LO QUE LA MUERTE (NO) ESCONDE

Puede que fuera su escudo, su trinchera, su máscara. Durante años, muchos, fue la sonrisa del cine español. Una sonrisa sincera, inocente, cándida incluso, la mayoría de las ocasiones. Una sonrisa a juego con sus ojos, luminosos, oceánicos e inquietos. Verónica Forqué, hija de su padre, nombre imprescindible en la historia del cine español, de los 80 y 90, fundamentalmente. Uno de esos rostros que convertimos en familiares, como si fuera una más en la mesa camilla, y es que su popularidad fue mucha, ligada habitualmente a títulos de gran aceptación entre el público. El público, ese ente que ni el mismísimo Lorca fue capaz de descifrar. Lo tuvo todo, lo fue todo, trabajó con los mejores directores y compañeros de reparto, escogió sus papeles, desfiló por la alfombra roja de los Goya, tal vez sin ser consciente de lo que era: una estrella del cine y de la televisión. Pero un buen día, dejamos de invitarla a nuestro sofá de la audiencia, eliminamos ese hueco que le teníamos reservado, para ofrecérselo a otra actriz, con otro nombre, Penélope, Maribel o Leonor. Porque las mujeres, también en el cine, sí, también, lo tienen más difícil que los hombres y su tiempo caduca antes. No su talento -que siempre permaneció intacto-, su físico, sus curvas, las “patas de gallo”, las canas, todo eso que en los hombres, en muchos casos, es elegante madurez, y que en las mujeres es decadencia, “se les pasó el arroz”, “está colgona” o cualquiera de las muchas “lindezas” que les dedicamos. El teléfono deja de sonar, que es uno de los peores males que pueden padecer quienes se dedican a la interpretación, porque eso significa no sólo ostracismo, también dejar de ganar de dinero, o tener que aceptar lo que sea, porque los recibos de la hipoteca, de la comunidad, de la electricidad y de mil cosas más siguen llegando, estés o no en el candelero.

Supongo, no sé de las cuentas económicas de Verónica Forqué. Pero puede que no se tratara sólo de dinero, y también de sentirse de nuevo reconocida, querida, popular, por el gran público. Y sigo con las suposiciones. Que la televisión se ha convertido en los últimos años en un artefacto que está más cercano al mercadeo que a la divulgación no hace falta que yo lo diga, es la realidad. Que antepone miseria y horror a belleza y conocimiento, es evidente (y basta asomarse a la programación de cualquier cadena). Y que esto sucede porque hay un “público” que así lo quiere, bien cierto es, y dos más dos siempre son cuatro. Aún siendo cierto, y siendo conscientes de todo esto, esa televisión continúa, y continuará. Y no sabremos nunca si ha incidido en la muerte de Verónica Forqué, a pesar de todos los “especialistas” en la materia que han aparecido en los últimos días. Los mismos que “predijeron” la crisis económica o la pandemia, los mismos que tienen un máster en erupción de volcanes y energías renovables, ahora, también, faltaría más, son especialistas en enfermedades mentales. Lo único cierto es que Verónica Forqué murió cuando decidió poner fin a su vida. Todo lo demás, lo podemos intuir, inventar, sospechar o creer, pero nunca sabremos toda la verdad.

Hablamos de enfermedad mental cuando quien se quita la vida es una persona pública, si es nuestro hermano, amigo o pareja lo llevamos como un estigma, que preferimos callar, y hasta ocultar. Lo mismo que ocultamos que nuestros hijos o nosotros mismos tenemos cita con el psicólogo o el psiquiatra, vaya que alguien nos empiece a ver como unos locos, unos tarados o unos idos de la cabeza. Y es que, tal y como sucede con la discapacidad -esos subnormales, tullidos y lisiados de siempre-, las palabras marcan la primera barrera, el primer insulto, con las personas que padecen una enfermedad mental. Qué poca importancia les solemos dar a las palabras, y cuántas vidas se han llevado por delante. No verbalizar la enfermedad, no mostrarla a la luz, no reconocer que el suicidio es una de las causas por las que fallecen más personas en nuestro país es y seguirá siendo lo peor que podemos hacer por las personas que padecen una enfermedad mental. Y que no son pocas, precisamente, muchas más de las que creemos o imaginamos porque la mayoría siguen escenificando una sonrisa permanente, como Verónica Forqué, la sonrisa del cine español, aunque su interior sea un páramo, desolación. Todo eso que la muerte (no) esconde.

VERANO

Llega el momento de recoger lo sembrado, de evaluar lo estudiado, o no. Los chavales reciben sus notas de junio, las notas finales, las notas entre todas las notas, con expresión variopinta. Las ruedas de las mochilas reciben su merecido descanso, después de meses de charcos, hojas secas, chicles y empujones. Las avenidas despiden a esos autobuses jaleosos de asientos maltratados, de cánticos que escapan por las ventanillas. La rutina escolar dice adiós hasta septiembre. Septiembre que es el verdadero mes iniciático, el mes uno, el mes que marca el nuevo año, la nueva Liga, el nuevo curso, la nueva colección –dos por el precio de uno, todos los madelmanes-, con el permiso de enero, que seguirá engañándose en su falsa gloria, en su liderazgo del calendario, en su resaca de turrones y cavas nunca saboreados. Y justo cuando acaba el curso, la noche de San Juan, el fuego que celebra la llegada del verano, aunque el verano del termómetro ya llevemos unas semanas padeciéndolo, y cada año olvidemos la temperatura del pasado y nos centremos en el nuevo calor del presente, que siempre es más calor. El invierno refresca, afortunadamente, nuestra memoria.

Contemplando la salida del colegio de unos chavales me fue imposible no retroceder en el tiempo y regresar a los veranos del chaval que fui durante años, y que intento, por todos los medios, que siga estando vivo, o al menos dormido, en mi interior. Recuerdo que lo primero que hacía nada más comenzar el verano era agarrar un calendario y contar los días libres que iba a tener. Pero los días libres reales, los fines de semana y los festivos no los contaba, necesitaba saber cuántos días de verdad, de verdad de la buena, iba a estar sin ir al colegio. Y no lo hacía por programación o anticipación, lo hacía por puro placer, por disfrutar de un sentimiento que aún hoy me es imposible clasificar. Largos veranos en una Córdoba más árida, más callada, más lenta, una Córdoba sin Festival de la Guitarra, sin Eutopía, sin Noche Blanca del Flamenco; una Córdoba pelada y mondada. Mis veranos se centraban, casi exclusivamente, entre mis visitas a la Biblioteca, algún que otro y esporádico chapuzón en la piscina de la calle Zarco y las noches en los cines de verano, especialmente el Olimpia, que era, supuestamente, el cine de mi barrio. Curiosamente, los que vivíamos en la calle Buen Suceso y alrededores éramos, por calificarlo de algún modo, “chicos sin barrio”. En la frontera entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, demasiado cerca y demasiado lejos, al mismo tiempo, de todos ellos. Caprichos del callejero.

Con toda probabilidad, aquellos veranos silenciosos y calurosos de mi infancia en aquella Córdoba inmovilista han influido decisivamente en la construcción de la persona que soy hoy, y muy especialmente en mi faceta como narrador. Me fascinaba entrar en la biblioteca, buscar un nuevo título de Tintín, El Príncipe Valiente o Astérix, que devoraba en esas largas siestas de ventilador y canciones dedicadas, a Pedrito por su cumpleaños, de Radio Córdoba. Jamás incumplí el plazo de entrega, ya que a la mañana siguiente, puntual a mi cita, renovaba el libro. Y si primero fueron los tebeos, más tarde llegaron Salgari, Hammet y Kafka. Y por la noche me aguardaba el cine de verano, en donde vi cien veces todas las películas del legendario Bruce Lee, y demás imitadores, así como las del picarón Álvaro Vitali o Esteso/Pajares, sí, pero también Ben HurLo que el viento se llevó o Psicosis. Y luego en mi casa, rodeado de hermanos que hablaban de cosas que a mí se me escapaban, mientras comía altramuces o pipas frente al ventilador, pensaba en los días que aún le quedaban a ese verano, que yo nunca sentí como árido, caluroso o silencioso

TOY STORY: 25 AÑOS

Creo que ya nadie puede dudar de que las tendencias audiovisuales de, especialmente, las dos últimas décadas han cambiado hacia otros modelos que jamás habríamos podido imaginar en el pasado. Y es que ha cambiado todo, tanto los formatos, como los géneros, como los canales y plataformas de exhibición, sobre todo. Hace veinticinco años nos habría costado imaginar Netflix o HBO, que en realidad no dejan de ser, si uno se detiene un instante a pensarlo, una evolución de aquellos videoclubes que poblaban nuestras ciudades, no hace tanto. La de horas tratando de buscar una película en las estanterías. Ahora el almacén, el contenedor, el videoclub lo tenemos en casa, y podemos acceder a su contenido sin levantarnos del sofá, sabiendo utilizar el mando a distancia (que a veces no es tan fácil, por otra parte). Pero es que hace veinticinco años no podríamos haber imaginado, ni remotamente, que el mejor cine, o las mejores producciones audiovisuales, especifiquemos, nos llegan desde las series de televisión y desde la animación. Y sobran los ejemplos. Uno de ellos es Chernóbil, la miniserie que ya muchos sitúan en el olimpo televisivo, y con razón. Impecable, devastadora, amarga y dolorosa, de una pedagogía y de una narratividad tan sutiles como precisas. Y un gran ejemplo, en cuanto a la animación, lo encontramos en Toy Story, en cualquiera de sus entregas, en estos 25 años desde que la primera llegó a las pantallas. Amor, que todo lo puede. Amor, que nunca se olvida, que siempre late, a pesar del tiempo y de la distancia. Amor, como señal en el camino. Otra dirección, una nueva vida. Pixar se ha convertido en el Nadal de la animación: nunca falla. Película tras película, la calidad no mengua, los argumentos nos siguen sorprendiendo, la actualización del discurso es permanente y la sensibilidad y emoción que consiguen transmitir solo está al alcance de unos cuantos privilegiados. Qué delicia, qué derroche, qué peliculón es la nueva entrega de Toy Story. Una vez más, en estos 25 años, pleno, cuatro de cuatro. Otra vez he vuelto a sonreír, a reír a carcajadas, a tener miedo, mucho miedo, a contener la respiración; otra vez he vuelto a llorar, sí, a lágrima tendida. Les perdono a Pixar todos los sofocones finales que me han provocado por todo lo que me han entregado a cambio. Lo que no les perdono, de ninguna de las maneras, es que hayan tardado nueve larguísimos años en volver, impondría que, por Ley, hubiera un Toy Story como poco al año, y hasta mensualmente. En un mundo tan plano como el que vivimos, de tan escaso latido, hasta el punto de convertir a las redes sociales en el canal de riego de nuestro corazón, los creadores de Pixar nos enseñan que aún es posible la magia, que la infancia puede ser un estadio permanente, una forma de mirar el mundo, limpia, desde la inocencia, desde una infinita y sana curiosidad. Con una sonrisa en los labios, y no como coraza, como actitud, como forma de estar en el mundo.No sería capaz de evaluar quién disfrutó más Toy Story, si mis hijos o yo. Pixar sí que ha conseguido eso que nombran tanto los políticos: la transversalidad. Películas globales, que como si fueran cebollas cuentan con diferentes capas o pieles que se adaptan a la edad, sensibilidad y sentido del humor de todos los espectadores posibles. Consiguiendo que muchos adultos hayan encontrado la excusa para ir de la mano de sus hijos para dejarse atrapar de nuevo por el mágico universo de estos juguetes que ya forman parte de la historia del cine. A modo de acompañamiento vital, desde 1995 nuestros hijos, y también nosotros mismos, hemos crecido junto a Woody, Buzz Lightyear, Betty, Jessie o el Señor Patata, pasando las fronteras de la infancia, la adolescencia y la juventud. Y todo ello, no puedo olvidarme de él, al son de la música del siempre vitaminado Randy Newman, ese incansable compositor que ha encajado como mano en guante en Toy Story. Una historia que es un fecundo oasis en el desierto en el que hemos transformado nuestra rutina.

SALUD

CREO que aún nadie lo ha declarado, pero no me cabe duda de que hoy es el gran día de la salud. Salud balsámica, consoladora, la salud como placebo, me refiero, nos repetíamos. No nos ha tocado la Lotería, pero tenemos salud, que es lo verdaderamente importante, decíamos. Y mucho más en este tiempo pandémico que nos ha tocado vivir. Vivimos recluidos, semiconfinados, con mascarilla, sin abrazos y no nos ha tocado la Lotería. Durante años teníamos el bálsamo de la Salud, no nos tocaba nada, pero éramos unos afortunados, de qué nos vamos a quejar, pero que egoístas somos, qué falta de escrúpulos, nos queda la salud, el mayor y mejor bien, y que eso nadie lo dude porque no hay duda alguna, nos repetíamos. Este año lo hemos cambiado, no nos ha tocado la lotería, pero tenemos ya la vacuna, o casi.

No nos ha tocado la Lotería, nada de nada, y eso que llevabas cinco números, que este año no querías comprar, pero pasa lo que siempre pasa, cómo vas a llegar al bar, al trabajo o al portal y van a estar todos brindando con cava y tú no, pero no pasa nada si no brindamos, o hagámoslo por el gran motivo: tenemos salud. Bueno, tenemos vacuna. O lo que sea. Ojalá nos haya tocado a todos, un pellizco, para tapar unos agujeros, que todos tenemos y de muy diferentes profundidades, ojalá que sí, una buena noticia, una, tampoco pedimos tanto, en este tiempo que es una mala noticia en sí mismo. Yo he soñado durante varias noches que viajaba, que subía en un avión, y aterrizaba en Nueva York, Cuba o Roma. Pero será por otra cosa: no me ha tocado nada.

Brindo por la salud, por la vacuna, por los buenos momentos, y si es con cava catalán, no pasa nada, que las fobias son el veneno más peligroso y del que antes nos debemos alejar. Una vida envenenada no es vida. Brindemos, sí, por qué no, riamos a carcajadas, claro que sí, antes de que las lágrimas aparezcan de nuevo, porque aparecerán. Hoy es el gran día de la salud, la salud recurrente, la salud galvanizada como terapia, y también puede que sea el gran día del amor, del cariño, de la amistad, llámelo como mejor le parezca o como más lo sienta. Puede que ya nos haya tocado la Lotería, todo el billete del premio Gordo, y no nos hayamos dado cuenta. Nos sucede con frecuencia, sí, no valoramos lo que tenemos, y que tal vez es mucho, muchísimo, y añoramos lo que no tenemos, y que a buen seguro tampoco nos aporta tanto, o nos aporta menos de lo que intuimos. Es la condición humana, dicen. Búsquese la pastillita que quiera, justifique lo injustificable, enumere todo lo bueno, porque siempre hay algo bueno, súmelo, amplifíquelo y sea feliz por unos días. Aunque sólo sea por unos días. Y no, no nos ha tocado la Lotería. Pero tenemos vacuna, o casi.

CINES DE VERANO

Durante la infancia, cuando llegaban estas fechas, pasaba la mayoría de las noches en los cines de verano de Córdoba. Los balcones de un amigo daban al Coliseo, junto a la plaza de San Andrés, y de cuando en cuando, nos invitaba. Pero era en el Olimpia, ese cine con nombre de leyenda francesa de la canción, muy cerca de la plaza de Santa Marina, al que acudí en un mayor número de ocasiones. Ver las películas era el pago en especie por haber adecentado y refrescado el cine cada día, con manguera y bañador. Puedo recordar, como si hubiera sucedido la pasada noche, los preparativos de mi madre para el reto que suponía ver Ben-Hur en un cine de verano. Una botella de agua casi helada y una barra de pan convertida en interminable bocadillo: bonito con tomate, por supuesto. Y Charlton Heston, ese romano menos romano que nunca hayamos podido imaginar, sobre la cuadriga, dale que te pego, noble y esclavo, líder de masas, converso y convertido, pero estrella del celuloide por encima de todas las consideraciones. Y así recuerdo cientos de películas, muchas de ellas de infame calidad. Todas las del dúo Esteso y Pajares, que en realidad no fueron tantas, las comedietas italianas protagonizadas por Jaimito, ese supuesto niño grande picarón interpretado por el “gran” Alvaro Vitali, las de Louis de Funes, ese cómico gabacho a lo Paco Martínez Soria o las de Terence Hill y Bud Spencer, que durante un tiempo se convirtieron en mis favoritas. Todavía no lo puedo comprender. La verdad es que esa pareja tenía algo de Quijote y Sancho Panza, de Asterix y Obelix y, sobre todo, de nuestros Capitán Trueno y Goliath. El bestia y el listo, y no pregunte quiénes de ellos ocupan los citados puestos.

Merecen mención aparte, por su cantidad, intensidad y capacidad hipnótica, y tal vez merezcan una novela, estudio, ensayo o similar, las películas de artes marciales, o de chinos, como las nombrábamos en mi barrio, que ocuparon entre agudos alaridos, rocambolescos saltos y bigotes afilados decenas de mis noches en los cines de verano. El fenómeno Bruce Lee, que sí interpretó algunas películas de cierta calidad, como Operación Dragón o El furor del Dragón –ya había dragones antes de Juego de Tronos-, desembocó en una riada, cuando no maremoto y puede que hasta tsunami, de producciones que saltaban de la B a la Z en un plis, canallas en sus interpretaciones, inclasificables en sus tramas, abominables en su mensaje: la venganza da sentido a la vida, e insufribles desde cualquier punto de vista. Curiosamente, hasta la película más petarda perteneciente a este género conseguía lo que no consiguen verdaderas obras maestras de la cinematografía mundial: la imitación por contagio. Nada más acabar la película de turno, las calles se poblaban de docenas de improvisados luchadores, hoy lo llamarían flashbruceleelovers o algo así, que trataban de emular lo contemplado en la pantalla, entre salamanquesas y mosquitos tamaño B52.

Solo recuerdo haber imitado a un actor no oriental a la salida del cine, a Nicholson tras ver esa delirante y maniática comedia que es Mejor imposible, trataba de no pisar las líneas rectas de las baldosas. Es el único que se ha aproximado a eso que lograron aquellas infames películas de artes marciales y las de Bruce Lee que contemplé en mi infancia y juventud. Pero no todo fue cine de casquería, recuerdo ciclos hasta el amanecer de Kubrick, Spielberg, Chaplin o Coppola. Y es que, por suerte, el cine de verano, casi al mismo tiempo que nuestro país, se fue normalizando hasta lo que es hoy, salas con techo de estrellas en las que se exhiben las películas que se pueden encontrar en cualquier cartelera de cine. Como cada verano, en numerosos puntos de Andalucía, no con la abundancia del pasado, indiscutiblemente, se siguen manteniendo estas salas temporales que nos ofrecen fresquitas veladas compartidas, de botellín y bocata, entre jazmines y albero, ya no tan contagiosas, en cuanto a gritos y extrañas posturas, en torno al cine. No es mal plan para una noche de verano.

LA NUEVA NORMALIDAD

Es terrible, a ratos atroz, grotesco en ocasiones, el vocabulario que hemos incorporado en las últimas semanas a nuestras vidas: desescalada, escalada, pandemia, confinamiento, virus, pandemia, el o la covid, qué poca poesía, y qué narrativa más tosca y negra. Aún así ya han llegado las primeras novelas sobre este tiempo tan chungo. Mi admiración por esos velocistas de las letras. Escribir una novela, con su correspondiente corrección, maquetación, diseño y promoción en poco más de dos meses. Hasta el mismísimo Balzac sentiría envidia de tal, tal, cómo decirlo, capacidad, facilidad, agilidad, la verdad es que no termino de encontrar el adjetivo adecuado. Volviendo a las palabras, tal vez un tiempo feo requiera de palabras feas, de no sacrificar en vano a las más bellas, que no lo merecen -por otra parte-. Tampoco lo merecemos nosotros. Otra de las expresiones de nuevo cuño es la denominada “nueva normalidad”, que si usted le dedica unos segundos a analizarla tal vez le descubra más significados y fronteras de las que podamos imaginar. A mí lo de la nueva normalidad no es que me suene a algo feo, me suena a algo que tal vez no me guste demasiado, porque me gustaba, y mucho, mi normalidad de hasta ahora. De bullicio, de gentío, de aglomeración, incluso, sin control, sin pensar en los horarios, en las concentraciones, en la afluencia, casi sin pensar en nada. Y claro, esto es otro rollo. Pasamos de una farra con enganchón hasta la madrugada a una cita planificada por la agenda del teléfono. Yo soy muy de bullas, me gustan. La nueva normalidad hubiera quedado muy chulo como nombre para un grupo ochentero, de la Movida, con un toquecito techno, si me apuran, con pelos escaldados y hombreras como alas de cigüeñas. Puedo ver la portada del disco.

En la nueva normalidad no hay abrazos, ni besos, tampoco festivales, ni ferias, y los niños a los colegios nos cuentan que solo irán la mitad. Y las presentaciones de libros, ay, podremos entrar unos poquitos, un puñadito, como en los museos, o en los cines. Y en la nueva normalidad, que no moralidad -y eso que haría falta, sobre todo para algunos-, viajaremos en aviones sin pegarnos codazos, cuando nos dejen, pero serán más caros, y lo mismo nos sucederá con los trenes. Y tendremos miedo a subirnos a un autobús, y cuando alguien vaya sin mascarilla lo contemplaremos como un delincuente y el sonido de un estornudo sera tan terrorífico como el de una bomba. Y ya no voy a tratar de anticipar todos esos efectos que le presupongo a la nueva normalidad y como si de un camaleón me tratase, me adapto a ella, no sé si por salud mental, oportunismo o supervivencia. Lo que le pido, ya que es nueva imagino que aún está en proceso de conformación, es que por una vez que no ganen los de siempre. Porque si a los ciudadanos de pie, a los curritos, se nos obliga a cambiar, que cambien también los demás. Que la igualdad y la riqueza, sí, de una vez por todas, sean equitativas a toda la población, y que lo mismo ocurra con las oportunidades. Que mis hijos, y los suyos y los de más allá, salgan del mismo punto de partido y que recorran los kilómetros que ellos mismos decidan o puedan, en virtud a su vocación o talento, pero no por la disponibilidad económica de sus padres. Lo estoy diciendo, y sé que no sucederá.

La nueva normalidad debería ser, según tengo entendido, la de las ideas y la creatividad, y por eso mismo ya empiezo a desconfiar. Esta misma semana, dos meses después de que comenzara el Estado de Alarma, el ministro de cultura ha anunciado las ayudas al sector. Que son, a una parte del sector, claro, a la industrial. Para los que escribimos los libros, o componen las canciones o filman las películas no hay nada. Que sí, que sin industria no hay cultura, pero sin el hecho creativo, sin las canciones, los cuadros o las novelas, tampoco la habría, y a ese embrión nos han dejado atrás. Espero y deseo que eso no forme de la nueva normalidad y que solo se trate de unos primeros auxilios, de apagar los primeros fuegos, y que luego nos tendrán en cuenta. Sé que no será así, pero quiero ser optimista. Como lo soy, aunque pueda parecer lo contrario, con la nueva normalidad, que lo mismo hasta me acaba gustando. Fíjate tú.

LA VENTANA INDISCRETA

Calculo que debió suceder como a finales de los 80 o principios de los 90, hace una pila de años en todo caso, en aquella España colorista de hombreras alocadas, la Movida en su máximo esplendor, que solo contaba con dos cadenas de televisión. Pues en la Segunda Cadena, hasta no hace tanto de eso la UHF (eso ya es cavernícola), programaron, creo recordar que los lunes o martes por la noche, un ciclo de películas del gran Alfred Hitchcock. Nada más enterarme, lo primero que hice fue plantarme en uno de aquellos bazares con nombres que relacionábamos con gangas legendarias y lejanas, como Ceuta, Melilla o Canarias, para surtirme de un buen número de cintas de VHS -sigamos con las siglas del Pleistoceno-. TDK de 240 minutos, que con suerte grababan dos películas cada una, si ajustaba bien los tiempos. Para eso contábamos con el TP, claro, el gran Tele Programa, aquella diminuta revista que era una especie de Biblia para los teleadictos como yo. Allí te detallaban, con un tamaño de letra que te maltrataba la vista en dos segundos los actores protagonistas, el director y, claro, la duración de la película. Fui muy feliz viendo, grabando y volviendo a ver todas esas grandiosas películas de Hitchcock, de la terrorífica Psicosis (qué mal lo paso si me ducho y no hay nadie en casa) a la turbadora Vértigo, pasando por la taquicárdica Los pájaros o la agónica Con la muerte en los talones. Muchas de mis referencias, y no me detengo solo en las cinematográficas, se las debo a Hitchcock. Pocos directores han narrado tan bien, con tanta precisión, esmero y sencillez una historia, sin confundir al espectador, siendo muy hábil, y economista, con la cantidad de información que te aporta en cada momento. Recuerdo al gran maestro del suspende porque recientemente se han cumplido 40 años de su fallecimiento, pero también porque una de sus películas se ha convertido en las últimas semanas en una de las grandes metáforas que resumen nuestra vida en el encierro. Me refiero, claro, a la maravillosa La ventana indiscreta.

No tan elegantes como el escayolado James Steward -menudo papelón se marca-, la mayoría sin una Grace Kelly que nos visite de tanto en tanto, nos apostamos en nuestras ventanas y, sin necesidad de prismáticos, vamos observando y, sobre todo, evaluando el comportamiento de los que contemplamos. Ese de verde, el que va con dos niños, se creerá que somos tontos, que lleva puesto un chándal y cuando nadie se da cuenta, se pone a correr antes de tiempo. Aquellos de allí, se nota a la legua que son coleguitas, seguro que hasta llevan un botellín escondido, que se toman a las primeras de cambio. Y esa mujer, por favor, que se ha pasado en dos centímetros el distanciamiento social por el forro, que juegue con su salud, pero no con la de los demás, habrase visto. Y los de las azoteas, qué sinvergüenzas los que tienen azoteas, dándose sus buenos paseos cuando el resto no hemos podido. Es que deberían haber clausurado hasta los patios y jardines particulares, oye, que no hay derecho que haya gente tan bien y otros que los estemos pasando tan mal.

Tenemos la ventana física, la de cristales y puertas, pero también contamos con esas otras ventanas, virtuales, que se encuentran en los medios comunicación, que en algunos casos habría que denominarlos de otro modo, y en las llamadas redes sociales, que tan antisociales pueden llegar a ser. En las últimas semanas se ha abierto la veda y de qué manera, cualquiera se erige en sheriff del lugar y determina lo que está bien, lo que está mal, cuándo, dónde y cómo tenemos que actuar. Tal cual. Ellos tienen miradas telescópicas y determinan distancias y comportamientos, y por supuesto saben de virus, economía, política, literatura y de lo que haga falta. Ahí están, no están escayolados, pero también tienen su tara, rebosan ejemplaridad y certidumbre, porque todo lo tienen clarísimo. Y así lo cuentan, casi ordenan, con tanta contundencia que a los demás, pobres ignorantes, solo nos queda obedecer, y seguir al pie de la letra sus sabias enseñanzas. Me temo que con estos ejemplares el maestro Hitchcock bien poco podría haber hecho. Un remake chusquero, como mucho, al que tendría que haberle cambiado el título: La razón de los idiotas.

LEIA

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme, pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias improbables, difusas. Acaso en mi cerebro tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar, pero pasó. Recuerdo que me costó mucho, muchísimo, contarle la terrible noticia a mi hijo, que había estado pendiente de los periódicos tras el infarto padecido en pleno vuelo. A pesar de que solo contaba con 11 años en ese momento, de que sólo ha vivido conscientemente el estreno de las tres últimas entregas de la saga, mi hijo es un seguidor/fanático/especialista/fan de Star Wars. Hasta límites que me costaría mucho tiempo y espacio poder explicar. Han Solo, Luke, R2-D2 o Leia Organa, claro, ya forman parte de su breve, aunque intensa, educación cultural y emocional. Ha visto las películas en decenas de ocasiones, repite de memoria buena parte de los diálogos, domina a la perfección las relaciones familiares que existen entre los personajes, y no tiene ese embrollo mental de los que comenzamos por el capítulo 4. Capítulo que para él no se titula La guerra de las galaxias, como todos la conocimos, sino Una nueva esperanza, que es su título real. Isra se pasa las horas conversando/compitiendo con mi amigo Manolo sobre aspectos de las películas. ¿Capítulos con nieve? Pregunta uno, y responde el otro. ¿En cuántos aparece la Estrella de la Muerte? Pregunta el otro y responde el uno, y así con dos mil preguntas más, algunas de tal dificultad y rareza que soy incapaz de reproducir. El confinamiento les ha trastocado una partida que tienen pendiente del Trivial Pursuit galáctico.

Reconozco que disfruté casi tanto como ellos escuchándolos hablar, discutir, sorprenderse durante la proyección de The Rogue One, esa entrega sin numerar de la celebérrima serie galáctica, o tras ver El ascenso de Skywalker, que es un dignísimo epílogo a la saga. Saltaban, se emocionaban, yo también lo hacía, lo reconozco, y hasta rozaron el éxtasis cuando Leia, rejuvenecida a base de látex y efectos especiales, protagonizaba un brevísimo cameo. Una chica muy pálida venía de algún astro a jugar en tu sueño contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje por el cielo, y volvía para no abandonarte nunca más.

En otras condiciones, lo que acabo de desvelar sería digno de multa o sanción, pero a estas alturas, consecuencia directa de su fallecimiento, ya todo el mundo sabe que la princesa Leia, Carrie Fisher, aparece en la última entrega de la saga, lo han contado todos los periódicos. Spoiler, dicen los modernos. Sin caer en la coleccionista ilustración de mi hijo, reconozco que la muerte de la princesa Leia me rozó por dentro, ya que ocupaba un lugar muy destacado en el, gozoso y desordenado, almacén de mi memoria infantil. Tengamos en cuenta, además, que fue un personaje icónico, simbólico en muchos aspectos, una aventajada a su tiempo, en cierto modo. Acostumbrados, como estábamos, a princesas alicaídas y sumisas, entregadas a las decisiones de los otros, y siempre hombres, Leia era y siempre será una princesa rebelde, que luchó por escapar de la dictadura de las fuerzas del mal, con láser en mano, si era necesario. Y lo hizo en un mundo, aunque ficticio, tremendamente masculinizado, colmado de buenos y malos, muy malos, protagonizados siempre por hombres. El que, a pesar de todo esto, Leia deslumbrara y se convirtiera en un elemento esencial de la saga hay que valorarlo como se merece, y anotarlo en el haber de la difunta Carrie Fisher.

Mi hijo, aquel funesto día, ordenó todas sus figuras, naves y demás accesorios de Star Wars para comunicarles la terrible tragedia. Una ceremonia sencilla, breve y triste. Creí ver cómo los ojos de plástico de Han Solo se humedecían, pero tengo claro que no fue más que el efecto de una emoción contagiosa. O no (Toy Story pesa lo suyo). Curiosamente, el luto de mi hijo duró poco, apenas un par de horas, y lo dio por concluido tras decirme: papá, no ha muerto Leia, ha muerto Carrie Fisher, la princesa sigue viva. Lección de vida, lección de magia, los mitos permanecen y somos nosotros, los mortales, los que nos vamos. Y concluyo con un nuevo fragmento de este hermoso poema de Luis Alberto de Cuenca: Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia Organa, para ser más precisos. Un nombre que sonaba a romance galáctico, a balada espacial, a cantar de gesta del futuro. Que la fuerza te acompañe.

EL AMOR NOS SALVARÁ

Están enamorados y no lo saben. O sí, pero no lo quieren aceptar. Porque aceptarlo supone dolorosas rupturas, lágrimas, convulsiones familiares, abogados, pactos, tutelas y demás jergas administrativas que se cuelan en nuestras vidas, cuando el amor se acaba. Porque el amor, como el gas de la bombona, la cerveza del barril y el vino del tonel, un día se acaba. Cualquier día, sin avisar a veces, por cansancio, por hartura, por aburrimiento, por dolor, por rencor, por sinceridad, por lo que sea, pero se acaba. Ellos están en las antípodas, en los cimientos del amor, en el fulgurante inicio, cuando todo es magia y mariposas en el estómago y calambrazos y frenesí. Cuando el descubrimiento, de tus propias reacciones provocadas por una nueva persona, es el paraíso de las emociones. Y que a ellos les gustaría descubrir en cada mirada, en cada comentario y, sobre todo, en cada despedida, pero no se atreven. La despedida de los jueves es la peor, por lo que anuncia, por lo que anticipa, por el letargo. Este pasado jueves a él le costó decirle que no volvería al gym hasta el martes, le costó tanto que no pudo mirarla a los ojos, tal vez sintiéndose como un traidor antes de entregar su patria al enemigo. Y ella le buscó los ojos, buscando una explicación, o tal vez porque no podía creer lo que escuchaba, o por yo qué sé, aún no sé si defraudada o dolida. El amor no entiende de horarios, tampoco de espacios, de circunstancias, ni de olores, no entiende de nada y lo entiende todo. Cada mañana, en el gimnasio, desde la distancia, contemplo a esta pareja de enamorados, que aún no lo saben, vivir su particular Los puentes de Madison entre mancuernas y sudores, entre bicicletas elípticas y abdominales.

Están enamorados y no lo quieren saber. Y debe tratarse de un amor intenso y profundo, como una de esas abisales fosas marinas que ni los submarinos son capaces de acceder, un amor especial, diferente, que no tiene en cuenta ese ángulo feo que todos podemos ofrecer en el gimnasio. Porque, salvo aquellos que acuden por la charleta, por ligar o simplemente mirar, que los hay, todo hay que decirlo, el gym arranca lo peor de nosotros mismos porque cuando lo estás pasando peor, incluso cuando lo pasas peor por decisión propia, y pagando, el colmo entre los colmos, con lo bien que se está en el sofá o en la cama, sale de ti tu lado más feo, ese gesto grosero ante el cansancio o ante ese esfuerzo desproporcionado que te conecta directamente con las eléctricas agujetas. Hay que estar muy enamorado, o estar infectado, ahora que las infecciones son un tema de actualidad, de un amor tan sincero como bello, para superar todas esas adversidades y encontrar en el otro, en la otra, ese rayo de luz que creías perdido en la oscuridad de la rutina. Desde la distancia los veo hablar, sonreírse, incluso descubro celos, inquietud, cuando un tercero se cuela en su pública intimidad, pero intimidad a fin de cuentas. A él, cuarenta y cinco años le calculo, así a ojo, se le nota especialmente, sobre todo cuando ese chico joven, con aspecto de futbolista de la Alemania pre caída del Muro se acerca a ella –treinta y ocho, no más-  y hablan entre sonrisas. Él, entonces, lo veo desde la distancia, se siente con muchos más que esos cuarenta y cinco años que realmente tiene y daría lo que fuera por retroceder en el tiempo.

He pensado mucho en los enamorados del gimnasio durante este largo fin de semana, en cómo estarán sobrellevando la separación. Por solidaridad, como homenaje a su amor, a pesar de lo que puede implicar de traicionero, solo pienso en que llegue el martes y que esa anormal normalidad se restablezca. Eso solo lo consigue el amor, como lo consiguió en Los puentes de Madison, a ellos regreso, que todos nos pusimos de parte de Clint y Meryl, y no tuvimos en cuenta a esos terceros, a esos hijos e hijas, que hasta contemplamos como un estorbo. En más de una ocasión, a mis enamorados sin saberlo del gimnasio los he imaginado como a los protagonistas de Lady Halcon, más cine, una levísima caricia antes de despedirse, recién duchados, con olor a Magno y Sanex, antes de regresar a sus respectivos trabajos o a sus respectivas familias, en su particular amanecer. Imaginar este romance que, con seguridad, no sea cierto como antídoto contra el aburrimiento, el cansancio y la apatía, demostración de que el amor, incluso el imaginado, lo salva todo.