LA MITAD INVISIBLE

En los últimos meses, algunas publicaciones nos están recordando que la presencia de las mujeres en el mundo de la Cultura no ha sido tan mínima y reduccionista como hasta ahora hemos creído, y que, como ha sucedido con todas las manifestaciones sociales, de la economía a los deportes, siempre ha habido mujeres en todos los ámbitos, también en el artístico o creativo. A pesar de los pesares, de las puertas cerradas, de la incomprensión, de las zancadillas, sí, hubo mujeres, hay mujeres. Como las hubo, y hay, en los laboratorios, investigando, en los hospitales, en los juzgados, en la política o en el deporte. Las que dejamos, sí, las que pudieron, las que escaparon de todas nuestras trampas, sí, pero las hubo. Excepciones de una maldita e injusta regla, sí, pero las hubo. Las hay. Como hubo mujeres escritoras en la Generación del 27, sí, con nombres y apellidos, y algunas de ellas autoras de obras de una calidad incuestionable. Le enumero algunas: María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Carmen Conde o María Zambrano, entre otras. Y también hubo escritoras en el boom latinoamericano, como bien señala la escritora Luna Miguel en El coloquio de las perras. No solo ofrecieron sus obras Vargas Llosa, García Márquez o Julio Cortázar, también Elena Garro, Rosario Ferré o Pita Amor. Eso sí, casi cuarenta años después, mismo comportamiento que en el 27: invisibilizar a las mujeres.

Muy recientemente, han llegado a las librerías nuevas obras que inciden en esta necesaria reparación, en esta nueva lectura de una historia cuajada de faltas, sombras y lamparones. Una historia que está necesitada de reinterpretar, porque el pasado, por el simple hecho de serlo, no cuenta con el don permanente e inalterable de la verdad absoluta. Gracias a dos magníficos ensayos hemos sabido que lo que hoy conocemos como periodismo moderno se debe, en gran medida, a la incorporación de las mujeres a las redacciones de los periódicos, tal y como señala Bernardo Díaz Nosty en Voces de mujeres. Periodistas españolas del siglo XX. Igualmente,  Mar Abad, en Antiguas pero modernas, rescata del olvido a un grupo de periodistas que no merecen, por calidad y trascendencia, quedar en las silenciosas profundidades de la hemeroteca. Mujeres en un campo, a veces minado, reservado casi exclusivamente a los hombres. Rosario de Acuña, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Colombine, Aurora Bertrana y Josefina Carabias. Se suma, en la misma dirección, el programa ideado por Eva Díaz Pérez, al frente del Centro Andaluz de las Letras, denominado Sabias y audaces, una galería de autoras olvidadas, en el que se recuperan a creadoras cuyas huellas se intentó borrar durante décadas, sin tener en cuenta la calidad de sus obras. Ana Caro, Carmen Silva o María Lejárraga, algunas de estas sabias y audaces autoras a redescubrir.

Pedagogía, reparación, recuperación y reclamación, igualmente, en Las invisibles, del periodista Peio H. Riaño, adentrándose en el relato anacrónico y descontextualizado del Museo del Prado. Un museo que aún hoy, siglo XXI, sigue ofreciendo una imagen dual de las mujeres, como musas o como víctimas. Lo que debería ser un espacio de arte e inclusión, sigue siendo hoy un decálogo de la misoginia y del machismo más galopante, hasta el punto de ofrecer un relato decimonónico de muchas de las obras que expone. Baste el ejemplo de la Judit, de Rembrandt, hasta 2009 Artemisa, en el polo opuesto de la brava soberana, a lo Daenerys, que se enfrenta al dictador. Hemos de celebrar estas obras recientemente publicadas, por su componente pedagógico, pero también por la justicia que entrañan. Interpretar el pasado en clave de presente es una asignatura a la que no debemos renunciar, y no nos podemos conformar con el cansino “eran otros tiempos”. No. Para acabar con esos “otros tiempos” hay que abrir las puertas, las ventanas, y permitir que el aire, las palabras, las palabras de hoy, renueven ese pasado que nos contaron a medias. Justo a medias, sin tener en cuanto a una mitad de la población: las mujeres.

AUSCHWITZ

EL 27 de enero de 1945, el Ejército soviético liberó el campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. Apenas quedaban 7000 personas en su interior, la mayoría judíos. Supervivientes, milagrosamente, entre más del millón de «internos» que llegaron a estar almacenados como despojos, antes de ser torturados, en el campo, desde su apertura en 1940. Más de un millón de personas, se estima que la cifra se aproximaría a 1.300.000, vejadas y asesinadas en menos de cinco años. No hagamos los cálculos de las víctimas mensuales, semanales, diarios… Generaciones destrozadas, masacradas, cercenadas sin motivo, la lógica del mal. Hace unos años estuve en Polonia, en Cracovia concretamente, y tuve la oportunidad de visitar el campo de Auschwitz, situado a unos cuarenta kilómetros de la bellísima ciudad. No quise. Me bastó con conocer la factoría de Oskar Schindler, donde poco más de mil judíos, trabajadores, pudieron salvar su vida gracias a la complicidad del famoso empresario. Recuerdo las calles, las fachadas de las casas, el frío de la mañana, esos mismos adoquines que fueron testigos de lo que ocurrió. El trayecto hasta la fábrica me conmovió, me estremeció, las imágenes de la deslumbrante película de Spielberg se colaban en mis pensamientos, creí sentir el horror y la ansiedad, el miedo, en su estado más puro, a mi alrededor, me arañaba la piel, me escocía. Supe, en ese preciso momento, que no resistiría la visita al campo de exterminio de Auschwitz. En un lugar así, el dolor debe permanecer para siempre, transformado en un olor que es imposible eliminar.

Un estremecimiento similar al que he padecido recientemente cuando hemos vuelto a recordar Auschwitz y su decálogo de horrores. El tiempo no consigue reducir la intensidad del magnicidio, las imágenes siguen traspasando la fina piel de nuestra sensibilidad. 75 años, no ha pasado tanto tiempo. Un estremecimiento similar al que siento cada vez que alguien minimiza o duda del Holocausto que padeció el pueblo judío o cuando se intenta comparar con hechos, igualmente deplorables, que no son ni remotamente parecidos en su dimensión y magnitud. No lo son. Hay quien considera que «sentimos» especialmente el genocidio que padecieron los judíos, la Shoah, porque se trata de un drama narrado y filmado, mil veces literaturizado y llevado a la pantalla. Sí, lo ha sido, porque desgraciadamente es muy generoso en atrezo: las interminables filas de hombres consumidos en la hambruna, las cabezas rapadas, cuerpos marcados como reses camino del matadero, montañas de prótesis dentales, colchones de pelo, el humo de las chimeneas, trenes que se adentran en la noche sin retorno, esvásticas expoliando vidas. Y también es muy generoso, igualmente, en personajes terroríficos, todos esos verdugos cuyos nombres no quiero recordar.

Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Mauthausen, Treblinka, Varsovia… Algunos de los más fatalmente célebres campos de concentración y exterminio de la horripilante geografía que el nazismo dibujó en la Europa de no hace tanto. Las estimaciones nos hablan de unos 15.000 en total, situados en lugares estratégicos, y todos con el mismo objetivo: el hacinamiento y exterminio del pueblo judío, principalmente, así como de todas las etnias y razas que el nazismo determinó como peligrosas, «contaminantes»: gitanos, eslavos, homosexuales, o republicanos españoles. Muchos de estos últimos fueron enviados desde los campos de concentración que se crearon en la España de Franco, tan atento siempre a los movimientos de su «amigos europeos», Hitler y Mussolini. Se estima que más de medio millón de personas pasaron y murieron en los casi 200 campos españoles entre 1936 y 1947. La terrible dimensión de la barbarie llevada a cabo en el campo de Auschwitz lo ha convertido en el icono, en la representación más concreta, cierta, del Holocausto. La mayor infamia, el peor gesto, que ha creado la especie humana a lo largo de su historia. Recordarlo 75 años después de que fuera desmantelado debería entenderse como un ejercicio de defensa, de lo que no podemos permitir en el presente, tampoco en el futuro. Recordar Auschwitz 75 años después nos muestra al monstruo que permanece, agazapado pero vivo, entre nosotros.

EL SILENCIO DE LOS SONIDOS

HAY sonidos en los que podemos confiar y en los que confiamos. La poeta irlandesa Moya Cannon reflexiona en su obra sobre esos sonidos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, que no nos detenemos un instante a reconocerlos, a disfrutarlos, a nombrarlos, y que son fundamentales en nuestras vidas, a pesar de nuestra ignorancia. Nuestra vida no sería la misma sin ellos, aunque los escuchemos sin prestarles la menor atención. El sonido del llanto de un bebé en la madrugada, el sonido del agua que fluye, en una fuente, en un río, de un grifo, el sonido de los pájaros en los árboles, el crujiente sonido de las hojas bajo nuestros pies, especialmente ahora en otoño. Sonidos en los que confiamos. Podríamos establecer un mapa sonoro de todos esos sonidos que nos acompañan y a los que no prestamos atención. Están ahí, conviven con nosotros, forman parte de nuestros días, de nuestras horas, en cierto modo nos definen, formando parte del decorado en el que interpretamos nuestro paso por este mundo. Con frecuencia, ahora más que nunca, confundimos el ruido con el sonido. Es más, llegamos a considerar el sonido, el que nos molesta, el que no entendemos, como ruido, pero es sonido, el sonido de nuestros días. Vivimos en un tiempo ruidoso, mucho ruido, pero mucho de ese ruido es el sonido de este tiempo que nos ha tocado. Sí, es el sonido, aunque no queramos reconocerlo como tal.

Gracias a las nuevas tecnologías, podemos escuchar el sonido de algunos de los supervivientes en el campo de concentración de Auschwitz. Un material excepcional, recopilado por el juez responsable de la causa, que ahora está a disposición de todo aquel que desee escucharlo. El metódico y calculado exterminio nazi, que se cebó especialmente con el pueblo judío, fue un sonido de su tiempo. El relato descarnado del horror. Un sonido ingrato, desolador, nauseabundo, que muy pocos quisieron escuchar. El sonido de los desaparecidos en Argentina, en Chile y, también aquí, en España. Un sonido molesto que para muchos era -y sigue siendo- un cansino pitido en los oídos. Y no, no era ruido, era sonido. Como tampoco fue ruido el sonido procedente de Vietnam, Guatemala, Sudáfrica, Irán o Libia. El sonido terrible y grotesco de las mujeres que padecen la violencia de género, el sonido de sus gritos se confunde con el crepitar de los golpes, de los insultos. El sonido de los que sufren el rechazo, la marginación, la exclusión por cualquier motivo inexplicable, simplemente por ser un sonido diferente. El siempre punzante sonido de los que sufren, en demasiadas ocasiones tan cerca de nosotros, se instala en nuestros oídos, nos acostumbramos y lo aceptamos como algo natural. Llega un momento en el que lo dejamos de calificar como ruido, ni tan siquiera eso. Nos deja de molestar, sí, se instala en la rutina, como esos sonidos que enumeraba Moya Cannon: el crujido de las hojas, el llanto de un recién nacido, el placentero viaje del agua, los pájaros en los árboles. Cuando ese momento llega, cuando la sordera nos envuelve, dejamos de lado buena parte de los fundamentos sobre los que se debe definir la sociedad.

El mar no nos ha dejado escuchar el sonido real, ese instante trágico, de los fallecidos antes de alcanzar la costa, en el Estrecho. Sí, lo sucedido en Melilla también forma parte del sonido de nuestros días, aunque nos empeñemos en no escucharlo o en querer encuadrarlo dentro del siempre recurrente catálogo de los ruidos. Melilla contradice a la poeta, o, peor aún, construye nuevos versos, hay sonidos en los que ‘no’ podemos confiar y en los que confiamos. El silencioso sonido de Melilla tenemos que transformarlo en un huracanado y atronador grito unánime, un sonido colectivo, pero no. Contemplamos estupefactos, nuevamente, como las altas estancias europeas y mundiales se entregan a ese sonido, soniquete, que nos traslada a las cajas registradoras, al corrincheo de las bolsas, al frío sonido de los números. Preferimos mantenernos instalados en este sonido brumoso que creemos protector, sin tener en cuenta que tal vez mañana, nosotros mismos, podamos formar parte de ese sonido que esconde el silencio.

EN NUESTRAS MANOS

En la misma semana que cuatro componentes de la tristemente célebre y conocida como La Manada se sientan en el banquillo, para ser juzgados por un supuesto caso similar al que fueron condenados en Pamplona, por primera vez se rompe el consenso institucional en la Diputación de Córdoba, así como en otras instituciones de otras provincias y comunidades autónomas de todo el país, sobre un tema tan grave, serio y atroz como es la violencia de género. Bochornosa y cobarde reacción de uno de sus líderes, cuando una mujer lo increpaba. Está claro, porque lo han repetido una y otra vez, hasta la extenuación, como un mantra, que no están de acuerdo con la denominación violencia de género, ya no digamos violencia machista o violencia contra las mujeres, porque simple y sencillamente entienden que esa violencia no existe o no es tanta ni tan frecuente como se comenta. Prefieren términos más light, menos significativos, como violencia intrafamiliar o violencia en el ámbito doméstico, que son definiciones que albergan todo y no señalan nada, como si hubiera miedo, o yo qué sé, a que los hombres saliéramos mal parados. La realidad es, porque las cifras están ahí, porque las estadísticas y las funestas sumas no engañan, y eso que lo contamos oficialmente desde no hace tanto, que los hombres salimos mal parados cuando nos referimos a violencia de género. Porque somos los hombres los que asesinamos a nuestras parejas o exparejas. Esa es la realidad, y querer tratar de ocultarla bajo denominaciones ambiguas o aglutinadoras es absurdo. Como también es absurdo insistir en ese falso y malintencionado discurso sobre las denuncias falsas en los casos de violencia de género, ya que las estadísticas reales nos muestran ínfimos porcentajes, que no se acercan, ni de lejos, a la generalidad. Por este descreimiento hacia la violencia de género, lo que se había conseguido con tanto esfuerzo se ha roto y ya no hay una unanimidad institucional, como ha existido durante décadas.

Yo no soy mucho de creer en las coincidencias, a pesar de que la RAE aceptase serendipia como animal de compañía, y por tal motivo me llama mucho la atención la información que se ha difundido esta semana por diferentes canales. El abogado defensor de La Manada, siempre creeré que La Piara es más acertado, conocido porque sus declaraciones no suelen dejar indiferente a nadie, por ser suave, supuestamente habría contratado detectives para seguir a las chicas violadas con la intención de demostrar que no estaban tan traumatizadas, ya que salían a la calle, iban al gimnasio y hasta subían fotografías a sus redes sociales. Porque para este abogado, tal y como es fácil deducir tras conocer su supuesta estrategia, las mujeres que han padecido una violación deben estar escondidas, apartadas, de luto permanente o similar. Es curioso, y ya ha comentado con anterioridad que no creo en las coincidencias, que este abogado, y según señalan determinadas informaciones, hubiera sido tanteado por esa formación política que ha roto el consenso con respecto a la violencia de género, para ingresar en sus filas. Como poco, es curioso.

Lo que no es nada curioso, y sí muy triste, es volver a comprobar qué fácilmente podemos retroceder en todo lo relativo a los derechos de las mujeres. Sus conquistas, que son las conquistas de todos, y quien no lo vea así no cree en una sociedad entre iguales, no están fijadas sobre acero o cemento, sobre cristal. Sobre techos y suelos de frágil cristal, que rompemos cuando nos conviene. Lo hicimos en los peores años de la crisis, relegándolas a las peores condiciones laborales, y lo volvemos a hacer ahora, con la excusa de la inmediatez política. Un 25 de noviembre más, nos volveremos a escandalizar con las cifras arrojadas por la violencia de género, nos estremecerán los amargos y trágicos relatos que no son extraordinarios, que son cotidianos, desgraciadamente. Y todos, todos, insisto, contamos con la capacidad de acabar con esta lacra que nos degrada como sociedad. Porque su erradicación está en las manos de todos y cada uno de nosotros. Sí, en las de todos.

CONSENTIR LA VIOLENCIA DE GÉNERO

25 de noviembre

Convivimos con el 25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia de Género, como si siempre se hubiese celebrado, pero la realidad es bien distinta. Fue hace poco más de 10 años, 10, no más, en 2008, cuando la ONU tiñó de negro o de rojo, por desgracia son sus colores, este día en el calendario. Es decir, la Violencia de Género, tal y como la conocemos e identificamos actualmente es un hecho reciente, y me refiero obviamente a su definición y catalogación, porque la violencia hacia las mujeres es un hecho inherente a la propia historia de la humanidad (qué raro suena en este contexto la palabra “humanidad”). Este dato representa a la perfección el lugar que han ocupado las mujeres a lo largo de los siglos, la importancia que les hemos concedido, los derechos que han tenido. No solamente invisibles, invisibilizadas, también maltratadas. Y tengamos en cuenta que todavía son muchos los países que siguen sin tipificar la Violencia de Género, algunos de ellos pertenecientes a eso que conocemos como mundo civilizado (esa expresión que en demasiadas ocasiones, como en ésta, es pura ironía). Otro 25 de noviembre nos volveremos a horrorizar, a escandalizar, cuando escuchemos y leamos las cifras que depara este horror que ya basta de definir como una lacra, como si se tratara de una gripe o de una alergia ante la que no tenemos antídoto. Lamentablemente, habrá quien no se escandalice, quien no sienta ese pellizco en el estómago, y que hasta argumentará que está harto de escuchar siempre lo mismo y tirará de las coletillas de siempre: denuncias falsas, feminazis, toda la vida de Dios, por qué no hay un día contra la violencia contra los hombres y demás tonterías y barbaridades que los de siempre suelen esgrimir en un día como éste. Esta ignorancia premeditada, esta lejanía escogida de la realidad, ni me sorprende ni me entristece, simplemente me provoca el mayor de los desprecios y mi rechazo más frontal. También me provoca y produce asco y repulsión. No soy como ellos, no quiero convivir con ellos, no forman parte de mi sociedad.

En las pasadas elecciones generales, algunos candidatos apenas han nombrado la igualdad, la perspectiva de mujer o la violencia de género en sus intervenciones y programas. No puedo comprender esta animadversión de algunos partidos por las políticas de género, que siguen considerando como un adorno, como malgastar el presupuesto, y no como lo que realmente deben ser: una prioridad

Desde que asumimos y verbalizamos la violencia de género como tal (quien ya la ha asumido, que no hemos sido todos), teniendo claro quiénes son los verdugos y quiénes las víctimas, hemos comenzado a contar con una percepción más clara, más dimensional, de este trágico y complejo fenómeno. Y hemos empezado a ser conscientes de todas las violencias que sufren las mujeres, como son la trata, la prostitución, el acoso, la cosificación, la desigualdad salarial, la mutilación genital o los matrimonios forzosos, y me temo que podría seguir citando otros muchos ejemplos. El conocimiento de la violencia de género, el poder señalar su origen y causas, te reporta un sentimiento muy ingrato al tener plena conciencia de todo el tiempo en el que la hemos consentido de un modo u otro. La hemos tenido muy cerca, nos ha rozado y en cierto modo, la hemos permitido e incluso tolerado, porque tal vez no tuvimos conciencia de su alcance real, y solo veíamos, o queríamos ver, la punta del descomunal iceberg. Con frecuencia desde la ignorancia, sí, pero, tal y como sucede con el conocimiento de la ley, eso no nos exime de nuestra culpa.

EL TIEMPO DE LOS GURÚS

No voy a escribir sobre las elecciones, ya hemos tenido demasiados análisis sesudos. Tampoco sobre las poselecciones, con más juego si cabe. Con su cigarro en la cama, amor. Tampoco voy a escribir sobre Rosalía, tra tra. El tiempo de los gurús, dirán de este tiempo en el futuro, cuando los gurús dominaban la tierra, y la política era estrategia. Tal vez se encuentre en un yacimiento arqueológico, dentro de 2.230 años, a un gurú embalsamado, abrazado a una tabla de Excell. El amor en los tiempos del Excell, demasiado fácil. Pero eso sería una sorpresa menor. Quisiera pensar. Y nos estudiarán con gesto aturdido, más que sorprendido, al comprobar el tiempo que le dedicábamos a las redes sociales. La antropología venidera. En ese tiempo futuro, ya no me atrevo a vaticinar nada, dada nuestra innegable capacidad involucionista, tal vez este presente se contemple como una especie de excepcional psicodelia existencial, en nada parecida a los otros periodos históricos. Largo fío, eso es pensar demasiado bien de nosotros mismos, y no sé si me refiero a lo excepcional o a lo psicodélico. Yo no me voy a poner unos pantalones de campana, que ya estoy más que acostumbrado a las estrecheces de ahora y no estoy dispuesto a volver a reciclarme. Hubo un tiempo, y eso nadie lo ha estudiado, y se debería estudiar, que nos quitábamos los pantalones con las zapatillas de deporte puestas. Eso lo hemos hecho todos, todos, y no mire hacia atrás. Y hasta nos hemos caído, en más de una ocasión. Finalizada la maniobra, si hubiéramos cronometrado el tiempo empleado nos habríamos dado cuenta que haciéndolo como es debido habríamos tardado menos. Pero ya no seríamos nosotros, ya no estaríamos entregados al atajo, al pastiche, al churneo, como lo estamos, que lo estamos mucho. También puede ser que estemos protagonizando un remake de nosotros mismos, en bucle.

Eso lo pienso mucho cuando veo una de esas películas. Las buenas ideas que tuvimos en el pasado las repetimos tantas y tantas veces que las acabamos distorsionando, hasta que las convertimos en malas ideas. No hay remake bueno, que yo recuerde. El otro día vi uno de una película que no fue una gran cosa en su momento, pero al menos se dejaba ver. Pues hasta en la canción, en la versión, era peor, en todo. Eso nos sucede. Y eso no es reciclaje, aunque tampoco me atrevo yo a definirlo, que eso es cosa de la antropología o de los gurús, que entienden de todo. Antes, todavía quedan algunos por ahí, había muchos gurús en las madrugadas haciendo sus pronósticos y cobraban al que consultaba a través de una tarifa carísima en su teléfono. Siguen siendo caros, más caros me temo, pero ya no los vemos, a los carísimos, digo, en los programas de madrugada. Ahora son más de despachos, de reservados en restaurantes de los buenos, esos con frascas de pacharán y licor de hierbas, bien frío, regalo de la casa, cuando acabas de comer. Y ahí, en ese preciso momento, cuando las copas se llenan, es cuando el gurú toma la palabra.

Esta pasada semana, entre nubes y lluvia, cuando me han dejado y he podido, he subido varias veces a la azotea, a tender, a mirar, a contar, no sé, de vez en cuando necesito hacerlo. Estuve buscando a algún gurú en las azoteas, que son unas troneras estupendas para contemplar la vida, lo que pasa en la calle, pero no encontré a ninguno. No sé si me extrañó. Ha sido una semana de azotes y abrazos, de bruma y sol, de blancos y negros que los son dependiendo de los ojos que los contemplan. Nada de lo que extrañarnos, nada de lo que asustarnos. Como ese cuento del lobo, que es una parábola que siempre se cumple, nos han asustado tanto y tantas veces que ya es muy difícil asustarnos. Esperemos que no llegue el gran susto, el real, porque ese nos cogerá dormidos, indefensos, sin tiempo de reacción. Mientras tanto, seguiremos esperando a que nos lo anuncien, entre sustos y bostezos. Desde las azoteas, a ras de suelo. Y eso sí, quitándonos los zapatos antes de bajarnos los pantalones.

EL TIEMPO DE LAS NARANJAS

Escoja entre el verbo o la geografía. Se mondan con facilidad, pero realmente su nombre es mandarinas, dicen. Y todavía no nos habían llegado los rollitos primavera, el arroz tres delicias o el cerdo agridulce. Lo de las tres delicias debe ser algo parecido a lo de la Santísima Trinidad, porque sigo sin poder entenderlo. ¿Tres delicias, cuáles? Las mandarinas son como ese acuse de Correos que el cartero nos deja en el buzón: el anticipo de una evidencia. La verdad es que ahora tenemos naranjas, tomates o calabacines todo el año y no cuando tocan y esa magia, en parte, la hemos desvanecido. Misterios de la ciencia o de cómo se quiera llamar eso. Pero en realidad, más allá de la ciencia, que tal vez sea la propia naturaleza lo que hay más allá, cada cosa tiene su tiempo. Como las espinillas, como la selectividad o como el primer amor, y hacerlo a destiempo, cuando ya Peter Pan es un señor con hipoteca, se convierte en una anomalía. Lo queramos o no, nos gustara o no, de izquierdas o de derechas, o de ese centro que ya no existe, el que Franco siguiera estando en un edificio público, junto a muchos de los que fueron sus víctimas, era una gran anomalía. Sí, lo era, y considero que es un asunto que no admite discusión –aunque todo se puede discutir, claro-. Todas las democracias consolidadas del mundo lo son, en parte, porque han sabido enterrar a sus fantasmas, a lo peor de su pasado. Y en ese pasado podemos encontrar al poder de las religiones y también a los dictadores. España mantenía esa herida abierta, esa anomalía que nos diferenciaba y que esta semana, con muchísimo retraso, ha quedado resuelta. Y tal vez nos quedemos cortos. Ojalá desenterrar a Franco suponga, también, desenterrar al franquismo, que es la gran asignatura que nos queda como país, como sociedad y como conciencia colectiva, si pretendemos cerrar la puerta de ese pasado que fue tan ingrato y tan atroz para tantos millones de españoles. No es un asunto ideológico, es convivencia, respeto, memoria, nada más.

En este tiempo de las naranjas, que es tiempo de las pocas certezas con las que contamos, todavía hay quien se sorprende por las declaraciones de la escritora Cristina Morales, tras serle concedido el Premio Nacional de Narrativa, por su novela Lectura fácil. Menudo lío, menudo follón, le han pedido que devuelva el premio, que se vaya de España, que ojalá arda el dinero ganado y no sé cuántas condenas más. Sin coincidir con la escritora en sus planteamientos, no tratemos de amansar a los creadores, no los queramos convertir en lo que nosotros deseamos. Porque, con frecuencia, parece que solo los queremos para que nos hagan pasar un rato, leyéndolos o viéndolos interpretar, pero que luego sean mesurados, moderados y que piensen como nosotros. Los creadores, los intelectuales de todos los tiempos y épocas se han caracterizado por ir a la contra, por enfrentarse contra lo establecido, por ser azote, incluso desde la ilógica, desde la sinrazón, pero es que tal vez ese sea su papel: ser diferentes. Estar a disgusto, mirar con otros ojos, no caer en la rutina, espada y trueno, vozarrón en el silencio, la estopa de los moderados, el grano en el culo. No es Cristina Morales una excepción, y pidamos que ella misma y otros más, no caigan en el conformismo, porque siempre necesitaremos otros puntos de vista y otras ideas, aunque no las compartamos y no nos gusten.

En este tiempo, tiempo de las naranjas, vuelvo a leer el poemario de Juan Ramón Campos, amigo y poeta, que es compatible. Y no madurará en la rama sino en la mesa, cuando busco las raíces entre vosotros, por eso celebramos su cogida, porque la luz pudrirá el fruto. Pertenece a su libro titulado El secreto de sus naranjas, no es un libro de temporada, puede leerlo en cualquier época del año, y hasta cualquier año. Poemas para pensar y repensar en tiempos pasados y presentes, en lo que se fue y vuelve de otro modo, o tal vez no vuelve. Aunque la ciencia lo intente, y nos engañe, las naranjas volverán otro otoño, recreando esas banderas anaranjadas que no ondean en los mástiles de las ramas. Esas banderas que son los colores de una patria sin fronteras y sin rencores.