DE GRATIS

Aunque cueste encontrar su epígrafe en Hacienda, «escritor» es una profesión, de verdad, lo prometo, y pagamos la cuota de autónomos como el resto, y el IRPF, y toda esas cosas que hacen y, sobre todo, pagan todos los trabajadores por cuenta propia. Y repito, aprovecho el momento, es injusto e ilógico que paguemos una cuota fija mensual facturemos lo que facturemos, eso solo sucede en España, ya que en el resto de países europeos esa cuota o no existe o es insignificamente (lo pueden comprobar). E insisto, a todos los trabajadores autónomos nos encantaría pagar muchísimo en esa supuesta y espero que próxima cuota según facturación, a todos. Vuelvo. Teniendo en cuenta, y aceptando que la escritura en mi caso, la pintura o la interpretación en otros, la cultura en un sentido amplio, es un sector profesional más, con sus obligaciones laborales y fiscales como cualquiera, por qué con tanta frecuencia tengo la impresión de que hay mucha gente que no contempla de este modo. Me remito a mi experiencia personal, que es la que mejor conozco (aunque yo no me termine de conocer del todo). Desde hace años, recibo todo tipo de peticiones para participar en toda clase de actividades, en forma de prólogos, documentales, reseñas, presentaciones, textos y similares, que carecen de remuneración por la otra parte. Algunas de estas invitaciones proceden de auténticos caraduras, hay que llamarlos por su nombre, que pretenden que yo les alivie o resuelva parte de un trabajo por el que ellos sí van a obtener un beneficio. En estos casos, la respuesta es clara y muy concisa, NO. Pero también recibo peticiones de jóvenes escritores que comienzan, muy abundantes, que me llegan a plantear las cuestiones más diversas: desde que hable bien de ellos a ciertos editores/editoras, una frase para una contra o un prólogo, una presentación o simplemente consejo. Dentro de mis posibilidades, siempre trato de ayudarles, advirtiéndoles que si el texto que me envían no lo considero con la mínima calidad no los voy a avalar, en ningún sentido. No creo en las mentiras piadosas, como tampoco voy a exponer mi nombre (ya no digo mi reputación, que no sé si tengo de eso) gratuitamente. Yo agradezco y sigo agradeciendo a las personas que me apoyaron y que me siguen apoyando, y por eso creo que es justo que yo devuelva parte de lo recibido, pero dentro de unos límites marcados por la calidad y la lógica.

Y también me plantean participar en actividades, en las que nadie va a ganar nada -me refiero a dinero, contante y sonante-, pero que pueden llegar a ser muy atractivas y gratificantes. Si puedo, si mis obligaciones laborales me lo permiten, no tengo problema, porque entiendo que también obtengo el beneficio del enriquecimiento personal, del placer por hacer algo que me encanta. Siempre dejo muy claro, en todas las actividades gratuitas que acepto, que los plazos y mi disponibilidad dependen de los trabajos remunerados que me puedan llegar, y que sitúo en primer lugar. Por profesionalidad, a quien me paga sí le debo rigor en los tiempos y toda mi atención, y por cuestiones muy básicas, relacionadas con la mera y sencilla -y a veces tan complicada- supervivencia. Porque ese dinero que gano, con este oficio mío tan complicado, es mucho el esfuerzo, mucho, es para que mis hijos coman, para pagar la hipoteca o comprar algo de ropa. Cuestiones todas que cuestan dinero, que nadie me ofrece de manera gratuita. Y lo entiendo, porque el trabajo, cuando se obtiene algo a cambio, hay que pagar por ello. Poco o mucho, según lo estipulado, calidad y demás consideraciones, pero pagar.

Siempre he renegado de la cultura gratuita, porque la menospreciamos, a la cultura en general, así como a sus creadores. Porque todo lo que no cuesta, ni esfuerzo, ni tiempo ni dinero, lo repudiamos, yo soy el primero en hacerlo. No le prestamos atención, entendemos que no tiene ningún valor, y es comprensible que suceda. Lo regalado, lo gratis, lo que no cuesta, no puede ser bueno si no vale nada, razonamos. Y seguramente debemos ser los creadores -habría que establecer las diferencias, claro: no es lo mismo alguien que pinta o escribe que un pintor o un escritor-, los primeros en hacernos valer y valorarnos, en tasar nuestro tiempo, trabajo y talento como se merecen, por dignidad propia y por necesario reconocimiento colectivo. Creo que a nadie se le ocurriría cuestionar si debe ganar dinero un abogado, un jardinero, un bancario o un futbolista por su trabajo. El día que los creadores formemos parte de esa lógica, tan simple como cierta, podremos decir que lo hemos conseguido. Hasta entonces, dignidad. Y que nadie mande en tu hambre, al menos.

EL CAFÉ DE OTOÑO

Escribir sobre el otoño sin recurrir a las hojas de los árboles que se caen, a la oscuridad que nos traerá el cambio de hora y a los puestos de castañas es como pretender rememorar a Raphael sin nombrar sus camisas negras. Es inevitable, me temo. Además, a este otoño hay que abordarlo desde el pesimismo, desde la incertidumbre y la cautela, porque eso es lo que nos están diciendo todos los días. Y es que la segunda ola va camino de tsunami, y a este paso nadie es capaz de predecir lo que nos pasará mañana o la semana que viene. Como decía, tiempo de incertidumbre, cuando lo que más necesitamos, lo que más demandamos, es justamente lo contrario: certidumbre. En esto de la certidumbre, tengo mi propia teoría. Hay personas que son capaces de generarla, aunque la realidad luego nos demuestre lo contrario. Pero en un principio las creemos, incluso las seguimos, y mientras nuestra creencia permanece intacta nos sentimos seguros. Algunos políticos han logrado este efecto, aunque luego nos hayamos llevado solemnes batacazos. Tal vez sea mejor así, puestos a elegir. Preferible que el desastre se padezca solo cuando toque y no desde el principio, gracias a la incertidumbre generada. Las cosas. Volviendo al otoño, que en este tiempo es un tema de lo más original, debo de reconocer que no me apasiona especialmente. Me han horripilado los otoños de los últimos años, fundamentalmente -acudamos al mantra del cambio climático-, y es que no soporto los días con temperatura de verano y luz de invierno. Para mezclas, el güisqui con cola -y según el güisqui-, que siempre me decantaré más por los sabores, conceptos, colores y olores puros. Con el fútbol me sucede algo parecido, no soporto a los jugadores que no sé de qué juegan. Kaká es un gran ejemplo, que no me gustó ni cuando decían que era bueno, porque jamás comprendí su posición en el campo.

Otoño, este otoño, cómo referirme sin pisar las hojas secas que se acumulan sobre las aceras, o sin nombrar a las mandarinas, adelanto anaranjado de los familiares de mayor tamaño, cómo, me pregunto. Este año ya no voy a hablar del cambio de hora, después del sofocón pasado, que lo tuvimos en la mano y decidimos seguir con esta cosa extraña, que es una especie de interruptor lumínico que nos hemos inventando por no sé qué teoría, estrategia o conveniencia. Este otoño voy a hablar del café, sí, del café, porque me he dado cuenta que trazo la frontera de las estaciones por el café. Entre mediados de mayo y mediados de septiembre, solo y con mucho hielo, mientras más frío, mejor. Desde ya, que comencé la pasada semana, muy largo, muy caliente y con una gotita de leche, y así hasta mayo. Y los dos me parecen deliciosos, tal vez por diferentes. Poco hablamos del café, cuando este país nuestro ha sobrevivido a casi todo a golpe de café. De malta, de cebada, incluso de «recuelo» -dos veces filtrado-, o recién molido, el café ha sido como un remedio, un consuelo en gran medida, un reconstituyente, un tapar otras carencias, y hasta otras hambres. Un café y charlamos, un café y se te quita el mal cuerpo, un café y te pones a funcionar. Ni al petróleo le hemos encontrado tantas propiedades. Hubo un tiempo en el que el café era como el petróleo, y sus oscilaciones de precio provocaban auténticos terremotos domésticos. Me recuerdo camino del tostadero de café, porque el ya molido no estaba bueno, para comprar un cuarto de kilo. Tampoco podía ser medio kilo o un kilo, que perdía el aroma. Lo de los gurmés no es tan nuevo.

El café, este otoño, me traslada a otro tiempo, muy diferente al actual, pero muy parecido, sin embargo. Porque somos como ese café que pierde el aroma, una vez molido. El molinillo de la vida nos va definiendo, sus cosas, su velocidad, el filo de sus cuchillas, todo eso que conocemos y no le ponemos nombre. Arrancamos este otoño esperando esa segunda ola que no es una nueva versión de la que cantó Rocío Jurado, sin saber cómo será cuando alcancemos tierra. Porque todo pasa, hasta las tragedias más crueles tienen su final. Sí, habrá un final, claro, y vendrán otros otoños, y nuevos y más cafés que tomar, compartir, charlar, disfrutar. Porque todo llega, todo pasa.

PATRIA

Lo dejo claro desde el principio. Estoy plenamente a favor de los denominados “fenómenos literarios”. Me encantan, me gustan todos, sí, he dicho todos. Y sí, me gustaría protagonizar un fenómeno literario, por todos los motivos, aunque solo fuera un fenomenillo. No soy uno de esos puristas que relaciona consumo generalista con baja calidad, no, a veces se pueden combinar, y no creo que sea necesario citar cualquiera de los cientos de ejemplos que podemos encontrar en la Literatura, pero también en el Cine o en la Música, y hasta en el Arte –la Capilla Sixtina o el Guernika, por ejemplo, son auténticos bestsellers de la Pintura-. Adoro los llamados “fenómenos literarios” porque el que un libro, sea cual sea el libro, se convierta en un producto de consumo preferente me transmite una felicidad indescriptible, porque eso supone colas en las librerías y en las ferias del libro, libros envueltos para regalo y pilas de libros en los centros comerciales, miles y millones de libros. Supone compradores no habituales de libros, algunos de los cuales caerán bajo el hechizo de la lectura y optarán por seguir comprando libros en el futuro, e incluso evolucionando como lectores, y así alguien que comenzó con la trilogía de Grey puede que acabe leyendo a Durrell. Lo sé, me paso de optimista, pero es que de vez en cuando es necesario abrazarse a la utopía. Aplaudo y me congratulo de los fenómenos literarios porque tengamos en cuenta que, aunque algunos parezcan no entenderlo, especialmente los últimos ministros de Cultura, la Literatura se mantiene y articula en torno a una industria, editorial, que necesita de estos fenómenos literarios que son, en resumidas cuentas, los que colorean de negro las cuentas de las editoriales. Y gracias a estos beneficios se pueden publicar e incluso arriesgar con otros autores que no alcanzan, ni remotamente, las ventas deseadas.

Me gustan los fenómenos literarios porque en multitud de ocasiones se ha hecho justicia con un autor, se han premiado abnegadas y constantes trayectorias de años y años de silencioso trabajo, se le ha descubierto a ese ente invisible y expansivo como un gas que conocemos como gran público. Stieg Larsson es un ejemplo de esto último, reconozco que devoré con pasión y pulsión su trilogía, o Javier Cercas y también lo es el autor que da título a esta columna, Fernando Aramburu. Porque aunque muchos lo hayan conocido por Patria, su fenómeno literario, Aramburu cuenta con una extensa y prolífica carrera literaria a su espalda. Poeta, cuentista, ensayista, articulista, traductor, en sus casi 40 años de trayectoria se ha zambullido en todos los géneros, con notable éxito en la mayoría de las ocasiones. Años lentos y Los peces de la amargura, que tal vez sea el germen de Patria, son dos libros, novela y colección de relatos, espléndidos, provistos de una textura narrativa, tan artesanal como luminosa, solo al alcance de narradores muy dotados. He de reconocer que he tardado en leer Patria, no sé si frenado por lecturas atrasadas o porque necesitaba encontrar el momento propicio. Y he de reconocer, también, que, desde un punto de vista meramente literario, no me ha impresionado. De hecho, no la considero la mejor obra de Aramburu, las dos citadas anteriormente me parecen de una mayor calidad. Sin embargo, hay que considerarla como una obra importante, grande, más allá de sus hallazgos estilísticos, algo que a veces sucede, si tenemos en cuenta sus otras habilidades y bondades.

Salvando las distancias, espero que entiendan la analogía –no trato de establecer un paralelismo, válgame-, me ha sucedido con Patria lo mismo que con 8 apellidos vascos, en cuanto a lo que supone de normalización, a que ya podamos hablar de ciertos temas, del terrorismo de ETA, con naturalidad, sin tener en cuenta al que nos escucha tras la esquina, sin temor. Patria pasará y quedará por su pedagogía, que en determinadas ocasiones, como sucede en este caso concreto, es infinitamente más importante. Y es que Aramburu ha tenido la capacidad de crear una obra que sana heridas, que cose costuras deshilachadas, sin necesidad de recurrir a alcohol del que escuece o a hilo gordo, que deja gruesas y visibles cicatrices. Méritos más que suficientes, junto a todos los intrínsecos a cualquier fenómeno literario, para catalogarla como una obra necesaria e importante. Especialmente ahora, que la palabra cotiza a la baja.

LOS VOLUBLE ARE NOT A CRIME

Hace años, un sacerdote, y profesor además, me explicó que el Papa tenía que ser muy tenue, lento y comedido en sus manifestaciones, en sus actos y en sus decisiones, ya que al ser el punto más elevado, el pico de la pirámide que conforma la Iglesia, cualquier paso mal medido al llegar a la base podría tranformarse en algo parecido a un terremoto. Ese razonamiento eclesiástico es extrapolable a multiud de ámbitos, especialmente al cultural, donde también encontramos esos «papas» que velan porque se sigan manteniendo cánones, estructuras y planteamientos. Y así nos encontramos con quien defiende que la novela ha de seguir respetando los «modos» que la universalizaron en el Siglo XIX, o que la pintura debe seguir siendo un baluarte del «trazo fino» o que el cine tiene que ser respetuoso con los preceptos que encontramos en los clásicos. Yo entiendo que existan estos «papas», y hasta puedo defenderlo, pero también considero que es igual o más necesario que también existan los innovadores, los revolucionarios y hasta los visionarios, capaces de ofrecernos nuevas perspectivas, encuadres y lenguajes. Entre unos y otros, entre los que tienen la mano agarrada al freno de mano y los que no apartan el pie del acelerador, tal vez se encuentre el punto de equilibrio: la velocidad de crucero. Indiscutiblemente, este proceso no es tan sencillo, y a ratos es brusco, peligroso, se intuye el accidente, genera conflictos, incluso distanciamientos, que en determinados momentos pueden llegar a parecer irreconciliables.

Si hay una disciplina que cuenta con superávit de «papas» y de «revolucionarios» es la del Flamenco. Demasiados puristas creyéndose poseedores de la verdad absoluta, y demasiados «innovadores», que en la mayoría de las ocasiones su única y máxima aportación ha sido el diminutivo y cambiar la «c» por una «k». Indiscutiblemente, en un arte tan esencial y primitivo, tan puro, como el Flamenco, el encontronazo entre los puristas y los evolutivos se percibe con mayor claridad, y en los últimos años hemos asistido a algunos episodios que ya forman parte del escaparate del delirio, cuando no del humor más abstracto. Sin embargo, si el Flamenco sigue vivo, si sigue interesando a las nuevas generaciones, es porque en las últimas décadas algunas expresiones y creadores han sido capaces de enfrentarse a los puristas, mostrar su propia voz, y en la mayoría de las ocasiones sin tener que «matar al padre», ya que en multitud de ocasiones no han renunciado a sus referentes. Camarón de la Isla y Paco de Lucía, el Omega de Lagartija Nick y Enrique Morente, la asociación de Kiko Veneno con los hermanos Amador, o Rocío Márquez más recientemente, que han llegado al Flamenco desde el propio Flamenco. Y añado a esta nómina, sin temor a equivocarme, a Los Voluble. Forjados y formados en las nuevas tecnologías, en su vocabulario y posibilidades -Zemos98 es otra de sus criaturas-, los hermanos Jiménez, Pedro y Benito, ofrecen una propuesta en la que se combina lo divulgativo, la provocación, el desenfreno, el ritmo, la videocración y el sentido del humor. Porque como si pusieran en práctica todos los preceptos que despliega Agustín Fernández Mallo en su Teoría general de la basura, Los Voluble son los reyes del reciclaje, y todo cabe, o todo es susceptible de ser utilizado, de un pregón al reguetón, pasando por los samplers o la publicidad, pero siempre con el Flamenco como protagonista.

Mantengo una relación extraña con el Flamenco: me gusta menos de lo que me gustaría que me gustase. Esa es la realidad. No tenemos química, todavía no ha surgido el flechazo, y eso que he acudido a muchas citas. Pues a pesar de esto, hace unos días estuve más de dos horas contemplando actuaciones de Los Voluble, disfrutando de lo lindo, hiptnotizado, y escuchando Flamenco «jondo», que es el que más me cuesta, habitualmente. Tal vez ese sea el gran éxito y valor de Los Voluble: no matan al padre, todo lo contrario, nos los muestran dentro de otros formatos y lenguajes que nos son más familiares, por contemporáneos y actuales. Es decir, sus ordenadores, mesas de mezclas y demás son un auténtico Caballo de Troya del Flamenco, y cuando te quieres dar cuenta ya se te han colado dentro y estás emocionado, al borde del éxtasis, al escuchar a un tal Agujetas, por ejemplo. No me cabe duda de que estos dos hermanos serán estudiados y referenciados en el futuro como un capítulo muy importante de la historia del Flamenco, a pesar de que ahora muchos «papas» los pretendan excomulgar. Pero como ellos mismos repiten, Flamenco is not a crime.

Autora de la fotografía: Celia Macías.

CULTURA SEGURA

Todos los días, casi todos los días -el siempre de “todos” me agobia-, leo poesía. Por la noche, antes de irme a la cama y seguir leyendo narrativa. Soy muy curioso, y me intereso por lo que escriben los jovenes poetas somalíes, asutralianos o turcos; o me dedico a descubrir todas esas grandes poetas, mujeres, que hemos intentado sepultar en el olvido o recupero algún clásico que no he leído lo suficiente o yo qué sé. Son muchos los años que llevo haciendo esto, sin método, sin tratar de memorizar, sin anotar nada, viajero sin brújula. Muchas noches, cuando termino de leer, me planteo que los días siguientes deberían ser como los poemas que he leído. Y así he imaginado días luminosos gracias a Wisława Szymborska, días funambulistas, como planeados por Gil de Biedma; o días extraños y mágicos, como un poema de Alejandra Pizarnik. Normalmente, no se acaban cumpliendo, claro, y eso que algunas veces tengo días muy García Casado, pero el simple hecho de imaginarlo, de insinuarlo, me produce un cierto placer, bienestar, no sé cómo explicarlo. Tal vez no sepa explicar una necesidad, del mismo modo que me costaría demasiado explicar la sed, el hambre o el deseo. Porque para mí la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, desde un poema a una serie de televisión, de un disco a una película, de una novela a un cuadro, es una necesidad. ¿Fisiológica? Pues seguramente, no quiero ni puedo imaginar una vida, un futuro, sin cultura de la que alimentarme.

En mi caso concreto, la cultura es, además, un medio de vida. Y recupero la imagen del funambulista, pero sin red y sin arné de seguridad, claro. Vivo, y contribuyo a que vivan los miembros de mi familia, de lo que escribo. Ahora que se habla tanto de la gesta de Magallanes y de Elcano, esto también tiene su mandanga, sobre todo porque cada día las tormentas son mayores y la nao está más cascada. Ya no me quedan manos con las que tapar los agujeros del casco. Pero yo no soy una excepción, todo el sector cultural, en cualquiera de sus manifestaciones, y en cualquiera de sus ámbitos, de los productores, a los creadores, pasando por los técnicos y demás profesionales con relación, se han visto afectados. Gravemente afectados, hasta el punto que muchos de ellos han tenido que cerrar las puertas y poner punto y final a su actividad. Porque si este maldito virus está siendo terrible con el sector del turismo, o con el de la hostelería, no lo está siendo menos con todos los que nos dedicamos a la cultura, que hemos visto como todo lo conseguido durante tantos, y tantos, años de esfuerzo y vulnerabilidad, se ha derrumbado en un instante. Y ha sucedido porque hemos sido tradicionalmente un sector laboral tremendamente frágil, a expensas de las inclemencias externas. Y si en el pasado un resfriado o una gripe nos ha mandado a la cama, este virus nos ha machacado sin piedad, y apenas hemos podido encontrar nada a lo que agarrarnos. Casi nada.

La semana pasada asistí a un concierto, de Viva Suecia, una banda murciana que admiro profundamente y que me parece de lo mejor que se ha incorporado a la escena musical española de los últimos años. La última vez que acudí al recinto donde tuvo lugar la actuación, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, nos recibieron con un chupito de ese licor bárbaro e impronunciable. La semana pasada fue con gel hidroalcóholico, que no nos bebimos, claro. Una vez dentro me sorprendió la distancia entre los asientos, que no nos permitieran, como en los bares, estar juntos los grupos de amigos. Que apenas pudiéramos ponernos de pie, que nos quitáramos las mascarillas con demasiada antelación antes de beber. Me sentí muy seguro, es cierto, pero también muy controlado. Si todas esas medidas se hubieran tomado en otras propuestas de ocio y consumo, no habrían abierto el 90% de los bares y restaurantes, las playas habrían ofrecido otro aspecto este verano y seguramente muchos centros comerciales no habrían abierto sus puertas. Sin embargo, y a pesar de no haberse dado un solo contagio en las actividades culturales, el nivel de exigencia en muchísimo más elevado que en cualquier otro ámbito. ¿Por qué? ¿Alguien puede o quiere responder a esta pregunta? No me cansaré de repetirlo: una sociedad que no cuida a su cultura, que maltrata sus creadores, que pone trabas a quienes la hacen posible, es una sociedad que demuestra mucho más que su miopía, más aún, su ceguera. Y la oscuridad solo trae el horror y el vacío. La nada.

COLEGIOS, LAS PUERTAS DEL MAÑANA

A pesar de los septiembres de cafeteras y apreturas, en mi memoria el colegio permanece como un lugar y como un tiempo especial, privilegiado, deslumbrante en muchos momentos. Lo pasé muy bien en el colegio, muy bien, e igual de bien en mis años de Bachillerato (Unificado Polivalente) y COU. Los recuerdo como muy buenos años, vividos intensamente. Hasta quinto de EGB estudié en un colegio próximo a mi casa, en el López Diéguez, donde también estuvo varias décadas antes Pablo García Baena. Como para dudar de los beneficios de la enseñanza pública (y lo digo por el poeta, claro). En sexto comencé mi periplo en los Salesianos. Ahora me doy cuenta de que nunca he sido creyente, que jamás he sentido eso que llaman fe, pero reconozco sin pudor que todos los 31 de enero y los 24 de mayo recuerdo a Juan Bosco y a María Auxiliadora y que aún me sé, de principio a fin, el Rendidos a tus plantas. Defensor, como soy, de la enseñanza pública y de la laicidad como concepto, jamás he escondido mi pasado en los Salesianos. Es más, considero que en gran medida aquellos años han sido fundamentales en la construcción del hombre que hoy soy. Ya no sé si eso se sitúa en el deber o en el haber del colegio.

Mis amigos de aquel tiempo siguen siendo mis amigos, como si formáramos parte de una familia creada y establecida más allá de nuestras propias casas. De aquel tiempo conservo mi pasión por el cine, por la música, por la lectura, que me inculcaron como si se trataran de juegos. También mi pasión por el fútbol. Conservo imágenes, sonidos y olores que estoy completamente convencido que me acompañarán el resto de mi vida. Recupero todos estos recuerdos, regreso a mi pasado colegial mientras forro los libros de texto de mis hijos. Mi hija, afortunadamente, seguirá teniendo la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que considero tan o más importante que memorizar las cuatro reglas y conjugar correctamente los verbos. En séptimo y octavo de EGB yo tenía una asignatura más o menos parecida: Constitución. Me gustaba, sí. Recuerdo los debates, que organizaba Rafael Cano, el profesor que se ocupaba de la materia. Como miembros de un pequeño Parlamento, exponíamos nuestras ideas, políticas, sociales o culturales, con absoluta libertad, aprendiendo a escuchar a los demás y aprendiendo, sobre todo, a respetar las ideas de los demás. Pues como la Educación para la Ciudadanía de hoy, chispa más o menos, que nadie se rasgue las vestiduras.

Forro los libros de mis hijos y recuerdo esas mañanas de septiembre de legañas y manchas de cacao, de remolinos y rebecas, de volver al colegio con ojos de sueño y felicidad en el gesto. También recuerdo los partidillos en el recreo, los primeros flirteos en el escalón del Realejo, los bocadillos de mortadela italiana. Ya ha pasado el tiempo, y los recuerdos de mis años en el colegio, en López Diéguez primero, en los Salesianos, posteriormente, se conservan intactos. Fueron muy buenos años, plenamente vividos. Felices. Me encantaría que mis hijos, pasados los años, conservaran recuerdos similares a los míos, al menos en intensidad emocional, a pesar de la pandemia. Les han tocado nuevos tiempos, diferentes, raros, extraños y complicados; espero que mejores, cuando todo esto pase. En cualquier caso, tengo muy claro que las puertas de los colegios de hoy, como los de ayer, son las puertas del futuro. Que vuelvan a estar abiertas supone mantener intacta la esperanza en un mañana mejor.

AGOSTO YA NO ES LO QUE ERA

En un mes de agosto los Beatles dijeron adiós, se despidieron tocando en una azotea. Cuentan que ni se hablaron, apenas se miraron. En otro mes de agosto, pero antes, cuando aún eran una banda de amigos, además de una banda musical, se plantaron en Graceland para pasar una velada con Elvis Presley. La noche con más estrellas, así la han catalogado. Solo hubiera faltado que Marilyn Monroe y James Dean se hubieran unido a la reunión. En los agostos españoles de aquellos años, y más atrás, hablamos de los 50, las estrellas se congregaban en los ruedos o en las salas de fiestas. Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez y Doña Concha Piquer. Agostos de transistor y botijo, alberca e higos, ponche y era, cosechadoras y saltamontes, himnos y miedo. Luego llegaron otros agostos, como reyes de verano, en los que tenían lugar esas fiestas en las que te podías encontrar a un “pijoaparte”, como tan bien nos contó el fallecido Marsé. Los 70. La España de los frigoríficos americanos, los pisos en esos nuevos barrios que nos suenan a viejos, y cercanos, y los Seat de todas las cilindradas, con aquellos faros capaces de guiar a los barcos en la tormenta más salvaje. Y como en un Monopoly costero, en los 80 las playas se fueron llenando de apartamentos apretados y puntiagudos, paseos marítimos, hoteles buenos y hoteles baratos, a gusto del bolsillo, con beans y mucha panceta, perdón, bacon, en el desayuno y hasta huevos fritos y tortillas rellenas. Todo eso no cabe, le dijo el cocinero del hotel a un primo mío. Las cosas del estado del bienestar, que con el colegio pagado, el médico pagado, la pensión asegurada y hasta medio hipotecada resuelta, nos permitimos tener eso tan moderno llamado segunda residencia. Porque los quince días de antaño, o el pisito alquilado a un profesor de Lengua, ya no nos parecía suficiente.

No hace tanto. Empleados con sonrisa inalterable, y de extraños horarios, parapetados en pisos pilotos con mucho wengué y mucha pizarra, a los que no les faltaba la ducha hidromasaje, el “silestone” y el “lumón”, pues ya que estamos, recibiendo a las decenas de futuros propietarios, deseosos de cumplir ese sueño que fue inalcanzable para sus padres, abuelos y demás rama genealógica. Otra hipoteca, pero con gusto, eso sí, porque podíamos, aunque no pudiéramos, y porque tener propiedades, poseer, es bueno. Es una inversión, nos dijimos, mientras cargábamos en el maletero un saco de patatas y seis kilos de tomates de la frutería del barrio, que vaya clavazos nos metían luego en los desavíos de la playa. Pero llegaron las vacas flacas, pero no unos cuantos ejemplares, toda la manada, y tuvimos que elegir entre comer ladrillo, mantener nuestras inversiones, o comer las patatas que nos trajimos de vuelta de la playa y que ya estaban empezando a echar raíces en el maletero. Y cuando creíamos que todos había pasado, cuando nos asomábamos otra vez como el Mono Burgos en aquel anuncio del Atlético, nos llega la cosa esta. Y lo curioso es que en marzo ni nos podíamos imaginar poner un pie en la playa este verano, como tampoco montarnos en el coche e ir a donde nos diera la gana, y sí, hemos podido, de esa manera, pero hemos podido.

Hemos hecho encaje de bolillos para sentarnos con unos amigos a tomar una cerveza en el chiringuito de turno, contándonos, que más de doce no podíamos estar, y con mascarilla, claro, y con distancia social, también. Y cuando ya estábamos ubicados, cada cual en su sitio, le hemos dedicado mucho tiempo a hablar de esto que nos está pasando, y que nos pasa más por todo el tiempo que le dedicamos. De palabra, obra y omisión. Por mi parte, recuerdo, agostos salvajes, orondos, sin tiempo, me sorprendí una vez mirándome el dedo gordo del pie, como quien contempla un atardacer en Playa del Carmen, menuda playa aquella. Y este agosto no ha tenido nada de eso, todo premeditado, contado, cuidado, aparcelado. Y agosto, sin su esencia juvenil, sin sus granos efervescentes, sin sus camisas de palmeras y sus charlas sin medida y mucho hielo, es menos agosto. O son nuevos agostos, que a mí me gustan menos, aunque tampoco me queda donde elegir. Tal vez solo me quede recordar aquellos otros agostos, convencido de que volverán a repetirse, a pesar de la mascarilla que me cubre media cara.

SEPTIEMBRE

Y llegó septiembre. De mis amores y de mis odios más profundos. Ese mes que marca la frontera entre los años, las temporadas y los quehaceres, en su versión más generalista. Puede comenzar una colección con los abanicos más exclusivos y modernos que se imagina, en cómodos plazos, multitud de colores, le quedara bien con ese vestido que se compró para la boda de su primo o para ese traje que tiene guardado en el armario empotrado, esa es la idea. También puede hacerse, en versión miniatura, que no habría garaje que lo aguantara a tamaño real, con la colección de motos de Valentino Rossi. Pronto veremos una colección con los guantes de Casillas, los bidones de agua de Contador y con los tuits de Gasol, porque todo se puede coleccionar, todo –hasta eso que se le ha venido a la cabeza en este preciso momento-. Acuérdese de esa colección de cajas de cerillas, o de billetes de metro o de entradas de conciertos que un día, escondidos en una caja de carne de membrillo de Puente Genil, recuperó en una limpieza intensiva. Puede que esa limpieza tuviera lugar en septiembre, que es un mes muy dado a remover cosas y hábitos, a limpiar en definitiva. Aunque, si lo piensa un instante, removemos más cosas que hábitos, ya que nos es más fácil variar el decorado que nosotros mismos, que estamos más instalados (y plegados) en nuestras cosas. Pues sí, hemos llegado a septiembre, que este año es más septiembre que nunca, porque entre todos hemos gestado y asumido que este septiembre es el del gran batacazo, el del cataplum, el del gran hundimiento, el del rescate entre los rescates –los violinistas ya dejaron de tocar en este Titanic sin tesoro en la bodega-. Amputaremos la pierna sana que nos queda y nos sentiremos satisfechos, porque el corazón seguirá latiendo, aunque ya no tenga miembros que alimentar. Nos diremos: demasiado bien estamos para la que está cayendo, y a soñar con otro septiembre tras un agosto con ración de sardinas y tres cervecitas fresquitas –con su IVA correspondiente- en el chiringuito de los últimos años. En este septiembre ya no tenemos derecho a tener síndrome postvacacional –tampoco postvocacional- cuando nos vayamos incorporando a nuestro puesto de trabajo, eso ya pasó a la historia, y emplearemos doscientas coletillas en explicarlo, porque el trabajo es un artículo de lujo, sólo al alcance de unos cuantos elegidos, sin derecho a protesta. En septiembre retomamos nuestra relación con la báscula y la economía –a escala de loseta-, contamos las calorías, los cigarrillos, los gramos de jamón york en la oferta del supermercado, los diez céntimos de vuelta. Reconversión en septiembre, basta realizar un breve estudio sociológico en los contenedores de la basura para saber  de lo que nos desprendemos y lo que adquirimos, con el entusiasmo de eternizar en nuestras vidas. Cuidado con los contagios, no olvide la mascarilla, las distancias, las relaciones. Cuidado con las agujetas, que hacen mella en los primerizos y pueden frenar nuestra euforia. No hay septiembre sin sus exámenes –terribles recuerdos- y sin su vuelta al cole y sus anuncios con niños rubitos y bien criados, como sacados de una academia sueca. De vuelta ya, de todo o nada. Sí, definitivamente, es septiembre, puede que sea el momento. ¿Para qué? Escriba en su diario de sueños –por cumplir- el reto y dispóngase a lograrlo. Es posible.

CINES DE VERANO

Durante la infancia, cuando llegaban estas fechas, pasaba la mayoría de las noches en los cines de verano de Córdoba. Los balcones de un amigo daban al Coliseo, junto a la plaza de San Andrés, y de cuando en cuando, nos invitaba. Pero era en el Olimpia, ese cine con nombre de leyenda francesa de la canción, muy cerca de la plaza de Santa Marina, al que acudí en un mayor número de ocasiones. Ver las películas era el pago en especie por haber adecentado y refrescado el cine cada día, con manguera y bañador. Puedo recordar, como si hubiera sucedido la pasada noche, los preparativos de mi madre para el reto que suponía ver Ben-Hur en un cine de verano. Una botella de agua casi helada y una barra de pan convertida en interminable bocadillo: bonito con tomate, por supuesto. Y Charlton Heston, ese romano menos romano que nunca hayamos podido imaginar, sobre la cuadriga, dale que te pego, noble y esclavo, líder de masas, converso y convertido, pero estrella del celuloide por encima de todas las consideraciones. Y así recuerdo cientos de películas, muchas de ellas de infame calidad. Todas las del dúo Esteso y Pajares, que en realidad no fueron tantas, las comedietas italianas protagonizadas por Jaimito, ese supuesto niño grande picarón interpretado por el “gran” Alvaro Vitali, las de Louis de Funes, ese cómico gabacho a lo Paco Martínez Soria o las de Terence Hill y Bud Spencer, que durante un tiempo se convirtieron en mis favoritas. Todavía no lo puedo comprender. La verdad es que esa pareja tenía algo de Quijote y Sancho Panza, de Asterix y Obelix y, sobre todo, de nuestros Capitán Trueno y Goliath. El bestia y el listo, y no pregunte quiénes de ellos ocupan los citados puestos.

Merecen mención aparte, por su cantidad, intensidad y capacidad hipnótica, y tal vez merezcan una novela, estudio, ensayo o similar, las películas de artes marciales, o de chinos, como las nombrábamos en mi barrio, que ocuparon entre agudos alaridos, rocambolescos saltos y bigotes afilados decenas de mis noches en los cines de verano. El fenómeno Bruce Lee, que sí interpretó algunas películas de cierta calidad, como Operación Dragón o El furor del Dragón –ya había dragones antes de Juego de Tronos-, desembocó en una riada, cuando no maremoto y puede que hasta tsunami, de producciones que saltaban de la B a la Z en un plis, canallas en sus interpretaciones, inclasificables en sus tramas, abominables en su mensaje: la venganza da sentido a la vida, e insufribles desde cualquier punto de vista. Curiosamente, hasta la película más petarda perteneciente a este género conseguía lo que no consiguen verdaderas obras maestras de la cinematografía mundial: la imitación por contagio. Nada más acabar la película de turno, las calles se poblaban de docenas de improvisados luchadores, hoy lo llamarían flashbruceleelovers o algo así, que trataban de emular lo contemplado en la pantalla, entre salamanquesas y mosquitos tamaño B52.

Solo recuerdo haber imitado a un actor no oriental a la salida del cine, a Nicholson tras ver esa delirante y maniática comedia que es Mejor imposible, trataba de no pisar las líneas rectas de las baldosas. Es el único que se ha aproximado a eso que lograron aquellas infames películas de artes marciales y las de Bruce Lee que contemplé en mi infancia y juventud. Pero no todo fue cine de casquería, recuerdo ciclos hasta el amanecer de Kubrick, Spielberg, Chaplin o Coppola. Y es que, por suerte, el cine de verano, casi al mismo tiempo que nuestro país, se fue normalizando hasta lo que es hoy, salas con techo de estrellas en las que se exhiben las películas que se pueden encontrar en cualquier cartelera de cine. Como cada verano, en numerosos puntos de Andalucía, no con la abundancia del pasado, indiscutiblemente, se siguen manteniendo estas salas temporales que nos ofrecen fresquitas veladas compartidas, de botellín y bocata, entre jazmines y albero, ya no tan contagiosas, en cuanto a gritos y extrañas posturas, en torno al cine. No es mal plan para una noche de verano.