PARÁSITOS

Con probabilidad, hay varias maneras de medir una buena película. O tal vez haya varias medidas para calificar una película. O se puede valorar a una película por muchos factores, habilidades y circunstancias, más allá de las estrictamente cinematográficas. Aunque las cinematográficas han de contar con el peso suficiente, o más que suficiente, para calificar a una película como mala, regular, buena, buenísima u obra maestra. Todo es relativo, o tal vez no debería serlo. Y, por tal motivo, muchas medidas y consideraciones han de ser tomadas en virtud de otros conceptos. De otros muchos conceptos, me temo. Cualquier embarcación actual es mucho mejor que la nao Victoria que emplearon Magallanes y El Cano para dar la vuelta al mundo hace cinco siglos, sí, pero en ese momento, aquella embarcación fue la mejor, la obra maestra de las embarcaciones. Con la cultura, con la música, con la pintura, con el cine, ocurre lo mismo. Hay películas que, cinematográficamente, no son excepcionales, pero suponen nuevos caminos, nuevas propuestas, nuevas formas, que posteriormente otros han mejorado y perfeccionado, pero sin esos primeros pioneros el presente no existiría. Parásitos, la gran sorpresa en la última entrega de los Premios Oscar, no es una nueva propuesta, no ofrece ni pretende una nueva reformulación del cine, tal y como lo conocemos. Y tampoco es una obra maestra, cinematográficamente hablando. Es más, me atrevería a asegurar que ateniéndonos a criterios estrictamente cinematográficos no era la mejor de las películas que competían por el Oscar. No cuenta con las soberbias interpretaciones de Joker o Historia de un matrimonio, no es un derroche de técnica como 1917, y no transmite esa sensación de gran cine, de todo un clásico en este tiempo, de El irlandés. No, es cierto, pero te hace pensar, te toca, te deja trastocado durante unos días. Interpretas y cuestionas la película, una vez ha finalizado. Y eso es una virtud a tener en cuenta.

En resumen, así en plan titular, Parásitos es una película sobre el capitalismo, sobre la lucha de clases, o sobre la existencia, simplemente, de las clases. Separadas, tabicadas, delimitadas, por cemento y concertinas, defendidas a cañonazos, si hace falta. Porque para que unos cuantos vivan muy bien tiene que haber otros muchos que vivan peor, incluso mal, muy mal, aunque eso ya lo sabíamos todos. Y para escapar de esa realidad, una familia que vive casi en la indigencia se inventa toda una serie de artimañas, algunas son realmente divertidas, con tal de revertir esta situación. No me cabe duda de que esa es la parte más atractiva y brillante de la película. Sobre todo, por desconocida, porque nos pilla por sorpresa a la mayoría. Esa exhibición de picaresca oriental que, para nosotros, occidentales, con nuestra mentalidad estricta de occidentales, difiere muchísimo de la imagen oriental, de método, exactitud y casi sumisión, que hemos ido elaborando a lo largo de los años. Otra virtud de Parásitos, y nada despreciable, por otra parte. Derrumba estereotipos.  

Aviso, viene spoiler. Acabo con lo que menos me ha gustado de Parásitos: su final. Lo acepto como espectador, sí, simplemente lo acepto, pero no lo comparto como persona, para nada. Tan poco me gustó que durante unos días estuve realmente enfadado. Y tengo muy claro que con otro final, el previo apenas ocurrido unos segundos antes, por ejemplo, la película de Bong Joon-ho no habría conseguido tal cantidad de Oscar. No soporto el final de Parásitos porque no deja de ser más que el reconocimiento del gran triunfo del capitalismo y del pesado lastre de las clases, que nos condicionan de por vida, hasta el punto de limitarnos vitalmente. No somos lo que queramos o podamos ser, solo aquello que nos permiten. A los pobres solo se les permite soñar con ser alguna vez ser ricos y vivir como los ricos. Eso solo pueden soñar, en realidad no es posible. Esa coletilla, ese giro final, acabó siendo el remate amargo de una película más hábil que inteligente, divertida por momentos, sorprendente en algún instante, inusual siempre. Su gran mérito: es interactiva. El debate está servido.

LA CÓRDOBA DE CÁNTICO

El pasado jueves, 30 de enero, tuve el privilegio, y la gran responsabilidad, no ha sido una tarea fácil, de guiar un paseo por la Córdoba de Cántico, con una especial mirada a Pablo García Baena, casi coincidiendo con el segundo aniversario de su fallecimiento. Una actividad puesta en marcha por el Centro Andaluz de las Letras, dentro del programa denominado Ciudades Literarias, que trata de mostrar la vinculación, tanto simbólica como concreta, que han mantenido las calles por las que transitamos con las obras de los escritores que las vivieron. Una bella y necesaria iniciativa, puesta en marcha por su directora, Eva Díaz Pérez, que está demostrando tener talento no solo para lo literario, también para la gestión. Reflexionar sobre Cántico en Córdoba es asunto complicado, desde cualquier perspectiva, cuando ya creemos haberlo escuchado todo y, al mismo tiempo, seguimos con la sensación de que aún nos falta algo, poco o mucho, por saber. Yo no he querido competir con las tesis, los estudios y demás información que hay al respecto, tan abundante como dispersa, entendí que no era mi misión. Acudí, por tanto, a las emociones, a los recuerdos y al homenaje, sincero y profundo homenaje. Todos esos elementos que empleé para escribir El sentimiento cautivo, una novela que es una declaración de admiración por aquel grupo de hombres que fueron capaces de mostrar sus voces y su sensibilidad, desarrollar su talento creativo, en un lugar y un tiempo inhóspito para ellos por muchos motivos.

En los días previos, mientras elaboraba la ruta, poco a poco fui descubriendo las muchas cosas que me unen a Cántico, y a Pablo García Baena, más concretamente. Él nació en la Córdoba esencial, la de esos patios que suponían una manera de vivir y no un reclamo turístico, en la calle Parras, yo a escasos metros, en la Reja de Don Gome, donde ahora se alza ese espacio nuevo del Palacio de Viana. Estudiamos en el mismo colegio público, Hermanos López Diéguez, donde también impartió clases Juan Bernier. Después viví, durante treinta años, frente a la plaza que lleva su nombre, Poeta Juan Bernier, aún recuerdo su visita, recién iniciada la obra de construcción, y me pasé muchas horas en el Realejo, sentado en cualquier escalón, junto a mis amigos, sin saber que allí antes se habían reunido, en la bodega de Pepe Diéguez, donde celebraron la visita de Aleixandre, o en cualquiera de las muchas tabernas que existían entonces, todos los integrantes del Grupo Cántico. Y en otras tabernas, del Potro o de la Corredera, esos entonces jóvenes poetas, idearon la revista que les dio, posteriormente, el nombre por el que todos los conocemos. En esas mismas tabernas, sin serrín en el suelo, yo también contemplé como mis amigos ideaban sus revistas literarias, Recuento o Reverso, Pablo, Gabriel, Antonio, Eduardo, Antonio Luis, Alfonso, siguiendo los pasos, sin saberlo, y hasta sin quererlo, de aquella excepcional generación poética.

Fue un jueves de bruma y nervios, de emociones, en el que pude sentir, en determinados momentos, la mano invisible de Pablo García Baena guiando mis pasos. Fue una cita en la que quise volver a mostrar, una vez más, ese activismo cultural, esa inquietud eléctrica, que caracterizó a Cántico. Porque además de unos excepcionales poetas, también fueron un grupo de gestión cultural y se entregaron a ello con pasión. Creando su conocida revista, que hicieron con sus propias manos, consiguiendo que el mismísimo Aleixandre viniera a Córdoba a recitar sus versos en 1949, pero también hablemos de su implicación en que Córdoba cuente con el Premio Nacional de Flamenco, gracias a Ricardo Molina, o un excelente primer Catálogo del Patrimonio Arqueológico de la provincia de Córdoba, donde Juan Bernier fue una piedra angular. Y, sobre todo, situando a una lánguida Córdoba, lejana y sola, en el mapa cultural español. Le debemos mucho a Cántico, más de lo que imaginamos, más allá de sus poemas. Por eso, cualquier homenaje, sin necesidad de excusas en el calendario, se me antoja pequeño, y no solo nos basta con mantener su legado literario. No me cabe duda que el mayor homenaje sería mantener viva esa pasión por prestigiar Córdoba como un reconocible y admirable espacio de Cultura. Ese es el legado, ese debería ser el reto.

EL CLUB DE LOS LIBROS OLVIDADOS

Unos días atrás, mientras almorzaba, una noticia del informativo me sorprendió profundamente: cada año nos olvidamos más de 10 millones de libros en las habitaciones de hotel . Atónito, puede que algo angustiado por todos esos libros olvidados, pasé buena parte de la horas siguientes tratando de buscar una explicación a estos abandonos. No podía entender que alguien fuera desprendiéndose así de una parte fundamental de su vida. Los libros no son solo nuestros compañeros, forman parte de nosotros, nos definen, nos retratan. En este sentido, he de reconocer que me puede la curiosidad y que cada vez que visito una casa ajena lo primero que hago es pasear visualmente por la biblioteca que cobija. Y así he podido suponer/imaginar personalidades, inquietudes, preferencias, pasiones, debilidades, con tan sólo leer los lomos de los libros apilados. Es un ejercicio que me apasiona, y que trato de repetir siempre que se me presenta la ocasión, con disimulo y respeto, sin cuestionar, con prudencia. Alguna vez se me ha escapado una sonrisa, claro, pero nunca ha sido maliciosa, una sonrisa cómplice conmigo mismo, un «lo sabía» porque mis sospechas eran fundadas y estaba en lo cierto. También me sorprendo de cuando en cuando, claro. Aún recuerdo la biblioteca de aquel amante de los automóviles tuneados, las camisas de dragones y las retransmisiones nocturnas de lucha que, sin embargo, exhibía en sus anaqueles Rojo y negro de Stendhal, Ilusiones perdidas de Balzac y La fiesta del chivo de Vargas Llosa. De la misma manera que me sorprendió la biblioteca de aquel poeta de postín que coleccionaba la historia de los Madelman, todos los libros regalados por los suplementos dominicales y que trataba de esconder, en una esquina, buena parte de las obras de Vázquez-Figueroa. Los heredé de mi padre, me dijo.

Esa misma tarde, tras varias horas de búsqueda, de saltar de un enlace a otro, esquivando pornografía, casas de apuestas y aseguradoras varias, por fin descubrí la existencia de El Club de Libros Olvidados. Una web con aspecto añejo, primitiva en su concepción y formato, que parecía ser el registro, o la contabilidad de todos esos libros olvidados no sólo en las habitaciones de hotel, también en los asientos de metro, autobús y tren, en las salas de espera de los dentistas, en todas las playas del mundo, en piscinas y centros comerciales, en los armarios de los pacientes y de los médicos de guardia en los hospitales, en las garitas de los soldados, guardajurados y serenos, en las salas de los proyeccionistas de cine, en las taquillas de los futbolistas de Primera y Segunda División, en las furgonetas de los roqueros, en las terminales de los aeropuertos. En la web se especificaba el título, autor y lugar en el que había sido encontrado, y se emplazaba a los olvidadizos dueños a solicitar la recuperación de sus libros, en el periodo de un mes, antes de que pasaran a formar parte, de pleno derecho, de El Club de Libros Olvidados. Profundizando en los contenidos de la extraña web, también descubrí que eran muy pocas las devoluciones, debido al escaso interés de sus propietarios por recuperar lo perdido. No me sorprendió, yo también formo, he formado, parte de ese batallón de lectores olvidadizos, y es que no podía ni imaginar que existiera esta asociación, programa o como se quiera denominar esta web, que muy pronto entendí como un orfanato, no, que es un concepto muy antiguo, una casa de acogida para todos esos libros perdidos por sus propietarios. Aunque algunos libros no se pierden, simplemente nos alejamos de ellos, no los queremos cerca o pretendemos que alguien los disfrute con la misma intensidad que nosotros. Todo es posible.

Una vez transcurrido el plazo de custodia, las obras que forman parte de El Club de Libros Olvidados comienzan una nueva vida con lectores que sí las desean leer, conservar, mimar y disfrutar. La verdad es que mientras más me adentraba en los contenidos de la web, mientras más leía, más atraído me sentía por este club del que desconocía su existencia. Eso sí, los requisitos para acceder a estos libros olvidados son muy exigentes, no vaya usted a pensar que se presenta la solicitud y como si tal cosa, por las buenas, se le envía a su casa el título solicitado, nada de eso. En primer lugar se exige no estar en la nómina de lectores olvidadizos, porque eso también se controla, y de qué manera, y ahí ya estamos un montón de posibles receptores descartados. También hay que demostrar que se es un verdadero amante de los libros, que los nuevos ejemplares convivirán en un hábitat óptimo, en compañía y armonía, que formarán parte de una biblioteca estable, protegida de las inclemencias meteorológicas y del olvido. Y así me gustaría que hubiera terminado la información que escuché en un noticiario mientras almorzaba, pero no, las cosas son como son y no como nos gustarían que fuesen. Si se olvidó un libro en la habitación de un hotel, playa o sala de espera, no busque la web, que no existe, ya me gustaría. De momento nos tendremos que conformar con la memoria, y con esas emociones que es mejor no tratar de reproducir por segunda vez.

EL DODGE DE JOE STRUMMER

JOE Strummer, el guitarrista/fundador/compositor/cantante de los míticos The Clash se murió hace casi veinte años sin poder recuperar el Dodge 3700 GT, gris plata, con matrícula de Oviedo, que dejó aparcado en un garaje de Madrid. Strummer lo conducía como un James Dean punkarra cada vez que regresaba a España, porque a España siempre regresaba, una y otra vez, de un modo u otro, huyendo de la fama, los escenarios, los fans y demás adherencias. Lo cierto es que le gustaba nuestro país, mucho; Lorca le embriagaba, Andalucía le parecía el paraíso en la tierra y sentía una pasión desmedida por nuestra Guerra Civil, que entendía como la última gesta épica, como si un Hemingway se hubiese colado en su interior. Puede que Paloma, Palmolive en la escena musical londinense, la novia malagueña y punk del músico a finales de los setenta, fuera la puerta de entrada del músico en España. Joe Strummer en nuestro país no era la ampulosa y deslumbrante estrella british, o sólo lo era para unos pocos que conocían la leyenda de los Clash, y que tarareaban sus canciones a todas horas. De hecho, era tan poco conocido en nuestro país que, en más de una ocasión, tuvo que esforzarse, y a conciencia, para demostrar que, efectivamente, era el líder de los Clash. Strummer, como un Messi que llegara de incógnito a los suburbios de Ciudad del Cabo y se pusiera a entrenar a los chavales que juegan al fútbol en la calle, comenzó a establecer relaciones con algunas de las bandas más características de aquello que aún seguimos conociendo como La Movida. Era frecuente en el local de ensayo de Radio Futura, y hasta produjo un disco de los granadinos 091, Más de 100 lobos. El Pitos, Lapido o Arias -los componentes de la banda- no podían creer que aquel guiri que se apoyaba en la tasca bebiendo vino peleón y barato fuera Joe Strummer, uno de los grandes músicos del momento.

En su Dodge, que adquirió ya estando en nuestro país, Strummer se paseaba por la Gran Vía, Alcalá o Malasaña, en dirección a aquellos oscuros garitos que disfrutaba junto a sus nuevas amistades, y también se le podía ver subiendo las cuestas del Albaicín, camino de la Alhambra o sorteando las callejuelas que conducen a la Catedral, como el explorador que se adentra en una tierra desconocida y maravillosa. Aunque, de vuelta a su país, de vez en cuando preguntaba por su Dodge, incluso, en tono jocoso, aprovechó una entrevista en un medio de comunicación español para reclamarlo a través de las ondas, tampoco puso Strummer mucho interés por recuperarlo. Lo dejó aparcado en el garaje, se fue sin previo aviso, lo esperaba la paternidad en su país. Murió sin saber nada de su Dodge, o puede que lo tuviera perfectamente localizado, quién sabe. Por lo que relatan quienes estuvieron a su lado durante esos años, por las fotografías testimoniales que han quedado de su paso por España, es fácil intuir que el líder de los Clash fue feliz aquí, o que, al menos, no fue tan desgraciado como en el Reino Unido. La historia del Dodge plateado de Joe Strummer tal vez esconda en su interior una historia de sueños incumplidos, de recuerdos premeditadamente incrustados en la memoria, y que pueden ser el verdadero argumento de una anécdota con aspecto tan simple. Huellas, señales, necesitamos en cierto modo «esparcirnos» allá por donde pasamos, sobre todo si hemos sido felices o, al menos, no tan infelices como en el pasado.

En cierto modo, pretendiéndolo o no, establecemos un vínculo con ese lugar que, normalmente, está asociado a un estado mental o físico o a un periodo temporal concreto que nos ha sido grato -o que entendimos como tal-, llamémoslo felicidad, amor, tranquilidad, calma. Es nuestro pretexto para volver, lo hagamos o no, pero al menos siempre nos quedará ese lugar, ese estado o esa emoción y tendremos la esperanza de regresar algún día, aunque nunca lo hagamos. El paradigma del regreso, ese paraíso particular que auspiciamos en nuestro interior contra las inclemencias del presente. Joe Strummer no lo hizo, nunca regresó. El Dodge plateado circula por esa autopista que con frecuencia trazan nuestros recuerdos. En muchos casos, añoramos un pasado que tal vez no existió, pero que nosotros necesitamos mantener maravilloso, único e irrepetible. Con total probabilidad, buena parte de nosotros tenemos nuestro particular «Dodge» aparcado en cualquier garaje del pasado. La documentación en regla, correcto el nivel de aceite, medio depósito de gasolina, las ruedas puestas, dispuesto para arrancarlo en cualquier momento, aunque nunca lo hagamos.

1917

En la pantalla, mientras comienzo a escribir este artículo, Apocalipsis Now, esa obra maestra, una más, de Francis Ford Coppola. La voz del coronel Kurtz resuena a través de un eco infernal, mientras un jovencísimo Martin Sheen contempla su fotografía. Una imagen en blanco y negro, de un apuesto Kurtz, previa a su transformación. Un Harrison Ford, sin canas y sin arrugas, y sin Chewbacca a su lado, escucha atento. A ratos el lado oscuro se impone al lado claro. Todos los hombres tienen su límite de resistencia. Coppola tal vez sea el primero en filmar el infierno de la guerra en su primera esencia, dentro del terror mismo. Hasta entonces, la guerra filmada era una sucesión de héroes, batallas, orden, disparos, victorias y derrotas, malos y buenos, pero no sentíamos, no contemplábamos, el miedo, el pánico, de las personas que tomaban parte. Coppola nos lo enseñó. El miedo del joven que no quiere descender del helicóptero, no quiero ir, grita, desolado. Ese mismo miedo, loco, descontrolado, insano, lo volvimos a contemplar en Platoon, la película con la que Oliver Stone nos abrumó. Una película fuera de tiempo, cuando ya creíamos haber visto todas las películas posibles sobre Vietnam, ese infierno, ese corazón de las tinieblas que Conrad nos contó y Coppola interpretó. Más allá de la fuerza física o armamentística, la guerra mental, psicológica, las fronteras que nunca nadie debería cruzar y que la guerra te empuja a hacerlo. Spielberg, especialmente en esos apoteósicos minutos iniciales de Salvar al soldado Ryan, nos trasladó de nuevo al borde del abismo, a ese punto en el que el hombre, cualquier hombre, ya no respeta nada, ni a él mismo. Hombres sacudidos por el miedo, que vomitan, que no controlan a su propio organismo, antes de participar en una orgía de sangre, explosiones, cuerpos y muerte.

Este 2020 ha comenzado trayéndonos otra formidable, pero también cruda, por real y nítida, reconstrucción de lo que supone la guerra, sin tener en cuenta los contendientes, las motivaciones, los derrotados y los vencedores. Dirigida por Sam Mendes, 1917 es una épica producción en la que volvemos a encontrarnos con el conflicto armado al natural, con todas sus miserias y miedos, en esta ocasión recuperando la Gran Guerra, que con toda seguridad es el episodio bélico que menos hemos podido contemplar en la pantalla, a pesar de aquella obra maestra de Kubrick, titulada Senderos de gloria. Y para dotar de mayo realismo a su historia, se vale Mendes de un falso plano secuencia, a modo de cámara omnisciente, o cámara que abarca todos y cada uno de los ángulos posibles, que emplea como narrador excepcional. Pero no solo no encontramos en 1917 la aspereza de la guerra, también el valor de la amistad, la ironía de las ideologías como elemento de confrontación y esa capacidad humana, escondida, como si fuera nuestro airbag salvador, para enfrentarnos y superar hasta las circunstancias más dramáticas, más allá del límite de nuestra resistencia. Magistralmente interpretada, con un ritmo que nunca decae, y con una banda sonora que te acongoja, 1917 ingresa en la nómina de las grandes películas bélicas. Películas que, en la mayoría de las ocasiones, tal y como le sucede a la que comentamos, esconden un claro y contundente mensaje antibelicista.

Me llama mucho la atención la publicidad de 1917, en la que se puede leer: del director de Skyfall. Eso es como publicitar el nuevo disco de U2 y anunciarlo como “de los creadores de Songs of the experiencie”, que es uno de sus trabajos más mediocres, y obviar títulos como War o Achtung baby, que tal vez sean la cúspide su trayectoria. Porque San Mendes ya nos ha ofrecido películas tan deslumbrantes como American Beauty o Camino a la perdición. 1917 lo apuntala, indiscutiblemente, en la cima de la cinematografía mundial, mostrándonos a un director inconformista, arriesgado, que va de un género a otro, con la suficiente maestría para acomodarlos a su propia concepción. 1917, como Joker, como Historia de un Matrimonio, como Parásitos, El irlandés o Dolor y gloria, es también la confirmación de un excelente año cinematográfico, en el que muchos, me incluyo, nos hemos reconciliado y regresado a las salas de cine.

RUPTURAS

Leía la pasada semana, en este mismo diario, que el 11 de diciembre es el día de las rupturas matrimoniales, así a modo de resumen. La fecha sale de un portal llamado Information es beautiful, que con toda probabilidad con ese nombre será el espacio virtual favorito de Zuckerberg y de Trump, y que tras un estudio a más de dos mil millones de usuarios de Facebook, da como resultado que el 11 de diciembre es cuando más se cambia la información sobre el estado sentimental en la red social de marras. Nos vigilan, hasta ese punto: Tinder al acecho. La explicación de algunos especialistas sustenta con gran lógica este argumento: la frase comida familiar de Navidad provoca en nuestro interior convulsiones y cambios anímicos similares a los que padecen aquellas personas mordidas por un zombie o vampiro. Porque lo que debería ser un momento entrañable se convierte en un inasumible reto, con frecuencia, en una maratoniana prueba emocional que no todo el mundo está dispuesto a superar. En el mismo artículo, se señala que la segunda fecha con mayor influencia en las rupturas de pareja se produce con el inicio de cada nuevo año. De hecho, al primer lunes del año los especialistas ya lo denominan Día D (de Divorcio). Y son muchas las causas, las explicaciones, las tesis y los teoremas, que básicamente se resumen en uno solo: si muchas parejas apenas se aguantan en el día a día, cuando se ven lo justo por los trabajos (quien tenga), rutinas y demás, la situación se convierte en insostenible cuando llegan los periodos vacacionales, muy prolongado el contacto, con el aliño del componente familiar. Hoy no vamos a hablar de suegros y suegras, de cuñados y cuñadas, pero todo el mundo sabe, por propia experiencia, que bien podríamos escribir todo un periódico, un manual obeso y hasta una enciclopedia de varios tomos, que son muchos los casos, los ejemplos y las aristas a analizar en el siempre complejo universo familiar.

Este artículo de las rupturas sentimentales me trasladó a la novela de Isaac Rosa, Feliz final, en la que narra con brillantez, emoción e hilando muy fino, tanto que todos nos podemos sentir representados, el fin de una pareja. Y casi coincidió en el tiempo, el citado artículo, con el estreno, por llamarlo de algún modo, de Historia de un matrimonio. Que las series de televisión y las plataformas han creado un nuevo concepto audiovisual es más que una evidencia. Y que en este cambio Netflix ha dado un paso más largo que el resto tampoco hay quien lo discuta. El año pasado lo hizo con la sensorial Roma, de Alfonso Cuarón, y este año ha ido más lejos con el El irlandés, de un tal Martin Scorsese o con la referida Historia de un matrimonio. Un inciso. Con respecto a la película de Scorsese, que tanto se está comentando, indiscutiblemente no es una de sus obras mayores, no es Uno de los nuestros o Taxi Driver, no, pero está muy por encima de la media de lo que podemos contemplar. Porque, a fin de cuentas, es una película de Scorsese, con todo lo que eso entraña.

Hay quien reconoce en Historia de un matrimonio una nueva Kramer contra Kramer, aquella legendaria película que nos instruyó en el divorcio y sus dolores cuando aún éramos unos novatos en el tema. Es una analogía demasiado simple, entiendo. La película de Noah Baumbach es una recreación de la ruptura desde todos los ángulos posibles, y contando con la participación de todos los afectados, en primer, segundo y tercer grado, de la pareja misma, a los hijos, y sin olvidarse de la familia y amigos. Fascinantes las interpretaciones de Scarlet Johanson y de Adam Driver, así como del resto del elenco, con unos sobresalientes Alan Alda, Laura Dern y Ray Liotta. La crítica coincide en una palabra para definir esta película: desgarradora. La palabra más acertada en este caso. Ya que toda ruptura supone eso, un auténtico y emocional desgarro, perder una parte, ya sea el 11 de diciembre, el primer lunes del año o el 23 de junio, mientras suena la canción de Vetusta Morla.

EL PODER DE LA CULTURA

En una televisión privada, Movistar, ha comenzado un programa titulado El poder de la música que debería estar en la parrilla, por pedagogía, calidad y necesidad, de una televisión pública, abierto a todo el mundo. La dinámica del espacio es muy sencilla: conocidos personajes, de muy diferentes ámbitos, cuentan a la cámara canciones, artistas, bandas, que han sido muy importantes en su vida, por los más distintos y variopintos motivos. Una emocionada Alaska, en la primera entrega, narraba, incluso con lágrimas en los ojos, lo que ha supuesto la figura, la música y las canciones de David Bowie en su vida. He de reconocer que me sentí plenamente identificado con Alaska, es de mi club. Siempre recordaré cuando me enteré de la muerte de Bowie, en un atasco, bajo la lluvia, dentro del coche, la voz del locutor al anunciarlo. Lloré durante varios minutos con las manos apretadas al volante, impotente, desconcertado, huérfano en gran medida. Y lo mismo me sucedió con Prince, Eduardo Benavente o Lennon. Hay canciones que me reportan tal cantidad de emociones que soy incapaz de administrar y calcular mis reacciones. Escuchar a Calamaro, en directo, cantar Paloma sigue siendo un chute de melancolía que me es imposible disimular. El viento a favor, El extranjero o Maldito duende, de Enrique Bunbury. Los Beatles, Dylan, Los Planetas, Viva Suecia, qué sé yo. No cito más ejemplos, avalancha. Y encuentro emociones similares, en intensidad, en descontrol emocional, en la literatura o en el cine/series. Soy el típico espectador llorón, lo reconozco, y necesitaría seis páginas de periódico para enumerar todas las escenas que me han enrojecido los ojos. Cuando acabé de ver Toy Story 3 tuve que permanecer en la butaca del cine varios minutos porque me daba vergüenza abandonar la sala con semejante llorera, y mientras pude me camuflé en las sombras.

En mis últimas novelas, trato de explicar y definir a mis personajes a través de sus consumos culturales. Porque somos como y lo que comemos, como conducimos, como vestimos o como fumamos (los que fumen), pero somos, sobre todo, lo que consumimos culturalmente. La música que escuchamos, los libros que leemos, las películas que vemos o las exposiciones que visitamos conforman nuestra personalidad. No son circunstancias livianas de nuestras vidas, meros adornos, no, nos construyen, nos perfilan, nos definen. Y, en cierto modo, tejen una red social invisible pero real que tiende a reunirnos, a seducirnos, a encontrarnos. Es emocionante toparse con otras personas que comparten tus mismas inquietudes, que se emocionan con expresiones similares a las que tú. Alivia, gusta, te proporciona una sensación de pertenencia, de inclusión, a un grupo, a un clan, a una tribu de seres similares. A la Literatura, por ejemplo, algo que nunca me cansaré de repetir, le debo algunos de mis mejores amigos, que son algo parecido a una familia, según pasan los años. Y eso nunca sabré como agradecérselo, además de todas las satisfacciones que me reporta a diario, cada vez que tengo un libro entre las manos.

Dicen que los hijos tienen que matar, en un sentido metafórico, a sus padres, consecuentes con el tiempo en el que se desarrollan. Siempre tiempo con circunstancias muy diferentes a las nuestras, muy diferentes, por muchos paralelismos que pretendamos establecer. Por eso, yo no quiero ni pretendo que a mis hijos les gusten la música, las películas o los libros que a mí me gustan, eso sería un ejercicio de onanismo fundamentalista. Lo que quiero, y pretendo, es que también se dejen emocionar, construir y definir por las expresiones culturales con las que más se sientan identificados. Que hagan de la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, un elemento cotidiano de sus vidas. Porque estoy seguro que las suyas serán vidas más ricas, más limpias, más libres y menos solitarias. Porque la cultura, al menos así yo la entiendo, puede llegar a ser la compañía más estable, duradera y fiel con la que te encuentras a lo largo de tu existencia. Gracias a la música, a los libros, a las películas, siempre me he sentido acompañado, nunca solo, y eso no es poco.

UN DÍA CON EL MAESTRO

En el año 2001, acababa de cumplir 80 años, tuve la oportunidad de pasar unas horas, casi todo un día, con uno de los más grandes directores de cine que hemos tenido: Luis García Berlanga. Recupero lo que escribí en su momento, cuando se cumplen 9 años de su muerte.

A principios de semana, tuve la oportunidad de compartir un día con un creador que admiro y venero como maestro, y que proclamo como genio. Su nombre: Luis García Berlanga. Ni que decir tiene que los prólogos al encuentro se caracterizaron por el nerviosismo y la vergüenza. Yo, que siempre he reconocido mayores influencias cinematográficas que literarias, me enfrentaba cara a cara con uno de mis grandes maestros. Lo confieso: me temblaban las piernas.

A sus ochenta años recién cumplidos, Luis –tuteo por obediencia al maestro- posee esa vejez dicharachera, sabia, libertina-libertaria, mordaz y ocurrente que sólo unos pocos alcanzan. Físicamente, su cuerpo se mantiene sobre unas rotulas de titanio, que le robotizan un tanto el movimiento, pero conserva ese corpachón suyo tan característico. Mentalmente, el disco duro de su memoria se encuentra en perfecto estado, rebosante de datos y anécdotas, que narra sin rubor porque Luis ya está en otra cosa –o en sus cosas-.

Ríe como un niño que ha recibido un regalo, se fija en los pies –en los tacones- de las jovencitas con el descaro de un quinceañero, habla del cine actual con la pasión del forofo futbolero y recuerda su vida con la gratitud del que ve cumplido sus sueños. “¿Bienvenido Mr. Marshall? Sí esa es la peor película que he hecho”, y te lo dice así, como si tal cosa, y claro, se te queda cara de tonto, porque tú la has visto treinta veces y te sabes los diálogos de memoria. Y algo parecido sucede si le mentas “El verdugo” o “Plácido”, auténticas obras maestras, vigentes por calidad y actualidad, y que él cataloga como películas “que no me quedaron tan mal”. Porque su preferida es “París-Tombuctú”, y se queda tan ancho.

Hoy Luis es transparente, y te habla con naturalidad del sexo que le gusta practicar u observar, de las horas que le dedica a los cómic y revistas pornográficas –todo un experto- y del alejamiento voluntario que practica encerrado en su caótico estudio. Ya no tiene que seguir alimentando al personaje. Eso sí, se mantiene en su tradicional condición: “soy lesbiano”. No es una broma del viejo maestro; es pura sabiduría.

EL TIEMPO DE LAS NARANJAS

Escoja entre el verbo o la geografía. Se mondan con facilidad, pero realmente su nombre es mandarinas, dicen. Y todavía no nos habían llegado los rollitos primavera, el arroz tres delicias o el cerdo agridulce. Lo de las tres delicias debe ser algo parecido a lo de la Santísima Trinidad, porque sigo sin poder entenderlo. ¿Tres delicias, cuáles? Las mandarinas son como ese acuse de Correos que el cartero nos deja en el buzón: el anticipo de una evidencia. La verdad es que ahora tenemos naranjas, tomates o calabacines todo el año y no cuando tocan y esa magia, en parte, la hemos desvanecido. Misterios de la ciencia o de cómo se quiera llamar eso. Pero en realidad, más allá de la ciencia, que tal vez sea la propia naturaleza lo que hay más allá, cada cosa tiene su tiempo. Como las espinillas, como la selectividad o como el primer amor, y hacerlo a destiempo, cuando ya Peter Pan es un señor con hipoteca, se convierte en una anomalía. Lo queramos o no, nos gustara o no, de izquierdas o de derechas, o de ese centro que ya no existe, el que Franco siguiera estando en un edificio público, junto a muchos de los que fueron sus víctimas, era una gran anomalía. Sí, lo era, y considero que es un asunto que no admite discusión –aunque todo se puede discutir, claro-. Todas las democracias consolidadas del mundo lo son, en parte, porque han sabido enterrar a sus fantasmas, a lo peor de su pasado. Y en ese pasado podemos encontrar al poder de las religiones y también a los dictadores. España mantenía esa herida abierta, esa anomalía que nos diferenciaba y que esta semana, con muchísimo retraso, ha quedado resuelta. Y tal vez nos quedemos cortos. Ojalá desenterrar a Franco suponga, también, desenterrar al franquismo, que es la gran asignatura que nos queda como país, como sociedad y como conciencia colectiva, si pretendemos cerrar la puerta de ese pasado que fue tan ingrato y tan atroz para tantos millones de españoles. No es un asunto ideológico, es convivencia, respeto, memoria, nada más.

En este tiempo de las naranjas, que es tiempo de las pocas certezas con las que contamos, todavía hay quien se sorprende por las declaraciones de la escritora Cristina Morales, tras serle concedido el Premio Nacional de Narrativa, por su novela Lectura fácil. Menudo lío, menudo follón, le han pedido que devuelva el premio, que se vaya de España, que ojalá arda el dinero ganado y no sé cuántas condenas más. Sin coincidir con la escritora en sus planteamientos, no tratemos de amansar a los creadores, no los queramos convertir en lo que nosotros deseamos. Porque, con frecuencia, parece que solo los queremos para que nos hagan pasar un rato, leyéndolos o viéndolos interpretar, pero que luego sean mesurados, moderados y que piensen como nosotros. Los creadores, los intelectuales de todos los tiempos y épocas se han caracterizado por ir a la contra, por enfrentarse contra lo establecido, por ser azote, incluso desde la ilógica, desde la sinrazón, pero es que tal vez ese sea su papel: ser diferentes. Estar a disgusto, mirar con otros ojos, no caer en la rutina, espada y trueno, vozarrón en el silencio, la estopa de los moderados, el grano en el culo. No es Cristina Morales una excepción, y pidamos que ella misma y otros más, no caigan en el conformismo, porque siempre necesitaremos otros puntos de vista y otras ideas, aunque no las compartamos y no nos gusten.

En este tiempo, tiempo de las naranjas, vuelvo a leer el poemario de Juan Ramón Campos, amigo y poeta, que es compatible. Y no madurará en la rama sino en la mesa, cuando busco las raíces entre vosotros, por eso celebramos su cogida, porque la luz pudrirá el fruto. Pertenece a su libro titulado El secreto de sus naranjas, no es un libro de temporada, puede leerlo en cualquier época del año, y hasta cualquier año. Poemas para pensar y repensar en tiempos pasados y presentes, en lo que se fue y vuelve de otro modo, o tal vez no vuelve. Aunque la ciencia lo intente, y nos engañe, las naranjas volverán otro otoño, recreando esas banderas anaranjadas que no ondean en los mástiles de las ramas. Esas banderas que son los colores de una patria sin fronteras y sin rencores.

SOLEDAD

Soledad

Cada cierto tiempo, tal y como nos contaba esa divertida película alemana, Good bye Lenin!, leemos en algún periódico que alguien regresa a la vida tras haber estado mucho años en coma. Recuerdo el caso de aquel gallego que, tras abandonar el hospital, y tras pisar de nuevo las calles, creía que estábamos locos, ya que todo el mundo iba hablando solo y en voz alta. El profundo sueño del coma lo reclutó antes de que los teléfonos móviles fueran esta cotidianidad que nos abruma y que, supuestamente, nos interconecta. Según contó él mismo, le costó adaptarse a este nuevo mundo de velocidad, conversaciones solitarias y euros en la billetera.

Como en el caso de este gallego cuyo nombre no recuerdo, o en el de la anciana de la película, nos quedamos con la anécdota, con ese giro casi humorístico que acarrea a sus protagonistas el encontrarse, de repente, con un tiempo desconocido, y nos emocionamos. Una emoción corporativa, tal vez, ya que se tratan de casos que entendemos como el hilo de la esperanza, esas excepciones que escapan de la imperativa y enlutada regla. Excepciones que también deseamos protagonizar, en el caso de que la mala fortuna se cebe con nosotros.

Soledad nunca despertó. Y hasta cinco años después de morir nadie reparó en su ausencia. La encontraron muerta en su propia cama, en su casa. Una casa en un edificio en pleno centro de la ciudad, en un lugar inmejorable, frente a la Catedral, muy cerca de la Judería. Tan inmejorable que no tardaron los vecinos en ir aceptando, en un lento pero constante efecto dominó, las jugosas ofertas para vender sus viviendas y convertirlas en alojamientos turísticos. 

-No me interesa -se limitó a responder Soledad al agente inmobiliario. Fue la única y última conversación que mantuvieron.

Lo intentaron en seis ocasiones más, ya siendo Soledad la última vecina permanente del edificio, y nunca obtuvieron respuesta. No abrió la puerta, lo descolgó el teléfono, no respondió a ninguna carta.

Descubrieron el cuerpo de Soledad unos operarios que rehabilitaban una fachada cercana. En un principio, les llamó la atención la ventana abierta, el balanceo de unas cortinas raídas y, por último, la colonia de pájaros que convivían junto a los restos de Soledad. Los trabajadores no podían creer lo que contemplaban: yacía boca arriba, cubierta con un camisón de raso que debió ser blanco en algún tiempo pasado, el pelo y las uñas le habían seguido creciendo una vez fallecida, procurándole un aspecto entre fantasmagórico y gótico: parecía la protagonista de una película de Tim Burton.

Cuando las fuerzas de seguridad del Estado accedieron a la vivienda de Soledad, encontraron junto a la puerta decenas de notificaciones, la mayoría de ellas avisos por impagos, publicidad de pizzas y de inmobiliarias, y un manto de pelusas y plumas. En la mesita de noche, seguían apilados diez o quince libros, cubiertos por una gruesa y casi porcelánica capa de polvo. Una agente, movida por la curiosidad, leyó los títulos tras limpiar los lomos: Cumbres borrascosas, Quién teme a Virginia Wolf y Madame Bovary, junto a varias guías de viajes: Roma, Londres, Nueva York o Lisboa. 

Los agentes pudieron constatar que un año después de su supuesta muerte, le cortaron los suministros de electricidad y agua. En realidad, dejó de necesitarlos. También supieron su nombre completo, Soledad Hueso García, y que durante doce años trabajó como enfermera en un hospital cercano. Sus compañeros, al referirse a Soledad, la retrataron como una persona distante, fría, alicaída, parecía que estaba siempre deprimida, comentó una anestesista. De hecho, cuando Soledad dejó de acudir al trabajo se encontraba de baja médica.

Curiosamente, nadie denunció ante la policía, ni ante ningún otro organismo, la desaparición de Soledad. Cinco años, cinco largos años. Nadie. Ni un familiar, ni una amiga o amigo, ni un compañero de trabajo ni el tendero de la tienda más próxima, ni el dueño de ese bar que hay en cada esquina, nadie tuvo el más mínimo interés en saber qué había sido de Soledad. Solo los pájaros, el polvo y los libros permanecieron al lado de Soledad durante esos cinco años.

Nada más terminar de leer la triste historia de Soledad, comencé a formularme multitud de preguntas. ¿Me echaría alguien en falta en el caso de desaparecer repentinamente? ¿Alguien me buscaría? ¿Cómo es una persona a la que nadie, absolutamente nadie, echa de menos? Años después, no deja de pulular en mi cabeza la historia de Soledad, una triste historia de soledad y muerte que se ha instalado con galones en mi particular desván de los horrores.

Hasta tal punto que he desarrollado una especie de fobia a los pájaros, ornitofobia, he leído que se llama, al igual que ha motivado que nunca duerma con la ventana abierta, aunque deba de utilizar el aire acondicionando con mayor frecuencia, y que ya no deje libros sobre la mesita de noche. No he vuelto a leer una guía de viajes.