MOCHILAS Y PUERTAS

En esta semana de fuego y lluvia, menuda semanita bipolar hemos tenido, los centros de enseñanza, en su gran mayoría, han abierto sus puertas. Pocas noticias mejores, porque a través de esas puertas no sólo se accede a las aulas, a las pistas de deporte o a los laboratorios. A través de esas puertas se accede, muy especialmente, al futuro. Después de varios meses, han regresado las silenciosas mañanas a casa. Tan sólo vulneradas por los habituales sonidos de la calle: el del taller probando una moto, el que tapiza, el que recoge chatarra o algún grito furtivo e inesperado. Los sonidos de mis vecinos. Mi vecina sigue cantando coplas y rancheras -y sigue haciendo carne en salsa-. Aunque lo deseaba, que volvieran a sus clases, los primeros días sin mis hijos en casa se me hacen extraños, solitarios, distintos, incluso tristes. No ha llegado al nivel del año pasado, tras tantos meses de permanente convivencia. Fueron más de seis meses. Aunque solucionado el grueso de lo intendencia, los primeros días son de visitas a las papelerías, de renovar mochilas y libros, de forrarlos, sí, de forrarlos, y de todos esos asuntos implícitos a la vuelta a las clases. Siempre fui al instituto con una mochila, verde militar -de hecho, creo que esa era su verdadera procedencia-, áspera como una lija, incómoda como ella sola, nada que ver con las actuales. No recuerdo cuántos cursos me duraban aquellas mochilas de esa lona tan gruesa y ruda, casi imposible de limpiar. Si tenías la desgracia de que se te derramase la tinta de un bolígrafo, no la volvías a tener limpia nunca más. La tinta azul, en ese verde castrense, adquiría unos tintes púrpuras, que hacían más visible y llamativa la mancha.

Me asaltan estos recuerdos mientras veo como las gotas de lluvia se estampan contra los cristales y escucho a mis hijos hablar de nuevos compañeros y profesores. Aunque fingen contrariedad, no dudan en proclamar que les habría gustado que las vacaciones prosiguieran, no pueden ocultar el entusiasmo que el reencuentro con las clases les provoca. Tenía que suceder en septiembre, claro que sí, un mes mucho más renovador, novedoso y repleto de oportunidades y cambios que el sobrevalorado enero, con su hartura de mazapanes y contenedores de basura colmados de cabezas de gambas, envoltorios de mantecados y cajas vacías. Ellos, mis hijos, tan jóvenes, e imagino como la mayoría, aún no tienen conciencia de todas esas cosas en las que pensamos los mayores, que ya empezamos a ver en el tiempo como un aguafiestas y no como una suma de días en el calendario. Aún así, les toca elegir muy pronto qué quieren hacer con sus vidas, a qué se quieren dedicar, esas cosas que yo mismo me sigo preguntando cada día, y el problema es que sin respuesta la mayoría de ellos. A pesar de esa responsabilidad, que en la mayoría de los casos solventan con demostrada eficiencia -y es que nos empeñamos en dudar de nuestros jóvenes y cada día nos tapan la boca-, volver a las aulas tiene mucho de aventura, de exploración, de descubrimiento, y hasta de misterio. Un tiempo nuevo.

Esas mochilas que cargan nuestros hijos y que, afortunadamente ya no son como aquellas feísimas y toscas verdes que me tocó padecer, están cargadas de bolígrafos nuevos, libros y reglas, pero también de ilusión y de futuro. Años decisivos a los que se enfrentan, de transformación biológica y personal. Crecerán, esos estirones dejarán cortos los pantalones y camisas, y en poco tiempo se convertirán en otras personas, a veces muy diferentes, a las que son ahora. Un tiempo de vértigo, de incertidumbre, pero ilusionante al mismo tiempo. Muy jóvenes les toca elegir, elegir su camino, justo cuando están en pleno proceso de cambio. Todos hemos pasado por esto, claro que sí, pero por ello no deja de ser una etapa compleja de la vida. Por eso, debemos estar a su lado, para lo que necesiten, lo mismo que lo están sus profesores y maestros. Con ellos me despido, agradeciéndoles de nuevo todo lo que han hecho y hacen, en tiempos tan adversos, propiciando que el viaje iniciado por nuestros hijos no se detenga. No es poco, todo lo contrario: es mucho. La puerta al futuro sigue abierta.

EL CHIRINGUITO

Si tuviéramos que establecer un día mundial o internacional, aunque solo fuese nacional o andaluz, del chiringuito, tendría lugar HOY, 15 de agosto, el festivo entre festivos, el padre, hijo y abuelo de todos los festivos. Eso es así. Y basta con acercarse a cualquiera de los que pueblan nuestro litoral, para comprobarlo. Prepare los codos, la cartera y la paciencia para celebrar la ocasión como se merece, que puede ser un ratito bueno entre todos los ratitos buenos del año, a pesar de las estrechuras. Y es que ese momento en el que te enfundas la camiseta o camisa (floreada, que jamás te atreverías a ponerte un lunes de noviembre), recorres la playa esquivando tumbonas, sombrillas, castillos de arena y cuerpos asalmonados hasta por fin llegar al chiringuito, donde con un gesto similar al de Magallanes en el preciso instante de partir desde Sanlúcar de Barrameda en dirección a las Islas de las Especias, examinas la concurrencia, en busca de ese amigo, cuñado o similar con el que tomarte una cervecita fresquita y lo encuentras, sí, al fondo, bien colocado, en su mesa alta, con su camisa floreada, también, él que es de castellanos marrones y pinzas de lunes a viernes, sientes en tu interior algo parecido a la victoria, a la burbujeante celebración de un gol en el minuto 93, ya sea con VAR o por la escuadra. Inigualable momento, raíz o premisa indispensable de lo que queda por delante, que en un día como éste, Día Mundial del Chiringuito, cuenta con una máxima que nunca falla: la improvisación, y sálvese quien pueda.Al chiringuitero profesional, la RAE debe admitir esta palabra a la mayor brevedad, ni el laboratorio del FBI en su sede central de Baltimore podría encontrar un grano de arena o un resto de salitre en su cuerpo o ropa. El profesional no pisa la playa, aunque le guste verla desde la distancia, acodado en la barra. Conoce al dueño/encargado del establecimiento de quince veranos seguidos o tiene la habilidad de parecer que lo conoce de todo ese tiempo (aunque lo acabe de conocer). Para eso, nada mejor que la táctica de la vitrina del pescado, asomarte con poderío, como si tuvieras la intención de encargar ese pargo de doce kilos que arrincona a los lenguados, y decirle al dueño/encargado: buen género, a cómo sale eso, y a continuación mueve la cabeza con gesto de conformidad, sin confirmar o negar la posible adquisición. Y cuando está en su mesa alta, o planchando barra de aluminio, el chiringuitero profesional formula la gran pregunta al camarero que lo atiende: ¿cuál está más fría, botella o tirador? Las dos igual. Ponme una que me duela la garganta. Y así, sin quererlo, en una buena jornada chiringuitera no hay nada previsto, van llegando amigos, amigas, cuñados, suegros, la abuela con la silla plegable y una legión de niños pidiendo un refresquito. Si os lo tomáis ahora, en la comida toca agua, amenaza uno de los chiringuiteros, aunque ellos ya lleven seis consumiciones, como poco. Entre estas disputas, grandes decisiones: ¿aceitunas o altramuces?, los fichajes del verano, varias rondas, inciertos viajes planeados y recuerdos recuperados, con las bocas calentitas ya, el encargado/dueño del establecimiento te avisa que ya tienes la mesa lista. Pongamos que hablamos de las cuatro y media de la tarde, en el mejor de los casos.Dieciocho, sin contar a Juanito, que tiene tres años y duerme en el carrito. Fuera de carta, nada, que nos la clavan, dice alguien, pues yo le metía a unrodaballo, eso no merece la pena para los que estamos, reniega otro, tres de ensaladilla, dos de tomates aliñados, unas sardinas y lomitos para los niñosyo no me voy a comer un lomito, protesta Carmen, con la vista puesta en las gambas que porta un camarero. Arroz para cuatro nada más, que luego se queda, avisa la abuela. En el remate, el chiringuitero profesional exige su chupito con esa gracia que solo él contempla y que más de uno califica como chulería, y luego organiza un brindis que decora con una de sus frases impostadas. Mientras, los más pequeños no cesan de abrir la puerta del congelador, a la caza de un helado. Guiña el ojo y hace como que firma sobre un papel invisible, el chiringuitero más curtido pide la cuenta. Miradas de asombro, alguna de rencor, ya te lo dije, pagamos por familia, claro, y yo que no traigo niños pago lo mismo, alguien murmura. Pues yo lo veo hasta barato, que si quitamos los helados, las tartas, los cafés, los batidos, las patatas fritas y los refrescos no es tanto, explica con ese desparpajo suyo el chiringuitero de mayor edad. Y hasta la siguiente. Feliz Día Mundial del Chiringuito.

LA VIDA EXTRA DE CARMEN PUERTO

Ha llegado estos días a las librerías, así como a las diferentes plataformas de venta digital, Los amantes anónimos, la primera entrega o historia protagonizada por la inspectora Carmen Puerto. No exagero si afirmo que es la publicación que me ha hecho más feliz. Feliz y curado, reparado, eso de la espinita clavada. Y es que esta novela estaba condenada al silencio, a formar parte del oscuro, tenebroso e interminable vagón de los libros perdidos, ya que en su día ni tuvo la oportunidad de iniciar su camino. Un accidente del pasado que prefiero olvidar, ya que propició que pasara tres años sin escribir absolutamente nada, ni una línea, salvo estos artículos semanales en este periódico. Pero un día, tal vez impresionado por las noticias e informaciones que contemplaba y leía, los casos de Diana Quer, Laura Luelmo y Asunta Basterra me sobrecogieron sobremanera, Carmen Puerto, esa policía furibunda, inteligente y sombría, regresó a mi vida. Yo sabía que lo haría, nunca permití que hiciera la maleta, como tampoco me despedí de ella, conscientemente. De esa confluencia de circunstancias surgió El lenguaje de las mareas, en la que narraba la desaparición y búsqueda de dos adolescentes en Punta del Moral, Ayamonte, muy cerca de Portugal. Una novela que sigue sumando lectores, día tras día, que ya cuenta con varias ediciones en varios soportes, y que ha posibilitado, tal y como se tratara de un salvador flotador, que Los amantes anónimos, y por tanto Carmen Puerto, cuente con esta vida extra, o vida nueva, que todavía divago cuál de las dos expresiones debo emplear. En este cúmulo de circunstancias, no me puedo olvidar de la editorial Almuzara, de Manuel Pimentel y Javier Ortega, muy especialmente, que apostaron desde el inicio por El lenguaje de las mareas, convencidos del potencial de su protagonista.

A veces creo que no tenemos en cuenta, sobre todo a quienes la contemplamos desde la cercanía, la importancia de Almuzara. Una editorial que, desde el Sur, reivindicando el Sur en muchos sentidos, se ha convertido, gracias a su buen hacer y perseverancia, en una referencia ineludible en el mercado editorial español y latinoamericano. Y, sobre todo, se ha convertido en un espacio acogedor, cálido, para los autores, que sienten la cercanía, más allá de la tabla de Excel. Regresa Carmen Puerto a su primer caso con energías renovadas, y lo hace con más fuerza, intuición y mal humor que en El lenguaje de las mareas, que se encontraba tocada, débil tras una mala época. En Los amantes anónimos, por decirlo de algún modo, Carmen Puerto es muy Carmen Puerto, en todos los sentidos y en todas sus peculiaridades, que son muchas y muy diversas. Se enfrenta con decisión a un caso en el que se mezclan los asesinos en serie, la corrupción política a la más alta escala, el mundo de la televisión y el de las finanzas o la sociedad de la información. Pero también es Los amantes anónimos una novela sobre el sexo, sobre cómo influye en nuestras vidas y todo lo que somos capaces de hacer por satisfacer nuestros deseos y fantasías, así como también es una historia sobre la soledad. Esa soledad en este mundo tan hiperconectado, paradoja de este tiempo, que cada día es más habitual en nuestra sociedad.

Soy de los que piensan que cuando te ofrecen o conceden una oportunidad hay que dejarse la piel para aprovecharla. Y si te encuentras con una vida extra, tal y como le ha pasado a la Carmen Puerto de Los amantes anónimos, hay que entregarse a fondo y ofrecer lo mejor que tienes. Abrazarse a lo fácil siempre es la peor decisión que podemos tomar. Y aquí lo fácil hubiera sido publicar lo que se publicó. Y NO es lo que hemos hecho. Aunque respeta buena parte de la trama, es otra novela, con un final más atractivo. Una historia mejor estructurada, que conecta con El lenguaje de las mareas y con la que habrá de ser la tercera entrega, y que me encuentro en proceso de redacción. Cuando finalicé la tarea, como no podía ser de otro modo, lo primero que hice fue “enviársela” a Carmen Puerto, para que fuera ella quien diera su veredicto. Nervioso esperé su respuesta, que llegó unas horas después. Sólo dos palabras: ahora sí.

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En el mismo día aparecen en tres ciudades de España —Sevilla, Madrid y Barcelona—, en papeleras de lugares muy conocidos y frecuentados, restos humanos semicongelados: un pie, una mano y un corazón. Todos los indicios apuntan a la siniestra estrategia de un asesino en serie que quiere acaparar toda la atención.
Para tratar de resolver el caso, la policía recurre a la excéntrica, huraña e intuitiva inspectora Carmen Puerto que, a pesar de su autoimpuesta reclusión, es capaz de analizar, interpretar y desvelar los crímenes más complicados. Como en «El lenguaje de las mareas», Carmen Puerto encontrará en Jaime Cuesta y Julia Núñez los ojos y las manos que la conectarán con el exterior…

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ÉRASE UNA VEZ MAYO

¿Nos da algo para la Cruz de Mayo?, le preguntábamos al nuevo posible benefactor con el que nos encontrábamos, como si la Cruz tuviera necesidades alimenticias o de cualquier otro tipo. Comenzamos con cajas de cartón, las vacías de las botellas de leche Colecor eran las más preciadas. Recias, robustas, crujientes, y muy resistentes. Eran unas botellas de litro y medio de un plástico semitransparente que luego también tenían su utilidad. Bien recortado el cuello de la botella, con su correspondiente globo, era un tirador fabuloso. Eso sí, lo que se dice apuntar, era más que complicado apuntar. Recuerdo tardes de verano desayunando una botella de Colecor, muy fría, junto a un plato de rosquillas. En ese tiempo en el que la lactosa era una ciencia ficción y la leche se consideraba como el gran alimento. Mientras más, mejor. Las Cruces de Mayo con las cajas de cartón, y decoradas con gitanillas y geranios de las macetas de mi madre. La de sofocones que le di, todo el año cuidando sus flores para que yo se las guillotinase en un plis. Y pasamos a la Cruz minipaso, en aquellos años en los que los costaleros conformaban una especie de mitología, y hasta íbamos a verlos a ensayar, como si se trataran de guerreros legendarios que practicaban con sus espadas. En la Cruz minipaso había que dividir las ganancias, ya que como poco éramos dos los que la “cargábamos”, pero también es verdad que las ganancias eran mayores, especialmente al principio. Cosas de la novedad. En muy poco tiempo, tan poco y tan rápido que me es imposible precisar, comencé a disfrutar las Cruces de Mayo desde otra perspectiva: con los codos apoyados en las barras de aluminio. Pimientos fritos, flamenquines y un poquito de salmorejo, que no falte. Durante 3 décadas viví entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, en la calle Buen Suceso, imposible que las Cruces no formaran parte de mi calendario, en cualquiera de sus modalidades y situaciones.

Y lo mismo me sucede con los Patios, que siempre he considerado como la expresión más auténtica y genuina de cuantas tenemos en Córdoba. Si algo nos define y diferencia son los Patios, no me cabe duda. Porque ferias, hay muchas, al igual que catas, y las Cruces también se pueden disfrutar en otros lugares, como en Granada, por ejemplo. Pero para ver y conocer los Patios hay que venir a Córdoba. Si rebusco en la memoria del niño que fui puedo recordar los Patios antes de que tuvieran colas, horarios y aplicaciones, cuando eran microcosmos que conformaban la Córdoba más esencial. Recuerdo ir a casas de amigos donde los vecinos esperaban en el patio su turno para ir al servicio compartido. Recuerdo patios por los que atrechábamos para ir de una calle a otra. Recuerdo patios en los que se comían caracoles a media tarde, entre jazmines y buganvillas. Recuerdo patios con perros somnolientos y canarios de colores cantando en sus jaulas. Recuerdo patios en los que el concepto de familia era muy diverso, porque además de la propia tenías la que formabas con tus vecinos. Los Patios, en Córdoba, suponen lo que fuimos y que, en gran medida, seguimos siendo. Y por eso es de agradecer el esfuerzo que realiza todos los años este periódico, para que su ya célebre Guía de Los Patios siga siendo una realidad que todos podemos disfrutar.

Se me acaba el espacio y todavía me queda mucho mayo que recordar. El de la Cata, por ejemplo, o el de las ferias, porque en mi infancia y juventud yo disfruté dos por igual, la de la Salud y la del colegio, en los Salesianos. Aquellas casas del terror construidas con pupitres, que son casi los antecedentes de los escape room actuales, o la tómbola en el pórtico, o las primera fiestas y ese momento en el que sonaba Spandau Ballet y soñabas con que la chica que te gustaba dijera sí cuando la invitabas a bailar. Aunque incómoda, la Feria en Los Patos tenía su encanto, y sus peligros. En El Arenal nos adaptamos al más de lo mismo, con todas sus comodidades y demás ventajas, pero yo nunca la disfruté tanto como la anterior. Porque mayo, nuestro mayo, tiene mucho de adaptaciones y de peligros, y también de recuerdos, que ojalá pronto escapen de la memoria para volver a ser una realidad.

REEDICIÓN DE LOS AMANTES ANÓNIMOS EN LA PRIMAVERA DE 2021

Tengo que contarlo, porque sois much@s los que estáis preguntando. Con la entrada de la primavera llegará una nueva edición de Los amantes anónimos, la primera novela de Carmen Puerto. Pero no será la misma obra que vio la luz en 2016. Mantiene la trama original y… 

Lo fácil habría sido reimprimir la versión original, pero no nos gusta lo fácil. Así que nos hemos vuelto a poner ante al ordenador… no es una reedición al uso. Os puedo asegurar que gana mucho con la «reforma». Y la publica, como El lenguaje de las mareas, Almuzara. 

Habrá que ir pensando, también, en una nueva portada para Los amantes anónimos. Carmen Puerto la tiene clara, pero a mí me parece un tanto arriesgada…

#LosAmantesAnonimos #Primavera2021 #NuevaVida

#ElLenguajeDeLasMareas

#CarmenPuerto

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS. PUNTA DEL MORAL, AYAMONTE

El punto de partida de El lenguaje de las mareas (Almuzara) resulta tremendamente familiar: dos chicas jóvenes desaparecen una noche a finales de agosto en las inmediaciones de Punta del Moral, Ayamonte, después de haber estado con unas amigas en un chiringuito de la zona. No hay que rebuscar demasiado para encontrar casos similares en la crónica nacional; suceden más a menudo de cuanto uno quisiera y, por desgracia, suelen tener el desenlace más temido. En este punto, Salvador Gutiérrez Solís parece inspirarse en el caso de Diana Quer, que una noche de agosto de 2016 se dio de bruces con José Enrique Abuín, una mala bestia que le arrancó el alma de una manera atroz. Al lector también le resultará familiar la cobertura mediática que rodea este tipo de noticias; el morbo que despiertan, no el espanto; el mercantilismo que las convierte en grandes titulares. En apenas unos días, la desaparición de las dos chicas en Punta del Moral, Ayamonte, pasa a formar parte del menú diario de esos programas televisivos en manos de periodistas y tertulianos que se comportan como si lo supieran todo de absolutamente todo, que jamás dudan y raramente rectifican, ignorantes de que la duda y la capacidad de rectificación distinguen al sabio del necio.

Las chicas desaparecidas en Punta del Moral, Ayamonte, se llaman Sandra Peinado y Ana Casaño, de 17 y 18 años de edad respectivamente, nacidas en la lejana Rusia, pero adoptadas siendo bebés por dos familias pudientes que suelen pasar las vacaciones de verano en la costa onubense. El padre de la primera de ellas estaba ya en el punto de mira de la prensa por razones bien distintas, pero igualmente familiares para el lector: un caso de corrupción en las altas esferas políticas en torno a ciertos másteres falsos que involucra a la líder del Partido Nacional, un claro trasunto del Partido Popular, que ha cultivado el clientelismo con fruición, convencido de que la ciudadanía es tonta del bote. Se teme que la desaparición de las chicas sea una represalia por estos chanchullos, pero la aparición de una de ellas con vida altera la brújula de los investigadores: los rastros de semen hallados en la camiseta de la chica pertenecen a un joven de la zona que estuvo implicado en una violación grupal, años atrás; otra historia habitual en los periódicos y en los telediarios. Sin embargo, en ocasiones buscamos los demonios lejos de donde realmente se esconden: la ficción da varios sorprendentes giros y en uno de ellos se acerca al caso Asunta Basterra, ocurrido en Galicia en septiembre de 2013, en torno al asesinato de una niña de doce años a manos de sus padres adoptivos. No debiera sorprendernos esta continua labor de zapa en la actualidad; en definitiva, el tiempo presente es el territorio privilegiado por la novela negra.

El lenguaje de las mareas tiene una extraña protagonista, la investigadora Carmen Puerto -una paranoica que el autor no se decide a tratar como tal-, que vive encerrada en un apartamento de Sevilla sin apenas contactos con el exterior; ella compone el puzle desde la distancia, gracias a las piezas sueltas que va encontrando en las redes sociales y en la Internet profunda, ese inquietante abismo hodierno en el fondo del cual se escuchan reptar criaturas lovecraftianas. A pesar del protagonismo de Carmen Puerto, la historia es coral y arborescente. Salvador Gutiérrez Solís construye un complejísimo mecanismo narrativo que le permite saltar de un personaje a otro, de una circunstancia a otra, de una acción a otra, y crear el cuadro más complejo, completo y verosímil posible. Al novelista le interesan los investigadores y los investigados, las víctimas y los posibles verdugos, los ciudadanos libres de toda sospecha y aquellos otros que tienen mucho que ocultar, etc. pues todos ellos desempeñan un papel en la trama, en cualquier trama. Nada es sencillo en estos casos. Mención especial merece el protagonismo del paisaje, un territorio fronterizo en la desembocadura del Guadiana, sabiamente explotado. Lo que pasa en Punta del Moral, Ayamonte, sucede en el mundo.

Crítica de José Abad para el diario Granada Hoy, aparecida el 27 de octubre de 2020.

https://www.granadahoy.com/ocio/Punta-Moral-Ayamonte_0_1513348802.html

SEPTIEMBRE

Y llegó septiembre. De mis amores y de mis odios más profundos. Ese mes que marca la frontera entre los años, las temporadas y los quehaceres, en su versión más generalista. Puede comenzar una colección con los abanicos más exclusivos y modernos que se imagina, en cómodos plazos, multitud de colores, le quedara bien con ese vestido que se compró para la boda de su primo o para ese traje que tiene guardado en el armario empotrado, esa es la idea. También puede hacerse, en versión miniatura, que no habría garaje que lo aguantara a tamaño real, con la colección de motos de Valentino Rossi. Pronto veremos una colección con los guantes de Casillas, los bidones de agua de Contador y con los tuits de Gasol, porque todo se puede coleccionar, todo –hasta eso que se le ha venido a la cabeza en este preciso momento-. Acuérdese de esa colección de cajas de cerillas, o de billetes de metro o de entradas de conciertos que un día, escondidos en una caja de carne de membrillo de Puente Genil, recuperó en una limpieza intensiva. Puede que esa limpieza tuviera lugar en septiembre, que es un mes muy dado a remover cosas y hábitos, a limpiar en definitiva. Aunque, si lo piensa un instante, removemos más cosas que hábitos, ya que nos es más fácil variar el decorado que nosotros mismos, que estamos más instalados (y plegados) en nuestras cosas. Pues sí, hemos llegado a septiembre, que este año es más septiembre que nunca, porque entre todos hemos gestado y asumido que este septiembre es el del gran batacazo, el del cataplum, el del gran hundimiento, el del rescate entre los rescates –los violinistas ya dejaron de tocar en este Titanic sin tesoro en la bodega-. Amputaremos la pierna sana que nos queda y nos sentiremos satisfechos, porque el corazón seguirá latiendo, aunque ya no tenga miembros que alimentar. Nos diremos: demasiado bien estamos para la que está cayendo, y a soñar con otro septiembre tras un agosto con ración de sardinas y tres cervecitas fresquitas –con su IVA correspondiente- en el chiringuito de los últimos años. En este septiembre ya no tenemos derecho a tener síndrome postvacacional –tampoco postvocacional- cuando nos vayamos incorporando a nuestro puesto de trabajo, eso ya pasó a la historia, y emplearemos doscientas coletillas en explicarlo, porque el trabajo es un artículo de lujo, sólo al alcance de unos cuantos elegidos, sin derecho a protesta. En septiembre retomamos nuestra relación con la báscula y la economía –a escala de loseta-, contamos las calorías, los cigarrillos, los gramos de jamón york en la oferta del supermercado, los diez céntimos de vuelta. Reconversión en septiembre, basta realizar un breve estudio sociológico en los contenedores de la basura para saber  de lo que nos desprendemos y lo que adquirimos, con el entusiasmo de eternizar en nuestras vidas. Cuidado con los contagios, no olvide la mascarilla, las distancias, las relaciones. Cuidado con las agujetas, que hacen mella en los primerizos y pueden frenar nuestra euforia. No hay septiembre sin sus exámenes –terribles recuerdos- y sin su vuelta al cole y sus anuncios con niños rubitos y bien criados, como sacados de una academia sueca. De vuelta ya, de todo o nada. Sí, definitivamente, es septiembre, puede que sea el momento. ¿Para qué? Escriba en su diario de sueños –por cumplir- el reto y dispóngase a lograrlo. Es posible.