EL PESO DE LOS DÍAS

Ya estamos en enero, aquí, ya, sí, con sus antigripales y sus fiebres, y sus narices entaponadas y sus promesas y propósitos de enmienda, con sus rebajas y sus centros comerciales a reventar. Cómo pasa el tiempo, es que ni te enteras, que hace tres días estaba quitando el brasero, me espetó la vecina en el ascensor y agradecí, muy sinceramente, no compartir la sensación. Hago, y alguna vez consigo, que los días pesen, cuenten, que no pasen por mi vida como si tal cosa, como si no importasen, como si no fueran uno más entre otros muchos idénticos.  Porque todos los días son diferentes, especiales, incluso el Blue Monday, el Cyber Monday y hasta el Black Friday, o al menos hay que salir de la cama con esa pretensión. Lo cierto es que abundan los días feos, pero feos de narices, y hasta los espantosos, para qué nos vamos a engañar, que por ocultarlos no van a dejar de llegar. Con frecuencia, a colación, recuerdo la teoría que se despliega en Smoke, aquella película de Paul Auster, que teorizaba sobre el peso del humo, y que lograba adivinar tras calcular la diferencia entre la suma de la colilla y la ceniza obtenida  y el cigarrillo inicial. Esa es la teoría, más o menos. Hay días, muchos, desgraciadamente, que apenas han aportado unos insignificantes gramos en el peso de nuestras vidas. Esos días, no necesariamente feos o espantosos, planos, vacíos, huecos, en los que el corazón ha mantenido inalterable, flemático, aburrido, el ritmo de su latido. Como un metrónomo anestesiado e inflexible, robotizado. Si la teoría desplegada en la película de Paul Auster fuera cierta, nos sorprendería comprobar lo poco que hemos vivido, lo poco que hemos consumido, gastado, de nuestros días vividos, lo poco, sí.

Y cuando me refiero a días gastados no me refiero a todos esos días en los que no hemos plantado nuestra bandera en la cúspide del Himalaya, que no hemos debutado en el Bernabéu, que no nos ha tocado la Primitiva, que seguimos sin cambiar de coche, moto, smartphone o piso; ya sabe, hablo de esos días que el reflejo que nos ofrece el espejo es el mismo y hasta va a peor –arrugas y canas-, y el sonido del despertador sigue siendo la gran puñalada que da al traste con el sueño por alcanzar. Esos días, muchos días, ya sabe. Indudable y afortunadamente, no todos situamos nuestras metas en el mismo lugar, y no todas, necesariamente, están relacionadas con algo material, superficial, que se puede contabilizar en cifras. Es más, las metas que mayores beneficios y felicidad nos reportan son aquellas que conectan directamente con nuestras emociones, con los que tenemos más cerca. Sentimientos, sí, tan bellos y olvidados. Sí, hay vida, y mucho más hermosa, más allá de la cuenta del banco, y seguramente esa obsesión por la cuenta del banco, que tan fácilmente aceptamos y asumimos, es el gran mal de nuestro tiempo. 

Caigo en estas cosas, no sé si divago, incluso deambulo, en este frío enero, que es el mes “primer día de clase”. Ahora que comenzamos este 2020, tal vez sea bueno repasar cómo nos ha ido en el pasado, cuánto tiempo le hemos dedicado a ser felices, o por lo menos a intentarlo, o a los nuestros; cuánto tiempo hemos amado, deseado, besado, acariciado, cuánto tiempo hemos reído, y a lo mejor sería bueno olvidar el que le hemos dedicado al llanto. ¿Somos capaces de recordar todos esos buenos momentos? Espero que no, que sería la señal más evidente de que han sido pocos, muy pocos, como para poder retenerlos en nuestra memoria. 

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