RUPTURAS

Leía la pasada semana, en este mismo diario, que el 11 de diciembre es el día de las rupturas matrimoniales, así a modo de resumen. La fecha sale de un portal llamado Information es beautiful, que con toda probabilidad con ese nombre será el espacio virtual favorito de Zuckerberg y de Trump, y que tras un estudio a más de dos mil millones de usuarios de Facebook, da como resultado que el 11 de diciembre es cuando más se cambia la información sobre el estado sentimental en la red social de marras. Nos vigilan, hasta ese punto: Tinder al acecho. La explicación de algunos especialistas sustenta con gran lógica este argumento: la frase comida familiar de Navidad provoca en nuestro interior convulsiones y cambios anímicos similares a los que padecen aquellas personas mordidas por un zombie o vampiro. Porque lo que debería ser un momento entrañable se convierte en un inasumible reto, con frecuencia, en una maratoniana prueba emocional que no todo el mundo está dispuesto a superar. En el mismo artículo, se señala que la segunda fecha con mayor influencia en las rupturas de pareja se produce con el inicio de cada nuevo año. De hecho, al primer lunes del año los especialistas ya lo denominan Día D (de Divorcio). Y son muchas las causas, las explicaciones, las tesis y los teoremas, que básicamente se resumen en uno solo: si muchas parejas apenas se aguantan en el día a día, cuando se ven lo justo por los trabajos (quien tenga), rutinas y demás, la situación se convierte en insostenible cuando llegan los periodos vacacionales, muy prolongado el contacto, con el aliño del componente familiar. Hoy no vamos a hablar de suegros y suegras, de cuñados y cuñadas, pero todo el mundo sabe, por propia experiencia, que bien podríamos escribir todo un periódico, un manual obeso y hasta una enciclopedia de varios tomos, que son muchos los casos, los ejemplos y las aristas a analizar en el siempre complejo universo familiar.

Este artículo de las rupturas sentimentales me trasladó a la novela de Isaac Rosa, Feliz final, en la que narra con brillantez, emoción e hilando muy fino, tanto que todos nos podemos sentir representados, el fin de una pareja. Y casi coincidió en el tiempo, el citado artículo, con el estreno, por llamarlo de algún modo, de Historia de un matrimonio. Que las series de televisión y las plataformas han creado un nuevo concepto audiovisual es más que una evidencia. Y que en este cambio Netflix ha dado un paso más largo que el resto tampoco hay quien lo discuta. El año pasado lo hizo con la sensorial Roma, de Alfonso Cuarón, y este año ha ido más lejos con el El irlandés, de un tal Martin Scorsese o con la referida Historia de un matrimonio. Un inciso. Con respecto a la película de Scorsese, que tanto se está comentando, indiscutiblemente no es una de sus obras mayores, no es Uno de los nuestros o Taxi Driver, no, pero está muy por encima de la media de lo que podemos contemplar. Porque, a fin de cuentas, es una película de Scorsese, con todo lo que eso entraña.

Hay quien reconoce en Historia de un matrimonio una nueva Kramer contra Kramer, aquella legendaria película que nos instruyó en el divorcio y sus dolores cuando aún éramos unos novatos en el tema. Es una analogía demasiado simple, entiendo. La película de Noah Baumbach es una recreación de la ruptura desde todos los ángulos posibles, y contando con la participación de todos los afectados, en primer, segundo y tercer grado, de la pareja misma, a los hijos, y sin olvidarse de la familia y amigos. Fascinantes las interpretaciones de Scarlet Johanson y de Adam Driver, así como del resto del elenco, con unos sobresalientes Alan Alda, Laura Dern y Ray Liotta. La crítica coincide en una palabra para definir esta película: desgarradora. La palabra más acertada en este caso. Ya que toda ruptura supone eso, un auténtico y emocional desgarro, perder una parte, ya sea el 11 de diciembre, el primer lunes del año o el 23 de junio, mientras suena la canción de Vetusta Morla.

COMPRAR SIN EMOCIÓN

Lo tenía completamente decidido. Tras varios días de búsqueda, visitando cientos de páginas, al fin encontré la ganga entre las gangas, el amplificador deseado, y casi a la mitad de precio. No la mitad, pero un 40% menos, seguro, por ahí andaba la cosa. Plateado, solo tres potenciómetros, con todas las conexiones habidas y por haber, 100 w. de potencia, una burrada, que jamás nadie llegará a disfrutar en los pisitos de pinypon que gastamos, salvo que lo instale en un hangar. Sin dudarlo, lo metí en la cesta. Ya solo quedaba el último y definitivo paso, pagar. Antes de hacerlo, como de costumbre, algo que ya he convertido en un ritual en mis compras digitales, lectura de los comentarios vertidos por anteriores compradores. Es una maravilla, funciona perfecto, los cacharritos se conectan a la primera, no he podido ponerlo a más de la mitad del volumen (NORMAL), menuda ganga, el mejor ampli relación precio calidad, y así durante 15 ó 20 comentarios hasta que llegue a Andrés (da igual el nombre): Todo bien, sí, ya es el segundo que compro, porque el primero se quedó mudo para siempre dos meses después de agotarse la garantía, suena genial, pero para nada suena mejor que mi viejo X (da igual la marca) de 37 años, eso sí que era un amplificador. Y en ese preciso momento, nada más leer ese comentario, dirigí la mirada hacia a mi anciano ampli X, 33 años tiene ya mi amigo, coloqué un disco de Prince en el plato (que ya no es el original), subí considerablemente el volumen, no pude pasar de la mitad (NORMAL), y durante unos minutos me quedé como hipnotizado, embelesado, como si otra vez tuviera 17 años y hubiera acabado de instalar mi nuevo y flamante equipo de música, que estrené, también, con una canción de Prince, When doves cry.

Lo confieso una vez más: la compañía más estable que he tenido en mi vida es la música. Me acompaña desde que recuerdo. No me imagino sin música al lado. Tampoco me imagino sin libros o películas. Nunca he sentido predilección por los coches o por las motos, jamás le pedí un Vespino o una Variant a mis padres, tampoco una Motoreta, no sueño con ir a un restaurante con estrellas Michelín (pero Paco, me encantaría conocer Noor), la ropa de marca es un concepto de no termino de entender y que no encaja en mi vida, pero eso sí, discos, películas o libros, cuantos más mejor, siempre serán pocos. Por eso, para mí tener un buen reproductor de música se convirtió, desde muy joven, en una especie de obsesión. Durante meses, en aquel tiempo sin Internet, de información lenta y pesada, las comparativas se hacían a pie, yendo de una tienda a otra, me entregué a la búsqueda del equipo de música, hasta que por fin lo encontré. Negro, repleto de luces, cinco piezas independientes y ¡con mando a distancia! Faltaba el último y gran escollo, el precio: 175.000 pesetas, una auténtica fortuna en 1986. De hecho, hoy en día un equipo de música con ese precio sigue siendo caro. Negocié con mi padre un préstamo que le iría pagando mensualmente, debo de reconocer que me perdonó bastantes cuotas, yo me ocupé de la entrada, 20.000 pesetas.

Me sería muy difícil describir todas las emociones que desfilaron por mi interior cuando escuché mi equipo de sonido por primera vez, cuando mis amigos venían a casa y compartíamos discos o en mil situaciones más. Todo eso pasó por mi cabeza el otro día, como un fogonazo. Y una pregunta fue creciendo: ¿realmente necesito un nuevo amplificador? Me bastó intentar subir de nuevo el volumen más de la mitad y no conseguirlo (NORMAL). En los blackfridays, en los cybermondays y demás días de ventas al por mayor nos hemos entregado al consumo por el consumo, a la posesión por la posesión, excluyendo cualquier componente que nos proporcione la más pequeña de las emociones. Compramos deportivas a las que no les gastaremos las suelas, televisores que ni sabremos nunca cómo se manejan en su totalidad o relojes deportivos de los que nos cansaremos cuando entendamos que es más cómodo leer los WhatApps directamente en el móvil y que tampoco es tan interesante saber las horas que hemos dormido. Y nos desprenderemos de ellos, porque no han significado nada en nuestras vidas. Porque lo fácil, lo que no nos ha costado mucho esfuerzo porque no lo hemos deseado realmente, no merece la pena.

EL SILENCIO DE LOS SONIDOS

HAY sonidos en los que podemos confiar y en los que confiamos. La poeta irlandesa Moya Cannon reflexiona en su obra sobre esos sonidos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, que no nos detenemos un instante a reconocerlos, a disfrutarlos, a nombrarlos, y que son fundamentales en nuestras vidas, a pesar de nuestra ignorancia. Nuestra vida no sería la misma sin ellos, aunque los escuchemos sin prestarles la menor atención. El sonido del llanto de un bebé en la madrugada, el sonido del agua que fluye, en una fuente, en un río, de un grifo, el sonido de los pájaros en los árboles, el crujiente sonido de las hojas bajo nuestros pies, especialmente ahora en otoño. Sonidos en los que confiamos. Podríamos establecer un mapa sonoro de todos esos sonidos que nos acompañan y a los que no prestamos atención. Están ahí, conviven con nosotros, forman parte de nuestros días, de nuestras horas, en cierto modo nos definen, formando parte del decorado en el que interpretamos nuestro paso por este mundo. Con frecuencia, ahora más que nunca, confundimos el ruido con el sonido. Es más, llegamos a considerar el sonido, el que nos molesta, el que no entendemos, como ruido, pero es sonido, el sonido de nuestros días. Vivimos en un tiempo ruidoso, mucho ruido, pero mucho de ese ruido es el sonido de este tiempo que nos ha tocado. Sí, es el sonido, aunque no queramos reconocerlo como tal.

Gracias a las nuevas tecnologías, podemos escuchar el sonido de algunos de los supervivientes en el campo de concentración de Auschwitz. Un material excepcional, recopilado por el juez responsable de la causa, que ahora está a disposición de todo aquel que desee escucharlo. El metódico y calculado exterminio nazi, que se cebó especialmente con el pueblo judío, fue un sonido de su tiempo. El relato descarnado del horror. Un sonido ingrato, desolador, nauseabundo, que muy pocos quisieron escuchar. El sonido de los desaparecidos en Argentina, en Chile y, también aquí, en España. Un sonido molesto que para muchos era -y sigue siendo- un cansino pitido en los oídos. Y no, no era ruido, era sonido. Como tampoco fue ruido el sonido procedente de Vietnam, Guatemala, Sudáfrica, Irán o Libia. El sonido terrible y grotesco de las mujeres que padecen la violencia de género, el sonido de sus gritos se confunde con el crepitar de los golpes, de los insultos. El sonido de los que sufren el rechazo, la marginación, la exclusión por cualquier motivo inexplicable, simplemente por ser un sonido diferente. El siempre punzante sonido de los que sufren, en demasiadas ocasiones tan cerca de nosotros, se instala en nuestros oídos, nos acostumbramos y lo aceptamos como algo natural. Llega un momento en el que lo dejamos de calificar como ruido, ni tan siquiera eso. Nos deja de molestar, sí, se instala en la rutina, como esos sonidos que enumeraba Moya Cannon: el crujido de las hojas, el llanto de un recién nacido, el placentero viaje del agua, los pájaros en los árboles. Cuando ese momento llega, cuando la sordera nos envuelve, dejamos de lado buena parte de los fundamentos sobre los que se debe definir la sociedad.

El mar no nos ha dejado escuchar el sonido real, ese instante trágico, de los fallecidos antes de alcanzar la costa, en el Estrecho. Sí, lo sucedido en Melilla también forma parte del sonido de nuestros días, aunque nos empeñemos en no escucharlo o en querer encuadrarlo dentro del siempre recurrente catálogo de los ruidos. Melilla contradice a la poeta, o, peor aún, construye nuevos versos, hay sonidos en los que ‘no’ podemos confiar y en los que confiamos. El silencioso sonido de Melilla tenemos que transformarlo en un huracanado y atronador grito unánime, un sonido colectivo, pero no. Contemplamos estupefactos, nuevamente, como las altas estancias europeas y mundiales se entregan a ese sonido, soniquete, que nos traslada a las cajas registradoras, al corrincheo de las bolsas, al frío sonido de los números. Preferimos mantenernos instalados en este sonido brumoso que creemos protector, sin tener en cuenta que tal vez mañana, nosotros mismos, podamos formar parte de ese sonido que esconde el silencio.

EN NUESTRAS MANOS

En la misma semana que cuatro componentes de la tristemente célebre y conocida como La Manada se sientan en el banquillo, para ser juzgados por un supuesto caso similar al que fueron condenados en Pamplona, por primera vez se rompe el consenso institucional en la Diputación de Córdoba, así como en otras instituciones de otras provincias y comunidades autónomas de todo el país, sobre un tema tan grave, serio y atroz como es la violencia de género. Bochornosa y cobarde reacción de uno de sus líderes, cuando una mujer lo increpaba. Está claro, porque lo han repetido una y otra vez, hasta la extenuación, como un mantra, que no están de acuerdo con la denominación violencia de género, ya no digamos violencia machista o violencia contra las mujeres, porque simple y sencillamente entienden que esa violencia no existe o no es tanta ni tan frecuente como se comenta. Prefieren términos más light, menos significativos, como violencia intrafamiliar o violencia en el ámbito doméstico, que son definiciones que albergan todo y no señalan nada, como si hubiera miedo, o yo qué sé, a que los hombres saliéramos mal parados. La realidad es, porque las cifras están ahí, porque las estadísticas y las funestas sumas no engañan, y eso que lo contamos oficialmente desde no hace tanto, que los hombres salimos mal parados cuando nos referimos a violencia de género. Porque somos los hombres los que asesinamos a nuestras parejas o exparejas. Esa es la realidad, y querer tratar de ocultarla bajo denominaciones ambiguas o aglutinadoras es absurdo. Como también es absurdo insistir en ese falso y malintencionado discurso sobre las denuncias falsas en los casos de violencia de género, ya que las estadísticas reales nos muestran ínfimos porcentajes, que no se acercan, ni de lejos, a la generalidad. Por este descreimiento hacia la violencia de género, lo que se había conseguido con tanto esfuerzo se ha roto y ya no hay una unanimidad institucional, como ha existido durante décadas.

Yo no soy mucho de creer en las coincidencias, a pesar de que la RAE aceptase serendipia como animal de compañía, y por tal motivo me llama mucho la atención la información que se ha difundido esta semana por diferentes canales. El abogado defensor de La Manada, siempre creeré que La Piara es más acertado, conocido porque sus declaraciones no suelen dejar indiferente a nadie, por ser suave, supuestamente habría contratado detectives para seguir a las chicas violadas con la intención de demostrar que no estaban tan traumatizadas, ya que salían a la calle, iban al gimnasio y hasta subían fotografías a sus redes sociales. Porque para este abogado, tal y como es fácil deducir tras conocer su supuesta estrategia, las mujeres que han padecido una violación deben estar escondidas, apartadas, de luto permanente o similar. Es curioso, y ya ha comentado con anterioridad que no creo en las coincidencias, que este abogado, y según señalan determinadas informaciones, hubiera sido tanteado por esa formación política que ha roto el consenso con respecto a la violencia de género, para ingresar en sus filas. Como poco, es curioso.

Lo que no es nada curioso, y sí muy triste, es volver a comprobar qué fácilmente podemos retroceder en todo lo relativo a los derechos de las mujeres. Sus conquistas, que son las conquistas de todos, y quien no lo vea así no cree en una sociedad entre iguales, no están fijadas sobre acero o cemento, sobre cristal. Sobre techos y suelos de frágil cristal, que rompemos cuando nos conviene. Lo hicimos en los peores años de la crisis, relegándolas a las peores condiciones laborales, y lo volvemos a hacer ahora, con la excusa de la inmediatez política. Un 25 de noviembre más, nos volveremos a escandalizar con las cifras arrojadas por la violencia de género, nos estremecerán los amargos y trágicos relatos que no son extraordinarios, que son cotidianos, desgraciadamente. Y todos, todos, insisto, contamos con la capacidad de acabar con esta lacra que nos degrada como sociedad. Porque su erradicación está en las manos de todos y cada uno de nosotros. Sí, en las de todos.

CONSENTIR LA VIOLENCIA DE GÉNERO

25 de noviembre

Convivimos con el 25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia de Género, como si siempre se hubiese celebrado, pero la realidad es bien distinta. Fue hace poco más de 10 años, 10, no más, en 2008, cuando la ONU tiñó de negro o de rojo, por desgracia son sus colores, este día en el calendario. Es decir, la Violencia de Género, tal y como la conocemos e identificamos actualmente es un hecho reciente, y me refiero obviamente a su definición y catalogación, porque la violencia hacia las mujeres es un hecho inherente a la propia historia de la humanidad (qué raro suena en este contexto la palabra “humanidad”). Este dato representa a la perfección el lugar que han ocupado las mujeres a lo largo de los siglos, la importancia que les hemos concedido, los derechos que han tenido. No solamente invisibles, invisibilizadas, también maltratadas. Y tengamos en cuenta que todavía son muchos los países que siguen sin tipificar la Violencia de Género, algunos de ellos pertenecientes a eso que conocemos como mundo civilizado (esa expresión que en demasiadas ocasiones, como en ésta, es pura ironía). Otro 25 de noviembre nos volveremos a horrorizar, a escandalizar, cuando escuchemos y leamos las cifras que depara este horror que ya basta de definir como una lacra, como si se tratara de una gripe o de una alergia ante la que no tenemos antídoto. Lamentablemente, habrá quien no se escandalice, quien no sienta ese pellizco en el estómago, y que hasta argumentará que está harto de escuchar siempre lo mismo y tirará de las coletillas de siempre: denuncias falsas, feminazis, toda la vida de Dios, por qué no hay un día contra la violencia contra los hombres y demás tonterías y barbaridades que los de siempre suelen esgrimir en un día como éste. Esta ignorancia premeditada, esta lejanía escogida de la realidad, ni me sorprende ni me entristece, simplemente me provoca el mayor de los desprecios y mi rechazo más frontal. También me provoca y produce asco y repulsión. No soy como ellos, no quiero convivir con ellos, no forman parte de mi sociedad.

En las pasadas elecciones generales, algunos candidatos apenas han nombrado la igualdad, la perspectiva de mujer o la violencia de género en sus intervenciones y programas. No puedo comprender esta animadversión de algunos partidos por las políticas de género, que siguen considerando como un adorno, como malgastar el presupuesto, y no como lo que realmente deben ser: una prioridad

Desde que asumimos y verbalizamos la violencia de género como tal (quien ya la ha asumido, que no hemos sido todos), teniendo claro quiénes son los verdugos y quiénes las víctimas, hemos comenzado a contar con una percepción más clara, más dimensional, de este trágico y complejo fenómeno. Y hemos empezado a ser conscientes de todas las violencias que sufren las mujeres, como son la trata, la prostitución, el acoso, la cosificación, la desigualdad salarial, la mutilación genital o los matrimonios forzosos, y me temo que podría seguir citando otros muchos ejemplos. El conocimiento de la violencia de género, el poder señalar su origen y causas, te reporta un sentimiento muy ingrato al tener plena conciencia de todo el tiempo en el que la hemos consentido de un modo u otro. La hemos tenido muy cerca, nos ha rozado y en cierto modo, la hemos permitido e incluso tolerado, porque tal vez no tuvimos conciencia de su alcance real, y solo veíamos, o queríamos ver, la punta del descomunal iceberg. Con frecuencia desde la ignorancia, sí, pero, tal y como sucede con el conocimiento de la ley, eso no nos exime de nuestra culpa.

BLACK FRIDAY

QUE somos una especie de camaleones culturales-sociales no hay quien lo niegue. Nos bastan dos anuncios, tres comentarios y un levísimo empujón para disfrazar a nuestros hijos en Halloween, tragarnos una cola con sirope de lo que sea que sabe más mal que bien o lanzarnos a comprar lo que sea porque ha llegado el Black Friday. Sí, somos así. Y festejamos San Patricio como si hubiéramos nacido en Dublín, comeremos lentejas en Nochevieja si se tercia y acabaremos celebrando el Día de Acción de Gracias. Pobres pavos, que los pocos que hayan sobrevivido a la Navidad ya cuentan con otra fecha para pasar un mal rato. Somos así, no lo podemos evitar, tampoco lo intentamos mucho, más bien, o casi nada, es la verdad. ¿Usted se imagina a neoyorquinos devorando bocatas de tortilla de patatas o flamenquines por la calle o una churrería a orillas del Támesis, se lo imagina? Yo, no. Con el lenguaje, pues tres cuartos de lo mismo, abandonamos nuestras propias palabras, las arrinconamos en el rincón más oscuro, y adoptamos con alegría las que nos llegan de fuera. Y todo tiene traducción, o casi todo. Con lo bien que suena mercadotecnia, que hasta rima con hernia. Y no le reprochemos nada a la publicidad, a la influencia de los medios, que también tratan de influirnos con otras cosas y no caemos en sus redes, somos receptivos con lo que queremos. Los más acogedores del mundo mundial con lo de fuera, ya ves tú, que no tarda nada, ni cinco minutos, para sentirse como en su propia casa, salvo que lleguen en patera. Con esos no, claro. Ahora es el Black Friday, Viernes Negro se llama el evento en cuestión, que yo creía que eran los viernes 13, pero no, que se trata de rebajas, de gangas que no podemos dejar pasar.

Y ya les aviso, por si no lo saben, aunque creo que lo sabrán, claro, que tras el Black Friday llega el Cyber Monday, o Ciber Lunes, que ni el propio Kubrick podría haber titulado mejor, y que es el gran día de compras a través de Internet, venga, anímese, que estamos a tiempo. Pero escoja una forma de pago segura, que cualquiera sabe quién se esconde tras la pantalla y el teclado. Si uno lo investiga un poco, tampoco hay que escribir una tesis, esto del Viernes Negro surgió en Filadelfia, sí, de donde era originario el Príncipe de Bel-Air, ni más ni menos, a modo de respuesta para remontar comercialmente el día posterior a Acción de Gracias. O sea, aunque ya ha gastado bastante, gaste un poco más, ya puestos, por un día más tampoco va a pasar nada, más o menos podría ser la reflexión. Por lo que, en realidad, nuestro Black Friday debería celebrarse pasada la Nochebuena, el primer viernes posterior concretamente. Lo que nos faltaba, después del atracón que nos pegamos, de comida y de familia, como para enfrentarse a unas rebajas atropelladas, de unas pocas horas. Los experimentos con gasesosa. Ya que lo celebramos todo, mejor así, como está, que hasta puede que encontremos un regalillo con el que tachar la lista que ya hemos comenzado a elaborar. Yo no tengo pensado nada, no me atrevo a decir en voz alta.

Llegado este punto, asumida la realidad, tal cual, ya no sé si está capacidad para asimilar lo que nos llega de fuera es una frivolidad, una fatalidad o una virtud, de verdad que no lo sé. Eso sí, también es cierto que asimilamos muy rápidamente aquello que degustamos, como el mojito, el sushi o el daikiri, aquello que nos anima a consumir más, es que no podemos dejar pasar una ganga, aunque realmente no lo sea, aquello que se inventa una juerga más en el calendario de festejos, aunque nos tengamos que poner una sábana vieja en lo alto para pretender ser un fantasma, y que, sin embargo, todo aquello que nos llega de fuera que pueda suponernos un problema, que simplemente no entendamos o que intuyamos como algo peligroso, con frecuencia por puro desconocimiento, no es que no lo asimilemos, es que lo rechazamos frontalmente. Pero bueno, tampoco nos pongamos tan serios, que solo se trata de tirar de tarjeta, el que pueda, claro, y poco más. Para todo lo demás, y no estoy pensando precisamente ahora en el celebre anuncio, nos basta con ignorar. Y así nos va, claro.

EL TIEMPO DE LOS GURÚS

No voy a escribir sobre las elecciones, ya hemos tenido demasiados análisis sesudos. Tampoco sobre las poselecciones, con más juego si cabe. Con su cigarro en la cama, amor. Tampoco voy a escribir sobre Rosalía, tra tra. El tiempo de los gurús, dirán de este tiempo en el futuro, cuando los gurús dominaban la tierra, y la política era estrategia. Tal vez se encuentre en un yacimiento arqueológico, dentro de 2.230 años, a un gurú embalsamado, abrazado a una tabla de Excell. El amor en los tiempos del Excell, demasiado fácil. Pero eso sería una sorpresa menor. Quisiera pensar. Y nos estudiarán con gesto aturdido, más que sorprendido, al comprobar el tiempo que le dedicábamos a las redes sociales. La antropología venidera. En ese tiempo futuro, ya no me atrevo a vaticinar nada, dada nuestra innegable capacidad involucionista, tal vez este presente se contemple como una especie de excepcional psicodelia existencial, en nada parecida a los otros periodos históricos. Largo fío, eso es pensar demasiado bien de nosotros mismos, y no sé si me refiero a lo excepcional o a lo psicodélico. Yo no me voy a poner unos pantalones de campana, que ya estoy más que acostumbrado a las estrecheces de ahora y no estoy dispuesto a volver a reciclarme. Hubo un tiempo, y eso nadie lo ha estudiado, y se debería estudiar, que nos quitábamos los pantalones con las zapatillas de deporte puestas. Eso lo hemos hecho todos, todos, y no mire hacia atrás. Y hasta nos hemos caído, en más de una ocasión. Finalizada la maniobra, si hubiéramos cronometrado el tiempo empleado nos habríamos dado cuenta que haciéndolo como es debido habríamos tardado menos. Pero ya no seríamos nosotros, ya no estaríamos entregados al atajo, al pastiche, al churneo, como lo estamos, que lo estamos mucho. También puede ser que estemos protagonizando un remake de nosotros mismos, en bucle.

Eso lo pienso mucho cuando veo una de esas películas. Las buenas ideas que tuvimos en el pasado las repetimos tantas y tantas veces que las acabamos distorsionando, hasta que las convertimos en malas ideas. No hay remake bueno, que yo recuerde. El otro día vi uno de una película que no fue una gran cosa en su momento, pero al menos se dejaba ver. Pues hasta en la canción, en la versión, era peor, en todo. Eso nos sucede. Y eso no es reciclaje, aunque tampoco me atrevo yo a definirlo, que eso es cosa de la antropología o de los gurús, que entienden de todo. Antes, todavía quedan algunos por ahí, había muchos gurús en las madrugadas haciendo sus pronósticos y cobraban al que consultaba a través de una tarifa carísima en su teléfono. Siguen siendo caros, más caros me temo, pero ya no los vemos, a los carísimos, digo, en los programas de madrugada. Ahora son más de despachos, de reservados en restaurantes de los buenos, esos con frascas de pacharán y licor de hierbas, bien frío, regalo de la casa, cuando acabas de comer. Y ahí, en ese preciso momento, cuando las copas se llenan, es cuando el gurú toma la palabra.

Esta pasada semana, entre nubes y lluvia, cuando me han dejado y he podido, he subido varias veces a la azotea, a tender, a mirar, a contar, no sé, de vez en cuando necesito hacerlo. Estuve buscando a algún gurú en las azoteas, que son unas troneras estupendas para contemplar la vida, lo que pasa en la calle, pero no encontré a ninguno. No sé si me extrañó. Ha sido una semana de azotes y abrazos, de bruma y sol, de blancos y negros que los son dependiendo de los ojos que los contemplan. Nada de lo que extrañarnos, nada de lo que asustarnos. Como ese cuento del lobo, que es una parábola que siempre se cumple, nos han asustado tanto y tantas veces que ya es muy difícil asustarnos. Esperemos que no llegue el gran susto, el real, porque ese nos cogerá dormidos, indefensos, sin tiempo de reacción. Mientras tanto, seguiremos esperando a que nos lo anuncien, entre sustos y bostezos. Desde las azoteas, a ras de suelo. Y eso sí, quitándonos los zapatos antes de bajarnos los pantalones.

UN DÍA CON EL MAESTRO

En el año 2001, acababa de cumplir 80 años, tuve la oportunidad de pasar unas horas, casi todo un día, con uno de los más grandes directores de cine que hemos tenido: Luis García Berlanga. Recupero lo que escribí en su momento, cuando se cumplen 9 años de su muerte.

A principios de semana, tuve la oportunidad de compartir un día con un creador que admiro y venero como maestro, y que proclamo como genio. Su nombre: Luis García Berlanga. Ni que decir tiene que los prólogos al encuentro se caracterizaron por el nerviosismo y la vergüenza. Yo, que siempre he reconocido mayores influencias cinematográficas que literarias, me enfrentaba cara a cara con uno de mis grandes maestros. Lo confieso: me temblaban las piernas.

A sus ochenta años recién cumplidos, Luis –tuteo por obediencia al maestro- posee esa vejez dicharachera, sabia, libertina-libertaria, mordaz y ocurrente que sólo unos pocos alcanzan. Físicamente, su cuerpo se mantiene sobre unas rotulas de titanio, que le robotizan un tanto el movimiento, pero conserva ese corpachón suyo tan característico. Mentalmente, el disco duro de su memoria se encuentra en perfecto estado, rebosante de datos y anécdotas, que narra sin rubor porque Luis ya está en otra cosa –o en sus cosas-.

Ríe como un niño que ha recibido un regalo, se fija en los pies –en los tacones- de las jovencitas con el descaro de un quinceañero, habla del cine actual con la pasión del forofo futbolero y recuerda su vida con la gratitud del que ve cumplido sus sueños. “¿Bienvenido Mr. Marshall? Sí esa es la peor película que he hecho”, y te lo dice así, como si tal cosa, y claro, se te queda cara de tonto, porque tú la has visto treinta veces y te sabes los diálogos de memoria. Y algo parecido sucede si le mentas “El verdugo” o “Plácido”, auténticas obras maestras, vigentes por calidad y actualidad, y que él cataloga como películas “que no me quedaron tan mal”. Porque su preferida es “París-Tombuctú”, y se queda tan ancho.

Hoy Luis es transparente, y te habla con naturalidad del sexo que le gusta practicar u observar, de las horas que le dedica a los cómic y revistas pornográficas –todo un experto- y del alejamiento voluntario que practica encerrado en su caótico estudio. Ya no tiene que seguir alimentando al personaje. Eso sí, se mantiene en su tradicional condición: “soy lesbiano”. No es una broma del viejo maestro; es pura sabiduría.

LA DIGNIDAD DE MAÑANA

Despierto todos los días sobre las seis y media, a veces antes, raramente después, y lo primero que hago es meterme en el cuerpo un vaso de agua con Plantago Ovata en polvo, diluido. Dicen que es bueno para mi flora intestinal y mis visitas al cuarto de baño. Después, antes de cepillarme los dientes, escribo Cafetera y mantra en mi cuenta de Twitter. Es mi particular buenos días virtual, anunciar que estoy vivo, que sigo, en lo que sea, pero que sigo. Algunos días, esos días malos, no escribo lo de Cafetera y mantra, no escribo nada. Justo después de despertar a mi hijo, sobre las 7:05, voy en bicicleta al gimnasio. No más de cincuenta minutos, a las 8:15 estoy de vuelta. En el gym, entre un ejercicio y otro, leo noticias en el móvil, escribo algún tuit, consulto el estado de mi cuenta corriente, no suele haber sorpresas agradables. Regreso a casa, respondo correos y mensajes, mientras espero que el sudor remita. Una ducha rápida y paseíto para acompañar a mi hija al colegio. A las 9:15, a veces mucho antes (cuando elimino el gym), comienzo a trabajar, mientras tomo un café brevísimo acompañado de pan con aceite. Redes, escribir, corregir, alguna reunión o rueda de prensa, diseñar algún nuevo proyecto, a demanda, la vida de los autónomos es como las primeras semanas de un recién nacido. A demanda, a demanda. A las 14 h. recojo a mi hija del colegio, calentamos la comida, preparamos la mesa, mientras mi esposa y mi hijo mayor llegan. Breve cabeceo, con sueños de tres minutos, sí, a veces sueño con solo cerrar los ojos diez minutos, antes de ponerme otra vez frente al ordenador a las 16 h. Y de nuevo, como un recién nacido, a demanda, a demanda, hasta las 20, 21, 22 h., o hasta que haga falta. A las 23.30 h., habitualmente, tras haber compartido un poema en Twitter, es mi manera de decir: la vida es algo más que la rutina registrada en nuestro extracto bancario, siempre puede haber un minuto o un segundo de magia, de creatividad, me voy a la cama con un libro entre las manos. Libros que leo, normalmente, por trabajo. Y cuando los ojos se me cierran, nunca pasan más de 30 minutos, apago la luz. Fin.

Ni remotamente gano en consonancia con las horas que trabajo, pero no me puedo quejar, me repito cuando la desazón llega. Y hasta me digo: soy un privilegiado (sin mirar la matrícula de mi anciano coche). No creo que la mía sea la mejor de las vidas, tampoco la situaría entre las peores. Desde la distancia, desde la distancia, repito, puede parecerse a la vida que un día imaginé. Quiero pensar. Hay momentos felices, que conviven con mis miedos y temores, con la incertidumbre y con la ansiedad. Pasado, presente y futuro. Antes, no sé precisar ese antes, no pensaba tanto en el futuro, lo contemplaba como ese espacio de tiempo que llegaría cuando tocase, pero que no sería muy diferente al presente. Eso lo pensaba antes. Ahora pienso que el futuro puede ser mucho peor que el pasado y hasta que este presente nuestro de ahora. Eso me frustra, no me gustaría que mis hijos no pudieran disfrutar de las oportunidades que yo he tenido. No quiero para mis hijos la vida que tuvieron mis padres, retroceder, regresar al pasado.

No sé cómo se calcula el Producto Interior Bruto ni lo que representa en mi vida y en la de mi familia. Términos como daflación, estanflación o depreciación no forman parte de mi vocabulario. En mi vocabulario sí están: gafas, empastes, brackets, libros, rodilleras, coche, sinusitis, hipoteca, facturas, IVA. A veces, cuando pienso en estas cosas, me entra el miedo, la angustia a ratos, y miro por la ventana, como ahora, mientras escribo estas palabras, y me veo reflejado en ese hombre envuelto en nubes que tiende la ropa en la azotea, en el edificio de enfrente. Ese hombre que podría ser yo y viceversa. Ese hombre que también acompaña a sus hijos al colegio y que carga con las bolsas de la compra con frecuencia. A su esposa empieza a crecerle el pelo, ya ha dejado de cubrirse la cabeza con un pañuelo. Eso sí que es un problema, pienso y por un minuto vuelvo a sentirme un privilegiado. La vida, tal cual, jodida y maravillosa, incertidumbre y felicidad. Tal vez solo deberíamos pedirle oportunidades para nuestros hijos, que puedan construir el futuro, que ellos mismos decidan, y dignidad para todos, no perderla, que no nos la arrebaten. Pero eso hay que buscarlo y ganárselo, no basta con pedirlo. Hoy, todos los días.

NUESTROS MUERTOS

He vuelto a preparar gachas dulces este año. Más que aceptables, buenas, rozando el notable, conseguido el objetivo. Todos los objetivos. Mi único desplante con la tradición de las gachas reside en las nueces, que sustituyen al pan frito. Donde se ponga una buena rebanada de pan frito que se quiten todos los cereales del mundo, hasta los envueltos en chocolate. Mi padre me solía preguntar: ¿qué te gusta más, el pan frito o las ‘rebanás’? Y yo siempre caía, porque me gustaba caer. Fueron muchos los desayunos de pan frito, aquello sí que era un compromiso con el reciclaje y con la economía. Como también lo eran las migas o el salmorejo, reutilización alimentaria. Aprovechemos el pan duro. Recuerdo tiras de pan frito, a modo de churros, a tacos, acompañando chocolates, sopas o gachas. Y también recuerdo rebanadas de pan frito empapadas en agua y sal. Si las comías al instante, en ese momento de transformación, constituían un bocado delicioso. También hubo desayunos de hígado en manteca, los llamábamos pajarillas. Mis padres las preparaban cuando llegaba el frío. Tengo grabado en mi olfato el olor de las pajarillas calentándose en una de aquellas sartenes negras con pecas blancas. Ese olor me fascinaba, sí. Nos reuníamos alrededor de la sartén y comíamos hígado y mojábamos pan en la manteca colará bien temprano, antes de partir hacia el colegio. Seguramente, los desayunos de mis hijos son más sanos, desde un punto de vista nutricional, pero emocionalmente aquellos de mi infancia contaban con un componente tribal, de pertenencia, que aún me sigue costando mucho trabajo explicar. Necesito de muchas palabras para narrar algo de apariencia tan básica. Por respeto a mi infancia, y a mis recuerdos, prometo que jamás hará las gachas con quinoa o con una de esas harinas raras, de mil beneficios, que nos venden como si fuera polvo de oro.

Somos nuestros recuerdos y lo poco que somos capaces nosotros de añadir. La mochila ya la traemos bastante rellena, nosotros incorporamos un par de calcetines, tres ideas, siete manías y cuatro bultos sospechosos que no queremos pasar por el detector de nuestra conciencia, vaya que piten. Y nuestros muertos, claro, siguen pululando, muy vivos, en nuestras vidas, en nuestro presente. En estos días nos acordamos de ellos especialmente, es casi obligatorio hacerlo. Recuerdo aquellas frías mañanas, antes de que el cambio climático fuera esta incontestable realidad, en el cementerio, tras la correspondiente parada en la floristería. La búsqueda de aquella escalera que era tan difícil de encontrar, los nombres en las lápidas, los bordes encalados, las bayetas mojadas oliendo a lejía sacando brillo al mármol, los jarrones vacíos, la soledad de algunos muchos muertos olvidados. Por estos días, los cementerios nos siguen congregando, de un modo u otro, convivimos con ellos y con los disfraces de nuestros hijos, que han crecido en torno a una celebración que para ellos es festiva. Tal vez se trate de la mutación lógica, sustituir añoranza por diversión.

Somos nuestros muertos, los llevamos pegados a nosotros, como una sombra que nos acompaña permanentemente, caminan a nuestro lado. De vez en cuando, cuando así lo consideran, se manifiestan, para alertarnos, para rescatarnos de la memoria esos momentos compartidos. Para recordarnos lo que somos, lo que fuimos, de dónde venimos, que es la gran certeza que nunca deberíamos obviar. Debemos entender nuestros muertos, a los que ya no están, como un legado y nunca como lastre. No son una frontera, son una puerta, una luz en el camino, una seña de identidad. Yo todos los días me acuerdo de ellos, con alegría, por haberlos tenido, por haberlos disfrutado y hago todo lo posible por espantar la tristeza de la ausencia. Nunca se logra, eso ya lo sé, pero intentarlo forma parte de la terapia, de la salvación. Como los recuerdos, toca seleccionar, y escoger la alegría.