RUPTURAS

Leía la pasada semana, en este mismo diario, que el 11 de diciembre es el día de las rupturas matrimoniales, así a modo de resumen. La fecha sale de un portal llamado Information es beautiful, que con toda probabilidad con ese nombre será el espacio virtual favorito de Zuckerberg y de Trump, y que tras un estudio a más de dos mil millones de usuarios de Facebook, da como resultado que el 11 de diciembre es cuando más se cambia la información sobre el estado sentimental en la red social de marras. Nos vigilan, hasta ese punto: Tinder al acecho. La explicación de algunos especialistas sustenta con gran lógica este argumento: la frase comida familiar de Navidad provoca en nuestro interior convulsiones y cambios anímicos similares a los que padecen aquellas personas mordidas por un zombie o vampiro. Porque lo que debería ser un momento entrañable se convierte en un inasumible reto, con frecuencia, en una maratoniana prueba emocional que no todo el mundo está dispuesto a superar. En el mismo artículo, se señala que la segunda fecha con mayor influencia en las rupturas de pareja se produce con el inicio de cada nuevo año. De hecho, al primer lunes del año los especialistas ya lo denominan Día D (de Divorcio). Y son muchas las causas, las explicaciones, las tesis y los teoremas, que básicamente se resumen en uno solo: si muchas parejas apenas se aguantan en el día a día, cuando se ven lo justo por los trabajos (quien tenga), rutinas y demás, la situación se convierte en insostenible cuando llegan los periodos vacacionales, muy prolongado el contacto, con el aliño del componente familiar. Hoy no vamos a hablar de suegros y suegras, de cuñados y cuñadas, pero todo el mundo sabe, por propia experiencia, que bien podríamos escribir todo un periódico, un manual obeso y hasta una enciclopedia de varios tomos, que son muchos los casos, los ejemplos y las aristas a analizar en el siempre complejo universo familiar.

Este artículo de las rupturas sentimentales me trasladó a la novela de Isaac Rosa, Feliz final, en la que narra con brillantez, emoción e hilando muy fino, tanto que todos nos podemos sentir representados, el fin de una pareja. Y casi coincidió en el tiempo, el citado artículo, con el estreno, por llamarlo de algún modo, de Historia de un matrimonio. Que las series de televisión y las plataformas han creado un nuevo concepto audiovisual es más que una evidencia. Y que en este cambio Netflix ha dado un paso más largo que el resto tampoco hay quien lo discuta. El año pasado lo hizo con la sensorial Roma, de Alfonso Cuarón, y este año ha ido más lejos con el El irlandés, de un tal Martin Scorsese o con la referida Historia de un matrimonio. Un inciso. Con respecto a la película de Scorsese, que tanto se está comentando, indiscutiblemente no es una de sus obras mayores, no es Uno de los nuestros o Taxi Driver, no, pero está muy por encima de la media de lo que podemos contemplar. Porque, a fin de cuentas, es una película de Scorsese, con todo lo que eso entraña.

Hay quien reconoce en Historia de un matrimonio una nueva Kramer contra Kramer, aquella legendaria película que nos instruyó en el divorcio y sus dolores cuando aún éramos unos novatos en el tema. Es una analogía demasiado simple, entiendo. La película de Noah Baumbach es una recreación de la ruptura desde todos los ángulos posibles, y contando con la participación de todos los afectados, en primer, segundo y tercer grado, de la pareja misma, a los hijos, y sin olvidarse de la familia y amigos. Fascinantes las interpretaciones de Scarlet Johanson y de Adam Driver, así como del resto del elenco, con unos sobresalientes Alan Alda, Laura Dern y Ray Liotta. La crítica coincide en una palabra para definir esta película: desgarradora. La palabra más acertada en este caso. Ya que toda ruptura supone eso, un auténtico y emocional desgarro, perder una parte, ya sea el 11 de diciembre, el primer lunes del año o el 23 de junio, mientras suena la canción de Vetusta Morla.

EL DESPERTAR DE LAS EMOCIONES

Yo debía tener diez años, calculo desde la niebla de la memoria. Recuerdo una cola interminable para poder acceder al cine, el Cabrera Vistarama, en Ciudad Jardín. Esa nueva Córdoba, de porteros electrónicos, ascensores e hipotecas a 40 años, que había crecido al mismo tiempo que desaparecía esa otra Córdoba, la de siempre, de patios tumultuosos, calles empedradas y aseos compartidos. Esa Córdoba que ahora exhibimos para disfrute de los turistas, que guardan interminables colas para contemplarla. Esas paradojas del tiempo. De la mano de mi madre fui a ver La guerra de la Galaxias, ese primer episodio, que años después se convirtió en el cuarto, y que se apoderó de la denominación de la saga para olvidar el que realmente era su título: Una nueva esperanza. No creo que tardara más de cinco minutos en caer rendido por la fascinante propuesta de George Lucas; sobrecogido por la atronadora y característica banda sonora de John Williams, hipnotizado por aquel desconocido universo de androides, naves espaciales y seres estrambóticos.

Las siguientes entregas de la saga las contemplé con amigos del barrio, con semejante emoción que en aquella fría tarde de invierno en el Cabrera Vistarama; celebraciones colectivas en vibrantes tardes de domingo. Tuvimos que esperar unos cuantos años hasta que pudimos ver los que han denominado como los tres primeros episodios, vaya galimatías de precuelas, aunque he de reconocer que las emociones del pasado no se repitieron. El experimento de Falcon Crest galáctico en holograma, o esos videojuegos con tantos e interminables diálogos, nunca me conmovieron. Es más, consiguieron que añorara, más y más, las tres primeras entregas estrenadas.

Hace unos días, en esta ocasión de las manos de mis hijos, fui a ver El despertar de la fuerza, el nuevo episodio de la célebre saga. Curiosamente, y casi a modo de repetición generacional, mi hijo mayor tiene 10 años. Le paso el testigo. Y como en la primera ocasión, casi cuarenta años después, en menos de cinco minutos me sentí atrapado por la historia que contemplaba en la pantalla, y lo mismo les sucedió a mis hijos; me reconocí en sus expresiones de asombro. Emoción que fue en aumento, con las apariciones del pasado que se van sucediendo a lo largo del metraje -no spoiler-. El halcón milenario, R2-D2, Chewbacca y esas espadas láser que vuelven a brillar como tenía grabado en la memoria. Porque en El despertar de la fuerza se recupera la estética que contemplé en la niñez, como un auténtico y sublime revival galáctico. En cierto modo, todo vuelve a ser como nunca debería haber dejado de ser. No me cabe duda de que ha sido un gran acierto encomendar la dirección de esta nueva entrega a J. J. Abrams, al que la mayoría descubrimos en Lost, y que posteriormente nos ofreció una auténtica lección de lo que es el ritmo en la narración cinematográfica en Super 8, esa reunión de un sinfín de elementos de esa -denominada- cultura popular que nos ha marcado a varias generaciones, de Los Goonies a La guerra de los mundos. Habilidades, y un portentoso sentido para el espectáculo, que pone al servicio de El despertar de la fuerza, construyendo una apabullante maquinaria visual que consigue aplastarte contra la butaca en numerosas secuencias. Y conste que acudí al cine con el eco de las críticas que había leído con anterioridad, y que en diversas ocasiones no te animan, precisamente, a comprar tu entrada de cine.

A lo largo de los años, y me da igual la disciplina, he comprendido que más allá de los cánones, las alabanzas u objeciones de los críticos sesudos, más allá de la técnica y de las referencias cultistas, el arte cuenta con un gran elemento diferenciador: la emoción. Yo, al menos, eso es lo que le pido a una película, a una canción, a un libro o a un cuadro, que me emocione, que me conmueva, que me arañe, que me provoque, que no me deje indiferente. Y que lo haga por su belleza diferente, desde mi incomprensión, irracionalmente, sin tener en cuenta las reglas, los estilos, los registros. Esa emoción inexplicable que nos arrebata las lágrimas o que nos retuerce las tripas. Esa emoción que te traslada, en menos de cinco minutos, a tu propia infancia.

EL PODER DE LA CULTURA

En una televisión privada, Movistar, ha comenzado un programa titulado El poder de la música que debería estar en la parrilla, por pedagogía, calidad y necesidad, de una televisión pública, abierto a todo el mundo. La dinámica del espacio es muy sencilla: conocidos personajes, de muy diferentes ámbitos, cuentan a la cámara canciones, artistas, bandas, que han sido muy importantes en su vida, por los más distintos y variopintos motivos. Una emocionada Alaska, en la primera entrega, narraba, incluso con lágrimas en los ojos, lo que ha supuesto la figura, la música y las canciones de David Bowie en su vida. He de reconocer que me sentí plenamente identificado con Alaska, es de mi club. Siempre recordaré cuando me enteré de la muerte de Bowie, en un atasco, bajo la lluvia, dentro del coche, la voz del locutor al anunciarlo. Lloré durante varios minutos con las manos apretadas al volante, impotente, desconcertado, huérfano en gran medida. Y lo mismo me sucedió con Prince, Eduardo Benavente o Lennon. Hay canciones que me reportan tal cantidad de emociones que soy incapaz de administrar y calcular mis reacciones. Escuchar a Calamaro, en directo, cantar Paloma sigue siendo un chute de melancolía que me es imposible disimular. El viento a favor, El extranjero o Maldito duende, de Enrique Bunbury. Los Beatles, Dylan, Los Planetas, Viva Suecia, qué sé yo. No cito más ejemplos, avalancha. Y encuentro emociones similares, en intensidad, en descontrol emocional, en la literatura o en el cine/series. Soy el típico espectador llorón, lo reconozco, y necesitaría seis páginas de periódico para enumerar todas las escenas que me han enrojecido los ojos. Cuando acabé de ver Toy Story 3 tuve que permanecer en la butaca del cine varios minutos porque me daba vergüenza abandonar la sala con semejante llorera, y mientras pude me camuflé en las sombras.

En mis últimas novelas, trato de explicar y definir a mis personajes a través de sus consumos culturales. Porque somos como y lo que comemos, como conducimos, como vestimos o como fumamos (los que fumen), pero somos, sobre todo, lo que consumimos culturalmente. La música que escuchamos, los libros que leemos, las películas que vemos o las exposiciones que visitamos conforman nuestra personalidad. No son circunstancias livianas de nuestras vidas, meros adornos, no, nos construyen, nos perfilan, nos definen. Y, en cierto modo, tejen una red social invisible pero real que tiende a reunirnos, a seducirnos, a encontrarnos. Es emocionante toparse con otras personas que comparten tus mismas inquietudes, que se emocionan con expresiones similares a las que tú. Alivia, gusta, te proporciona una sensación de pertenencia, de inclusión, a un grupo, a un clan, a una tribu de seres similares. A la Literatura, por ejemplo, algo que nunca me cansaré de repetir, le debo algunos de mis mejores amigos, que son algo parecido a una familia, según pasan los años. Y eso nunca sabré como agradecérselo, además de todas las satisfacciones que me reporta a diario, cada vez que tengo un libro entre las manos.

Dicen que los hijos tienen que matar, en un sentido metafórico, a sus padres, consecuentes con el tiempo en el que se desarrollan. Siempre tiempo con circunstancias muy diferentes a las nuestras, muy diferentes, por muchos paralelismos que pretendamos establecer. Por eso, yo no quiero ni pretendo que a mis hijos les gusten la música, las películas o los libros que a mí me gustan, eso sería un ejercicio de onanismo fundamentalista. Lo que quiero, y pretendo, es que también se dejen emocionar, construir y definir por las expresiones culturales con las que más se sientan identificados. Que hagan de la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, un elemento cotidiano de sus vidas. Porque estoy seguro que las suyas serán vidas más ricas, más limpias, más libres y menos solitarias. Porque la cultura, al menos así yo la entiendo, puede llegar a ser la compañía más estable, duradera y fiel con la que te encuentras a lo largo de tu existencia. Gracias a la música, a los libros, a las películas, siempre me he sentido acompañado, nunca solo, y eso no es poco.

UN DÍA CON EL MAESTRO

En el año 2001, acababa de cumplir 80 años, tuve la oportunidad de pasar unas horas, casi todo un día, con uno de los más grandes directores de cine que hemos tenido: Luis García Berlanga. Recupero lo que escribí en su momento, cuando se cumplen 9 años de su muerte.

A principios de semana, tuve la oportunidad de compartir un día con un creador que admiro y venero como maestro, y que proclamo como genio. Su nombre: Luis García Berlanga. Ni que decir tiene que los prólogos al encuentro se caracterizaron por el nerviosismo y la vergüenza. Yo, que siempre he reconocido mayores influencias cinematográficas que literarias, me enfrentaba cara a cara con uno de mis grandes maestros. Lo confieso: me temblaban las piernas.

A sus ochenta años recién cumplidos, Luis –tuteo por obediencia al maestro- posee esa vejez dicharachera, sabia, libertina-libertaria, mordaz y ocurrente que sólo unos pocos alcanzan. Físicamente, su cuerpo se mantiene sobre unas rotulas de titanio, que le robotizan un tanto el movimiento, pero conserva ese corpachón suyo tan característico. Mentalmente, el disco duro de su memoria se encuentra en perfecto estado, rebosante de datos y anécdotas, que narra sin rubor porque Luis ya está en otra cosa –o en sus cosas-.

Ríe como un niño que ha recibido un regalo, se fija en los pies –en los tacones- de las jovencitas con el descaro de un quinceañero, habla del cine actual con la pasión del forofo futbolero y recuerda su vida con la gratitud del que ve cumplido sus sueños. “¿Bienvenido Mr. Marshall? Sí esa es la peor película que he hecho”, y te lo dice así, como si tal cosa, y claro, se te queda cara de tonto, porque tú la has visto treinta veces y te sabes los diálogos de memoria. Y algo parecido sucede si le mentas “El verdugo” o “Plácido”, auténticas obras maestras, vigentes por calidad y actualidad, y que él cataloga como películas “que no me quedaron tan mal”. Porque su preferida es “París-Tombuctú”, y se queda tan ancho.

Hoy Luis es transparente, y te habla con naturalidad del sexo que le gusta practicar u observar, de las horas que le dedica a los cómic y revistas pornográficas –todo un experto- y del alejamiento voluntario que practica encerrado en su caótico estudio. Ya no tiene que seguir alimentando al personaje. Eso sí, se mantiene en su tradicional condición: “soy lesbiano”. No es una broma del viejo maestro; es pura sabiduría.

LA CÁMARA TE QUIERE

Poetas que nos visitaron, que compartieron sus poemas, que es lo mismo que compartir las entrañas. Acabó una nueva edición de Cosmopoética, God Save The Poetry, repitamos una y mil veces, que es el reinado más justo y hermoso de cuantos podamos encontrar, vivir y, sobre todo, leer, como una forma de sentir. Una edición con sonido british, punkarra en su concepción, y que, como viene siendo habitual, ha contado con algunos de los nombres más representativos y prestigiosos del panorama poético nacional e internacional. Poética viajera, de Chernóbil a Venecia, de Manchester a Valencia, por las callejuelas de Córdoba, el hombre del paraguas sigue sin protegernos de los poemas, y que no lo haga nunca, que esa lluvia siempre se agradece, que nos moje y cale hasta lo más adentro. Tiempo de lecturas, diálogos y presentaciones. La recién clausurada edición de Cosmopoética ha servido de rampa de lanzamiento de la última criatura literaria de Pablo García Casado: La cámara te quiere. Los lectores de Pablo padecemos durante años su ausencia, no se prodiga tanto como nos gustaría, pero siempre vemos compensada la espera cuando leemos sus nuevos libros. En cada uno de ellos, desde Las afueras a La cámara te quiere, García Casado ha sido capaz de reinventarse y de, sobre todo, adentrarse en espacios que no han sido habituales de la poesía. Una demostración constante de que no hay ámbitos estrictamente poéticos, que las fronteras están abiertas y que todo y todos podemos caber en un poema. El atlas sigue sin coordenadas estables, en permanente construcción. Superado con creces el espacio de lo cotidiano, de lo real, Pablo nos ha llevado por las alcantarillas más insanas del dinero, por la inquietud del padre ante la vulneración de los derechos sociales y ahora nos sumerge en el mundo de la pornografía, desde muy diferentes puntos de vistas.

La cámara te quiere es un libro sobrio, sin concesiones, sin una lírica de auxilio o de victimismo, tampoco de justificación, sobre un mundo que nos es más familiar de lo que realmente solemos confesar, al menos públicamente. Las cifras de consumo, producción y distribución son las que son, y no están soportadas sobre un público fantasma: somos nosotros. La pornografía, tal y como aparece en este poemario, puede ser el escenario ideal para lo sórdido, lo repulsivo, o lo esclavista, incluso, pero también puede representarse bajo la rutina de un oficinista que exhibe su cuerpo y su sexo, con un horario establecido, la nómina por tu tiempo y renuncias, como cualquier otro ámbito o sector profesional. Y también muestra, claro, a todos nosotros, a todas nosotras, al vecino que baja la basura, a los dueños del mando distancia o del ratón, al otro lado de la pantalla, deseosos que la cámara quiera más y más a los cuerpos que nos muestra. Un mundo que puede ser un juego, una provocación, una mera diversión, una fantasía o el sentido de una vida, de muchas vidas, desde el deseo, el trabajo o la obsesión. Por un precio, por un sueño, por esa pasión que no nos atrevemos a confesar. Y que tal vez sea una pasión común, cuando la pornografía no se sitúa tras la frontera de la marginalidad. Intento imaginar su día a día. A dónde va cuando se apagan los focos.

La cámara te quiere, de Pablo García Casado, también es una descarnada, profunda y lúcida reflexión sobre el éxito de la exhibición desmedida, esa orgía transparente en la que muchos han convertido sus vidas, que no dudan en mostrarse, más allá de la desnudez física, con tal de alcanzar los minutos de esa gloria que guarda tanto parecido con el infierno. Un poemario con el que García Casado vuelve a estirar el mapa de la poesía escrita en español, una vez más. Con sus poemas ilumina rincones que tradicionalmente han permanecido a oscuras, como si no formaran parte de nuestras vidas, cuando en realidad están muy presentes. También tú, a cualquier hora, pero mejor de madrugada.

TODO SOBRE ALMODÓVAR

Pedro Almodóvar, junto a Antonio Banderas.

Lo recuerdo perfectamente, es una de esas secuencias que siempre permanecerá en mi memoria. Palacio del Cine, o Palacio del Cinematógrafo, como lo denominaba Pablo García Baena en ese poema memorable e inmenso, que encierra un brokebackmountain cordobés, Impares, fila 13, solo cinco espectadores, incluidos mi hermano Pedro y yo en la sala. Los únicos, de los cinco, que acudíamos al cine con conocimiento de causa. Por aquel tiempo, el Palacio del Cine apostaba por aquel cine erótico acampanado, entre soft y ridículo, que se marcaba con una S, y el que una película se titulara Laberinto de pasiones estaba predestinada a formar parte de su programación. Eso mismo debieron pensar los otros tres espectadores, que fueron abandonando la sala, paulatinamente, unos minutos después de haber comenzado la proyección, visiblemente decepcionados. A Laberinto de pasiones, a Pedro Almodóvar, llegamos través de la música, en aquellos años iniciáticos y efervescentes de La Movida. Y es que Almodóvar, ese manchego gordito e irreverente, junto a Fabio McNamara, era frecuente en el Diario Pop de Radio 3, en Pista Libre o en La edad de oro, de la añorada Paloma Chamorro. El anzuelo fue la música, es cierto, pero lo mordimos, nos lo tragamos hasta lo más dentro, y durante años fui, como un beato al encuentro de su santo, a todos y cada uno de los estrenos de Pedro Almodóvar. Y durante años su cine me fascinó, me cautivó, a pesar de Tacones Lejanos, a pesar de Kika, pero ahí estaban La ley del deseo, Matador o Mujeres al borde de un ataque de nervios para mantenerme dentro del redil.

Provocador, irregular, genial tal vez por eso mismo, visionario, trasgresor, Almodóvar nos aportó una nueva mirada, más amplia y diversa, sobre nuestra propia sociedad. Alumbró los rincones, los puntos muertos, lo que no nos habían mostrado hasta entonces. Los yonkis, las travestis, los homosexuales, los chulos, los camellos, las marujas de siempre, las secretarias de verbo rápido o nuestros abuelos, se colaron en las pantallas de los cines, fueron visibles. Se normalizaron, en cierto modo. Le debemos a Almodóvar mucho más de lo que imaginamos, y es que su riesgo, su provocación, fue la llave que abrió la puerta del mañana, de este hoy que disfrutamos. Los llamativos colores de las viviendas de sus personajes se colaron en nuestras casas, consiguiendo, en gran medida, colorear, igualmente, una sociedad que aún seguía instalada en el blanco y negro mortecino y rijoso del NODO. Un verdadero soplo de aire fresco, en nuestra cinematografía, pero también, y sobre todo, en nuestra sociedad. El cambio de Siglo no le sentó nada bien a Almodóvar, y salvo en Hable con ella y Volver apenas recuperó ese latido, vigoroso y canalla, vertiginoso y ocurrente de sus inicios, como si el caudal de su creatividad se hubiera secado por completo.

Ha cumplido Almodóvar 70 años y lo ha querido celebrar recuperando buena parte del brillo y nervio del pasado. Su última película, Dolor y gloria, no puede considerarse como una de sus grandes obras, aunque sí que es muy superior a lo que nos ha ofrecido en los últimos tiempos. Si su cine siempre ha sido muy personal, rescatando momentos de su propia vida, Dolor y gloria tal vez sea la más autobiográfica, con un espléndido Antonio Banderas que encarna al propio director manchego. Convertir a Penélope en su madre, con seguridad forme parte de ese juego cinematográfico que ha desarrollado a lo largo de su trayectoria, en la que con tanta frecuencia ha recorrido la distancia que separa a la realidad del deseo gracias a la cámara. Estoy seguro que todavía nos quedan algunas maravillosas películas de Almodóvar por disfrutar, el tiempo lo dirá, aunque tampoco le exijamos en demasía a quien tanto nos ha dado. Con toda seguridad, siempre tendremos una cuenta pendiente con él.

PENÉLOPE CRUZ

Penélope Cruz

La vemos desfilando por la alfombra roja, en las presentaciones y fiestas más elegantes, exhibiendo con coquetería unas pestañas falsas, diseñadora de moda o reclamo de una causa justa y solidaria, y seguimos viendo a la Penélope que devoraba un bocadillo de salchichón en la escalinata del instituto. La chica de barrio, la chica del cinturón rojo de Madrid, la chica que se descoyuntaba en La quinta marcha, la chica que sedujo a Nacho Cano en un videoclip febril, la chica con los pechos con sabor a ajo, no es que se nos haya hecho mayor, porque Penélope siempre desprenderá un halo juvenil, pero sí que ya es una mujer, mujer mujer, en toda regla,. Y el Festival de San Sebastián ha querido, con acierto, reconocer su amplia y exitosa trayectoria.

No es Penélope una actriz de academia y técnica, de disciplina y artificio, no, se le nota a la legua, pero es que eso forma parte de su grandeza. Si se hubiera dedicado al fútbol, Pe hubiera sido nuestra Raúl femenina, la estrella lista, cuca, con la picardía del recreo, con la intuición a flor de piel y la ambición como bandera. Ese delantero que sólo cuenta con los cinco minutos que el entrenador le regala y que sabe aprovechar. Penélope ha aprovechado todas y cada una de las oportunidades que le ha ofrecido la vida, no ha pasado nunca de puntillas ante ningún reto, se ha atrevido con lo que no le creíamos posible y ya lleva un tiempo recogiendo los frutos de la siembra. Cuando le conceden la ocasión, Pe siempre marca el penalti. Para Bigas Luna fue la chorbita que se desea más por exageración que por mesura en Jamón, Jamón, para Fernández Armero fue esa amiga alocada y guay que a todos nos gustaría tener en nuestro primer piso compartido de juventud en Todo es mentira. Para Almodóvar ha sido todo lo que le ha pedido. El grito en un autobús, un torrente de lágrimas, una Silvana Mangano arrojada y de barrio, de chato de vino y pisto, de rabillo y copla, y hasta su propia madre en Dolor y gloria. Woody Allen quiso que fuera, en su película, la pasión desenfrenada, el amor imposible e irremediable, la tragedia de los celos, y Penélope se lo dio, con unas gotas de ese españolismo de portal y de charleta en la espera de la peluquería que ella tan bien maneja.

A Pe la contemplamos desde la familiaridad porque la hemos visto crecer, y, con frecuencia, no caemos en la cuenta de que ella y su pareja, el oscarizado Javier Bardem, tal vez sean las estrellas europeas más rutilantes de la cinematografía actual. Es Penélope Cruz una actriz en constante crecimiento, un torrente que canaliza su propia naturaleza cuando la ocasión así lo requiere, una sonrisa franca, la picardía frente a la cámara, la seducción a flor de piel. En los últimos años, con la excepción de la película de Manolete, me temo, hay que reconocerle que ha sabido escoger con acierto sus papeles, que ha seleccionado y que sólo ha aceptado trabajos que le han ayudado a cimentar su carrera. Una de las grandes habilidades de Penélope ha residido en la instrumentalización de su físico, que bien podría haber empleado para ser una nena mona, a secas, una chica más de calendario, y que ella ha transformado en una latinidad efervescente, en una pirueta repleta de pellizco y gracia.

ÉRASE UNA VEZ TARANTINO

Quentin Tarantino

Mi primera vez con Tarantino, Reservoir dogs obviamente, fue en un cine de verano. Fui el último de mis amigos en verla, y como a ese hereje que es necesario convertir a la mayor brevedad, así me conducían, incrédulos de que aún no hubiese visto la nueva gran maravilla del cine mundial. Suele suceder, cuando se pasan un tiempo dándote la tabarra con las bondades de algo, cuando llega el momento vas con el colmillo retorcido y la mirada afilada, buscando más el error que la virtud. Somos así, no lo podemos remediar. No fue, precisamente, un amor a primera vista lo mío con Tarantino, Reservoir Dogs me pareció mucho menos que la fama que la precedía, soporífera en determinados diálogos, y de sonrisa, como mucho, en algunos momentos, mientras que mis amigos tildaban aquellas ocurrencias, tipo a la de Madonna, como auténticas genialidades. Me entretuvo y poco más, seguía prefiriendo al auténtico, a Peckimpack, tan presente en toda la película. Y llegó Pulp Fiction y me tapé la boca. Indiscutible, incuestionable. Me entusiasmó de principio a fin, excitante, apasionante, un torbellino de ideas, diálogos y planos memorables, uno de los despliegues más arrebatadores que he contemplado en una pantalla de cine. En estado de gracia, Tarantino durante un tiempo fue un cineasta que no dudaba en proclamar sus referencias, en acudir a materiales más allá de los estrictamente cinematográficos, y que a la vez tenía el tiempo y talento suficientes para participar en otros proyectos, de un modo u otro, como Amor a quemarropa, Asesinos natos o Abierto hasta el amanecer, junto a su amigo Robert Rodríguez.  Un ciclón creativo.

En Jackie Brown, que sigue siendo una de mis preferidas, encontré a un Tarantino más sosegado, más comedido, pero mejor narrador, ofreciendo diferentes puntos de vista. Y prosiguieron las excesivas, delirantes y maravillosas Kill Bill, I y II, y Malditos Bastardos, irregular acercamiento al cine bélico. De sus dos incursiones expresas en el western clásico, en todo su cine siempre hay referencias, solo me interesó, y no excesivamente, Django desencadenado; Los odiosos ocho me parece su película más fallida hasta el momento. Ha regresado Tarantino a las pantallas con Érase una vez Hollywood, que bien podría considerarse como la película menos suya, si revisamos su obra pasada, la más convencional desde un punto de vista narrativo, pero no por ello deja de ser memorable, hasta el punto de situarla, sin dudar, en la cúspide de su carrera. Es una historia contada con nervio, con soltura, sin esos diálogos suyos, tan característicos por otra parte, pero que en más de una ocasión me han conseguido desesperar. Acaba ya, he tenido ganas de gritar en más de una ocasión. Tanto Brad Pitt como Di Caprio realizan unas fantásticas interpretaciones, no se hacen sombra, no se estorban, se complementan perfectamente. Y lo mismo sucede con Margot Robbie, tan monumental como breve en su recreación de Sharon Tate. Citándola, es inevitable mencionar a Charles Manson, tan presente durante todo el metraje, desde una perspectiva que recuerda mucho a la narrada por Emma Cline, en su espléndida novela, Las chicas.

Érase una vez Hollywood es la declaración filmada de amor que Tarantino le dedica al cine, a los géneros que le han acompañado a lo largo de su vida, a sus claras e inevitables referencias, del cine negro, a la comedia, pasando por el Spaghetti Western, capital en esta película. No termino de comprender las devastadoras críticas que este film ha recibido por parte de determinados críticos, parapetándose tras extensísimos textos, en algunas ocasiones, como si necesitaran muchas palabras y argumentos para explicar su rechazo. Cuenta con todos los ingredientes que le debemos exigir a una obra de estas características, además de desprender una pasión, un continuo homenaje, al cine y sus principales protagonistas. Después de ver Érase una vez Hollywood, espero que Tarantino no cumpla con su promesa, de retirarse tras dirigir la décima película –le quedaría solo una-. A este nivel, que nunca separe la claqueta de su mano.

Maradona, la película, de Asif Kapadia

Maradona de Asif Kapadia

Maradona ha sido la inspiración, el tema y la trama de multitud de músicos, Charly García, Calamaro o Manu Chao, así como de diferentes cineastas, como el citado Sorrentino, Kusturica o, el más reciente, Asif Kapadia, que en estos días llega a las pantallas con la película documental Diego Maradona. Este guionista y director británico de origen indio, a pesar de su juventud ya cuenta con una extensa y avalada trayectoria, en la que destacan otros dos excelentes documentales, Senna y Amy, así como su participación en la serie de televisión Mindhunter, proyecto original del siempre inquietante y deslumbrante David Fincher.

Paolo Sorrentino, el director italiano al que la inmensa mayoría conocimos por su deslumbrante, felliniania y deliciosa La gran belleza, contaba con cierta frecuencia durante la promoción de su siguiente película, Juventud, que la idea de la misma surgió a partir de la conocida estancia de Diego Armando Maradona en un hotel, rehabilitándose de su adicción a la cocaína, durante sus últimos meses en el Nápoles. De hecho, un falso Maradona, muy bien caracterizado, por cierto, aparece en la cinta, compartiendo baño con Michael Caine y Harvey Keitel.

Diego Maradona arranca con una especie de persecución automovilística, al más puro estilo el Torete, adalid del cine quinqui patrio, que concluye en un estadio, el de San Paolo, abarrotado por 85.000 enfebrecidas personas que esperan la llegada de Maradona, el día de su presentación ante su nuevo público. Diego, el chaval del arrabal, que emocionado les puede ofrecer un “departamento” a sus padres, con apenas quince años, tras firmar su primer contrato con Argentinos Junior; Diego, el emergente jugador que apenas cuajó en España, en las filas del Barcelona, permanece dentro del vehículo y es Maradona el que desciende y se entrega a los aficionados.

Esta bipolaridad o latente esquizofrenia está muy presente en la película de Kapadia. Y así, desde el principio, Diego y Maradona son conceptos muy distintos, incluso contrarios, pero que definen al mismo sujeto.

La cinta de Kapadia deja claro que Maradona nunca ha dejado de ser el chaval que jugaba en el barro en Villa Fiorito, ese espacio desolador, de herrumbre y pobreza cronificada, del que procedía. En gran medida, y de un modo u otro, nunca dejó de estar en Villa Fiorito, a pesar de que su gran sueño, desde su niñez, no fue otro que el de huir lo más lejos posible de sus orígenes. Y eso lo consiguió, tal y como se puede escuchar en el documental, gracias a Maradona, el futbolista mesiánico, el Dios con botas de tacos, el autor de los goles imposibles, el fulgor del arrabal.

Crítica de la película Maradona de Asif Kapadia

Para los amantes del fútbol, revive Kapadia momentos cumbres de la trayectoria deportiva del Pelusa Maradona. Ese gol imposible a la Juve, la física no contempla que el balón pueda subir y bajar de esa manera, tras esquivar la barrera. Mil remates trazando nuevos ángulos. Geniales pases no antes imaginados. Y su gran obra maestra, claro, su gol a Inglaterra en el Mundial de México en 1986. Recupera el director británico la jugada completa con la narración original de la televisión argentina y es inevitable sentir un escalofrío de emoción, de admiración, al contemplarlo de nuevo. Un gol que es la gran comparación y la definición del gol total, todavía hoy, casi 35 años después. Tengamos en cuenta que buena parte de la gloria que acumuló Maradona fue como consecuencia de la emoción, tan simple como real, que conseguía transmitir.

Pura emoción, en las jugadas, pero también en las celebraciones.Marca el Mundial de México, tal y como destaca la película de Kapadia, un antes y después en la trayectoria de Maradona. Ya no es solo el futbolista más grande del mundo, tal vez el mejor de la Historia, es algo más, como ya había comenzado a ser en Italia. Equivocado o irreverente, calculador o inconsciente, inocente y peligroso, al mismo tiempo, Maradona articuló en sus años de esplendor un discurso que le hizo contar con una personalidad propia, diferente, única, más allá del campo.

En plena contienda de Las Malvinas, Maradona es el titán que doblega a Inglaterra. Tal y como había hecho en Nápoles, donde pasó a convertirse en el arcángel del Sur, el elegido para derrotar al todopoderoso Norte. Maradona llega en 1984 a un equipo a punto de descender, que es recibido en muchos estadios con cánticos racistas y vejatorios que hoy serían motivo de gruesas sanciones deportivas. Los apestados, los que no se lavan, los piojosos del Sur, les gritan desde las gradas de los equipos rivales. Solo tres temporadas después, Maradona lo convierte en campeón del Scudetto, provocando el éxtasis colectivo de una sociedad marcada por la tiranía de la camorra, la pobreza y la exclusión social.

La extrañeza, la fascinación y, sobre todo, la incomprensión, rodean al Maradona que nos muestra Kapadia. El comienzo de su ocaso, implicado en casos de posesión de drogas y prostitución, sus delatores ojos cromados, su amistad con los nombres más significativos de la camorra, forman parte de un equilibrio imposible que mantiene con su propia leyenda y con su otro yo, Diego. A pesar de su físico, propenso a acumular kilos y bajito, a pesar de las violentas tarascadas que recibe, a Maradona le golpearon, y muy fuerte, los defensas rivales, algo inconcebible que pudiera sucederle a cualquier estrella del momento, a pesar de su vida extradeportiva, donde la cocaína es su mate y los asados forman parte habitual de su dieta, es un futbolista que marca una época en el terreno de juego. Genial, determinante y eléctrico.

Curiosamente, Diego Maradona aborda temas que ya había tratado Kapadia en sus anteriores obras. En Senna, tal y como sucede en esta película, también retrata con precisión al ascenso de alguien que ha nacido en la miseria, que parte de la nada y en el deporte encuentra la puerta de entrada a sus sueños; y como en Amy, el excelente documental, con el que ganó el Oscar en su categoría, nos muestra el ocaso del ídolo, incapaz de escapar de su adicción, superado por su propia gloria. Diego Maradona es una nítida y luminosa narración del auge y caída del ídolo, la destrucción del hombre y la confirmación de la leyenda. Barro y oro, fulgor y ocaso, de ese chaval bajito y regordete de Villa Fiorito.