EL DODGE DE JOE STRUMMER

JOE Strummer, el guitarrista/fundador/compositor/cantante de los míticos The Clash se murió hace casi veinte años sin poder recuperar el Dodge 3700 GT, gris plata, con matrícula de Oviedo, que dejó aparcado en un garaje de Madrid. Strummer lo conducía como un James Dean punkarra cada vez que regresaba a España, porque a España siempre regresaba, una y otra vez, de un modo u otro, huyendo de la fama, los escenarios, los fans y demás adherencias. Lo cierto es que le gustaba nuestro país, mucho; Lorca le embriagaba, Andalucía le parecía el paraíso en la tierra y sentía una pasión desmedida por nuestra Guerra Civil, que entendía como la última gesta épica, como si un Hemingway se hubiese colado en su interior. Puede que Paloma, Palmolive en la escena musical londinense, la novia malagueña y punk del músico a finales de los setenta, fuera la puerta de entrada del músico en España. Joe Strummer en nuestro país no era la ampulosa y deslumbrante estrella british, o sólo lo era para unos pocos que conocían la leyenda de los Clash, y que tarareaban sus canciones a todas horas. De hecho, era tan poco conocido en nuestro país que, en más de una ocasión, tuvo que esforzarse, y a conciencia, para demostrar que, efectivamente, era el líder de los Clash. Strummer, como un Messi que llegara de incógnito a los suburbios de Ciudad del Cabo y se pusiera a entrenar a los chavales que juegan al fútbol en la calle, comenzó a establecer relaciones con algunas de las bandas más características de aquello que aún seguimos conociendo como La Movida. Era frecuente en el local de ensayo de Radio Futura, y hasta produjo un disco de los granadinos 091, Más de 100 lobos. El Pitos, Lapido o Arias -los componentes de la banda- no podían creer que aquel guiri que se apoyaba en la tasca bebiendo vino peleón y barato fuera Joe Strummer, uno de los grandes músicos del momento.

En su Dodge, que adquirió ya estando en nuestro país, Strummer se paseaba por la Gran Vía, Alcalá o Malasaña, en dirección a aquellos oscuros garitos que disfrutaba junto a sus nuevas amistades, y también se le podía ver subiendo las cuestas del Albaicín, camino de la Alhambra o sorteando las callejuelas que conducen a la Catedral, como el explorador que se adentra en una tierra desconocida y maravillosa. Aunque, de vuelta a su país, de vez en cuando preguntaba por su Dodge, incluso, en tono jocoso, aprovechó una entrevista en un medio de comunicación español para reclamarlo a través de las ondas, tampoco puso Strummer mucho interés por recuperarlo. Lo dejó aparcado en el garaje, se fue sin previo aviso, lo esperaba la paternidad en su país. Murió sin saber nada de su Dodge, o puede que lo tuviera perfectamente localizado, quién sabe. Por lo que relatan quienes estuvieron a su lado durante esos años, por las fotografías testimoniales que han quedado de su paso por España, es fácil intuir que el líder de los Clash fue feliz aquí, o que, al menos, no fue tan desgraciado como en el Reino Unido. La historia del Dodge plateado de Joe Strummer tal vez esconda en su interior una historia de sueños incumplidos, de recuerdos premeditadamente incrustados en la memoria, y que pueden ser el verdadero argumento de una anécdota con aspecto tan simple. Huellas, señales, necesitamos en cierto modo «esparcirnos» allá por donde pasamos, sobre todo si hemos sido felices o, al menos, no tan infelices como en el pasado.

En cierto modo, pretendiéndolo o no, establecemos un vínculo con ese lugar que, normalmente, está asociado a un estado mental o físico o a un periodo temporal concreto que nos ha sido grato -o que entendimos como tal-, llamémoslo felicidad, amor, tranquilidad, calma. Es nuestro pretexto para volver, lo hagamos o no, pero al menos siempre nos quedará ese lugar, ese estado o esa emoción y tendremos la esperanza de regresar algún día, aunque nunca lo hagamos. El paradigma del regreso, ese paraíso particular que auspiciamos en nuestro interior contra las inclemencias del presente. Joe Strummer no lo hizo, nunca regresó. El Dodge plateado circula por esa autopista que con frecuencia trazan nuestros recuerdos. En muchos casos, añoramos un pasado que tal vez no existió, pero que nosotros necesitamos mantener maravilloso, único e irrepetible. Con total probabilidad, buena parte de nosotros tenemos nuestro particular «Dodge» aparcado en cualquier garaje del pasado. La documentación en regla, correcto el nivel de aceite, medio depósito de gasolina, las ruedas puestas, dispuesto para arrancarlo en cualquier momento, aunque nunca lo hagamos.

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