LIBRERÍAS

El pasado viernes, aunque fuera 13, celebramos -en plural, porque es una celebración colectiva- el Día de las Librerías. Y aunque todos los días deberían serlo, por todo lo que suponen, o deben suponer, para nuestras vidas, es bueno y saludable que al menos una vez al año se subraye en el calendario. En este tiempo, muy especialmente, deberían instaurar otro día celebratorio, el de los libreros y libreras, ese gremio a prueba de fuego y golpes, resistentes como el acero, que no dejan de ser el alma, el corazón y todo lo demás de las librerías. Conozco libreros y libreras maravillosas a lo largo y ancho de la geografía española. Personas comprometidas con su trabajo, que lo entienden como un auténtico servicio público. De un conocimiento y formación fuera de toda duda; en más de una ocasión los he escuchado con la boca abierta, disertando sobre algún autor o recomendando con pasión una obra. En todas las librerías que he visitado como autor, por muy diferentes motivos, me he sentido valorado y querido, mimado la mayoría de las ocasiones. Entrar en una librería, al menos para mí, y sé que no soy el único, tiene algo de ceremonia, de celebración, de bullicioso nerviosismo infantil, ese deseo de descubrir nuevos tesoros, nuevas aventuras, nuevas vidas. Es normal que hayan relacionado las librerías con el paraíso, con espacios de libertad, con catedrales del saber y con no sé cuántas cosas más, bellas y hermosas, válidas todas ellas, y cargadas de razón. Para mí, e imagino que para muchos, sería inconcebible una ciudad sin librerías, del mismo modo que lo sería un cuerpo sin corazón o una canción sin acordes.

Necesarias, todos deberíamos visitarlas, escuchar y hablar con las personas que las gestionan, no sólo en su día, con frecuencia. Y comprar libros, sí, porque todas esas bondades antes expuestas quedan en nada cuando no se pueden pagar las nóminas, los alquileres o las hipotecas, o cuando los impuestos te estrujan o es imposible asumir nuevos pedidos, por falta de liquidez. Sí, se trata de dinero, ese mismo dinero que nos dejamos en las librerías cada vez que compramos un libro. Es un tema prosaíco, sí, llámelo como usted quiera, pero sin dinero muchos sueños y buenas intenciones se van directamente al pozo de la ruina y del olvido. Y no corren buenos tiempos para las librerías, no, no lo son, por muy diferentes motivos. Esta maldita pandemia también las está maltratando sobremanera, reduciendo aforos y horarios, padeciendo ese miedo que nos frena a la hora de entrar en espacios cerrados -aunque los datos de contagio en eventos y recintos culturales sean insignificantes-. Aunque la gran tragedia de las librerías de cercanía procede de la desigual competencia que mantienen con las megaplataformas digitales, esas que nos llevan el libro a nuestra casa en unas pocas horas, y que nosotros seleccionamos a golpe de click. Y en muchos casos el precio es exactamente el mismo, pero sin contacto humano, sin atender recomendaciones o buenos consejos, nuevamente tumbados en el sofá, tal y como pretenden que consumamos los canales de venta más importantes que dominan el negocio digital.

Aplaudo hasta el dolor de manos el nacimiento de todostuslibros.com, una iniciativa valiente, innovadora, inteligente y solidaria, que ha unido a muchísimas librerías de toda España, aferrándose a esa sabia máxima -tan antigua- que dice aquello que la unión hace la fuerza. El factor precio desaparece, es idéntico al de los gigantes, del mismo modo que lo hace el de la variedad, donde tal vez cuentan con mayor número de títulos las librerías. Y también te lo llevan a tu casa, pero cuando accedes a su web puedes seleccionar tus librerías favoritas, así como leer recomendaciones, consejos y hasta adquirir chequelibros para regalar. O sea, un magnífico concepto, en una plataforma muy bien diseñada, con todos los avances tecnológicos, pero con el calor de la librería tradicional. Qué puede salir mal. Espero muy sinceramente que nada. Porque tal vez sea la única o última manera de mantener con vida a todos esos corazones que laten en las librerías de nuestras ciudades, y que tanto calor nos ofrecen. Que no llegue el frío.

REEDICIÓN DE LOS AMANTES ANÓNIMOS EN LA PRIMAVERA DE 2021

Tengo que contarlo, porque sois much@s los que estáis preguntando. Con la entrada de la primavera llegará una nueva edición de Los amantes anónimos, la primera novela de Carmen Puerto. Pero no será la misma obra que vio la luz en 2016. Mantiene la trama original y… 

Lo fácil habría sido reimprimir la versión original, pero no nos gusta lo fácil. Así que nos hemos vuelto a poner ante al ordenador… no es una reedición al uso. Os puedo asegurar que gana mucho con la «reforma». Y la publica, como El lenguaje de las mareas, Almuzara. 

Habrá que ir pensando, también, en una nueva portada para Los amantes anónimos. Carmen Puerto la tiene clara, pero a mí me parece un tanto arriesgada…

#LosAmantesAnonimos #Primavera2021 #NuevaVida

#ElLenguajeDeLasMareas

#CarmenPuerto

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS. PUNTA DEL MORAL, AYAMONTE

El punto de partida de El lenguaje de las mareas (Almuzara) resulta tremendamente familiar: dos chicas jóvenes desaparecen una noche a finales de agosto en las inmediaciones de Punta del Moral, Ayamonte, después de haber estado con unas amigas en un chiringuito de la zona. No hay que rebuscar demasiado para encontrar casos similares en la crónica nacional; suceden más a menudo de cuanto uno quisiera y, por desgracia, suelen tener el desenlace más temido. En este punto, Salvador Gutiérrez Solís parece inspirarse en el caso de Diana Quer, que una noche de agosto de 2016 se dio de bruces con José Enrique Abuín, una mala bestia que le arrancó el alma de una manera atroz. Al lector también le resultará familiar la cobertura mediática que rodea este tipo de noticias; el morbo que despiertan, no el espanto; el mercantilismo que las convierte en grandes titulares. En apenas unos días, la desaparición de las dos chicas en Punta del Moral, Ayamonte, pasa a formar parte del menú diario de esos programas televisivos en manos de periodistas y tertulianos que se comportan como si lo supieran todo de absolutamente todo, que jamás dudan y raramente rectifican, ignorantes de que la duda y la capacidad de rectificación distinguen al sabio del necio.

Las chicas desaparecidas en Punta del Moral, Ayamonte, se llaman Sandra Peinado y Ana Casaño, de 17 y 18 años de edad respectivamente, nacidas en la lejana Rusia, pero adoptadas siendo bebés por dos familias pudientes que suelen pasar las vacaciones de verano en la costa onubense. El padre de la primera de ellas estaba ya en el punto de mira de la prensa por razones bien distintas, pero igualmente familiares para el lector: un caso de corrupción en las altas esferas políticas en torno a ciertos másteres falsos que involucra a la líder del Partido Nacional, un claro trasunto del Partido Popular, que ha cultivado el clientelismo con fruición, convencido de que la ciudadanía es tonta del bote. Se teme que la desaparición de las chicas sea una represalia por estos chanchullos, pero la aparición de una de ellas con vida altera la brújula de los investigadores: los rastros de semen hallados en la camiseta de la chica pertenecen a un joven de la zona que estuvo implicado en una violación grupal, años atrás; otra historia habitual en los periódicos y en los telediarios. Sin embargo, en ocasiones buscamos los demonios lejos de donde realmente se esconden: la ficción da varios sorprendentes giros y en uno de ellos se acerca al caso Asunta Basterra, ocurrido en Galicia en septiembre de 2013, en torno al asesinato de una niña de doce años a manos de sus padres adoptivos. No debiera sorprendernos esta continua labor de zapa en la actualidad; en definitiva, el tiempo presente es el territorio privilegiado por la novela negra.

El lenguaje de las mareas tiene una extraña protagonista, la investigadora Carmen Puerto -una paranoica que el autor no se decide a tratar como tal-, que vive encerrada en un apartamento de Sevilla sin apenas contactos con el exterior; ella compone el puzle desde la distancia, gracias a las piezas sueltas que va encontrando en las redes sociales y en la Internet profunda, ese inquietante abismo hodierno en el fondo del cual se escuchan reptar criaturas lovecraftianas. A pesar del protagonismo de Carmen Puerto, la historia es coral y arborescente. Salvador Gutiérrez Solís construye un complejísimo mecanismo narrativo que le permite saltar de un personaje a otro, de una circunstancia a otra, de una acción a otra, y crear el cuadro más complejo, completo y verosímil posible. Al novelista le interesan los investigadores y los investigados, las víctimas y los posibles verdugos, los ciudadanos libres de toda sospecha y aquellos otros que tienen mucho que ocultar, etc. pues todos ellos desempeñan un papel en la trama, en cualquier trama. Nada es sencillo en estos casos. Mención especial merece el protagonismo del paisaje, un territorio fronterizo en la desembocadura del Guadiana, sabiamente explotado. Lo que pasa en Punta del Moral, Ayamonte, sucede en el mundo.

Crítica de José Abad para el diario Granada Hoy, aparecida el 27 de octubre de 2020.

https://www.granadahoy.com/ocio/Punta-Moral-Ayamonte_0_1513348802.html

CELEBREMOS

Qué raros son los festivos en estos tiempos, que no se saborean como los de antes. Me temo que nos vamos a acostumbrar a la decir mucho «lo de antes», como si esta pandemia que vivimos marcara una frontera en nuestras vidas. Llegará un día en el que no nos acordemos bien de cómo éramos antes, qué hacíamos, cómo vivíamos. Antes. Tal vez llegue un día en que lo tratemos de esconder. Cualquiera sabe. Para no escandalizar a nuestros hijos y nietos, para no abrir heridas, por vergüenza, por pereza, por dolor, por desánimo, por melancolía. Como si fuera parte de un pasado que queremos enterrar en el olvido, o en esa memoria selectiva que no compartimos con nadie. Este nuevo «lo de antes» me traslada a ese antes que tuvimos antes de que la burbuja estallara, llevándose por delante el apartamento en la playa, el coche de gama alta, el abrigo de visón, las cenas con Pingus, las cajas de gambas (de las gordas y blancas) y todas esas cosas que todos no probamos pero que luego tuvimos que pagar, como si hubiéramos sido invitados a la fiesta. Vivimos por encima de nuestras posibilidades, nos dijeron, y nos lo creímos, y condenamos a nuestros hijos a un futuro mucho peor que nuestro pasado, que ese «lo de antes». Y ahora les apretamos un poquito más el cinturón, pero tampoco podemos hacer nada, porque esto no lo podía haber previsto nadie, que es otro mantra que empleamos con frecuencia cada día. Con este panorama, con lo que se intuye tras la ventana, es lógico que los festivos sean raros, que apenas se disfruten, que no se sientan como tal, yo qué sé. Nos ha sucedido con el verano, o el verano sin verano, o ese tiempo que hemos vivido de calor, mascarillas, mesas contadas y vigilantes de la playa. Pero no vimos a Pamela. Y también decidimos que mejor no recordar otros veranos, ya que eso, ya saben, que las comparaciones son odiosas. Y a otra cosa.

Pues aunque sólo sea abrir un litro fresquito, harto de congelador, yo creo que debemos seguir celebrando y significando los festivos, que sigan teniendo su protagonismo, sus rituales, sus cosas, como siempre han tenido. Que ya vendrán lunes esaboríos, de esos lluviosos y colmados de atascos, que sacan lo peor de nosotros mismos. O simplemente nos sacan a nosotros mismos, cuando no tenemos tiempo para fingir lo que no somos. Es lo que tiene la incertidumbre, no sabemos lo que nos aguarda tras la esquina, y el temor a que sea peor que este presente nos agarrota, y los pasos los damos con más cuidado, más cortitos. Y nos moderamos en todo, lo primero en gastar, vaya que, nos decimos. Y por esa dinámica, que es como la pescadilla que se muerde la cola, entre todos conseguimos que a todos nos vaya peor. Porque ese dejar de gastar acaba dando la vuelta y te acaba repecutiendo a ti, a mí y a todo el mundo. Quien pueda, que gaste, más o menos, pero que gaste. Ya sea festivo o no, eso es lo mismo, que el dinero no entiende de calendarios. Imagino que, con el tiempo, recordaremos «lo de antes» como una fiesta permanente, toma abrazo dale besos, todo muy alegre y de contacto, y puede que no sea precisamente la imagen que deberíamos conservar. Como todo, siempre hemos tenido nuestras zonas de sombras, muy grises, incluso negras a ratos, pero como del calor del verano, no nos acordamos de un año para otro.

Porque parece que las fiestas, las que más hemos disfrutado, se disfrutan más en la memoria que en el instante, y nos gusta acudir a ellas cada poco, que para eso recordar es gratis, O lo parece, que hay recuerdos que cuestan, y mucho, y ahora no estoy hablando de dinero. Pero eso lo dejamos aparcado para otro momento, que ahora toca fiesta y su celebración, ya sea con santitos y calaveras, ya sea recordando a nuestros difuntos o con el adquirido truco/trato. Escoja, y abra aunque sea un litro, y unos altramuces, que son baratos y sanos y no engordan, que lo tienen todo, y brinde con la persona que quiere. Esa es la fiesta, nada más que esa, tener alguien a quien querer, todo lo demás miserias, cartas del banco y cuernos retorcidos.

DE GRATIS

Aunque cueste encontrar su epígrafe en Hacienda, «escritor» es una profesión, de verdad, lo prometo, y pagamos la cuota de autónomos como el resto, y el IRPF, y toda esas cosas que hacen y, sobre todo, pagan todos los trabajadores por cuenta propia. Y repito, aprovecho el momento, es injusto e ilógico que paguemos una cuota fija mensual facturemos lo que facturemos, eso solo sucede en España, ya que en el resto de países europeos esa cuota o no existe o es insignificamente (lo pueden comprobar). E insisto, a todos los trabajadores autónomos nos encantaría pagar muchísimo en esa supuesta y espero que próxima cuota según facturación, a todos. Vuelvo. Teniendo en cuenta, y aceptando que la escritura en mi caso, la pintura o la interpretación en otros, la cultura en un sentido amplio, es un sector profesional más, con sus obligaciones laborales y fiscales como cualquiera, por qué con tanta frecuencia tengo la impresión de que hay mucha gente que no contempla de este modo. Me remito a mi experiencia personal, que es la que mejor conozco (aunque yo no me termine de conocer del todo). Desde hace años, recibo todo tipo de peticiones para participar en toda clase de actividades, en forma de prólogos, documentales, reseñas, presentaciones, textos y similares, que carecen de remuneración por la otra parte. Algunas de estas invitaciones proceden de auténticos caraduras, hay que llamarlos por su nombre, que pretenden que yo les alivie o resuelva parte de un trabajo por el que ellos sí van a obtener un beneficio. En estos casos, la respuesta es clara y muy concisa, NO. Pero también recibo peticiones de jóvenes escritores que comienzan, muy abundantes, que me llegan a plantear las cuestiones más diversas: desde que hable bien de ellos a ciertos editores/editoras, una frase para una contra o un prólogo, una presentación o simplemente consejo. Dentro de mis posibilidades, siempre trato de ayudarles, advirtiéndoles que si el texto que me envían no lo considero con la mínima calidad no los voy a avalar, en ningún sentido. No creo en las mentiras piadosas, como tampoco voy a exponer mi nombre (ya no digo mi reputación, que no sé si tengo de eso) gratuitamente. Yo agradezco y sigo agradeciendo a las personas que me apoyaron y que me siguen apoyando, y por eso creo que es justo que yo devuelva parte de lo recibido, pero dentro de unos límites marcados por la calidad y la lógica.

Y también me plantean participar en actividades, en las que nadie va a ganar nada -me refiero a dinero, contante y sonante-, pero que pueden llegar a ser muy atractivas y gratificantes. Si puedo, si mis obligaciones laborales me lo permiten, no tengo problema, porque entiendo que también obtengo el beneficio del enriquecimiento personal, del placer por hacer algo que me encanta. Siempre dejo muy claro, en todas las actividades gratuitas que acepto, que los plazos y mi disponibilidad dependen de los trabajos remunerados que me puedan llegar, y que sitúo en primer lugar. Por profesionalidad, a quien me paga sí le debo rigor en los tiempos y toda mi atención, y por cuestiones muy básicas, relacionadas con la mera y sencilla -y a veces tan complicada- supervivencia. Porque ese dinero que gano, con este oficio mío tan complicado, es mucho el esfuerzo, mucho, es para que mis hijos coman, para pagar la hipoteca o comprar algo de ropa. Cuestiones todas que cuestan dinero, que nadie me ofrece de manera gratuita. Y lo entiendo, porque el trabajo, cuando se obtiene algo a cambio, hay que pagar por ello. Poco o mucho, según lo estipulado, calidad y demás consideraciones, pero pagar.

Siempre he renegado de la cultura gratuita, porque la menospreciamos, a la cultura en general, así como a sus creadores. Porque todo lo que no cuesta, ni esfuerzo, ni tiempo ni dinero, lo repudiamos, yo soy el primero en hacerlo. No le prestamos atención, entendemos que no tiene ningún valor, y es comprensible que suceda. Lo regalado, lo gratis, lo que no cuesta, no puede ser bueno si no vale nada, razonamos. Y seguramente debemos ser los creadores -habría que establecer las diferencias, claro: no es lo mismo alguien que pinta o escribe que un pintor o un escritor-, los primeros en hacernos valer y valorarnos, en tasar nuestro tiempo, trabajo y talento como se merecen, por dignidad propia y por necesario reconocimiento colectivo. Creo que a nadie se le ocurriría cuestionar si debe ganar dinero un abogado, un jardinero, un bancario o un futbolista por su trabajo. El día que los creadores formemos parte de esa lógica, tan simple como cierta, podremos decir que lo hemos conseguido. Hasta entonces, dignidad. Y que nadie mande en tu hambre, al menos.

EL CAFÉ DE OTOÑO

Escribir sobre el otoño sin recurrir a las hojas de los árboles que se caen, a la oscuridad que nos traerá el cambio de hora y a los puestos de castañas es como pretender rememorar a Raphael sin nombrar sus camisas negras. Es inevitable, me temo. Además, a este otoño hay que abordarlo desde el pesimismo, desde la incertidumbre y la cautela, porque eso es lo que nos están diciendo todos los días. Y es que la segunda ola va camino de tsunami, y a este paso nadie es capaz de predecir lo que nos pasará mañana o la semana que viene. Como decía, tiempo de incertidumbre, cuando lo que más necesitamos, lo que más demandamos, es justamente lo contrario: certidumbre. En esto de la certidumbre, tengo mi propia teoría. Hay personas que son capaces de generarla, aunque la realidad luego nos demuestre lo contrario. Pero en un principio las creemos, incluso las seguimos, y mientras nuestra creencia permanece intacta nos sentimos seguros. Algunos políticos han logrado este efecto, aunque luego nos hayamos llevado solemnes batacazos. Tal vez sea mejor así, puestos a elegir. Preferible que el desastre se padezca solo cuando toque y no desde el principio, gracias a la incertidumbre generada. Las cosas. Volviendo al otoño, que en este tiempo es un tema de lo más original, debo de reconocer que no me apasiona especialmente. Me han horripilado los otoños de los últimos años, fundamentalmente -acudamos al mantra del cambio climático-, y es que no soporto los días con temperatura de verano y luz de invierno. Para mezclas, el güisqui con cola -y según el güisqui-, que siempre me decantaré más por los sabores, conceptos, colores y olores puros. Con el fútbol me sucede algo parecido, no soporto a los jugadores que no sé de qué juegan. Kaká es un gran ejemplo, que no me gustó ni cuando decían que era bueno, porque jamás comprendí su posición en el campo.

Otoño, este otoño, cómo referirme sin pisar las hojas secas que se acumulan sobre las aceras, o sin nombrar a las mandarinas, adelanto anaranjado de los familiares de mayor tamaño, cómo, me pregunto. Este año ya no voy a hablar del cambio de hora, después del sofocón pasado, que lo tuvimos en la mano y decidimos seguir con esta cosa extraña, que es una especie de interruptor lumínico que nos hemos inventando por no sé qué teoría, estrategia o conveniencia. Este otoño voy a hablar del café, sí, del café, porque me he dado cuenta que trazo la frontera de las estaciones por el café. Entre mediados de mayo y mediados de septiembre, solo y con mucho hielo, mientras más frío, mejor. Desde ya, que comencé la pasada semana, muy largo, muy caliente y con una gotita de leche, y así hasta mayo. Y los dos me parecen deliciosos, tal vez por diferentes. Poco hablamos del café, cuando este país nuestro ha sobrevivido a casi todo a golpe de café. De malta, de cebada, incluso de «recuelo» -dos veces filtrado-, o recién molido, el café ha sido como un remedio, un consuelo en gran medida, un reconstituyente, un tapar otras carencias, y hasta otras hambres. Un café y charlamos, un café y se te quita el mal cuerpo, un café y te pones a funcionar. Ni al petróleo le hemos encontrado tantas propiedades. Hubo un tiempo en el que el café era como el petróleo, y sus oscilaciones de precio provocaban auténticos terremotos domésticos. Me recuerdo camino del tostadero de café, porque el ya molido no estaba bueno, para comprar un cuarto de kilo. Tampoco podía ser medio kilo o un kilo, que perdía el aroma. Lo de los gurmés no es tan nuevo.

El café, este otoño, me traslada a otro tiempo, muy diferente al actual, pero muy parecido, sin embargo. Porque somos como ese café que pierde el aroma, una vez molido. El molinillo de la vida nos va definiendo, sus cosas, su velocidad, el filo de sus cuchillas, todo eso que conocemos y no le ponemos nombre. Arrancamos este otoño esperando esa segunda ola que no es una nueva versión de la que cantó Rocío Jurado, sin saber cómo será cuando alcancemos tierra. Porque todo pasa, hasta las tragedias más crueles tienen su final. Sí, habrá un final, claro, y vendrán otros otoños, y nuevos y más cafés que tomar, compartir, charlar, disfrutar. Porque todo llega, todo pasa.

PATRIA

Lo dejo claro desde el principio. Estoy plenamente a favor de los denominados “fenómenos literarios”. Me encantan, me gustan todos, sí, he dicho todos. Y sí, me gustaría protagonizar un fenómeno literario, por todos los motivos, aunque solo fuera un fenomenillo. No soy uno de esos puristas que relaciona consumo generalista con baja calidad, no, a veces se pueden combinar, y no creo que sea necesario citar cualquiera de los cientos de ejemplos que podemos encontrar en la Literatura, pero también en el Cine o en la Música, y hasta en el Arte –la Capilla Sixtina o el Guernika, por ejemplo, son auténticos bestsellers de la Pintura-. Adoro los llamados “fenómenos literarios” porque el que un libro, sea cual sea el libro, se convierta en un producto de consumo preferente me transmite una felicidad indescriptible, porque eso supone colas en las librerías y en las ferias del libro, libros envueltos para regalo y pilas de libros en los centros comerciales, miles y millones de libros. Supone compradores no habituales de libros, algunos de los cuales caerán bajo el hechizo de la lectura y optarán por seguir comprando libros en el futuro, e incluso evolucionando como lectores, y así alguien que comenzó con la trilogía de Grey puede que acabe leyendo a Durrell. Lo sé, me paso de optimista, pero es que de vez en cuando es necesario abrazarse a la utopía. Aplaudo y me congratulo de los fenómenos literarios porque tengamos en cuenta que, aunque algunos parezcan no entenderlo, especialmente los últimos ministros de Cultura, la Literatura se mantiene y articula en torno a una industria, editorial, que necesita de estos fenómenos literarios que son, en resumidas cuentas, los que colorean de negro las cuentas de las editoriales. Y gracias a estos beneficios se pueden publicar e incluso arriesgar con otros autores que no alcanzan, ni remotamente, las ventas deseadas.

Me gustan los fenómenos literarios porque en multitud de ocasiones se ha hecho justicia con un autor, se han premiado abnegadas y constantes trayectorias de años y años de silencioso trabajo, se le ha descubierto a ese ente invisible y expansivo como un gas que conocemos como gran público. Stieg Larsson es un ejemplo de esto último, reconozco que devoré con pasión y pulsión su trilogía, o Javier Cercas y también lo es el autor que da título a esta columna, Fernando Aramburu. Porque aunque muchos lo hayan conocido por Patria, su fenómeno literario, Aramburu cuenta con una extensa y prolífica carrera literaria a su espalda. Poeta, cuentista, ensayista, articulista, traductor, en sus casi 40 años de trayectoria se ha zambullido en todos los géneros, con notable éxito en la mayoría de las ocasiones. Años lentos y Los peces de la amargura, que tal vez sea el germen de Patria, son dos libros, novela y colección de relatos, espléndidos, provistos de una textura narrativa, tan artesanal como luminosa, solo al alcance de narradores muy dotados. He de reconocer que he tardado en leer Patria, no sé si frenado por lecturas atrasadas o porque necesitaba encontrar el momento propicio. Y he de reconocer, también, que, desde un punto de vista meramente literario, no me ha impresionado. De hecho, no la considero la mejor obra de Aramburu, las dos citadas anteriormente me parecen de una mayor calidad. Sin embargo, hay que considerarla como una obra importante, grande, más allá de sus hallazgos estilísticos, algo que a veces sucede, si tenemos en cuenta sus otras habilidades y bondades.

Salvando las distancias, espero que entiendan la analogía –no trato de establecer un paralelismo, válgame-, me ha sucedido con Patria lo mismo que con 8 apellidos vascos, en cuanto a lo que supone de normalización, a que ya podamos hablar de ciertos temas, del terrorismo de ETA, con naturalidad, sin tener en cuenta al que nos escucha tras la esquina, sin temor. Patria pasará y quedará por su pedagogía, que en determinadas ocasiones, como sucede en este caso concreto, es infinitamente más importante. Y es que Aramburu ha tenido la capacidad de crear una obra que sana heridas, que cose costuras deshilachadas, sin necesidad de recurrir a alcohol del que escuece o a hilo gordo, que deja gruesas y visibles cicatrices. Méritos más que suficientes, junto a todos los intrínsecos a cualquier fenómeno literario, para catalogarla como una obra necesaria e importante. Especialmente ahora, que la palabra cotiza a la baja.

LOS VOLUBLE ARE NOT A CRIME

Hace años, un sacerdote, y profesor además, me explicó que el Papa tenía que ser muy tenue, lento y comedido en sus manifestaciones, en sus actos y en sus decisiones, ya que al ser el punto más elevado, el pico de la pirámide que conforma la Iglesia, cualquier paso mal medido al llegar a la base podría tranformarse en algo parecido a un terremoto. Ese razonamiento eclesiástico es extrapolable a multiud de ámbitos, especialmente al cultural, donde también encontramos esos «papas» que velan porque se sigan manteniendo cánones, estructuras y planteamientos. Y así nos encontramos con quien defiende que la novela ha de seguir respetando los «modos» que la universalizaron en el Siglo XIX, o que la pintura debe seguir siendo un baluarte del «trazo fino» o que el cine tiene que ser respetuoso con los preceptos que encontramos en los clásicos. Yo entiendo que existan estos «papas», y hasta puedo defenderlo, pero también considero que es igual o más necesario que también existan los innovadores, los revolucionarios y hasta los visionarios, capaces de ofrecernos nuevas perspectivas, encuadres y lenguajes. Entre unos y otros, entre los que tienen la mano agarrada al freno de mano y los que no apartan el pie del acelerador, tal vez se encuentre el punto de equilibrio: la velocidad de crucero. Indiscutiblemente, este proceso no es tan sencillo, y a ratos es brusco, peligroso, se intuye el accidente, genera conflictos, incluso distanciamientos, que en determinados momentos pueden llegar a parecer irreconciliables.

Si hay una disciplina que cuenta con superávit de «papas» y de «revolucionarios» es la del Flamenco. Demasiados puristas creyéndose poseedores de la verdad absoluta, y demasiados «innovadores», que en la mayoría de las ocasiones su única y máxima aportación ha sido el diminutivo y cambiar la «c» por una «k». Indiscutiblemente, en un arte tan esencial y primitivo, tan puro, como el Flamenco, el encontronazo entre los puristas y los evolutivos se percibe con mayor claridad, y en los últimos años hemos asistido a algunos episodios que ya forman parte del escaparate del delirio, cuando no del humor más abstracto. Sin embargo, si el Flamenco sigue vivo, si sigue interesando a las nuevas generaciones, es porque en las últimas décadas algunas expresiones y creadores han sido capaces de enfrentarse a los puristas, mostrar su propia voz, y en la mayoría de las ocasiones sin tener que «matar al padre», ya que en multitud de ocasiones no han renunciado a sus referentes. Camarón de la Isla y Paco de Lucía, el Omega de Lagartija Nick y Enrique Morente, la asociación de Kiko Veneno con los hermanos Amador, o Rocío Márquez más recientemente, que han llegado al Flamenco desde el propio Flamenco. Y añado a esta nómina, sin temor a equivocarme, a Los Voluble. Forjados y formados en las nuevas tecnologías, en su vocabulario y posibilidades -Zemos98 es otra de sus criaturas-, los hermanos Jiménez, Pedro y Benito, ofrecen una propuesta en la que se combina lo divulgativo, la provocación, el desenfreno, el ritmo, la videocración y el sentido del humor. Porque como si pusieran en práctica todos los preceptos que despliega Agustín Fernández Mallo en su Teoría general de la basura, Los Voluble son los reyes del reciclaje, y todo cabe, o todo es susceptible de ser utilizado, de un pregón al reguetón, pasando por los samplers o la publicidad, pero siempre con el Flamenco como protagonista.

Mantengo una relación extraña con el Flamenco: me gusta menos de lo que me gustaría que me gustase. Esa es la realidad. No tenemos química, todavía no ha surgido el flechazo, y eso que he acudido a muchas citas. Pues a pesar de esto, hace unos días estuve más de dos horas contemplando actuaciones de Los Voluble, disfrutando de lo lindo, hiptnotizado, y escuchando Flamenco «jondo», que es el que más me cuesta, habitualmente. Tal vez ese sea el gran éxito y valor de Los Voluble: no matan al padre, todo lo contrario, nos los muestran dentro de otros formatos y lenguajes que nos son más familiares, por contemporáneos y actuales. Es decir, sus ordenadores, mesas de mezclas y demás son un auténtico Caballo de Troya del Flamenco, y cuando te quieres dar cuenta ya se te han colado dentro y estás emocionado, al borde del éxtasis, al escuchar a un tal Agujetas, por ejemplo. No me cabe duda de que estos dos hermanos serán estudiados y referenciados en el futuro como un capítulo muy importante de la historia del Flamenco, a pesar de que ahora muchos «papas» los pretendan excomulgar. Pero como ellos mismos repiten, Flamenco is not a crime.

Autora de la fotografía: Celia Macías.

CULTURA SEGURA

Todos los días, casi todos los días -el siempre de “todos” me agobia-, leo poesía. Por la noche, antes de irme a la cama y seguir leyendo narrativa. Soy muy curioso, y me intereso por lo que escriben los jovenes poetas somalíes, asutralianos o turcos; o me dedico a descubrir todas esas grandes poetas, mujeres, que hemos intentado sepultar en el olvido o recupero algún clásico que no he leído lo suficiente o yo qué sé. Son muchos los años que llevo haciendo esto, sin método, sin tratar de memorizar, sin anotar nada, viajero sin brújula. Muchas noches, cuando termino de leer, me planteo que los días siguientes deberían ser como los poemas que he leído. Y así he imaginado días luminosos gracias a Wisława Szymborska, días funambulistas, como planeados por Gil de Biedma; o días extraños y mágicos, como un poema de Alejandra Pizarnik. Normalmente, no se acaban cumpliendo, claro, y eso que algunas veces tengo días muy García Casado, pero el simple hecho de imaginarlo, de insinuarlo, me produce un cierto placer, bienestar, no sé cómo explicarlo. Tal vez no sepa explicar una necesidad, del mismo modo que me costaría demasiado explicar la sed, el hambre o el deseo. Porque para mí la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, desde un poema a una serie de televisión, de un disco a una película, de una novela a un cuadro, es una necesidad. ¿Fisiológica? Pues seguramente, no quiero ni puedo imaginar una vida, un futuro, sin cultura de la que alimentarme.

En mi caso concreto, la cultura es, además, un medio de vida. Y recupero la imagen del funambulista, pero sin red y sin arné de seguridad, claro. Vivo, y contribuyo a que vivan los miembros de mi familia, de lo que escribo. Ahora que se habla tanto de la gesta de Magallanes y de Elcano, esto también tiene su mandanga, sobre todo porque cada día las tormentas son mayores y la nao está más cascada. Ya no me quedan manos con las que tapar los agujeros del casco. Pero yo no soy una excepción, todo el sector cultural, en cualquiera de sus manifestaciones, y en cualquiera de sus ámbitos, de los productores, a los creadores, pasando por los técnicos y demás profesionales con relación, se han visto afectados. Gravemente afectados, hasta el punto que muchos de ellos han tenido que cerrar las puertas y poner punto y final a su actividad. Porque si este maldito virus está siendo terrible con el sector del turismo, o con el de la hostelería, no lo está siendo menos con todos los que nos dedicamos a la cultura, que hemos visto como todo lo conseguido durante tantos, y tantos, años de esfuerzo y vulnerabilidad, se ha derrumbado en un instante. Y ha sucedido porque hemos sido tradicionalmente un sector laboral tremendamente frágil, a expensas de las inclemencias externas. Y si en el pasado un resfriado o una gripe nos ha mandado a la cama, este virus nos ha machacado sin piedad, y apenas hemos podido encontrar nada a lo que agarrarnos. Casi nada.

La semana pasada asistí a un concierto, de Viva Suecia, una banda murciana que admiro profundamente y que me parece de lo mejor que se ha incorporado a la escena musical española de los últimos años. La última vez que acudí al recinto donde tuvo lugar la actuación, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, nos recibieron con un chupito de ese licor bárbaro e impronunciable. La semana pasada fue con gel hidroalcóholico, que no nos bebimos, claro. Una vez dentro me sorprendió la distancia entre los asientos, que no nos permitieran, como en los bares, estar juntos los grupos de amigos. Que apenas pudiéramos ponernos de pie, que nos quitáramos las mascarillas con demasiada antelación antes de beber. Me sentí muy seguro, es cierto, pero también muy controlado. Si todas esas medidas se hubieran tomado en otras propuestas de ocio y consumo, no habrían abierto el 90% de los bares y restaurantes, las playas habrían ofrecido otro aspecto este verano y seguramente muchos centros comerciales no habrían abierto sus puertas. Sin embargo, y a pesar de no haberse dado un solo contagio en las actividades culturales, el nivel de exigencia en muchísimo más elevado que en cualquier otro ámbito. ¿Por qué? ¿Alguien puede o quiere responder a esta pregunta? No me cansaré de repetirlo: una sociedad que no cuida a su cultura, que maltrata sus creadores, que pone trabas a quienes la hacen posible, es una sociedad que demuestra mucho más que su miopía, más aún, su ceguera. Y la oscuridad solo trae el horror y el vacío. La nada.