LO QUE LA MUERTE (NO) ESCONDE

Puede que fuera su escudo, su trinchera, su máscara. Durante años, muchos, fue la sonrisa del cine español. Una sonrisa sincera, inocente, cándida incluso, la mayoría de las ocasiones. Una sonrisa a juego con sus ojos, luminosos, oceánicos e inquietos. Verónica Forqué, hija de su padre, nombre imprescindible en la historia del cine español, de los 80 y 90, fundamentalmente. Uno de esos rostros que convertimos en familiares, como si fuera una más en la mesa camilla, y es que su popularidad fue mucha, ligada habitualmente a títulos de gran aceptación entre el público. El público, ese ente que ni el mismísimo Lorca fue capaz de descifrar. Lo tuvo todo, lo fue todo, trabajó con los mejores directores y compañeros de reparto, escogió sus papeles, desfiló por la alfombra roja de los Goya, tal vez sin ser consciente de lo que era: una estrella del cine y de la televisión. Pero un buen día, dejamos de invitarla a nuestro sofá de la audiencia, eliminamos ese hueco que le teníamos reservado, para ofrecérselo a otra actriz, con otro nombre, Penélope, Maribel o Leonor. Porque las mujeres, también en el cine, sí, también, lo tienen más difícil que los hombres y su tiempo caduca antes. No su talento -que siempre permaneció intacto-, su físico, sus curvas, las “patas de gallo”, las canas, todo eso que en los hombres, en muchos casos, es elegante madurez, y que en las mujeres es decadencia, “se les pasó el arroz”, “está colgona” o cualquiera de las muchas “lindezas” que les dedicamos. El teléfono deja de sonar, que es uno de los peores males que pueden padecer quienes se dedican a la interpretación, porque eso significa no sólo ostracismo, también dejar de ganar de dinero, o tener que aceptar lo que sea, porque los recibos de la hipoteca, de la comunidad, de la electricidad y de mil cosas más siguen llegando, estés o no en el candelero.

Supongo, no sé de las cuentas económicas de Verónica Forqué. Pero puede que no se tratara sólo de dinero, y también de sentirse de nuevo reconocida, querida, popular, por el gran público. Y sigo con las suposiciones. Que la televisión se ha convertido en los últimos años en un artefacto que está más cercano al mercadeo que a la divulgación no hace falta que yo lo diga, es la realidad. Que antepone miseria y horror a belleza y conocimiento, es evidente (y basta asomarse a la programación de cualquier cadena). Y que esto sucede porque hay un “público” que así lo quiere, bien cierto es, y dos más dos siempre son cuatro. Aún siendo cierto, y siendo conscientes de todo esto, esa televisión continúa, y continuará. Y no sabremos nunca si ha incidido en la muerte de Verónica Forqué, a pesar de todos los “especialistas” en la materia que han aparecido en los últimos días. Los mismos que “predijeron” la crisis económica o la pandemia, los mismos que tienen un máster en erupción de volcanes y energías renovables, ahora, también, faltaría más, son especialistas en enfermedades mentales. Lo único cierto es que Verónica Forqué murió cuando decidió poner fin a su vida. Todo lo demás, lo podemos intuir, inventar, sospechar o creer, pero nunca sabremos toda la verdad.

Hablamos de enfermedad mental cuando quien se quita la vida es una persona pública, si es nuestro hermano, amigo o pareja lo llevamos como un estigma, que preferimos callar, y hasta ocultar. Lo mismo que ocultamos que nuestros hijos o nosotros mismos tenemos cita con el psicólogo o el psiquiatra, vaya que alguien nos empiece a ver como unos locos, unos tarados o unos idos de la cabeza. Y es que, tal y como sucede con la discapacidad -esos subnormales, tullidos y lisiados de siempre-, las palabras marcan la primera barrera, el primer insulto, con las personas que padecen una enfermedad mental. Qué poca importancia les solemos dar a las palabras, y cuántas vidas se han llevado por delante. No verbalizar la enfermedad, no mostrarla a la luz, no reconocer que el suicidio es una de las causas por las que fallecen más personas en nuestro país es y seguirá siendo lo peor que podemos hacer por las personas que padecen una enfermedad mental. Y que no son pocas, precisamente, muchas más de las que creemos o imaginamos porque la mayoría siguen escenificando una sonrisa permanente, como Verónica Forqué, la sonrisa del cine español, aunque su interior sea un páramo, desolación. Todo eso que la muerte (no) esconde.

LOS TONTOS

En realidad, lo reconozco, nunca me he importado estar en el batallón de los tontos, sobre todo después de descubrir los nombres más ilustres de cuantos componen el de los listos. Hay quien mantiene que, en esta vida, para llegar a algo, a lo que sea, más que inteligente, trabajador, constante o talentoso, hay que ser listo. Listo, listo de calle, especifican. Y cuando dicen listo es con la musiquilla del doble sentido, esa del “tú ya sabes lo que te quiero decir”. Lo paso mal en esas tesituras, lo reconozco, porque normalmente no pillo esos dobles sentidos guiñados y, por no caer más, porque no querer escapar del rebaño, cabeceo afirmativamente, aunque no me haya enterado. Esa es una peculiaridad muy frecuente en el batallón de los tontos: huir de las polémicas, no tratar de imponer nuestras ideas o tesis a toda costa, algo de lo que los listos hacen gala. Pero qué bonita es esa expresión: hacer gala, y yo no puedo dejar de imaginarme a un notas tela de guapetón con su esmoquin recién planchado. Pero volvamos a los tontos, a los que son como yo, más o menos. Otra peculiaridad, que no cualidad: somos fáciles de engañar. Sí, lo somos, y por eso formamos parte de los tontos, así de simple. Muchas veces nos engañan -normalmente algún listo, claro está- al hacernos creer que vamos a cumplir con un sueño, con una ilusión o anhelo. Sí, porque los tontos tenemos también tenemos esa tarita, que no nos falte de nada, somos soñadores. O más que soñadores, ingenuos, y creemos que podemos conseguir los objetivos por nuestros propios medios, sin trampear, sin zancadillear al compañero, sin abusar del rival. Para creer eso, imagínese lo tonto que hay que ser, normal que nos llamen así. No tenemos remedio, y me temo no han encontrado, de momento, vacuna para lo nuestro.

Ante la clásica duda, muy del estilo el huevo y la gallina, todavía nadie ha podido determinar si el listo nace o se hace. Porque ser un buen listo, de los que de verdad triunfan en la vida, y terminan teniendo muchas y buenas cosas, esas cosas que envidiamos, y envidiamos, tiene tela marinera, eso no está al alcance de cualquiera. Y seguramente requiere de un entrenamiento concienzudo, de tener claro hasta dónde se puede llegar, que es el infinito y más allá, como dijo el astronauta de Toy Story. Obviamente, el tonto nace, porque nadie en su sano juicio quiere ser y formar parte del grupo de los tontos. Por eso no me voy a cebar con ellos, pobrecitos míos. Además, hacerlo sería la mayor demostración de masoquismo que habría contemplado en mi vida, cargando contra mí mismo, tonto entre los tontos. Pero es un problema aún mayor, de verdad, y esto que voy a contar tal vez no lo crea, pero es así. Prepárese, que no es cualquier cosa. Tome asiento, respire hondo. Venga, lo suelto ya. Los tontos no quieren dejar de ser tontos, y a la mayoría cuando le ofrecen la posibilidad de cambiar, cuando un listo se acerca y le dice: vente conmigo, el tonto dice, decimos, que no. O sea, eso ya es el colmo de la tontura: el ser tonto por propia elección. El querer estar en el lado de los ingenuos, de los crédulos, de los fáciles de engañar. De verdad, es que hay que ser muy tonto para querer seguir siendo un tonto y no ser un listo. Todo un listo. Ya ves.

El Tangana, que hace muy poco ha recibido unos cuantos premios, ha conseguido que convierta en himno, o más que eso, en banda sonora de mi vida pasada, presente y futura, un canción de su último y aclamado disco. La coplilla de marras, como no podía ser de otra manera, se titula Los tontos, y la canta a dúo con Kiko Veneno -ese grande de la música que si hubiera nacido en Alabama estaría a la altura de Cash, Young o Springteen, y que aquí no terminamos de glosar como se merece-, y aunque toda ella es soberbia, en algunos pasajes se puede escuchar: tú te has creído que, por ser yo bueno, puedes ir pisando por donde friego. Qué pocas palabras para expresar tanto. Un sentimiento que con frecuencia me inunda, cual brisa marina. Porque nadie piense que los tontos no tenemos conciencia de nuestra tontura, pues claro que la tenemos, del mismo modo que la tenemos de cuando los listos nos hacen una de las suyas. Y eso no quiere decir que nos guste que nos pisen lo recién fregado, que no nos gusta, pero es que tenemos claro que la solución no es pegarle un fregonazo al listo de turno, aunque se lo merezca. Y es que, al final, ser tonto también tiene su cosa, y a lo mejor no lo puede ser todo el mundo. Pero es que nadie quiere ser tonto, o eso dicen.

LOS POPULARES DEL MAGIK. MI PRIMERA NOVELA JUVENIL

Puede que te sorprenda esto que tanta ilusión me hace: el miércoles 17 de noviembre llega a las librerías mi primera novela juvenil: LOS POPULARES DEL MAGIK. Dirigida a chaval@s a partir de 12 años, cuenta con ilustraciones y portada de la gran Pam López, a la que seguro conoces por Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, y la publica una editorial tan prestigiosa en este sector como es Algar Editorial. Nervioso y feliz por este cambio de registro, que espero te guste!!

LOS QUE SIGUEN ESTANDO

En bolsas de supermercado lleva varias gasas y bayetas, un estropajo y un par de botellas de agua. La escalera de tres peldaños ya está en el maletero, junto a la rueda de repuesto. Mientras tomaba un café en la cocina llegó su hijo de la fiesta de Halloween, el disfraz de vampiro evidenciaba el trote de la noche. Muy temprano, a eso de las siete, se introdujo en su vehículo y condujo hasta el pueblo en el que nacieron sus padres, a más de cien kilómetros, en la frontera de los límites provinciales. Esa misma carretera que recorrió cientos de veces en el autobús de línea, desde la infancia hasta no hace tanto. El reloj marca las nueve de la mañana, se detiene junto a la floristería que hay tras el cementerio. La semana pasada encargó tres docenas de claveles. Desde aquel frío noviembre de 2001 que se quedó sin flores, previsora, quince días antes llama a Julia, la propietaria, hija de la Julia de siempre. Dentro del cementerio, una breve parada ante el nicho de los abuelos, para comprobar que sus tías siguen cumpliendo con lo acordado. El mármol de la lápida está empañado por el polvo, blanquecino, una telaraña ha comenzado a crecer en una esquina. Con la ayuda de la escalera, retira los floreros de plástico y comienza a limpiar con esmero la piedra, tal si se tratara de un espacio reservado a seres vivos. La mecánica actividad no impide que por su cabeza desfilen imágenes del pasado, de su infancia, vestida de domingo, con enormes lazos en la cabeza, ríe entre sus padres, entre los que siguen estando. Se puede llamar Luisa, Carmen o Jesús. Como cada arranque de noviembre, con cada vez menos sabor a gachas, recordamos a nuestros difuntos, a los que ya no están, les entregamos parte de nuestro tiempo y de nuestras habilidades. Los visitamos, nos acordamos de ellos, porque de alguna manera siguen estando muy presentes entre nosotros.

Durante decenas de domingos y demás festividades he visitado a mis difuntos en el cementerio. El hacerlo ha forjado en mi interior el decidido convencimiento de que la incineración es la expresión más neutra y menos esclavista, más limpia, de la muerte; mi elección para cuando hayan de elegir los demás por mí. Sin embargo, comprendo perfectamente, porque los he sentido muy cerca, a todos aquellos que necesitan encontrarse con sus difuntos, visitarlos en un lugar concreto en el que mostrarle su dolor y sus recuerdos. Hay quien convierte el nicho o panteón del ser querido en una especie de nueva casa, y la cuida con esmero, procura que el tiempo y sus cosas se noten lo menos posible. Encala los alrededores, mantiene con brillo el mármol, no permite que las flores se marchiten, como si se tratara de una evolución de aquellos egipcios del pasado que se enterraban con alimentos y recuerdos de sus familiares, con el convencimiento de que la muerte no era más que el inicio de un largo viaje hacia una nueva vida. Es cierto que en nuestro país existe lo que podríamos definir como un culto a la muerte, y que lo expresamos en los cementerios, colocando flores en la cuneta de una carretera o convirtiendo un entierro en una manifestación de duelo comunitario. La muerte genera en nuestro interior emociones muy diferentes, y todas las expresiones externas son igual de respetables, ya sean por respeto a la tradición o por convicción propia.

Si uno se detiene un instante a pensarlo, las visitas a los cementerios no dejan de ser un reencuentro con nuestros difuntos, y, por tanto, con nuestros recuerdos. La necesidad de saber que nuestros seres queridos están ahí, en un nicho o bajo tierra, que existe un punto concreto en el que poder llorarlos. Y es que todos, de un modo u otro, necesitamos conocer el destino de nuestras raíces. Como todos los años por estas mismas fechas, acudimos a los cementerios, y puede que tras este gesto se esconda una acción mecánica, un cumplimiento con la tradición o, también, una necesidad por activar el recuerdo y mantener en nuestra vida de hoy capítulos y personas fundamentales de nuestro pasado. En este reencuentro con nuestros difuntos se esconde el no querer enterrarlos definitivamente, el necesitar sentirlos a nuestro lado. Aunque pretendamos lo contrario, lo seguirán estando, porque mucho de ellos sigue vivo en nosotros.

SEGUNDA EDICIÓN DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Entra de nuevo en imprenta El lenguaje de las mareas para realizar una SEGUNDA EDICIÓN, ya que se han agotado los ejemplares iniciales. A pesar de contar con una versión eBook, otra de BOLSILLO, incluso un Audiolibro, regresa a las librerías en su formato original. Y esto ha sido posible porque los lectores y lectoras así lo han querido, algo por lo que no podemos estar más felices. Mil gracias!!!!

MOCHILAS Y PUERTAS

En esta semana de fuego y lluvia, menuda semanita bipolar hemos tenido, los centros de enseñanza, en su gran mayoría, han abierto sus puertas. Pocas noticias mejores, porque a través de esas puertas no sólo se accede a las aulas, a las pistas de deporte o a los laboratorios. A través de esas puertas se accede, muy especialmente, al futuro. Después de varios meses, han regresado las silenciosas mañanas a casa. Tan sólo vulneradas por los habituales sonidos de la calle: el del taller probando una moto, el que tapiza, el que recoge chatarra o algún grito furtivo e inesperado. Los sonidos de mis vecinos. Mi vecina sigue cantando coplas y rancheras -y sigue haciendo carne en salsa-. Aunque lo deseaba, que volvieran a sus clases, los primeros días sin mis hijos en casa se me hacen extraños, solitarios, distintos, incluso tristes. No ha llegado al nivel del año pasado, tras tantos meses de permanente convivencia. Fueron más de seis meses. Aunque solucionado el grueso de lo intendencia, los primeros días son de visitas a las papelerías, de renovar mochilas y libros, de forrarlos, sí, de forrarlos, y de todos esos asuntos implícitos a la vuelta a las clases. Siempre fui al instituto con una mochila, verde militar -de hecho, creo que esa era su verdadera procedencia-, áspera como una lija, incómoda como ella sola, nada que ver con las actuales. No recuerdo cuántos cursos me duraban aquellas mochilas de esa lona tan gruesa y ruda, casi imposible de limpiar. Si tenías la desgracia de que se te derramase la tinta de un bolígrafo, no la volvías a tener limpia nunca más. La tinta azul, en ese verde castrense, adquiría unos tintes púrpuras, que hacían más visible y llamativa la mancha.

Me asaltan estos recuerdos mientras veo como las gotas de lluvia se estampan contra los cristales y escucho a mis hijos hablar de nuevos compañeros y profesores. Aunque fingen contrariedad, no dudan en proclamar que les habría gustado que las vacaciones prosiguieran, no pueden ocultar el entusiasmo que el reencuentro con las clases les provoca. Tenía que suceder en septiembre, claro que sí, un mes mucho más renovador, novedoso y repleto de oportunidades y cambios que el sobrevalorado enero, con su hartura de mazapanes y contenedores de basura colmados de cabezas de gambas, envoltorios de mantecados y cajas vacías. Ellos, mis hijos, tan jóvenes, e imagino como la mayoría, aún no tienen conciencia de todas esas cosas en las que pensamos los mayores, que ya empezamos a ver en el tiempo como un aguafiestas y no como una suma de días en el calendario. Aún así, les toca elegir muy pronto qué quieren hacer con sus vidas, a qué se quieren dedicar, esas cosas que yo mismo me sigo preguntando cada día, y el problema es que sin respuesta la mayoría de ellos. A pesar de esa responsabilidad, que en la mayoría de los casos solventan con demostrada eficiencia -y es que nos empeñamos en dudar de nuestros jóvenes y cada día nos tapan la boca-, volver a las aulas tiene mucho de aventura, de exploración, de descubrimiento, y hasta de misterio. Un tiempo nuevo.

Esas mochilas que cargan nuestros hijos y que, afortunadamente ya no son como aquellas feísimas y toscas verdes que me tocó padecer, están cargadas de bolígrafos nuevos, libros y reglas, pero también de ilusión y de futuro. Años decisivos a los que se enfrentan, de transformación biológica y personal. Crecerán, esos estirones dejarán cortos los pantalones y camisas, y en poco tiempo se convertirán en otras personas, a veces muy diferentes, a las que son ahora. Un tiempo de vértigo, de incertidumbre, pero ilusionante al mismo tiempo. Muy jóvenes les toca elegir, elegir su camino, justo cuando están en pleno proceso de cambio. Todos hemos pasado por esto, claro que sí, pero por ello no deja de ser una etapa compleja de la vida. Por eso, debemos estar a su lado, para lo que necesiten, lo mismo que lo están sus profesores y maestros. Con ellos me despido, agradeciéndoles de nuevo todo lo que han hecho y hacen, en tiempos tan adversos, propiciando que el viaje iniciado por nuestros hijos no se detenga. No es poco, todo lo contrario: es mucho. La puerta al futuro sigue abierta.

SEPTIEMBRE

En las costuras de los asientos de nuestros automóviles, en las esquinas de as maletas, en los bolsillos de los pantalones, en esa cartera que sólo utilizamos una vez al año, permanecen esos polizones disfrazados de recuerdos que certifican lo que ha dado de sí ese maldito y bendito mes de agosto que termina mucho antes de lo que desearíamos y que tarda en llegar mucho más de lo que quisiéramos. Arena de la playa, una traviesa ramita, un billete de Metro, un posavasos de colores llamativos, el plano de un museo, cientos de fotografías que nunca trasladaremos al papel, una película de videocámara. El regreso es más ingrato, no cuenta con los alicientes y expectativas de la ida, no esconde ninguna sorpresa: sabemos lo que nos aguarda. El agua que dejamos en el salón y en el dormitorio se ha evaporado, fabricando una neblina amarillenta en ese bol que empleamos para las ensaladas. Una planta no ha resistido los rigores del verano, ¿no me dijiste que le habías dejado un plato lleno? Sobresaltamos a la lavadora con trabajo extra tras un mes en el limbo, y en las primeras vueltas bosteza el despertar de su gran sueño. Facturas y folletos publicitarios que se agolpan en el buzón. Septiembre suena a canción, en diferentes idiomas y estilos; bonito título para una película, hagamos memoria y acertemos, que la hay; en la portada de una novela tampoco quedaría nada mal: sugerente y concreto –me temo que alguien se nos adelantó-. Comienza la Liga, con sus estrellas y estrellados, con sus promesas de emoción y gloria y los colegios empiezan a desempolvar sus pupitres vacíos y sus pasillos enmudecidos. Cartillas y libros inmaculados aguardan a sus próximos e inquietos propietarios. La imaginación de los diseñadores de coleccionables aún no ha alcanzado su techo: cuberterías para niños, barcos de guerra con un pasado legendario, vehículos teledirigidos, la filmografía esencial de ese actor/director esencial. Nos juzgamos ante el espejo o sobre la báscula y nos proponemos erradicar de nuestras vidas y cuerpos todos esos hábitos que entendemos nocivos, inútiles o superfluos. Mañana una pescadita a la plancha y el tabaco no lo vuelvo a probar en mi vida. Septiembre y su realidad, que no deja de ser la rutina de cada día, nos aguarda con los brazos abiertos y mirada ojeriza, como esa madre que espera a su hijo de madrugada. Los informativos volverán a repetir ese reportaje del trauma postvacacional, y yo siempre me preguntaré cómo será el trauma de aquellos que no hayan disfrutado de unas vacaciones o, peor aún, de aquellos que no tengan trabajo. Ha llegado, sí, septiembre, el odiado, el mes más ingrato; ha llegado, sí, septiembre, repitámoslo con todas sus letras -10 si no me equivoco-, y crucemos los dedos –los de las manos y los de los pies si contamos con la contorsionista habilidad-, para que lo que volvamos a maldecir, una vez más, el año que viene por estas fechas.

EL CHIRINGUITO

Si tuviéramos que establecer un día mundial o internacional, aunque solo fuese nacional o andaluz, del chiringuito, tendría lugar HOY, 15 de agosto, el festivo entre festivos, el padre, hijo y abuelo de todos los festivos. Eso es así. Y basta con acercarse a cualquiera de los que pueblan nuestro litoral, para comprobarlo. Prepare los codos, la cartera y la paciencia para celebrar la ocasión como se merece, que puede ser un ratito bueno entre todos los ratitos buenos del año, a pesar de las estrechuras. Y es que ese momento en el que te enfundas la camiseta o camisa (floreada, que jamás te atreverías a ponerte un lunes de noviembre), recorres la playa esquivando tumbonas, sombrillas, castillos de arena y cuerpos asalmonados hasta por fin llegar al chiringuito, donde con un gesto similar al de Magallanes en el preciso instante de partir desde Sanlúcar de Barrameda en dirección a las Islas de las Especias, examinas la concurrencia, en busca de ese amigo, cuñado o similar con el que tomarte una cervecita fresquita y lo encuentras, sí, al fondo, bien colocado, en su mesa alta, con su camisa floreada, también, él que es de castellanos marrones y pinzas de lunes a viernes, sientes en tu interior algo parecido a la victoria, a la burbujeante celebración de un gol en el minuto 93, ya sea con VAR o por la escuadra. Inigualable momento, raíz o premisa indispensable de lo que queda por delante, que en un día como éste, Día Mundial del Chiringuito, cuenta con una máxima que nunca falla: la improvisación, y sálvese quien pueda.Al chiringuitero profesional, la RAE debe admitir esta palabra a la mayor brevedad, ni el laboratorio del FBI en su sede central de Baltimore podría encontrar un grano de arena o un resto de salitre en su cuerpo o ropa. El profesional no pisa la playa, aunque le guste verla desde la distancia, acodado en la barra. Conoce al dueño/encargado del establecimiento de quince veranos seguidos o tiene la habilidad de parecer que lo conoce de todo ese tiempo (aunque lo acabe de conocer). Para eso, nada mejor que la táctica de la vitrina del pescado, asomarte con poderío, como si tuvieras la intención de encargar ese pargo de doce kilos que arrincona a los lenguados, y decirle al dueño/encargado: buen género, a cómo sale eso, y a continuación mueve la cabeza con gesto de conformidad, sin confirmar o negar la posible adquisición. Y cuando está en su mesa alta, o planchando barra de aluminio, el chiringuitero profesional formula la gran pregunta al camarero que lo atiende: ¿cuál está más fría, botella o tirador? Las dos igual. Ponme una que me duela la garganta. Y así, sin quererlo, en una buena jornada chiringuitera no hay nada previsto, van llegando amigos, amigas, cuñados, suegros, la abuela con la silla plegable y una legión de niños pidiendo un refresquito. Si os lo tomáis ahora, en la comida toca agua, amenaza uno de los chiringuiteros, aunque ellos ya lleven seis consumiciones, como poco. Entre estas disputas, grandes decisiones: ¿aceitunas o altramuces?, los fichajes del verano, varias rondas, inciertos viajes planeados y recuerdos recuperados, con las bocas calentitas ya, el encargado/dueño del establecimiento te avisa que ya tienes la mesa lista. Pongamos que hablamos de las cuatro y media de la tarde, en el mejor de los casos.Dieciocho, sin contar a Juanito, que tiene tres años y duerme en el carrito. Fuera de carta, nada, que nos la clavan, dice alguien, pues yo le metía a unrodaballo, eso no merece la pena para los que estamos, reniega otro, tres de ensaladilla, dos de tomates aliñados, unas sardinas y lomitos para los niñosyo no me voy a comer un lomito, protesta Carmen, con la vista puesta en las gambas que porta un camarero. Arroz para cuatro nada más, que luego se queda, avisa la abuela. En el remate, el chiringuitero profesional exige su chupito con esa gracia que solo él contempla y que más de uno califica como chulería, y luego organiza un brindis que decora con una de sus frases impostadas. Mientras, los más pequeños no cesan de abrir la puerta del congelador, a la caza de un helado. Guiña el ojo y hace como que firma sobre un papel invisible, el chiringuitero más curtido pide la cuenta. Miradas de asombro, alguna de rencor, ya te lo dije, pagamos por familia, claro, y yo que no traigo niños pago lo mismo, alguien murmura. Pues yo lo veo hasta barato, que si quitamos los helados, las tartas, los cafés, los batidos, las patatas fritas y los refrescos no es tanto, explica con ese desparpajo suyo el chiringuitero de mayor edad. Y hasta la siguiente. Feliz Día Mundial del Chiringuito.