MUERTOS

Lo que habría dado por ver la cara –el gesto, la expresión, el suspiro- de ese gerente de afamado centro comercial –de apellido británico- tras escuchar la petición que le formuló doña A. Imagino a doña A vestida de domingo, maquillada suavemente, empapada en perfume caducado, esencia de canela tal vez, sentada frente al gerente de la gran superficie, en su despacho de la última planta –céntricas vistas al otro lado de la cristalera. Doña A le pidió permiso al gerente para esparcir las cenizas de su difunta amiga doña B, en la cuarta planta del centro comercial, en la esquina de Moda de Señora que hay junto a la cafetería. Pero, ¿eso cómo va a ser?, apenas pudo decir el gerente –un intenso e inesperado calor, como si alguien hubiera puesto en funcionamiento una calefacción interna, le fabricó un bigote de sudor sobre el labio superior. Es que aquí hemos sido muy felices, se limitó a responder doña A con gesto compungido, agarrada a su pequeño bolso de charol negro, dispuesta a todo con tal de convencer al gerente. Supongo que no accedería a la petición, aunque la imaginación me regala una estampa surrealista, digna de los Cohen, donde unas alas de ceniza desfilan entre las maniquís y los electrodomésticos, entre las tablas de surf y las bicicletas elípticas antes de perderse en ningún lugar. Esta historia, que podría entenderse como una broma algo macabra, tipo cámara oculta, no deja de ser una historia real, y temo que no se trate de una excepción. De hecho, eso que llamamos sociedad del bienestar –y que disfrutamos unos pocos-, y que ya ha inventado una serie de extrañas enfermedades y malestares, también ha perfeccionado los que podríamos definir como nuestros rituales funerarios, y que vienen a ser muy semejantes a los que descubrimos en las cavernas de nuestros milenarios antepasados, pero en versión sofisticada. Rituales que, como nos sucede en vida, también se rigen por las denominadas clases sociales, porque hasta el descanso de los muertos se paga: un panteón para los pudientes, una simple placa para los menos agraciados, pino y caoba, etc.

Durante esta semana se ha hablado, y mucho, de muertos, entierros, cifras y caprichos –que por fecha toca- en los diferentes canales de televisión, radios y periódicos –y lo de doña A sólo es un ejemplo. Un empresario inventó eso de crear un diamante a partir de las cenizas de tu ser querido, o lo que podríamos entender como la versión más refinada –y negra- del reciclaje. La incineración ha cobrado fuerza, pero aún se sigue optando por el método tradicional, pero con variaciones al gusto del consumidor. Por ejemplo, recuerde al ser querido el uno de noviembre –o cualquier día que le convenga- con una corona donde se reproduce el escudo del equipo de sus amores, o con una losa donde se puede ver su rostro –como un tatuaje en la piedra-, o un horno de leña si era panadero o cuatro rosas si era florista o le gustaba la bebida, que todo puede ser. Precios que se elevan más de un doscientos por cien, colas en los cementerios, cal y barniz, escaleras plegables y misas abarrotadas: imágenes más que frecuentes, que componen ese guión que cada año repetimos, mientras don Juan se declara –o le tira los tejos- a la cándida Inés. Frente a la gran eclosión casi rococó tan típica del uno de noviembre, como contraste, podemos encontrar todos esos nichos olvidados, sucios de abandono, siempre huérfanos de flores, con inquilinos que el polvo y el descuido condenan al más absoluto de los anonimatos. Como siempre suele suceder, entre los dos puntos, entre la exageración y la ignorancia, tal vez encontremos la tendencia/lugar más apropiado. En cualquier caso, la inversión en el ritual funerario es la que menos se disfruta, los que aquí nos quedamos cargamos con la pena y con la factura de rigor, mal negocio. Además, hay algo de excéntrico –y de irónico- en todas esas peticiones que solicitamos para cuando ya no podamos comprobar si se han llevado a cabo según nuestro antojo. Tal vez todos, de una u otra manera, busquemos un hueco en eso que llaman eternidad.

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