ES NAVIDAD

Calles más o menos iluminadas. Anuncios publicitarios que nos invitan a atropellar nuestra cuenta corriente porque hay que tener un detalle con los seres queridos y hasta con uno mismo, ya puestos. Listas en los bolsillos, de todos los tamaños y colores, de la pasta filo, pasando por los puerros, a ese juguete que no encontramos en las estanterías. Hay quien mantiene que la Navidad sólo se celebra una vez al año porque no habría quien aguantara dos. Si uno se detiene un instante a pensarlo, tal y como hemos hecho con el resto de tradiciones/manifestaciones, son tal la cantidad de requisitos y condicionantes que hemos introducido que puede llegar a convertirse en una celebración estresante. Ponme una tila antes del cava, doble si es posible. Por un lado están los compromisos familiares, dónde toca este año, con quién toca este año, quién se ocupa del primer plato, por qué me ocupo del primer plato y estos sólo del postre, por qué toca en mi casa, por qué hay que comer todos los años lo mismo, por qué hay que cenar tan temprano o por qué hay que cenar tan tarde. Según el lado en que cada cual se posicione en esta contienda, le toca responder o preguntar, y ya escoge la intensidad de sus preguntas y de sus respuestas, a demanda. Trate de controlar el termostato interior.

Es Navidad, sí, y volverán a emitir el mismo reportaje de todos los años sobre el precio que alcanzan las angulas o las trufas negras, hasta con un biopic del cerdo que las recolecta. Y comentaremos el discurso del Rey, y resaltaremos lo dicho y lo omitido, normal también, que en todas las familias, hasta en las más respetables y reales, siempre hay un muerto en el armario. Es Navidad, pero tampoco caigamos en el pesimismo más recalcitrante, por un día, o por varios si fuera posible, ignoremos a ese locutor mañanero que nos advierte de que esto se hunde. Nos lo advierte tanto, nos pone tan mal cuerpo, que ya estamos predispuestos a todo, a cualquier sacrificio, que entenderemos como necesario –aunque nunca estuviéramos invitados a esa fiesta que nos cuentan que una vez hubo-. La fiesta es hoy, piense en eso, celebre lo que le dé la gana, que todo vale, aunque no haya angulas o trufas negras en el menú.

Un gesto escondido en las entrañas de la memoria, un sabor que recuperamos y que sabe igual después de tantos años, un sonido que tal vez escuchamos en la cuna –y que permanece en nuestro interior, para nuestra sorpresa-. Es Navidad y siempre echaremos a alguien en falta, pero estamos los que estamos y eso es lo que debemos poner en valor, más, festejar y celebrar como se merece. Debo de reconocer que la Navidad con hijos es más Navidad, y que muchos de los inconvenientes, todas esas facturas a pagar, las preguntas y las respuestas, desaparecen. Porque hay sonrisas y emociones que no se construyen desde el artificio, que no son producto de la mercadotecnia. Nacen de esa inocencia que inunda la infancia. Tan frágil y tan cálida. Además, los hijos son la excusa perfecta para regresar a la infancia sin necesidad de justificaciones, sin peajes. Es Navidad, sí, y sólo una vez al año, porque no habría quien soportara dos o porque hay emociones que caducan con la rutina.

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