DE GRATIS

Aunque cueste encontrar su epígrafe en Hacienda, «escritor» es una profesión, de verdad, lo prometo, y pagamos la cuota de autónomos como el resto, y el IRPF, y toda esas cosas que hacen y, sobre todo, pagan todos los trabajadores por cuenta propia. Y repito, aprovecho el momento, es injusto e ilógico que paguemos una cuota fija mensual facturemos lo que facturemos, eso solo sucede en España, ya que en el resto de países europeos esa cuota o no existe o es insignificamente (lo pueden comprobar). E insisto, a todos los trabajadores autónomos nos encantaría pagar muchísimo en esa supuesta y espero que próxima cuota según facturación, a todos. Vuelvo. Teniendo en cuenta, y aceptando que la escritura en mi caso, la pintura o la interpretación en otros, la cultura en un sentido amplio, es un sector profesional más, con sus obligaciones laborales y fiscales como cualquiera, por qué con tanta frecuencia tengo la impresión de que hay mucha gente que no contempla de este modo. Me remito a mi experiencia personal, que es la que mejor conozco (aunque yo no me termine de conocer del todo). Desde hace años, recibo todo tipo de peticiones para participar en toda clase de actividades, en forma de prólogos, documentales, reseñas, presentaciones, textos y similares, que carecen de remuneración por la otra parte. Algunas de estas invitaciones proceden de auténticos caraduras, hay que llamarlos por su nombre, que pretenden que yo les alivie o resuelva parte de un trabajo por el que ellos sí van a obtener un beneficio. En estos casos, la respuesta es clara y muy concisa, NO. Pero también recibo peticiones de jóvenes escritores que comienzan, muy abundantes, que me llegan a plantear las cuestiones más diversas: desde que hable bien de ellos a ciertos editores/editoras, una frase para una contra o un prólogo, una presentación o simplemente consejo. Dentro de mis posibilidades, siempre trato de ayudarles, advirtiéndoles que si el texto que me envían no lo considero con la mínima calidad no los voy a avalar, en ningún sentido. No creo en las mentiras piadosas, como tampoco voy a exponer mi nombre (ya no digo mi reputación, que no sé si tengo de eso) gratuitamente. Yo agradezco y sigo agradeciendo a las personas que me apoyaron y que me siguen apoyando, y por eso creo que es justo que yo devuelva parte de lo recibido, pero dentro de unos límites marcados por la calidad y la lógica.

Y también me plantean participar en actividades, en las que nadie va a ganar nada -me refiero a dinero, contante y sonante-, pero que pueden llegar a ser muy atractivas y gratificantes. Si puedo, si mis obligaciones laborales me lo permiten, no tengo problema, porque entiendo que también obtengo el beneficio del enriquecimiento personal, del placer por hacer algo que me encanta. Siempre dejo muy claro, en todas las actividades gratuitas que acepto, que los plazos y mi disponibilidad dependen de los trabajos remunerados que me puedan llegar, y que sitúo en primer lugar. Por profesionalidad, a quien me paga sí le debo rigor en los tiempos y toda mi atención, y por cuestiones muy básicas, relacionadas con la mera y sencilla -y a veces tan complicada- supervivencia. Porque ese dinero que gano, con este oficio mío tan complicado, es mucho el esfuerzo, mucho, es para que mis hijos coman, para pagar la hipoteca o comprar algo de ropa. Cuestiones todas que cuestan dinero, que nadie me ofrece de manera gratuita. Y lo entiendo, porque el trabajo, cuando se obtiene algo a cambio, hay que pagar por ello. Poco o mucho, según lo estipulado, calidad y demás consideraciones, pero pagar.

Siempre he renegado de la cultura gratuita, porque la menospreciamos, a la cultura en general, así como a sus creadores. Porque todo lo que no cuesta, ni esfuerzo, ni tiempo ni dinero, lo repudiamos, yo soy el primero en hacerlo. No le prestamos atención, entendemos que no tiene ningún valor, y es comprensible que suceda. Lo regalado, lo gratis, lo que no cuesta, no puede ser bueno si no vale nada, razonamos. Y seguramente debemos ser los creadores -habría que establecer las diferencias, claro: no es lo mismo alguien que pinta o escribe que un pintor o un escritor-, los primeros en hacernos valer y valorarnos, en tasar nuestro tiempo, trabajo y talento como se merecen, por dignidad propia y por necesario reconocimiento colectivo. Creo que a nadie se le ocurriría cuestionar si debe ganar dinero un abogado, un jardinero, un bancario o un futbolista por su trabajo. El día que los creadores formemos parte de esa lógica, tan simple como cierta, podremos decir que lo hemos conseguido. Hasta entonces, dignidad. Y que nadie mande en tu hambre, al menos.

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