DORMIR

En el Sur, cuando el termómetro se pone valiente, y hasta vacilón, faltón como está ahora, lo de el sueño de una noche de verano, que propuso Shakespeare, se queda muy impreciso, cuando no erróneo. Hablemos con propiedad, el desvelo de una noche de verano sería un título mucho más apropiado, y hasta se me vienen a la cabeza unos cuantos más que me guardaré por respeto a los lectores. Aunque las máximas son las grandes estrellas de los titulares, lo llamativo, la temperatura comienza a ser una preocupación, y hasta una pesadilla, cuando las mínimas son las que ascienden, como está sucediendo en los últimos días. Porque seamos sinceros, ahora que no nos escucha nadie, a nosotros no nos preocupan, tampoco nos impresionan o alteran, los 38 ó 40 grados de las tres de la tarde, lo que realmente nos afecta, y de qué manera, los 30 grados a las 12 de la noche o los 26 a las cinco de la mañana, la temperatura que martillea eso que llamamos el umbral del sueño. En estas larguísimas noches recuerdo otras noches del pasado, sobre todo de mi infancia, en la casa familiar. Los cuatro hermanos nos congregábamos en el pequeño dormitorio de mi hermana, donde juntábamos dos colchones sobre el suelo, cerca del balcón, para mejor sobrellevar la noche. Pero hasta dormirnos, escuchábamos aquellos tenebrosos y a veces escalofriantes programas del doctor Jiménez del Oso o los de Pumares, y comíamos pipas y altramuces, y nos rociábamos con un pulverizador que rellenábamos con agua fría. Puedo recordar perfectamente aquellas noches, con salamanquesas recorriendo la cal de la fachada, con olor a jazmines y a tabaco de algún vecino, que fumaba nervioso; noches en las que aprovechábamos la luz cercana y tenue de la farola para jugar a las cartas o para leer un libro, un TBO, una revista, lo que fuera. En cierto modo, si lo pienso, le debo mucho a esas noches sin sueño, que tal vez fueron peldaños en la escalera de mis inquietudes. Todo suma, en cualquier caso.

Lo repito con frecuencia y no me cuesta reconocerlo, envidio desde la envidia más insana e ingrata a todas esas personas que son capaces de estar metidas en la cama, los fines de semana, hasta el mediodía, como el que no quiere la cosa. Y esa envidia se torna profunda admiración, también hablemos de fascinación o de incredulidad, cuando son capaces de hacerlo ahora, en verano. Mi reconocimiento, y mi ruego: compartan esa mágica receta, ese don, ese qué sé yo que me es imposible asumir, y mucho menos entender. A veces me detengo unos segundos a contemplar, desde la admiración -insisto-, como mis hijos duermen, que sí cuentan con ese don, no heredado de mí, obviamente. Relajados, repanchingados, disfrutando de una sensación que tal vez no perciben y que yo anhelo. Salgo a la calle y los comentarios se suceden, la mala noche pasada es la gran protagonista, y cada cual cuenta su rosario de calamidades, cómo ha sobrellevado las horas, los grados, el sudor, todas esas cosas. Desde las diferentes disciplinas artísticas, se han tratado de hacer recreaciones excesivamente complacientes del calor, relacionándolo con algo sensual, incluso erótico, y yo la verdad es que cada vez le encuentro menos encanto, si es que alguna vez se lo vi. Ese calor, casi místico, será el de Florida o el de Sidney, aquí, en el Sur, cuando se desata no tiene nada de agradable, y no se merece ni un verso ni media canción, salvo que sea de protesta.

Hemos vuelto a leer esta misma semana los consejos de los especialistas para dormir bien, o medianamente bien, cuando el calor nos azota. Siete horas como mínimo, recomiendan, y yo busco ese tiempo en mi memoria y no lo encuentro. Desconectar los aparatos electrónicos unos cuantos minutos antes de irse a la cama, que las pantallas azules nos desvelan, estar calmados y el dormitorio ventilado y fresco, entre 22 y 24 grados. La teoría, toda, me la sé, y hasta esos trucos legendarios, como meter la mano en un cubo con agua, y hasta dormir en el suelo -y sentir como tu cuerpo se encaja de nuevo cuando te das la vuelta-, somos especialistas, pero cuando el calor llega, como la pasada semana, dormir es la utopía, el anhelo, el gran deseo. Y echamos de menos esos otros meses que despreciamos cuando tocan. Nunca estamos contentos, o todo es relativo, o siempre hay un lado malo. Cosas del no dormir.

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS, BSO

Si Carmen Puerto se despierta con AC/DC, le encanta Enrique Bunbury y ha descubierto a VivaSuecia y Rufus T Firefly, Jaime Cuesta se decanta por Neil Young o Manolo García y Julia Núñez echa de menos las canciones que escucha en el gym. Tampoco faltan en la playlist las típicas canciones veraniegas, esos éxitos fulminantes, y grandes clásicos de la historia de la música, presentes en El lenguaje de las mareas, y que puedes escuchar aquí>>> https://open.spotify.com/playlist/2bcH13cSIsFgPObrgZq6RX?si=3C9uOHVuT1iVlOY8hezmaw

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Sí, hoy escribo de mi nueva novela, autopromoción descarada, lo sé, pero es que necesito contar algunas cosas sobre El lenguaje de las mareas, que acaba de publicar Almuzara. Explicar lo que me ha supuesto, lo que significa para mí. Que es mucho. Aunque llega a las librerías en un momento extraño -en realidad, tendría que haber llegado hace casi dos meses-, es una novela muy especial para mí. Y es que tras casi cuatro años en blanco, esta historia me empujó a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Cuatro años lejos de la literatura que tal vez han sido necesarios, para llenarlos de vida, de nuevas emociones, de tiempo. En cierto modo, puede entenderse esta novela como mi reconciliación con la escritura. Indiscutiblemente, Carmen Puerto, su protagonista, tiene mucha culpa de esto. Desde el primer día, desde que se coló en mi cabeza, tuve claro que había llegado para quedarse y es que nunca antes un personaje me había enganchado como lo ha hecho esta inspectora. Y eso que es muy jodida, cascarrabias, deslenguada, a ratos maleducada, puñetera en el más amplio sentido de la expresión. Pero, también, muy inteligente, y con una intuición que la hace ser diferente. Una mujer que vive atrapada en su propio y sombrío mundo, que no pasa por su mejor momento, precisamente, y a pesar de eso tiene que enfrentarse a su caso más complicado. Débil y poderosa al mismo tiempo, Carmen Puerto tiene mucho de todos nosotros. Pensemos en una cebolla, con sus distintas capas o pieles. En el interior de El lenguaje de las mareas hay varias tramas, incluso me zambullo en diferentes géneros, más allá del negro. Y de este modo, a ratos es una novela que reflexiona sobre esta sociedad contaminada y abrumada por tal cantidad de información, hasta el punto que nos cuesta distinguir lo fake de lo cierto. También sitúo el foco sobre las redes sociales, su uso desmedido, la imagen que llegamos a trasmitir/recibir a través de ellas, y como eso puede influirnos hasta extremos que no nos podemos llegar a imaginar. Como, en demasiadas ocasiones, el binomio juventud y redes sociales puede deparar resultados insospechados, al mostrarse públicamente más de lo aconsejable y ante quien no se debe.

Aunque es una novela para adultos, me encantaría que muchos adolescentes leyeran El lenguaje de las mareas, porque además de sentirse reconocidos, les puede ayudar a la hora de enfrentarse a las redes sociales, conociendo algunos de sus efectos colaterales, si no toman las medidas y prevenciones adecuadas. Lo avanzo ya, antes de que nadie lo diga: he tomado de la realidad más que nunca a la hora de escribir esta novela. Más que nunca. Los casos de Asunta, Diana Quer, La Manada, Marta del Castillo o Laura Luelmo están detrás de esta historia, de un modo u otro. Por que todos ellos me sobrecogieron en su momento, y todos ellos coinciden en un mismo y terrible punto, que no es otro que el de la desigualdad de género. Que también persiste, y en demasiadas ocasiones de una manera brutalmente trágica, cuando hablamos de determinados delitos. Comportamientos que no son peligrosos para los hombres, salir a correr, trasnochar, ir de fiesta o subirte en el coche de un desconocido -que todos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas-, sí pueden llegar a serlo para las mujeres. Un peligro que aumenta, y considerablemente, si se trata de mujeres jóvenes.

Con frecuencia, escuchamos aquello de que un punto geográfico se convierte en el protagonista de una novela. En esta ocasión, lo puedo asegurar, no se trata de una exageración o de una estrategia comercial. El lenguaje de las mareas tiene mucho de homenaje a la Costa de Huelva, a Ayamonte, Punta del Moral, sus playas y marismas, sus caños, a esa naturaleza que sigue siendo tan bella como salvaje, turbadora en ocasiones. Y, claro, su luz, única, está muy presente igualmente. Una luz que es la gran protagonista en la enorme pieza audiovisual que ha creado Toño Méndez, y que puedes contemplar en diferentes plataformas (Youtube, por ejemplo). En esa zona, frontera con Portugal, he sido y soy muy feliz, y si esta novela consigue que más personas piensen y sientan lo mismo que yo, lo doy por bienvenido. Me siento, y no exagero, como si fuera mi primera novela, la primera vez, con esa misma curiosidad e ilusión, con esa misma intensidad. Ahora me toca contemplarla desde la distancia y esperar, desear, que llegue a vuestras manos y que la disfrutéis lo mismo que la he disfrutado escribiéndola. Que ha sido mucho. Mucho.

PRIMERAS PRESENTACIONES DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Jueves, 25 de junio, firma de ejemplares, desde las 19.30 h. en la Librería Siltolá, de Sevilla.

Viernes, 26 de junio, presentación, 21 h. Alcaraván, Ayamonte (Huelva).

La noche del 30 de agosto de 2018, dos chicas de 17 y 18 años, Sandra Peinado y Ana Casaño, desaparecen sin dejar rastro en Punta del Moral, Ayamonte, junto a la frontera con Portugal. Sandra es hija de un personaje de máxima actualidad, implicado en un caso de corrupción política. Y Ana es una joven de fuerte temperamento que mantiene una relación muy complicada con sus padres. Ambas son adoptadas y pasaron sus primeros meses de vida en orfanatos de su Rusia natal.
Carmen Puerto, inspectora apartada del Cuerpo Nacional de Policía en los últimos tiempos, desde su confinamiento entre capuchinos, tabaco y poemas de Dylan Thomas recibe la llamada de sus compañeros Jaime Cuesta y Julia Núñez, que una vez más vuelven a convertirse en sus manos y ojos en el exterior, para enfrentarse a su caso más complicado. Así comienza este trepidante thriller en el que sucesos reales que han contado con una gran repercusión mediática se transforman en elementos de ficción al servicio de una historia de ritmo implacable, en un escenario tan bello como turbador.

El regreso a la novela de Salvador Gutiérrez Solís, de la mano de Carmen Puerto, la inspectora de policía más singular y carismática que ha deparado la novela negra española en los últimos años.

LA LECCIÓN DE PAU

Situémonos. Corrían mediados de los 90, La Movida ya se estudiaba como un fenómeno pasado, finiquitado, y el Indie, como sonido y concepto, comenzaba a adueñarse de la escena musical española. A pesar de eso, devoré los primeros discos de Jarabe de Palo. En ellos encontré la más directa herencia de Radio Futura, pero con un componente tenebroso. La flaca o El lado oscuro olían a La Habana, a son, a puros panzones, pero también tenían un elemento turbio, pantanoso, que los distinguía de la banda de los hermanos Auserón. Y al frente de Jarabe de Palo, como gran líder, compositor y vocalista, un chico guapetón, con ese desaliño elegante que tan bien gasta Fernando León de Aranoa, con un pasado en el mundo de la publicidad, tanto delante como detrás de la cámara. Un tipo con desparpajo, con una voz peculiar, mediterránea y salsera al mismo tiempo, que lo sabía hacer sobre el escenario, llamado Pau Donés. En cierto modo, tal y como les sucedió a Los Rodríguez con anterioridad, Jarabe de Palo fue una banda a contracorriente, ya que indagaban y repetían sonidos que no formaban parte de la actualidad musical, marcada por las referencias de The Jesus and Mary Chain, los Pixies o Dinosaur Jr., más allá de nuestra fronteras, o de Los Planetas, los Surfin’ Bichos o Australian Blonde, por estos lares. Aún así, los primeros trabajos de Jarabe de Palo funcionaron muy bien, recibiendo eso que tan raramente sucede: el aplauso de la crítica y del público. O sea, vendían, se embarcaban en giras interminables, tenían éxito, pero ofreciendo buenas canciones. Si lo intenta verá como tengo razón: todos somos capaces de tararear unas cuantas canciones de Jarabe de Palo, y sin necesidad de forzar la maquinaria de la memoria, así a bote pronto. Y en algunos casos, como les ocurre a La flaca, Depende o Bonito, se tratan de canciones que forman parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Hace cinco años, a Pau Donés le diagnosticaron un cáncer contra el que ha luchado hasta el último instante. Y lo ha hecho sin dejar de hacer lo que mejor sabía: componer e interpretar canciones. La suya ha sido, durante estos cinco duros años, una verdadera demostración de vida. Pau nunca ocultó su enfermedad, la hizo pública desde el primer instante, y todos hemos contemplado su evolución. Tras una etapa de silencio, raro en un artista como él, hace poco nos sorprendió con una nueva canción, Eso que tú me das. Me impactó el vídeo, debo reconocerlo, ya que nos muestra a un Pau Donés que pretende ser como siempre ha sido, inquieto, amable, rítmico, pero al que le es imposible ocultar el duro latigazo al que le ha sometido la enfermedad. Una vez más, el miserable y mezquino cáncer, que tal vez sea de los males que padecemos el más feo y traicionero, jugando una mala pasada. De todos los mensajes que pudimos leer el día del trágico deceso, me emocionaron los del cineasta José Antonio Bayona, que eludía a la dignidad demostrada por Pau Donés hasta el último instante, y el de Enrique Bunbury que, tras recuperar algunos pasajes de una larga amistad, finalizaba señalando que “la lección de vida y muerte que nos deja es imborrable”, y que “murió, seguro, como vivió toda su vida: con una sonrisa”.

Desde los últimos meses vivimos instalados en la enfermedad, confinados para evitarla, cuando las enfermedades son una constante en nuestras vidas, desde que podemos recordar. Muy especialmente el cáncer, que rara es la familia que no ha sentido su terrible presencia. En mi casa convivimos con el cáncer durante años, que fueron desoladores, duros y largos. Porque es una enfermedad que zarandea al que la padece, va y viene, aumenta de intensidad sin previo aviso, cuando crees que ya ha desaparecido, en determinados casos. Afortunadamente, la medicina ha avanzado mucho, reduciendo su mortalidad y, sobre todo, humanizando sus tratamientos. Adolescente yo, recuerdo los días de quimio de mi madre, como la mujer fuerte que conocía desparecía como por arte de magia. Todos esos recuerdos regresaron a mi cabeza con la muerte de Pau Donés, como regresan cada vez que alguien conocido o querido padece la enfermedad. La más puerca e inmunda de las enfermedades, ojalá llegué el día en el que se estudié como una tragedia pasada, y que nadie tenga que seguir dignificando su propia muerte cuando la sufre. Mientras tanto, estemos del lado de todas las personas que la padecen, que sientan nuestro aliento, que nunca la soledad sea su compañera. Es tan fácil como una de las canciones que nos dejó Pau Donés, que a veces con una palabra se bastaba para decir tanto. Bonito, Grita.

EL SECRETO DE LAS CANCIONES

Nos hemos creído a pies juntillas lo de la sociedad de la información y nos creemos en el derecho, algunos hasta en la obligación, de saberlo todo. Pero todo, absolutamente todo. Y todo, lo que se dice todo, nunca lo sabremos, y yo me alegro de que así sea. Una vida sin misterios, sin ángulos muertos, una vida transparente, como cuenta Loriga en su novela Rendición no me estimula. Es más, me repele. No la quiero. Y queremos saberlo todo, tal cual, la literalidad de las cosas, con su libro de instrucciones incluso, y es que tampoco queremos interpretar nada, que nos lo cuenten de principio a fin. Qué combinación más aburrida, tediosa, qué le dejamos a nuestra cabecita, entonces. Rempláceme el cerebro por un disco duro, y con muchos GB, ya puestos a almacenar. La llegada de la abstracción a la pintura puede que acelerara este proceso de incomprensión voluntaria. No lo entiendo, gritamos, reivindicamos, y es que puede que no haya nada que entender. ¿Por qué hay que entenderlo todo? ¿Por qué todo se tiene que ajustar a un corsé, a un patrón, seguir un esquema? La vida, y muy especialmente la cultura, no es la caja de una sucursal bancaria que tiene que cuadrar al céntimo cuando la jornada termina. Disfrute lo que ve, interprete, lo que le dé la gana interpretar, disfrute -aunque no entienda- la película, el cuadro, el poema o la canción. Oh, las canciones.

Con la muerte de Pau Donés vuelven a buscar y a mostrarnos a la mujer que supuestamente le inspiró a la hora de componer su primer gran éxito: La Flaca. La buscan en La Habana o en Milán, y hasta nos cuentan su peso actual, su profesión y demás. Lo siento, pero no termino de entender estas interpretaciones, investigaciones y hasta sesudas disecciones de esas canciones que nos han marcado por tal o cual motivo y que conforman la escaleta de la banda sonora de nuestras vidas. ¿Qué querían decir los Beatles eLucy in the sky with diamonds? ¿Un viaje lisérgico, un amor no correspondido, un desvarío, en realidad no quiere decir nada? ¿Dónde se encontró Bunbury con Lady Blue, en una estación espacial, en una estación de Metro, nunca existió? Qué más da, disfruto y amo esas canciones, y las interpretaciones las dejo en todas las emociones que albergo cada vez que las escucho. El muro de Pink Floyd, qué quiere decir, qué representa. La obsesión por desentrañar las entrañas de las canciones roza cotas detectivescas, profundas investigaciones que bien podría protagonizar Sam Spade o la mismísima Carmen Puerto. Siguen buscando a la «chica de ayer» que inspiró la mítica canción de Antonio Vega y han enviado a una pareja de investigadores a Buenos Aires a buscar a la otra Flaca, la protagonista de aquella balada de tempo extraño y remate a lo Randy Newman, que nos dejó Andrés Calamaro. Que Paco Lobatón busque a Lucía, la que inmortalizó Serrat, y a la que tantas y tantas niñas le deben su nombre. ¿Quién es realmente John Boy, que estoy que no duermo? Y de paso que busquen a la María de Ricky Martín y hasta a la Macarena de Los Del Río. ¿Por qué ir a Soria y no a Berlín, eh, Urrutia? ¿De verdad Jagger y Richard mantuvieron un encuentro con el Diablo? Que alguien me explique eso de la lluvia púrpura, que yo nunca la ha visto. ¿Lou Reed lo decía en serio o era una metáfora? Libro de instrucciones para entender Insurrección de El último de la fila, que lo que me han contado no me gusta.

Dicen que San Agustín lo intentó, entender todo o entender lo más complicado, y se quedó contando los granos de arena de una playa, y ahí sigue el pobre con su tarea, menos mal que le pusieron un chiringuito -que ha vuelto a abrir con la llegada de la Fase 3-. Los espectadores que acuden a ver la actuación de un mago se dividen en dos: los que intentan descubrir, a toda costa, el truco y los que, sencillamente, disfrutan con la magia. Sin dudar, pertenezco al segundo grupo, no quiero conocer el secreto que se esconde en el interior de las canciones, del mismo modo que no quiero que me cuenten el final de la película, como tampoco me interesan lo más mínimo las intimidades de tal o cual creador que admiro. No quiero descubrir el truco bajo el que se camufla la emoción de las canciones. ¿Qué más da? Lluvias púrpuras, cielos de diamantes, neón y fango, estrellas y aullidos, magia y sueño, dejemos que el conejo siga viviendo en el interior del sombrero.

POSIBLE

La pasada semana volví a enviar una carta, una carta de las de siempre. Con su sobre, su sello, sus palabras escritas a mano, y todo eso. Porque una carta tiene su intendencia, su faena, sus previos, su durante, que es la inquietud de saber si va a llegar a su destino -nunca dejaremos de poner en entredicho a Correos, a pesar de su manifiesta eficacia-, y la espera de la respuesta, si es que se produce. ¿Hay algo más intrigante que una carta sin respuesta? En estos tiempos de emails como churros, guasás a cascoporro y demás servicios de mensajería, todos ellos instantáneos, claro, y supuestamente gratuitos, enviar una carta tiene mucho de afecto, tacto, dedicación y hasta de resistencia. Sí, resistencia, porque requiere de esfuerzo, de entrega, de tiempo, porque se trata de un acto artesanal, que hacemos con nuestras propias manos. Algo que choca con este tiempo no veloz, atropellado más bien, atolondrado por ello, que premia lo instantáneo, lo fugaz, el falso brillo de un segundo. Ya no hay sitio para el humor, gusta más la ocurrencia, la risotada. Por eso, en este tiempo, como en los anteriores, y como en los que hayan de venir, ya sean nueva normalidad o vieja normalidad revival, yo siempre centraré mi atención y admiraré a todas aquellas personas y expresiones que me ofrecen algo emocionante que ha nacido del trabajo, del talento y de la dedicación. De ahí mi admiración por Clint Eastwood, que hace unos días celebraba su noventa cumpleaños y sigue ofreciéndonos historias. Y bien que podría haber dejado de complicarse la vida rodando una película cada año, como sigue haciendo, y limitarse a vivir de la gloria alcanzada tras haber firmado unas cuantas obras maestras. Estoy convencido: quien está infectado con el veneno de la creación, no puede renunciar a ella, y no quiere que le suministren el antídoto.

Enrique Bunbury es otro magnífico ejemplo de artista comprometido y entregado a su propia creación. Y no solo eso, también es ejemplo de inquietud, de búsqueda constante, de permanente inconformismo. Porque el auténtico creador nunca siente que ha llegado a ningún sitio, no se encuentra realmente cómodo en ningún lugar; está plenamente convencido de que siempre hay algo más allá, en ese territorio que desconoce o que nunca ha visitado. Musicalmente, Bunbury es un explorador, un errante, un peregrino, siempre a la búsqueda de un nuevo sonido, de un nuevo camino, de una manera distinta de ofrecer sus canciones. Posible, su último disco, de reciente aparición, es uno de los trabajos ofrecidos por el aragonés, en solitario, que cuenta con una mayor personalidad y franqueza. Un álbum transparente, que en gran medida pone al músico al descubierto. Diez canciones -once en la edición especial-, en las que podemos encontrar al Bunbury más electrónico que hayamos escuchado hasta el momento, ofreciendo así una nueva versión de él mismo. En algunos temas, como es el caso de Cualquiera en su sano juicio, puedes encontrar ecos de los mejores Depeche Mode, los de Violator, incluso de Ultravox, aquella banda británica tan fugaz como brillante. Y en algunos momentos, también crees escuchar un susurro de Bowie, especialmente en Mis posibilidades (Interestellar), que puede entenderse como la deliciosa lectura musical que el aragonés realiza de la fabulosa película de Christopher Nolan. Y como en sus anteriores obras, de la mano de Jose Girl, Bunbury ofrece una obra global, donde la imagen, los videoclips, el diseño o el vestuario forman parte de una misma intención.

Pero, ante todo, y sobre todo, Posible es un disco muy Bunbury. Su sello y su personalidad están presentes en todas y cada una de las canciones. Canciones que, y es la primera impresión que me transmitieron, rezuman trabajo, dedicación, laboriosidad, que no hay nada dejado a la improvisación. Y es que Bunbury es talento, es obvio, pero también la suya es una carrera muy trabajada, muy obrera en cierto modo, yo lo sigo contemplando como un artesano de la música. Siempre habrá que agradecerle al zaragozano que nunca haya sentido la fácil comodidad del oro pasado, y que siga buscando nuevo oro, su nuevo Dorado en cada disco. Nada más que con lo ofrecido hasta ahora, tendría para componer un repertorio que le permitiría girar hasta que las fuerzas le flaquearan. Pero, sin embargo, como en Posible, Bunbury sigue demostrando que es un creador en permanente construcción, un proyecto muy vivo, piel con capacidad de transformación. Y como en esa carta que mencionaba en el principio, Bunbury forma parte de esa resistencia que nos sigue explicando que el talento sin trabajo, esfuerzo y tiempo no pasa, en demasiadas ocasiones, de un levísimo brillo que no tardamos en dejar de contemplar. La resistencia es Posible.

OPTIMISMO, POR FAVOR

Lo reconozco, se me da fatal esto de las fases, las desescaladas y demás nomenclaturas de la actualidad. Si alguien me pregunta qué se puede hacer o no desde este lunes, no sabría que responderle, la verdad. Para esas cosas necesito del día a día, de alguien que me lo diga. Y no es por pasotismo, por desidia o por aburrimiento, es porque no me entero -sencillamente-. Por ejemplo, no me entero de lo que hablan cuando se refieren a círculo de confianza, porque a mí quien se me viene a la cabeza es Robert De Niro, en aquella comedia con Ben Stiller. Tampoco me entero de los aforos, porque nos podemos pegar, y hasta arrejuntar, y por lo visto hartarnos de cerveza hasta las tres de la madrugada, lo nunca visto, pero los teatros, las salas de conciertos y los cines tienen que parecer desiertos. Eso no lo termino de comprender. Pero eso da igual, habiendo Primitiva, Bonoloto y Euromillón, habiendo Liga, que el fútbol ya está aquí, con aficionados robots y todo, y, sobre todo, habiendo bares, todo lo demás da igual, exactamente igual. Que no se pueden presentar libros, que no hay recitales poéticos, que los museos siguen cerrados, que va a ser muy difícil que haya actuaciones en directo en un tiempo, y qué más da, en eso seguimos siendo y estando igual. Al final no se va a diferenciar tanto la nueva normalidad de la vieja normalidad, y es que hasta se parecen mucho. Gemelos que han salido los niños. En los peores días de la pandemia, cuando escuchaba a alguien decir eso de que esto nos iba a ser mejores me daban ganas de reír, a carcajadas, o de recomendarle muy seriamente tratamiento psicológico. ¿Mejores? ¿de verdad alguien creyó eso? ¿En base a qué, por qué, es que no nos conocemos? Si el Congreso es el reflejo de España, si es como esa lata de tomate concentrado que ha chupado el jugo de 15 kilos de tomates, que no lo creo, basta con revisar lo sucedido esta misma semana para darnos cuenta, constatar, que esto no nos ha hecho mejores.

Las desgracias, porque esto ha sido una desgracia, con letras mayúsculas -pero yo no se las voy a poner-, nos pueden endurecer, resabiar, hacernos más cautos y precavidos, menos confiados, pero no necesariamente mejores. O lo que yo entiendo por mejores, claro, que eso ya sería otro debate. Que sí, que aprendemos una lección, pero a lo mejor entregamos demasiado a cambio y el precio no nos merece la pena. Pero seamos optimistas, aunque seamos españoles, que hasta somos capaces de eso, y pensemos que lo peor ya ha pasado. Podemos salir a la calle, sin horarios, sin límites, o eso he creído entender. Esto lo digo, sobre todo, por esos vecinos míos que siguen como zombis pandémicos dando vueltas y vueltas en la azotea, con la que está cayendo. Temo que llegue el día en el que suba a la azotea y solo encuentre, recuerdo de lo que fueron, una gafas o unas deportivas derritiéndose bajo este tiránico sol que nos abrasa. En definitiva, abajo el pesimismo y retomemos el optimismo, aunque solo se trate de un placebo, de un engaño, pero ya está bien de este mal rollo, de este tufo permanente y de ese adorar al gran cascarrabias. Optimismo, por favor, a espuertas, una sobredosis. Que con el optimismo no se come, claro, eso ya lo sabemos todos, pero al menos se padece un poco menos y hasta descubres algunos colores que te alegran el día, aunque solo sea durante unos pocos segundos.

Azaña dijo algo parecido a que si los españoles hablásemos solo de aquello que sabemos, se produciría tal silencio que nos permitiría pensar. ¡Pensar! ¡Silencio! ¡Españoles! A pesar de la utopía, y hasta de la ciencia ficción, yo me adhiero a la fórmula del sabio político. Y es que tal vez ha llegado el momento de hablar menos y pensar más. O mejor, hablar solo justo, y después de haberlo pensado. Esa sería la gran combinación, la que de verdad nos haría mejores, muy mejores, a todos. Que seamos mejores por elección propia y no porque una desgracia, sea del tamaño que sea, nos lo imponga. No es un mal proyecto, todo lo contrario. Hasta saliendo mal, solo con intentarlo, ya habrá merecido la pena.

LA VIDA EN EL CODO

Quién nos iba a decir que esta pesadilla/pandemia por la que estamos atravesando iba a encumbrar, hasta el Olimpo anatómico, no a unos ojos bonitos o a unos labios sensuales, o a una nariz atractiva y enérgica o a un cuello noble, a lo Cayetana, sino al codo. Esa articulación que tan malos ratos nos ha deparado cuando la hemos chocado contra los pomos de las puertas, o contra los cantos de las mesas, y hemos sentido ese dolor frío y punzante, que ha conseguido abrir el grifo de nuestras lágrimas. El codo, sí, el codo tiene el papel protagonista en esta película terrible y grosera, y muy pesada, y como una estrella ocupa su puesto en la alfombra roja que desplegamos cada día. Como un escudo, como la más fiable de las protecciones, como blindaje de nuestro organismo ante el acechante virus. Le deberemos la vida a nuestro codo, y por eso alzaremos estatuas de codos en las plazas y las avenidas, constituiremos el Día Internacional del Codo y hasta habrá un gran homenaje público al Codo Anónimo, como símbolo de solidaridad, generosidad y fidelidad. Ese codo que lo dio todo, sin esperar nada a cambio, se podrá escuchar en el discurso oficial. Messi, Cristiano y Neymar tienen contados los días de gloria, si es que ya no han pasado a mejor vida. Hamilton, Gasol, Nadal y Alonso que se olviden de los contratos astronómicos de hasta ahora y de seguir ocupando las portadas de los periódicos. Ya no serán más, nunca más, los primeros puestos de Twitter; se les acabó el TT. Ya no importa la cantidad de goles que puedas meter, ni si eres capaz de encadenar tres triples consecutivos o de ganar Roland Garros por vigésimo año consecutivo, todo eso ya carece de valor, de verdad. El oro, el verdadero oro, es abrir puertas y ventanas con el codo sin apenas inmutarse, sin esas maniobras circenses que estamos desplegando tanto estos días. Si nos viéramos, desde la fría distancia, nos daríamos cuenta de la comicidad de nuestros movimientos, de los laberintos de dedos y brazos que llegamos a ofrecer. Mejor no vernos.

Ni másteres, ya sean verdaderos o no, ni ojos azules, ni dominar seis idiomas, ni saber programar, ni don comercial, ni tener el oído de Prince, ni la risa de Julia Roberts, ni ser capaces de hacer multiplicaciones mentales de cifras de diez números, ni vientre de tableta, ni hipnotizar desde la barra fija, ni inteligencia ni empatía ni nada de nada, ser el más habilidoso con el codo, ahí está y ahí reside la gran diferencia, el valor absoluto. Así lo ha dictado esta pandemia que nos asola, confina y acojona, así nos los recomiendan. La nueva normalidad es un codo, reside en un codo, depende de un codo. El gran triunfador, la nueva personalidad, el celebrity, el VIP, el todo, el nuevo rey es el codo, sí, tal cual. Y pronto veremos en televisión entrevistas con los propietarios de los codos más expertos, puede incluso que monten un reality, a lo Masterchef con pruebas a superar por los codos de los concursantes y seguro que no tardan en informarnos de que tal o cual estrella de esta nueva categoría ha asegurado su codo en no sé cuántos millones de euros. Y los informativos abrirán con un nuevo récord, con una nueva habilidad, que contemplaremos absortos, alucinados, envidiosos en su mayoría. Y concursos de Miss y Mister Codos, yeah. Todo eso lo veremos, claro que sí, antes que después, pero a muy pocos les sorprenderá.

Lo curioso de todo esto es que tratamos a nuestro codo como si no formara parte de nuestro cuerpo, como si fuera un apéndice extraño, ahí pegado, que no nos puede transmitir nada. Como si no fuera de hueso, carne y piel, como si estuviera hecho de acero, inmutable a todo, todopoderoso. Y lo que peor llevo, no lo puedo ocultar -tal vez sea lo que más me cuesta de la denominada nueva normalidad-, es que hayamos sustituido los besos y los abrazos por un absurdo y hasta ridículo choque de codos. Prefiero, mil veces, un mirarnos a los ojos, abiertos y sinceros o decirnos un te quiero o un te he echado de menos a boca llena, incluso pisarnos -sin saña, claro-, que rozarse los codos. Seguiré abriendo puertas y ventanas con los codos, es lo que toca, pero los besos y los abrazos, ay, prefiero compartirlos de otra manera (respetando la distancia social, por supuesto).

SIN EUROVISIÓN

Después de tantos domingos de desolación, casi de luto, de hablar de cosas tan serias, y con frecuencia tan horribles, permítame un instante de frivolidad -una cana al aire tribunera-. Un ratito de frivolidad en la vida es algo sano, de verdad, no hay que ser tan profundos todo el tiempo. Ser superficial, aunque sea premeditadamente, es una necesidad a la que no hay que renunciar. Es como esa hamburguesa pringosa o ese perrito en la madrugada, tras haber dejado el hígado en la última caseta. Que le pregunten a Monedero, tan ideólogo él, que luego se toma el té con Carmen Lomana. Yo también me lo tomaría con Tamara Falcó, que ya me considero fan y hasta coleccionista de sus entrevistas. Creo que ha instaurado un nuevo género periodístico, entre el realismo pijo y la poética del “sabes”. Y lo ha hecho ella sola. En este tiempo de carencias y suspensiones, cada cual ha echado de menos lo que le ha dado la gana, que si la Semana Santa, que si la Feria, que si Los Patios, que si los abrazos, que si los besos o yo qué sé, que habrá quien haya echado de menos todo. Los redonditos, ya saben, esos a los que les gusta todo, también hay, y también tienen su derecho a ser y estar, faltaría más. Yo he echado en falta, en este tiempo, muchas cosas, sería interminable la lista, y esta semana, sobre todo, estoy echando de menos Eurovisión. Venga, no se corte, acepto friki, hortera, casposo y toda la retahíla, pero es que precisamente me gusta por todo eso. Que todos los días vamos con los zapatos limpios, somos educados con el vecino, cumplimos con los horarios, nos comportamos como es debido, y porque un día no lo hagamos, o seamos diferentes, o abramos la ventana de otros paisajes, no pasa absolutamente nada. Sano, para mí es sano. Y, en este caso, divertido. Aunque hoy tiene algo, mucho, más de nostalgia. Ya que llevaría una semana, puede que más, examinando los vídeos/canciones de los diferentes países, enfangado con las fases previas, escogiendo mis favoritos y todas esas cosas que vengo haciendo desde ya hace tantos años.

Si miro hacia atrás, puedo verme frente a la pantalla de la televisión, viendo el festival de Eurovisión junto a toda mi familia. Enséñame a cantar, de Micky, Bailemos un vals, de José Vélez, Quédate esta noche, de Trigo limpio, Él, de la felina Lucía, o el descomunal descalabro de Remedios Amaya y su célebre barca que no acabó manejando nadie, fueron algunas de nuestras propuestas por aquellos años. El nerviosismo compartido, la emoción del instante, las risas contagiosas con mis hermanos, que mi padre recriminaba con el Ducados entre los dedos, nenes, que no me entero. Alrededor de la redonda mesa familiar, comiendo caracoles a mansalva, mientras se sucedían las actuaciones. Para las votaciones dejábamos los quicos y las pipas. El año de Betty Missiego, ese alarde nuestro de gallardía hispánica, le dimos el triunfo a Israel con nuestros votos. Es lo que más cerca recuerdo del triunfo en Eurovisión. Entonces, para lamernos las heridas, teníamos la OTI, que era un festival en español, a lo Palacagüina, que ganábamos casi todos los años y hasta alguno más. Fuera del nido familiar, he seguido celebrando Eurovisión con mis amigos, y en gran medida he recuperado esas veladas alocadas de caracoles, pipas y canciones, y lentejuelas, brillos y muchas risas. Y algo de nervios. Aunque los representantes que hemos escogido en las últimas ediciones no han llegado a encender la chispa de nuestro nerviosismo, siempre muy alejados de los primeros puestos.

Sí, es una horterada Eurovisión, pues claro, menudo descubrimiento, y musicalmente no aporta nada, que es otro argumento muy repetido, por supuesto que no, tampoco lo pretende. Basta con examinar las canciones de los últimos años; con una mano, y me sobran dedos, tendría para contar las que se salvan. Y es de frikis, que sí, que ya lo sé, y no me importa que me llamen friki. Todo cierto, y hasta algo más, pero yo no puedo evitar echar de menos algo que me ha reportado tantos buenos momentos y que he compartido con las personas que más quiero. Ese es mi auténtico festival, el de las emociones, el de los recuerdos. Por eso, nada más escuchar su característico himno a mi interior regresan un montón de momentos que relaciono con la felicidad. Y vuelvo a estar con mis padres y hermanos, y vuelvo a estar rodeado de amigos. Porque la arquitectura de la felicidad en muchísimas ocasiones es bastante más simple y concisa de lo que imaginamos. Y hasta puede ser hortera. Incluso frívola, fíjate.