#NÚMEROOCULTO EL HILO DE TWITTER DEL QUE TODO EL MUNDO HABLA

Suena el teléfono, #NúmeroOculto. ¿Cuánto crees que aguanta una persona bajo el agua sin respirar? Me pregunta una voz distorsionada. ¿Cuánto crees que aguanta una persona bajo el agua sin respirar?, repite… así comienza mi nuevo hilo de Twitter que, publicado el 2 de abril, acumula casi 4 millones de impresiones, y miles de Likes y RT.

Aquí repercusión prensa https://www.flooxernow.com/viral/misterioso-hilo-twitter-que-esta-enganchando-todo-mundo_20220404624af73ade6e680001ee3dac.html

Y aquí por si quieres leer el hilo: https://twitter.com/gutisolis/status/1510162084713189376?s=20&t=phaPhfHCLff24RopQuI3og

ABURRIDOS HALLAZGOS ANODINOS

En ocasiones, anhelo el aburrimiento. Sentarme en un sofá con la pretensión de no hacer nada. Absolutamente nada. A veces es bueno no hacer nada. O dejar de hacer, que puede parecer lo mismo, pero tiene sus matices. Sin embargo, el no hacer nada me transmite nerviosismo, inquietud, a ratos ansiedad. O algo parecido a la ansiedad. Culo de mal asiento. Ahora hablamos mucho de la ansiedad, que tal vez le ha quitado la titularidad al estrés. El padre de la criatura, dicen. Hay quien argumenta que es bueno vivir con cierto estrés, no demasiado, un poquito, como ese toque picante que le damos a algunos platos. Un toque, ya sabe, para no acabar con la lengua como una alpargata. Pues eso es lo que algunos recomiendan para la vida: tensión, estrés. En su adecuada cantidad. Si esto es verdad, que no lo pongo en cuestión, también unas horas de no hacer nada, nada de nada, deben de ser recomendables. Con cuidado, como el vino, o como el estrés, según dicen, en su justa dosis. Que demasiado tiempo libre tampoco es bueno, que nos ponemos a darle vueltas a la cabeza y el que es hipocondríaco, por ejemplo, recrea mil y una enfermedades, que busca y rebusca en la Red síntomas, sanaciones, estadísticas y todo lo que se le ocurre. Hay quien no maneja bien el tiempo libre, el no hacer nada, y es mejor tenerlos entretenidos, y si es en algo productivo, mejor que mejor. Limpiar los azulejos de la cocina, por ejemplo. Creo que fue Juan Bosco, fundador de los Salesianos, quien acuñó una reflexión más que apropiada: el ocio es el padre de todos los vicios. Aunque parezca increíble, o una de mis tontadas, también hay que saber aburrirse. También. Al igual que saber dormir, que es un noble arte que cada día envidio más. O saber perder, que es salud mental.

El otro día descubrí que en la vida, no, o yo al menos no lo quiero para mí, pero que médicamente no hay nada mejor que ser “anodino”. Si te someten a una prueba, de lo que sea, del corazón, del riñón o de la garganta, cruza los dedos para que tu riñón y corazón sean en su morfología y en sus comportamientos anodinos. Sí, anodinos. El problema o la sirena se activa cuando aparece la palabra hallazgo, que no es como encontrar el tesoro en la isla. Hallazgo es que hay algo raro, que no malo, necesariamente. Porque no todo lo raro (diferente, extraño) es malo. Se puede tener un corazón más pequeño, o un hígado con forma inusual, y llevar una vida normal, o más o menos normal. También hay hallazgos que suponen un mal anticipo, un negro presagio. Más o menos como en la vida, más allá de nuestras entrañas. Hay un refrán que lo explica muy bien: no es oro todo lo que reluce. Y a veces sucede que esos hallazgos, no son tal como habíamos previsto. El ilusionismo, los espejismos, y todas esas peculiaridades que podemos encontrar en los optimistas. En los muy optimistas. Aquí uno que levanta la mano, sin pudor. Los optimistas, excesivamente optimistas, vivimos entre espejismo y espejismo, entre chasco y chasco, que sólo remontamos con un nuevo hallazgo. Lo curioso es que nunca deseamos que sean anodinos, porque más allá de la Medicina deseamos que los hallazgos sean cualquier cosa menos aburridos.

Divago entre el aburrimiento y los hallazgos por tal vez no querer reconocer que buena parte de la vida es anodina. Plana. Rutinaria. Automática. Mecánica. Simple. Un día tras otro y vuelva a la casilla de salida, sin pasar, si es posible, por la del pozo. Y puede que eso sea lo que nos procura mayor tranquilidad y estabilidad, también certeza. Ese “todo es como debería ser” que es el litio y la gasolina que adquirimos en el surtidor de los días. Vivir de hallazgos, entre ellos, pretender que sean el plato principal que nos almorzamos cada mediodía forma más parte del error, antesala de la frustración. Al final, después de pensarlo un rato, la cuestión es saber aburrirse, o saber no hacer nada sin aburrirse, para ser anodino de forma premeditada y así no pensar en los hallazgos, o no pensar solamente en los hallazgos. La teoría comienzo a tenerla clara, ya sólo me queda encontrar un hueco para aburrirme y ponerla en práctica. A este paso, ya veremos, cuando me lo permite el hallazgo de turno.

GARBANZOS EN REMOJO (LECCIÓN DE REALIDAD)

Cada vez que pongo los garbanzos en remojo recuerdo aquella canción de Serrat que dice eso de “a menudo los hijos se nos parecen”, y es que por un instante creo que es mi madre la que está a mi lado. Recupero, repito, respeto, plagio esos menús de mi infancia que ahora mi familia disfruta, con sensaciones muy similares. Lo solía comentar mi madre, de una olla de garbanzos salen varias comidas, si la sabes aprovechar. Sopas, aliños, ropavieja, croquetas (siempre alguna falsa), pringá, rancho… Y eso es algo que han entendido millones de familias, de varias generaciones. Dieta mediterránea en vena, mucho antes de que se inventara el concepto. Masterchef más allá de la gastronomía, e incluyamos aspectos tan esenciales como la economía, la sociología, incluso la antropología, regado todo con mucho amor, antes de que el concurso se convirtiera en estrella de eso que se conoce como prime time. Las mañanas que despierto y me encuentro con los garbanzos en remojo en la cocina la realidad, la auténtica, la más de verdad, esa que es imposible de maquillar ni por el filtro más potente, se cuela en mis ojos. Esa es la vida, tal cual, sin slim fit ni rayos uva, la del frío y el calor en la piel, la de las emociones que nos erizan y manejan, a su antojo, como marionetas. Raíz, sangre y años. Y no sólo porque vuelva a encontrarme con mi mi pasado, con mi infancia y con todos los míos, generaciones atrás, también por recuperar una forma de entender la vida, más allá de la gastronomía, la economía y la memoria. Hablamos de dedicación, de familia, de entrega, de sentirse dentro de algo, más poderoso que tú mismo. A veces nos representamos en los gestos, y en la mayoría de las ocasiones vivimos a golpe de ligerezas, tanto en la pose como en el plato, además de en los sentimientos. Y no todos los días un filete a la plancha y una ensalada de paquete, como tampoco todos los días seis memes de besos y corazones. A veces, o casi siempre, hay que besar, con los labios húmedos.

En los últimos años he empezado a recuperar muchos platos de mi infancia. Y eso también incluye a toda esa portentosa carta que cambia según las festividades y las temperaturas. Del salmorejo a las gachas, del arroz con costillas a la eterna carne con tomate, sin olvidarnos de las torrijas, gazpachos varios, nubes de coliflor o potajes de diversas combinaciones, cuando encarten. También he regresado a los mercados, a los de siempre. Embutidos recién cortados y envueltos en papel de cera, tarros de altramuces, ver como el carnicero filetea lo solicitado, hierbabuena recién cortada, pescado traído de la lonja unas pocas horas antes. Durante años malinterpreté esa comodidad mal entendida que ha fabricado esta sociedad que un día conocimos como la del bienestar. La comodidad no es tardar media hora en aparcar, chocar contra diez carros más y poder elegir un refresco con sabor a cereza. Tampoco la calidad. Ni mucho menos la economía -pruebe a comparar el precio de los embutidos en un supermercado o en un charcutería, y se sorprenderá-. En mi caso, además, hay un componente emocional que no escondo. Vuelvo a ser ese niño agarrado de la mano de su madre en el laberinto de puestos, olores y voces, en el mercado de la Corredera.

En tiempos de comida ultraprocesada, refrigerada, congelada y remasterizada; en tiempos de franquicias, Glovo, take away, macrogranjas y cebolla caramelizada a espuertas, los garbanzos en remojo son la resistencia, el cable a tierra, el conector con la identidad que aún conservamos, a veces demasiado escondida, pero que seguimos llevando en el tuétano. Son la verdad. El aliento y el latido. El sabor, sin más. Si te paras a pensarlo, todo el proceso, que debes comenzar la noche de antes, tiene mucho de ritual, a modo de Rosario gastronómico. Tal vez sea una oración civil, una creencia en lo nuestro, en los nuestros, auténtica, sin maquillaje ni filtros. Es como volver a comprar un regalo sin tirar de Internet o escribir de nuevo una carta, de puño y letra, de esas que necesitan sello y sobre y un buzón para enviarla. Mucho lo dejamos de hacer por el pretexto de la comodidad y de la economía, sin darnos cuenta todo lo que nos dejamos atrás. Y que en la mayoría de las ocasiones somos nosotros mismos.

LA SABIDURÍA DEL PERDEDOR

Cada vez lo tengo más claro: el éxito (o lo que reconocemos como tal) enseña muy poco, y sus efectos, tras el furor del momento, pueden ser más nocivos y negativos de lo que imaginamos. Sé que es un topicazo mayúsculo, de los muy gordos, pero es que no hay mejor maestro que el fracaso. Una enseñanza de vida y de resistencia, que tal vez sean la misma cosa. Porque cada día, o la mayoría de ellos, es una nueva derrota. Y asumirlos, aceptarlos, adaptarnos, sobrevivir sin morir en el intento, es el resultado de esa enseñanza. La vida, tal cual, galería de fracasos, escuela de robinsones, manual de instrucciones (con demasiada letra pequeña) para nadadores en aguas revueltas. Saber perder, es saber ganar, y en esto he estado pensando esta semana tras el lío que se montó en el resucitado Festival de Benidorm. Vayamos por partes. Que sí, que lo del jurado es de las cosas más extrañas que hemos visto en televisión. ¿Jurado demoscópico? Bromas, no, por favor. Y que los votos de los espectadores sólo valgan un 25% es, como poco, ningunear la opinión que debería ser más importante: la del público. Y no entremos ya en lo de meter un austriaco y a un islandés en un jurado que debía decidir el artista que representaba a España en Eurovisión. ¿Habrá españoles en los jurados de Islandia, Austria o Noruega que decidan sus representantes en el festival de marras? La respuesta es obvia. Hasta ahí estamos de acuerdo, casi no se puede discutir, pero tengamos mesura, tomemos distancia, y pongamos los pies en la tierra. Me habría encantado que ganaran las tetas de Rigoberta Bandini, de la que soy seguidor desde mucho antes que anunciara cervezas o se presentara a los festivales eurovisivos. No lo escondo. O Varry Brava, con ese himno homenaje a la Carrá, no lo oculto. O que me hacía gracia, y poco más, la canción de Tanxugueiras, sí, es verdad. Y no me olvido de Xeinn, del que pocos han hablado, y que para mi gusto defendía la canción más netamente eurovisiva de cuantas escuchamos.

Dicho esto, y como antes señalaba, recuperemos la mesura, y tengamos en cuenta que se trata del Festival de Benidorm, de Eurovisión, que no hablamos de centros de salud, de vacunas que salvan vidas o de tasas de desempleo. No. Vamos a relajarnos. No busquemos complicaciones y más ríos revueltos, que ya tenemos bastantes. Que me hubiera gustado que hubiéramos enviado una canción con letra feminista, o inclusiva, progresista, con valores, y no la que hemos enviado, también lo reconozco. Tengamos en cuenta, y espero que nadie se lleve un chasco, que la historia de la música de los últimos setenta años, hablamos de rock y pop, cuenta con un gran número de canciones que aclamamos como obras maestras y cuyas letras es mejor no traducir, si nos referimos a autores en habla inglesa, por lo general. Y le hablo de Bowie, Prince o los Beatles, no traduzca algunas de sus grandes creaciones si no quiere llevarse un chasco descomunal. Yo no voy a comprar nunca un disco de Chanel, ni creo que tenga opciones de ganar el Festival Eurovisión, pero es justo reconocer que ofreció una buena interpretación, que se movió bien en el escenario y que la canción es pegadiza. Y es que de eso se trata.

Si para ganar hay que machacar al adversario, prefiero mil veces perder, me parece más sano. Y hasta más ético y moral. Soy del batallón de los perdedores. También es cierto que se puede montar un jurado con más lógica, menos raro, es cierto, y ojalá lo hagan. Pero, ¿y lo mucho que nos hemos reído con los comentarios en Twitter o con los memes que nos han llegado? No malgastemos nuestras fuerzas en batallas que dirimen asuntos tan poco trascendentales, tan de esa manera, que es Eurovisión, repito, no más. Y lo más curioso es que las que deberían estar más afectadas, y cabreadas, las artistas, Rigoberta y Tanxugueiras especialmente, son las que han mostrado mejor talante y buen rollo, felicitando con naturalidad a Chanel, y deseándole el mayor de los éxitos en la cita eurovisiva. Saber perder, la lección que todos deberíamos aprender. Y conjugar con mesura el reflexivo de indignar. Y que no falte nunca caldo en la nevera, que eso sí que es un problema de verdad.

VACUNA, PALABRA DEL AÑO

Otros años no me he identificado con la palabra del año, pero la de 2021, VACUNA, debo de reconocer que no puede ser más acertada. Ni más merecida. Este año que se acaba y que despedimos con un empujón, animándole a que no vuelva nunca jamás. No queremos saber más de ti. Este año que inspirará el título de tantas y tantas novelas: El año que no fue; El año del confinamiento; El año sin año; Mascarillas y gel; Gel de mi vida; La mascarilla que me amó; Todos somos uno; El año que nos convirtió en invisibles. Son demasiadas las opciones como para seguir añadiendo posibilidades, en este girar la tuerca en la que se ha convertido nuestra vida. Queremos recuperar eso, precisamente, nuestra vida. Pero yo, al menos, quiero recuperar la que tuve, la que se fue, la que ahora es la gran prohibición. Y sueño con ver de nuevo repletas las pistas de los festivales, las calles en los días festivos y de rebajas y las barras de las bares. Y también necesito volver al cine como siempre, sin bandas blancas y rojas en los asientos, y abrazar a mis amigos en las presentaciones de libros, en las lecturas, en todo eso que hicimos durante toda nuestra vida con la más absoluta normalidad. Sin temor. Sí, quiero recuperar esa vida. En estos meses, larguísimos, hemos pasado por numerosas etapas, que los sociólogos, antropólogos e historiadores analizarán y calificarán con el paso del tiempo. La fase del pánico, de la ignorancia, de la imprudencia, de la excesiva prudencia, del pesimismo, del hartazgo, la fase de duelo, que ha sido la más dura, la fase paranoica, yo qué sé, la fase del aislamiento, de la soledad. O la fase del caos, del desconcierto, la del “y esto qué es ahora”, que es la actual. Menuda ola, menudo maremoto.

Por suerte, la vacuna funciona, los efectos secundarios son muy graves, serios o molestos y supone el principio del fin. A pesar de las teorías de algunos, que no entiendo y que no puedo calificar como respetables porque carecen de rigor científico, si en el Siglo XX se produjo tal incremento poblacional fue porque, paulatinamente, las vacunas han sido de acceso universal, para la mayoría de los habitantes de nuestro planeta. Algunas enfermedades prácticamente han desaparecido porque nos hemos vacunado y las hemos combatido de este modo. Son evidencias que se pueden contrastar muy fácilmente. Apenas tardará unos minutos. Cada cierto tiempo, cada siglo aproximadamente, una enfermedad se ha cruzado en nuestro camino, y en la mayoría de las ocasiones la hemos podido doblegar a pesar de su crueldad inicial. Y eso es lo que estamos haciendo, y esta sexta ola es la mejor demostración, viendo los datos de fallecimientos y de ingresos en UCI. Pues claro que vacuna es la palabra de 2021, y ojalá la de 2022 más que una palabra, sea una expresión: “SE ACABÓ”.

LO QUE LA MUERTE (NO) ESCONDE

Puede que fuera su escudo, su trinchera, su máscara. Durante años, muchos, fue la sonrisa del cine español. Una sonrisa sincera, inocente, cándida incluso, la mayoría de las ocasiones. Una sonrisa a juego con sus ojos, luminosos, oceánicos e inquietos. Verónica Forqué, hija de su padre, nombre imprescindible en la historia del cine español, de los 80 y 90, fundamentalmente. Uno de esos rostros que convertimos en familiares, como si fuera una más en la mesa camilla, y es que su popularidad fue mucha, ligada habitualmente a títulos de gran aceptación entre el público. El público, ese ente que ni el mismísimo Lorca fue capaz de descifrar. Lo tuvo todo, lo fue todo, trabajó con los mejores directores y compañeros de reparto, escogió sus papeles, desfiló por la alfombra roja de los Goya, tal vez sin ser consciente de lo que era: una estrella del cine y de la televisión. Pero un buen día, dejamos de invitarla a nuestro sofá de la audiencia, eliminamos ese hueco que le teníamos reservado, para ofrecérselo a otra actriz, con otro nombre, Penélope, Maribel o Leonor. Porque las mujeres, también en el cine, sí, también, lo tienen más difícil que los hombres y su tiempo caduca antes. No su talento -que siempre permaneció intacto-, su físico, sus curvas, las “patas de gallo”, las canas, todo eso que en los hombres, en muchos casos, es elegante madurez, y que en las mujeres es decadencia, “se les pasó el arroz”, “está colgona” o cualquiera de las muchas “lindezas” que les dedicamos. El teléfono deja de sonar, que es uno de los peores males que pueden padecer quienes se dedican a la interpretación, porque eso significa no sólo ostracismo, también dejar de ganar de dinero, o tener que aceptar lo que sea, porque los recibos de la hipoteca, de la comunidad, de la electricidad y de mil cosas más siguen llegando, estés o no en el candelero.

Supongo, no sé de las cuentas económicas de Verónica Forqué. Pero puede que no se tratara sólo de dinero, y también de sentirse de nuevo reconocida, querida, popular, por el gran público. Y sigo con las suposiciones. Que la televisión se ha convertido en los últimos años en un artefacto que está más cercano al mercadeo que a la divulgación no hace falta que yo lo diga, es la realidad. Que antepone miseria y horror a belleza y conocimiento, es evidente (y basta asomarse a la programación de cualquier cadena). Y que esto sucede porque hay un “público” que así lo quiere, bien cierto es, y dos más dos siempre son cuatro. Aún siendo cierto, y siendo conscientes de todo esto, esa televisión continúa, y continuará. Y no sabremos nunca si ha incidido en la muerte de Verónica Forqué, a pesar de todos los “especialistas” en la materia que han aparecido en los últimos días. Los mismos que “predijeron” la crisis económica o la pandemia, los mismos que tienen un máster en erupción de volcanes y energías renovables, ahora, también, faltaría más, son especialistas en enfermedades mentales. Lo único cierto es que Verónica Forqué murió cuando decidió poner fin a su vida. Todo lo demás, lo podemos intuir, inventar, sospechar o creer, pero nunca sabremos toda la verdad.

Hablamos de enfermedad mental cuando quien se quita la vida es una persona pública, si es nuestro hermano, amigo o pareja lo llevamos como un estigma, que preferimos callar, y hasta ocultar. Lo mismo que ocultamos que nuestros hijos o nosotros mismos tenemos cita con el psicólogo o el psiquiatra, vaya que alguien nos empiece a ver como unos locos, unos tarados o unos idos de la cabeza. Y es que, tal y como sucede con la discapacidad -esos subnormales, tullidos y lisiados de siempre-, las palabras marcan la primera barrera, el primer insulto, con las personas que padecen una enfermedad mental. Qué poca importancia les solemos dar a las palabras, y cuántas vidas se han llevado por delante. No verbalizar la enfermedad, no mostrarla a la luz, no reconocer que el suicidio es una de las causas por las que fallecen más personas en nuestro país es y seguirá siendo lo peor que podemos hacer por las personas que padecen una enfermedad mental. Y que no son pocas, precisamente, muchas más de las que creemos o imaginamos porque la mayoría siguen escenificando una sonrisa permanente, como Verónica Forqué, la sonrisa del cine español, aunque su interior sea un páramo, desolación. Todo eso que la muerte (no) esconde.

LOS POPULARES DEL MAGIK. MI PRIMERA NOVELA JUVENIL

Puede que te sorprenda esto que tanta ilusión me hace: el miércoles 17 de noviembre llega a las librerías mi primera novela juvenil: LOS POPULARES DEL MAGIK. Dirigida a chaval@s a partir de 12 años, cuenta con ilustraciones y portada de la gran Pam López, a la que seguro conoces por Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, y la publica una editorial tan prestigiosa en este sector como es Algar Editorial. Nervioso y feliz por este cambio de registro, que espero te guste!!

LOS QUE SIGUEN ESTANDO

En bolsas de supermercado lleva varias gasas y bayetas, un estropajo y un par de botellas de agua. La escalera de tres peldaños ya está en el maletero, junto a la rueda de repuesto. Mientras tomaba un café en la cocina llegó su hijo de la fiesta de Halloween, el disfraz de vampiro evidenciaba el trote de la noche. Muy temprano, a eso de las siete, se introdujo en su vehículo y condujo hasta el pueblo en el que nacieron sus padres, a más de cien kilómetros, en la frontera de los límites provinciales. Esa misma carretera que recorrió cientos de veces en el autobús de línea, desde la infancia hasta no hace tanto. El reloj marca las nueve de la mañana, se detiene junto a la floristería que hay tras el cementerio. La semana pasada encargó tres docenas de claveles. Desde aquel frío noviembre de 2001 que se quedó sin flores, previsora, quince días antes llama a Julia, la propietaria, hija de la Julia de siempre. Dentro del cementerio, una breve parada ante el nicho de los abuelos, para comprobar que sus tías siguen cumpliendo con lo acordado. El mármol de la lápida está empañado por el polvo, blanquecino, una telaraña ha comenzado a crecer en una esquina. Con la ayuda de la escalera, retira los floreros de plástico y comienza a limpiar con esmero la piedra, tal si se tratara de un espacio reservado a seres vivos. La mecánica actividad no impide que por su cabeza desfilen imágenes del pasado, de su infancia, vestida de domingo, con enormes lazos en la cabeza, ríe entre sus padres, entre los que siguen estando. Se puede llamar Luisa, Carmen o Jesús. Como cada arranque de noviembre, con cada vez menos sabor a gachas, recordamos a nuestros difuntos, a los que ya no están, les entregamos parte de nuestro tiempo y de nuestras habilidades. Los visitamos, nos acordamos de ellos, porque de alguna manera siguen estando muy presentes entre nosotros.

Durante decenas de domingos y demás festividades he visitado a mis difuntos en el cementerio. El hacerlo ha forjado en mi interior el decidido convencimiento de que la incineración es la expresión más neutra y menos esclavista, más limpia, de la muerte; mi elección para cuando hayan de elegir los demás por mí. Sin embargo, comprendo perfectamente, porque los he sentido muy cerca, a todos aquellos que necesitan encontrarse con sus difuntos, visitarlos en un lugar concreto en el que mostrarle su dolor y sus recuerdos. Hay quien convierte el nicho o panteón del ser querido en una especie de nueva casa, y la cuida con esmero, procura que el tiempo y sus cosas se noten lo menos posible. Encala los alrededores, mantiene con brillo el mármol, no permite que las flores se marchiten, como si se tratara de una evolución de aquellos egipcios del pasado que se enterraban con alimentos y recuerdos de sus familiares, con el convencimiento de que la muerte no era más que el inicio de un largo viaje hacia una nueva vida. Es cierto que en nuestro país existe lo que podríamos definir como un culto a la muerte, y que lo expresamos en los cementerios, colocando flores en la cuneta de una carretera o convirtiendo un entierro en una manifestación de duelo comunitario. La muerte genera en nuestro interior emociones muy diferentes, y todas las expresiones externas son igual de respetables, ya sean por respeto a la tradición o por convicción propia.

Si uno se detiene un instante a pensarlo, las visitas a los cementerios no dejan de ser un reencuentro con nuestros difuntos, y, por tanto, con nuestros recuerdos. La necesidad de saber que nuestros seres queridos están ahí, en un nicho o bajo tierra, que existe un punto concreto en el que poder llorarlos. Y es que todos, de un modo u otro, necesitamos conocer el destino de nuestras raíces. Como todos los años por estas mismas fechas, acudimos a los cementerios, y puede que tras este gesto se esconda una acción mecánica, un cumplimiento con la tradición o, también, una necesidad por activar el recuerdo y mantener en nuestra vida de hoy capítulos y personas fundamentales de nuestro pasado. En este reencuentro con nuestros difuntos se esconde el no querer enterrarlos definitivamente, el necesitar sentirlos a nuestro lado. Aunque pretendamos lo contrario, lo seguirán estando, porque mucho de ellos sigue vivo en nosotros.

SEGUNDA EDICIÓN DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Entra de nuevo en imprenta El lenguaje de las mareas para realizar una SEGUNDA EDICIÓN, ya que se han agotado los ejemplares iniciales. A pesar de contar con una versión eBook, otra de BOLSILLO, incluso un Audiolibro, regresa a las librerías en su formato original. Y esto ha sido posible porque los lectores y lectoras así lo han querido, algo por lo que no podemos estar más felices. Mil gracias!!!!

MOCHILAS Y PUERTAS

En esta semana de fuego y lluvia, menuda semanita bipolar hemos tenido, los centros de enseñanza, en su gran mayoría, han abierto sus puertas. Pocas noticias mejores, porque a través de esas puertas no sólo se accede a las aulas, a las pistas de deporte o a los laboratorios. A través de esas puertas se accede, muy especialmente, al futuro. Después de varios meses, han regresado las silenciosas mañanas a casa. Tan sólo vulneradas por los habituales sonidos de la calle: el del taller probando una moto, el que tapiza, el que recoge chatarra o algún grito furtivo e inesperado. Los sonidos de mis vecinos. Mi vecina sigue cantando coplas y rancheras -y sigue haciendo carne en salsa-. Aunque lo deseaba, que volvieran a sus clases, los primeros días sin mis hijos en casa se me hacen extraños, solitarios, distintos, incluso tristes. No ha llegado al nivel del año pasado, tras tantos meses de permanente convivencia. Fueron más de seis meses. Aunque solucionado el grueso de lo intendencia, los primeros días son de visitas a las papelerías, de renovar mochilas y libros, de forrarlos, sí, de forrarlos, y de todos esos asuntos implícitos a la vuelta a las clases. Siempre fui al instituto con una mochila, verde militar -de hecho, creo que esa era su verdadera procedencia-, áspera como una lija, incómoda como ella sola, nada que ver con las actuales. No recuerdo cuántos cursos me duraban aquellas mochilas de esa lona tan gruesa y ruda, casi imposible de limpiar. Si tenías la desgracia de que se te derramase la tinta de un bolígrafo, no la volvías a tener limpia nunca más. La tinta azul, en ese verde castrense, adquiría unos tintes púrpuras, que hacían más visible y llamativa la mancha.

Me asaltan estos recuerdos mientras veo como las gotas de lluvia se estampan contra los cristales y escucho a mis hijos hablar de nuevos compañeros y profesores. Aunque fingen contrariedad, no dudan en proclamar que les habría gustado que las vacaciones prosiguieran, no pueden ocultar el entusiasmo que el reencuentro con las clases les provoca. Tenía que suceder en septiembre, claro que sí, un mes mucho más renovador, novedoso y repleto de oportunidades y cambios que el sobrevalorado enero, con su hartura de mazapanes y contenedores de basura colmados de cabezas de gambas, envoltorios de mantecados y cajas vacías. Ellos, mis hijos, tan jóvenes, e imagino como la mayoría, aún no tienen conciencia de todas esas cosas en las que pensamos los mayores, que ya empezamos a ver en el tiempo como un aguafiestas y no como una suma de días en el calendario. Aún así, les toca elegir muy pronto qué quieren hacer con sus vidas, a qué se quieren dedicar, esas cosas que yo mismo me sigo preguntando cada día, y el problema es que sin respuesta la mayoría de ellos. A pesar de esa responsabilidad, que en la mayoría de los casos solventan con demostrada eficiencia -y es que nos empeñamos en dudar de nuestros jóvenes y cada día nos tapan la boca-, volver a las aulas tiene mucho de aventura, de exploración, de descubrimiento, y hasta de misterio. Un tiempo nuevo.

Esas mochilas que cargan nuestros hijos y que, afortunadamente ya no son como aquellas feísimas y toscas verdes que me tocó padecer, están cargadas de bolígrafos nuevos, libros y reglas, pero también de ilusión y de futuro. Años decisivos a los que se enfrentan, de transformación biológica y personal. Crecerán, esos estirones dejarán cortos los pantalones y camisas, y en poco tiempo se convertirán en otras personas, a veces muy diferentes, a las que son ahora. Un tiempo de vértigo, de incertidumbre, pero ilusionante al mismo tiempo. Muy jóvenes les toca elegir, elegir su camino, justo cuando están en pleno proceso de cambio. Todos hemos pasado por esto, claro que sí, pero por ello no deja de ser una etapa compleja de la vida. Por eso, debemos estar a su lado, para lo que necesiten, lo mismo que lo están sus profesores y maestros. Con ellos me despido, agradeciéndoles de nuevo todo lo que han hecho y hacen, en tiempos tan adversos, propiciando que el viaje iniciado por nuestros hijos no se detenga. No es poco, todo lo contrario: es mucho. La puerta al futuro sigue abierta.