CINES DE VERANO

Durante la infancia, cuando llegaban estas fechas, pasaba la mayoría de las noches en los cines de verano de Córdoba. Los balcones de un amigo daban al Coliseo, junto a la plaza de San Andrés, y de cuando en cuando, nos invitaba. Pero era en el Olimpia, ese cine con nombre de leyenda francesa de la canción, muy cerca de la plaza de Santa Marina, al que acudí en un mayor número de ocasiones. Ver las películas era el pago en especie por haber adecentado y refrescado el cine cada día, con manguera y bañador. Puedo recordar, como si hubiera sucedido la pasada noche, los preparativos de mi madre para el reto que suponía ver Ben-Hur en un cine de verano. Una botella de agua casi helada y una barra de pan convertida en interminable bocadillo: bonito con tomate, por supuesto. Y Charlton Heston, ese romano menos romano que nunca hayamos podido imaginar, sobre la cuadriga, dale que te pego, noble y esclavo, líder de masas, converso y convertido, pero estrella del celuloide por encima de todas las consideraciones. Y así recuerdo cientos de películas, muchas de ellas de infame calidad. Todas las del dúo Esteso y Pajares, que en realidad no fueron tantas, las comedietas italianas protagonizadas por Jaimito, ese supuesto niño grande picarón interpretado por el “gran” Alvaro Vitali, las de Louis de Funes, ese cómico gabacho a lo Paco Martínez Soria o las de Terence Hill y Bud Spencer, que durante un tiempo se convirtieron en mis favoritas. Todavía no lo puedo comprender. La verdad es que esa pareja tenía algo de Quijote y Sancho Panza, de Asterix y Obelix y, sobre todo, de nuestros Capitán Trueno y Goliath. El bestia y el listo, y no pregunte quiénes de ellos ocupan los citados puestos.

Merecen mención aparte, por su cantidad, intensidad y capacidad hipnótica, y tal vez merezcan una novela, estudio, ensayo o similar, las películas de artes marciales, o de chinos, como las nombrábamos en mi barrio, que ocuparon entre agudos alaridos, rocambolescos saltos y bigotes afilados decenas de mis noches en los cines de verano. El fenómeno Bruce Lee, que sí interpretó algunas películas de cierta calidad, como Operación Dragón o El furor del Dragón –ya había dragones antes de Juego de Tronos-, desembocó en una riada, cuando no maremoto y puede que hasta tsunami, de producciones que saltaban de la B a la Z en un plis, canallas en sus interpretaciones, inclasificables en sus tramas, abominables en su mensaje: la venganza da sentido a la vida, e insufribles desde cualquier punto de vista. Curiosamente, hasta la película más petarda perteneciente a este género conseguía lo que no consiguen verdaderas obras maestras de la cinematografía mundial: la imitación por contagio. Nada más acabar la película de turno, las calles se poblaban de docenas de improvisados luchadores, hoy lo llamarían flashbruceleelovers o algo así, que trataban de emular lo contemplado en la pantalla, entre salamanquesas y mosquitos tamaño B52.

Solo recuerdo haber imitado a un actor no oriental a la salida del cine, a Nicholson tras ver esa delirante y maniática comedia que es Mejor imposible, trataba de no pisar las líneas rectas de las baldosas. Es el único que se ha aproximado a eso que lograron aquellas infames películas de artes marciales y las de Bruce Lee que contemplé en mi infancia y juventud. Pero no todo fue cine de casquería, recuerdo ciclos hasta el amanecer de Kubrick, Spielberg, Chaplin o Coppola. Y es que, por suerte, el cine de verano, casi al mismo tiempo que nuestro país, se fue normalizando hasta lo que es hoy, salas con techo de estrellas en las que se exhiben las películas que se pueden encontrar en cualquier cartelera de cine. Como cada verano, en numerosos puntos de Andalucía, no con la abundancia del pasado, indiscutiblemente, se siguen manteniendo estas salas temporales que nos ofrecen fresquitas veladas compartidas, de botellín y bocata, entre jazmines y albero, ya no tan contagiosas, en cuanto a gritos y extrañas posturas, en torno al cine. No es mal plan para una noche de verano.

LA NUEVA NORMALIDAD

Es terrible, a ratos atroz, grotesco en ocasiones, el vocabulario que hemos incorporado en las últimas semanas a nuestras vidas: desescalada, escalada, pandemia, confinamiento, virus, pandemia, el o la covid, qué poca poesía, y qué narrativa más tosca y negra. Aún así ya han llegado las primeras novelas sobre este tiempo tan chungo. Mi admiración por esos velocistas de las letras. Escribir una novela, con su correspondiente corrección, maquetación, diseño y promoción en poco más de dos meses. Hasta el mismísimo Balzac sentiría envidia de tal, tal, cómo decirlo, capacidad, facilidad, agilidad, la verdad es que no termino de encontrar el adjetivo adecuado. Volviendo a las palabras, tal vez un tiempo feo requiera de palabras feas, de no sacrificar en vano a las más bellas, que no lo merecen -por otra parte-. Tampoco lo merecemos nosotros. Otra de las expresiones de nuevo cuño es la denominada “nueva normalidad”, que si usted le dedica unos segundos a analizarla tal vez le descubra más significados y fronteras de las que podamos imaginar. A mí lo de la nueva normalidad no es que me suene a algo feo, me suena a algo que tal vez no me guste demasiado, porque me gustaba, y mucho, mi normalidad de hasta ahora. De bullicio, de gentío, de aglomeración, incluso, sin control, sin pensar en los horarios, en las concentraciones, en la afluencia, casi sin pensar en nada. Y claro, esto es otro rollo. Pasamos de una farra con enganchón hasta la madrugada a una cita planificada por la agenda del teléfono. Yo soy muy de bullas, me gustan. La nueva normalidad hubiera quedado muy chulo como nombre para un grupo ochentero, de la Movida, con un toquecito techno, si me apuran, con pelos escaldados y hombreras como alas de cigüeñas. Puedo ver la portada del disco.

En la nueva normalidad no hay abrazos, ni besos, tampoco festivales, ni ferias, y los niños a los colegios nos cuentan que solo irán la mitad. Y las presentaciones de libros, ay, podremos entrar unos poquitos, un puñadito, como en los museos, o en los cines. Y en la nueva normalidad, que no moralidad -y eso que haría falta, sobre todo para algunos-, viajaremos en aviones sin pegarnos codazos, cuando nos dejen, pero serán más caros, y lo mismo nos sucederá con los trenes. Y tendremos miedo a subirnos a un autobús, y cuando alguien vaya sin mascarilla lo contemplaremos como un delincuente y el sonido de un estornudo sera tan terrorífico como el de una bomba. Y ya no voy a tratar de anticipar todos esos efectos que le presupongo a la nueva normalidad y como si de un camaleón me tratase, me adapto a ella, no sé si por salud mental, oportunismo o supervivencia. Lo que le pido, ya que es nueva imagino que aún está en proceso de conformación, es que por una vez que no ganen los de siempre. Porque si a los ciudadanos de pie, a los curritos, se nos obliga a cambiar, que cambien también los demás. Que la igualdad y la riqueza, sí, de una vez por todas, sean equitativas a toda la población, y que lo mismo ocurra con las oportunidades. Que mis hijos, y los suyos y los de más allá, salgan del mismo punto de partido y que recorran los kilómetros que ellos mismos decidan o puedan, en virtud a su vocación o talento, pero no por la disponibilidad económica de sus padres. Lo estoy diciendo, y sé que no sucederá.

La nueva normalidad debería ser, según tengo entendido, la de las ideas y la creatividad, y por eso mismo ya empiezo a desconfiar. Esta misma semana, dos meses después de que comenzara el Estado de Alarma, el ministro de cultura ha anunciado las ayudas al sector. Que son, a una parte del sector, claro, a la industrial. Para los que escribimos los libros, o componen las canciones o filman las películas no hay nada. Que sí, que sin industria no hay cultura, pero sin el hecho creativo, sin las canciones, los cuadros o las novelas, tampoco la habría, y a ese embrión nos han dejado atrás. Espero y deseo que eso no forme de la nueva normalidad y que solo se trate de unos primeros auxilios, de apagar los primeros fuegos, y que luego nos tendrán en cuenta. Sé que no será así, pero quiero ser optimista. Como lo soy, aunque pueda parecer lo contrario, con la nueva normalidad, que lo mismo hasta me acaba gustando. Fíjate tú.

LA VENTANA INDISCRETA

Calculo que debió suceder como a finales de los 80 o principios de los 90, hace una pila de años en todo caso, en aquella España colorista de hombreras alocadas, la Movida en su máximo esplendor, que solo contaba con dos cadenas de televisión. Pues en la Segunda Cadena, hasta no hace tanto de eso la UHF (eso ya es cavernícola), programaron, creo recordar que los lunes o martes por la noche, un ciclo de películas del gran Alfred Hitchcock. Nada más enterarme, lo primero que hice fue plantarme en uno de aquellos bazares con nombres que relacionábamos con gangas legendarias y lejanas, como Ceuta, Melilla o Canarias, para surtirme de un buen número de cintas de VHS -sigamos con las siglas del Pleistoceno-. TDK de 240 minutos, que con suerte grababan dos películas cada una, si ajustaba bien los tiempos. Para eso contábamos con el TP, claro, el gran Tele Programa, aquella diminuta revista que era una especie de Biblia para los teleadictos como yo. Allí te detallaban, con un tamaño de letra que te maltrataba la vista en dos segundos los actores protagonistas, el director y, claro, la duración de la película. Fui muy feliz viendo, grabando y volviendo a ver todas esas grandiosas películas de Hitchcock, de la terrorífica Psicosis (qué mal lo paso si me ducho y no hay nadie en casa) a la turbadora Vértigo, pasando por la taquicárdica Los pájaros o la agónica Con la muerte en los talones. Muchas de mis referencias, y no me detengo solo en las cinematográficas, se las debo a Hitchcock. Pocos directores han narrado tan bien, con tanta precisión, esmero y sencillez una historia, sin confundir al espectador, siendo muy hábil, y economista, con la cantidad de información que te aporta en cada momento. Recuerdo al gran maestro del suspende porque recientemente se han cumplido 40 años de su fallecimiento, pero también porque una de sus películas se ha convertido en las últimas semanas en una de las grandes metáforas que resumen nuestra vida en el encierro. Me refiero, claro, a la maravillosa La ventana indiscreta.

No tan elegantes como el escayolado James Steward -menudo papelón se marca-, la mayoría sin una Grace Kelly que nos visite de tanto en tanto, nos apostamos en nuestras ventanas y, sin necesidad de prismáticos, vamos observando y, sobre todo, evaluando el comportamiento de los que contemplamos. Ese de verde, el que va con dos niños, se creerá que somos tontos, que lleva puesto un chándal y cuando nadie se da cuenta, se pone a correr antes de tiempo. Aquellos de allí, se nota a la legua que son coleguitas, seguro que hasta llevan un botellín escondido, que se toman a las primeras de cambio. Y esa mujer, por favor, que se ha pasado en dos centímetros el distanciamiento social por el forro, que juegue con su salud, pero no con la de los demás, habrase visto. Y los de las azoteas, qué sinvergüenzas los que tienen azoteas, dándose sus buenos paseos cuando el resto no hemos podido. Es que deberían haber clausurado hasta los patios y jardines particulares, oye, que no hay derecho que haya gente tan bien y otros que los estemos pasando tan mal.

Tenemos la ventana física, la de cristales y puertas, pero también contamos con esas otras ventanas, virtuales, que se encuentran en los medios comunicación, que en algunos casos habría que denominarlos de otro modo, y en las llamadas redes sociales, que tan antisociales pueden llegar a ser. En las últimas semanas se ha abierto la veda y de qué manera, cualquiera se erige en sheriff del lugar y determina lo que está bien, lo que está mal, cuándo, dónde y cómo tenemos que actuar. Tal cual. Ellos tienen miradas telescópicas y determinan distancias y comportamientos, y por supuesto saben de virus, economía, política, literatura y de lo que haga falta. Ahí están, no están escayolados, pero también tienen su tara, rebosan ejemplaridad y certidumbre, porque todo lo tienen clarísimo. Y así lo cuentan, casi ordenan, con tanta contundencia que a los demás, pobres ignorantes, solo nos queda obedecer, y seguir al pie de la letra sus sabias enseñanzas. Me temo que con estos ejemplares el maestro Hitchcock bien poco podría haber hecho. Un remake chusquero, como mucho, al que tendría que haberle cambiado el título: La razón de los idiotas.

LEIA

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme, pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias improbables, difusas. Acaso en mi cerebro tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar, pero pasó. Recuerdo que me costó mucho, muchísimo, contarle la terrible noticia a mi hijo, que había estado pendiente de los periódicos tras el infarto padecido en pleno vuelo. A pesar de que solo contaba con 11 años en ese momento, de que sólo ha vivido conscientemente el estreno de las tres últimas entregas de la saga, mi hijo es un seguidor/fanático/especialista/fan de Star Wars. Hasta límites que me costaría mucho tiempo y espacio poder explicar. Han Solo, Luke, R2-D2 o Leia Organa, claro, ya forman parte de su breve, aunque intensa, educación cultural y emocional. Ha visto las películas en decenas de ocasiones, repite de memoria buena parte de los diálogos, domina a la perfección las relaciones familiares que existen entre los personajes, y no tiene ese embrollo mental de los que comenzamos por el capítulo 4. Capítulo que para él no se titula La guerra de las galaxias, como todos la conocimos, sino Una nueva esperanza, que es su título real. Isra se pasa las horas conversando/compitiendo con mi amigo Manolo sobre aspectos de las películas. ¿Capítulos con nieve? Pregunta uno, y responde el otro. ¿En cuántos aparece la Estrella de la Muerte? Pregunta el otro y responde el uno, y así con dos mil preguntas más, algunas de tal dificultad y rareza que soy incapaz de reproducir. El confinamiento les ha trastocado una partida que tienen pendiente del Trivial Pursuit galáctico.

Reconozco que disfruté casi tanto como ellos escuchándolos hablar, discutir, sorprenderse durante la proyección de The Rogue One, esa entrega sin numerar de la celebérrima serie galáctica, o tras ver El ascenso de Skywalker, que es un dignísimo epílogo a la saga. Saltaban, se emocionaban, yo también lo hacía, lo reconozco, y hasta rozaron el éxtasis cuando Leia, rejuvenecida a base de látex y efectos especiales, protagonizaba un brevísimo cameo. Una chica muy pálida venía de algún astro a jugar en tu sueño contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje por el cielo, y volvía para no abandonarte nunca más.

En otras condiciones, lo que acabo de desvelar sería digno de multa o sanción, pero a estas alturas, consecuencia directa de su fallecimiento, ya todo el mundo sabe que la princesa Leia, Carrie Fisher, aparece en la última entrega de la saga, lo han contado todos los periódicos. Spoiler, dicen los modernos. Sin caer en la coleccionista ilustración de mi hijo, reconozco que la muerte de la princesa Leia me rozó por dentro, ya que ocupaba un lugar muy destacado en el, gozoso y desordenado, almacén de mi memoria infantil. Tengamos en cuenta, además, que fue un personaje icónico, simbólico en muchos aspectos, una aventajada a su tiempo, en cierto modo. Acostumbrados, como estábamos, a princesas alicaídas y sumisas, entregadas a las decisiones de los otros, y siempre hombres, Leia era y siempre será una princesa rebelde, que luchó por escapar de la dictadura de las fuerzas del mal, con láser en mano, si era necesario. Y lo hizo en un mundo, aunque ficticio, tremendamente masculinizado, colmado de buenos y malos, muy malos, protagonizados siempre por hombres. El que, a pesar de todo esto, Leia deslumbrara y se convirtiera en un elemento esencial de la saga hay que valorarlo como se merece, y anotarlo en el haber de la difunta Carrie Fisher.

Mi hijo, aquel funesto día, ordenó todas sus figuras, naves y demás accesorios de Star Wars para comunicarles la terrible tragedia. Una ceremonia sencilla, breve y triste. Creí ver cómo los ojos de plástico de Han Solo se humedecían, pero tengo claro que no fue más que el efecto de una emoción contagiosa. O no (Toy Story pesa lo suyo). Curiosamente, el luto de mi hijo duró poco, apenas un par de horas, y lo dio por concluido tras decirme: papá, no ha muerto Leia, ha muerto Carrie Fisher, la princesa sigue viva. Lección de vida, lección de magia, los mitos permanecen y somos nosotros, los mortales, los que nos vamos. Y concluyo con un nuevo fragmento de este hermoso poema de Luis Alberto de Cuenca: Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia Organa, para ser más precisos. Un nombre que sonaba a romance galáctico, a balada espacial, a cantar de gesta del futuro. Que la fuerza te acompañe.

EL AMOR NOS SALVARÁ

Están enamorados y no lo saben. O sí, pero no lo quieren aceptar. Porque aceptarlo supone dolorosas rupturas, lágrimas, convulsiones familiares, abogados, pactos, tutelas y demás jergas administrativas que se cuelan en nuestras vidas, cuando el amor se acaba. Porque el amor, como el gas de la bombona, la cerveza del barril y el vino del tonel, un día se acaba. Cualquier día, sin avisar a veces, por cansancio, por hartura, por aburrimiento, por dolor, por rencor, por sinceridad, por lo que sea, pero se acaba. Ellos están en las antípodas, en los cimientos del amor, en el fulgurante inicio, cuando todo es magia y mariposas en el estómago y calambrazos y frenesí. Cuando el descubrimiento, de tus propias reacciones provocadas por una nueva persona, es el paraíso de las emociones. Y que a ellos les gustaría descubrir en cada mirada, en cada comentario y, sobre todo, en cada despedida, pero no se atreven. La despedida de los jueves es la peor, por lo que anuncia, por lo que anticipa, por el letargo. Este pasado jueves a él le costó decirle que no volvería al gym hasta el martes, le costó tanto que no pudo mirarla a los ojos, tal vez sintiéndose como un traidor antes de entregar su patria al enemigo. Y ella le buscó los ojos, buscando una explicación, o tal vez porque no podía creer lo que escuchaba, o por yo qué sé, aún no sé si defraudada o dolida. El amor no entiende de horarios, tampoco de espacios, de circunstancias, ni de olores, no entiende de nada y lo entiende todo. Cada mañana, en el gimnasio, desde la distancia, contemplo a esta pareja de enamorados, que aún no lo saben, vivir su particular Los puentes de Madison entre mancuernas y sudores, entre bicicletas elípticas y abdominales.

Están enamorados y no lo quieren saber. Y debe tratarse de un amor intenso y profundo, como una de esas abisales fosas marinas que ni los submarinos son capaces de acceder, un amor especial, diferente, que no tiene en cuenta ese ángulo feo que todos podemos ofrecer en el gimnasio. Porque, salvo aquellos que acuden por la charleta, por ligar o simplemente mirar, que los hay, todo hay que decirlo, el gym arranca lo peor de nosotros mismos porque cuando lo estás pasando peor, incluso cuando lo pasas peor por decisión propia, y pagando, el colmo entre los colmos, con lo bien que se está en el sofá o en la cama, sale de ti tu lado más feo, ese gesto grosero ante el cansancio o ante ese esfuerzo desproporcionado que te conecta directamente con las eléctricas agujetas. Hay que estar muy enamorado, o estar infectado, ahora que las infecciones son un tema de actualidad, de un amor tan sincero como bello, para superar todas esas adversidades y encontrar en el otro, en la otra, ese rayo de luz que creías perdido en la oscuridad de la rutina. Desde la distancia los veo hablar, sonreírse, incluso descubro celos, inquietud, cuando un tercero se cuela en su pública intimidad, pero intimidad a fin de cuentas. A él, cuarenta y cinco años le calculo, así a ojo, se le nota especialmente, sobre todo cuando ese chico joven, con aspecto de futbolista de la Alemania pre caída del Muro se acerca a ella –treinta y ocho, no más-  y hablan entre sonrisas. Él, entonces, lo veo desde la distancia, se siente con muchos más que esos cuarenta y cinco años que realmente tiene y daría lo que fuera por retroceder en el tiempo.

He pensado mucho en los enamorados del gimnasio durante este largo fin de semana, en cómo estarán sobrellevando la separación. Por solidaridad, como homenaje a su amor, a pesar de lo que puede implicar de traicionero, solo pienso en que llegue el martes y que esa anormal normalidad se restablezca. Eso solo lo consigue el amor, como lo consiguió en Los puentes de Madison, a ellos regreso, que todos nos pusimos de parte de Clint y Meryl, y no tuvimos en cuenta a esos terceros, a esos hijos e hijas, que hasta contemplamos como un estorbo. En más de una ocasión, a mis enamorados sin saberlo del gimnasio los he imaginado como a los protagonistas de Lady Halcon, más cine, una levísima caricia antes de despedirse, recién duchados, con olor a Magno y Sanex, antes de regresar a sus respectivos trabajos o a sus respectivas familias, en su particular amanecer. Imaginar este romance que, con seguridad, no sea cierto como antídoto contra el aburrimiento, el cansancio y la apatía, demostración de que el amor, incluso el imaginado, lo salva todo.

PARÁSITOS

Con probabilidad, hay varias maneras de medir una buena película. O tal vez haya varias medidas para calificar una película. O se puede valorar a una película por muchos factores, habilidades y circunstancias, más allá de las estrictamente cinematográficas. Aunque las cinematográficas han de contar con el peso suficiente, o más que suficiente, para calificar a una película como mala, regular, buena, buenísima u obra maestra. Todo es relativo, o tal vez no debería serlo. Y, por tal motivo, muchas medidas y consideraciones han de ser tomadas en virtud de otros conceptos. De otros muchos conceptos, me temo. Cualquier embarcación actual es mucho mejor que la nao Victoria que emplearon Magallanes y El Cano para dar la vuelta al mundo hace cinco siglos, sí, pero en ese momento, aquella embarcación fue la mejor, la obra maestra de las embarcaciones. Con la cultura, con la música, con la pintura, con el cine, ocurre lo mismo. Hay películas que, cinematográficamente, no son excepcionales, pero suponen nuevos caminos, nuevas propuestas, nuevas formas, que posteriormente otros han mejorado y perfeccionado, pero sin esos primeros pioneros el presente no existiría. Parásitos, la gran sorpresa en la última entrega de los Premios Oscar, no es una nueva propuesta, no ofrece ni pretende una nueva reformulación del cine, tal y como lo conocemos. Y tampoco es una obra maestra, cinematográficamente hablando. Es más, me atrevería a asegurar que ateniéndonos a criterios estrictamente cinematográficos no era la mejor de las películas que competían por el Oscar. No cuenta con las soberbias interpretaciones de Joker o Historia de un matrimonio, no es un derroche de técnica como 1917, y no transmite esa sensación de gran cine, de todo un clásico en este tiempo, de El irlandés. No, es cierto, pero te hace pensar, te toca, te deja trastocado durante unos días. Interpretas y cuestionas la película, una vez ha finalizado. Y eso es una virtud a tener en cuenta.

En resumen, así en plan titular, Parásitos es una película sobre el capitalismo, sobre la lucha de clases, o sobre la existencia, simplemente, de las clases. Separadas, tabicadas, delimitadas, por cemento y concertinas, defendidas a cañonazos, si hace falta. Porque para que unos cuantos vivan muy bien tiene que haber otros muchos que vivan peor, incluso mal, muy mal, aunque eso ya lo sabíamos todos. Y para escapar de esa realidad, una familia que vive casi en la indigencia se inventa toda una serie de artimañas, algunas son realmente divertidas, con tal de revertir esta situación. No me cabe duda de que esa es la parte más atractiva y brillante de la película. Sobre todo, por desconocida, porque nos pilla por sorpresa a la mayoría. Esa exhibición de picaresca oriental que, para nosotros, occidentales, con nuestra mentalidad estricta de occidentales, difiere muchísimo de la imagen oriental, de método, exactitud y casi sumisión, que hemos ido elaborando a lo largo de los años. Otra virtud de Parásitos, y nada despreciable, por otra parte. Derrumba estereotipos.  

Aviso, viene spoiler. Acabo con lo que menos me ha gustado de Parásitos: su final. Lo acepto como espectador, sí, simplemente lo acepto, pero no lo comparto como persona, para nada. Tan poco me gustó que durante unos días estuve realmente enfadado. Y tengo muy claro que con otro final, el previo apenas ocurrido unos segundos antes, por ejemplo, la película de Bong Joon-ho no habría conseguido tal cantidad de Oscar. No soporto el final de Parásitos porque no deja de ser más que el reconocimiento del gran triunfo del capitalismo y del pesado lastre de las clases, que nos condicionan de por vida, hasta el punto de limitarnos vitalmente. No somos lo que queramos o podamos ser, solo aquello que nos permiten. A los pobres solo se les permite soñar con ser alguna vez ser ricos y vivir como los ricos. Eso solo pueden soñar, en realidad no es posible. Esa coletilla, ese giro final, acabó siendo el remate amargo de una película más hábil que inteligente, divertida por momentos, sorprendente en algún instante, inusual siempre. Su gran mérito: es interactiva. El debate está servido.

ISLAS Y NAUFRAGIOS

El difunto Chicho Ibáñez Serrador fue un visionario en muchos aspectos relativos a la televisión, la pena es que en determinadas cuestiones le hicieran tan poco caso. Normal, cuando la pela llama a la puerta y la ética deja de rugir en las tripas. Chicho, con la llegada de las cadenas de televisión privadas, propuso que se creara un código de “buenas prácticas” para que no se traspasaran determinadas líneas rojas, en cuando a los contenidos de los espacios televisivos. Berlusconi lo miró desde la distancia, esbozó una media sonrisa malvada (marca de la casa), y plantó frente a la cámara a las mamachichos, los giles, los bertines y demás especies del más diferente y extraño de los pelajes. Y luego, todo lo demás, vino rodado. Realities chusqueros, debates chabacanos entre tertulianos con la capacidad intelectual de un caracol, casposas exclusivas de famosillos de discotecas catetas, supuestos programas de actualidad política, chismorreos por doquier, el uso del cuerpo de la mujer como un objeto consumo, injurias e infamias varias, etcétera, etcétera. Todo lo peor, todo lo que nunca podríamos haber llegado nunca a imaginar, llegó de golpe, como si alguien hubiera ideado el más perverso plan. Recuerdo que, cuando solo existían los dos canales públicos, nos quejábamos amargamente de la escasa oferta que nos ofrecían: estupendas series de producción propia, como Los gozos y las sombras, La barraca o La Regenta; espacios de tertulia y debate, liderados por Balbín o Hermida; maravillosos programas musicales, como La edad de Oro o La bola de cristal; dobles sesiones de cine con Cary Grant, Catherine Hepburn o Alfred Hitcthcock, en fin, ese tipo de televisión. Sí, porque la televisión que un día vimos, sí, fue así. Y conocimos el Quijote gracias a sus dibujos animados, recorrimos el mundo de la mano de Miguel de la Cuadra Salcedo y nos convertimos es especialistas medioambientales por obra y gracia de Félix Rodríguez de la Fuente o Jacques Cousteau.

La mayoría de los programas que he comentado anteriormente, la mayoría, insisto, eran caros en cuanto a su producción, y lo serían mucho más hoy, me temo. Pero la mayoría de esos programas tenían un componente pedagógico, un nivel de calidad, que muy difícilmente podríamos cuantificar. Las cadenas de televisión privadas nos enseñaron que, entre otras cosas, con un presentador de sonrisa maquiavélica, seis deslenguados sin escrúpulos, una realización/producción tan plana como cutre y unos titulares tan llamativos como falsos, de un amarillo profundo, eran capaces de rellenar seis horas de emisión por cuatro duros, ganando pasta a espuertas. Ese fue el descubrimiento, no nos engañemos, no fue otro, todo fue y es por el dinero, por dinero, sin tener en cuenta la calidad, la pedagogía, las consecuencias ni nada de nada. Dinero, solo dinero. Y si ganaran dinero con carreras de galgos desde Australia, retransmitiendo el trasiego de las ratas por las alcantarillas (lo hacen, en cierto modo) o accidentes de tráfico en directo, lo harían, sin ningún tipo de problema. Los escrúpulos, en el altillo de la moral, de ese armario olvidado.

Porque, lamentablemente, y es una realidad incontestable, un minuto de la serie más birriosa, piense en la peor que recuerde haber visto, vale más que un programa de cuatro horas de canalleo, con sus buenas y larguísimas pausas publicitarias. Y por dinero, lo que sea. Citas, edredoning, naufragios varios, camellos por los pasillos, gentuza, inteligencia cero, islas tentadoras y pasiones de saldo ante las cámaras. Un problema que se incrementa, y mucho, cuando permitimos que nuestros hijos consuman estos productos que, obviamente, no les pueden reportar nada positivo, todo lo contrario. Luego, como dice ese refrán, no le pidamos peras al olmo, no esperemos una cosecha excelente si el abono que hemos empleado es tan tóxico, capaz de pudrir hasta a la mejor semilla. Ya nadie quiere recordar la propuesta de Chicho Ibáñez Serrador, no interesa, visto lo visto. No es de extrañar que, cada día, seamos más los que renunciamos a la parrilla televisiva para entregarnos a una programación enlatada, a nuestras islas de alquiler. Si el futuro era esto, prefiero mil veces una nueva reposición de Verano azul.

ATRAPADO EN EL TIEMPO

Soy un fan incondicional de Bill Murray. Tal vez lo sea desde la época de Pelotón chiflado o desde la legendaria Los cazafantasmas, cuando yo era un adolescente espinilloso y canijo y él «solo» era un cómico. Una etiqueta que, aunque honorable en todos los sentidos, no se ajusta a sus interpretaciones posteriores, en las que ha alternado títulos «comerciales» con esas películas que muchos llaman de culto, y que no dejan de ser películas de autor, con personalidad. Puede que lo que más me atraiga de Bill Murray sea precisamente eso, que sea inclasificable. Me atrae todo lo que escapa de la academia, lo inimitable, ese don que no se puede ensayar, tampoco aprender. Algo que hago extensivo a todas las disciplinas. Nadie podría copiar las interpretaciones de Murray, de la misma manera que nadie podría copiar los regates de Benzema, los gallos de Dylan, los cuadros de Alex Katz o la narrativa de Balzac. Y es que puede que su diferencia, lo que nos atrae de ellos, sea ese ejecutar lo que la técnica, la teoría o el canon no consiguen explicar. Están fuera, como excepciones que engrandecen y animan la regla. A lo largo de su dilatada trayectoria, Bill Murray ha interpretado más de una docena de personajes memorables, buena parte de sus seguidores solemos coincidir en uno: Phil Connors, el meteorólogo de Atrapado en el tiempo. Hagamos memoria, que ya han pasado unos años. Connors es enviado a Punxsutawney -tela el nombrecito-, Pensilvania, por la cadena de televisión en la que trabaja, para asistir al ritual de la marmota Phil, la cual indica lo que aún resta de invierno. Es lo que conocemos como El día de la marmota, un acontecimiento que con el tiempo se ha convertido en planetario, y no me cabe duda de que la película ha contribuido en gran medida.

Phil Connors/Bill Murray se ve obligado a pernoctar en la impronunciable localidad por una tormenta de nieve y cuando el despertador lo saca de la cama al día siguiente, con el I got you babe de Sonny and Cher, comienza de nuevo el mismo día que ya había vivido. Todo se repite, todo, sin excepción. Los saludos en el desayuno, los encuentros en la calle, la salida de Phil. Lo que en un principio entiende Murray como una loca contrariedad, con el paso de los días, siempre el mismo día, acaba convirtiendo en una ventaja a su favor, al contar con la información precisa por adelantado. Y ya me callo, vaya que alguien aún no haya visto la película. Película que podemos emplear como metáfora de la situación en la que nos encontramos desde hace ya demasiados años. Yo, con frecuencia, así me siento. Suena el despertador y creo escuchar la voz de aquella Cher antes de probar todas las operaciones estéticas, y hasta que no me enfrento al espejo, entre legañas y suspiros, no dejo de sentirme como Phil Connors, el personaje interpretado por Bill Murray. Y me dispongo a vivir el mismo día, o muy similar al anterior, como un déjà vu que es un tatuaje a fuego en la rugosa piel del calendario. La tormenta de nieve es esta jodida crisis, que ya han calificado de tantas formas y maneras, que nadie previó, y de la que nadie asume su paternidad, como si se tratara de un fenómeno natural, como la tormenta de nieve, explicable por inexplicable, por impredecible.
¿Y quién es la marmota, quién vaticina cuánto nos queda de duro invierno; qué más nos queda por padecer? Hasta el momento, ninguna de las marmotas que se han atrevido a salir de su madriguera ha acertado en el pronóstico. El muchacho del plasma y su cuadrilla han vaticinado finales del invierno con los hombros y las cabezas cubiertas de nieve, sigue nevando, copiosamente. La tormenta continúa, y se acaba la sal para contrarrestar los efectos de este invierno interminable. Y una mañana más, cuando suena el despertador, creo escuchar la voz de Cher y Bill Murray me habla al otro lado del espejo y el día se repite, y allá vamos, cafetera y mantra, hipoteca y bilis, ivas y facturas, sueños y puñetazos, como autómatas que se resisten a creer en el frío de esta nieve que se extiende por todos los rincones. La marmota Phil, la verdadera, la de esa localidad de Pensilvania, vaticina el dos de febrero que será un invierno largo, que aún quedan seis semanas. ¿De verdad? Las firmo, y subo cuatro, que todo sea por el fin de todos los inviernos, que el I got you babe ya me empieza a aburrir.

GLORIA

Una vez más, el azote, la borrasca, el temporal, con nombre de mujer. Y no me estoy refiriendo al Pin Parental, me refiero a Gloria, que nos ha dado una buena tunda los últimos días. Si usted busca en internet por qué se le adjudican nombres de mujer a las catástrofes climáticas, podrá encontrar mil y una explicaciones. Y como hacemos todos, porque todos lo hacemos, se quedará con la que más le interese, complazca o estime, allá cada cual con sus verdades. Estoy seguro que a Carmen Calvo no le gusta nada que le asignen nombres de mujer a los temporales, como tampoco le gusta poner coletilla de género al Congreso y al Senado, y tal vez tenga razón y asunto zanjado. Tengo claro que las recomendaciones de la Academia de la Lengua atufan a laca a granel y pachulí del barato. No termino yo de entender a esta institución, tan generosa siempre con todos los anglicismos que asumimos o con chorradas varias, recordemos lo de amigovio, y tan tajante, tan exhaustiva, con el lenguaje de género. Sea como fuera, las mujeres siempre acaban pagando, lo que sea, pero pagando. Una cosa, vaya. Desde ese punto de vista, podríamos limitarnos a enumerar las catástrofes naturales, 1, 2, 3, y así, y santas pascuas, asunto solucionado. A veces, solo a veces, las soluciones son más fáciles de lo que podemos imaginar, las tenemos al lado, nos rozan, basta con abrir la mano para cogerlas, y asumirlas. Pero hay que querer, claro, hay que querer. Para explicar esto viene muy bien la imagen del vaso o botella, escoja, que puede estar medio llena o medio vacía según quien la mire. Pero no solo eso, que yo en ciertos momentos la veo llena a reventar y en otros más vacía que mi hucha. O sea, no solo los ojos, también el momento, que todos los detalles desempeñan su labor y nos determinan, claro que sí. Yo no sé si es bueno ese optimismo de la botella casi llena que a veces siento y que sería mucho mejor, más terrible, y hasta real, esa botella vacía que auguro, a modo de freno, tope, advertencia, lo que sea.

La gloria es una cosa muy etérea, es como lo de la botella, y hay quien la siente mirando a los ojos de sus hijos, colando un gol ante cincuenta mil espectadores o participando en La isla de las tentaciones, que es la última aberración televisiva que se han inventado. El reto de la fidelidad, como premio, como aspiración, no como determinación. La gloria también puede ser, lo es, ganar un Goya. Banderas tiene esa opción, y también un Oscar, que ya es una gloria VIP, y yo me alegro mucho por él, que crecí viendo sus películas al mismo tiempo que lo hacía él como actor. Hasta que se fue a hacer las américas y dejó de crecer para ser su propia franquicia. La demostración de que el dinero no, siempre, da la gloria. Banderas, en Dolor y gloria, se transforma en Almodóvar y borda un papel que muchos le hemos estado esperando unos cuantos años. El título de la película puede entenderse hasta como una metáfora de ese proceso.

Durante muchas temporadas, la majestuosa Sofía Vergara ha sido Gloria en Modern Family, esa serie americana más atrevida y contemporánea que muchas de las producciones de la atrevida y contemporánea Europa. Una serie en la que un matrimonio de gays adoptan a una niña asiática, y por tanto inmigrante, y una divorciada colombiana, y por tanto inmigrante, con su hijo, también colombiano e inmigrante, contrae matrimonio con un hombre que le dobla la edad, y hay una familia en la que unos padres hablan de sexo, y sus hijos acuden a un colegio en el que hay negros, latinos y asiáticos, una ONU de las razas, vamos. Hay quien pueda entender todos esos factores como un dolor, que bien se podrían haber evitado, poniendo medidas, y se empieza con un PIN y se acaba con una valla, o con un cerrojo, o con una celda, ya puestos. Hay quien, como yo, en el batallón de ilusorio buenismo, que lo entiende como una gloria, por eso mismo de la botella o porque lo considere el triunfo de la libertad, de las emociones y, sobre todo, de la lógica. La lógica, que tal vez sea la gloria, en estos tiempos de tan irrazonable dolor.

1917

En la pantalla, mientras comienzo a escribir este artículo, Apocalipsis Now, esa obra maestra, una más, de Francis Ford Coppola. La voz del coronel Kurtz resuena a través de un eco infernal, mientras un jovencísimo Martin Sheen contempla su fotografía. Una imagen en blanco y negro, de un apuesto Kurtz, previa a su transformación. Un Harrison Ford, sin canas y sin arrugas, y sin Chewbacca a su lado, escucha atento. A ratos el lado oscuro se impone al lado claro. Todos los hombres tienen su límite de resistencia. Coppola tal vez sea el primero en filmar el infierno de la guerra en su primera esencia, dentro del terror mismo. Hasta entonces, la guerra filmada era una sucesión de héroes, batallas, orden, disparos, victorias y derrotas, malos y buenos, pero no sentíamos, no contemplábamos, el miedo, el pánico, de las personas que tomaban parte. Coppola nos lo enseñó. El miedo del joven que no quiere descender del helicóptero, no quiero ir, grita, desolado. Ese mismo miedo, loco, descontrolado, insano, lo volvimos a contemplar en Platoon, la película con la que Oliver Stone nos abrumó. Una película fuera de tiempo, cuando ya creíamos haber visto todas las películas posibles sobre Vietnam, ese infierno, ese corazón de las tinieblas que Conrad nos contó y Coppola interpretó. Más allá de la fuerza física o armamentística, la guerra mental, psicológica, las fronteras que nunca nadie debería cruzar y que la guerra te empuja a hacerlo. Spielberg, especialmente en esos apoteósicos minutos iniciales de Salvar al soldado Ryan, nos trasladó de nuevo al borde del abismo, a ese punto en el que el hombre, cualquier hombre, ya no respeta nada, ni a él mismo. Hombres sacudidos por el miedo, que vomitan, que no controlan a su propio organismo, antes de participar en una orgía de sangre, explosiones, cuerpos y muerte.

Este 2020 ha comenzado trayéndonos otra formidable, pero también cruda, por real y nítida, reconstrucción de lo que supone la guerra, sin tener en cuenta los contendientes, las motivaciones, los derrotados y los vencedores. Dirigida por Sam Mendes, 1917 es una épica producción en la que volvemos a encontrarnos con el conflicto armado al natural, con todas sus miserias y miedos, en esta ocasión recuperando la Gran Guerra, que con toda seguridad es el episodio bélico que menos hemos podido contemplar en la pantalla, a pesar de aquella obra maestra de Kubrick, titulada Senderos de gloria. Y para dotar de mayo realismo a su historia, se vale Mendes de un falso plano secuencia, a modo de cámara omnisciente, o cámara que abarca todos y cada uno de los ángulos posibles, que emplea como narrador excepcional. Pero no solo no encontramos en 1917 la aspereza de la guerra, también el valor de la amistad, la ironía de las ideologías como elemento de confrontación y esa capacidad humana, escondida, como si fuera nuestro airbag salvador, para enfrentarnos y superar hasta las circunstancias más dramáticas, más allá del límite de nuestra resistencia. Magistralmente interpretada, con un ritmo que nunca decae, y con una banda sonora que te acongoja, 1917 ingresa en la nómina de las grandes películas bélicas. Películas que, en la mayoría de las ocasiones, tal y como le sucede a la que comentamos, esconden un claro y contundente mensaje antibelicista.

Me llama mucho la atención la publicidad de 1917, en la que se puede leer: del director de Skyfall. Eso es como publicitar el nuevo disco de U2 y anunciarlo como “de los creadores de Songs of the experiencie”, que es uno de sus trabajos más mediocres, y obviar títulos como War o Achtung baby, que tal vez sean la cúspide su trayectoria. Porque San Mendes ya nos ha ofrecido películas tan deslumbrantes como American Beauty o Camino a la perdición. 1917 lo apuntala, indiscutiblemente, en la cima de la cinematografía mundial, mostrándonos a un director inconformista, arriesgado, que va de un género a otro, con la suficiente maestría para acomodarlos a su propia concepción. 1917, como Joker, como Historia de un Matrimonio, como Parásitos, El irlandés o Dolor y gloria, es también la confirmación de un excelente año cinematográfico, en el que muchos, me incluyo, nos hemos reconciliado y regresado a las salas de cine.