FESTIVOS

Qué raros son los festivos en estos tiempos, que no se saborean como los de antes. Me temo que nos vamos a acostumbrar a la decir mucho «lo de antes», como si esta pandemia que vivimos marcara una frontera en nuestras vidas. Llegará un día en el que no nos acordemos bien de cómo éramos antes, qué hacíamos, cómo vivíamos. Antes. Tal vez llegue un día en que lo tratemos de esconder. Cualquiera sabe. Para no escandalizar a nuestros hijos y nietos, para no abrir heridas, por vergüenza, por pereza, por dolor, por desánimo, por melancolía. Como si fuera parte de un pasado que queremos enterrar en el olvido, o en esa memoria selectiva que no compartimos con nadie. Este nuevo «lo de antes» me traslada a ese antes que tuvimos antes de que la burbuja estallara, llevándose por delante el apartamento en la playa, el coche de gama alta, el abrigo de visón, las cenas con Pingus, las cajas de gambas (de las gordas y blancas) y todas esas cosas que todos no probamos pero que luego tuvimos que pagar, como si hubiéramos sido invitados a la fiesta. Vivimos por encima de nuestras posibilidades, nos dijeron, y nos lo creímos, y condenamos a nuestros hijos a un futuro mucho peor que nuestro pasado, que ese «lo de antes». Y ahora les apretamos un poquito más el cinturón, pero tampoco podemos hacer nada, porque esto no lo podía haber previsto nadie, que es otro mantra que empleamos con frecuencia cada día. Con este panorama, con lo que se intuye tras la ventana, es lógico que los festivos sean raros, que apenas se disfruten, que no se sientan como tal, yo qué sé. Nos ha sucedido con el verano, o el verano sin verano, o ese tiempo que hemos vivido de calor, mascarillas, mesas contadas y vigilantes de la playa. Pero no vimos a Pamela. Y también decidimos que mejor no recordar otros veranos, ya que eso, ya saben, que las comparaciones son odiosas. Y a otra cosa.

Pues aunque sólo sea abrir un litro fresquito, harto de congelador, yo creo que debemos seguir celebrando y significando los festivos, que sigan teniendo su protagonismo, sus rituales, sus cosas, como siempre han tenido. Que ya vendrán lunes esaboríos, de esos lluviosos y colmados de atascos, que sacan lo peor de nosotros mismos. O simplemente nos sacan a nosotros mismos, cuando no tenemos tiempo para fingir lo que no somos. Es lo que tiene la incertidumbre, no sabemos lo que nos aguarda tras la esquina, y el temor a que sea peor que este presente nos agarrota, y los pasos los damos con más cuidado, más cortitos. Y nos moderamos en todo, lo primero en gastar, vaya que, nos decimos. Y por esa dinámica, que es como la pescadilla que se muerde la cola, entre todos conseguimos que a todos nos vaya peor. Porque ese dejar de gastar acaba dando la vuelta y te acaba repecutiendo a ti, a mí y a todo el mundo. Quien pueda, que gaste, más o menos, pero que gaste. Ya sea festivo o no, eso es lo mismo, que el dinero no entiende de calendarios. Imagino que, con el tiempo, recordaremos «lo de antes» como una fiesta permanente, toma abrazo dale besos, todo muy alegre y de contacto, y puede que no sea precisamente la imagen que deberíamos conservar. Como todo, siempre hemos tenido nuestras zonas de sombras, muy grises, incluso negras a ratos, pero como del calor del verano, no nos acordamos de un año para otro.

Porque parece que las fiestas, las que más hemos disfrutado, se disfrutan más en la memoria que en el instante, y nos gusta acudir a ellas cada poco, que para eso recordar es gratis, O lo parece, que hay recuerdos que cuestan, y mucho, y ahora no estoy hablando de dinero. Pero eso lo dejamos aparcado para otro momento, que ahora toca fiesta y su celebración, ya sea con una Pilar por medio, felicidades a todas ellas, ya sea rememorando la gesta/fortuna de Colón -que no celebran con tanta euforia en otros lugares-. Escoja, y abra aunque sea un litro, y unos altramuces, que son baratos y sanos y no engordan, que lo tienen todo, y brinde con la persona que quiere. Esa es la fiesta, nada más que esa, tener alguien a quien querer, todo lo demás miserias, cartas del banco y cuernos retorcidos.

EL CAFÉ DE OTOÑO

Escribir sobre el otoño sin recurrir a las hojas de los árboles que se caen, a la oscuridad que nos traerá el cambio de hora y a los puestos de castañas es como pretender rememorar a Raphael sin nombrar sus camisas negras. Es inevitable, me temo. Además, a este otoño hay que abordarlo desde el pesimismo, desde la incertidumbre y la cautela, porque eso es lo que nos están diciendo todos los días. Y es que la segunda ola va camino de tsunami, y a este paso nadie es capaz de predecir lo que nos pasará mañana o la semana que viene. Como decía, tiempo de incertidumbre, cuando lo que más necesitamos, lo que más demandamos, es justamente lo contrario: certidumbre. En esto de la certidumbre, tengo mi propia teoría. Hay personas que son capaces de generarla, aunque la realidad luego nos demuestre lo contrario. Pero en un principio las creemos, incluso las seguimos, y mientras nuestra creencia permanece intacta nos sentimos seguros. Algunos políticos han logrado este efecto, aunque luego nos hayamos llevado solemnes batacazos. Tal vez sea mejor así, puestos a elegir. Preferible que el desastre se padezca solo cuando toque y no desde el principio, gracias a la incertidumbre generada. Las cosas. Volviendo al otoño, que en este tiempo es un tema de lo más original, debo de reconocer que no me apasiona especialmente. Me han horripilado los otoños de los últimos años, fundamentalmente -acudamos al mantra del cambio climático-, y es que no soporto los días con temperatura de verano y luz de invierno. Para mezclas, el güisqui con cola -y según el güisqui-, que siempre me decantaré más por los sabores, conceptos, colores y olores puros. Con el fútbol me sucede algo parecido, no soporto a los jugadores que no sé de qué juegan. Kaká es un gran ejemplo, que no me gustó ni cuando decían que era bueno, porque jamás comprendí su posición en el campo.

Otoño, este otoño, cómo referirme sin pisar las hojas secas que se acumulan sobre las aceras, o sin nombrar a las mandarinas, adelanto anaranjado de los familiares de mayor tamaño, cómo, me pregunto. Este año ya no voy a hablar del cambio de hora, después del sofocón pasado, que lo tuvimos en la mano y decidimos seguir con esta cosa extraña, que es una especie de interruptor lumínico que nos hemos inventando por no sé qué teoría, estrategia o conveniencia. Este otoño voy a hablar del café, sí, del café, porque me he dado cuenta que trazo la frontera de las estaciones por el café. Entre mediados de mayo y mediados de septiembre, solo y con mucho hielo, mientras más frío, mejor. Desde ya, que comencé la pasada semana, muy largo, muy caliente y con una gotita de leche, y así hasta mayo. Y los dos me parecen deliciosos, tal vez por diferentes. Poco hablamos del café, cuando este país nuestro ha sobrevivido a casi todo a golpe de café. De malta, de cebada, incluso de «recuelo» -dos veces filtrado-, o recién molido, el café ha sido como un remedio, un consuelo en gran medida, un reconstituyente, un tapar otras carencias, y hasta otras hambres. Un café y charlamos, un café y se te quita el mal cuerpo, un café y te pones a funcionar. Ni al petróleo le hemos encontrado tantas propiedades. Hubo un tiempo en el que el café era como el petróleo, y sus oscilaciones de precio provocaban auténticos terremotos domésticos. Me recuerdo camino del tostadero de café, porque el ya molido no estaba bueno, para comprar un cuarto de kilo. Tampoco podía ser medio kilo o un kilo, que perdía el aroma. Lo de los gurmés no es tan nuevo.

El café, este otoño, me traslada a otro tiempo, muy diferente al actual, pero muy parecido, sin embargo. Porque somos como ese café que pierde el aroma, una vez molido. El molinillo de la vida nos va definiendo, sus cosas, su velocidad, el filo de sus cuchillas, todo eso que conocemos y no le ponemos nombre. Arrancamos este otoño esperando esa segunda ola que no es una nueva versión de la que cantó Rocío Jurado, sin saber cómo será cuando alcancemos tierra. Porque todo pasa, hasta las tragedias más crueles tienen su final. Sí, habrá un final, claro, y vendrán otros otoños, y nuevos y más cafés que tomar, compartir, charlar, disfrutar. Porque todo llega, todo pasa.

PATRIA

Lo dejo claro desde el principio. Estoy plenamente a favor de los denominados “fenómenos literarios”. Me encantan, me gustan todos, sí, he dicho todos. Y sí, me gustaría protagonizar un fenómeno literario, por todos los motivos, aunque solo fuera un fenomenillo. No soy uno de esos puristas que relaciona consumo generalista con baja calidad, no, a veces se pueden combinar, y no creo que sea necesario citar cualquiera de los cientos de ejemplos que podemos encontrar en la Literatura, pero también en el Cine o en la Música, y hasta en el Arte –la Capilla Sixtina o el Guernika, por ejemplo, son auténticos bestsellers de la Pintura-. Adoro los llamados “fenómenos literarios” porque el que un libro, sea cual sea el libro, se convierta en un producto de consumo preferente me transmite una felicidad indescriptible, porque eso supone colas en las librerías y en las ferias del libro, libros envueltos para regalo y pilas de libros en los centros comerciales, miles y millones de libros. Supone compradores no habituales de libros, algunos de los cuales caerán bajo el hechizo de la lectura y optarán por seguir comprando libros en el futuro, e incluso evolucionando como lectores, y así alguien que comenzó con la trilogía de Grey puede que acabe leyendo a Durrell. Lo sé, me paso de optimista, pero es que de vez en cuando es necesario abrazarse a la utopía. Aplaudo y me congratulo de los fenómenos literarios porque tengamos en cuenta que, aunque algunos parezcan no entenderlo, especialmente los últimos ministros de Cultura, la Literatura se mantiene y articula en torno a una industria, editorial, que necesita de estos fenómenos literarios que son, en resumidas cuentas, los que colorean de negro las cuentas de las editoriales. Y gracias a estos beneficios se pueden publicar e incluso arriesgar con otros autores que no alcanzan, ni remotamente, las ventas deseadas.

Me gustan los fenómenos literarios porque en multitud de ocasiones se ha hecho justicia con un autor, se han premiado abnegadas y constantes trayectorias de años y años de silencioso trabajo, se le ha descubierto a ese ente invisible y expansivo como un gas que conocemos como gran público. Stieg Larsson es un ejemplo de esto último, reconozco que devoré con pasión y pulsión su trilogía, o Javier Cercas y también lo es el autor que da título a esta columna, Fernando Aramburu. Porque aunque muchos lo hayan conocido por Patria, su fenómeno literario, Aramburu cuenta con una extensa y prolífica carrera literaria a su espalda. Poeta, cuentista, ensayista, articulista, traductor, en sus casi 40 años de trayectoria se ha zambullido en todos los géneros, con notable éxito en la mayoría de las ocasiones. Años lentos y Los peces de la amargura, que tal vez sea el germen de Patria, son dos libros, novela y colección de relatos, espléndidos, provistos de una textura narrativa, tan artesanal como luminosa, solo al alcance de narradores muy dotados. He de reconocer que he tardado en leer Patria, no sé si frenado por lecturas atrasadas o porque necesitaba encontrar el momento propicio. Y he de reconocer, también, que, desde un punto de vista meramente literario, no me ha impresionado. De hecho, no la considero la mejor obra de Aramburu, las dos citadas anteriormente me parecen de una mayor calidad. Sin embargo, hay que considerarla como una obra importante, grande, más allá de sus hallazgos estilísticos, algo que a veces sucede, si tenemos en cuenta sus otras habilidades y bondades.

Salvando las distancias, espero que entiendan la analogía –no trato de establecer un paralelismo, válgame-, me ha sucedido con Patria lo mismo que con 8 apellidos vascos, en cuanto a lo que supone de normalización, a que ya podamos hablar de ciertos temas, del terrorismo de ETA, con naturalidad, sin tener en cuenta al que nos escucha tras la esquina, sin temor. Patria pasará y quedará por su pedagogía, que en determinadas ocasiones, como sucede en este caso concreto, es infinitamente más importante. Y es que Aramburu ha tenido la capacidad de crear una obra que sana heridas, que cose costuras deshilachadas, sin necesidad de recurrir a alcohol del que escuece o a hilo gordo, que deja gruesas y visibles cicatrices. Méritos más que suficientes, junto a todos los intrínsecos a cualquier fenómeno literario, para catalogarla como una obra necesaria e importante. Especialmente ahora, que la palabra cotiza a la baja.

AGOSTO YA NO ES LO QUE ERA

En un mes de agosto los Beatles dijeron adiós, se despidieron tocando en una azotea. Cuentan que ni se hablaron, apenas se miraron. En otro mes de agosto, pero antes, cuando aún eran una banda de amigos, además de una banda musical, se plantaron en Graceland para pasar una velada con Elvis Presley. La noche con más estrellas, así la han catalogado. Solo hubiera faltado que Marilyn Monroe y James Dean se hubieran unido a la reunión. En los agostos españoles de aquellos años, y más atrás, hablamos de los 50, las estrellas se congregaban en los ruedos o en las salas de fiestas. Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez y Doña Concha Piquer. Agostos de transistor y botijo, alberca e higos, ponche y era, cosechadoras y saltamontes, himnos y miedo. Luego llegaron otros agostos, como reyes de verano, en los que tenían lugar esas fiestas en las que te podías encontrar a un “pijoaparte”, como tan bien nos contó el fallecido Marsé. Los 70. La España de los frigoríficos americanos, los pisos en esos nuevos barrios que nos suenan a viejos, y cercanos, y los Seat de todas las cilindradas, con aquellos faros capaces de guiar a los barcos en la tormenta más salvaje. Y como en un Monopoly costero, en los 80 las playas se fueron llenando de apartamentos apretados y puntiagudos, paseos marítimos, hoteles buenos y hoteles baratos, a gusto del bolsillo, con beans y mucha panceta, perdón, bacon, en el desayuno y hasta huevos fritos y tortillas rellenas. Todo eso no cabe, le dijo el cocinero del hotel a un primo mío. Las cosas del estado del bienestar, que con el colegio pagado, el médico pagado, la pensión asegurada y hasta medio hipotecada resuelta, nos permitimos tener eso tan moderno llamado segunda residencia. Porque los quince días de antaño, o el pisito alquilado a un profesor de Lengua, ya no nos parecía suficiente.

No hace tanto. Empleados con sonrisa inalterable, y de extraños horarios, parapetados en pisos pilotos con mucho wengué y mucha pizarra, a los que no les faltaba la ducha hidromasaje, el “silestone” y el “lumón”, pues ya que estamos, recibiendo a las decenas de futuros propietarios, deseosos de cumplir ese sueño que fue inalcanzable para sus padres, abuelos y demás rama genealógica. Otra hipoteca, pero con gusto, eso sí, porque podíamos, aunque no pudiéramos, y porque tener propiedades, poseer, es bueno. Es una inversión, nos dijimos, mientras cargábamos en el maletero un saco de patatas y seis kilos de tomates de la frutería del barrio, que vaya clavazos nos metían luego en los desavíos de la playa. Pero llegaron las vacas flacas, pero no unos cuantos ejemplares, toda la manada, y tuvimos que elegir entre comer ladrillo, mantener nuestras inversiones, o comer las patatas que nos trajimos de vuelta de la playa y que ya estaban empezando a echar raíces en el maletero. Y cuando creíamos que todos había pasado, cuando nos asomábamos otra vez como el Mono Burgos en aquel anuncio del Atlético, nos llega la cosa esta. Y lo curioso es que en marzo ni nos podíamos imaginar poner un pie en la playa este verano, como tampoco montarnos en el coche e ir a donde nos diera la gana, y sí, hemos podido, de esa manera, pero hemos podido.

Hemos hecho encaje de bolillos para sentarnos con unos amigos a tomar una cerveza en el chiringuito de turno, contándonos, que más de doce no podíamos estar, y con mascarilla, claro, y con distancia social, también. Y cuando ya estábamos ubicados, cada cual en su sitio, le hemos dedicado mucho tiempo a hablar de esto que nos está pasando, y que nos pasa más por todo el tiempo que le dedicamos. De palabra, obra y omisión. Por mi parte, recuerdo, agostos salvajes, orondos, sin tiempo, me sorprendí una vez mirándome el dedo gordo del pie, como quien contempla un atardacer en Playa del Carmen, menuda playa aquella. Y este agosto no ha tenido nada de eso, todo premeditado, contado, cuidado, aparcelado. Y agosto, sin su esencia juvenil, sin sus granos efervescentes, sin sus camisas de palmeras y sus charlas sin medida y mucho hielo, es menos agosto. O son nuevos agostos, que a mí me gustan menos, aunque tampoco me queda donde elegir. Tal vez solo me quede recordar aquellos otros agostos, convencido de que volverán a repetirse, a pesar de la mascarilla que me cubre media cara.

SEPTIEMBRE

Y llegó septiembre. De mis amores y de mis odios más profundos. Ese mes que marca la frontera entre los años, las temporadas y los quehaceres, en su versión más generalista. Puede comenzar una colección con los abanicos más exclusivos y modernos que se imagina, en cómodos plazos, multitud de colores, le quedara bien con ese vestido que se compró para la boda de su primo o para ese traje que tiene guardado en el armario empotrado, esa es la idea. También puede hacerse, en versión miniatura, que no habría garaje que lo aguantara a tamaño real, con la colección de motos de Valentino Rossi. Pronto veremos una colección con los guantes de Casillas, los bidones de agua de Contador y con los tuits de Gasol, porque todo se puede coleccionar, todo –hasta eso que se le ha venido a la cabeza en este preciso momento-. Acuérdese de esa colección de cajas de cerillas, o de billetes de metro o de entradas de conciertos que un día, escondidos en una caja de carne de membrillo de Puente Genil, recuperó en una limpieza intensiva. Puede que esa limpieza tuviera lugar en septiembre, que es un mes muy dado a remover cosas y hábitos, a limpiar en definitiva. Aunque, si lo piensa un instante, removemos más cosas que hábitos, ya que nos es más fácil variar el decorado que nosotros mismos, que estamos más instalados (y plegados) en nuestras cosas. Pues sí, hemos llegado a septiembre, que este año es más septiembre que nunca, porque entre todos hemos gestado y asumido que este septiembre es el del gran batacazo, el del cataplum, el del gran hundimiento, el del rescate entre los rescates –los violinistas ya dejaron de tocar en este Titanic sin tesoro en la bodega-. Amputaremos la pierna sana que nos queda y nos sentiremos satisfechos, porque el corazón seguirá latiendo, aunque ya no tenga miembros que alimentar. Nos diremos: demasiado bien estamos para la que está cayendo, y a soñar con otro septiembre tras un agosto con ración de sardinas y tres cervecitas fresquitas –con su IVA correspondiente- en el chiringuito de los últimos años. En este septiembre ya no tenemos derecho a tener síndrome postvacacional –tampoco postvocacional- cuando nos vayamos incorporando a nuestro puesto de trabajo, eso ya pasó a la historia, y emplearemos doscientas coletillas en explicarlo, porque el trabajo es un artículo de lujo, sólo al alcance de unos cuantos elegidos, sin derecho a protesta. En septiembre retomamos nuestra relación con la báscula y la economía –a escala de loseta-, contamos las calorías, los cigarrillos, los gramos de jamón york en la oferta del supermercado, los diez céntimos de vuelta. Reconversión en septiembre, basta realizar un breve estudio sociológico en los contenedores de la basura para saber  de lo que nos desprendemos y lo que adquirimos, con el entusiasmo de eternizar en nuestras vidas. Cuidado con los contagios, no olvide la mascarilla, las distancias, las relaciones. Cuidado con las agujetas, que hacen mella en los primerizos y pueden frenar nuestra euforia. No hay septiembre sin sus exámenes –terribles recuerdos- y sin su vuelta al cole y sus anuncios con niños rubitos y bien criados, como sacados de una academia sueca. De vuelta ya, de todo o nada. Sí, definitivamente, es septiembre, puede que sea el momento. ¿Para qué? Escriba en su diario de sueños –por cumplir- el reto y dispóngase a lograrlo. Es posible.

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS, BSO

Si Carmen Puerto se despierta con AC/DC, le encanta Enrique Bunbury y ha descubierto a VivaSuecia y Rufus T Firefly, Jaime Cuesta se decanta por Neil Young o Manolo García y Julia Núñez echa de menos las canciones que escucha en el gym. Tampoco faltan en la playlist las típicas canciones veraniegas, esos éxitos fulminantes, y grandes clásicos de la historia de la música, presentes en El lenguaje de las mareas, y que puedes escuchar aquí>>> https://open.spotify.com/playlist/2bcH13cSIsFgPObrgZq6RX?si=3C9uOHVuT1iVlOY8hezmaw

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Sí, hoy escribo de mi nueva novela, autopromoción descarada, lo sé, pero es que necesito contar algunas cosas sobre El lenguaje de las mareas, que acaba de publicar Almuzara. Explicar lo que me ha supuesto, lo que significa para mí. Que es mucho. Aunque llega a las librerías en un momento extraño -en realidad, tendría que haber llegado hace casi dos meses-, es una novela muy especial para mí. Y es que tras casi cuatro años en blanco, esta historia me empujó a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Cuatro años lejos de la literatura que tal vez han sido necesarios, para llenarlos de vida, de nuevas emociones, de tiempo. En cierto modo, puede entenderse esta novela como mi reconciliación con la escritura. Indiscutiblemente, Carmen Puerto, su protagonista, tiene mucha culpa de esto. Desde el primer día, desde que se coló en mi cabeza, tuve claro que había llegado para quedarse y es que nunca antes un personaje me había enganchado como lo ha hecho esta inspectora. Y eso que es muy jodida, cascarrabias, deslenguada, a ratos maleducada, puñetera en el más amplio sentido de la expresión. Pero, también, muy inteligente, y con una intuición que la hace ser diferente. Una mujer que vive atrapada en su propio y sombrío mundo, que no pasa por su mejor momento, precisamente, y a pesar de eso tiene que enfrentarse a su caso más complicado. Débil y poderosa al mismo tiempo, Carmen Puerto tiene mucho de todos nosotros. Pensemos en una cebolla, con sus distintas capas o pieles. En el interior de El lenguaje de las mareas hay varias tramas, incluso me zambullo en diferentes géneros, más allá del negro. Y de este modo, a ratos es una novela que reflexiona sobre esta sociedad contaminada y abrumada por tal cantidad de información, hasta el punto que nos cuesta distinguir lo fake de lo cierto. También sitúo el foco sobre las redes sociales, su uso desmedido, la imagen que llegamos a trasmitir/recibir a través de ellas, y como eso puede influirnos hasta extremos que no nos podemos llegar a imaginar. Como, en demasiadas ocasiones, el binomio juventud y redes sociales puede deparar resultados insospechados, al mostrarse públicamente más de lo aconsejable y ante quien no se debe.

Aunque es una novela para adultos, me encantaría que muchos adolescentes leyeran El lenguaje de las mareas, porque además de sentirse reconocidos, les puede ayudar a la hora de enfrentarse a las redes sociales, conociendo algunos de sus efectos colaterales, si no toman las medidas y prevenciones adecuadas. Lo avanzo ya, antes de que nadie lo diga: he tomado de la realidad más que nunca a la hora de escribir esta novela. Más que nunca. Los casos de Asunta, Diana Quer, La Manada, Marta del Castillo o Laura Luelmo están detrás de esta historia, de un modo u otro. Por que todos ellos me sobrecogieron en su momento, y todos ellos coinciden en un mismo y terrible punto, que no es otro que el de la desigualdad de género. Que también persiste, y en demasiadas ocasiones de una manera brutalmente trágica, cuando hablamos de determinados delitos. Comportamientos que no son peligrosos para los hombres, salir a correr, trasnochar, ir de fiesta o subirte en el coche de un desconocido -que todos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas-, sí pueden llegar a serlo para las mujeres. Un peligro que aumenta, y considerablemente, si se trata de mujeres jóvenes.

Con frecuencia, escuchamos aquello de que un punto geográfico se convierte en el protagonista de una novela. En esta ocasión, lo puedo asegurar, no se trata de una exageración o de una estrategia comercial. El lenguaje de las mareas tiene mucho de homenaje a la Costa de Huelva, a Ayamonte, Punta del Moral, sus playas y marismas, sus caños, a esa naturaleza que sigue siendo tan bella como salvaje, turbadora en ocasiones. Y, claro, su luz, única, está muy presente igualmente. Una luz que es la gran protagonista en la enorme pieza audiovisual que ha creado Toño Méndez, y que puedes contemplar en diferentes plataformas (Youtube, por ejemplo). En esa zona, frontera con Portugal, he sido y soy muy feliz, y si esta novela consigue que más personas piensen y sientan lo mismo que yo, lo doy por bienvenido. Me siento, y no exagero, como si fuera mi primera novela, la primera vez, con esa misma curiosidad e ilusión, con esa misma intensidad. Ahora me toca contemplarla desde la distancia y esperar, desear, que llegue a vuestras manos y que la disfrutéis lo mismo que la he disfrutado escribiéndola. Que ha sido mucho. Mucho.

PRIMERAS PRESENTACIONES DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Jueves, 25 de junio, firma de ejemplares, desde las 19.30 h. en la Librería Siltolá, de Sevilla.

Viernes, 26 de junio, presentación, 21 h. Alcaraván, Ayamonte (Huelva).

La noche del 30 de agosto de 2018, dos chicas de 17 y 18 años, Sandra Peinado y Ana Casaño, desaparecen sin dejar rastro en Punta del Moral, Ayamonte, junto a la frontera con Portugal. Sandra es hija de un personaje de máxima actualidad, implicado en un caso de corrupción política. Y Ana es una joven de fuerte temperamento que mantiene una relación muy complicada con sus padres. Ambas son adoptadas y pasaron sus primeros meses de vida en orfanatos de su Rusia natal.
Carmen Puerto, inspectora apartada del Cuerpo Nacional de Policía en los últimos tiempos, desde su confinamiento entre capuchinos, tabaco y poemas de Dylan Thomas recibe la llamada de sus compañeros Jaime Cuesta y Julia Núñez, que una vez más vuelven a convertirse en sus manos y ojos en el exterior, para enfrentarse a su caso más complicado. Así comienza este trepidante thriller en el que sucesos reales que han contado con una gran repercusión mediática se transforman en elementos de ficción al servicio de una historia de ritmo implacable, en un escenario tan bello como turbador.

El regreso a la novela de Salvador Gutiérrez Solís, de la mano de Carmen Puerto, la inspectora de policía más singular y carismática que ha deparado la novela negra española en los últimos años.

LEIA

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme, pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias improbables, difusas. Acaso en mi cerebro tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar, pero pasó. Recuerdo que me costó mucho, muchísimo, contarle la terrible noticia a mi hijo, que había estado pendiente de los periódicos tras el infarto padecido en pleno vuelo. A pesar de que solo contaba con 11 años en ese momento, de que sólo ha vivido conscientemente el estreno de las tres últimas entregas de la saga, mi hijo es un seguidor/fanático/especialista/fan de Star Wars. Hasta límites que me costaría mucho tiempo y espacio poder explicar. Han Solo, Luke, R2-D2 o Leia Organa, claro, ya forman parte de su breve, aunque intensa, educación cultural y emocional. Ha visto las películas en decenas de ocasiones, repite de memoria buena parte de los diálogos, domina a la perfección las relaciones familiares que existen entre los personajes, y no tiene ese embrollo mental de los que comenzamos por el capítulo 4. Capítulo que para él no se titula La guerra de las galaxias, como todos la conocimos, sino Una nueva esperanza, que es su título real. Isra se pasa las horas conversando/compitiendo con mi amigo Manolo sobre aspectos de las películas. ¿Capítulos con nieve? Pregunta uno, y responde el otro. ¿En cuántos aparece la Estrella de la Muerte? Pregunta el otro y responde el uno, y así con dos mil preguntas más, algunas de tal dificultad y rareza que soy incapaz de reproducir. El confinamiento les ha trastocado una partida que tienen pendiente del Trivial Pursuit galáctico.

Reconozco que disfruté casi tanto como ellos escuchándolos hablar, discutir, sorprenderse durante la proyección de The Rogue One, esa entrega sin numerar de la celebérrima serie galáctica, o tras ver El ascenso de Skywalker, que es un dignísimo epílogo a la saga. Saltaban, se emocionaban, yo también lo hacía, lo reconozco, y hasta rozaron el éxtasis cuando Leia, rejuvenecida a base de látex y efectos especiales, protagonizaba un brevísimo cameo. Una chica muy pálida venía de algún astro a jugar en tu sueño contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje por el cielo, y volvía para no abandonarte nunca más.

En otras condiciones, lo que acabo de desvelar sería digno de multa o sanción, pero a estas alturas, consecuencia directa de su fallecimiento, ya todo el mundo sabe que la princesa Leia, Carrie Fisher, aparece en la última entrega de la saga, lo han contado todos los periódicos. Spoiler, dicen los modernos. Sin caer en la coleccionista ilustración de mi hijo, reconozco que la muerte de la princesa Leia me rozó por dentro, ya que ocupaba un lugar muy destacado en el, gozoso y desordenado, almacén de mi memoria infantil. Tengamos en cuenta, además, que fue un personaje icónico, simbólico en muchos aspectos, una aventajada a su tiempo, en cierto modo. Acostumbrados, como estábamos, a princesas alicaídas y sumisas, entregadas a las decisiones de los otros, y siempre hombres, Leia era y siempre será una princesa rebelde, que luchó por escapar de la dictadura de las fuerzas del mal, con láser en mano, si era necesario. Y lo hizo en un mundo, aunque ficticio, tremendamente masculinizado, colmado de buenos y malos, muy malos, protagonizados siempre por hombres. El que, a pesar de todo esto, Leia deslumbrara y se convirtiera en un elemento esencial de la saga hay que valorarlo como se merece, y anotarlo en el haber de la difunta Carrie Fisher.

Mi hijo, aquel funesto día, ordenó todas sus figuras, naves y demás accesorios de Star Wars para comunicarles la terrible tragedia. Una ceremonia sencilla, breve y triste. Creí ver cómo los ojos de plástico de Han Solo se humedecían, pero tengo claro que no fue más que el efecto de una emoción contagiosa. O no (Toy Story pesa lo suyo). Curiosamente, el luto de mi hijo duró poco, apenas un par de horas, y lo dio por concluido tras decirme: papá, no ha muerto Leia, ha muerto Carrie Fisher, la princesa sigue viva. Lección de vida, lección de magia, los mitos permanecen y somos nosotros, los mortales, los que nos vamos. Y concluyo con un nuevo fragmento de este hermoso poema de Luis Alberto de Cuenca: Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia Organa, para ser más precisos. Un nombre que sonaba a romance galáctico, a balada espacial, a cantar de gesta del futuro. Que la fuerza te acompañe.