MI DEUDA CON LOS LIBROS

¿Qué le debo a los libros? Si respondo que la vida, tal vez alguien me califique de exagerado, aunque yo mismo considere que me quedo corto, cortísimo. ¿O, tal vez, debería emplear el plural? Hablemos de vidas, de todas esas que he conocido a través de los libros, y también de esas otras que yo mismo me he inventado y que he tratado de plasmar, más mal que bien, en mis novelas. También le debo una forma de vida –y ya van unas cuantas vidas-, y es que estoy plenamente convencido de que todos aquellos que convivimos con los libros contamos con una vida diferente, más plena, más rica, más amplia, con más colores y matices. Puede que los maratonianos, los coleccionistas de sellos, los ciclistas maduros de mountain bike carísimas, los adictos a las consolas o a dar la tabarra en las redes sociales cuenten con una sensación similar, no lo sé. Aquí les habla un infectado por el virus de los libros -empleando el lenguaje del momento-, con probabilidad no soy el más indicado para tratar el asunto, aunque también puede que sí lo sea, ya que he probado el veneno y conozco sus efectos. Sí, porque los libros, la lectura, tienen mucho de veneno, que va más allá de lo mental, de lo no concreto. Los libros son también la causa de mi insomnio, pero también de mi sueño. Retomo el plural de nuevo, de mis sueños. He soñado libros, propios y ajenos, convivo con los personajes creados y leídos, me he permito cameos maravillosos y delirantes junto a Don Quijote, vaya tunda nos dieron en aquella venta, en una carretera perdida norteamericana, en una isla desierta, había un tesoro escondido, claro que sí; conozco los rincones de un lúgubre ático de París, la soledad del guerrero y las alcantarillas de la España anisada y amarga de los cuarenta.

He viajado sin tarjeta de embarque, sin asiento asignado, sin levantar los pies del suelo, he cazado focas en el Polo, he combatido contra Hitler y el nazismo, he colaborado con Miguel Ángel, he paseado por Lima, Sinaloa o Argel, me he colado en un par de volcanes, he conducido una máquina del tiempo, también un bólido de carreras, y me he corrido un par de juergas con Hemingway, todavía me dura la resaca. Libros, sueños, vidas. No celebraremos Sant Jordi, no habrá calles colmadas de flores y libros, de colas multitudinarias a la caza de una dedicatoria, y a pesar de eso deberíamos celebrar el Día del Libro más que nunca. Por todo lo que supone para nuestra construcción personal, todo lo que nos aporta, el alimento que recibimos, las vidas extras que nos regala. Y los libros no son caros. Es más, me atrevería a decir que es el elemento cultural más barato que existe, baratísimo en determinadas ocasiones, si tenemos en cuenta todo lo que recibimos a cambio, el tiempo que permanecemos a su lado. Hay libros, pocos, contados, que permanecerán dentro de nosotros el resto de nuestras vidas. Que influirán en nuestra personalidad, en nuestra manera de entender el mundo y sus cosas. Pero, claro, tenemos que darle una oportunidad y abrirles la puerta de nuestra rutina. A pesar de las campañas institucionales -o no-, a pesar de los cambios en los sistemas educativos, ya he perdido la cuenta de los que llevamos, a pesar de que, en teoría, somos más avanzados –que no es sinónimo de “cultos”-, el libro sigue siendo un elemento extraño, ajeno, en nuestras vidas.

Ese tiempo que calificamos como de ocio -y que se ha incrementado con este confinamiento-, en demasiadas ocasiones preferimos emplearlo en contemplar tóxicos programas de televisión que nos muestran esa parte del decorado donde se extiende, como una hiedra salvaje, el cartón piedra, donde todo es mentira. Necesito desconectar, nos repetimos, para justificarnos de lo que no tiene justificación, se mire por donde se mire. Y los libros ahí, arrinconados, esperando ese día de puertas abiertas que en demasiadas ocasiones solo es un débil e imperceptible hilo de luz, que la oscuridad del olvido no tarda en devorar. A veces pienso que tememos a los libros, que sentimos una especie de miedo o de repulsión hacia ellos. Y escuchamos: a mí la lectura me aburre, a quien generalmente nunca lo ha intentado o que, como mucho, se quedó en una rocosa lectura de la infancia o primera juventud, obligada por el profesor de turno, con su mote y sus cosas. Los libros no cuentan con segundas oportunidades, no. Una vez aborrecidos, aborrecidos serán para el resto de la eternidad.
Disfruto el 23 de abril, me esfuerzo en disfrutarlo y en vaticinarle un futuro más halagüeño, más cálido, a los libros. Puede que se trate de mi particular utopía, ya que eso significaría que tenemos una sociedad más libre, más culta, más abierta, más sana, menos intoxicada. Quien lee, crece, y si todos los hacemos, si pasa a convertirse en una cotidianidad colectiva, todos seremos más grandes. Es tanto el placer que me reporta la lectura que me cuesta entender que no haya quien, al menos, se haya interesado alguna vez, por lo menos una vez. He viajado, amado, padecido, reído, llorado, he sentido miedo, atracción, pena, alegría con un libro entre las manos, sin necesidad de despegar los pies del suelo. Adoro los libros, como objetos, como contenedores, por su aliento, por su compañía, por su presencia. Y les debo mucho, mucho, en todos los aspectos, vitalmente, me han educado, me han formado; emocionalmente, creo que soy mejor, o lo intento, gracias a ellos. Tal vez me hayan salvado, incluso resucitado. No imagino una vida sin ellos, entre ellos, con ellos. Por eso el 23 de abril es para mí una fiesta, pero también una necesidad, de reivindicación, admiración y reconocimiento.

NO NOS OLVIDÉIS

No nos olvidéis. Es lo único que os pido, que cuando todo esto pase, que pasará, ya lo veréis, no nos olvidéis. No os olvidéis de los titiriteros, de los músicos, de las pintoras, de las escultoras, de los comediantes, de las humoristas, de los bailarines; no os olvidéis de los actores, de las actrices, de los directores, de los guionistas, de los figurantes, de las estilistas, de los ayudantes de producción, de las taquilleras, de las productoras. No os olvidéis, por favor, de los poetas, de las novelistas, de los cuentistas, de las libreras, de los editores, de las correctoras, de los bibliotecarios, de los impresores. No os olvidéis, os lo ruego, de las periodistas, de los fotógrafos, de los locutores, de los mezcladores, de las redactoras, de los diseñadores, de los repartidores, de las publicistas. Cuando todo esto pase, porque pasará, claro que sí, solo os lo pido que no os olvidéis de los violinistas, de las pianistas, de los tenores, de las contrabajistas, de las directoras, de los acomodadores. No os olvidéis de Felipe, Luis, Sara, Isaac, Eva, Charo, Pablo, Carlos, Javier, Lucía, Paula, Pedro, Belén, Miguel Ángel. No os olvidéis de Antonio, Marina, Daniel, Rafa, Carmen, Ricardo, Agustín, Manolo, Virginia, Salva. En este tiempo de confinamiento, muchos de vosotros habéis podido comprobar que la cultura no solo nos alimenta, nos nutre, también nos sana, nos cura. Nos salva de la ignorancia, del aburrimiento (que puede ser la puerta de entrada de la curiosidad, pero también del rencor y de lo retorcido, de lo terrible); nos salva de la desidia, de la desinformación y de la apatía. Porque la cultura, la información, son la luz en la oscuridad, el agua en el desierto, la calma en la tempestad. Porque vuestras vidas son más ricas, más plenas, más vividas, con un libro entre las manos, envuelta en música, frente a una pantalla o recorriendo una galería de arte. Porque no solo vivís más, vivís mucho mejor, mucho más. Y en estos días lo estáis comprobando, como nunca tal vez.

No nos olvidéis cuando esto pase, y no lo pido como contraprestación, porque hayamos entregado durante estos días de encierro nuestros libros, películas, museos, poemas, canciones o fotografías. No, no se trata de un trueque, de un quid pro quo, por todos los directos, charlas, cuentos, canciones, actuaciones compartidas en las últimas semanas, no. No es una devolución, no va de eso. Seguid compartiéndonos, usándonos, disfrutándonos, se trata de incorporarnos definitivamente a vuestras vidas como una rutina más. Paseíto de media hora y un cuento; protagonizar aventuras inimaginables, volver a soñar con un cómic. Un libro de poemas junto al cartón de leche, un cuadro colgando entre los embutidos, una película donde antes eran chismes, la memoria en el hueco del olvido, una canción en donde tanto tiempo habitó el silencio. Se trata de eso, de que sigáis/sigamos estando a nuestro/vuestro lado, queremos seguir siendo vuestra compañía, formar parte de vuestras vidas. No cerrar esta puerta que hemos abierto, cuando se ha cerrado la de la calle.  

Os lo pido, no nos olvidéis, que no volvamos a la desnudez, a la miseria, al vacío, a tener que renunciar a nuestras profesiones -porque han dejado de serlo-. Que no tengamos que recorrer ese infierno que muchos ya recorrimos, porque seguramente iremos muy justos de fuerza y demasiados caeremos en el intento. Han sido muchas las caídas y cada vez cuesta más levantarse y seguir recorriendo el camino. No nos olvidéis, os lo pido, por favor, por este presente que estamos compartiendo, por el futuro, que puede ser bueno, y hasta muy bueno, si entre todos nos comprometemos a que lo sea. Nosotros estamos dispuestos a ello, y a hacerlo a vuestro lado. Por todo esto, y por mucho más que no podría explicar con palabras, hablo de sensaciones y de emociones demasiado íntimas y personales, os pido que no nos olvidéis. Si esto vuelve a pasar, ojalá nunca más tengamos que vivirlo, y mucho menos nuestros hijos, nietos o nuestros mayores, muy especialmente, estaremos otra vez a vuestro lado. Tenedlo presente: estaremos. Te lo pido a ti que me lees, y al vecino del tercero D, y a mi dentista, y a la sanitaria desconocida y heroica, y al mecánico, y a la funcionaria de Correos, y también se lo pido al alcalde, y a la consejera del ramo, y al ministro -a pesar de sus declaraciones-, por favor, no nos olvidéis.

EL NOVELISTA

Aunque sus primeras novelas tuvieron un cierto predicamento, hablamos de apariciones en los periódicos y varios centenares de ejemplares vendidos, desde hace unos años el novelista pierde todos los días la dura y fría batalla contra la pantalla en blanco. Y, a pesar de eso, todos los días lo sigue intentando. Todos los días piensa que será “el día”, el primero de otros muchos, como fueron en el pasado. Pero la realidad es bien distinta. Apenas tres páginas, en el mejor de los casos, anémicas de historia, colmadas de rodeos, es la pingüe cosecha de los últimos, muchos, meses. Sin embargo, a diferencia de lo que cualquiera pudiera creer, el novelista rezuma optimismo, y cada poco, tras leer en prensa o ver la secuencia de una película o serie que le llama la atención, el novelista cree haber dado con esa semilla que al final acabará floreciendo en forma de novela. En los primeros 20 ó 30 renglones redactados, la euforia se mantiene, el milagro continúa intacto. En el arranque de la segunda página ya surgen las primeras dudas, percibe los primeros temblores. En la tercera página, como por arte de magia, todo se desmorona, como un castillo de naipes ante el iracundo paso de Irma.

Fuma y fuma el novelista en la terraza, mientras contempla la calle, como si esperase encontrar en los que transitan por las aceras, o en las puertas de los negocios que se abren y cierran, o en ese señor que pasea junto a su perro, esa noticia, ese suceso, por insignificante que sea, que encienda la mecha de una hoguera literaria.

Pasaron los días, las semanas y los meses, más de un año, hasta que en una mañana templada de mayo el novelista encontró en la bandeja de entrada de su correo electrónico un mensaje, remitido por Jonathan Brest, en el que se podía leer, a modo de resumen: soy miembro de la British Ambassadorol Delegates y quiero invertir en tu país, que está creciendo notablemente, contacto contigo para que me ayudes a construir y administrar mi proyecto de inversión en tu país, quiero saber si puedo confiar en ti y si eres capaz de manejar tales proyectos, para así darte los detalles completos de la inversión.

No le sorprendió al novelista el texto, más que acostumbrado a recibir correos similares, pero sí que no se hubiera colado directamente en la bandeja de spam, en la bandeja principal, y que estuviese redactado medio decentemente. Aún creyendo que estaba siendo objeto de una broma o estafa, el novelista respondió a la misiva: estaría encantado de poder ayudarte.

Tras otro día de pantalla en blanco y multitud de cigarros consumidos en la terraza, el siguiente comenzó con un nuevo correo de Jonathan Brest, en el que tras agradecerle su pronta respuesta le señalaba que si iban a compartir un negocio, lo más adecuado era conocerse mínimamente. Mira el archivo adjunto, concluía el correo. En un archivo de Word, titulado “Mis primeros años”, Brest narraba a lo largo de 15 páginas sus primeros duros años en Senegal, miembro de una familia de escasos recursos, las escenas de guerra que había contemplado casi siendo un bebé, las penurias para ir al colegio cada día, muchos los kilómetros recorridos, el novelista lo imaginó descalzo, rodeado de leones hambrientos, y el traumático suceso que padeció al cumplir los 8 años, cuando fue secuestrado por un pirata y contrabandista Libanés. Leyó el novelista las 15 páginas de un tirón, ensimismado en una lectura que, aunque bronca y mal redactada, estaba cargada de emoción, sinceridad y, sobre todo, intensidad, pasaban muchas cosas y todas ellas muy llamativas. El novelista, consciente del tesoro que tenía entre las manos, infinitamente superior al que le pudiera deparar ese supuesto negocio que seguía considerando una estafa, abrió una nueva carpeta en la pantalla del escritorio que tituló: nueva novela. No pudo ser el novelista ni más optimista ni más ambicioso bautizando el archivo. Copió el texto de Jonathan Brest y comenzó a rescribirlo, en tercera persona y en pasado, con las “comas” en su sitio y alguna que otra imagen de primero de Taller de Escritura. Te llamarás John Lorg, dijo y, colmado de felicidad, encendió un cigarrillo, que le supo a gloria.

La estéril y prolongada sequía creativa dio paso a un torrencial periodo de escritura compulsiva. Cada mañana, el novelista recibía 10, 15, 20 páginas, la vida de Jonathan Brest, contada ordenadamente, que posteriormente reinterpretaba a través de su John Lorg, un alto y atractivo hombre de negocios hecho a sí mismo, nacido en Guinea Ecuatorial. Lo que jamás habría podido imaginar, sucedió: en apenas quince días, el novelista contaba con una novela de más de 200 páginas, a la que solo le faltaba el capítulo final, la que debía trasladar la historia al presente.

De repente, y sin previo aviso, era martes, cuando el novelista despertó no encontró un nuevo correo en la bandeja de entrada. Tampoco el siguiente, ni dos, tres ni cuatro días después. Pasada una semana, angustiado por el vacío y el silencio, el novelista escribió a Jonathan: ¿estás bien? Quiero que me sigas contando tu historia. No habían transcurrido ni treinta segundos, cuando obtuvo la respuesta: eso te toca a ti hacerlo. Y el novelista, abrumado y desconcertado, encendió un cigarrillo y comenzó a escribir.

EJERCICIOS DE ESTILO

Servicios profesionales Salvador Gutiérrez Solís

Me ha costado mucho, muchísimo, ponerme frente a la pantalla del ordenador para escribir estas palabras. Más que nunca. ¿Pará que escribir? Si me asomo medio metro y contemplo las troneras que me rodean siento pudor, rubor y estupor. También horror. A dos metros, el experto que todo lo sabe, que todo lo supo y que todo lo sabrá. El sabio, y da igual el asunto, sabio en todas las materias, de la hípica a la pesca, de la política a la ópera. Y ahora, claro, también sabio en pandemias. Más allá, el “ya te lo dije”, que es el sabio a posteriori, el de los ajos y el salmorejo, el adelantado a su tiempo, sobre todo cuando el tiempo ha pasado. No nos olvidemos del apocalíptico -de un amarillo canario-, que cada segundo nos cuenta las bajas, mientras se vuelve a poner el termómetro y a analizar ese tosido de hace tres semanas. Todos hemos tenido fiebre y tos y 10 coronavirus en los últimos días. Y tenemos al idiota, con sus ejercicios de estilo a lo Queneau, esperando su lluvia de retuits, likes y al que le grita “qué bonito” desde el balcón, como si lo gritara al violinista que ameniza esta espera, para sorpresa de los vecinos. Es un idiota, a secas, no es Queneau. Con semejante panorama, qué escribir, para qué, si ya lo han dicho todo, desde la mentira hasta la hipérbole, desde la desvergüenza hasta el abismo, desde el artificio a la soberbia. La soberbia, sí, tan presente en estos tiempos de aislamiento y exposición. Un tiempo bipolar, de reclusión y apertura. Benditas redes sociales, gritó uno, pero algunos no deberían tener, dijo otro, y puede que los dos tengan razón. Las redes sociales guardan un cierto paralelismo con las armas de fuego: no todos pueden tener una pistola en la mano. Habrá quién la utilice, simplemente, para poner a prueba su puntería. Habrá quien lo entienda como un elemento esencial para su seguridad, para seguir respirando tranquilo (desconfío de quien se sienta seguro con un arma cerca). Pero habrá quien la utilice para matar. Allí, a la derecha, mire, otro francotirador.

Tengo miedo, sí, mucho miedo, y reconocerlo forma parte de la terapia. Lloro todos los días, varias veces todos los días. Y eso no me convierte ni en mejor persona ni en un blandengue. Solo es la representación de un hombre que tiene miedo, asomado al abismo. Me esfuerzo cada día en aferrarme a una rutina que actúe como venda o como látigo. Seguir la zanahoria, que la rueda del molino no deje de girar. Una vez alguien me dijo que lo realmente fundamental es no bajarse nunca de la noria. A ratos, cerca del cielo, a ratos a ras del suelo, pero siempre subido en la noria. Tal vez sea esa la definición más exacta de la vida. O tal vez esa sea la definición que pretendemos aplicar a nuestra vida, que parece lo mismo y no, tiene sus diferencias. Mantener la cabeza fría, nos dicen, y yo me repito, y eso que prefiero no comprobar si la tengo fría o caliente vaya que descubra la temida fiebre. Todos hemos tenido fiebre. Y suena el despertador, y vuelvo a escribir cafetera y mantra. Un nuevo día, tal vez de menos, esa es la esperanza.

Unos días atrás, abominé de los memes y de todos los chistes y gracietas que nos llegan al móvil. Me arrepiento de aquello, qué confundido estaba: los memes salvan vidas. Con todo lo que hemos hablado de los límites del humor, que hemos convertido en un atentado a la libertad de expresión -hasta los mismos de tanta corrección y tanta patochada-, para acabar siendo todos unos irreverentes, entregados a reírnos a carcajadas de esta tragedia que nos asola. ¿Hablamos ahora de los límites del humor? En momentos como los de ahora, debemos agradecer, y mucho, que el humor no tenga límites. Como tampoco los tiene el amor, que siempre nos salvará, hasta del abismo más profundo y cercano. Tal vez sea esa la receta, amor y humor, y luego usted añada los ingredientes que más le gusten o convengan, como a esos gintónics de moda a los que nos falta añadirles fideos y un hueso de jamón. Al gusto del consumidor. Un ejercicio de vida, que no de estilo, aunque nos quedemos sin likes, sin retuits y hasta sin aplausos desde los balcones.

DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA

Para los adolescentes que se besan tras la fiesta de la primavera en cualquier parque, para los niños que juegan a pintarse la cara de colores, para los perros que ladran por los balcones su soledad, para los mayores que ejercitan su memoria en la rivera del río, para los coches que escupen por sus tubos de escape la ansiedad del atasco, para las nubes, para el sol, para el fuego, el hielo, el mercurio y la nada, para el que le sonríe en el semáforo mientras le ofrece unos pañuelos de papel, para el vecino del cuarto, el pescadero, San Pancracio y el guardia de la esquina, para los ojos en busca de un color, para la canción en busca de compositor, para la película que nunca se filmó, para Putin, Macron y Trump, para Cristiano, Messi y Belén Esteban, para mí, para usted, hay un poema escrito en el libro de los inéditos. Un poema que tal vez tomó cuerpo en el gimnasio de la imprenta o que aún sigue pululando en el siempre misterioso e inabarcable universo de los poetas. No sé si fue antes la poesía o la primavera, o que tal vez sean la misma cosa, con cuerpos diferentes. Cuerpos de olores, colores y temperatura y cuerpos de palabras, papel y emociones. El día de la poesía mundial, que sólo hace una semana celebramos, encontré al poeta pluriempleado a la caza de un verso de rima libre. Paseaba yo por una callejuela, tal vez fuera por San Lorenzo o por la Judería o a las espaldas de San Pedro, no importa la geografía, importa el dato, el encuentro. Me encontré al poeta con la vista cansada y los dedos amarillos, falto de palabras, aburrido de silencio, con una mochila colgada del hombro. Entre palabra y palabra, palabras que no llegaban, el poeta extraía de su mochila las octavillas publicitarias de una pizzería con precios de saldo y pizzas de cartón que colocaba bajo los limpiaparabrisas de los automóviles con los que se topaba en su camino. Y las palabras sin llegar.

El día de la poesía mundial pasará a los anales de la historia por el regreso de la luz, como nos vaticinó en su anuncio ese emporio comercial que nos anuncia cada año la llegada de las estaciones. Aún así, el poeta pluriempleado, repartidor de octavillas los fines de semana y fiestas de guardar, guardajurado del garaje mil veces asaltado de una comunidad de vecinos de lunes a viernes, acrobático intérprete de signos en congresos y demás, seguía sin trasladar al papel la llegada de la primavera, como si la primavera no hubiera llegado a él, como si no fuera como usted y como yo. El poeta quiso ver en el silencio blanco de su incapacidad la tragedia presentida con anterioridad, la sequía de ese caudal que durante años fluyó por su interior, y que con el paso del tiempo se fue transformando en río, riachuelo, arroyo, charco, gotas, nada. Conocía de otros casos el poeta, poetas amigos y compañeros, algunos funcionarios de la poesía, incluso, oposición aprobada tras duros años en la academia poética de la rima y la libertad. Puede pasarle a cualquiera, se repetía cada mañana el poeta, después de comprobar amargamente que la sequía creativa permanecía, que las palabras permanecían en su guarida.

El día de la poesía mundial avanzaba en sus horas, era cada menos día, más pasado, alimentaba el recuerdo, cuando el poeta pluriempleado creyó intuir que dos palabras, puede que un verso, se le instalaban en el alma. Quiso convertirlas en tinta, pero la tinta no llegó al manchar el blanco del papel. Y desapareció el sol, la luz, y el día se llenó de noche con su luna en lo más alto. El poeta tomó asiento en el banco de un parque, tal vez fuera Colón, los Patos o la Magdalena, no lo recuerdo –qué importa la geografía-, comprobó las octavillas que le quedaban en la mochila y, finalmente, abrió su libreta y rodeó el bolígrafo con sus dedos. No estaba dispuesto a que el día de la poesía mundial concluyera sin regalarle un poema, aunque fuera un poema breve e insustancial, esos poemas que se venden en las rebajas de la poesía y que se compran a precios de saldo. Pensó el poeta en las mujeres que había amado, en su infancia, en los primeros amigos, en sus padres, en esa película que le consiguió arrancar las lágrimas, en aquella bicicleta que le robaron. Buscó el poeta en la despensa de su intimidad y se topó de bruces con un puzzle que el tiempo había desordenado. Cerró los ojos, agarró el bolígrafo y comenzó a escribir sobre un papel imaginario. Unos minutos después, varios versos imaginados, escuchó las carcajadas de unos muchachos que lo contemplaban desde la distancia. Lo logró en el último minuto el poeta pluriempleado: apareció la poesía.

LA CÓRDOBA DE CÁNTICO

El pasado jueves, 30 de enero, tuve el privilegio, y la gran responsabilidad, no ha sido una tarea fácil, de guiar un paseo por la Córdoba de Cántico, con una especial mirada a Pablo García Baena, casi coincidiendo con el segundo aniversario de su fallecimiento. Una actividad puesta en marcha por el Centro Andaluz de las Letras, dentro del programa denominado Ciudades Literarias, que trata de mostrar la vinculación, tanto simbólica como concreta, que han mantenido las calles por las que transitamos con las obras de los escritores que las vivieron. Una bella y necesaria iniciativa, puesta en marcha por su directora, Eva Díaz Pérez, que está demostrando tener talento no solo para lo literario, también para la gestión. Reflexionar sobre Cántico en Córdoba es asunto complicado, desde cualquier perspectiva, cuando ya creemos haberlo escuchado todo y, al mismo tiempo, seguimos con la sensación de que aún nos falta algo, poco o mucho, por saber. Yo no he querido competir con las tesis, los estudios y demás información que hay al respecto, tan abundante como dispersa, entendí que no era mi misión. Acudí, por tanto, a las emociones, a los recuerdos y al homenaje, sincero y profundo homenaje. Todos esos elementos que empleé para escribir El sentimiento cautivo, una novela que es una declaración de admiración por aquel grupo de hombres que fueron capaces de mostrar sus voces y su sensibilidad, desarrollar su talento creativo, en un lugar y un tiempo inhóspito para ellos por muchos motivos.

En los días previos, mientras elaboraba la ruta, poco a poco fui descubriendo las muchas cosas que me unen a Cántico, y a Pablo García Baena, más concretamente. Él nació en la Córdoba esencial, la de esos patios que suponían una manera de vivir y no un reclamo turístico, en la calle Parras, yo a escasos metros, en la Reja de Don Gome, donde ahora se alza ese espacio nuevo del Palacio de Viana. Estudiamos en el mismo colegio público, Hermanos López Diéguez, donde también impartió clases Juan Bernier. Después viví, durante treinta años, frente a la plaza que lleva su nombre, Poeta Juan Bernier, aún recuerdo su visita, recién iniciada la obra de construcción, y me pasé muchas horas en el Realejo, sentado en cualquier escalón, junto a mis amigos, sin saber que allí antes se habían reunido, en la bodega de Pepe Diéguez, donde celebraron la visita de Aleixandre, o en cualquiera de las muchas tabernas que existían entonces, todos los integrantes del Grupo Cántico. Y en otras tabernas, del Potro o de la Corredera, esos entonces jóvenes poetas, idearon la revista que les dio, posteriormente, el nombre por el que todos los conocemos. En esas mismas tabernas, sin serrín en el suelo, yo también contemplé como mis amigos ideaban sus revistas literarias, Recuento o Reverso, Pablo, Gabriel, Antonio, Eduardo, Antonio Luis, Alfonso, siguiendo los pasos, sin saberlo, y hasta sin quererlo, de aquella excepcional generación poética.

Fue un jueves de bruma y nervios, de emociones, en el que pude sentir, en determinados momentos, la mano invisible de Pablo García Baena guiando mis pasos. Fue una cita en la que quise volver a mostrar, una vez más, ese activismo cultural, esa inquietud eléctrica, que caracterizó a Cántico. Porque además de unos excepcionales poetas, también fueron un grupo de gestión cultural y se entregaron a ello con pasión. Creando su conocida revista, que hicieron con sus propias manos, consiguiendo que el mismísimo Aleixandre viniera a Córdoba a recitar sus versos en 1949, pero también hablemos de su implicación en que Córdoba cuente con el Premio Nacional de Flamenco, gracias a Ricardo Molina, o un excelente primer Catálogo del Patrimonio Arqueológico de la provincia de Córdoba, donde Juan Bernier fue una piedra angular. Y, sobre todo, situando a una lánguida Córdoba, lejana y sola, en el mapa cultural español. Le debemos mucho a Cántico, más de lo que imaginamos, más allá de sus poemas. Por eso, cualquier homenaje, sin necesidad de excusas en el calendario, se me antoja pequeño, y no solo nos basta con mantener su legado literario. No me cabe duda que el mayor homenaje sería mantener viva esa pasión por prestigiar Córdoba como un reconocible y admirable espacio de Cultura. Ese es el legado, ese debería ser el reto.

EL CLUB DE LOS LIBROS OLVIDADOS

Unos días atrás, mientras almorzaba, una noticia del informativo me sorprendió profundamente: cada año nos olvidamos más de 10 millones de libros en las habitaciones de hotel . Atónito, puede que algo angustiado por todos esos libros olvidados, pasé buena parte de la horas siguientes tratando de buscar una explicación a estos abandonos. No podía entender que alguien fuera desprendiéndose así de una parte fundamental de su vida. Los libros no son solo nuestros compañeros, forman parte de nosotros, nos definen, nos retratan. En este sentido, he de reconocer que me puede la curiosidad y que cada vez que visito una casa ajena lo primero que hago es pasear visualmente por la biblioteca que cobija. Y así he podido suponer/imaginar personalidades, inquietudes, preferencias, pasiones, debilidades, con tan sólo leer los lomos de los libros apilados. Es un ejercicio que me apasiona, y que trato de repetir siempre que se me presenta la ocasión, con disimulo y respeto, sin cuestionar, con prudencia. Alguna vez se me ha escapado una sonrisa, claro, pero nunca ha sido maliciosa, una sonrisa cómplice conmigo mismo, un «lo sabía» porque mis sospechas eran fundadas y estaba en lo cierto. También me sorprendo de cuando en cuando, claro. Aún recuerdo la biblioteca de aquel amante de los automóviles tuneados, las camisas de dragones y las retransmisiones nocturnas de lucha que, sin embargo, exhibía en sus anaqueles Rojo y negro de Stendhal, Ilusiones perdidas de Balzac y La fiesta del chivo de Vargas Llosa. De la misma manera que me sorprendió la biblioteca de aquel poeta de postín que coleccionaba la historia de los Madelman, todos los libros regalados por los suplementos dominicales y que trataba de esconder, en una esquina, buena parte de las obras de Vázquez-Figueroa. Los heredé de mi padre, me dijo.

Esa misma tarde, tras varias horas de búsqueda, de saltar de un enlace a otro, esquivando pornografía, casas de apuestas y aseguradoras varias, por fin descubrí la existencia de El Club de Libros Olvidados. Una web con aspecto añejo, primitiva en su concepción y formato, que parecía ser el registro, o la contabilidad de todos esos libros olvidados no sólo en las habitaciones de hotel, también en los asientos de metro, autobús y tren, en las salas de espera de los dentistas, en todas las playas del mundo, en piscinas y centros comerciales, en los armarios de los pacientes y de los médicos de guardia en los hospitales, en las garitas de los soldados, guardajurados y serenos, en las salas de los proyeccionistas de cine, en las taquillas de los futbolistas de Primera y Segunda División, en las furgonetas de los roqueros, en las terminales de los aeropuertos. En la web se especificaba el título, autor y lugar en el que había sido encontrado, y se emplazaba a los olvidadizos dueños a solicitar la recuperación de sus libros, en el periodo de un mes, antes de que pasaran a formar parte, de pleno derecho, de El Club de Libros Olvidados. Profundizando en los contenidos de la extraña web, también descubrí que eran muy pocas las devoluciones, debido al escaso interés de sus propietarios por recuperar lo perdido. No me sorprendió, yo también formo, he formado, parte de ese batallón de lectores olvidadizos, y es que no podía ni imaginar que existiera esta asociación, programa o como se quiera denominar esta web, que muy pronto entendí como un orfanato, no, que es un concepto muy antiguo, una casa de acogida para todos esos libros perdidos por sus propietarios. Aunque algunos libros no se pierden, simplemente nos alejamos de ellos, no los queremos cerca o pretendemos que alguien los disfrute con la misma intensidad que nosotros. Todo es posible.

Una vez transcurrido el plazo de custodia, las obras que forman parte de El Club de Libros Olvidados comienzan una nueva vida con lectores que sí las desean leer, conservar, mimar y disfrutar. La verdad es que mientras más me adentraba en los contenidos de la web, mientras más leía, más atraído me sentía por este club del que desconocía su existencia. Eso sí, los requisitos para acceder a estos libros olvidados son muy exigentes, no vaya usted a pensar que se presenta la solicitud y como si tal cosa, por las buenas, se le envía a su casa el título solicitado, nada de eso. En primer lugar se exige no estar en la nómina de lectores olvidadizos, porque eso también se controla, y de qué manera, y ahí ya estamos un montón de posibles receptores descartados. También hay que demostrar que se es un verdadero amante de los libros, que los nuevos ejemplares convivirán en un hábitat óptimo, en compañía y armonía, que formarán parte de una biblioteca estable, protegida de las inclemencias meteorológicas y del olvido. Y así me gustaría que hubiera terminado la información que escuché en un noticiario mientras almorzaba, pero no, las cosas son como son y no como nos gustarían que fuesen. Si se olvidó un libro en la habitación de un hotel, playa o sala de espera, no busque la web, que no existe, ya me gustaría. De momento nos tendremos que conformar con la memoria, y con esas emociones que es mejor no tratar de reproducir por segunda vez.

EL PESO DE LOS DÍAS

Ya estamos en enero, aquí, ya, sí, con sus antigripales y sus fiebres, y sus narices entaponadas y sus promesas y propósitos de enmienda, con sus rebajas y sus centros comerciales a reventar. Cómo pasa el tiempo, es que ni te enteras, que hace tres días estaba quitando el brasero, me espetó la vecina en el ascensor y agradecí, muy sinceramente, no compartir la sensación. Hago, y alguna vez consigo, que los días pesen, cuenten, que no pasen por mi vida como si tal cosa, como si no importasen, como si no fueran uno más entre otros muchos idénticos.  Porque todos los días son diferentes, especiales, incluso el Blue Monday, el Cyber Monday y hasta el Black Friday, o al menos hay que salir de la cama con esa pretensión. Lo cierto es que abundan los días feos, pero feos de narices, y hasta los espantosos, para qué nos vamos a engañar, que por ocultarlos no van a dejar de llegar. Con frecuencia, a colación, recuerdo la teoría que se despliega en Smoke, aquella película de Paul Auster, que teorizaba sobre el peso del humo, y que lograba adivinar tras calcular la diferencia entre la suma de la colilla y la ceniza obtenida  y el cigarrillo inicial. Esa es la teoría, más o menos. Hay días, muchos, desgraciadamente, que apenas han aportado unos insignificantes gramos en el peso de nuestras vidas. Esos días, no necesariamente feos o espantosos, planos, vacíos, huecos, en los que el corazón ha mantenido inalterable, flemático, aburrido, el ritmo de su latido. Como un metrónomo anestesiado e inflexible, robotizado. Si la teoría desplegada en la película de Paul Auster fuera cierta, nos sorprendería comprobar lo poco que hemos vivido, lo poco que hemos consumido, gastado, de nuestros días vividos, lo poco, sí.

Y cuando me refiero a días gastados no me refiero a todos esos días en los que no hemos plantado nuestra bandera en la cúspide del Himalaya, que no hemos debutado en el Bernabéu, que no nos ha tocado la Primitiva, que seguimos sin cambiar de coche, moto, smartphone o piso; ya sabe, hablo de esos días que el reflejo que nos ofrece el espejo es el mismo y hasta va a peor –arrugas y canas-, y el sonido del despertador sigue siendo la gran puñalada que da al traste con el sueño por alcanzar. Esos días, muchos días, ya sabe. Indudable y afortunadamente, no todos situamos nuestras metas en el mismo lugar, y no todas, necesariamente, están relacionadas con algo material, superficial, que se puede contabilizar en cifras. Es más, las metas que mayores beneficios y felicidad nos reportan son aquellas que conectan directamente con nuestras emociones, con los que tenemos más cerca. Sentimientos, sí, tan bellos y olvidados. Sí, hay vida, y mucho más hermosa, más allá de la cuenta del banco, y seguramente esa obsesión por la cuenta del banco, que tan fácilmente aceptamos y asumimos, es el gran mal de nuestro tiempo. 

Caigo en estas cosas, no sé si divago, incluso deambulo, en este frío enero, que es el mes “primer día de clase”. Ahora que comenzamos este 2020, tal vez sea bueno repasar cómo nos ha ido en el pasado, cuánto tiempo le hemos dedicado a ser felices, o por lo menos a intentarlo, o a los nuestros; cuánto tiempo hemos amado, deseado, besado, acariciado, cuánto tiempo hemos reído, y a lo mejor sería bueno olvidar el que le hemos dedicado al llanto. ¿Somos capaces de recordar todos esos buenos momentos? Espero que no, que sería la señal más evidente de que han sido pocos, muy pocos, como para poder retenerlos en nuestra memoria. 

EL DESPERTAR DE LAS EMOCIONES

Yo debía tener diez años, calculo desde la niebla de la memoria. Recuerdo una cola interminable para poder acceder al cine, el Cabrera Vistarama, en Ciudad Jardín. Esa nueva Córdoba, de porteros electrónicos, ascensores e hipotecas a 40 años, que había crecido al mismo tiempo que desaparecía esa otra Córdoba, la de siempre, de patios tumultuosos, calles empedradas y aseos compartidos. Esa Córdoba que ahora exhibimos para disfrute de los turistas, que guardan interminables colas para contemplarla. Esas paradojas del tiempo. De la mano de mi madre fui a ver La guerra de la Galaxias, ese primer episodio, que años después se convirtió en el cuarto, y que se apoderó de la denominación de la saga para olvidar el que realmente era su título: Una nueva esperanza. No creo que tardara más de cinco minutos en caer rendido por la fascinante propuesta de George Lucas; sobrecogido por la atronadora y característica banda sonora de John Williams, hipnotizado por aquel desconocido universo de androides, naves espaciales y seres estrambóticos.

Las siguientes entregas de la saga las contemplé con amigos del barrio, con semejante emoción que en aquella fría tarde de invierno en el Cabrera Vistarama; celebraciones colectivas en vibrantes tardes de domingo. Tuvimos que esperar unos cuantos años hasta que pudimos ver los que han denominado como los tres primeros episodios, vaya galimatías de precuelas, aunque he de reconocer que las emociones del pasado no se repitieron. El experimento de Falcon Crest galáctico en holograma, o esos videojuegos con tantos e interminables diálogos, nunca me conmovieron. Es más, consiguieron que añorara, más y más, las tres primeras entregas estrenadas.

Hace unos días, en esta ocasión de las manos de mis hijos, fui a ver El despertar de la fuerza, el nuevo episodio de la célebre saga. Curiosamente, y casi a modo de repetición generacional, mi hijo mayor tiene 10 años. Le paso el testigo. Y como en la primera ocasión, casi cuarenta años después, en menos de cinco minutos me sentí atrapado por la historia que contemplaba en la pantalla, y lo mismo les sucedió a mis hijos; me reconocí en sus expresiones de asombro. Emoción que fue en aumento, con las apariciones del pasado que se van sucediendo a lo largo del metraje -no spoiler-. El halcón milenario, R2-D2, Chewbacca y esas espadas láser que vuelven a brillar como tenía grabado en la memoria. Porque en El despertar de la fuerza se recupera la estética que contemplé en la niñez, como un auténtico y sublime revival galáctico. En cierto modo, todo vuelve a ser como nunca debería haber dejado de ser. No me cabe duda de que ha sido un gran acierto encomendar la dirección de esta nueva entrega a J. J. Abrams, al que la mayoría descubrimos en Lost, y que posteriormente nos ofreció una auténtica lección de lo que es el ritmo en la narración cinematográfica en Super 8, esa reunión de un sinfín de elementos de esa -denominada- cultura popular que nos ha marcado a varias generaciones, de Los Goonies a La guerra de los mundos. Habilidades, y un portentoso sentido para el espectáculo, que pone al servicio de El despertar de la fuerza, construyendo una apabullante maquinaria visual que consigue aplastarte contra la butaca en numerosas secuencias. Y conste que acudí al cine con el eco de las críticas que había leído con anterioridad, y que en diversas ocasiones no te animan, precisamente, a comprar tu entrada de cine.

A lo largo de los años, y me da igual la disciplina, he comprendido que más allá de los cánones, las alabanzas u objeciones de los críticos sesudos, más allá de la técnica y de las referencias cultistas, el arte cuenta con un gran elemento diferenciador: la emoción. Yo, al menos, eso es lo que le pido a una película, a una canción, a un libro o a un cuadro, que me emocione, que me conmueva, que me arañe, que me provoque, que no me deje indiferente. Y que lo haga por su belleza diferente, desde mi incomprensión, irracionalmente, sin tener en cuenta las reglas, los estilos, los registros. Esa emoción inexplicable que nos arrebata las lágrimas o que nos retuerce las tripas. Esa emoción que te traslada, en menos de cinco minutos, a tu propia infancia.

EL PODER DE LA CULTURA

En una televisión privada, Movistar, ha comenzado un programa titulado El poder de la música que debería estar en la parrilla, por pedagogía, calidad y necesidad, de una televisión pública, abierto a todo el mundo. La dinámica del espacio es muy sencilla: conocidos personajes, de muy diferentes ámbitos, cuentan a la cámara canciones, artistas, bandas, que han sido muy importantes en su vida, por los más distintos y variopintos motivos. Una emocionada Alaska, en la primera entrega, narraba, incluso con lágrimas en los ojos, lo que ha supuesto la figura, la música y las canciones de David Bowie en su vida. He de reconocer que me sentí plenamente identificado con Alaska, es de mi club. Siempre recordaré cuando me enteré de la muerte de Bowie, en un atasco, bajo la lluvia, dentro del coche, la voz del locutor al anunciarlo. Lloré durante varios minutos con las manos apretadas al volante, impotente, desconcertado, huérfano en gran medida. Y lo mismo me sucedió con Prince, Eduardo Benavente o Lennon. Hay canciones que me reportan tal cantidad de emociones que soy incapaz de administrar y calcular mis reacciones. Escuchar a Calamaro, en directo, cantar Paloma sigue siendo un chute de melancolía que me es imposible disimular. El viento a favor, El extranjero o Maldito duende, de Enrique Bunbury. Los Beatles, Dylan, Los Planetas, Viva Suecia, qué sé yo. No cito más ejemplos, avalancha. Y encuentro emociones similares, en intensidad, en descontrol emocional, en la literatura o en el cine/series. Soy el típico espectador llorón, lo reconozco, y necesitaría seis páginas de periódico para enumerar todas las escenas que me han enrojecido los ojos. Cuando acabé de ver Toy Story 3 tuve que permanecer en la butaca del cine varios minutos porque me daba vergüenza abandonar la sala con semejante llorera, y mientras pude me camuflé en las sombras.

En mis últimas novelas, trato de explicar y definir a mis personajes a través de sus consumos culturales. Porque somos como y lo que comemos, como conducimos, como vestimos o como fumamos (los que fumen), pero somos, sobre todo, lo que consumimos culturalmente. La música que escuchamos, los libros que leemos, las películas que vemos o las exposiciones que visitamos conforman nuestra personalidad. No son circunstancias livianas de nuestras vidas, meros adornos, no, nos construyen, nos perfilan, nos definen. Y, en cierto modo, tejen una red social invisible pero real que tiende a reunirnos, a seducirnos, a encontrarnos. Es emocionante toparse con otras personas que comparten tus mismas inquietudes, que se emocionan con expresiones similares a las que tú. Alivia, gusta, te proporciona una sensación de pertenencia, de inclusión, a un grupo, a un clan, a una tribu de seres similares. A la Literatura, por ejemplo, algo que nunca me cansaré de repetir, le debo algunos de mis mejores amigos, que son algo parecido a una familia, según pasan los años. Y eso nunca sabré como agradecérselo, además de todas las satisfacciones que me reporta a diario, cada vez que tengo un libro entre las manos.

Dicen que los hijos tienen que matar, en un sentido metafórico, a sus padres, consecuentes con el tiempo en el que se desarrollan. Siempre tiempo con circunstancias muy diferentes a las nuestras, muy diferentes, por muchos paralelismos que pretendamos establecer. Por eso, yo no quiero ni pretendo que a mis hijos les gusten la música, las películas o los libros que a mí me gustan, eso sería un ejercicio de onanismo fundamentalista. Lo que quiero, y pretendo, es que también se dejen emocionar, construir y definir por las expresiones culturales con las que más se sientan identificados. Que hagan de la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, un elemento cotidiano de sus vidas. Porque estoy seguro que las suyas serán vidas más ricas, más limpias, más libres y menos solitarias. Porque la cultura, al menos así yo la entiendo, puede llegar a ser la compañía más estable, duradera y fiel con la que te encuentras a lo largo de tu existencia. Gracias a la música, a los libros, a las películas, siempre me he sentido acompañado, nunca solo, y eso no es poco.