LA CÓRDOBA DE CÁNTICO

El pasado jueves, 30 de enero, tuve el privilegio, y la gran responsabilidad, no ha sido una tarea fácil, de guiar un paseo por la Córdoba de Cántico, con una especial mirada a Pablo García Baena, casi coincidiendo con el segundo aniversario de su fallecimiento. Una actividad puesta en marcha por el Centro Andaluz de las Letras, dentro del programa denominado Ciudades Literarias, que trata de mostrar la vinculación, tanto simbólica como concreta, que han mantenido las calles por las que transitamos con las obras de los escritores que las vivieron. Una bella y necesaria iniciativa, puesta en marcha por su directora, Eva Díaz Pérez, que está demostrando tener talento no solo para lo literario, también para la gestión. Reflexionar sobre Cántico en Córdoba es asunto complicado, desde cualquier perspectiva, cuando ya creemos haberlo escuchado todo y, al mismo tiempo, seguimos con la sensación de que aún nos falta algo, poco o mucho, por saber. Yo no he querido competir con las tesis, los estudios y demás información que hay al respecto, tan abundante como dispersa, entendí que no era mi misión. Acudí, por tanto, a las emociones, a los recuerdos y al homenaje, sincero y profundo homenaje. Todos esos elementos que empleé para escribir El sentimiento cautivo, una novela que es una declaración de admiración por aquel grupo de hombres que fueron capaces de mostrar sus voces y su sensibilidad, desarrollar su talento creativo, en un lugar y un tiempo inhóspito para ellos por muchos motivos.

En los días previos, mientras elaboraba la ruta, poco a poco fui descubriendo las muchas cosas que me unen a Cántico, y a Pablo García Baena, más concretamente. Él nació en la Córdoba esencial, la de esos patios que suponían una manera de vivir y no un reclamo turístico, en la calle Parras, yo a escasos metros, en la Reja de Don Gome, donde ahora se alza ese espacio nuevo del Palacio de Viana. Estudiamos en el mismo colegio público, Hermanos López Diéguez, donde también impartió clases Juan Bernier. Después viví, durante treinta años, frente a la plaza que lleva su nombre, Poeta Juan Bernier, aún recuerdo su visita, recién iniciada la obra de construcción, y me pasé muchas horas en el Realejo, sentado en cualquier escalón, junto a mis amigos, sin saber que allí antes se habían reunido, en la bodega de Pepe Diéguez, donde celebraron la visita de Aleixandre, o en cualquiera de las muchas tabernas que existían entonces, todos los integrantes del Grupo Cántico. Y en otras tabernas, del Potro o de la Corredera, esos entonces jóvenes poetas, idearon la revista que les dio, posteriormente, el nombre por el que todos los conocemos. En esas mismas tabernas, sin serrín en el suelo, yo también contemplé como mis amigos ideaban sus revistas literarias, Recuento o Reverso, Pablo, Gabriel, Antonio, Eduardo, Antonio Luis, Alfonso, siguiendo los pasos, sin saberlo, y hasta sin quererlo, de aquella excepcional generación poética.

Fue un jueves de bruma y nervios, de emociones, en el que pude sentir, en determinados momentos, la mano invisible de Pablo García Baena guiando mis pasos. Fue una cita en la que quise volver a mostrar, una vez más, ese activismo cultural, esa inquietud eléctrica, que caracterizó a Cántico. Porque además de unos excepcionales poetas, también fueron un grupo de gestión cultural y se entregaron a ello con pasión. Creando su conocida revista, que hicieron con sus propias manos, consiguiendo que el mismísimo Aleixandre viniera a Córdoba a recitar sus versos en 1949, pero también hablemos de su implicación en que Córdoba cuente con el Premio Nacional de Flamenco, gracias a Ricardo Molina, o un excelente primer Catálogo del Patrimonio Arqueológico de la provincia de Córdoba, donde Juan Bernier fue una piedra angular. Y, sobre todo, situando a una lánguida Córdoba, lejana y sola, en el mapa cultural español. Le debemos mucho a Cántico, más de lo que imaginamos, más allá de sus poemas. Por eso, cualquier homenaje, sin necesidad de excusas en el calendario, se me antoja pequeño, y no solo nos basta con mantener su legado literario. No me cabe duda que el mayor homenaje sería mantener viva esa pasión por prestigiar Córdoba como un reconocible y admirable espacio de Cultura. Ese es el legado, ese debería ser el reto.

EL CLUB DE LOS LIBROS OLVIDADOS

Unos días atrás, mientras almorzaba, una noticia del informativo me sorprendió profundamente: cada año nos olvidamos más de 10 millones de libros en las habitaciones de hotel . Atónito, puede que algo angustiado por todos esos libros olvidados, pasé buena parte de la horas siguientes tratando de buscar una explicación a estos abandonos. No podía entender que alguien fuera desprendiéndose así de una parte fundamental de su vida. Los libros no son solo nuestros compañeros, forman parte de nosotros, nos definen, nos retratan. En este sentido, he de reconocer que me puede la curiosidad y que cada vez que visito una casa ajena lo primero que hago es pasear visualmente por la biblioteca que cobija. Y así he podido suponer/imaginar personalidades, inquietudes, preferencias, pasiones, debilidades, con tan sólo leer los lomos de los libros apilados. Es un ejercicio que me apasiona, y que trato de repetir siempre que se me presenta la ocasión, con disimulo y respeto, sin cuestionar, con prudencia. Alguna vez se me ha escapado una sonrisa, claro, pero nunca ha sido maliciosa, una sonrisa cómplice conmigo mismo, un «lo sabía» porque mis sospechas eran fundadas y estaba en lo cierto. También me sorprendo de cuando en cuando, claro. Aún recuerdo la biblioteca de aquel amante de los automóviles tuneados, las camisas de dragones y las retransmisiones nocturnas de lucha que, sin embargo, exhibía en sus anaqueles Rojo y negro de Stendhal, Ilusiones perdidas de Balzac y La fiesta del chivo de Vargas Llosa. De la misma manera que me sorprendió la biblioteca de aquel poeta de postín que coleccionaba la historia de los Madelman, todos los libros regalados por los suplementos dominicales y que trataba de esconder, en una esquina, buena parte de las obras de Vázquez-Figueroa. Los heredé de mi padre, me dijo.

Esa misma tarde, tras varias horas de búsqueda, de saltar de un enlace a otro, esquivando pornografía, casas de apuestas y aseguradoras varias, por fin descubrí la existencia de El Club de Libros Olvidados. Una web con aspecto añejo, primitiva en su concepción y formato, que parecía ser el registro, o la contabilidad de todos esos libros olvidados no sólo en las habitaciones de hotel, también en los asientos de metro, autobús y tren, en las salas de espera de los dentistas, en todas las playas del mundo, en piscinas y centros comerciales, en los armarios de los pacientes y de los médicos de guardia en los hospitales, en las garitas de los soldados, guardajurados y serenos, en las salas de los proyeccionistas de cine, en las taquillas de los futbolistas de Primera y Segunda División, en las furgonetas de los roqueros, en las terminales de los aeropuertos. En la web se especificaba el título, autor y lugar en el que había sido encontrado, y se emplazaba a los olvidadizos dueños a solicitar la recuperación de sus libros, en el periodo de un mes, antes de que pasaran a formar parte, de pleno derecho, de El Club de Libros Olvidados. Profundizando en los contenidos de la extraña web, también descubrí que eran muy pocas las devoluciones, debido al escaso interés de sus propietarios por recuperar lo perdido. No me sorprendió, yo también formo, he formado, parte de ese batallón de lectores olvidadizos, y es que no podía ni imaginar que existiera esta asociación, programa o como se quiera denominar esta web, que muy pronto entendí como un orfanato, no, que es un concepto muy antiguo, una casa de acogida para todos esos libros perdidos por sus propietarios. Aunque algunos libros no se pierden, simplemente nos alejamos de ellos, no los queremos cerca o pretendemos que alguien los disfrute con la misma intensidad que nosotros. Todo es posible.

Una vez transcurrido el plazo de custodia, las obras que forman parte de El Club de Libros Olvidados comienzan una nueva vida con lectores que sí las desean leer, conservar, mimar y disfrutar. La verdad es que mientras más me adentraba en los contenidos de la web, mientras más leía, más atraído me sentía por este club del que desconocía su existencia. Eso sí, los requisitos para acceder a estos libros olvidados son muy exigentes, no vaya usted a pensar que se presenta la solicitud y como si tal cosa, por las buenas, se le envía a su casa el título solicitado, nada de eso. En primer lugar se exige no estar en la nómina de lectores olvidadizos, porque eso también se controla, y de qué manera, y ahí ya estamos un montón de posibles receptores descartados. También hay que demostrar que se es un verdadero amante de los libros, que los nuevos ejemplares convivirán en un hábitat óptimo, en compañía y armonía, que formarán parte de una biblioteca estable, protegida de las inclemencias meteorológicas y del olvido. Y así me gustaría que hubiera terminado la información que escuché en un noticiario mientras almorzaba, pero no, las cosas son como son y no como nos gustarían que fuesen. Si se olvidó un libro en la habitación de un hotel, playa o sala de espera, no busque la web, que no existe, ya me gustaría. De momento nos tendremos que conformar con la memoria, y con esas emociones que es mejor no tratar de reproducir por segunda vez.

EL PESO DE LOS DÍAS

Ya estamos en enero, aquí, ya, sí, con sus antigripales y sus fiebres, y sus narices entaponadas y sus promesas y propósitos de enmienda, con sus rebajas y sus centros comerciales a reventar. Cómo pasa el tiempo, es que ni te enteras, que hace tres días estaba quitando el brasero, me espetó la vecina en el ascensor y agradecí, muy sinceramente, no compartir la sensación. Hago, y alguna vez consigo, que los días pesen, cuenten, que no pasen por mi vida como si tal cosa, como si no importasen, como si no fueran uno más entre otros muchos idénticos.  Porque todos los días son diferentes, especiales, incluso el Blue Monday, el Cyber Monday y hasta el Black Friday, o al menos hay que salir de la cama con esa pretensión. Lo cierto es que abundan los días feos, pero feos de narices, y hasta los espantosos, para qué nos vamos a engañar, que por ocultarlos no van a dejar de llegar. Con frecuencia, a colación, recuerdo la teoría que se despliega en Smoke, aquella película de Paul Auster, que teorizaba sobre el peso del humo, y que lograba adivinar tras calcular la diferencia entre la suma de la colilla y la ceniza obtenida  y el cigarrillo inicial. Esa es la teoría, más o menos. Hay días, muchos, desgraciadamente, que apenas han aportado unos insignificantes gramos en el peso de nuestras vidas. Esos días, no necesariamente feos o espantosos, planos, vacíos, huecos, en los que el corazón ha mantenido inalterable, flemático, aburrido, el ritmo de su latido. Como un metrónomo anestesiado e inflexible, robotizado. Si la teoría desplegada en la película de Paul Auster fuera cierta, nos sorprendería comprobar lo poco que hemos vivido, lo poco que hemos consumido, gastado, de nuestros días vividos, lo poco, sí.

Y cuando me refiero a días gastados no me refiero a todos esos días en los que no hemos plantado nuestra bandera en la cúspide del Himalaya, que no hemos debutado en el Bernabéu, que no nos ha tocado la Primitiva, que seguimos sin cambiar de coche, moto, smartphone o piso; ya sabe, hablo de esos días que el reflejo que nos ofrece el espejo es el mismo y hasta va a peor –arrugas y canas-, y el sonido del despertador sigue siendo la gran puñalada que da al traste con el sueño por alcanzar. Esos días, muchos días, ya sabe. Indudable y afortunadamente, no todos situamos nuestras metas en el mismo lugar, y no todas, necesariamente, están relacionadas con algo material, superficial, que se puede contabilizar en cifras. Es más, las metas que mayores beneficios y felicidad nos reportan son aquellas que conectan directamente con nuestras emociones, con los que tenemos más cerca. Sentimientos, sí, tan bellos y olvidados. Sí, hay vida, y mucho más hermosa, más allá de la cuenta del banco, y seguramente esa obsesión por la cuenta del banco, que tan fácilmente aceptamos y asumimos, es el gran mal de nuestro tiempo. 

Caigo en estas cosas, no sé si divago, incluso deambulo, en este frío enero, que es el mes “primer día de clase”. Ahora que comenzamos este 2020, tal vez sea bueno repasar cómo nos ha ido en el pasado, cuánto tiempo le hemos dedicado a ser felices, o por lo menos a intentarlo, o a los nuestros; cuánto tiempo hemos amado, deseado, besado, acariciado, cuánto tiempo hemos reído, y a lo mejor sería bueno olvidar el que le hemos dedicado al llanto. ¿Somos capaces de recordar todos esos buenos momentos? Espero que no, que sería la señal más evidente de que han sido pocos, muy pocos, como para poder retenerlos en nuestra memoria. 

EL DESPERTAR DE LAS EMOCIONES

Yo debía tener diez años, calculo desde la niebla de la memoria. Recuerdo una cola interminable para poder acceder al cine, el Cabrera Vistarama, en Ciudad Jardín. Esa nueva Córdoba, de porteros electrónicos, ascensores e hipotecas a 40 años, que había crecido al mismo tiempo que desaparecía esa otra Córdoba, la de siempre, de patios tumultuosos, calles empedradas y aseos compartidos. Esa Córdoba que ahora exhibimos para disfrute de los turistas, que guardan interminables colas para contemplarla. Esas paradojas del tiempo. De la mano de mi madre fui a ver La guerra de la Galaxias, ese primer episodio, que años después se convirtió en el cuarto, y que se apoderó de la denominación de la saga para olvidar el que realmente era su título: Una nueva esperanza. No creo que tardara más de cinco minutos en caer rendido por la fascinante propuesta de George Lucas; sobrecogido por la atronadora y característica banda sonora de John Williams, hipnotizado por aquel desconocido universo de androides, naves espaciales y seres estrambóticos.

Las siguientes entregas de la saga las contemplé con amigos del barrio, con semejante emoción que en aquella fría tarde de invierno en el Cabrera Vistarama; celebraciones colectivas en vibrantes tardes de domingo. Tuvimos que esperar unos cuantos años hasta que pudimos ver los que han denominado como los tres primeros episodios, vaya galimatías de precuelas, aunque he de reconocer que las emociones del pasado no se repitieron. El experimento de Falcon Crest galáctico en holograma, o esos videojuegos con tantos e interminables diálogos, nunca me conmovieron. Es más, consiguieron que añorara, más y más, las tres primeras entregas estrenadas.

Hace unos días, en esta ocasión de las manos de mis hijos, fui a ver El despertar de la fuerza, el nuevo episodio de la célebre saga. Curiosamente, y casi a modo de repetición generacional, mi hijo mayor tiene 10 años. Le paso el testigo. Y como en la primera ocasión, casi cuarenta años después, en menos de cinco minutos me sentí atrapado por la historia que contemplaba en la pantalla, y lo mismo les sucedió a mis hijos; me reconocí en sus expresiones de asombro. Emoción que fue en aumento, con las apariciones del pasado que se van sucediendo a lo largo del metraje -no spoiler-. El halcón milenario, R2-D2, Chewbacca y esas espadas láser que vuelven a brillar como tenía grabado en la memoria. Porque en El despertar de la fuerza se recupera la estética que contemplé en la niñez, como un auténtico y sublime revival galáctico. En cierto modo, todo vuelve a ser como nunca debería haber dejado de ser. No me cabe duda de que ha sido un gran acierto encomendar la dirección de esta nueva entrega a J. J. Abrams, al que la mayoría descubrimos en Lost, y que posteriormente nos ofreció una auténtica lección de lo que es el ritmo en la narración cinematográfica en Super 8, esa reunión de un sinfín de elementos de esa -denominada- cultura popular que nos ha marcado a varias generaciones, de Los Goonies a La guerra de los mundos. Habilidades, y un portentoso sentido para el espectáculo, que pone al servicio de El despertar de la fuerza, construyendo una apabullante maquinaria visual que consigue aplastarte contra la butaca en numerosas secuencias. Y conste que acudí al cine con el eco de las críticas que había leído con anterioridad, y que en diversas ocasiones no te animan, precisamente, a comprar tu entrada de cine.

A lo largo de los años, y me da igual la disciplina, he comprendido que más allá de los cánones, las alabanzas u objeciones de los críticos sesudos, más allá de la técnica y de las referencias cultistas, el arte cuenta con un gran elemento diferenciador: la emoción. Yo, al menos, eso es lo que le pido a una película, a una canción, a un libro o a un cuadro, que me emocione, que me conmueva, que me arañe, que me provoque, que no me deje indiferente. Y que lo haga por su belleza diferente, desde mi incomprensión, irracionalmente, sin tener en cuenta las reglas, los estilos, los registros. Esa emoción inexplicable que nos arrebata las lágrimas o que nos retuerce las tripas. Esa emoción que te traslada, en menos de cinco minutos, a tu propia infancia.

EL PODER DE LA CULTURA

En una televisión privada, Movistar, ha comenzado un programa titulado El poder de la música que debería estar en la parrilla, por pedagogía, calidad y necesidad, de una televisión pública, abierto a todo el mundo. La dinámica del espacio es muy sencilla: conocidos personajes, de muy diferentes ámbitos, cuentan a la cámara canciones, artistas, bandas, que han sido muy importantes en su vida, por los más distintos y variopintos motivos. Una emocionada Alaska, en la primera entrega, narraba, incluso con lágrimas en los ojos, lo que ha supuesto la figura, la música y las canciones de David Bowie en su vida. He de reconocer que me sentí plenamente identificado con Alaska, es de mi club. Siempre recordaré cuando me enteré de la muerte de Bowie, en un atasco, bajo la lluvia, dentro del coche, la voz del locutor al anunciarlo. Lloré durante varios minutos con las manos apretadas al volante, impotente, desconcertado, huérfano en gran medida. Y lo mismo me sucedió con Prince, Eduardo Benavente o Lennon. Hay canciones que me reportan tal cantidad de emociones que soy incapaz de administrar y calcular mis reacciones. Escuchar a Calamaro, en directo, cantar Paloma sigue siendo un chute de melancolía que me es imposible disimular. El viento a favor, El extranjero o Maldito duende, de Enrique Bunbury. Los Beatles, Dylan, Los Planetas, Viva Suecia, qué sé yo. No cito más ejemplos, avalancha. Y encuentro emociones similares, en intensidad, en descontrol emocional, en la literatura o en el cine/series. Soy el típico espectador llorón, lo reconozco, y necesitaría seis páginas de periódico para enumerar todas las escenas que me han enrojecido los ojos. Cuando acabé de ver Toy Story 3 tuve que permanecer en la butaca del cine varios minutos porque me daba vergüenza abandonar la sala con semejante llorera, y mientras pude me camuflé en las sombras.

En mis últimas novelas, trato de explicar y definir a mis personajes a través de sus consumos culturales. Porque somos como y lo que comemos, como conducimos, como vestimos o como fumamos (los que fumen), pero somos, sobre todo, lo que consumimos culturalmente. La música que escuchamos, los libros que leemos, las películas que vemos o las exposiciones que visitamos conforman nuestra personalidad. No son circunstancias livianas de nuestras vidas, meros adornos, no, nos construyen, nos perfilan, nos definen. Y, en cierto modo, tejen una red social invisible pero real que tiende a reunirnos, a seducirnos, a encontrarnos. Es emocionante toparse con otras personas que comparten tus mismas inquietudes, que se emocionan con expresiones similares a las que tú. Alivia, gusta, te proporciona una sensación de pertenencia, de inclusión, a un grupo, a un clan, a una tribu de seres similares. A la Literatura, por ejemplo, algo que nunca me cansaré de repetir, le debo algunos de mis mejores amigos, que son algo parecido a una familia, según pasan los años. Y eso nunca sabré como agradecérselo, además de todas las satisfacciones que me reporta a diario, cada vez que tengo un libro entre las manos.

Dicen que los hijos tienen que matar, en un sentido metafórico, a sus padres, consecuentes con el tiempo en el que se desarrollan. Siempre tiempo con circunstancias muy diferentes a las nuestras, muy diferentes, por muchos paralelismos que pretendamos establecer. Por eso, yo no quiero ni pretendo que a mis hijos les gusten la música, las películas o los libros que a mí me gustan, eso sería un ejercicio de onanismo fundamentalista. Lo que quiero, y pretendo, es que también se dejen emocionar, construir y definir por las expresiones culturales con las que más se sientan identificados. Que hagan de la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, un elemento cotidiano de sus vidas. Porque estoy seguro que las suyas serán vidas más ricas, más limpias, más libres y menos solitarias. Porque la cultura, al menos así yo la entiendo, puede llegar a ser la compañía más estable, duradera y fiel con la que te encuentras a lo largo de tu existencia. Gracias a la música, a los libros, a las películas, siempre me he sentido acompañado, nunca solo, y eso no es poco.

EL TIEMPO DE LAS NARANJAS

Escoja entre el verbo o la geografía. Se mondan con facilidad, pero realmente su nombre es mandarinas, dicen. Y todavía no nos habían llegado los rollitos primavera, el arroz tres delicias o el cerdo agridulce. Lo de las tres delicias debe ser algo parecido a lo de la Santísima Trinidad, porque sigo sin poder entenderlo. ¿Tres delicias, cuáles? Las mandarinas son como ese acuse de Correos que el cartero nos deja en el buzón: el anticipo de una evidencia. La verdad es que ahora tenemos naranjas, tomates o calabacines todo el año y no cuando tocan y esa magia, en parte, la hemos desvanecido. Misterios de la ciencia o de cómo se quiera llamar eso. Pero en realidad, más allá de la ciencia, que tal vez sea la propia naturaleza lo que hay más allá, cada cosa tiene su tiempo. Como las espinillas, como la selectividad o como el primer amor, y hacerlo a destiempo, cuando ya Peter Pan es un señor con hipoteca, se convierte en una anomalía. Lo queramos o no, nos gustara o no, de izquierdas o de derechas, o de ese centro que ya no existe, el que Franco siguiera estando en un edificio público, junto a muchos de los que fueron sus víctimas, era una gran anomalía. Sí, lo era, y considero que es un asunto que no admite discusión –aunque todo se puede discutir, claro-. Todas las democracias consolidadas del mundo lo son, en parte, porque han sabido enterrar a sus fantasmas, a lo peor de su pasado. Y en ese pasado podemos encontrar al poder de las religiones y también a los dictadores. España mantenía esa herida abierta, esa anomalía que nos diferenciaba y que esta semana, con muchísimo retraso, ha quedado resuelta. Y tal vez nos quedemos cortos. Ojalá desenterrar a Franco suponga, también, desenterrar al franquismo, que es la gran asignatura que nos queda como país, como sociedad y como conciencia colectiva, si pretendemos cerrar la puerta de ese pasado que fue tan ingrato y tan atroz para tantos millones de españoles. No es un asunto ideológico, es convivencia, respeto, memoria, nada más.

En este tiempo de las naranjas, que es tiempo de las pocas certezas con las que contamos, todavía hay quien se sorprende por las declaraciones de la escritora Cristina Morales, tras serle concedido el Premio Nacional de Narrativa, por su novela Lectura fácil. Menudo lío, menudo follón, le han pedido que devuelva el premio, que se vaya de España, que ojalá arda el dinero ganado y no sé cuántas condenas más. Sin coincidir con la escritora en sus planteamientos, no tratemos de amansar a los creadores, no los queramos convertir en lo que nosotros deseamos. Porque, con frecuencia, parece que solo los queremos para que nos hagan pasar un rato, leyéndolos o viéndolos interpretar, pero que luego sean mesurados, moderados y que piensen como nosotros. Los creadores, los intelectuales de todos los tiempos y épocas se han caracterizado por ir a la contra, por enfrentarse contra lo establecido, por ser azote, incluso desde la ilógica, desde la sinrazón, pero es que tal vez ese sea su papel: ser diferentes. Estar a disgusto, mirar con otros ojos, no caer en la rutina, espada y trueno, vozarrón en el silencio, la estopa de los moderados, el grano en el culo. No es Cristina Morales una excepción, y pidamos que ella misma y otros más, no caigan en el conformismo, porque siempre necesitaremos otros puntos de vista y otras ideas, aunque no las compartamos y no nos gusten.

En este tiempo, tiempo de las naranjas, vuelvo a leer el poemario de Juan Ramón Campos, amigo y poeta, que es compatible. Y no madurará en la rama sino en la mesa, cuando busco las raíces entre vosotros, por eso celebramos su cogida, porque la luz pudrirá el fruto. Pertenece a su libro titulado El secreto de sus naranjas, no es un libro de temporada, puede leerlo en cualquier época del año, y hasta cualquier año. Poemas para pensar y repensar en tiempos pasados y presentes, en lo que se fue y vuelve de otro modo, o tal vez no vuelve. Aunque la ciencia lo intente, y nos engañe, las naranjas volverán otro otoño, recreando esas banderas anaranjadas que no ondean en los mástiles de las ramas. Esas banderas que son los colores de una patria sin fronteras y sin rencores.

MUERTOS

Muertos

Lo que habría dado por ver la cara –el gesto, la expresión, el suspiro- de ese gerente de afamado centro comercial –de apellido británico- tras escuchar la petición que le formuló doña A. Imagino a doña A vestida de domingo, maquillada suavemente, empapada en perfume caducado, esencia de canela tal vez, sentada frente al gerente de la gran superficie, en su despacho de la última planta –céntricas vistas al otro lado de la cristalera. Doña A le pidió permiso al gerente para esparcir las cenizas de su difunta amiga doña B, en la cuarta planta del centro comercial, en la esquina de Moda de Señora que hay junto a la cafetería. Pero, ¿eso cómo va a ser?, apenas pudo decir el gerente –un intenso e inesperado calor, como si alguien hubiera puesto en funcionamiento una calefacción interna, le fabricó un bigote de sudor sobre el labio superior. Es que aquí hemos sido muy felices, se limitó a responder doña A con gesto compungido, agarrada a su pequeño bolso de charol negro, dispuesta a todo con tal de convencer al gerente. Supongo que no accedería a la petición, aunque la imaginación me regala una estampa surrealista, digna de los Cohen, donde unas alas de ceniza desfilan entre las maniquís y los electrodomésticos, entre las tablas de surf y las bicicletas elípticas antes de perderse en ningún lugar. Esta historia, que podría entenderse como una broma algo macabra, tipo cámara oculta, no deja de ser una historia real, y temo que no se trate de una excepción. De hecho, eso que llamamos sociedad del bienestar –y que disfrutamos unos pocos-, y que ya ha inventado una serie de extrañas enfermedades y malestares, también ha perfeccionado los que podríamos definir como nuestros rituales funerarios, y que vienen a ser muy semejantes a los que descubrimos en las cavernas de nuestros milenarios antepasados, pero en versión sofisticada. Rituales que, como nos sucede en vida, también se rigen por las denominadas clases sociales, porque hasta el descanso de los muertos se paga: un panteón para los pudientes, una simple placa para los menos agraciados, pino y caoba, etc.

Durante esta semana se ha hablado, y mucho, de muertos, entierros, cifras y caprichos –que por fecha toca- en los diferentes canales de televisión, radios y periódicos –y lo de doña A sólo es un ejemplo. Un empresario inventó eso de crear un diamante a partir de las cenizas de tu ser querido, o lo que podríamos entender como la versión más refinada –y negra- del reciclaje. La incineración ha cobrado fuerza, pero aún se sigue optando por el método tradicional, pero con variaciones al gusto del consumidor. Por ejemplo, recuerde al ser querido el uno de noviembre –o cualquier día que le convenga- con una corona donde se reproduce el escudo del equipo de sus amores, o con una losa donde se puede ver su rostro –como un tatuaje en la piedra-, o un horno de leña si era panadero o cuatro rosas si era florista o le gustaba la bebida, que todo puede ser. Precios que se elevan más de un doscientos por cien, colas en los cementerios, cal y barniz, escaleras plegables y misas abarrotadas: imágenes más que frecuentes, que componen ese guión que cada año repetimos, mientras don Juan se declara –o le tira los tejos- a la cándida Inés. Frente a la gran eclosión casi rococó tan típica del uno de noviembre, como contraste, podemos encontrar todos esos nichos olvidados, sucios de abandono, siempre huérfanos de flores, con inquilinos que el polvo y el descuido condenan al más absoluto de los anonimatos. Como siempre suele suceder, entre los dos puntos, entre la exageración y la ignorancia, tal vez encontremos la tendencia/lugar más apropiado. En cualquier caso, la inversión en el ritual funerario es la que menos se disfruta, los que aquí nos quedamos cargamos con la pena y con la factura de rigor, mal negocio. Además, hay algo de excéntrico –y de irónico- en todas esas peticiones que solicitamos para cuando ya no podamos comprobar si se han llevado a cabo según nuestro antojo. Tal vez todos, de una u otra manera, busquemos un hueco en eso que llaman eternidad.

MUDANZA

Siempre me ha provocado una profunda desolación ese entrenador de fútbol que despiden a mitad de temporada. Y es que imagino estampas muy similares a esas que nos ofrecen las películas realistas alemanas de los sesenta y setenta. Películas de directores con apellidos impronunciables. Todo muy frío y áspero, el escenario perfecto para que la soledad represente su gran actuación. Amplios salones vacíos, cajas de cartón esparcidas por el suelo, dormitorios sin fotografías en las mesitas de noche, despertadores sin hora establecida, frigoríficos huérfanos, apenas un par de latas de cervezas y un paquete de salchichas caducadas. Paredes en las que podemos descubrir los cuadros que ya no están. Las marcas de la puerta, representando las medidas de Ana o Jaime con dos, tres y cuatro años. Una gota que cae lastimosa y repetidamente del grifo del lavabo. Al fondo del pasillo, el teléfono suena, sugerentes ofertas aguardan, pero nadie responde. Puede que por estas imágenes comprenda a los entrenadores que deciden alojarse en un hotel, que viajan solos en cada nueva aventura, sin la compañía de los suyos, de la familia, del hogar. Cuesta muchos años y esfuerzo construir tu propio hogar. Que las habitaciones desprendan un olor que no nos sorprenda, que las estanterías se amolden a nuestro desorden, que la luz sea amable, que los pomos de las puertas respeten nuestros movimientos, que los suelos dejen de gemir. Cuesta mucho convertir un espacio neutro en un espacio propio, íntimo. Tu espacio. Puede que por eso muchos entrenadores sean proclives a establecer su hogar en un punto concreto, al que siempre tienen la oportunidad de regresar, cuando el delantero de turno le amarga la existencia por ineficacia propia o eficacia rival. Abandonar una habitación, aunque haya sido tu habitación durante varios meses, no es lo mismo que abandonar tu hogar y empezar de nuevo.

Podemos buscarle los beneficios y virtudes a la mudanza, que las tiene, sí, las tiene, pero la amargura que nos regala las supera muy ampliamente. No conozco a nadie que le gusten las mudanzas, del mismo modo que no conozco a nadie que le guste despedirse de su familia, de sus amigos, de los seres queridos. La emoción de lo desconocido, de lo que vendrá, que puede que sea mejor, nadie lo duda, no es la tirita capaz de cerrar la herida. Porque la mudanza tiene mucho de herida, sí, de perdida, de tiempo y recuerdos que se van. No es bueno vivir de recuerdos, nos cuentan, y repetimos en voz alta, disciplinados, pero muchos de ellos nos gustarían que siguieran formando parte del presente. Y aunque los recuerdos forman parte del mundo de lo abstracto, nosotros los asociamos a espacios tangibles, concretos. Ese cajón en el que guardamos nuestras primeras gafas, el cuarto de baño donde despertaron las hormonas, el balcón al que me asomaba cada mañana, el sillón en el que tomaba asiento mi madre, un frasco de colonia de papá. Te dices y te repites que los recuerdos son inmateriales, que ya están dentro de tu memoria, argumentos reales, sí, pero a ti te gustaría seguir conviviendo con el objeto, con lo concreto. En cierto modo, te gustaría seguir estando o disfrutando de ese ayer.

Quién no ha perdido algo en una mudanza, lo que sea. Libros, los grandes castigados. En realidad, no se pierden tantas cosas en las mudanzas: se incorporan a un nuevo orden que nada tiene que ver con tu propio orden. Y es que el desorden no existe, cada cual cuenta con su propia definición. La mudanza, el despedirte del pasado, o de la representación concreta del pasado, la cuenta perfectamente Pablo García Casado en su poema Ajuar: Vendió su casa para pagar las deudas, sólo se quedó lo necesario. Estamos bien, dice, un piso más pequeño, más fácil para limpiar. El resto está en una nave que tiene su hermano en el polígono. Vitrina Luis XV, cómoda de caoba, vajilla, protegidas del frío y la humedad por un plástico transparente. Todos los domingos, muy temprano, toma el autobús hasta el polígono con una bolsa de trapos y productos de limpieza. Con frecuencia, esa nave del cuñado es un espacio indefinido de tu memoria y el autobús se toma cada mañana, nada más despertar, mientras esperas que el olor deje de sorprenderte y las baldas de la librería comiencen a curvarse. También puedes abandonar la habitación del hotel, pagar lo debido, y regresar al hogar.

VIERNES. ATRACO PERFECTO.

Como todos los viernes, pasada la medianoche, tras comprobar que sus hijos ya duermen, Juan y Lucía salen a la calle y se dirigen hasta la que fue su casa, al final de la avenida, en dirección al centro de la ciudad.

-Siguen sin abrir nada donde estuvo la librería –piensa Juan, mirando el cartel de la inmobiliaria. Es un pensamiento que se repite en los últimos viernes.

-Seguro que a la vuelta me dice otra vez lo de la librería –piensa Lucía, cuando pasan por el citado establecimiento.

Como todos los viernes, durante el trayecto, no más de que quince minutos a paso ligero, no hablan: solo miran a los que se agolpan en los veladores de los bares, a los que fuman y charlotean amistosamente a la salida de los restaurantes, a los que simplemente pasean, a los negocios cerrados que afean la avenida. La librería, siempre le dedican una mirada a la librería. Miran a la librería y a todo lo demás con cierta melancolía, cuesta adjudicarle un sentimiento concreto, unitario, a esas miradas, que en cualquier caso transmiten tristeza. Como todos los viernes, desde hace tres años, tres años ya han pasado, tan lentos y tan rápidos al mismo tiempo, Juan y Lucía se detienen en la entrada de un edificio espigado y moderno, acolchado en cristal y metal, el número 2 de la avenida, que alberga 54 viviendas, distribuidas en seis plantas. Como todos los viernes, antes de encajar la llave en la cerradura de la puerta de entrada, como soldados en la misión más peligrosa, Juan y Lucía se percatan de que no haya nadie cerca, en las inmediaciones, y que el portal permanezca a oscuras, tal y como sucede en este preciso momento. Entonces, si se sienten a salvo, solos, y siguiendo el ritual de todos los viernes por la noche, Juan y Lucía se plantan de dos saltos en el ascensor y cuentan los segundos, con algo de angustia, de inquietud, hasta que la puerta se abre ante ellos y, a continuación, llegan hasta la cuarta planta. No ser descubiertos por los que fueron sus vecinos, ese es el reto. Y como todos los viernes, abren muy lentamente la puerta del ascensor, se cercioran de que el pasillo se encuentre a oscuras y vacío, siguen siendo esos temerosos soldados en la misión más peligrosa, y a toda prisa se dirigen a la izquierda, a la puerta que está rotulada con la letra D. Lucía extrae de su bolso el manojo de llaves, las aprisiona con fuerza para que no suenen, busca la plana, la de multitud de orificios, la de seguridad, tan diferente a la actual, escueta, y la introduce en la cerradura. Como todos los viernes, nada más acceder al interior de la que fue su casa hasta hace tres años, Juan y Lucía se abrazan en silencio, durante un par de minutos. Es un abrazo triste y lastimero, doloroso y dolorido, compartido.

Lucía pone en funcionamiento una linterna con la que recorre, junto a Juan, su marido, el que fue su hogar. Aunque todos los viernes trata de evitarlo, Lucía alumbra la puerta del dormitorio que durante varios años compartieron sus hijos. Elena, Jorge, dos, tres, cuatro años, 84, 96, 107 centímetros, tatuado mediante arañazos en la madera del marco. Y buscan en las paredes, en las esquinas, en las puertas, esos recuerdos de sus vidas en esta casa vacía que huele a silencio y a soledad. Y, como todos los viernes, concluyen su nocturna y fugitiva visita en la terraza. Esa terraza en la que fueron tan felices, tantos y tantos viernes tan diferentes al actual. Pedro, el vecino del edificio de enfrente que nunca conocieron personalmente, pero al que Lucía y Juan le imaginaron docenas de empleos y aficiones como si se tratara de un juego, un viernes más vuelve a contemplar entre las penumbras la visita de los que fueron sus vecinos. Seguía Pedro con atención el devenir diario de la familia. Aún si hijos, los recuerda Pedro cenando en primavera, en la terraza, charlando amistosamente con otras parejas, felices. En el silencio de la noche, pudo escuchar con claridad sus conversaciones, y en más de una ocasión estuvo tentado de tomar parte, pero nunca lo hizo. Y tiene la sensación de que hubiera sido bienvenido.

Claro que sí.

Desde su terraza, mucho más pequeña, vio Pedro como los hijos fueron llegando y fueron creciendo, como cambiaron el cierre y los estores, como instalaron unos botelleros de acero en la pared, como durante todo el mes de agosto desaparecían. Para regresar morenos y felices. Y también empezó Pedro a ver, solo unos pocos años después, como Juan pasaba las mañanas en casa, fumando y fumando en la terraza, como Lucía dejó de ir al gimnasio, como la chica de la limpieza ya no iba todos los martes y jueves, como las botellas dejaron de apilarse en el botellero, como las cenas de los viernes no volvieron a tener lugar.

Contempló Pedro como la terraza que tantos buenos ratos le había procurado, esa terraza que envidiaba, se había convertido en una muy parecida a la suya, y que el contemplarla le reportaba una sensación similar a la de situarse frente a un espejo. Aun así, cada viernes espera que la linterna se abra paso en la oscuridad de la noche.

UN HOMBRE BAJO EL AGUA, DE JUAN MANUEL GIL

En Un hombre bajo el agua, el escritor almeriense Juan Manuel Gil recrea desde el presente la reconstrucción de un pasado fragmentado que permanece escondido en el interior de una balsa agrícola de riego.

Juan Manuel Gil, con su primer libro, Guía inútil de un naufragio, ganó el Premio Andalucía Joven de Poesía en el año 2003. En el arranque del poema que abre esa obra, titulado Día primero, se puede leer: Imaginemos que esto es realidad, / que cada palabra que aquí escribo / alinea cuerpos, sábanas y agua / -sin incurrir en falsas esperanza-. Dieciséis años después, varios los libros publicados, de muy diferentes estilos y géneros, esos versos pueden entenderse como premonitorios a la hora de diseccionar el nuevo título de Juan Manuel Gil, Un hombre bajo el agua, publicada por la editorial Expediciones Polares.

Si la obra de este autor se caracteriza por algún elemento que pudiéramos entender como común, sería el de la búsqueda constante. Una búsqueda en aras de la evolución, innovación, narrativa; una búsqueda de nuevas herramientas, no necesariamente literarias, así como de diferentes modos y tiempos de contar una historia.

Buscó la geografía como un elemento de ubicación, pero también de permanente movimiento, en la citada Guía inútil de un naufragio; buscó atajos y pasadizos entre los géneros en la híbrida Inopia; buscó el encuentro de los tiempos y de las voces en la deliciosa Mi padre y yo, un western y buscó un nuevo espacio narrativo en la turbadora Las islas vertebradas, que puede considerarse, hasta el momento, como la obra de Gil que se rige por los patrones más tradicionales, de la novela en este caso. Y esa búsqueda, por encontrar y encontrarse, por recorrer nuevos territorios, sigue estando muy presente en Un hombre bajo el agua.

En esta última novela, Juan Manuel Gil busca descubrir en la memoria prestada de los otros la recuperación de la memoria real, de lo que verdaderamente sucedió durante su adolescencia. El protagonista, de nombre Juan Manuel, encuentra en una balsa de riego agrícola el cadáver de Eduardo, un hecho que se convierte en muy relevante de su vida. De hecho, puede entenderse como una puerta que se abre hacia el mañana, dejando atrás definitivamente la infancia. La balsa, como tal, también cuenta con un fuerte componente simbólico. A diferencia de lo que sucedía en Las islas vertebradas, donde el agua representaba el infinito, la búsqueda, en esta nueva novela es un elemento hostil, turbio, turbador, que amplifica la sensación de desasosiego, irrealidad y oscuridad que transmite la historia.

En Un hombre bajo el agua nada es verdad, nada es mentira y todo pudo haber pasado, o esa es la sensación que nos transmite la reconstrucción de un complicado puzle, compuesto por miles de piezas con la forma y el peso de los recuerdos. En este sentido, la memoria, tanto la propia como la de los demás, es material de reciclaje al que acude el escritor para hilvanar el pespunte de un relato marcado por la incertidumbre, el desarraigo y las dobles y triples miradas, lecturas e interpretaciones.

Es muy interesante el permanente diálogo al que somete la infancia con la edad adulta. Vierte Juan Manuel Gil a lo largo de todo el texto una mirada, incluso una revisión o examen de la infancia, desde la perspectiva de la vida adulta, nada complaciente, nada estándar, muy lejos de esas interpretaciones tan manidas y prototípicas en las que nos muestran infancias felicísimas, universos de alegría y amor que ya no volveremos a disfrutar a lo largo de nuestras vidas.

En la descripción del paisaje social y geográfico de la adolescencia del protagonista podemos encontrar las cenizas o los rescoldos de esa España de no hace tanto y que tan bien retrató Juan Goytisolo en la mítica Campos de Níjar, geográficamente tan cercana a Un hombre bajo el agua. Esa sociedad callejera, humilde y festiva, de niños que juegan en las calles, mujeres que toman el fresco en las puertas de sus casas y vecindarios que son como colmenas humanas, repletas de inclasificables relaciones, más intensas e íntimas que las familiares en muchos casos. Sin una premeditación ostentosa, sin el pretexto del adorno, Juan Manuel Gil rescata esa sociedad de su infancia a través de la mirada vertida por todos aquellos que le ayudan a trazar la línea argumental de sus recuerdos.

Demuestra este escritor almeriense que la denominada autoficción, género en auge si contemplamos los recientes éxitos de Ordesa, de Manuel Vilas o de El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, se sustenta en la memoria y en los recuerdos, a pesar de que en demasiadas ocasiones no coinciden con lo realmente vivido/sucedido. De hecho, Gil se plantea si no hacemos otra cosa, a lo largo de nuestras vidas, que ensamblar una memoria con la que sentirnos relativamente cómodos, a salvo, o al menos no maltratados.

Si acudimos nuevamente a la pasada producción literaria de Gil, en uno de los textos que componen Hipstamatic 100, una compilación de textos breves, la mayoría de ellos aparecidos en prensa, podemos leer: creo que la curiosidad nunca comparte cama con el óxido, la rutina, el reuma, el conformismo o el cliché. No son de la misma especie. Se repelen. Quizá ni siquiera se conozcan entre ellos. La curiosidad es hospitalaria y, a la vez, nos hace nómadas, inquietos. Esta reflexión se mantiene muy viva, plena de actividad y vigencia, en Un hombre bajo el agua. Una nueva marca, profunda y visible, en el personal y ambicioso atlas literario que está trazando este autor almeriense a lo largo de los años y de las obras publicadas. Buen viaje.