ATRAPADO EN EL TIEMPO

Soy un fan incondicional de Bill Murray. Tal vez lo sea desde la época de Pelotón chiflado o desde la legendaria Los cazafantasmas, cuando yo era un adolescente espinilloso y canijo y él «solo» era un cómico. Una etiqueta que, aunque honorable en todos los sentidos, no se ajusta a sus interpretaciones posteriores, en las que ha alternado títulos «comerciales» con esas películas que muchos llaman de culto, y que no dejan de ser películas de autor, con personalidad. Puede que lo que más me atraiga de Bill Murray sea precisamente eso, que sea inclasificable. Me atrae todo lo que escapa de la academia, lo inimitable, ese don que no se puede ensayar, tampoco aprender. Algo que hago extensivo a todas las disciplinas. Nadie podría copiar las interpretaciones de Murray, de la misma manera que nadie podría copiar los regates de Benzema, los gallos de Dylan, los cuadros de Alex Katz o la narrativa de Balzac. Y es que puede que su diferencia, lo que nos atrae de ellos, sea ese ejecutar lo que la técnica, la teoría o el canon no consiguen explicar. Están fuera, como excepciones que engrandecen y animan la regla. A lo largo de su dilatada trayectoria, Bill Murray ha interpretado más de una docena de personajes memorables, buena parte de sus seguidores solemos coincidir en uno: Phil Connors, el meteorólogo de Atrapado en el tiempo. Hagamos memoria, que ya han pasado unos años. Connors es enviado a Punxsutawney -tela el nombrecito-, Pensilvania, por la cadena de televisión en la que trabaja, para asistir al ritual de la marmota Phil, la cual indica lo que aún resta de invierno. Es lo que conocemos como El día de la marmota, un acontecimiento que con el tiempo se ha convertido en planetario, y no me cabe duda de que la película ha contribuido en gran medida.

Phil Connors/Bill Murray se ve obligado a pernoctar en la impronunciable localidad por una tormenta de nieve y cuando el despertador lo saca de la cama al día siguiente, con el I got you babe de Sonny and Cher, comienza de nuevo el mismo día que ya había vivido. Todo se repite, todo, sin excepción. Los saludos en el desayuno, los encuentros en la calle, la salida de Phil. Lo que en un principio entiende Murray como una loca contrariedad, con el paso de los días, siempre el mismo día, acaba convirtiendo en una ventaja a su favor, al contar con la información precisa por adelantado. Y ya me callo, vaya que alguien aún no haya visto la película. Película que podemos emplear como metáfora de la situación en la que nos encontramos desde hace ya demasiados años. Yo, con frecuencia, así me siento. Suena el despertador y creo escuchar la voz de aquella Cher antes de probar todas las operaciones estéticas, y hasta que no me enfrento al espejo, entre legañas y suspiros, no dejo de sentirme como Phil Connors, el personaje interpretado por Bill Murray. Y me dispongo a vivir el mismo día, o muy similar al anterior, como un déjà vu que es un tatuaje a fuego en la rugosa piel del calendario. La tormenta de nieve es esta jodida crisis, que ya han calificado de tantas formas y maneras, que nadie previó, y de la que nadie asume su paternidad, como si se tratara de un fenómeno natural, como la tormenta de nieve, explicable por inexplicable, por impredecible.
¿Y quién es la marmota, quién vaticina cuánto nos queda de duro invierno; qué más nos queda por padecer? Hasta el momento, ninguna de las marmotas que se han atrevido a salir de su madriguera ha acertado en el pronóstico. El muchacho del plasma y su cuadrilla han vaticinado finales del invierno con los hombros y las cabezas cubiertas de nieve, sigue nevando, copiosamente. La tormenta continúa, y se acaba la sal para contrarrestar los efectos de este invierno interminable. Y una mañana más, cuando suena el despertador, creo escuchar la voz de Cher y Bill Murray me habla al otro lado del espejo y el día se repite, y allá vamos, cafetera y mantra, hipoteca y bilis, ivas y facturas, sueños y puñetazos, como autómatas que se resisten a creer en el frío de esta nieve que se extiende por todos los rincones. La marmota Phil, la verdadera, la de esa localidad de Pensilvania, vaticina el dos de febrero que será un invierno largo, que aún quedan seis semanas. ¿De verdad? Las firmo, y subo cuatro, que todo sea por el fin de todos los inviernos, que el I got you babe ya me empieza a aburrir.

EL DODGE DE JOE STRUMMER

JOE Strummer, el guitarrista/fundador/compositor/cantante de los míticos The Clash se murió hace casi veinte años sin poder recuperar el Dodge 3700 GT, gris plata, con matrícula de Oviedo, que dejó aparcado en un garaje de Madrid. Strummer lo conducía como un James Dean punkarra cada vez que regresaba a España, porque a España siempre regresaba, una y otra vez, de un modo u otro, huyendo de la fama, los escenarios, los fans y demás adherencias. Lo cierto es que le gustaba nuestro país, mucho; Lorca le embriagaba, Andalucía le parecía el paraíso en la tierra y sentía una pasión desmedida por nuestra Guerra Civil, que entendía como la última gesta épica, como si un Hemingway se hubiese colado en su interior. Puede que Paloma, Palmolive en la escena musical londinense, la novia malagueña y punk del músico a finales de los setenta, fuera la puerta de entrada del músico en España. Joe Strummer en nuestro país no era la ampulosa y deslumbrante estrella british, o sólo lo era para unos pocos que conocían la leyenda de los Clash, y que tarareaban sus canciones a todas horas. De hecho, era tan poco conocido en nuestro país que, en más de una ocasión, tuvo que esforzarse, y a conciencia, para demostrar que, efectivamente, era el líder de los Clash. Strummer, como un Messi que llegara de incógnito a los suburbios de Ciudad del Cabo y se pusiera a entrenar a los chavales que juegan al fútbol en la calle, comenzó a establecer relaciones con algunas de las bandas más características de aquello que aún seguimos conociendo como La Movida. Era frecuente en el local de ensayo de Radio Futura, y hasta produjo un disco de los granadinos 091, Más de 100 lobos. El Pitos, Lapido o Arias -los componentes de la banda- no podían creer que aquel guiri que se apoyaba en la tasca bebiendo vino peleón y barato fuera Joe Strummer, uno de los grandes músicos del momento.

En su Dodge, que adquirió ya estando en nuestro país, Strummer se paseaba por la Gran Vía, Alcalá o Malasaña, en dirección a aquellos oscuros garitos que disfrutaba junto a sus nuevas amistades, y también se le podía ver subiendo las cuestas del Albaicín, camino de la Alhambra o sorteando las callejuelas que conducen a la Catedral, como el explorador que se adentra en una tierra desconocida y maravillosa. Aunque, de vuelta a su país, de vez en cuando preguntaba por su Dodge, incluso, en tono jocoso, aprovechó una entrevista en un medio de comunicación español para reclamarlo a través de las ondas, tampoco puso Strummer mucho interés por recuperarlo. Lo dejó aparcado en el garaje, se fue sin previo aviso, lo esperaba la paternidad en su país. Murió sin saber nada de su Dodge, o puede que lo tuviera perfectamente localizado, quién sabe. Por lo que relatan quienes estuvieron a su lado durante esos años, por las fotografías testimoniales que han quedado de su paso por España, es fácil intuir que el líder de los Clash fue feliz aquí, o que, al menos, no fue tan desgraciado como en el Reino Unido. La historia del Dodge plateado de Joe Strummer tal vez esconda en su interior una historia de sueños incumplidos, de recuerdos premeditadamente incrustados en la memoria, y que pueden ser el verdadero argumento de una anécdota con aspecto tan simple. Huellas, señales, necesitamos en cierto modo «esparcirnos» allá por donde pasamos, sobre todo si hemos sido felices o, al menos, no tan infelices como en el pasado.

En cierto modo, pretendiéndolo o no, establecemos un vínculo con ese lugar que, normalmente, está asociado a un estado mental o físico o a un periodo temporal concreto que nos ha sido grato -o que entendimos como tal-, llamémoslo felicidad, amor, tranquilidad, calma. Es nuestro pretexto para volver, lo hagamos o no, pero al menos siempre nos quedará ese lugar, ese estado o esa emoción y tendremos la esperanza de regresar algún día, aunque nunca lo hagamos. El paradigma del regreso, ese paraíso particular que auspiciamos en nuestro interior contra las inclemencias del presente. Joe Strummer no lo hizo, nunca regresó. El Dodge plateado circula por esa autopista que con frecuencia trazan nuestros recuerdos. En muchos casos, añoramos un pasado que tal vez no existió, pero que nosotros necesitamos mantener maravilloso, único e irrepetible. Con total probabilidad, buena parte de nosotros tenemos nuestro particular «Dodge» aparcado en cualquier garaje del pasado. La documentación en regla, correcto el nivel de aceite, medio depósito de gasolina, las ruedas puestas, dispuesto para arrancarlo en cualquier momento, aunque nunca lo hagamos.

GLORIA

Una vez más, el azote, la borrasca, el temporal, con nombre de mujer. Y no me estoy refiriendo al Pin Parental, me refiero a Gloria, que nos ha dado una buena tunda los últimos días. Si usted busca en internet por qué se le adjudican nombres de mujer a las catástrofes climáticas, podrá encontrar mil y una explicaciones. Y como hacemos todos, porque todos lo hacemos, se quedará con la que más le interese, complazca o estime, allá cada cual con sus verdades. Estoy seguro que a Carmen Calvo no le gusta nada que le asignen nombres de mujer a los temporales, como tampoco le gusta poner coletilla de género al Congreso y al Senado, y tal vez tenga razón y asunto zanjado. Tengo claro que las recomendaciones de la Academia de la Lengua atufan a laca a granel y pachulí del barato. No termino yo de entender a esta institución, tan generosa siempre con todos los anglicismos que asumimos o con chorradas varias, recordemos lo de amigovio, y tan tajante, tan exhaustiva, con el lenguaje de género. Sea como fuera, las mujeres siempre acaban pagando, lo que sea, pero pagando. Una cosa, vaya. Desde ese punto de vista, podríamos limitarnos a enumerar las catástrofes naturales, 1, 2, 3, y así, y santas pascuas, asunto solucionado. A veces, solo a veces, las soluciones son más fáciles de lo que podemos imaginar, las tenemos al lado, nos rozan, basta con abrir la mano para cogerlas, y asumirlas. Pero hay que querer, claro, hay que querer. Para explicar esto viene muy bien la imagen del vaso o botella, escoja, que puede estar medio llena o medio vacía según quien la mire. Pero no solo eso, que yo en ciertos momentos la veo llena a reventar y en otros más vacía que mi hucha. O sea, no solo los ojos, también el momento, que todos los detalles desempeñan su labor y nos determinan, claro que sí. Yo no sé si es bueno ese optimismo de la botella casi llena que a veces siento y que sería mucho mejor, más terrible, y hasta real, esa botella vacía que auguro, a modo de freno, tope, advertencia, lo que sea.

La gloria es una cosa muy etérea, es como lo de la botella, y hay quien la siente mirando a los ojos de sus hijos, colando un gol ante cincuenta mil espectadores o participando en La isla de las tentaciones, que es la última aberración televisiva que se han inventado. El reto de la fidelidad, como premio, como aspiración, no como determinación. La gloria también puede ser, lo es, ganar un Goya. Banderas tiene esa opción, y también un Oscar, que ya es una gloria VIP, y yo me alegro mucho por él, que crecí viendo sus películas al mismo tiempo que lo hacía él como actor. Hasta que se fue a hacer las américas y dejó de crecer para ser su propia franquicia. La demostración de que el dinero no, siempre, da la gloria. Banderas, en Dolor y gloria, se transforma en Almodóvar y borda un papel que muchos le hemos estado esperando unos cuantos años. El título de la película puede entenderse hasta como una metáfora de ese proceso.

Durante muchas temporadas, la majestuosa Sofía Vergara ha sido Gloria en Modern Family, esa serie americana más atrevida y contemporánea que muchas de las producciones de la atrevida y contemporánea Europa. Una serie en la que un matrimonio de gays adoptan a una niña asiática, y por tanto inmigrante, y una divorciada colombiana, y por tanto inmigrante, con su hijo, también colombiano e inmigrante, contrae matrimonio con un hombre que le dobla la edad, y hay una familia en la que unos padres hablan de sexo, y sus hijos acuden a un colegio en el que hay negros, latinos y asiáticos, una ONU de las razas, vamos. Hay quien pueda entender todos esos factores como un dolor, que bien se podrían haber evitado, poniendo medidas, y se empieza con un PIN y se acaba con una valla, o con un cerrojo, o con una celda, ya puestos. Hay quien, como yo, en el batallón de ilusorio buenismo, que lo entiende como una gloria, por eso mismo de la botella o porque lo considere el triunfo de la libertad, de las emociones y, sobre todo, de la lógica. La lógica, que tal vez sea la gloria, en estos tiempos de tan irrazonable dolor.

AUSCHWITZ

EL 27 de enero de 1945, el Ejército soviético liberó el campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. Apenas quedaban 7000 personas en su interior, la mayoría judíos. Supervivientes, milagrosamente, entre más del millón de «internos» que llegaron a estar almacenados como despojos, antes de ser torturados, en el campo, desde su apertura en 1940. Más de un millón de personas, se estima que la cifra se aproximaría a 1.300.000, vejadas y asesinadas en menos de cinco años. No hagamos los cálculos de las víctimas mensuales, semanales, diarios… Generaciones destrozadas, masacradas, cercenadas sin motivo, la lógica del mal. Hace unos años estuve en Polonia, en Cracovia concretamente, y tuve la oportunidad de visitar el campo de Auschwitz, situado a unos cuarenta kilómetros de la bellísima ciudad. No quise. Me bastó con conocer la factoría de Oskar Schindler, donde poco más de mil judíos, trabajadores, pudieron salvar su vida gracias a la complicidad del famoso empresario. Recuerdo las calles, las fachadas de las casas, el frío de la mañana, esos mismos adoquines que fueron testigos de lo que ocurrió. El trayecto hasta la fábrica me conmovió, me estremeció, las imágenes de la deslumbrante película de Spielberg se colaban en mis pensamientos, creí sentir el horror y la ansiedad, el miedo, en su estado más puro, a mi alrededor, me arañaba la piel, me escocía. Supe, en ese preciso momento, que no resistiría la visita al campo de exterminio de Auschwitz. En un lugar así, el dolor debe permanecer para siempre, transformado en un olor que es imposible eliminar.

Un estremecimiento similar al que he padecido recientemente cuando hemos vuelto a recordar Auschwitz y su decálogo de horrores. El tiempo no consigue reducir la intensidad del magnicidio, las imágenes siguen traspasando la fina piel de nuestra sensibilidad. 75 años, no ha pasado tanto tiempo. Un estremecimiento similar al que siento cada vez que alguien minimiza o duda del Holocausto que padeció el pueblo judío o cuando se intenta comparar con hechos, igualmente deplorables, que no son ni remotamente parecidos en su dimensión y magnitud. No lo son. Hay quien considera que «sentimos» especialmente el genocidio que padecieron los judíos, la Shoah, porque se trata de un drama narrado y filmado, mil veces literaturizado y llevado a la pantalla. Sí, lo ha sido, porque desgraciadamente es muy generoso en atrezo: las interminables filas de hombres consumidos en la hambruna, las cabezas rapadas, cuerpos marcados como reses camino del matadero, montañas de prótesis dentales, colchones de pelo, el humo de las chimeneas, trenes que se adentran en la noche sin retorno, esvásticas expoliando vidas. Y también es muy generoso, igualmente, en personajes terroríficos, todos esos verdugos cuyos nombres no quiero recordar.

Auschwitz, Buchenwald, Dachau, Mauthausen, Treblinka, Varsovia… Algunos de los más fatalmente célebres campos de concentración y exterminio de la horripilante geografía que el nazismo dibujó en la Europa de no hace tanto. Las estimaciones nos hablan de unos 15.000 en total, situados en lugares estratégicos, y todos con el mismo objetivo: el hacinamiento y exterminio del pueblo judío, principalmente, así como de todas las etnias y razas que el nazismo determinó como peligrosas, «contaminantes»: gitanos, eslavos, homosexuales, o republicanos españoles. Muchos de estos últimos fueron enviados desde los campos de concentración que se crearon en la España de Franco, tan atento siempre a los movimientos de su «amigos europeos», Hitler y Mussolini. Se estima que más de medio millón de personas pasaron y murieron en los casi 200 campos españoles entre 1936 y 1947. La terrible dimensión de la barbarie llevada a cabo en el campo de Auschwitz lo ha convertido en el icono, en la representación más concreta, cierta, del Holocausto. La mayor infamia, el peor gesto, que ha creado la especie humana a lo largo de su historia. Recordarlo 75 años después de que fuera desmantelado debería entenderse como un ejercicio de defensa, de lo que no podemos permitir en el presente, tampoco en el futuro. Recordar Auschwitz 75 años después nos muestra al monstruo que permanece, agazapado pero vivo, entre nosotros.

CLUB DE LOS PARAGUAS PERDIDOS

Nunca llueve a gusto de todos, dice la centenaria sentencia popular, aunque en el pasado mes haya llovido para disgusto de casi todos, que puede ser una nueva reinterpretación de la centenaria sentencia popular. Digo esto y pienso en todos los paraguas que he fotografiado en las últimas semanas, algunos de ellos en condiciones muy lamentables, los pobres. Olvidados, perdidos, abandonados, tirados, incluso maltratados. Los he encontrado de todos los colores y tamaños, en lugares insospechados, pero también en mitad de un acera, a la vista de todos, como si fueran invisibles. Vilmente ignorados. Elegantes y canallas, sofisticados y grotescos, artesanales y low cost, he visto a los mejores paraguas de su generación arrumbados bajo la lluvia, en mitad de un charco, como si tal cosa, olvidadas ya todas las horas de abnegado y fiel servicio. Este sentimiento, entre lastimoso y reivindicativo, hacia los paraguas comenzó una tarde de jueves, 9 días después de que comenzase esta concatenación de  lluvias y viento –el gran enemigo de los paraguas- que va a camino de convertirse en una nueva estación, si nos atenemos a su duración y perfilada personalidad –de invierno primaveral, o algo así-. Hasta entonces, mi relación con los paraguas había sido nula, por no decir inexistente, y jamás les presté la debida atención o les mostré sentimiento alguno. La indiferencia es hija de la ignorancia. El que me acompañaran era sinónimo de fastidio, de obligación indeseada, y por eso puede que no sintiera el menor remordimiento al perderlos en cualquier cafetería, tienda o cine. Solo me fastidiaba el dinero perdido, en el caso de haberlos comprado, porque los recibidos como regalo de alguna institución o marca publicitaria ni los echaba en falta, porque jamás les llegué a prestar la menor atención. Como si nunca hubieran existido.

Aún hoy soy incapaz de explicar o de argumentar la combinación de circunstancias que tuvieron lugar aquella reciente tarde de jueves para que mi percepción hacia los paraguas cambiara tan radicalmente. Lo cierto es que cuando vi a ese paraguas de toldo azul marino y elegante mango de madera, caoba, abandonado junto a la boca de una alcantarilla algo se removió en mi interior, y una sensación desvalida y punzante, una melancolía hiriente, desgarradora, se apropió de mí. Y pude ver una pareja, o tal vez fuera una madre con su hijo, o un abuelo con su nieta, o dos jóvenes enamorados, o una mujer sola, en realidad creí ver a muchas personas, a la intemperie, empapadas por la intensa lluvia, sin su paraguas protector. Sensación que se repitió, y que fue en aumento, al descubrir que la presunta excepcionalidad pasaba a ser una legión de paraguas perdidos, desvencijados, abandonados sobre en asfalto, de todos los tamaños y colores. Y un sentimiento de orfandad, para con los paraguas, pero también hacia todas esas personas presuntamente desprotegidas se adueñó de todo mi ser, y hasta ahora. Esa tarde de jueves marcó un antes y un después en mi relación con los paraguas. 

Con la intención de que sus propietarios tuvieran conocimiento de su pérdida y localización, comencé a fotografiar los paraguas perdidos que encontraba a mi paso y a compartir las imágenes en las redes sociales –que han sustituido a las fotocopias grapadas en los postes de madera-. Así fue como encontré a Ana, primero, a Manolo, Eduardo, Juanjo, Nuria, Beatriz, a continuación, también invadidos por el mismo sentimiento, como si se tratara de una epidemia emocional que no requiere de contacto para su contagio. Así es como ha nacido el Club de los Paraguas Perdidos que usted puede contemplar en las diferentes redes sociales. Tal vez encuentre ese paraguas que una tarde de jueves o de domingo o una mañana de sábado extravió, o tal vez encuentre un sinfín de posibles historias, de todos los géneros y poéticas, dramas e historias de amor, rocambolescas aventuras e intrigas urbanitas, tras las imágenes de los paraguas que forman parte de este club. Recuerdos, fragmentos de vida, tiempo compartido, que el viento o el olvido arrancaron de su mano.

EL PESO DE LOS DÍAS

Ya estamos en enero, aquí, ya, sí, con sus antigripales y sus fiebres, y sus narices entaponadas y sus promesas y propósitos de enmienda, con sus rebajas y sus centros comerciales a reventar. Cómo pasa el tiempo, es que ni te enteras, que hace tres días estaba quitando el brasero, me espetó la vecina en el ascensor y agradecí, muy sinceramente, no compartir la sensación. Hago, y alguna vez consigo, que los días pesen, cuenten, que no pasen por mi vida como si tal cosa, como si no importasen, como si no fueran uno más entre otros muchos idénticos.  Porque todos los días son diferentes, especiales, incluso el Blue Monday, el Cyber Monday y hasta el Black Friday, o al menos hay que salir de la cama con esa pretensión. Lo cierto es que abundan los días feos, pero feos de narices, y hasta los espantosos, para qué nos vamos a engañar, que por ocultarlos no van a dejar de llegar. Con frecuencia, a colación, recuerdo la teoría que se despliega en Smoke, aquella película de Paul Auster, que teorizaba sobre el peso del humo, y que lograba adivinar tras calcular la diferencia entre la suma de la colilla y la ceniza obtenida  y el cigarrillo inicial. Esa es la teoría, más o menos. Hay días, muchos, desgraciadamente, que apenas han aportado unos insignificantes gramos en el peso de nuestras vidas. Esos días, no necesariamente feos o espantosos, planos, vacíos, huecos, en los que el corazón ha mantenido inalterable, flemático, aburrido, el ritmo de su latido. Como un metrónomo anestesiado e inflexible, robotizado. Si la teoría desplegada en la película de Paul Auster fuera cierta, nos sorprendería comprobar lo poco que hemos vivido, lo poco que hemos consumido, gastado, de nuestros días vividos, lo poco, sí.

Y cuando me refiero a días gastados no me refiero a todos esos días en los que no hemos plantado nuestra bandera en la cúspide del Himalaya, que no hemos debutado en el Bernabéu, que no nos ha tocado la Primitiva, que seguimos sin cambiar de coche, moto, smartphone o piso; ya sabe, hablo de esos días que el reflejo que nos ofrece el espejo es el mismo y hasta va a peor –arrugas y canas-, y el sonido del despertador sigue siendo la gran puñalada que da al traste con el sueño por alcanzar. Esos días, muchos días, ya sabe. Indudable y afortunadamente, no todos situamos nuestras metas en el mismo lugar, y no todas, necesariamente, están relacionadas con algo material, superficial, que se puede contabilizar en cifras. Es más, las metas que mayores beneficios y felicidad nos reportan son aquellas que conectan directamente con nuestras emociones, con los que tenemos más cerca. Sentimientos, sí, tan bellos y olvidados. Sí, hay vida, y mucho más hermosa, más allá de la cuenta del banco, y seguramente esa obsesión por la cuenta del banco, que tan fácilmente aceptamos y asumimos, es el gran mal de nuestro tiempo. 

Caigo en estas cosas, no sé si divago, incluso deambulo, en este frío enero, que es el mes “primer día de clase”. Ahora que comenzamos este 2020, tal vez sea bueno repasar cómo nos ha ido en el pasado, cuánto tiempo le hemos dedicado a ser felices, o por lo menos a intentarlo, o a los nuestros; cuánto tiempo hemos amado, deseado, besado, acariciado, cuánto tiempo hemos reído, y a lo mejor sería bueno olvidar el que le hemos dedicado al llanto. ¿Somos capaces de recordar todos esos buenos momentos? Espero que no, que sería la señal más evidente de que han sido pocos, muy pocos, como para poder retenerlos en nuestra memoria. 

PIÑA Y POLLO

Vaya, parece que hemos cumplido con la tradición de acabar aborreciendo las navidades, o sus celebraciones, que a veces no es lo mismo, repletas de multitud de encuentros y reuniones en torno al yantar y al beber. El otro día, una amiga argentina me decía que todas las celebraciones españolas están relacionadas con la comida, para todas ellas nos hemos inventado un plato, un aperitivo, un dulce, yo qué sé, lo que sea. Sí, es cierto, y si a eso le añadimos nuestra facilidad para adaptarnos, y algo más, a las celebraciones foráneas, el resultado puede ser más que explosivo, o hipercalórico, en este caso concreto. No descartemos pavo en acción de gracias o cuando corresponda, que todo es ponerse. Esa frase la repetimos mucho durante las navidades, sí, todo es ponerse. Esa mañana en la que te despiertas con los dientes blancos del Almax consumido de madrugada, prometiendo ante todos los testigos posibles que “hoy no como nada”, siempre hay alguien, más veterano que sabio, que te responde: todo es ponerse. Y cuando llegan las 2 de la tarde te das cuenta que sí, que es verdad, que lleva toda la razón, que todo es ponerse, y la cerveza, vino, gambas o empanada que aborreciste la noche anterior eres capaz de reconciliarte con ellas sin escuchar un lo siento, un perdona o un no me di cuenta, lo que sea, nada. Y así un día tras otro, con amigos, familia, compañeros de trabajo, vecinos, da igual, cualquier grupo o querencia requiere de su celebración, hasta que llega Reyes y te ves delante del roscón. O roscones, porque ya puestos, después de todo lo tragado, no pasa nada por ese último empujoncito, y si al niño le gusta rellena de trufa y a ti de crema y a tu pareja de nata, pues eso, se compran varias, y rematamos las navidades como está mandado.

Y llega el día 7 de enero, como llega la declaración de la renta, y el 1 de septiembre, y los lunes y todos esos malos días que tenemos a lo largo del año y, con ojos de camaleón, queriendo no mirar pero sin perder de vista los dígitos (o la aguja), pones los pies en la báscula. Tachán tachán, redoble de tambores. Este año te has comportado, sobre todo porque pillaste una gastroenteritis que te dejó a agua y manzana dos días, imagina como hubiera sido la cosa sin eso, y solo has puesto tres kilos de nada, tampoco hay que alarmarse, una rosquita en la tripa, no exageremos. Escenificas alegría, y recuerdas aquellos eneros de seis, siete y hasta ocho kilos de más, pero en el fondo, y en el principio, estás jodido, porque no te has zampado ni la mitad de mazapanes de otros años y con el anís te has controlado, y el turrón de chocolate apenas lo has probado y la porción de roscón fue lo que menos se gasta en porción, una cochinada, que te quedaste dándole vueltas a la cuchara en el plato, rebañando dos milímetros de chocolate, mientras el resto comían a dos carrillos, como está mandado. Y encima lo de la gastroenteritis, es que vaya tela.

Para colmo, vas al gym, que ya eres moderno y sabes cómo se maneja la elíptica y la cinta y puedes decir gym, con naturalidad, y se te olvidan los auriculares y tienes que tragarte la lista de reguetones de última generación mientras finges que no te cuesta, pero vaya mal rato que estás pasando, que no llevas ni diez minutos y ya darías lo que fuera por volver a casa y tumbarte en el sofá, que es donde realmente se está bien, digamos lo que digamos, piensas y callas. Pero esto no ha acabado, hay más, claro que sí, siempre hay más, nos hemos acostumbrado tanto a apretarnos, a autofastidiarnos, que siempre nos guardamos un último azote con el que seguir fustigándonos. Abres el frigorífico y ahí está, en su jugo, nada del endemoniado almíbar, al natural, la piña, esa fruta reverencial cuyo nombre le debemos a Pigafetta, ese marino escritor que contó a su manera, fullera, la gesta de la circunnavegación, protagonizada por Magallanes y Elcano. Y muy cerca, siempre fiel, escudero y aliado, amante cansino, el pollo, en su versión más esencial, ni un hueso que chupar. Pimienta, jengibre y lo que sea con tal de procurarle un poco de sabor. Pollo y piña, la pareja de esta temporada, y que siga el baile, o lo que esto eso, y que el enero que viene podamos seguir padeciéndonos, que no será mala señal.

REBAJAS

Salí de rebajas como el que juega a la Primitiva: sin convencimiento de poder ganar el premio mayor. No había andado más de doscientos metros cuando me topé con el primer escaparate que consiguió captar toda mi atención: rebajas de hasta el 80%. Como para no detenerse, aunque sólo fuera por curiosidad. El corazón me latió con fuerza, rebrincado, como la leona que olfatea la gacela en la sabana –lo que se aprende durante la siesta, incluso con los ojos cerrados-. Una vez dentro del establecimiento, como por arte de magia, el gigantesco 80% del escaparate desapareció, sustituido por otras cifras de menor atractivo y reducción: 10%, 15%, 20% en el mejor de los casos. Desilusionado, en parte engañado, me dispuse a abandonar el comercio cuando en el último instante, en esa mirada postrera y llena de esperanza en la que deseamos atisbar El Dorado tras nuestro largo viaje, descubrí el hipnótico 80% en una esquina, muy cerca de los probadores. Como quien contempla un milagro, como el que se enfrenta a una resurrección del pasado, alucinado y extasiado, me acerqué hasta la mágica esquina coronada por la mágica cifra. No me fue necesario avanzar más de dos metros para descubrir que las prendas rebajadas al 80% eran de la época en la que Madonna cantaba el Like a virgin y que, seguramente, en su momento –cuando fueron confeccionadas- tuvieron que tener un precio menor al que anunciaba la “descomunal” rebaja. Que los Spandau Ballet, en versión inflada, casi neumática, hayan vuelto tantos años después tiene su gracia, pero tampoco es como para regresar a aquella moda horrible de hombreras exageradas y desafiantes tonalidades que te dejaban los ojos y el alma en estado de shock, cuando no malheridas o mutiladas, en el peor de los casos.

La primera impresión –empleando la palabra “impresión” en su versión más impresionable- no mermó mi entusiasmo y continué como mi jornada de rebajas, intacta mi ilusión, a pesar de todo, ya que toda rebaja que se precie requiere de tiempo, paciencia y dedicación, que es la santísima trinidad de la ganga soñada. A las puertas de un gran comercio una multitud se agolpaba, me fue imposible no acordarme de aquellas películas medievales de mi infancia en las que una muchedumbre enfurecida se enfrentaba, sólo con la ayuda de un pelado y afilado tronco, contra el portón del castillo, desafiando a la lluvia de flechas, al aceite hirviendo que caía desde las almenas y hasta al foso con puente levadizo. Aquella multitud pretendía invadir, pacíficamente, eso sí, el comercio que anunciaba sus rebajas de ensueño. Contagiado, rodeado de semejantes, me uní a la humana masa, y traté de hacerme un hueco empleando codos, regates, zancadillas y demás artimañas que he aprendido y/o padecido en mis años de rebajas. Entre la marabunta, arropado en decenas de sudores y demás aromas, por un instante pensé que esa tablet de precio escandaloso podría ser mío o que aquel abrigo de más marca que tela podría acabar en mi armario. Sin embargo, la experiencia y veteranía que intuía en las posiciones delanteras me desanimaba. Cuando las puertas al fin se abrieron, nos convertimos en esa agua que escapa rabiosa del embalse que  apenas puede contenerla. Ni tablet ni abrigo, y específico la cantidad porque sólo había uno, una unidad, una y uno y no más. En realidad, la publicidad era literal y cruelmente exacta: tablet tal y cual con un 60% de descuento. Una tablet, sólo una. Un abrigo, sólo uno.

Dicen que las rebajas, comprar, da igual el precio o descuento, elimina ansiedad, libera complejos, transmite placer, te ayuda a desconectar, reduce tensiones y demás satisfacciones, según le escuché el otro día a una psicóloga. Puede ser, que no seré yo el que lo niegue. Aunque, visto lo visto, las rebajas también pueden llegar a convertirse en una especialidad deportiva sin medallas en las Olimpiadas, en un safari sin rifle entre la maleza de perchas y etiquetas o en una aventura de dudosa utilidad en la que refugiarse en un triste y cansino día prelaboral, por ejemplo. También esconden las rebajas, de la manera más material, frívola si usted quiere, esa posibilidad de cambio, de ascenso, de alcanzar un objetivo, que la mayoría alimentamos o deseamos en nuestros sueños más íntimos. Y ante eso, nada podemos hacer o decir. ¿Quién no ha intentado alguna vez conquistar su 80%?

NOCHE DE REYES

Uno de los grandes regalos que te proporciona la paternidad es el de regresar al decorado de la infancia. Un decorado que se extiende a todos los rincones de la casa. El frigorífico se alegra con la llegada de los circenses yogures y potitos, cansado de la triste rutina del jamón york y de la demoníaca lechuga. En el tambor de la lavadora ves girar los vitalistas colores de los diminutos calcetines, las camisetas estampadas con dibujos animados, los bodies tatuados de Arco Iris. Del cuarto de baño emanan esos olores que te trasladan a las luminosas mañanas de tu niñez, vestido de domingo, intacta aún la raya del peinado que ha derrocado momentáneamente a la legión de remolinos. Y, sobre todo, de nuevo los juguetes se adueñan de los pasillos y los rincones de tu casa, que no dejan de ser la representación iconográfica y visual más palpable de la infancia. Juguetes que, en los últimos años, han evolucionado de la misma manera que lo han hecho el mundo y nuestro país, convirtiéndose en la plasmación más jocosa de estos tiempos vertiginosos y alocados, a ratos atropellados, que nos ha tocado vivir.

Si hay un día del año en el que el juguete adquiere el gran protagonismo –olvidémonos de las invasiones nórdicas- es el de la festividad de los Reyes Magos. Sus majestades de Oriente, cumpliendo dentro de sus posibilidades –que la subida de los precios también les afecta- las peticiones escritas por los niños en sus cartas, inundan nuestros hogares con millones de juguetes. Pero, claro, Gaspar, Melchor y Baltasar demasiado hacen con repartir los regalos, apurados de tiempo, que una noche no da para tanto, algunas ventanas son complicadas de ascender, los dejan como pueden, tratando de colmar todos los deseos. Entonces, los padres, que queremos que la felicidad de nuestros hijos sea total, nos ponemos a completar la tarea, rescatando a los juguetes de sus cajas, preparándolos para su disfrute. El que es novato, en ese preciso momento descubre que buena parte de los juguetes no vienen tal y como aparecen en las fotografías, no, ojalá. Las motos, las cocinas, un coche teledirigido o una guitarra, cuando escapan de la caja son un rompecabezas de paciente y complicada reconstrucción. Extendidas todas las piezas sobre la mesa del salón, despliegas el manual de instrucciones y empiezas a leer. Nada más comenzar a hacerlo te topas con la rácana sinceridad de los fabricantes: herramientas no incluidas, pilas no incluidas. La primera, en la frente.

Como el asunto de las pilas lo contemplas aún como una circunstancia lejana, te concentras en el montaje -¿dónde habré guardado el destornillador?-. Y lees algo parecido a: 6 G, 2 B, 4 H, 8 T y 8 J, tú miras muy fijamente las piezas y te preguntas: ¿en qué se diferencian las T de las J? Descubiertas o no las diferencias, empiezas a enroscar tuercas y a encajar pestañas en ranuras tal y como te indican unos dibujillos incomprensibles, que son una mezcla entre abstracción y galimatías que jamás terminarán en ningún museo. Tres horas después, la moto o cocina se parece, relativamente, a la de la fotografía, salvo en su decoración, que se adjunta en una enorme pegatina cuyos bordes están mal recortados y que debes separar, una a una, utilizando unas tijeras que tardas un buen rato en encontrar. Pasa de la medianoche cuando contemplas tu obra con orgullo y estupor, con cabreo cinco minutos después cuando descubres que te faltan las pilas o que te olvidaste de introducir la batería y tienes que comenzar de nuevo. Registro en las tripas de los juguetes de otros años a la caza de unas pilas que medio funcionen o alocada búsqueda, te tienes que vestir de nuevo -porque te pusiste cómodo para la faena-, de una tienda de esas que abren hasta altas horas de la noche. Una vez concluida la tarea, en circunstancias normales ya llevarías durmiendo cuatro horas, por fin te acuestas, deseoso por contemplar la cara que se le quedará a tu hijo cuando descubra lo que le han traído los Reyes Magos. Llegado al fin el mágico momento, tu hijo mira con desgana la moto o la cocina, los pasa de largo y se concentra en un pequeño teléfono móvil que canturrea una melodía estridente cuando le pulsan las teclas de plástico. Sólo por eso, todo lo anterior ha merecido la pena –digo yo.

ESTAMOS, SEGUIMOS

Que sí, que ya ha pasado todo un año, sí, con sus sábados y sus domingos, con sus fiestas de guardar, sí, todo un año, quién lo diría nos preguntamos. Y las páginas del calendario se suceden a velocidad de crucero, como embarcadas en el legendario y siempre actual Halcón milenario. Ya es 22 de diciembre, Día Nacional de la Salud, no nos ha tocado nada, y si nos toca un pellizco, un reintegro, lo que sea, lo rematamos en el Niño, pero no pasa nada, tenemos salud, estamos sanos. Claro que sí. Entre otras cosas porque hemos cumplido con algunos de los propósitos y enmiendas que anotamos en una lista. Esa lista que contemplamos cada mañana cada vez que entramos en la cocina. En la puerta del frigorífico, junto a esa dieta milagrosa que todavía no hemos comprobado si realmente lo es. Las dos hojas pegadas con imanes traídos de nuestros últimos viajes. Roma, helado y barroco, el Coliseo, qué bonito, y cómo se come. Londres, tan pop y tan húmedo, tan lleno de vida y tan caro, templada la cerveza. Miramos la puerta del frigorífico antes de buscar una loncha de jamon york o un yogur, desnatado, por supuesto, y sin lactosa, claro. El siguiente paso será el yogur sin yogur, ya hemos iniciado el camino. En fecha instalamos el portal y el árbol, todo en orden, aunque las piezas y las guirnaldas comienzan a mostrar los síntomas representativos de su edad. La sonrisa de los niños ya no es tan sonrisa porque los niños crecen, ya no son tan niños, y comienzan a tener otras inquietudes que, con bastante frecuencia, coinciden con nuestras inquietudes y desvelos. La adolescencia, esa etapa a la que Baudelaire le dedicó su más célebre obra. Tal vez la cosa no fue así, pero todos nos entendemos.

Las navidades siempre han sido un tiempo de mucha política, mucha, y me refiero, en esta ocasión, a la familia política, claro. Y este año, lejos de ser una excepción, la política tendrá mucha más presencia. Nuestros Sánchez, Casado o Iglesias (Rivera ya no) se colarán en nuestros hogares con mayor insistencia y casi naturalidad, como se han colado y cuelan, con tanta fatiga, sí, fatiga, desde los ya muchos meses que llevamos sin Gobierno. También feliz Navidad a ellos, claro, pero que espabilen. La familia política, como cada año por estas fechas, se convierte en carne de memes. Sobre todo los cuñados, nos llegarán docenas de bromas y mensajes protagonizados por ellos. Comparto el humor, pero no el fondo, seré una excepción, pero tengo unos cuñados estupendos. La regla habla de las excepciones, pues eso. Los chistes de cuñados, si lo pensamos bien, han ocupado el lugar que durante años ocuparon las suegras, aunque a ellas les adjudicamos, además, un rol malvado, perverso y tenebroso, incluso. Es lo que tiene ser mujer, que cuando llueve te llueve el doble, por mucho que Monasterio, Rocío, la de los lofts y demás arquitecturas, diga lo contrario. A ella también le deseo feliz Navidad, faltaría más.

Ha regresado la saga galáctica más célebre de la historia del cine, La guerra de las galaxias, y también han regresado las emociones de toda una vida, esperando y viendo estas películas. Aquella tarde de impaciencia, de nervios, en la larguísima cola del Cabrera Vistarama, con aquella pantalla Cinemascope, de la mano de mi madre. Recuerdos que siempre me acompañarán. Cuatro décadas después, repito el ritual, de la mano de mis hijos. Y se repiten las mismas emociones, idénticas, eléctricas, nerviosas y bulliciosas. La fuerza permanece intacta, nos sigue acompañando. Tal vez eso sea lo más importante y lo demás, todo lo demás, sean aderezos, aunque a todos nos gustan que los aderezos sean bonitos, y muchos si es posible. Nos gustan tanto que hemos confundido los aderezos con lo verdadero, y para muchos lo verdadero es tener una vida repleta de aderezos. En cualquier cosa, las cosas que nunca nadie podrá tasar siguen siendo las que más nos llenan. Y este tiempo es propicio para desempolvarlas y volverlas a sentir como si fuera la primera vez. Feliz Navidad.