COLEGIOS, LAS PUERTAS DEL MAÑANA

A pesar de los septiembres de cafeteras y apreturas, en mi memoria el colegio permanece como un lugar y como un tiempo especial, privilegiado, deslumbrante en muchos momentos. Lo pasé muy bien en el colegio, muy bien, e igual de bien en mis años de Bachillerato (Unificado Polivalente) y COU. Los recuerdo como muy buenos años, vividos intensamente. Hasta quinto de EGB estudié en un colegio próximo a mi casa, en el López Diéguez, donde también estuvo varias décadas antes Pablo García Baena. Como para dudar de los beneficios de la enseñanza pública (y lo digo por el poeta, claro). En sexto comencé mi periplo en los Salesianos. Ahora me doy cuenta de que nunca he sido creyente, que jamás he sentido eso que llaman fe, pero reconozco sin pudor que todos los 31 de enero y los 24 de mayo recuerdo a Juan Bosco y a María Auxiliadora y que aún me sé, de principio a fin, el Rendidos a tus plantas. Defensor, como soy, de la enseñanza pública y de la laicidad como concepto, jamás he escondido mi pasado en los Salesianos. Es más, considero que en gran medida aquellos años han sido fundamentales en la construcción del hombre que hoy soy. Ya no sé si eso se sitúa en el deber o en el haber del colegio.

Mis amigos de aquel tiempo siguen siendo mis amigos, como si formáramos parte de una familia creada y establecida más allá de nuestras propias casas. De aquel tiempo conservo mi pasión por el cine, por la música, por la lectura, que me inculcaron como si se trataran de juegos. También mi pasión por el fútbol. Conservo imágenes, sonidos y olores que estoy completamente convencido que me acompañarán el resto de mi vida. Recupero todos estos recuerdos, regreso a mi pasado colegial mientras forro los libros de texto de mis hijos. Mi hija, afortunadamente, seguirá teniendo la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que considero tan o más importante que memorizar las cuatro reglas y conjugar correctamente los verbos. En séptimo y octavo de EGB yo tenía una asignatura más o menos parecida: Constitución. Me gustaba, sí. Recuerdo los debates, que organizaba Rafael Cano, el profesor que se ocupaba de la materia. Como miembros de un pequeño Parlamento, exponíamos nuestras ideas, políticas, sociales o culturales, con absoluta libertad, aprendiendo a escuchar a los demás y aprendiendo, sobre todo, a respetar las ideas de los demás. Pues como la Educación para la Ciudadanía de hoy, chispa más o menos, que nadie se rasgue las vestiduras.

Forro los libros de mis hijos y recuerdo esas mañanas de septiembre de legañas y manchas de cacao, de remolinos y rebecas, de volver al colegio con ojos de sueño y felicidad en el gesto. También recuerdo los partidillos en el recreo, los primeros flirteos en el escalón del Realejo, los bocadillos de mortadela italiana. Ya ha pasado el tiempo, y los recuerdos de mis años en el colegio, en López Diéguez primero, en los Salesianos, posteriormente, se conservan intactos. Fueron muy buenos años, plenamente vividos. Felices. Me encantaría que mis hijos, pasados los años, conservaran recuerdos similares a los míos, al menos en intensidad emocional, a pesar de la pandemia. Les han tocado nuevos tiempos, diferentes, raros, extraños y complicados; espero que mejores, cuando todo esto pase. En cualquier caso, tengo muy claro que las puertas de los colegios de hoy, como los de ayer, son las puertas del futuro. Que vuelvan a estar abiertas supone mantener intacta la esperanza en un mañana mejor.

MAESTROS

El maestro es el gran artesano al que entregamos lo mejor y más importante que tenemos: nuestro futuro.

Nueva clase, nuevos compañeros, nuevos maestros. Precisamente de los maestros, de su figura, de lo que representan y constituyen, se ha hablado mucho durante los últimos días. Mis maestros, mis profesores, forman parte esencial de mis recuerdos, y no porque los recuerde con cariño, que es así, o por determinadas anécdotas o pasajes, que también. Los recuerdo porque les debo mucho, porque sin ellos no sería la persona que hoy soy; los recuerdo porque fueron fundamentales a la hora de trazar mi trayectoria vital, porque me guiaron, porque me ilustraron, porque me enseñaron, pero también me educaron, completando perfectamente la tarea de mis padres y hermanos. No conservo una imagen negativa de mis maestros, todo lo contrario, porque hasta con los que menos relación mantuve, porque eso que llamamos “química” no funcionó, siempre me aportaron algo positivo, porque lo poco que sé me lo aportaron ellos. Al cabo de los años, puede que las canas ayuden en estas reflexiones, he comprendido que hay determinadas facetas de mi personalidad y de mis inquietudes que comenzaron a construirse a partir del contacto y del aprendizaje con algunos de mis maestros.

Los sistemas educativos siempre estarán en cuestión, siempre, y yo elogio ese inconformismo permanente. La educación es el valor más sagrado y fundamental que debe mimar y primar una sociedad por encima de todo y todos, y nunca debe ser complaciente con ella. Tenemos que cobijarnos bajo la piel de un fiscal, y padres, profesionales, organizaciones políticas y ciudadanas, todos, debemos controlar y analizar nuestro sistema educativo, cada día. Porque la educación y, por tanto, esos chavales que hoy llegan con legañas a las aulas, son la única garantía real de futuro y progreso. Si queremos ser mejores, en todos los sentidos, no poder escatimar ni un solo recurso en la educación. Es más, tenemos que crecer, cada día apostar más y más por la educación.

Más allá de las cuestiones ideológicas o programáticas, y hasta electoralistas, creo que harían bien todos los partidos políticos en sacar de la escena, en dejar de poner en cuestión, determinados logros que tanto nos han costado alcanzar, como son la sanidad, las políticas sociales y, sobre todo, la educación. Durante décadas, los maestros ejercieron su profesión gracias a un más que manifiesto compromiso con la sociedad, como un hermoso ejemplo de lo que es la vocación, ya que social y laboralmente no estaban reconocidos. Las célebres y extintas “casas de los maestros” existían por una simple cuestión de caridad: sus sueldos no les permitían desarrollar una vida autónoma. La Democracia prestigió al maestro, en todos los sentidos, y tiene que seguir haciéndolo, porque todos ellos constituyen la gran locomotora que posibilita que el trayecto de la educación no se detenga, a pesar de los baches que nos podamos encontrar en el camino. El maestro, que es una palabra bellísima por todas sus connotaciones, es el gran artesano al que entregamos lo mejor y más importante que tenemos: nuestro futuro.