CINES DE VERANO

Durante la infancia, cuando llegaban estas fechas, pasaba la mayoría de las noches en los cines de verano de Córdoba. Los balcones de un amigo daban al Coliseo, junto a la plaza de San Andrés, y de cuando en cuando, nos invitaba. Pero era en el Olimpia, ese cine con nombre de leyenda francesa de la canción, muy cerca de la plaza de Santa Marina, al que acudí en un mayor número de ocasiones. Ver las películas era el pago en especie por haber adecentado y refrescado el cine cada día, con manguera y bañador. Puedo recordar, como si hubiera sucedido la pasada noche, los preparativos de mi madre para el reto que suponía ver Ben-Hur en un cine de verano. Una botella de agua casi helada y una barra de pan convertida en interminable bocadillo: bonito con tomate, por supuesto. Y Charlton Heston, ese romano menos romano que nunca hayamos podido imaginar, sobre la cuadriga, dale que te pego, noble y esclavo, líder de masas, converso y convertido, pero estrella del celuloide por encima de todas las consideraciones. Y así recuerdo cientos de películas, muchas de ellas de infame calidad. Todas las del dúo Esteso y Pajares, que en realidad no fueron tantas, las comedietas italianas protagonizadas por Jaimito, ese supuesto niño grande picarón interpretado por el “gran” Alvaro Vitali, las de Louis de Funes, ese cómico gabacho a lo Paco Martínez Soria o las de Terence Hill y Bud Spencer, que durante un tiempo se convirtieron en mis favoritas. Todavía no lo puedo comprender. La verdad es que esa pareja tenía algo de Quijote y Sancho Panza, de Asterix y Obelix y, sobre todo, de nuestros Capitán Trueno y Goliath. El bestia y el listo, y no pregunte quiénes de ellos ocupan los citados puestos.

Merecen mención aparte, por su cantidad, intensidad y capacidad hipnótica, y tal vez merezcan una novela, estudio, ensayo o similar, las películas de artes marciales, o de chinos, como las nombrábamos en mi barrio, que ocuparon entre agudos alaridos, rocambolescos saltos y bigotes afilados decenas de mis noches en los cines de verano. El fenómeno Bruce Lee, que sí interpretó algunas películas de cierta calidad, como Operación Dragón o El furor del Dragón –ya había dragones antes de Juego de Tronos-, desembocó en una riada, cuando no maremoto y puede que hasta tsunami, de producciones que saltaban de la B a la Z en un plis, canallas en sus interpretaciones, inclasificables en sus tramas, abominables en su mensaje: la venganza da sentido a la vida, e insufribles desde cualquier punto de vista. Curiosamente, hasta la película más petarda perteneciente a este género conseguía lo que no consiguen verdaderas obras maestras de la cinematografía mundial: la imitación por contagio. Nada más acabar la película de turno, las calles se poblaban de docenas de improvisados luchadores, hoy lo llamarían flashbruceleelovers o algo así, que trataban de emular lo contemplado en la pantalla, entre salamanquesas y mosquitos tamaño B52.

Solo recuerdo haber imitado a un actor no oriental a la salida del cine, a Nicholson tras ver esa delirante y maniática comedia que es Mejor imposible, trataba de no pisar las líneas rectas de las baldosas. Es el único que se ha aproximado a eso que lograron aquellas infames películas de artes marciales y las de Bruce Lee que contemplé en mi infancia y juventud. Pero no todo fue cine de casquería, recuerdo ciclos hasta el amanecer de Kubrick, Spielberg, Chaplin o Coppola. Y es que, por suerte, el cine de verano, casi al mismo tiempo que nuestro país, se fue normalizando hasta lo que es hoy, salas con techo de estrellas en las que se exhiben las películas que se pueden encontrar en cualquier cartelera de cine. Como cada verano, en numerosos puntos de Andalucía, no con la abundancia del pasado, indiscutiblemente, se siguen manteniendo estas salas temporales que nos ofrecen fresquitas veladas compartidas, de botellín y bocata, entre jazmines y albero, ya no tan contagiosas, en cuanto a gritos y extrañas posturas, en torno al cine. No es mal plan para una noche de verano.

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS, BSO

Si Carmen Puerto se despierta con AC/DC, le encanta Enrique Bunbury y ha descubierto a VivaSuecia y Rufus T Firefly, Jaime Cuesta se decanta por Neil Young o Manolo García y Julia Núñez echa de menos las canciones que escucha en el gym. Tampoco faltan en la playlist las típicas canciones veraniegas, esos éxitos fulminantes, y grandes clásicos de la historia de la música, presentes en El lenguaje de las mareas, y que puedes escuchar aquí>>> https://open.spotify.com/playlist/2bcH13cSIsFgPObrgZq6RX?si=3C9uOHVuT1iVlOY8hezmaw

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Sí, hoy escribo de mi nueva novela, autopromoción descarada, lo sé, pero es que necesito contar algunas cosas sobre El lenguaje de las mareas, que acaba de publicar Almuzara. Explicar lo que me ha supuesto, lo que significa para mí. Que es mucho. Aunque llega a las librerías en un momento extraño -en realidad, tendría que haber llegado hace casi dos meses-, es una novela muy especial para mí. Y es que tras casi cuatro años en blanco, esta historia me empujó a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Cuatro años lejos de la literatura que tal vez han sido necesarios, para llenarlos de vida, de nuevas emociones, de tiempo. En cierto modo, puede entenderse esta novela como mi reconciliación con la escritura. Indiscutiblemente, Carmen Puerto, su protagonista, tiene mucha culpa de esto. Desde el primer día, desde que se coló en mi cabeza, tuve claro que había llegado para quedarse y es que nunca antes un personaje me había enganchado como lo ha hecho esta inspectora. Y eso que es muy jodida, cascarrabias, deslenguada, a ratos maleducada, puñetera en el más amplio sentido de la expresión. Pero, también, muy inteligente, y con una intuición que la hace ser diferente. Una mujer que vive atrapada en su propio y sombrío mundo, que no pasa por su mejor momento, precisamente, y a pesar de eso tiene que enfrentarse a su caso más complicado. Débil y poderosa al mismo tiempo, Carmen Puerto tiene mucho de todos nosotros. Pensemos en una cebolla, con sus distintas capas o pieles. En el interior de El lenguaje de las mareas hay varias tramas, incluso me zambullo en diferentes géneros, más allá del negro. Y de este modo, a ratos es una novela que reflexiona sobre esta sociedad contaminada y abrumada por tal cantidad de información, hasta el punto que nos cuesta distinguir lo fake de lo cierto. También sitúo el foco sobre las redes sociales, su uso desmedido, la imagen que llegamos a trasmitir/recibir a través de ellas, y como eso puede influirnos hasta extremos que no nos podemos llegar a imaginar. Como, en demasiadas ocasiones, el binomio juventud y redes sociales puede deparar resultados insospechados, al mostrarse públicamente más de lo aconsejable y ante quien no se debe.

Aunque es una novela para adultos, me encantaría que muchos adolescentes leyeran El lenguaje de las mareas, porque además de sentirse reconocidos, les puede ayudar a la hora de enfrentarse a las redes sociales, conociendo algunos de sus efectos colaterales, si no toman las medidas y prevenciones adecuadas. Lo avanzo ya, antes de que nadie lo diga: he tomado de la realidad más que nunca a la hora de escribir esta novela. Más que nunca. Los casos de Asunta, Diana Quer, La Manada, Marta del Castillo o Laura Luelmo están detrás de esta historia, de un modo u otro. Por que todos ellos me sobrecogieron en su momento, y todos ellos coinciden en un mismo y terrible punto, que no es otro que el de la desigualdad de género. Que también persiste, y en demasiadas ocasiones de una manera brutalmente trágica, cuando hablamos de determinados delitos. Comportamientos que no son peligrosos para los hombres, salir a correr, trasnochar, ir de fiesta o subirte en el coche de un desconocido -que todos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas-, sí pueden llegar a serlo para las mujeres. Un peligro que aumenta, y considerablemente, si se trata de mujeres jóvenes.

Con frecuencia, escuchamos aquello de que un punto geográfico se convierte en el protagonista de una novela. En esta ocasión, lo puedo asegurar, no se trata de una exageración o de una estrategia comercial. El lenguaje de las mareas tiene mucho de homenaje a la Costa de Huelva, a Ayamonte, Punta del Moral, sus playas y marismas, sus caños, a esa naturaleza que sigue siendo tan bella como salvaje, turbadora en ocasiones. Y, claro, su luz, única, está muy presente igualmente. Una luz que es la gran protagonista en la enorme pieza audiovisual que ha creado Toño Méndez, y que puedes contemplar en diferentes plataformas (Youtube, por ejemplo). En esa zona, frontera con Portugal, he sido y soy muy feliz, y si esta novela consigue que más personas piensen y sientan lo mismo que yo, lo doy por bienvenido. Me siento, y no exagero, como si fuera mi primera novela, la primera vez, con esa misma curiosidad e ilusión, con esa misma intensidad. Ahora me toca contemplarla desde la distancia y esperar, desear, que llegue a vuestras manos y que la disfrutéis lo mismo que la he disfrutado escribiéndola. Que ha sido mucho. Mucho.

PRIMERAS PRESENTACIONES DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Jueves, 25 de junio, firma de ejemplares, desde las 19.30 h. en la Librería Siltolá, de Sevilla.

Viernes, 26 de junio, presentación, 21 h. Alcaraván, Ayamonte (Huelva).

La noche del 30 de agosto de 2018, dos chicas de 17 y 18 años, Sandra Peinado y Ana Casaño, desaparecen sin dejar rastro en Punta del Moral, Ayamonte, junto a la frontera con Portugal. Sandra es hija de un personaje de máxima actualidad, implicado en un caso de corrupción política. Y Ana es una joven de fuerte temperamento que mantiene una relación muy complicada con sus padres. Ambas son adoptadas y pasaron sus primeros meses de vida en orfanatos de su Rusia natal.
Carmen Puerto, inspectora apartada del Cuerpo Nacional de Policía en los últimos tiempos, desde su confinamiento entre capuchinos, tabaco y poemas de Dylan Thomas recibe la llamada de sus compañeros Jaime Cuesta y Julia Núñez, que una vez más vuelven a convertirse en sus manos y ojos en el exterior, para enfrentarse a su caso más complicado. Así comienza este trepidante thriller en el que sucesos reales que han contado con una gran repercusión mediática se transforman en elementos de ficción al servicio de una historia de ritmo implacable, en un escenario tan bello como turbador.

El regreso a la novela de Salvador Gutiérrez Solís, de la mano de Carmen Puerto, la inspectora de policía más singular y carismática que ha deparado la novela negra española en los últimos años.

LA LECCIÓN DE PAU

Situémonos. Corrían mediados de los 90, La Movida ya se estudiaba como un fenómeno pasado, finiquitado, y el Indie, como sonido y concepto, comenzaba a adueñarse de la escena musical española. A pesar de eso, devoré los primeros discos de Jarabe de Palo. En ellos encontré la más directa herencia de Radio Futura, pero con un componente tenebroso. La flaca o El lado oscuro olían a La Habana, a son, a puros panzones, pero también tenían un elemento turbio, pantanoso, que los distinguía de la banda de los hermanos Auserón. Y al frente de Jarabe de Palo, como gran líder, compositor y vocalista, un chico guapetón, con ese desaliño elegante que tan bien gasta Fernando León de Aranoa, con un pasado en el mundo de la publicidad, tanto delante como detrás de la cámara. Un tipo con desparpajo, con una voz peculiar, mediterránea y salsera al mismo tiempo, que lo sabía hacer sobre el escenario, llamado Pau Donés. En cierto modo, tal y como les sucedió a Los Rodríguez con anterioridad, Jarabe de Palo fue una banda a contracorriente, ya que indagaban y repetían sonidos que no formaban parte de la actualidad musical, marcada por las referencias de The Jesus and Mary Chain, los Pixies o Dinosaur Jr., más allá de nuestra fronteras, o de Los Planetas, los Surfin’ Bichos o Australian Blonde, por estos lares. Aún así, los primeros trabajos de Jarabe de Palo funcionaron muy bien, recibiendo eso que tan raramente sucede: el aplauso de la crítica y del público. O sea, vendían, se embarcaban en giras interminables, tenían éxito, pero ofreciendo buenas canciones. Si lo intenta verá como tengo razón: todos somos capaces de tararear unas cuantas canciones de Jarabe de Palo, y sin necesidad de forzar la maquinaria de la memoria, así a bote pronto. Y en algunos casos, como les ocurre a La flaca, Depende o Bonito, se tratan de canciones que forman parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Hace cinco años, a Pau Donés le diagnosticaron un cáncer contra el que ha luchado hasta el último instante. Y lo ha hecho sin dejar de hacer lo que mejor sabía: componer e interpretar canciones. La suya ha sido, durante estos cinco duros años, una verdadera demostración de vida. Pau nunca ocultó su enfermedad, la hizo pública desde el primer instante, y todos hemos contemplado su evolución. Tras una etapa de silencio, raro en un artista como él, hace poco nos sorprendió con una nueva canción, Eso que tú me das. Me impactó el vídeo, debo reconocerlo, ya que nos muestra a un Pau Donés que pretende ser como siempre ha sido, inquieto, amable, rítmico, pero al que le es imposible ocultar el duro latigazo al que le ha sometido la enfermedad. Una vez más, el miserable y mezquino cáncer, que tal vez sea de los males que padecemos el más feo y traicionero, jugando una mala pasada. De todos los mensajes que pudimos leer el día del trágico deceso, me emocionaron los del cineasta José Antonio Bayona, que eludía a la dignidad demostrada por Pau Donés hasta el último instante, y el de Enrique Bunbury que, tras recuperar algunos pasajes de una larga amistad, finalizaba señalando que “la lección de vida y muerte que nos deja es imborrable”, y que “murió, seguro, como vivió toda su vida: con una sonrisa”.

Desde los últimos meses vivimos instalados en la enfermedad, confinados para evitarla, cuando las enfermedades son una constante en nuestras vidas, desde que podemos recordar. Muy especialmente el cáncer, que rara es la familia que no ha sentido su terrible presencia. En mi casa convivimos con el cáncer durante años, que fueron desoladores, duros y largos. Porque es una enfermedad que zarandea al que la padece, va y viene, aumenta de intensidad sin previo aviso, cuando crees que ya ha desaparecido, en determinados casos. Afortunadamente, la medicina ha avanzado mucho, reduciendo su mortalidad y, sobre todo, humanizando sus tratamientos. Adolescente yo, recuerdo los días de quimio de mi madre, como la mujer fuerte que conocía desparecía como por arte de magia. Todos esos recuerdos regresaron a mi cabeza con la muerte de Pau Donés, como regresan cada vez que alguien conocido o querido padece la enfermedad. La más puerca e inmunda de las enfermedades, ojalá llegué el día en el que se estudié como una tragedia pasada, y que nadie tenga que seguir dignificando su propia muerte cuando la sufre. Mientras tanto, estemos del lado de todas las personas que la padecen, que sientan nuestro aliento, que nunca la soledad sea su compañera. Es tan fácil como una de las canciones que nos dejó Pau Donés, que a veces con una palabra se bastaba para decir tanto. Bonito, Grita.

EL SECRETO DE LAS CANCIONES

Nos hemos creído a pies juntillas lo de la sociedad de la información y nos creemos en el derecho, algunos hasta en la obligación, de saberlo todo. Pero todo, absolutamente todo. Y todo, lo que se dice todo, nunca lo sabremos, y yo me alegro de que así sea. Una vida sin misterios, sin ángulos muertos, una vida transparente, como cuenta Loriga en su novela Rendición no me estimula. Es más, me repele. No la quiero. Y queremos saberlo todo, tal cual, la literalidad de las cosas, con su libro de instrucciones incluso, y es que tampoco queremos interpretar nada, que nos lo cuenten de principio a fin. Qué combinación más aburrida, tediosa, qué le dejamos a nuestra cabecita, entonces. Rempláceme el cerebro por un disco duro, y con muchos GB, ya puestos a almacenar. La llegada de la abstracción a la pintura puede que acelerara este proceso de incomprensión voluntaria. No lo entiendo, gritamos, reivindicamos, y es que puede que no haya nada que entender. ¿Por qué hay que entenderlo todo? ¿Por qué todo se tiene que ajustar a un corsé, a un patrón, seguir un esquema? La vida, y muy especialmente la cultura, no es la caja de una sucursal bancaria que tiene que cuadrar al céntimo cuando la jornada termina. Disfrute lo que ve, interprete, lo que le dé la gana interpretar, disfrute -aunque no entienda- la película, el cuadro, el poema o la canción. Oh, las canciones.

Con la muerte de Pau Donés vuelven a buscar y a mostrarnos a la mujer que supuestamente le inspiró a la hora de componer su primer gran éxito: La Flaca. La buscan en La Habana o en Milán, y hasta nos cuentan su peso actual, su profesión y demás. Lo siento, pero no termino de entender estas interpretaciones, investigaciones y hasta sesudas disecciones de esas canciones que nos han marcado por tal o cual motivo y que conforman la escaleta de la banda sonora de nuestras vidas. ¿Qué querían decir los Beatles eLucy in the sky with diamonds? ¿Un viaje lisérgico, un amor no correspondido, un desvarío, en realidad no quiere decir nada? ¿Dónde se encontró Bunbury con Lady Blue, en una estación espacial, en una estación de Metro, nunca existió? Qué más da, disfruto y amo esas canciones, y las interpretaciones las dejo en todas las emociones que albergo cada vez que las escucho. El muro de Pink Floyd, qué quiere decir, qué representa. La obsesión por desentrañar las entrañas de las canciones roza cotas detectivescas, profundas investigaciones que bien podría protagonizar Sam Spade o la mismísima Carmen Puerto. Siguen buscando a la «chica de ayer» que inspiró la mítica canción de Antonio Vega y han enviado a una pareja de investigadores a Buenos Aires a buscar a la otra Flaca, la protagonista de aquella balada de tempo extraño y remate a lo Randy Newman, que nos dejó Andrés Calamaro. Que Paco Lobatón busque a Lucía, la que inmortalizó Serrat, y a la que tantas y tantas niñas le deben su nombre. ¿Quién es realmente John Boy, que estoy que no duermo? Y de paso que busquen a la María de Ricky Martín y hasta a la Macarena de Los Del Río. ¿Por qué ir a Soria y no a Berlín, eh, Urrutia? ¿De verdad Jagger y Richard mantuvieron un encuentro con el Diablo? Que alguien me explique eso de la lluvia púrpura, que yo nunca la ha visto. ¿Lou Reed lo decía en serio o era una metáfora? Libro de instrucciones para entender Insurrección de El último de la fila, que lo que me han contado no me gusta.

Dicen que San Agustín lo intentó, entender todo o entender lo más complicado, y se quedó contando los granos de arena de una playa, y ahí sigue el pobre con su tarea, menos mal que le pusieron un chiringuito -que ha vuelto a abrir con la llegada de la Fase 3-. Los espectadores que acuden a ver la actuación de un mago se dividen en dos: los que intentan descubrir, a toda costa, el truco y los que, sencillamente, disfrutan con la magia. Sin dudar, pertenezco al segundo grupo, no quiero conocer el secreto que se esconde en el interior de las canciones, del mismo modo que no quiero que me cuenten el final de la película, como tampoco me interesan lo más mínimo las intimidades de tal o cual creador que admiro. No quiero descubrir el truco bajo el que se camufla la emoción de las canciones. ¿Qué más da? Lluvias púrpuras, cielos de diamantes, neón y fango, estrellas y aullidos, magia y sueño, dejemos que el conejo siga viviendo en el interior del sombrero.

OPTIMISMO, POR FAVOR

Lo reconozco, se me da fatal esto de las fases, las desescaladas y demás nomenclaturas de la actualidad. Si alguien me pregunta qué se puede hacer o no desde este lunes, no sabría que responderle, la verdad. Para esas cosas necesito del día a día, de alguien que me lo diga. Y no es por pasotismo, por desidia o por aburrimiento, es porque no me entero -sencillamente-. Por ejemplo, no me entero de lo que hablan cuando se refieren a círculo de confianza, porque a mí quien se me viene a la cabeza es Robert De Niro, en aquella comedia con Ben Stiller. Tampoco me entero de los aforos, porque nos podemos pegar, y hasta arrejuntar, y por lo visto hartarnos de cerveza hasta las tres de la madrugada, lo nunca visto, pero los teatros, las salas de conciertos y los cines tienen que parecer desiertos. Eso no lo termino de comprender. Pero eso da igual, habiendo Primitiva, Bonoloto y Euromillón, habiendo Liga, que el fútbol ya está aquí, con aficionados robots y todo, y, sobre todo, habiendo bares, todo lo demás da igual, exactamente igual. Que no se pueden presentar libros, que no hay recitales poéticos, que los museos siguen cerrados, que va a ser muy difícil que haya actuaciones en directo en un tiempo, y qué más da, en eso seguimos siendo y estando igual. Al final no se va a diferenciar tanto la nueva normalidad de la vieja normalidad, y es que hasta se parecen mucho. Gemelos que han salido los niños. En los peores días de la pandemia, cuando escuchaba a alguien decir eso de que esto nos iba a ser mejores me daban ganas de reír, a carcajadas, o de recomendarle muy seriamente tratamiento psicológico. ¿Mejores? ¿de verdad alguien creyó eso? ¿En base a qué, por qué, es que no nos conocemos? Si el Congreso es el reflejo de España, si es como esa lata de tomate concentrado que ha chupado el jugo de 15 kilos de tomates, que no lo creo, basta con revisar lo sucedido esta misma semana para darnos cuenta, constatar, que esto no nos ha hecho mejores.

Las desgracias, porque esto ha sido una desgracia, con letras mayúsculas -pero yo no se las voy a poner-, nos pueden endurecer, resabiar, hacernos más cautos y precavidos, menos confiados, pero no necesariamente mejores. O lo que yo entiendo por mejores, claro, que eso ya sería otro debate. Que sí, que aprendemos una lección, pero a lo mejor entregamos demasiado a cambio y el precio no nos merece la pena. Pero seamos optimistas, aunque seamos españoles, que hasta somos capaces de eso, y pensemos que lo peor ya ha pasado. Podemos salir a la calle, sin horarios, sin límites, o eso he creído entender. Esto lo digo, sobre todo, por esos vecinos míos que siguen como zombis pandémicos dando vueltas y vueltas en la azotea, con la que está cayendo. Temo que llegue el día en el que suba a la azotea y solo encuentre, recuerdo de lo que fueron, una gafas o unas deportivas derritiéndose bajo este tiránico sol que nos abrasa. En definitiva, abajo el pesimismo y retomemos el optimismo, aunque solo se trate de un placebo, de un engaño, pero ya está bien de este mal rollo, de este tufo permanente y de ese adorar al gran cascarrabias. Optimismo, por favor, a espuertas, una sobredosis. Que con el optimismo no se come, claro, eso ya lo sabemos todos, pero al menos se padece un poco menos y hasta descubres algunos colores que te alegran el día, aunque solo sea durante unos pocos segundos.

Azaña dijo algo parecido a que si los españoles hablásemos solo de aquello que sabemos, se produciría tal silencio que nos permitiría pensar. ¡Pensar! ¡Silencio! ¡Españoles! A pesar de la utopía, y hasta de la ciencia ficción, yo me adhiero a la fórmula del sabio político. Y es que tal vez ha llegado el momento de hablar menos y pensar más. O mejor, hablar solo justo, y después de haberlo pensado. Esa sería la gran combinación, la que de verdad nos haría mejores, muy mejores, a todos. Que seamos mejores por elección propia y no porque una desgracia, sea del tamaño que sea, nos lo imponga. No es un mal proyecto, todo lo contrario. Hasta saliendo mal, solo con intentarlo, ya habrá merecido la pena.

SIN EUROVISIÓN

Después de tantos domingos de desolación, casi de luto, de hablar de cosas tan serias, y con frecuencia tan horribles, permítame un instante de frivolidad -una cana al aire tribunera-. Un ratito de frivolidad en la vida es algo sano, de verdad, no hay que ser tan profundos todo el tiempo. Ser superficial, aunque sea premeditadamente, es una necesidad a la que no hay que renunciar. Es como esa hamburguesa pringosa o ese perrito en la madrugada, tras haber dejado el hígado en la última caseta. Que le pregunten a Monedero, tan ideólogo él, que luego se toma el té con Carmen Lomana. Yo también me lo tomaría con Tamara Falcó, que ya me considero fan y hasta coleccionista de sus entrevistas. Creo que ha instaurado un nuevo género periodístico, entre el realismo pijo y la poética del “sabes”. Y lo ha hecho ella sola. En este tiempo de carencias y suspensiones, cada cual ha echado de menos lo que le ha dado la gana, que si la Semana Santa, que si la Feria, que si Los Patios, que si los abrazos, que si los besos o yo qué sé, que habrá quien haya echado de menos todo. Los redonditos, ya saben, esos a los que les gusta todo, también hay, y también tienen su derecho a ser y estar, faltaría más. Yo he echado en falta, en este tiempo, muchas cosas, sería interminable la lista, y esta semana, sobre todo, estoy echando de menos Eurovisión. Venga, no se corte, acepto friki, hortera, casposo y toda la retahíla, pero es que precisamente me gusta por todo eso. Que todos los días vamos con los zapatos limpios, somos educados con el vecino, cumplimos con los horarios, nos comportamos como es debido, y porque un día no lo hagamos, o seamos diferentes, o abramos la ventana de otros paisajes, no pasa absolutamente nada. Sano, para mí es sano. Y, en este caso, divertido. Aunque hoy tiene algo, mucho, más de nostalgia. Ya que llevaría una semana, puede que más, examinando los vídeos/canciones de los diferentes países, enfangado con las fases previas, escogiendo mis favoritos y todas esas cosas que vengo haciendo desde ya hace tantos años.

Si miro hacia atrás, puedo verme frente a la pantalla de la televisión, viendo el festival de Eurovisión junto a toda mi familia. Enséñame a cantar, de Micky, Bailemos un vals, de José Vélez, Quédate esta noche, de Trigo limpio, Él, de la felina Lucía, o el descomunal descalabro de Remedios Amaya y su célebre barca que no acabó manejando nadie, fueron algunas de nuestras propuestas por aquellos años. El nerviosismo compartido, la emoción del instante, las risas contagiosas con mis hermanos, que mi padre recriminaba con el Ducados entre los dedos, nenes, que no me entero. Alrededor de la redonda mesa familiar, comiendo caracoles a mansalva, mientras se sucedían las actuaciones. Para las votaciones dejábamos los quicos y las pipas. El año de Betty Missiego, ese alarde nuestro de gallardía hispánica, le dimos el triunfo a Israel con nuestros votos. Es lo que más cerca recuerdo del triunfo en Eurovisión. Entonces, para lamernos las heridas, teníamos la OTI, que era un festival en español, a lo Palacagüina, que ganábamos casi todos los años y hasta alguno más. Fuera del nido familiar, he seguido celebrando Eurovisión con mis amigos, y en gran medida he recuperado esas veladas alocadas de caracoles, pipas y canciones, y lentejuelas, brillos y muchas risas. Y algo de nervios. Aunque los representantes que hemos escogido en las últimas ediciones no han llegado a encender la chispa de nuestro nerviosismo, siempre muy alejados de los primeros puestos.

Sí, es una horterada Eurovisión, pues claro, menudo descubrimiento, y musicalmente no aporta nada, que es otro argumento muy repetido, por supuesto que no, tampoco lo pretende. Basta con examinar las canciones de los últimos años; con una mano, y me sobran dedos, tendría para contar las que se salvan. Y es de frikis, que sí, que ya lo sé, y no me importa que me llamen friki. Todo cierto, y hasta algo más, pero yo no puedo evitar echar de menos algo que me ha reportado tantos buenos momentos y que he compartido con las personas que más quiero. Ese es mi auténtico festival, el de las emociones, el de los recuerdos. Por eso, nada más escuchar su característico himno a mi interior regresan un montón de momentos que relaciono con la felicidad. Y vuelvo a estar con mis padres y hermanos, y vuelvo a estar rodeado de amigos. Porque la arquitectura de la felicidad en muchísimas ocasiones es bastante más simple y concisa de lo que imaginamos. Y hasta puede ser hortera. Incluso frívola, fíjate.

LA NUEVA NORMALIDAD

Es terrible, a ratos atroz, grotesco en ocasiones, el vocabulario que hemos incorporado en las últimas semanas a nuestras vidas: desescalada, escalada, pandemia, confinamiento, virus, pandemia, el o la covid, qué poca poesía, y qué narrativa más tosca y negra. Aún así ya han llegado las primeras novelas sobre este tiempo tan chungo. Mi admiración por esos velocistas de las letras. Escribir una novela, con su correspondiente corrección, maquetación, diseño y promoción en poco más de dos meses. Hasta el mismísimo Balzac sentiría envidia de tal, tal, cómo decirlo, capacidad, facilidad, agilidad, la verdad es que no termino de encontrar el adjetivo adecuado. Volviendo a las palabras, tal vez un tiempo feo requiera de palabras feas, de no sacrificar en vano a las más bellas, que no lo merecen -por otra parte-. Tampoco lo merecemos nosotros. Otra de las expresiones de nuevo cuño es la denominada “nueva normalidad”, que si usted le dedica unos segundos a analizarla tal vez le descubra más significados y fronteras de las que podamos imaginar. A mí lo de la nueva normalidad no es que me suene a algo feo, me suena a algo que tal vez no me guste demasiado, porque me gustaba, y mucho, mi normalidad de hasta ahora. De bullicio, de gentío, de aglomeración, incluso, sin control, sin pensar en los horarios, en las concentraciones, en la afluencia, casi sin pensar en nada. Y claro, esto es otro rollo. Pasamos de una farra con enganchón hasta la madrugada a una cita planificada por la agenda del teléfono. Yo soy muy de bullas, me gustan. La nueva normalidad hubiera quedado muy chulo como nombre para un grupo ochentero, de la Movida, con un toquecito techno, si me apuran, con pelos escaldados y hombreras como alas de cigüeñas. Puedo ver la portada del disco.

En la nueva normalidad no hay abrazos, ni besos, tampoco festivales, ni ferias, y los niños a los colegios nos cuentan que solo irán la mitad. Y las presentaciones de libros, ay, podremos entrar unos poquitos, un puñadito, como en los museos, o en los cines. Y en la nueva normalidad, que no moralidad -y eso que haría falta, sobre todo para algunos-, viajaremos en aviones sin pegarnos codazos, cuando nos dejen, pero serán más caros, y lo mismo nos sucederá con los trenes. Y tendremos miedo a subirnos a un autobús, y cuando alguien vaya sin mascarilla lo contemplaremos como un delincuente y el sonido de un estornudo sera tan terrorífico como el de una bomba. Y ya no voy a tratar de anticipar todos esos efectos que le presupongo a la nueva normalidad y como si de un camaleón me tratase, me adapto a ella, no sé si por salud mental, oportunismo o supervivencia. Lo que le pido, ya que es nueva imagino que aún está en proceso de conformación, es que por una vez que no ganen los de siempre. Porque si a los ciudadanos de pie, a los curritos, se nos obliga a cambiar, que cambien también los demás. Que la igualdad y la riqueza, sí, de una vez por todas, sean equitativas a toda la población, y que lo mismo ocurra con las oportunidades. Que mis hijos, y los suyos y los de más allá, salgan del mismo punto de partido y que recorran los kilómetros que ellos mismos decidan o puedan, en virtud a su vocación o talento, pero no por la disponibilidad económica de sus padres. Lo estoy diciendo, y sé que no sucederá.

La nueva normalidad debería ser, según tengo entendido, la de las ideas y la creatividad, y por eso mismo ya empiezo a desconfiar. Esta misma semana, dos meses después de que comenzara el Estado de Alarma, el ministro de cultura ha anunciado las ayudas al sector. Que son, a una parte del sector, claro, a la industrial. Para los que escribimos los libros, o componen las canciones o filman las películas no hay nada. Que sí, que sin industria no hay cultura, pero sin el hecho creativo, sin las canciones, los cuadros o las novelas, tampoco la habría, y a ese embrión nos han dejado atrás. Espero y deseo que eso no forme de la nueva normalidad y que solo se trate de unos primeros auxilios, de apagar los primeros fuegos, y que luego nos tendrán en cuenta. Sé que no será así, pero quiero ser optimista. Como lo soy, aunque pueda parecer lo contrario, con la nueva normalidad, que lo mismo hasta me acaba gustando. Fíjate tú.

LA VENTANA INDISCRETA

Calculo que debió suceder como a finales de los 80 o principios de los 90, hace una pila de años en todo caso, en aquella España colorista de hombreras alocadas, la Movida en su máximo esplendor, que solo contaba con dos cadenas de televisión. Pues en la Segunda Cadena, hasta no hace tanto de eso la UHF (eso ya es cavernícola), programaron, creo recordar que los lunes o martes por la noche, un ciclo de películas del gran Alfred Hitchcock. Nada más enterarme, lo primero que hice fue plantarme en uno de aquellos bazares con nombres que relacionábamos con gangas legendarias y lejanas, como Ceuta, Melilla o Canarias, para surtirme de un buen número de cintas de VHS -sigamos con las siglas del Pleistoceno-. TDK de 240 minutos, que con suerte grababan dos películas cada una, si ajustaba bien los tiempos. Para eso contábamos con el TP, claro, el gran Tele Programa, aquella diminuta revista que era una especie de Biblia para los teleadictos como yo. Allí te detallaban, con un tamaño de letra que te maltrataba la vista en dos segundos los actores protagonistas, el director y, claro, la duración de la película. Fui muy feliz viendo, grabando y volviendo a ver todas esas grandiosas películas de Hitchcock, de la terrorífica Psicosis (qué mal lo paso si me ducho y no hay nadie en casa) a la turbadora Vértigo, pasando por la taquicárdica Los pájaros o la agónica Con la muerte en los talones. Muchas de mis referencias, y no me detengo solo en las cinematográficas, se las debo a Hitchcock. Pocos directores han narrado tan bien, con tanta precisión, esmero y sencillez una historia, sin confundir al espectador, siendo muy hábil, y economista, con la cantidad de información que te aporta en cada momento. Recuerdo al gran maestro del suspende porque recientemente se han cumplido 40 años de su fallecimiento, pero también porque una de sus películas se ha convertido en las últimas semanas en una de las grandes metáforas que resumen nuestra vida en el encierro. Me refiero, claro, a la maravillosa La ventana indiscreta.

No tan elegantes como el escayolado James Steward -menudo papelón se marca-, la mayoría sin una Grace Kelly que nos visite de tanto en tanto, nos apostamos en nuestras ventanas y, sin necesidad de prismáticos, vamos observando y, sobre todo, evaluando el comportamiento de los que contemplamos. Ese de verde, el que va con dos niños, se creerá que somos tontos, que lleva puesto un chándal y cuando nadie se da cuenta, se pone a correr antes de tiempo. Aquellos de allí, se nota a la legua que son coleguitas, seguro que hasta llevan un botellín escondido, que se toman a las primeras de cambio. Y esa mujer, por favor, que se ha pasado en dos centímetros el distanciamiento social por el forro, que juegue con su salud, pero no con la de los demás, habrase visto. Y los de las azoteas, qué sinvergüenzas los que tienen azoteas, dándose sus buenos paseos cuando el resto no hemos podido. Es que deberían haber clausurado hasta los patios y jardines particulares, oye, que no hay derecho que haya gente tan bien y otros que los estemos pasando tan mal.

Tenemos la ventana física, la de cristales y puertas, pero también contamos con esas otras ventanas, virtuales, que se encuentran en los medios comunicación, que en algunos casos habría que denominarlos de otro modo, y en las llamadas redes sociales, que tan antisociales pueden llegar a ser. En las últimas semanas se ha abierto la veda y de qué manera, cualquiera se erige en sheriff del lugar y determina lo que está bien, lo que está mal, cuándo, dónde y cómo tenemos que actuar. Tal cual. Ellos tienen miradas telescópicas y determinan distancias y comportamientos, y por supuesto saben de virus, economía, política, literatura y de lo que haga falta. Ahí están, no están escayolados, pero también tienen su tara, rebosan ejemplaridad y certidumbre, porque todo lo tienen clarísimo. Y así lo cuentan, casi ordenan, con tanta contundencia que a los demás, pobres ignorantes, solo nos queda obedecer, y seguir al pie de la letra sus sabias enseñanzas. Me temo que con estos ejemplares el maestro Hitchcock bien poco podría haber hecho. Un remake chusquero, como mucho, al que tendría que haberle cambiado el título: La razón de los idiotas.