayamos visto y escuchado, así como al volcánico multiinstrumentista que rellenaba las pistas del estudio de grabación con pasmosa naturalidad. Pasado el tiempo, me doy cuenta que sus seguidores, especialmente, no quisimos aceptar que el genio era humano, con todo lo que ello implica. Indiscutiblemente, el propio Prince fue también responsable de la lejanía, incluso soledad, de los últimos años, empeñado en preservar su autoría a cualquier precio y no aceptando que los canales de difusión de la música habían cambiado.

Con el fallecimiento de Prince muchos perdimos al autor de buena parte de la banda sonora de nuestras vidas. Esas canciones que nos hipnotizaron durante la adolescencia y primera juventud, que es esa época de la vida en la que se asumen y acuñan los ídolos. Por suerte, las canciones siempre permanecen. Prince nunca fue un ídolo masivo en España, las cifras de ventas están ahí para corroborarlo, aún así algunas de sus canciones, especialmente Purple Rain, forman parten de la memoria colectiva. Como los grandes, porque es uno de los más grandes, las canciones de Prince nos acompañarán el resto de nuestras vidas. Sus más célebres solos de guitarras, eternos e imposibles, nos seguirán erizando la piel, nuestros pies se moverán al mismo ritmo que los suyos y repetiremos esos gritos tan característicos que intercalaba en sus canciones. Con Prince se fue buena parte de la magia de la música, ese elemento inconcreto e indefinible que traza la frontera entre el artista y el genio

NO NOS OLVIDÉIS

No nos olvidéis. Es lo único que os pido, que cuando todo esto pase, que pasará, ya lo veréis, no nos olvidéis. No os olvidéis de los titiriteros, de los músicos, de las pintoras, de las escultoras, de los comediantes, de las humoristas, de los bailarines; no os olvidéis de los actores, de las actrices, de los directores, de los guionistas, de los figurantes, de las estilistas, de los ayudantes de producción, de las taquilleras, de las productoras. No os olvidéis, por favor, de los poetas, de las novelistas, de los cuentistas, de las libreras, de los editores, de las correctoras, de los bibliotecarios, de los impresores. No os olvidéis, os lo ruego, de las periodistas, de los fotógrafos, de los locutores, de los mezcladores, de las redactoras, de los diseñadores, de los repartidores, de las publicistas. Cuando todo esto pase, porque pasará, claro que sí, solo os lo pido que no os olvidéis de los violinistas, de las pianistas, de los tenores, de las contrabajistas, de las directoras, de los acomodadores. No os olvidéis de Felipe, Luis, Sara, Isaac, Eva, Charo, Pablo, Carlos, Javier, Lucía, Paula, Pedro, Belén, Miguel Ángel. No os olvidéis de Antonio, Marina, Daniel, Rafa, Carmen, Ricardo, Agustín, Manolo, Virginia, Salva. En este tiempo de confinamiento, muchos de vosotros habéis podido comprobar que la cultura no solo nos alimenta, nos nutre, también nos sana, nos cura. Nos salva de la ignorancia, del aburrimiento (que puede ser la puerta de entrada de la curiosidad, pero también del rencor y de lo retorcido, de lo terrible); nos salva de la desidia, de la desinformación y de la apatía. Porque la cultura, la información, son la luz en la oscuridad, el agua en el desierto, la calma en la tempestad. Porque vuestras vidas son más ricas, más plenas, más vividas, con un libro entre las manos, envuelta en música, frente a una pantalla o recorriendo una galería de arte. Porque no solo vivís más, vivís mucho mejor, mucho más. Y en estos días lo estáis comprobando, como nunca tal vez.

No nos olvidéis cuando esto pase, y no lo pido como contraprestación, porque hayamos entregado durante estos días de encierro nuestros libros, películas, museos, poemas, canciones o fotografías. No, no se trata de un trueque, de un quid pro quo, por todos los directos, charlas, cuentos, canciones, actuaciones compartidas en las últimas semanas, no. No es una devolución, no va de eso. Seguid compartiéndonos, usándonos, disfrutándonos, se trata de incorporarnos definitivamente a vuestras vidas como una rutina más. Paseíto de media hora y un cuento; protagonizar aventuras inimaginables, volver a soñar con un cómic. Un libro de poemas junto al cartón de leche, un cuadro colgando entre los embutidos, una película donde antes eran chismes, la memoria en el hueco del olvido, una canción en donde tanto tiempo habitó el silencio. Se trata de eso, de que sigáis/sigamos estando a nuestro/vuestro lado, queremos seguir siendo vuestra compañía, formar parte de vuestras vidas. No cerrar esta puerta que hemos abierto, cuando se ha cerrado la de la calle.  

Os lo pido, no nos olvidéis, que no volvamos a la desnudez, a la miseria, al vacío, a tener que renunciar a nuestras profesiones -porque han dejado de serlo-. Que no tengamos que recorrer ese infierno que muchos ya recorrimos, porque seguramente iremos muy justos de fuerza y demasiados caeremos en el intento. Han sido muchas las caídas y cada vez cuesta más levantarse y seguir recorriendo el camino. No nos olvidéis, os lo pido, por favor, por este presente que estamos compartiendo, por el futuro, que puede ser bueno, y hasta muy bueno, si entre todos nos comprometemos a que lo sea. Nosotros estamos dispuestos a ello, y a hacerlo a vuestro lado. Por todo esto, y por mucho más que no podría explicar con palabras, hablo de sensaciones y de emociones demasiado íntimas y personales, os pido que no nos olvidéis. Si esto vuelve a pasar, ojalá nunca más tengamos que vivirlo, y mucho menos nuestros hijos, nietos o nuestros mayores, muy especialmente, estaremos otra vez a vuestro lado. Tenedlo presente: estaremos. Te lo pido a ti que me lees, y al vecino del tercero D, y a mi dentista, y a la sanitaria desconocida y heroica, y al mecánico, y a la funcionaria de Correos, y también se lo pido al alcalde, y a la consejera del ramo, y al ministro -a pesar de sus declaraciones-, por favor, no nos olvidéis.