AGOSTO YA NO ES LO QUE ERA

En un mes de agosto los Beatles dijeron adiós, se despidieron tocando en una azotea. Cuentan que ni se hablaron, apenas se miraron. En otro mes de agosto, pero antes, cuando aún eran una banda de amigos, además de una banda musical, se plantaron en Graceland para pasar una velada con Elvis Presley. La noche con más estrellas, así la han catalogado. Solo hubiera faltado que Marilyn Monroe y James Dean se hubieran unido a la reunión. En los agostos españoles de aquellos años, y más atrás, hablamos de los 50, las estrellas se congregaban en los ruedos o en las salas de fiestas. Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez y Doña Concha Piquer. Agostos de transistor y botijo, alberca e higos, ponche y era, cosechadoras y saltamontes, himnos y miedo. Luego llegaron otros agostos, como reyes de verano, en los que tenían lugar esas fiestas en las que te podías encontrar a un “pijoaparte”, como tan bien nos contó el fallecido Marsé. Los 70. La España de los frigoríficos americanos, los pisos en esos nuevos barrios que nos suenan a viejos, y cercanos, y los Seat de todas las cilindradas, con aquellos faros capaces de guiar a los barcos en la tormenta más salvaje. Y como en un Monopoly costero, en los 80 las playas se fueron llenando de apartamentos apretados y puntiagudos, paseos marítimos, hoteles buenos y hoteles baratos, a gusto del bolsillo, con beans y mucha panceta, perdón, bacon, en el desayuno y hasta huevos fritos y tortillas rellenas. Todo eso no cabe, le dijo el cocinero del hotel a un primo mío. Las cosas del estado del bienestar, que con el colegio pagado, el médico pagado, la pensión asegurada y hasta medio hipotecada resuelta, nos permitimos tener eso tan moderno llamado segunda residencia. Porque los quince días de antaño, o el pisito alquilado a un profesor de Lengua, ya no nos parecía suficiente.

No hace tanto. Empleados con sonrisa inalterable, y de extraños horarios, parapetados en pisos pilotos con mucho wengué y mucha pizarra, a los que no les faltaba la ducha hidromasaje, el “silestone” y el “lumón”, pues ya que estamos, recibiendo a las decenas de futuros propietarios, deseosos de cumplir ese sueño que fue inalcanzable para sus padres, abuelos y demás rama genealógica. Otra hipoteca, pero con gusto, eso sí, porque podíamos, aunque no pudiéramos, y porque tener propiedades, poseer, es bueno. Es una inversión, nos dijimos, mientras cargábamos en el maletero un saco de patatas y seis kilos de tomates de la frutería del barrio, que vaya clavazos nos metían luego en los desavíos de la playa. Pero llegaron las vacas flacas, pero no unos cuantos ejemplares, toda la manada, y tuvimos que elegir entre comer ladrillo, mantener nuestras inversiones, o comer las patatas que nos trajimos de vuelta de la playa y que ya estaban empezando a echar raíces en el maletero. Y cuando creíamos que todos había pasado, cuando nos asomábamos otra vez como el Mono Burgos en aquel anuncio del Atlético, nos llega la cosa esta. Y lo curioso es que en marzo ni nos podíamos imaginar poner un pie en la playa este verano, como tampoco montarnos en el coche e ir a donde nos diera la gana, y sí, hemos podido, de esa manera, pero hemos podido.

Hemos hecho encaje de bolillos para sentarnos con unos amigos a tomar una cerveza en el chiringuito de turno, contándonos, que más de doce no podíamos estar, y con mascarilla, claro, y con distancia social, también. Y cuando ya estábamos ubicados, cada cual en su sitio, le hemos dedicado mucho tiempo a hablar de esto que nos está pasando, y que nos pasa más por todo el tiempo que le dedicamos. De palabra, obra y omisión. Por mi parte, recuerdo, agostos salvajes, orondos, sin tiempo, me sorprendí una vez mirándome el dedo gordo del pie, como quien contempla un atardacer en Playa del Carmen, menuda playa aquella. Y este agosto no ha tenido nada de eso, todo premeditado, contado, cuidado, aparcelado. Y agosto, sin su esencia juvenil, sin sus granos efervescentes, sin sus camisas de palmeras y sus charlas sin medida y mucho hielo, es menos agosto. O son nuevos agostos, que a mí me gustan menos, aunque tampoco me queda donde elegir. Tal vez solo me quede recordar aquellos otros agostos, convencido de que volverán a repetirse, a pesar de la mascarilla que me cubre media cara.

SEPTIEMBRE

Y llegó septiembre. De mis amores y de mis odios más profundos. Ese mes que marca la frontera entre los años, las temporadas y los quehaceres, en su versión más generalista. Puede comenzar una colección con los abanicos más exclusivos y modernos que se imagina, en cómodos plazos, multitud de colores, le quedara bien con ese vestido que se compró para la boda de su primo o para ese traje que tiene guardado en el armario empotrado, esa es la idea. También puede hacerse, en versión miniatura, que no habría garaje que lo aguantara a tamaño real, con la colección de motos de Valentino Rossi. Pronto veremos una colección con los guantes de Casillas, los bidones de agua de Contador y con los tuits de Gasol, porque todo se puede coleccionar, todo –hasta eso que se le ha venido a la cabeza en este preciso momento-. Acuérdese de esa colección de cajas de cerillas, o de billetes de metro o de entradas de conciertos que un día, escondidos en una caja de carne de membrillo de Puente Genil, recuperó en una limpieza intensiva. Puede que esa limpieza tuviera lugar en septiembre, que es un mes muy dado a remover cosas y hábitos, a limpiar en definitiva. Aunque, si lo piensa un instante, removemos más cosas que hábitos, ya que nos es más fácil variar el decorado que nosotros mismos, que estamos más instalados (y plegados) en nuestras cosas. Pues sí, hemos llegado a septiembre, que este año es más septiembre que nunca, porque entre todos hemos gestado y asumido que este septiembre es el del gran batacazo, el del cataplum, el del gran hundimiento, el del rescate entre los rescates –los violinistas ya dejaron de tocar en este Titanic sin tesoro en la bodega-. Amputaremos la pierna sana que nos queda y nos sentiremos satisfechos, porque el corazón seguirá latiendo, aunque ya no tenga miembros que alimentar. Nos diremos: demasiado bien estamos para la que está cayendo, y a soñar con otro septiembre tras un agosto con ración de sardinas y tres cervecitas fresquitas –con su IVA correspondiente- en el chiringuito de los últimos años. En este septiembre ya no tenemos derecho a tener síndrome postvacacional –tampoco postvocacional- cuando nos vayamos incorporando a nuestro puesto de trabajo, eso ya pasó a la historia, y emplearemos doscientas coletillas en explicarlo, porque el trabajo es un artículo de lujo, sólo al alcance de unos cuantos elegidos, sin derecho a protesta. En septiembre retomamos nuestra relación con la báscula y la economía –a escala de loseta-, contamos las calorías, los cigarrillos, los gramos de jamón york en la oferta del supermercado, los diez céntimos de vuelta. Reconversión en septiembre, basta realizar un breve estudio sociológico en los contenedores de la basura para saber  de lo que nos desprendemos y lo que adquirimos, con el entusiasmo de eternizar en nuestras vidas. Cuidado con los contagios, no olvide la mascarilla, las distancias, las relaciones. Cuidado con las agujetas, que hacen mella en los primerizos y pueden frenar nuestra euforia. No hay septiembre sin sus exámenes –terribles recuerdos- y sin su vuelta al cole y sus anuncios con niños rubitos y bien criados, como sacados de una academia sueca. De vuelta ya, de todo o nada. Sí, definitivamente, es septiembre, puede que sea el momento. ¿Para qué? Escriba en su diario de sueños –por cumplir- el reto y dispóngase a lograrlo. Es posible.

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS, BSO

Si Carmen Puerto se despierta con AC/DC, le encanta Enrique Bunbury y ha descubierto a VivaSuecia y Rufus T Firefly, Jaime Cuesta se decanta por Neil Young o Manolo García y Julia Núñez echa de menos las canciones que escucha en el gym. Tampoco faltan en la playlist las típicas canciones veraniegas, esos éxitos fulminantes, y grandes clásicos de la historia de la música, presentes en El lenguaje de las mareas, y que puedes escuchar aquí>>> https://open.spotify.com/playlist/2bcH13cSIsFgPObrgZq6RX?si=3C9uOHVuT1iVlOY8hezmaw

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Sí, hoy escribo de mi nueva novela, autopromoción descarada, lo sé, pero es que necesito contar algunas cosas sobre El lenguaje de las mareas, que acaba de publicar Almuzara. Explicar lo que me ha supuesto, lo que significa para mí. Que es mucho. Aunque llega a las librerías en un momento extraño -en realidad, tendría que haber llegado hace casi dos meses-, es una novela muy especial para mí. Y es que tras casi cuatro años en blanco, esta historia me empujó a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Cuatro años lejos de la literatura que tal vez han sido necesarios, para llenarlos de vida, de nuevas emociones, de tiempo. En cierto modo, puede entenderse esta novela como mi reconciliación con la escritura. Indiscutiblemente, Carmen Puerto, su protagonista, tiene mucha culpa de esto. Desde el primer día, desde que se coló en mi cabeza, tuve claro que había llegado para quedarse y es que nunca antes un personaje me había enganchado como lo ha hecho esta inspectora. Y eso que es muy jodida, cascarrabias, deslenguada, a ratos maleducada, puñetera en el más amplio sentido de la expresión. Pero, también, muy inteligente, y con una intuición que la hace ser diferente. Una mujer que vive atrapada en su propio y sombrío mundo, que no pasa por su mejor momento, precisamente, y a pesar de eso tiene que enfrentarse a su caso más complicado. Débil y poderosa al mismo tiempo, Carmen Puerto tiene mucho de todos nosotros. Pensemos en una cebolla, con sus distintas capas o pieles. En el interior de El lenguaje de las mareas hay varias tramas, incluso me zambullo en diferentes géneros, más allá del negro. Y de este modo, a ratos es una novela que reflexiona sobre esta sociedad contaminada y abrumada por tal cantidad de información, hasta el punto que nos cuesta distinguir lo fake de lo cierto. También sitúo el foco sobre las redes sociales, su uso desmedido, la imagen que llegamos a trasmitir/recibir a través de ellas, y como eso puede influirnos hasta extremos que no nos podemos llegar a imaginar. Como, en demasiadas ocasiones, el binomio juventud y redes sociales puede deparar resultados insospechados, al mostrarse públicamente más de lo aconsejable y ante quien no se debe.

Aunque es una novela para adultos, me encantaría que muchos adolescentes leyeran El lenguaje de las mareas, porque además de sentirse reconocidos, les puede ayudar a la hora de enfrentarse a las redes sociales, conociendo algunos de sus efectos colaterales, si no toman las medidas y prevenciones adecuadas. Lo avanzo ya, antes de que nadie lo diga: he tomado de la realidad más que nunca a la hora de escribir esta novela. Más que nunca. Los casos de Asunta, Diana Quer, La Manada, Marta del Castillo o Laura Luelmo están detrás de esta historia, de un modo u otro. Por que todos ellos me sobrecogieron en su momento, y todos ellos coinciden en un mismo y terrible punto, que no es otro que el de la desigualdad de género. Que también persiste, y en demasiadas ocasiones de una manera brutalmente trágica, cuando hablamos de determinados delitos. Comportamientos que no son peligrosos para los hombres, salir a correr, trasnochar, ir de fiesta o subirte en el coche de un desconocido -que todos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas-, sí pueden llegar a serlo para las mujeres. Un peligro que aumenta, y considerablemente, si se trata de mujeres jóvenes.

Con frecuencia, escuchamos aquello de que un punto geográfico se convierte en el protagonista de una novela. En esta ocasión, lo puedo asegurar, no se trata de una exageración o de una estrategia comercial. El lenguaje de las mareas tiene mucho de homenaje a la Costa de Huelva, a Ayamonte, Punta del Moral, sus playas y marismas, sus caños, a esa naturaleza que sigue siendo tan bella como salvaje, turbadora en ocasiones. Y, claro, su luz, única, está muy presente igualmente. Una luz que es la gran protagonista en la enorme pieza audiovisual que ha creado Toño Méndez, y que puedes contemplar en diferentes plataformas (Youtube, por ejemplo). En esa zona, frontera con Portugal, he sido y soy muy feliz, y si esta novela consigue que más personas piensen y sientan lo mismo que yo, lo doy por bienvenido. Me siento, y no exagero, como si fuera mi primera novela, la primera vez, con esa misma curiosidad e ilusión, con esa misma intensidad. Ahora me toca contemplarla desde la distancia y esperar, desear, que llegue a vuestras manos y que la disfrutéis lo mismo que la he disfrutado escribiéndola. Que ha sido mucho. Mucho.

PRIMERAS PRESENTACIONES DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Jueves, 25 de junio, firma de ejemplares, desde las 19.30 h. en la Librería Siltolá, de Sevilla.

Viernes, 26 de junio, presentación, 21 h. Alcaraván, Ayamonte (Huelva).

La noche del 30 de agosto de 2018, dos chicas de 17 y 18 años, Sandra Peinado y Ana Casaño, desaparecen sin dejar rastro en Punta del Moral, Ayamonte, junto a la frontera con Portugal. Sandra es hija de un personaje de máxima actualidad, implicado en un caso de corrupción política. Y Ana es una joven de fuerte temperamento que mantiene una relación muy complicada con sus padres. Ambas son adoptadas y pasaron sus primeros meses de vida en orfanatos de su Rusia natal.
Carmen Puerto, inspectora apartada del Cuerpo Nacional de Policía en los últimos tiempos, desde su confinamiento entre capuchinos, tabaco y poemas de Dylan Thomas recibe la llamada de sus compañeros Jaime Cuesta y Julia Núñez, que una vez más vuelven a convertirse en sus manos y ojos en el exterior, para enfrentarse a su caso más complicado. Así comienza este trepidante thriller en el que sucesos reales que han contado con una gran repercusión mediática se transforman en elementos de ficción al servicio de una historia de ritmo implacable, en un escenario tan bello como turbador.

El regreso a la novela de Salvador Gutiérrez Solís, de la mano de Carmen Puerto, la inspectora de policía más singular y carismática que ha deparado la novela negra española en los últimos años.

LEIA

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme, pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias improbables, difusas. Acaso en mi cerebro tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar, pero pasó. Recuerdo que me costó mucho, muchísimo, contarle la terrible noticia a mi hijo, que había estado pendiente de los periódicos tras el infarto padecido en pleno vuelo. A pesar de que solo contaba con 11 años en ese momento, de que sólo ha vivido conscientemente el estreno de las tres últimas entregas de la saga, mi hijo es un seguidor/fanático/especialista/fan de Star Wars. Hasta límites que me costaría mucho tiempo y espacio poder explicar. Han Solo, Luke, R2-D2 o Leia Organa, claro, ya forman parte de su breve, aunque intensa, educación cultural y emocional. Ha visto las películas en decenas de ocasiones, repite de memoria buena parte de los diálogos, domina a la perfección las relaciones familiares que existen entre los personajes, y no tiene ese embrollo mental de los que comenzamos por el capítulo 4. Capítulo que para él no se titula La guerra de las galaxias, como todos la conocimos, sino Una nueva esperanza, que es su título real. Isra se pasa las horas conversando/compitiendo con mi amigo Manolo sobre aspectos de las películas. ¿Capítulos con nieve? Pregunta uno, y responde el otro. ¿En cuántos aparece la Estrella de la Muerte? Pregunta el otro y responde el uno, y así con dos mil preguntas más, algunas de tal dificultad y rareza que soy incapaz de reproducir. El confinamiento les ha trastocado una partida que tienen pendiente del Trivial Pursuit galáctico.

Reconozco que disfruté casi tanto como ellos escuchándolos hablar, discutir, sorprenderse durante la proyección de The Rogue One, esa entrega sin numerar de la celebérrima serie galáctica, o tras ver El ascenso de Skywalker, que es un dignísimo epílogo a la saga. Saltaban, se emocionaban, yo también lo hacía, lo reconozco, y hasta rozaron el éxtasis cuando Leia, rejuvenecida a base de látex y efectos especiales, protagonizaba un brevísimo cameo. Una chica muy pálida venía de algún astro a jugar en tu sueño contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje por el cielo, y volvía para no abandonarte nunca más.

En otras condiciones, lo que acabo de desvelar sería digno de multa o sanción, pero a estas alturas, consecuencia directa de su fallecimiento, ya todo el mundo sabe que la princesa Leia, Carrie Fisher, aparece en la última entrega de la saga, lo han contado todos los periódicos. Spoiler, dicen los modernos. Sin caer en la coleccionista ilustración de mi hijo, reconozco que la muerte de la princesa Leia me rozó por dentro, ya que ocupaba un lugar muy destacado en el, gozoso y desordenado, almacén de mi memoria infantil. Tengamos en cuenta, además, que fue un personaje icónico, simbólico en muchos aspectos, una aventajada a su tiempo, en cierto modo. Acostumbrados, como estábamos, a princesas alicaídas y sumisas, entregadas a las decisiones de los otros, y siempre hombres, Leia era y siempre será una princesa rebelde, que luchó por escapar de la dictadura de las fuerzas del mal, con láser en mano, si era necesario. Y lo hizo en un mundo, aunque ficticio, tremendamente masculinizado, colmado de buenos y malos, muy malos, protagonizados siempre por hombres. El que, a pesar de todo esto, Leia deslumbrara y se convirtiera en un elemento esencial de la saga hay que valorarlo como se merece, y anotarlo en el haber de la difunta Carrie Fisher.

Mi hijo, aquel funesto día, ordenó todas sus figuras, naves y demás accesorios de Star Wars para comunicarles la terrible tragedia. Una ceremonia sencilla, breve y triste. Creí ver cómo los ojos de plástico de Han Solo se humedecían, pero tengo claro que no fue más que el efecto de una emoción contagiosa. O no (Toy Story pesa lo suyo). Curiosamente, el luto de mi hijo duró poco, apenas un par de horas, y lo dio por concluido tras decirme: papá, no ha muerto Leia, ha muerto Carrie Fisher, la princesa sigue viva. Lección de vida, lección de magia, los mitos permanecen y somos nosotros, los mortales, los que nos vamos. Y concluyo con un nuevo fragmento de este hermoso poema de Luis Alberto de Cuenca: Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia Organa, para ser más precisos. Un nombre que sonaba a romance galáctico, a balada espacial, a cantar de gesta del futuro. Que la fuerza te acompañe.

¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Cuando los monstruos campan a sus anchas, en forma de virus e interminables noches en vela; cuando vivimos confinados, lejos de los familiares y amigos; cuando los Ertes y los proyectos fulminados son las piezas del puzle; cuando no nos importa que la injusticia sea un sistema universal de reparto, por qué escribir. Cuando las cifras del paro nos abruman, cuando la fotogalería del New York Times es nuestra ventana al exterior, por qué escribir. Cuando los canales de televisión batallan en el campo de las vísceras por un puñado de espectadores, cuando el todo vale es un dogma implantado y asumido, por qué escribir. Cuando han existido –y existen- Balzac, Cela, Coetzee, Hemingway, Umbral, Vargas Llosa o Carver, cuando Bob Dylan, Wilco, U2, Stones, Leonard Cohen, Calamaro o Bunbury han compuesto todas esas maravillosas canciones, cuando los Padrinos y Casablanca y Uno de los nuestros Volver y Patrimonio Nacional ya han sido filmadas, por qué escribir. Cuando los días pasan y no te esperan y la vida está ahí afuera, al otro lado de la ventana; cuando tus hijos crecen y muchos de sus minutos no han sido compartidos, cuando hay tantos besos y caricias por entregar y recoger, por qué escribir. Es una pregunta que revolotea más que nunca a mi alrededor, consiguiendo que el blanco de la pantalla sea más blanco (nuclear como dice el anuncio del detergente).

Por suerte, no todos los días respondo a la pregunta, ya que no me quedaría tiempo para nada más. Sin mencionar todo el ingenio que tendría que desplegar para encontrar y confeccionar unos argumentos lo suficientemente lógicos y contundentes con los que esquivar a la pregunta y, a la vez, reafirmar mi postura. Modo automatismo, cabeza cerrada. Si es dura la pregunta cuando soy yo mismo el que me la formulo, más aún cuando la realiza otra persona. Entonces las respuestas pueden llegar a ser muy diversas, variopintas, según el día, mi estado mental y esas cosas. Seguramente escribo por necesidad, pero también lo hago por placer, y no me puedo olvidar de la curiosidad, tampoco de la adicción. También escribo por un inexplicable efecto de liberación, o economía: lo repetimos con frecuencia, pero seguro que tiene su verdad aquello de lo que nos ahorramos en psicólogos, psiquiatras y demás terapias. Seguramente no escribo por proyección pública, por estampar mi firma, por una fotografía, por ser reconocido, por ego –cosas de futbolistas y concursantes de Gran Hermano, no de escritores-; por supuesto que no lo hago por dinero, menuda broma a estas alturas. ¿Por qué escribir? Insisto, la preguntita tiene su miga.

Tal vez escribo porque no sé hacer otra cosa, o porque no me gusta hacer otra cosa, pero estas respuestas no me gustan. Escribo para vivir más, a través de esas otras historias y esas otras vidas a las que sólo puedo acceder a través de la lectura o de la escritura. Como lector, las disfruto desde esa maravillosa pasividad y la sorpresa continua, y como escritor las disfruto desde la gestación, agitación, que puede llegar a resultar cansina, laboriosa y dura, como cualquier paternidad responsable, pero que te reporta el placer de la creación, de ser tu voz la que suena. Escribo porque necesito contar, no tanto contarme, este mundo con sus mil defectos, rescates y naufragios, este mundo que nos toca vivir. Y que ahora, más que nunca, como advertencia, radiografía, terapia, anestesia o antídoto, es necesario seguir contándolo. 

MI DEUDA CON LOS LIBROS

¿Qué le debo a los libros? Si respondo que la vida, tal vez alguien me califique de exagerado, aunque yo mismo considere que me quedo corto, cortísimo. ¿O, tal vez, debería emplear el plural? Hablemos de vidas, de todas esas que he conocido a través de los libros, y también de esas otras que yo mismo me he inventado y que he tratado de plasmar, más mal que bien, en mis novelas. También le debo una forma de vida –y ya van unas cuantas vidas-, y es que estoy plenamente convencido de que todos aquellos que convivimos con los libros contamos con una vida diferente, más plena, más rica, más amplia, con más colores y matices. Puede que los maratonianos, los coleccionistas de sellos, los ciclistas maduros de mountain bike carísimas, los adictos a las consolas o a dar la tabarra en las redes sociales cuenten con una sensación similar, no lo sé. Aquí les habla un infectado por el virus de los libros -empleando el lenguaje del momento-, con probabilidad no soy el más indicado para tratar el asunto, aunque también puede que sí lo sea, ya que he probado el veneno y conozco sus efectos. Sí, porque los libros, la lectura, tienen mucho de veneno, que va más allá de lo mental, de lo no concreto. Los libros son también la causa de mi insomnio, pero también de mi sueño. Retomo el plural de nuevo, de mis sueños. He soñado libros, propios y ajenos, convivo con los personajes creados y leídos, me he permito cameos maravillosos y delirantes junto a Don Quijote, vaya tunda nos dieron en aquella venta, en una carretera perdida norteamericana, en una isla desierta, había un tesoro escondido, claro que sí; conozco los rincones de un lúgubre ático de París, la soledad del guerrero y las alcantarillas de la España anisada y amarga de los cuarenta.

He viajado sin tarjeta de embarque, sin asiento asignado, sin levantar los pies del suelo, he cazado focas en el Polo, he combatido contra Hitler y el nazismo, he colaborado con Miguel Ángel, he paseado por Lima, Sinaloa o Argel, me he colado en un par de volcanes, he conducido una máquina del tiempo, también un bólido de carreras, y me he corrido un par de juergas con Hemingway, todavía me dura la resaca. Libros, sueños, vidas. No celebraremos Sant Jordi, no habrá calles colmadas de flores y libros, de colas multitudinarias a la caza de una dedicatoria, y a pesar de eso deberíamos celebrar el Día del Libro más que nunca. Por todo lo que supone para nuestra construcción personal, todo lo que nos aporta, el alimento que recibimos, las vidas extras que nos regala. Y los libros no son caros. Es más, me atrevería a decir que es el elemento cultural más barato que existe, baratísimo en determinadas ocasiones, si tenemos en cuenta todo lo que recibimos a cambio, el tiempo que permanecemos a su lado. Hay libros, pocos, contados, que permanecerán dentro de nosotros el resto de nuestras vidas. Que influirán en nuestra personalidad, en nuestra manera de entender el mundo y sus cosas. Pero, claro, tenemos que darle una oportunidad y abrirles la puerta de nuestra rutina. A pesar de las campañas institucionales -o no-, a pesar de los cambios en los sistemas educativos, ya he perdido la cuenta de los que llevamos, a pesar de que, en teoría, somos más avanzados –que no es sinónimo de “cultos”-, el libro sigue siendo un elemento extraño, ajeno, en nuestras vidas.

Ese tiempo que calificamos como de ocio -y que se ha incrementado con este confinamiento-, en demasiadas ocasiones preferimos emplearlo en contemplar tóxicos programas de televisión que nos muestran esa parte del decorado donde se extiende, como una hiedra salvaje, el cartón piedra, donde todo es mentira. Necesito desconectar, nos repetimos, para justificarnos de lo que no tiene justificación, se mire por donde se mire. Y los libros ahí, arrinconados, esperando ese día de puertas abiertas que en demasiadas ocasiones solo es un débil e imperceptible hilo de luz, que la oscuridad del olvido no tarda en devorar. A veces pienso que tememos a los libros, que sentimos una especie de miedo o de repulsión hacia ellos. Y escuchamos: a mí la lectura me aburre, a quien generalmente nunca lo ha intentado o que, como mucho, se quedó en una rocosa lectura de la infancia o primera juventud, obligada por el profesor de turno, con su mote y sus cosas. Los libros no cuentan con segundas oportunidades, no. Una vez aborrecidos, aborrecidos serán para el resto de la eternidad.
Disfruto el 23 de abril, me esfuerzo en disfrutarlo y en vaticinarle un futuro más halagüeño, más cálido, a los libros. Puede que se trate de mi particular utopía, ya que eso significaría que tenemos una sociedad más libre, más culta, más abierta, más sana, menos intoxicada. Quien lee, crece, y si todos los hacemos, si pasa a convertirse en una cotidianidad colectiva, todos seremos más grandes. Es tanto el placer que me reporta la lectura que me cuesta entender que no haya quien, al menos, se haya interesado alguna vez, por lo menos una vez. He viajado, amado, padecido, reído, llorado, he sentido miedo, atracción, pena, alegría con un libro entre las manos, sin necesidad de despegar los pies del suelo. Adoro los libros, como objetos, como contenedores, por su aliento, por su compañía, por su presencia. Y les debo mucho, mucho, en todos los aspectos, vitalmente, me han educado, me han formado; emocionalmente, creo que soy mejor, o lo intento, gracias a ellos. Tal vez me hayan salvado, incluso resucitado. No imagino una vida sin ellos, entre ellos, con ellos. Por eso el 23 de abril es para mí una fiesta, pero también una necesidad, de reivindicación, admiración y reconocimiento.