GLORIA

Una vez más, el azote, la borrasca, el temporal, con nombre de mujer. Y no me estoy refiriendo al Pin Parental, me refiero a Gloria, que nos ha dado una buena tunda los últimos días. Si usted busca en internet por qué se le adjudican nombres de mujer a las catástrofes climáticas, podrá encontrar mil y una explicaciones. Y como hacemos todos, porque todos lo hacemos, se quedará con la que más le interese, complazca o estime, allá cada cual con sus verdades. Estoy seguro que a Carmen Calvo no le gusta nada que le asignen nombres de mujer a los temporales, como tampoco le gusta poner coletilla de género al Congreso y al Senado, y tal vez tenga razón y asunto zanjado. Tengo claro que las recomendaciones de la Academia de la Lengua atufan a laca a granel y pachulí del barato. No termino yo de entender a esta institución, tan generosa siempre con todos los anglicismos que asumimos o con chorradas varias, recordemos lo de amigovio, y tan tajante, tan exhaustiva, con el lenguaje de género. Sea como fuera, las mujeres siempre acaban pagando, lo que sea, pero pagando. Una cosa, vaya. Desde ese punto de vista, podríamos limitarnos a enumerar las catástrofes naturales, 1, 2, 3, y así, y santas pascuas, asunto solucionado. A veces, solo a veces, las soluciones son más fáciles de lo que podemos imaginar, las tenemos al lado, nos rozan, basta con abrir la mano para cogerlas, y asumirlas. Pero hay que querer, claro, hay que querer. Para explicar esto viene muy bien la imagen del vaso o botella, escoja, que puede estar medio llena o medio vacía según quien la mire. Pero no solo eso, que yo en ciertos momentos la veo llena a reventar y en otros más vacía que mi hucha. O sea, no solo los ojos, también el momento, que todos los detalles desempeñan su labor y nos determinan, claro que sí. Yo no sé si es bueno ese optimismo de la botella casi llena que a veces siento y que sería mucho mejor, más terrible, y hasta real, esa botella vacía que auguro, a modo de freno, tope, advertencia, lo que sea.

La gloria es una cosa muy etérea, es como lo de la botella, y hay quien la siente mirando a los ojos de sus hijos, colando un gol ante cincuenta mil espectadores o participando en La isla de las tentaciones, que es la última aberración televisiva que se han inventado. El reto de la fidelidad, como premio, como aspiración, no como determinación. La gloria también puede ser, lo es, ganar un Goya. Banderas tiene esa opción, y también un Oscar, que ya es una gloria VIP, y yo me alegro mucho por él, que crecí viendo sus películas al mismo tiempo que lo hacía él como actor. Hasta que se fue a hacer las américas y dejó de crecer para ser su propia franquicia. La demostración de que el dinero no, siempre, da la gloria. Banderas, en Dolor y gloria, se transforma en Almodóvar y borda un papel que muchos le hemos estado esperando unos cuantos años. El título de la película puede entenderse hasta como una metáfora de ese proceso.

Durante muchas temporadas, la majestuosa Sofía Vergara ha sido Gloria en Modern Family, esa serie americana más atrevida y contemporánea que muchas de las producciones de la atrevida y contemporánea Europa. Una serie en la que un matrimonio de gays adoptan a una niña asiática, y por tanto inmigrante, y una divorciada colombiana, y por tanto inmigrante, con su hijo, también colombiano e inmigrante, contrae matrimonio con un hombre que le dobla la edad, y hay una familia en la que unos padres hablan de sexo, y sus hijos acuden a un colegio en el que hay negros, latinos y asiáticos, una ONU de las razas, vamos. Hay quien pueda entender todos esos factores como un dolor, que bien se podrían haber evitado, poniendo medidas, y se empieza con un PIN y se acaba con una valla, o con un cerrojo, o con una celda, ya puestos. Hay quien, como yo, en el batallón de ilusorio buenismo, que lo entiende como una gloria, por eso mismo de la botella o porque lo considere el triunfo de la libertad, de las emociones y, sobre todo, de la lógica. La lógica, que tal vez sea la gloria, en estos tiempos de tan irrazonable dolor.

AUSCHWITZ

EL 27 de enero de 1945, el Ejército soviético liberó el campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. Apenas quedaban 7000 personas en su interior, la mayoría judíos. Supervivientes, milagrosamente, entre más del millón de «internos» que llegaron a estar almacenados como despojos, antes de ser torturados, en el campo, desde su apertura en 1940. Más de un millón de personas, se estima que la cifra se aproximaría a 1.300.000, vejadas y asesinadas en menos de cinco años. No hagamos los cálculos de las víctimas mensuales, semanales, diarios… Generaciones destrozadas, masacradas, cercenadas sin motivo, la lógica del mal. Hace unos años estuve en Polonia, en Cracovia concretamente, y tuve la oportunidad de visitar el campo de Auschwitz, situado a unos cuarenta kilómetros de la bellísima ciudad. No quise. Me bastó con conocer la factoría de Oskar Schindler, donde poco más de mil judíos, trabajadores, pudieron salvar su vida gracias a la complicidad del famoso empresario. Recuerdo las calles, las fachadas de las casas, el frío de la mañana, esos mismos adoquines que fueron testigos de lo que ocurrió. El trayecto hasta la fábrica me conmovió, me estremeció, las imágenes de la deslumbrante película de Spielberg se colaban en mis pensamientos, creí sentir el horror y la ansiedad, el miedo, en su estado más puro, a mi alrededor, me arañaba la piel, me escocía. Supe, en ese preciso momento, que no resistiría la visita al campo de exterminio de Auschwitz. En un lugar así, el dolor debe permanecer para siempre, transformado en un olor que es imposible eliminar.

Un estremecimiento similar al que he padecido recientemente cuando hemos vuelto a recordar Auschwitz y su decálogo de horrores. El tiempo no consigue reducir la intensidad del magnicidio, las imágenes siguen traspasando la fina piel de nuestra sensibilidad. 75 años, no ha pasado tanto tiempo. Un estremecimiento similar al que siento cada vez que alguien minimiza o duda del Holocausto que padeció el pueblo judío o cuando se intenta comparar con hechos, igualmente deplorables, que no son ni remotamente parecidos en su dimensión y magnitud. No lo son. Hay quien considera que «sentimos» especialmente el genocidio que padecieron los judíos, la Shoah, porque se trata de un drama narrado y filmado, mil veces literaturizado y llevado a la pantalla. Sí, lo ha sido, porque desgraciadamente es muy generoso en atrezo: las interminables filas de hombres consumidos en la hambruna, las cabezas rapadas, cuerpos marcados como reses camino del matadero, montañas de prótesis dentales, colchones de pelo, el humo de las chimeneas, trenes que se adentran en la noche sin retorno, esvásticas expoliando vidas. Y también es muy generoso, igualmente, en personajes terroríficos, todos esos verdugos cuyos nombres no quiero recordar.

Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Mauthausen, Treblinka, Varsovia… Algunos de los más fatalmente célebres campos de concentración y exterminio de la horripilante geografía que el nazismo dibujó en la Europa de no hace tanto. Las estimaciones nos hablan de unos 15.000 en total, situados en lugares estratégicos, y todos con el mismo objetivo: el hacinamiento y exterminio del pueblo judío, principalmente, así como de todas las etnias y razas que el nazismo determinó como peligrosas, «contaminantes»: gitanos, eslavos, homosexuales, o republicanos españoles. Muchos de estos últimos fueron enviados desde los campos de concentración que se crearon en la España de Franco, tan atento siempre a los movimientos de su «amigos europeos», Hitler y Mussolini. Se estima que más de medio millón de personas pasaron y murieron en los casi 200 campos españoles entre 1936 y 1947. La terrible dimensión de la barbarie llevada a cabo en el campo de Auschwitz lo ha convertido en el icono, en la representación más concreta, cierta, del Holocausto. La mayor infamia, el peor gesto, que ha creado la especie humana a lo largo de su historia. Recordarlo 75 años después de que fuera desmantelado debería entenderse como un ejercicio de defensa, de lo que no podemos permitir en el presente, tampoco en el futuro. Recordar Auschwitz 75 años después nos muestra al monstruo que permanece, agazapado pero vivo, entre nosotros.

CLUB DE LOS PARAGUAS PERDIDOS

Nunca llueve a gusto de todos, dice la centenaria sentencia popular, aunque en el pasado mes haya llovido para disgusto de casi todos, que puede ser una nueva reinterpretación de la centenaria sentencia popular. Digo esto y pienso en todos los paraguas que he fotografiado en las últimas semanas, algunos de ellos en condiciones muy lamentables, los pobres. Olvidados, perdidos, abandonados, tirados, incluso maltratados. Los he encontrado de todos los colores y tamaños, en lugares insospechados, pero también en mitad de un acera, a la vista de todos, como si fueran invisibles. Vilmente ignorados. Elegantes y canallas, sofisticados y grotescos, artesanales y low cost, he visto a los mejores paraguas de su generación arrumbados bajo la lluvia, en mitad de un charco, como si tal cosa, olvidadas ya todas las horas de abnegado y fiel servicio. Este sentimiento, entre lastimoso y reivindicativo, hacia los paraguas comenzó una tarde de jueves, 9 días después de que comenzase esta concatenación de  lluvias y viento –el gran enemigo de los paraguas- que va a camino de convertirse en una nueva estación, si nos atenemos a su duración y perfilada personalidad –de invierno primaveral, o algo así-. Hasta entonces, mi relación con los paraguas había sido nula, por no decir inexistente, y jamás les presté la debida atención o les mostré sentimiento alguno. La indiferencia es hija de la ignorancia. El que me acompañaran era sinónimo de fastidio, de obligación indeseada, y por eso puede que no sintiera el menor remordimiento al perderlos en cualquier cafetería, tienda o cine. Solo me fastidiaba el dinero perdido, en el caso de haberlos comprado, porque los recibidos como regalo de alguna institución o marca publicitaria ni los echaba en falta, porque jamás les llegué a prestar la menor atención. Como si nunca hubieran existido.

Aún hoy soy incapaz de explicar o de argumentar la combinación de circunstancias que tuvieron lugar aquella reciente tarde de jueves para que mi percepción hacia los paraguas cambiara tan radicalmente. Lo cierto es que cuando vi a ese paraguas de toldo azul marino y elegante mango de madera, caoba, abandonado junto a la boca de una alcantarilla algo se removió en mi interior, y una sensación desvalida y punzante, una melancolía hiriente, desgarradora, se apropió de mí. Y pude ver una pareja, o tal vez fuera una madre con su hijo, o un abuelo con su nieta, o dos jóvenes enamorados, o una mujer sola, en realidad creí ver a muchas personas, a la intemperie, empapadas por la intensa lluvia, sin su paraguas protector. Sensación que se repitió, y que fue en aumento, al descubrir que la presunta excepcionalidad pasaba a ser una legión de paraguas perdidos, desvencijados, abandonados sobre en asfalto, de todos los tamaños y colores. Y un sentimiento de orfandad, para con los paraguas, pero también hacia todas esas personas presuntamente desprotegidas se adueñó de todo mi ser, y hasta ahora. Esa tarde de jueves marcó un antes y un después en mi relación con los paraguas. 

Con la intención de que sus propietarios tuvieran conocimiento de su pérdida y localización, comencé a fotografiar los paraguas perdidos que encontraba a mi paso y a compartir las imágenes en las redes sociales –que han sustituido a las fotocopias grapadas en los postes de madera-. Así fue como encontré a Ana, primero, a Manolo, Eduardo, Juanjo, Nuria, Beatriz, a continuación, también invadidos por el mismo sentimiento, como si se tratara de una epidemia emocional que no requiere de contacto para su contagio. Así es como ha nacido el Club de los Paraguas Perdidos que usted puede contemplar en las diferentes redes sociales. Tal vez encuentre ese paraguas que una tarde de jueves o de domingo o una mañana de sábado extravió, o tal vez encuentre un sinfín de posibles historias, de todos los géneros y poéticas, dramas e historias de amor, rocambolescas aventuras e intrigas urbanitas, tras las imágenes de los paraguas que forman parte de este club. Recuerdos, fragmentos de vida, tiempo compartido, que el viento o el olvido arrancaron de su mano.

1917

En la pantalla, mientras comienzo a escribir este artículo, Apocalipsis Now, esa obra maestra, una más, de Francis Ford Coppola. La voz del coronel Kurtz resuena a través de un eco infernal, mientras un jovencísimo Martin Sheen contempla su fotografía. Una imagen en blanco y negro, de un apuesto Kurtz, previa a su transformación. Un Harrison Ford, sin canas y sin arrugas, y sin Chewbacca a su lado, escucha atento. A ratos el lado oscuro se impone al lado claro. Todos los hombres tienen su límite de resistencia. Coppola tal vez sea el primero en filmar el infierno de la guerra en su primera esencia, dentro del terror mismo. Hasta entonces, la guerra filmada era una sucesión de héroes, batallas, orden, disparos, victorias y derrotas, malos y buenos, pero no sentíamos, no contemplábamos, el miedo, el pánico, de las personas que tomaban parte. Coppola nos lo enseñó. El miedo del joven que no quiere descender del helicóptero, no quiero ir, grita, desolado. Ese mismo miedo, loco, descontrolado, insano, lo volvimos a contemplar en Platoon, la película con la que Oliver Stone nos abrumó. Una película fuera de tiempo, cuando ya creíamos haber visto todas las películas posibles sobre Vietnam, ese infierno, ese corazón de las tinieblas que Conrad nos contó y Coppola interpretó. Más allá de la fuerza física o armamentística, la guerra mental, psicológica, las fronteras que nunca nadie debería cruzar y que la guerra te empuja a hacerlo. Spielberg, especialmente en esos apoteósicos minutos iniciales de Salvar al soldado Ryan, nos trasladó de nuevo al borde del abismo, a ese punto en el que el hombre, cualquier hombre, ya no respeta nada, ni a él mismo. Hombres sacudidos por el miedo, que vomitan, que no controlan a su propio organismo, antes de participar en una orgía de sangre, explosiones, cuerpos y muerte.

Este 2020 ha comenzado trayéndonos otra formidable, pero también cruda, por real y nítida, reconstrucción de lo que supone la guerra, sin tener en cuenta los contendientes, las motivaciones, los derrotados y los vencedores. Dirigida por Sam Mendes, 1917 es una épica producción en la que volvemos a encontrarnos con el conflicto armado al natural, con todas sus miserias y miedos, en esta ocasión recuperando la Gran Guerra, que con toda seguridad es el episodio bélico que menos hemos podido contemplar en la pantalla, a pesar de aquella obra maestra de Kubrick, titulada Senderos de gloria. Y para dotar de mayo realismo a su historia, se vale Mendes de un falso plano secuencia, a modo de cámara omnisciente, o cámara que abarca todos y cada uno de los ángulos posibles, que emplea como narrador excepcional. Pero no solo no encontramos en 1917 la aspereza de la guerra, también el valor de la amistad, la ironía de las ideologías como elemento de confrontación y esa capacidad humana, escondida, como si fuera nuestro airbag salvador, para enfrentarnos y superar hasta las circunstancias más dramáticas, más allá del límite de nuestra resistencia. Magistralmente interpretada, con un ritmo que nunca decae, y con una banda sonora que te acongoja, 1917 ingresa en la nómina de las grandes películas bélicas. Películas que, en la mayoría de las ocasiones, tal y como le sucede a la que comentamos, esconden un claro y contundente mensaje antibelicista.

Me llama mucho la atención la publicidad de 1917, en la que se puede leer: del director de Skyfall. Eso es como publicitar el nuevo disco de U2 y anunciarlo como “de los creadores de Songs of the experiencie”, que es uno de sus trabajos más mediocres, y obviar títulos como War o Achtung baby, que tal vez sean la cúspide su trayectoria. Porque San Mendes ya nos ha ofrecido películas tan deslumbrantes como American Beauty o Camino a la perdición. 1917 lo apuntala, indiscutiblemente, en la cima de la cinematografía mundial, mostrándonos a un director inconformista, arriesgado, que va de un género a otro, con la suficiente maestría para acomodarlos a su propia concepción. 1917, como Joker, como Historia de un Matrimonio, como Parásitos, El irlandés o Dolor y gloria, es también la confirmación de un excelente año cinematográfico, en el que muchos, me incluyo, nos hemos reconciliado y regresado a las salas de cine.

EL PESO DE LOS DÍAS

Ya estamos en enero, aquí, ya, sí, con sus antigripales y sus fiebres, y sus narices entaponadas y sus promesas y propósitos de enmienda, con sus rebajas y sus centros comerciales a reventar. Cómo pasa el tiempo, es que ni te enteras, que hace tres días estaba quitando el brasero, me espetó la vecina en el ascensor y agradecí, muy sinceramente, no compartir la sensación. Hago, y alguna vez consigo, que los días pesen, cuenten, que no pasen por mi vida como si tal cosa, como si no importasen, como si no fueran uno más entre otros muchos idénticos.  Porque todos los días son diferentes, especiales, incluso el Blue Monday, el Cyber Monday y hasta el Black Friday, o al menos hay que salir de la cama con esa pretensión. Lo cierto es que abundan los días feos, pero feos de narices, y hasta los espantosos, para qué nos vamos a engañar, que por ocultarlos no van a dejar de llegar. Con frecuencia, a colación, recuerdo la teoría que se despliega en Smoke, aquella película de Paul Auster, que teorizaba sobre el peso del humo, y que lograba adivinar tras calcular la diferencia entre la suma de la colilla y la ceniza obtenida  y el cigarrillo inicial. Esa es la teoría, más o menos. Hay días, muchos, desgraciadamente, que apenas han aportado unos insignificantes gramos en el peso de nuestras vidas. Esos días, no necesariamente feos o espantosos, planos, vacíos, huecos, en los que el corazón ha mantenido inalterable, flemático, aburrido, el ritmo de su latido. Como un metrónomo anestesiado e inflexible, robotizado. Si la teoría desplegada en la película de Paul Auster fuera cierta, nos sorprendería comprobar lo poco que hemos vivido, lo poco que hemos consumido, gastado, de nuestros días vividos, lo poco, sí.

Y cuando me refiero a días gastados no me refiero a todos esos días en los que no hemos plantado nuestra bandera en la cúspide del Himalaya, que no hemos debutado en el Bernabéu, que no nos ha tocado la Primitiva, que seguimos sin cambiar de coche, moto, smartphone o piso; ya sabe, hablo de esos días que el reflejo que nos ofrece el espejo es el mismo y hasta va a peor –arrugas y canas-, y el sonido del despertador sigue siendo la gran puñalada que da al traste con el sueño por alcanzar. Esos días, muchos días, ya sabe. Indudable y afortunadamente, no todos situamos nuestras metas en el mismo lugar, y no todas, necesariamente, están relacionadas con algo material, superficial, que se puede contabilizar en cifras. Es más, las metas que mayores beneficios y felicidad nos reportan son aquellas que conectan directamente con nuestras emociones, con los que tenemos más cerca. Sentimientos, sí, tan bellos y olvidados. Sí, hay vida, y mucho más hermosa, más allá de la cuenta del banco, y seguramente esa obsesión por la cuenta del banco, que tan fácilmente aceptamos y asumimos, es el gran mal de nuestro tiempo. 

Caigo en estas cosas, no sé si divago, incluso deambulo, en este frío enero, que es el mes “primer día de clase”. Ahora que comenzamos este 2020, tal vez sea bueno repasar cómo nos ha ido en el pasado, cuánto tiempo le hemos dedicado a ser felices, o por lo menos a intentarlo, o a los nuestros; cuánto tiempo hemos amado, deseado, besado, acariciado, cuánto tiempo hemos reído, y a lo mejor sería bueno olvidar el que le hemos dedicado al llanto. ¿Somos capaces de recordar todos esos buenos momentos? Espero que no, que sería la señal más evidente de que han sido pocos, muy pocos, como para poder retenerlos en nuestra memoria. 

PIÑA Y POLLO

Vaya, parece que hemos cumplido con la tradición de acabar aborreciendo las navidades, o sus celebraciones, que a veces no es lo mismo, repletas de multitud de encuentros y reuniones en torno al yantar y al beber. El otro día, una amiga argentina me decía que todas las celebraciones españolas están relacionadas con la comida, para todas ellas nos hemos inventado un plato, un aperitivo, un dulce, yo qué sé, lo que sea. Sí, es cierto, y si a eso le añadimos nuestra facilidad para adaptarnos, y algo más, a las celebraciones foráneas, el resultado puede ser más que explosivo, o hipercalórico, en este caso concreto. No descartemos pavo en acción de gracias o cuando corresponda, que todo es ponerse. Esa frase la repetimos mucho durante las navidades, sí, todo es ponerse. Esa mañana en la que te despiertas con los dientes blancos del Almax consumido de madrugada, prometiendo ante todos los testigos posibles que “hoy no como nada”, siempre hay alguien, más veterano que sabio, que te responde: todo es ponerse. Y cuando llegan las 2 de la tarde te das cuenta que sí, que es verdad, que lleva toda la razón, que todo es ponerse, y la cerveza, vino, gambas o empanada que aborreciste la noche anterior eres capaz de reconciliarte con ellas sin escuchar un lo siento, un perdona o un no me di cuenta, lo que sea, nada. Y así un día tras otro, con amigos, familia, compañeros de trabajo, vecinos, da igual, cualquier grupo o querencia requiere de su celebración, hasta que llega Reyes y te ves delante del roscón. O roscones, porque ya puestos, después de todo lo tragado, no pasa nada por ese último empujoncito, y si al niño le gusta rellena de trufa y a ti de crema y a tu pareja de nata, pues eso, se compran varias, y rematamos las navidades como está mandado.

Y llega el día 7 de enero, como llega la declaración de la renta, y el 1 de septiembre, y los lunes y todos esos malos días que tenemos a lo largo del año y, con ojos de camaleón, queriendo no mirar pero sin perder de vista los dígitos (o la aguja), pones los pies en la báscula. Tachán tachán, redoble de tambores. Este año te has comportado, sobre todo porque pillaste una gastroenteritis que te dejó a agua y manzana dos días, imagina como hubiera sido la cosa sin eso, y solo has puesto tres kilos de nada, tampoco hay que alarmarse, una rosquita en la tripa, no exageremos. Escenificas alegría, y recuerdas aquellos eneros de seis, siete y hasta ocho kilos de más, pero en el fondo, y en el principio, estás jodido, porque no te has zampado ni la mitad de mazapanes de otros años y con el anís te has controlado, y el turrón de chocolate apenas lo has probado y la porción de roscón fue lo que menos se gasta en porción, una cochinada, que te quedaste dándole vueltas a la cuchara en el plato, rebañando dos milímetros de chocolate, mientras el resto comían a dos carrillos, como está mandado. Y encima lo de la gastroenteritis, es que vaya tela.

Para colmo, vas al gym, que ya eres moderno y sabes cómo se maneja la elíptica y la cinta y puedes decir gym, con naturalidad, y se te olvidan los auriculares y tienes que tragarte la lista de reguetones de última generación mientras finges que no te cuesta, pero vaya mal rato que estás pasando, que no llevas ni diez minutos y ya darías lo que fuera por volver a casa y tumbarte en el sofá, que es donde realmente se está bien, digamos lo que digamos, piensas y callas. Pero esto no ha acabado, hay más, claro que sí, siempre hay más, nos hemos acostumbrado tanto a apretarnos, a autofastidiarnos, que siempre nos guardamos un último azote con el que seguir fustigándonos. Abres el frigorífico y ahí está, en su jugo, nada del endemoniado almíbar, al natural, la piña, esa fruta reverencial cuyo nombre le debemos a Pigafetta, ese marino escritor que contó a su manera, fullera, la gesta de la circunnavegación, protagonizada por Magallanes y Elcano. Y muy cerca, siempre fiel, escudero y aliado, amante cansino, el pollo, en su versión más esencial, ni un hueso que chupar. Pimienta, jengibre y lo que sea con tal de procurarle un poco de sabor. Pollo y piña, la pareja de esta temporada, y que siga el baile, o lo que esto eso, y que el enero que viene podamos seguir padeciéndonos, que no será mala señal.

REBAJAS

Salí de rebajas como el que juega a la Primitiva: sin convencimiento de poder ganar el premio mayor. No había andado más de doscientos metros cuando me topé con el primer escaparate que consiguió captar toda mi atención: rebajas de hasta el 80%. Como para no detenerse, aunque sólo fuera por curiosidad. El corazón me latió con fuerza, rebrincado, como la leona que olfatea la gacela en la sabana –lo que se aprende durante la siesta, incluso con los ojos cerrados-. Una vez dentro del establecimiento, como por arte de magia, el gigantesco 80% del escaparate desapareció, sustituido por otras cifras de menor atractivo y reducción: 10%, 15%, 20% en el mejor de los casos. Desilusionado, en parte engañado, me dispuse a abandonar el comercio cuando en el último instante, en esa mirada postrera y llena de esperanza en la que deseamos atisbar El Dorado tras nuestro largo viaje, descubrí el hipnótico 80% en una esquina, muy cerca de los probadores. Como quien contempla un milagro, como el que se enfrenta a una resurrección del pasado, alucinado y extasiado, me acerqué hasta la mágica esquina coronada por la mágica cifra. No me fue necesario avanzar más de dos metros para descubrir que las prendas rebajadas al 80% eran de la época en la que Madonna cantaba el Like a virgin y que, seguramente, en su momento –cuando fueron confeccionadas- tuvieron que tener un precio menor al que anunciaba la “descomunal” rebaja. Que los Spandau Ballet, en versión inflada, casi neumática, hayan vuelto tantos años después tiene su gracia, pero tampoco es como para regresar a aquella moda horrible de hombreras exageradas y desafiantes tonalidades que te dejaban los ojos y el alma en estado de shock, cuando no malheridas o mutiladas, en el peor de los casos.

La primera impresión –empleando la palabra “impresión” en su versión más impresionable- no mermó mi entusiasmo y continué como mi jornada de rebajas, intacta mi ilusión, a pesar de todo, ya que toda rebaja que se precie requiere de tiempo, paciencia y dedicación, que es la santísima trinidad de la ganga soñada. A las puertas de un gran comercio una multitud se agolpaba, me fue imposible no acordarme de aquellas películas medievales de mi infancia en las que una muchedumbre enfurecida se enfrentaba, sólo con la ayuda de un pelado y afilado tronco, contra el portón del castillo, desafiando a la lluvia de flechas, al aceite hirviendo que caía desde las almenas y hasta al foso con puente levadizo. Aquella multitud pretendía invadir, pacíficamente, eso sí, el comercio que anunciaba sus rebajas de ensueño. Contagiado, rodeado de semejantes, me uní a la humana masa, y traté de hacerme un hueco empleando codos, regates, zancadillas y demás artimañas que he aprendido y/o padecido en mis años de rebajas. Entre la marabunta, arropado en decenas de sudores y demás aromas, por un instante pensé que esa tablet de precio escandaloso podría ser mío o que aquel abrigo de más marca que tela podría acabar en mi armario. Sin embargo, la experiencia y veteranía que intuía en las posiciones delanteras me desanimaba. Cuando las puertas al fin se abrieron, nos convertimos en esa agua que escapa rabiosa del embalse que  apenas puede contenerla. Ni tablet ni abrigo, y específico la cantidad porque sólo había uno, una unidad, una y uno y no más. En realidad, la publicidad era literal y cruelmente exacta: tablet tal y cual con un 60% de descuento. Una tablet, sólo una. Un abrigo, sólo uno.

Dicen que las rebajas, comprar, da igual el precio o descuento, elimina ansiedad, libera complejos, transmite placer, te ayuda a desconectar, reduce tensiones y demás satisfacciones, según le escuché el otro día a una psicóloga. Puede ser, que no seré yo el que lo niegue. Aunque, visto lo visto, las rebajas también pueden llegar a convertirse en una especialidad deportiva sin medallas en las Olimpiadas, en un safari sin rifle entre la maleza de perchas y etiquetas o en una aventura de dudosa utilidad en la que refugiarse en un triste y cansino día prelaboral, por ejemplo. También esconden las rebajas, de la manera más material, frívola si usted quiere, esa posibilidad de cambio, de ascenso, de alcanzar un objetivo, que la mayoría alimentamos o deseamos en nuestros sueños más íntimos. Y ante eso, nada podemos hacer o decir. ¿Quién no ha intentado alguna vez conquistar su 80%?

NOCHE DE REYES

Uno de los grandes regalos que te proporciona la paternidad es el de regresar al decorado de la infancia. Un decorado que se extiende a todos los rincones de la casa. El frigorífico se alegra con la llegada de los circenses yogures y potitos, cansado de la triste rutina del jamón york y de la demoníaca lechuga. En el tambor de la lavadora ves girar los vitalistas colores de los diminutos calcetines, las camisetas estampadas con dibujos animados, los bodies tatuados de Arco Iris. Del cuarto de baño emanan esos olores que te trasladan a las luminosas mañanas de tu niñez, vestido de domingo, intacta aún la raya del peinado que ha derrocado momentáneamente a la legión de remolinos. Y, sobre todo, de nuevo los juguetes se adueñan de los pasillos y los rincones de tu casa, que no dejan de ser la representación iconográfica y visual más palpable de la infancia. Juguetes que, en los últimos años, han evolucionado de la misma manera que lo han hecho el mundo y nuestro país, convirtiéndose en la plasmación más jocosa de estos tiempos vertiginosos y alocados, a ratos atropellados, que nos ha tocado vivir.

Si hay un día del año en el que el juguete adquiere el gran protagonismo –olvidémonos de las invasiones nórdicas- es el de la festividad de los Reyes Magos. Sus majestades de Oriente, cumpliendo dentro de sus posibilidades –que la subida de los precios también les afecta- las peticiones escritas por los niños en sus cartas, inundan nuestros hogares con millones de juguetes. Pero, claro, Gaspar, Melchor y Baltasar demasiado hacen con repartir los regalos, apurados de tiempo, que una noche no da para tanto, algunas ventanas son complicadas de ascender, los dejan como pueden, tratando de colmar todos los deseos. Entonces, los padres, que queremos que la felicidad de nuestros hijos sea total, nos ponemos a completar la tarea, rescatando a los juguetes de sus cajas, preparándolos para su disfrute. El que es novato, en ese preciso momento descubre que buena parte de los juguetes no vienen tal y como aparecen en las fotografías, no, ojalá. Las motos, las cocinas, un coche teledirigido o una guitarra, cuando escapan de la caja son un rompecabezas de paciente y complicada reconstrucción. Extendidas todas las piezas sobre la mesa del salón, despliegas el manual de instrucciones y empiezas a leer. Nada más comenzar a hacerlo te topas con la rácana sinceridad de los fabricantes: herramientas no incluidas, pilas no incluidas. La primera, en la frente.

Como el asunto de las pilas lo contemplas aún como una circunstancia lejana, te concentras en el montaje -¿dónde habré guardado el destornillador?-. Y lees algo parecido a: 6 G, 2 B, 4 H, 8 T y 8 J, tú miras muy fijamente las piezas y te preguntas: ¿en qué se diferencian las T de las J? Descubiertas o no las diferencias, empiezas a enroscar tuercas y a encajar pestañas en ranuras tal y como te indican unos dibujillos incomprensibles, que son una mezcla entre abstracción y galimatías que jamás terminarán en ningún museo. Tres horas después, la moto o cocina se parece, relativamente, a la de la fotografía, salvo en su decoración, que se adjunta en una enorme pegatina cuyos bordes están mal recortados y que debes separar, una a una, utilizando unas tijeras que tardas un buen rato en encontrar. Pasa de la medianoche cuando contemplas tu obra con orgullo y estupor, con cabreo cinco minutos después cuando descubres que te faltan las pilas o que te olvidaste de introducir la batería y tienes que comenzar de nuevo. Registro en las tripas de los juguetes de otros años a la caza de unas pilas que medio funcionen o alocada búsqueda, te tienes que vestir de nuevo -porque te pusiste cómodo para la faena-, de una tienda de esas que abren hasta altas horas de la noche. Una vez concluida la tarea, en circunstancias normales ya llevarías durmiendo cuatro horas, por fin te acuestas, deseoso por contemplar la cara que se le quedará a tu hijo cuando descubra lo que le han traído los Reyes Magos. Llegado al fin el mágico momento, tu hijo mira con desgana la moto o la cocina, los pasa de largo y se concentra en un pequeño teléfono móvil que canturrea una melodía estridente cuando le pulsan las teclas de plástico. Sólo por eso, todo lo anterior ha merecido la pena –digo yo.

ESTAMOS, SEGUIMOS

Que sí, que ya ha pasado todo un año, sí, con sus sábados y sus domingos, con sus fiestas de guardar, sí, todo un año, quién lo diría nos preguntamos. Y las páginas del calendario se suceden a velocidad de crucero, como embarcadas en el legendario y siempre actual Halcón milenario. Ya es 22 de diciembre, Día Nacional de la Salud, no nos ha tocado nada, y si nos toca un pellizco, un reintegro, lo que sea, lo rematamos en el Niño, pero no pasa nada, tenemos salud, estamos sanos. Claro que sí. Entre otras cosas porque hemos cumplido con algunos de los propósitos y enmiendas que anotamos en una lista. Esa lista que contemplamos cada mañana cada vez que entramos en la cocina. En la puerta del frigorífico, junto a esa dieta milagrosa que todavía no hemos comprobado si realmente lo es. Las dos hojas pegadas con imanes traídos de nuestros últimos viajes. Roma, helado y barroco, el Coliseo, qué bonito, y cómo se come. Londres, tan pop y tan húmedo, tan lleno de vida y tan caro, templada la cerveza. Miramos la puerta del frigorífico antes de buscar una loncha de jamon york o un yogur, desnatado, por supuesto, y sin lactosa, claro. El siguiente paso será el yogur sin yogur, ya hemos iniciado el camino. En fecha instalamos el portal y el árbol, todo en orden, aunque las piezas y las guirnaldas comienzan a mostrar los síntomas representativos de su edad. La sonrisa de los niños ya no es tan sonrisa porque los niños crecen, ya no son tan niños, y comienzan a tener otras inquietudes que, con bastante frecuencia, coinciden con nuestras inquietudes y desvelos. La adolescencia, esa etapa a la que Baudelaire le dedicó su más célebre obra. Tal vez la cosa no fue así, pero todos nos entendemos.

Las navidades siempre han sido un tiempo de mucha política, mucha, y me refiero, en esta ocasión, a la familia política, claro. Y este año, lejos de ser una excepción, la política tendrá mucha más presencia. Nuestros Sánchez, Casado o Iglesias (Rivera ya no) se colarán en nuestros hogares con mayor insistencia y casi naturalidad, como se han colado y cuelan, con tanta fatiga, sí, fatiga, desde los ya muchos meses que llevamos sin Gobierno. También feliz Navidad a ellos, claro, pero que espabilen. La familia política, como cada año por estas fechas, se convierte en carne de memes. Sobre todo los cuñados, nos llegarán docenas de bromas y mensajes protagonizados por ellos. Comparto el humor, pero no el fondo, seré una excepción, pero tengo unos cuñados estupendos. La regla habla de las excepciones, pues eso. Los chistes de cuñados, si lo pensamos bien, han ocupado el lugar que durante años ocuparon las suegras, aunque a ellas les adjudicamos, además, un rol malvado, perverso y tenebroso, incluso. Es lo que tiene ser mujer, que cuando llueve te llueve el doble, por mucho que Monasterio, Rocío, la de los lofts y demás arquitecturas, diga lo contrario. A ella también le deseo feliz Navidad, faltaría más.

Ha regresado la saga galáctica más célebre de la historia del cine, La guerra de las galaxias, y también han regresado las emociones de toda una vida, esperando y viendo estas películas. Aquella tarde de impaciencia, de nervios, en la larguísima cola del Cabrera Vistarama, con aquella pantalla Cinemascope, de la mano de mi madre. Recuerdos que siempre me acompañarán. Cuatro décadas después, repito el ritual, de la mano de mis hijos. Y se repiten las mismas emociones, idénticas, eléctricas, nerviosas y bulliciosas. La fuerza permanece intacta, nos sigue acompañando. Tal vez eso sea lo más importante y lo demás, todo lo demás, sean aderezos, aunque a todos nos gustan que los aderezos sean bonitos, y muchos si es posible. Nos gustan tanto que hemos confundido los aderezos con lo verdadero, y para muchos lo verdadero es tener una vida repleta de aderezos. En cualquier cosa, las cosas que nunca nadie podrá tasar siguen siendo las que más nos llenan. Y este tiempo es propicio para desempolvarlas y volverlas a sentir como si fuera la primera vez. Feliz Navidad.

ES NAVIDAD

Calles más o menos iluminadas. Anuncios publicitarios que nos invitan a atropellar nuestra cuenta corriente porque hay que tener un detalle con los seres queridos y hasta con uno mismo, ya puestos. Listas en los bolsillos, de todos los tamaños y colores, de la pasta filo, pasando por los puerros, a ese juguete que no encontramos en las estanterías. Hay quien mantiene que la Navidad sólo se celebra una vez al año porque no habría quien aguantara dos. Si uno se detiene un instante a pensarlo, tal y como hemos hecho con el resto de tradiciones/manifestaciones, son tal la cantidad de requisitos y condicionantes que hemos introducido que puede llegar a convertirse en una celebración estresante. Ponme una tila antes del cava, doble si es posible. Por un lado están los compromisos familiares, dónde toca este año, con quién toca este año, quién se ocupa del primer plato, por qué me ocupo del primer plato y estos sólo del postre, por qué toca en mi casa, por qué hay que comer todos los años lo mismo, por qué hay que cenar tan temprano o por qué hay que cenar tan tarde. Según el lado en que cada cual se posicione en esta contienda, le toca responder o preguntar, y ya escoge la intensidad de sus preguntas y de sus respuestas, a demanda. Trate de controlar el termostato interior.

Es Navidad, sí, y volverán a emitir el mismo reportaje de todos los años sobre el precio que alcanzan las angulas o las trufas negras, hasta con un biopic del cerdo que las recolecta. Y comentaremos el discurso del Rey, y resaltaremos lo dicho y lo omitido, normal también, que en todas las familias, hasta en las más respetables y reales, siempre hay un muerto en el armario. Es Navidad, pero tampoco caigamos en el pesimismo más recalcitrante, por un día, o por varios si fuera posible, ignoremos a ese locutor mañanero que nos advierte de que esto se hunde. Nos lo advierte tanto, nos pone tan mal cuerpo, que ya estamos predispuestos a todo, a cualquier sacrificio, que entenderemos como necesario –aunque nunca estuviéramos invitados a esa fiesta que nos cuentan que una vez hubo-. La fiesta es hoy, piense en eso, celebre lo que le dé la gana, que todo vale, aunque no haya angulas o trufas negras en el menú.

Un gesto escondido en las entrañas de la memoria, un sabor que recuperamos y que sabe igual después de tantos años, un sonido que tal vez escuchamos en la cuna –y que permanece en nuestro interior, para nuestra sorpresa-. Es Navidad y siempre echaremos a alguien en falta, pero estamos los que estamos y eso es lo que debemos poner en valor, más, festejar y celebrar como se merece. Debo de reconocer que la Navidad con hijos es más Navidad, y que muchos de los inconvenientes, todas esas facturas a pagar, las preguntas y las respuestas, desaparecen. Porque hay sonrisas y emociones que no se construyen desde el artificio, que no son producto de la mercadotecnia. Nacen de esa inocencia que inunda la infancia. Tan frágil y tan cálida. Además, los hijos son la excusa perfecta para regresar a la infancia sin necesidad de justificaciones, sin peajes. Es Navidad, sí, y sólo una vez al año, porque no habría quien soportara dos o porque hay emociones que caducan con la rutina.