MOCHILAS Y PUERTAS

En esta semana de fuego y lluvia, menuda semanita bipolar hemos tenido, los centros de enseñanza, en su gran mayoría, han abierto sus puertas. Pocas noticias mejores, porque a través de esas puertas no sólo se accede a las aulas, a las pistas de deporte o a los laboratorios. A través de esas puertas se accede, muy especialmente, al futuro. Después de varios meses, han regresado las silenciosas mañanas a casa. Tan sólo vulneradas por los habituales sonidos de la calle: el del taller probando una moto, el que tapiza, el que recoge chatarra o algún grito furtivo e inesperado. Los sonidos de mis vecinos. Mi vecina sigue cantando coplas y rancheras -y sigue haciendo carne en salsa-. Aunque lo deseaba, que volvieran a sus clases, los primeros días sin mis hijos en casa se me hacen extraños, solitarios, distintos, incluso tristes. No ha llegado al nivel del año pasado, tras tantos meses de permanente convivencia. Fueron más de seis meses. Aunque solucionado el grueso de lo intendencia, los primeros días son de visitas a las papelerías, de renovar mochilas y libros, de forrarlos, sí, de forrarlos, y de todos esos asuntos implícitos a la vuelta a las clases. Siempre fui al instituto con una mochila, verde militar -de hecho, creo que esa era su verdadera procedencia-, áspera como una lija, incómoda como ella sola, nada que ver con las actuales. No recuerdo cuántos cursos me duraban aquellas mochilas de esa lona tan gruesa y ruda, casi imposible de limpiar. Si tenías la desgracia de que se te derramase la tinta de un bolígrafo, no la volvías a tener limpia nunca más. La tinta azul, en ese verde castrense, adquiría unos tintes púrpuras, que hacían más visible y llamativa la mancha.

Me asaltan estos recuerdos mientras veo como las gotas de lluvia se estampan contra los cristales y escucho a mis hijos hablar de nuevos compañeros y profesores. Aunque fingen contrariedad, no dudan en proclamar que les habría gustado que las vacaciones prosiguieran, no pueden ocultar el entusiasmo que el reencuentro con las clases les provoca. Tenía que suceder en septiembre, claro que sí, un mes mucho más renovador, novedoso y repleto de oportunidades y cambios que el sobrevalorado enero, con su hartura de mazapanes y contenedores de basura colmados de cabezas de gambas, envoltorios de mantecados y cajas vacías. Ellos, mis hijos, tan jóvenes, e imagino como la mayoría, aún no tienen conciencia de todas esas cosas en las que pensamos los mayores, que ya empezamos a ver en el tiempo como un aguafiestas y no como una suma de días en el calendario. Aún así, les toca elegir muy pronto qué quieren hacer con sus vidas, a qué se quieren dedicar, esas cosas que yo mismo me sigo preguntando cada día, y el problema es que sin respuesta la mayoría de ellos. A pesar de esa responsabilidad, que en la mayoría de los casos solventan con demostrada eficiencia -y es que nos empeñamos en dudar de nuestros jóvenes y cada día nos tapan la boca-, volver a las aulas tiene mucho de aventura, de exploración, de descubrimiento, y hasta de misterio. Un tiempo nuevo.

Esas mochilas que cargan nuestros hijos y que, afortunadamente ya no son como aquellas feísimas y toscas verdes que me tocó padecer, están cargadas de bolígrafos nuevos, libros y reglas, pero también de ilusión y de futuro. Años decisivos a los que se enfrentan, de transformación biológica y personal. Crecerán, esos estirones dejarán cortos los pantalones y camisas, y en poco tiempo se convertirán en otras personas, a veces muy diferentes, a las que son ahora. Un tiempo de vértigo, de incertidumbre, pero ilusionante al mismo tiempo. Muy jóvenes les toca elegir, elegir su camino, justo cuando están en pleno proceso de cambio. Todos hemos pasado por esto, claro que sí, pero por ello no deja de ser una etapa compleja de la vida. Por eso, debemos estar a su lado, para lo que necesiten, lo mismo que lo están sus profesores y maestros. Con ellos me despido, agradeciéndoles de nuevo todo lo que han hecho y hacen, en tiempos tan adversos, propiciando que el viaje iniciado por nuestros hijos no se detenga. No es poco, todo lo contrario: es mucho. La puerta al futuro sigue abierta.

SEPTIEMBRE

En las costuras de los asientos de nuestros automóviles, en las esquinas de as maletas, en los bolsillos de los pantalones, en esa cartera que sólo utilizamos una vez al año, permanecen esos polizones disfrazados de recuerdos que certifican lo que ha dado de sí ese maldito y bendito mes de agosto que termina mucho antes de lo que desearíamos y que tarda en llegar mucho más de lo que quisiéramos. Arena de la playa, una traviesa ramita, un billete de Metro, un posavasos de colores llamativos, el plano de un museo, cientos de fotografías que nunca trasladaremos al papel, una película de videocámara. El regreso es más ingrato, no cuenta con los alicientes y expectativas de la ida, no esconde ninguna sorpresa: sabemos lo que nos aguarda. El agua que dejamos en el salón y en el dormitorio se ha evaporado, fabricando una neblina amarillenta en ese bol que empleamos para las ensaladas. Una planta no ha resistido los rigores del verano, ¿no me dijiste que le habías dejado un plato lleno? Sobresaltamos a la lavadora con trabajo extra tras un mes en el limbo, y en las primeras vueltas bosteza el despertar de su gran sueño. Facturas y folletos publicitarios que se agolpan en el buzón. Septiembre suena a canción, en diferentes idiomas y estilos; bonito título para una película, hagamos memoria y acertemos, que la hay; en la portada de una novela tampoco quedaría nada mal: sugerente y concreto –me temo que alguien se nos adelantó-. Comienza la Liga, con sus estrellas y estrellados, con sus promesas de emoción y gloria y los colegios empiezan a desempolvar sus pupitres vacíos y sus pasillos enmudecidos. Cartillas y libros inmaculados aguardan a sus próximos e inquietos propietarios. La imaginación de los diseñadores de coleccionables aún no ha alcanzado su techo: cuberterías para niños, barcos de guerra con un pasado legendario, vehículos teledirigidos, la filmografía esencial de ese actor/director esencial. Nos juzgamos ante el espejo o sobre la báscula y nos proponemos erradicar de nuestras vidas y cuerpos todos esos hábitos que entendemos nocivos, inútiles o superfluos. Mañana una pescadita a la plancha y el tabaco no lo vuelvo a probar en mi vida. Septiembre y su realidad, que no deja de ser la rutina de cada día, nos aguarda con los brazos abiertos y mirada ojeriza, como esa madre que espera a su hijo de madrugada. Los informativos volverán a repetir ese reportaje del trauma postvacacional, y yo siempre me preguntaré cómo será el trauma de aquellos que no hayan disfrutado de unas vacaciones o, peor aún, de aquellos que no tengan trabajo. Ha llegado, sí, septiembre, el odiado, el mes más ingrato; ha llegado, sí, septiembre, repitámoslo con todas sus letras -10 si no me equivoco-, y crucemos los dedos –los de las manos y los de los pies si contamos con la contorsionista habilidad-, para que lo que volvamos a maldecir, una vez más, el año que viene por estas fechas.

EL CHIRINGUITO

Si tuviéramos que establecer un día mundial o internacional, aunque solo fuese nacional o andaluz, del chiringuito, tendría lugar HOY, 15 de agosto, el festivo entre festivos, el padre, hijo y abuelo de todos los festivos. Eso es así. Y basta con acercarse a cualquiera de los que pueblan nuestro litoral, para comprobarlo. Prepare los codos, la cartera y la paciencia para celebrar la ocasión como se merece, que puede ser un ratito bueno entre todos los ratitos buenos del año, a pesar de las estrechuras. Y es que ese momento en el que te enfundas la camiseta o camisa (floreada, que jamás te atreverías a ponerte un lunes de noviembre), recorres la playa esquivando tumbonas, sombrillas, castillos de arena y cuerpos asalmonados hasta por fin llegar al chiringuito, donde con un gesto similar al de Magallanes en el preciso instante de partir desde Sanlúcar de Barrameda en dirección a las Islas de las Especias, examinas la concurrencia, en busca de ese amigo, cuñado o similar con el que tomarte una cervecita fresquita y lo encuentras, sí, al fondo, bien colocado, en su mesa alta, con su camisa floreada, también, él que es de castellanos marrones y pinzas de lunes a viernes, sientes en tu interior algo parecido a la victoria, a la burbujeante celebración de un gol en el minuto 93, ya sea con VAR o por la escuadra. Inigualable momento, raíz o premisa indispensable de lo que queda por delante, que en un día como éste, Día Mundial del Chiringuito, cuenta con una máxima que nunca falla: la improvisación, y sálvese quien pueda.Al chiringuitero profesional, la RAE debe admitir esta palabra a la mayor brevedad, ni el laboratorio del FBI en su sede central de Baltimore podría encontrar un grano de arena o un resto de salitre en su cuerpo o ropa. El profesional no pisa la playa, aunque le guste verla desde la distancia, acodado en la barra. Conoce al dueño/encargado del establecimiento de quince veranos seguidos o tiene la habilidad de parecer que lo conoce de todo ese tiempo (aunque lo acabe de conocer). Para eso, nada mejor que la táctica de la vitrina del pescado, asomarte con poderío, como si tuvieras la intención de encargar ese pargo de doce kilos que arrincona a los lenguados, y decirle al dueño/encargado: buen género, a cómo sale eso, y a continuación mueve la cabeza con gesto de conformidad, sin confirmar o negar la posible adquisición. Y cuando está en su mesa alta, o planchando barra de aluminio, el chiringuitero profesional formula la gran pregunta al camarero que lo atiende: ¿cuál está más fría, botella o tirador? Las dos igual. Ponme una que me duela la garganta. Y así, sin quererlo, en una buena jornada chiringuitera no hay nada previsto, van llegando amigos, amigas, cuñados, suegros, la abuela con la silla plegable y una legión de niños pidiendo un refresquito. Si os lo tomáis ahora, en la comida toca agua, amenaza uno de los chiringuiteros, aunque ellos ya lleven seis consumiciones, como poco. Entre estas disputas, grandes decisiones: ¿aceitunas o altramuces?, los fichajes del verano, varias rondas, inciertos viajes planeados y recuerdos recuperados, con las bocas calentitas ya, el encargado/dueño del establecimiento te avisa que ya tienes la mesa lista. Pongamos que hablamos de las cuatro y media de la tarde, en el mejor de los casos.Dieciocho, sin contar a Juanito, que tiene tres años y duerme en el carrito. Fuera de carta, nada, que nos la clavan, dice alguien, pues yo le metía a unrodaballo, eso no merece la pena para los que estamos, reniega otro, tres de ensaladilla, dos de tomates aliñados, unas sardinas y lomitos para los niñosyo no me voy a comer un lomito, protesta Carmen, con la vista puesta en las gambas que porta un camarero. Arroz para cuatro nada más, que luego se queda, avisa la abuela. En el remate, el chiringuitero profesional exige su chupito con esa gracia que solo él contempla y que más de uno califica como chulería, y luego organiza un brindis que decora con una de sus frases impostadas. Mientras, los más pequeños no cesan de abrir la puerta del congelador, a la caza de un helado. Guiña el ojo y hace como que firma sobre un papel invisible, el chiringuitero más curtido pide la cuenta. Miradas de asombro, alguna de rencor, ya te lo dije, pagamos por familia, claro, y yo que no traigo niños pago lo mismo, alguien murmura. Pues yo lo veo hasta barato, que si quitamos los helados, las tartas, los cafés, los batidos, las patatas fritas y los refrescos no es tanto, explica con ese desparpajo suyo el chiringuitero de mayor edad. Y hasta la siguiente. Feliz Día Mundial del Chiringuito.

RAFFAELLA CARRÁ

Andan ahora analizando las letras de las canciones de Raffaella Carrá como si pretendieran demostrar, tal y como sucede con esa leyenda que arrastra el rock en las últimas décadas, que esconden mensajes ocultos, no demoníacos, en esta ocasión, pero sí sexuales. Cómo si los mensajes sexuales, subliminales o directos, fueran un delito, que tal vez sea lo que necesitamos, y más práctica, que muchos transformarían el vinagre que almacenan en mansa agua, que ya les vale. Se ha muerto la Carrá en la previa de unas semifinales de un España frente a Italia de una Eurocopa, que es rizar el rizo de las emociones compartidas. Porque Raffaella fue querida, respetada, bailada y admirada en ambos países, y con toda la razón del mundo. Porque esa mujer transmitía buenas vibraciones, cordialidad, simpatía y, sobre todo, alegría. Por eso somos tantos los que lamentamos su fallecimiento, que no es algo que todos los personajes públicos consiguen, muchos de ellos empeñados en construir la peor imagen posible de sí mismos. Para mí supone perder un pedacito de mi infancia y juventud, y es que puedo volver a verme en ese comedor familiar, en una mesa abarrotada de platos y vasos vacíos, junto a mis padres y hermanos, contemplando como la Carrá brincaba rodeada de bailarines contorsionistas, cubierta por brillantes lentejuelas, con aquellas transparencias nada transparentes que solía gastar, y es que a su modo, siempre fue muy recatada. A diferencia de otras celebridades italianas que nos llegaron desde principios de los 80, especialmente, Raffaella nunca enseñó nada, salvo aquellas dos piernas larguísimas y bellísimas, que sabía mover como pocas.

Inalterable el rubio platino, como si fuera a la peluquería cada mañana, la Carrá controlaba como ninguna su mirada a la cámara, sus paletas separadas y hasta ese español zarrapastroso que ella convirtió en un aliado y en una seña de identidad. Aunque muy españolizada, siempre mantuvo ese punto guiri que tanto nos atrae. Si nos ponemos a pensarlo, y si retrocedemos en el tiempo, el éxito de la Carrá en nuestro país no fue un hecho aislado, ya que fueron otros muchos paisanos suyos los que triunfaron en España. Y todos con una característica común: ese español maltratado y saltarín que tanto nos gustaba. Umberto Tozzi, Sandro Giaccobe, Nicola di Bari, Ricchi e Poveri o Al Bano y Romina Power, que fueron avanzadilla de los Eros Ramazzoti, Tiziano Ferro, Nek o Laura Pausini posteriores, y no nos olvidemos, por supuesto, de Sabrina, y ese momento que ya forma de la historia televisiva, y algo más, de nuestro país. Pero Raffaella Carrá no fue una cantante más, fue algo diferente, entre presentadora, bailarina, cantante y vedette, sin hacer nada maravillosamente bien, pero nadie jamás lo ha sabido hacer tan bien como ella. En este sentido, la Carrá es la versión italiana de nuestra Lola Flores, única y diferente, pero por su fuerte personalidad, más allá de su talento o habilidades.

Raffaella Carrá siempre fue una reivindicación de la alegría, un bastión de la sonrisa, un chute de energía, un latigazo de rubio esplendor entre las sombras de la rutina. Quién no ha sudado una madrugada mientras cantaba Raffaella; quién no se ha sentido protagonista de alguna de sus letras, especialmente con aquella que exaltaba las habilidades sexuales que gastamos en el Sur, quién no ha liberado esa pluma o plumón que todos escondemos por tratar de emular una de sus piruetas, quién, quién no. Yo no lo oculto, le debo muchos buenos momentos a la Carrá, como también reconozco que forma parte de mi memoria sentimental, desde un punto de vista que me es difícil explicar. La miro de nuevo y regreso, inevitablemente, a ese comedor con mi familia rodeando una mesa de platos vacíos, con cáscaras de pipas y restos de caracoles. Y Raffaella Carrá bailando en la pantalla, rubia y magnética, la sonrisa por bandera.

VERANO

Llega el momento de recoger lo sembrado, de evaluar lo estudiado, o no. Los chavales reciben sus notas de junio, las notas finales, las notas entre todas las notas, con expresión variopinta. Las ruedas de las mochilas reciben su merecido descanso, después de meses de charcos, hojas secas, chicles y empujones. Las avenidas despiden a esos autobuses jaleosos de asientos maltratados, de cánticos que escapan por las ventanillas. La rutina escolar dice adiós hasta septiembre. Septiembre que es el verdadero mes iniciático, el mes uno, el mes que marca el nuevo año, la nueva Liga, el nuevo curso, la nueva colección –dos por el precio de uno, todos los madelmanes-, con el permiso de enero, que seguirá engañándose en su falsa gloria, en su liderazgo del calendario, en su resaca de turrones y cavas nunca saboreados. Y justo cuando acaba el curso, la noche de San Juan, el fuego que celebra la llegada del verano, aunque el verano del termómetro ya llevemos unas semanas padeciéndolo, y cada año olvidemos la temperatura del pasado y nos centremos en el nuevo calor del presente, que siempre es más calor. El invierno refresca, afortunadamente, nuestra memoria.

Contemplando la salida del colegio de unos chavales me fue imposible no retroceder en el tiempo y regresar a los veranos del chaval que fui durante años, y que intento, por todos los medios, que siga estando vivo, o al menos dormido, en mi interior. Recuerdo que lo primero que hacía nada más comenzar el verano era agarrar un calendario y contar los días libres que iba a tener. Pero los días libres reales, los fines de semana y los festivos no los contaba, necesitaba saber cuántos días de verdad, de verdad de la buena, iba a estar sin ir al colegio. Y no lo hacía por programación o anticipación, lo hacía por puro placer, por disfrutar de un sentimiento que aún hoy me es imposible clasificar. Largos veranos en una Córdoba más árida, más callada, más lenta, una Córdoba sin Festival de la Guitarra, sin Eutopía, sin Noche Blanca del Flamenco; una Córdoba pelada y mondada. Mis veranos se centraban, casi exclusivamente, entre mis visitas a la Biblioteca, algún que otro y esporádico chapuzón en la piscina de la calle Zarco y las noches en los cines de verano, especialmente el Olimpia, que era, supuestamente, el cine de mi barrio. Curiosamente, los que vivíamos en la calle Buen Suceso y alrededores éramos, por calificarlo de algún modo, “chicos sin barrio”. En la frontera entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, demasiado cerca y demasiado lejos, al mismo tiempo, de todos ellos. Caprichos del callejero.

Con toda probabilidad, aquellos veranos silenciosos y calurosos de mi infancia en aquella Córdoba inmovilista han influido decisivamente en la construcción de la persona que soy hoy, y muy especialmente en mi faceta como narrador. Me fascinaba entrar en la biblioteca, buscar un nuevo título de Tintín, El Príncipe Valiente o Astérix, que devoraba en esas largas siestas de ventilador y canciones dedicadas, a Pedrito por su cumpleaños, de Radio Córdoba. Jamás incumplí el plazo de entrega, ya que a la mañana siguiente, puntual a mi cita, renovaba el libro. Y si primero fueron los tebeos, más tarde llegaron Salgari, Hammet y Kafka. Y por la noche me aguardaba el cine de verano, en donde vi cien veces todas las películas del legendario Bruce Lee, y demás imitadores, así como las del picarón Álvaro Vitali o Esteso/Pajares, sí, pero también Ben HurLo que el viento se llevó o Psicosis. Y luego en mi casa, rodeado de hermanos que hablaban de cosas que a mí se me escapaban, mientras comía altramuces o pipas frente al ventilador, pensaba en los días que aún le quedaban a ese verano, que yo nunca sentí como árido, caluroso o silencioso

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En el mismo día aparecen en tres ciudades de España —Sevilla, Madrid y Barcelona—, en papeleras de lugares muy conocidos y frecuentados, restos humanos semicongelados: un pie, una mano y un corazón. Todos los indicios apuntan a la siniestra estrategia de un asesino en serie que quiere acaparar toda la atención.
Para tratar de resolver el caso, la policía recurre a la excéntrica, huraña e intuitiva inspectora Carmen Puerto que, a pesar de su autoimpuesta reclusión, es capaz de analizar, interpretar y desvelar los crímenes más complicados. Como en «El lenguaje de las mareas», Carmen Puerto encontrará en Jaime Cuesta y Julia Núñez los ojos y las manos que la conectarán con el exterior…

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TIEMPO DE SALMOREJO

Es cierto: ya están los tomates en su punto para preparar salmorejo. Tomates de verdad, criados bajo el sol, blanditos y rojos, deliciosos para restregar sobre una tostada de pan con aceite, o para preparar el mejor de los sofritos, o un refrescante gazpacho o un delicioso salmorejo. Si me lo propongo, sería incapaz de encontrar en mi memoria mi primer encuentro con el salmorejo, imposible. Tal vez algún chupete untado, o las manos metidas dentro de un bol, o vete tú a saber, que seguro no voy descaminado. En realidad, lo recuerdo de siempre. Aunque yo lo preparo casi todo el año, de hecho es un producto fijo en infinidad de cartas, así como en las estanterías de los supermercados, en mi casa era un plato de temporada. Y comenzaba ahora, cuando los tomates estaban en su punto, tanto en sabor como en precio. El tiempo del salmorejo, en mi infancia, iba emparejado a un tiempo de felicidad, de libertad, de luz, de fiesta. Porque el salmorejo llegaba con las Cruces, los Patios y la Feria, con mayo, y también llegaba cuando desaparecían la mesa camilla, los jerseys, los abrigos y las mantas. Y proseguía con el cine de verano, las vacaciones, las piscinas, las nunca silenciosas siestas y las interminables noches jugando con los amigos. Desde niño, asocié el salmorejo a un tiempo radiante, pleno, de alegría, de entusiasmo, de entrar y salir, de muchas risas, de estar en la calle, de disfrute. Y en cierto modo, me sigo sintiendo así cada vez que preparo salmorejo, y puede que por eso lo suela compartir en la redes, porque al hacerlo es como si compartiera alegría.

Aunque los he probado, nunca he comprado un salmorejo en el supermercado. Y no sólo es por una cuestión de sabor, que también, o de naturalidad, que también, es porque hacerlo es el chispazo que enciende esa alegría que el salmorejo me transmite. Como el gazpacho, el arroz o las natillas, no hay dos salmorejos iguales, aunque se utilicen las mismas recetas y casi los mismos ingredientes. Eso a veces deriva en verdaderos enfrentamientos salmorejiles, a lo futbolero, en los que son frecuentes los comentarios del tipo: como el salmorejo de… mi madre, del bar de la esquina, de tal restaurante o el mío no hay ninguno. Pero es un error, porque se puede disfrutar con normalidad de diferentes salmorejos, lo mismo que puedes disfrutar de la misma manera e intensidad de las canciones de los Stones o de los Beatles. Yo lo sigo considerando como fue en su origen: un plato de aprovechamiento y reciclaje, de esos trozos de pan duro que botan en la talega y dándole uso a esos tomates que ya no valen para la ensalada. Cortito de ajo, que no podemos olvidar el dicho: salmorejo, la cama cerca y el agua lejos, que la siesta puede ser terrible. Y seamos sinceros, ni a nosotros mismos nos sale siempre exactamente igual el salmorejo, siempre hay una diferencia, o varias, con el que preparamos anteriormente y con el que prepararemos mañana, y seguramente eso sea lo que lo convierte en un plato diferente. Pero hablando de diferencias, algo que me encanta son las diferentes presentaciones y acompañamientos que podemos encontrar. Los clásicos taquitos de jamón y huevo duro, con unas lagrimitas de aceite de oliva, pero no lo desdeñemos con tortilla de patatas, con atún o con mojama, también muy rico.

Recuerdo la primera vez que preparé salmorejo fuera de Andalucía, en Madrid, a principios de los 90, cuando todavía era sólo un plato que pedían los turistas en sus visitas a Córdoba, y todos los presentes empezaron a untarlo en el pan como si fuera un paté o una mayonesa, sorprendidos, casi alucinados, por el sabor. No es de extrañar que no haya tardado en convertirse en el plato que es hoy, muy extendido y conocido, con una gran oferta y demanda. Un plato peculiar, ya que no es una crema, tampoco una salsa y mucho menos un puré, es otra cosa, diferente. Salmorejo, que yo sigo emparejando a un tiempo y a un estado emocional, a vivencias y recuerdos. Por eso, cuando llega un tristón y gris día de noviembre, y aunque los tomates no estén en su punto, yo preparo una buena fuente de salmorejo a modo de terapia. Porque nada más comenzar a hacerlo, mientras empapo el pan o pelo el ajo, creo que vuelvo a estar en un día de luz y alegría. Y para finalizar, otro dicho, que deberían aplicarse sobre todo nuestros políticos: cuando tú vas a por los tomates, yo ya tengo hecho el salmorejo.

ÉRASE UNA VEZ MAYO

¿Nos da algo para la Cruz de Mayo?, le preguntábamos al nuevo posible benefactor con el que nos encontrábamos, como si la Cruz tuviera necesidades alimenticias o de cualquier otro tipo. Comenzamos con cajas de cartón, las vacías de las botellas de leche Colecor eran las más preciadas. Recias, robustas, crujientes, y muy resistentes. Eran unas botellas de litro y medio de un plástico semitransparente que luego también tenían su utilidad. Bien recortado el cuello de la botella, con su correspondiente globo, era un tirador fabuloso. Eso sí, lo que se dice apuntar, era más que complicado apuntar. Recuerdo tardes de verano desayunando una botella de Colecor, muy fría, junto a un plato de rosquillas. En ese tiempo en el que la lactosa era una ciencia ficción y la leche se consideraba como el gran alimento. Mientras más, mejor. Las Cruces de Mayo con las cajas de cartón, y decoradas con gitanillas y geranios de las macetas de mi madre. La de sofocones que le di, todo el año cuidando sus flores para que yo se las guillotinase en un plis. Y pasamos a la Cruz minipaso, en aquellos años en los que los costaleros conformaban una especie de mitología, y hasta íbamos a verlos a ensayar, como si se trataran de guerreros legendarios que practicaban con sus espadas. En la Cruz minipaso había que dividir las ganancias, ya que como poco éramos dos los que la “cargábamos”, pero también es verdad que las ganancias eran mayores, especialmente al principio. Cosas de la novedad. En muy poco tiempo, tan poco y tan rápido que me es imposible precisar, comencé a disfrutar las Cruces de Mayo desde otra perspectiva: con los codos apoyados en las barras de aluminio. Pimientos fritos, flamenquines y un poquito de salmorejo, que no falte. Durante 3 décadas viví entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, en la calle Buen Suceso, imposible que las Cruces no formaran parte de mi calendario, en cualquiera de sus modalidades y situaciones.

Y lo mismo me sucede con los Patios, que siempre he considerado como la expresión más auténtica y genuina de cuantas tenemos en Córdoba. Si algo nos define y diferencia son los Patios, no me cabe duda. Porque ferias, hay muchas, al igual que catas, y las Cruces también se pueden disfrutar en otros lugares, como en Granada, por ejemplo. Pero para ver y conocer los Patios hay que venir a Córdoba. Si rebusco en la memoria del niño que fui puedo recordar los Patios antes de que tuvieran colas, horarios y aplicaciones, cuando eran microcosmos que conformaban la Córdoba más esencial. Recuerdo ir a casas de amigos donde los vecinos esperaban en el patio su turno para ir al servicio compartido. Recuerdo patios por los que atrechábamos para ir de una calle a otra. Recuerdo patios en los que se comían caracoles a media tarde, entre jazmines y buganvillas. Recuerdo patios con perros somnolientos y canarios de colores cantando en sus jaulas. Recuerdo patios en los que el concepto de familia era muy diverso, porque además de la propia tenías la que formabas con tus vecinos. Los Patios, en Córdoba, suponen lo que fuimos y que, en gran medida, seguimos siendo. Y por eso es de agradecer el esfuerzo que realiza todos los años este periódico, para que su ya célebre Guía de Los Patios siga siendo una realidad que todos podemos disfrutar.

Se me acaba el espacio y todavía me queda mucho mayo que recordar. El de la Cata, por ejemplo, o el de las ferias, porque en mi infancia y juventud yo disfruté dos por igual, la de la Salud y la del colegio, en los Salesianos. Aquellas casas del terror construidas con pupitres, que son casi los antecedentes de los escape room actuales, o la tómbola en el pórtico, o las primera fiestas y ese momento en el que sonaba Spandau Ballet y soñabas con que la chica que te gustaba dijera sí cuando la invitabas a bailar. Aunque incómoda, la Feria en Los Patos tenía su encanto, y sus peligros. En El Arenal nos adaptamos al más de lo mismo, con todas sus comodidades y demás ventajas, pero yo nunca la disfruté tanto como la anterior. Porque mayo, nuestro mayo, tiene mucho de adaptaciones y de peligros, y también de recuerdos, que ojalá pronto escapen de la memoria para volver a ser una realidad.

LA NOCHE DE TODOS LOS SUEÑOS

Final del verano y comienzo del curso

Cada noche duermo peor, o cada vez son más las noches que duermo mal, parecen frases gemelas, pero esconden sus diferencias. Como los gemelos, o los mellizos, que siempre dudo en el término. Esas pecas, esa nariz más gruesa, esas orejas de soplillo. Siempre hay una diferencia, leve o gruesa, pero diferencia. Lo del dormir mal, poco también lo englobo en el mal, debe ser una cosa de los años, de cumplirlos, y tal vez por eso no lo llevamos tan mal -perdón por tanto mal-. Perdemos la tersura, la elasticidad y el sueño, qué cosas, con el paso de los años. Menos mal que no perdemos las ganas (en ganas cabe todo, o casi). Cada nueva vela que añadimos a la tarta, unos minutos menos de sueño. Y aunque en el global te acostumbras, en la noche, cuando sucede, lo entiendes como algo nuevo. Mirar la pantalla del móvil y descubrir que son las cuatro y veinte de la madrugada. Esa es una de mis horas fetiches, que he padecido en mis noches de los últimos meses. Ha sido tan frecuente, tan reiterado, que cuando el reloj ha sobrepasado el umbral de las seis lo he sentido y celebrado como un auténtico éxito, como una anomalía. Es como un insomnio invertido, porque caigo redondo en la cama, desfallecido, apenas unos minutos tardo en dormirme. Y en soñar. Porque en los últimos meses, tal vez coincida con el inicio de esta mierda de pandemierda, he vuelto a soñar. Pero a soñar como lo hacía en la infancia: larguísimos sueños, repletos de aventuras, surrealismo burbujeante, abstracción de colores exagerados y situaciones imposibles, que puedo recordar perfectamente cuando despierto. Puedo contarlos cada mañana, como el que cuenta la última farra, viaje o conquista.

Debería dedicar todas las mañanas unos minutos a anotar en una libreta el sueño de la última noche. Un diario de sueños. No de ilusiones, o esperanzas. No, de sueños, sueños verdaderos. Los que llegan cuando cierras los ojos y tu mente es un caballo sin montura ni jinete en una interminable pradera. Tal vez los sueños representen el punto más cercano en el que nos llegamos a encontrar de la verdadera libertad. Cuando era niño, si despertaba tras haber transcurrido la noche en un sueño placentero, volvía a cerrar los ojos y deliberadamente proseguía con el sueño. Como si se tratara de una película, filmaba en mi interior la segunda parte, la secuela, y durante unos minutos creía que el sueño había regresado. Muchas veces fueron como un western actual, pero sin sangre, sin muertos, sin tragedia, aventuras para todos los públicos, que llegaban a conseguir que me despertara cansado, como si en realidad hubiera saltado y corrido como lo había hecho antes, en mis sueños. Todos tenemos sueños que no podemos contar, que no nos gustan. Esa sensación angustiosa de despertar y durante unos minutos dudar de lo que es real y no. Y te preguntas si fuiste capaz de tal y cual cosa, o si realmente te pasó eso que soñaste. Y buscamos significados a esos malos sueños como el que se busca un bulto en el cuerpo, necesitado de explicarse.

En ocasiones he utilizado los sueños como material narrativo. Sí, hay capítulos, escenas, que las he soñado previamente. Puede que eso sea jugar con ventaja. Y normalmente mis personajes son soñadores, y normalmente cuento lo que sueñan. Igual que como vestimos, lo que comemos o lo que consumimos culturalmente, lo que soñamos también nos define. Por eso tal vez los sueños deben entenderse como autoficción, aunque yo prefiero que no, que se nos está yendo de las manos, y a este paso hablaremos de metaautoficción en poco tiempo. Y no todas las vidas son interesantes de contar, compartir. Y no son tan especiales como nosotros creemos, aunque nuestra soberbia o ego nos digan lo contrario. Los sueños sí son otra cosa, están hechos de otro material, no sé si más resistente, volátil o inexplicable. Da igual, siguen siendo la magia que aparece cuando cierras los ojos y tu mente te ofrece todo eso que la realidad te niega. La noche de todos los sueños posibles, como presagio o terapia, como un camino sin árcenes, que conducen a esa cima que nunca llegamos a conquistar.

DONDE DEBO ESTAR

Si todos los futbolistas fueran el mismo futbolista, aunque fueran como Messi, o como el mejor Guti, sería insoportable, insufrible, ver un partido. Su perfección nos aburriría a los pocos minutos. Y lo mismo nos sucedería con el baloncesto, diez Lebron James sobre la pista. Prórroga tras prórroga hasta la eternidad del cansancio. Ponga el ejemplo deportivo que le apetezca. Se puede ser homosexual de muchas maneras, con y sin pluma, y lesbiana, y heterosexual, y trans, y lo que te dé la gana. No hay un molde o patrón que defina nuestra sexualidad y género. No somos como el chocolate, no llevamos en la frente escrito el índice de pureza de lo que somos. Como tampoco a todos los gallegos les gusta el orujo y la empanada, ni todos los vascos se pasan el día levantando piedras y cortando troncos ni todos los norteamericanos tienen un rifle tras la puerta ni todos los ingleses toman un té a las cinco. No. Teniendo claro que no somos una masa uniforme, que no hay un concepto que nos aglutine a todos, como tampoco hay un concepto que nos defina de una manera exacta, cada día estoy más convencido de que se puede ser y se es andaluz de muchísimas maneras, y que todas ellas son tan válidas como la suya y como la mía. Tan precisas e imprecisas, tan exactas e inexactas al mismo tiempo. Porque el ser andaluz no se consigue mediante oposición, realizando un cursillo o gracias al certificado firmado por la administración competente. Es mucho más sencillo que todo eso, se es andaluz porque se quiere. Y hay muchos que deciden serlo porque les apetece, porque vinieron a esta tierra, se enamoraron de ella y se consideran andaluces, y yo los reconozco como tal. Porque ser andaluz no es un carné, ni una partida de nacimiento ni una postura, como tampoco lo es una impostura.

Yo creo que por eso mismo, me han gustado tanto el artículo de mi querido amigo Daniel Ruiz, titulado Hombres de luz, y el spot de los supermercados El Jamón, porque inciden en esa diferencia que nos une. Illo, quillo, picha, nene, pego, malaje, esaborío, miarma, malafollá, ancá, noniná, perol, fartusco, y no sé cuántas palabras y expresiones más que utilizamos de Ayamonte a Pulpí, y que aderezamos con todo tipo de acentos, seseos, ceceos, aos, eos y demás peculiaridades lingüisticas, porque hasta en eso, o también en eso, somos diferentes, y yo me alegro de que así lo sea. Porque la diferencia, lejos de separarnos, nos enriquece. Porque esa diversidad de palabras, de expresiones, de acentos, de sonidos, hacen que el andaluz sea una lengua, dialecto o modalidad oral, o como se quiera decir, más rica, más amplia, más sabia. Y porque el que acepta la diversidad tiene muchas más opciones de vivir una vida más plena, porque no le pone trabas a casi todo, porque es curioso, porque le gusta probar, indagar y descubrir aquello que no conoce. Sólo el enano mental y el miope le tienen miedo a la diversidad, que siempre debe ser entendida como lo que es, una suma, y nunca una resta. Afortunadamente, en Andalucía se nos da mejor sumar que restar.

Que nadie me venga a decir cómo he de ser andaluz, o si tengo todas las cualidades que se requieren o si todavía me falta medio kilo. Porque soy andaluz a mi manera, que entiendo es la manera de todos, con mis querencias y con mis contradicciones, con mis aliños propios, con mis fobias, mis filias y mis manías, con mis cosas, que para eso son mías. Y lo mismo me emociono escuchando a una banda de Boston que a Rocío Márquez, y me divierten Califato 3/4 y muevo los pies al ritmo de Los Voluble, y que no falte Prince, y se me salta una lagrimilla con ese vozarrón inigualable de la Jurado, interpretando ese himno nuestro que sólo pueden cantar, como se merece, tres o cuatro, y puede que sea demasiado generoso. Y no brindo con manzanilla o fino, prefiero el tinto, y hasta en eso soy andaluz, que la denominación de origen la llevo en las tripas, en las entrañas. En las emociones, que se despiertan cada mañana cuando me asomo a la ventana y miro, y huelo, y escucho, y me digo: estoy donde debo estar.

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis