LA VIDA EN EL CODO

Quién nos iba a decir que esta pesadilla/pandemia por la que estamos atravesando iba a encumbrar, hasta el Olimpo anatómico, no a unos ojos bonitos o a unos labios sensuales, o a una nariz atractiva y enérgica o a un cuello noble, a lo Cayetana, sino al codo. Esa articulación que tan malos ratos nos ha deparado cuando la hemos chocado contra los pomos de las puertas, o contra los cantos de las mesas, y hemos sentido ese dolor frío y punzante, que ha conseguido abrir el grifo de nuestras lágrimas. El codo, sí, el codo tiene el papel protagonista en esta película terrible y grosera, y muy pesada, y como una estrella ocupa su puesto en la alfombra roja que desplegamos cada día. Como un escudo, como la más fiable de las protecciones, como blindaje de nuestro organismo ante el acechante virus. Le deberemos la vida a nuestro codo, y por eso alzaremos estatuas de codos en las plazas y las avenidas, constituiremos el Día Internacional del Codo y hasta habrá un gran homenaje público al Codo Anónimo, como símbolo de solidaridad, generosidad y fidelidad. Ese codo que lo dio todo, sin esperar nada a cambio, se podrá escuchar en el discurso oficial. Messi, Cristiano y Neymar tienen contados los días de gloria, si es que ya no han pasado a mejor vida. Hamilton, Gasol, Nadal y Alonso que se olviden de los contratos astronómicos de hasta ahora y de seguir ocupando las portadas de los periódicos. Ya no serán más, nunca más, los primeros puestos de Twitter; se les acabó el TT. Ya no importa la cantidad de goles que puedas meter, ni si eres capaz de encadenar tres triples consecutivos o de ganar Roland Garros por vigésimo año consecutivo, todo eso ya carece de valor, de verdad. El oro, el verdadero oro, es abrir puertas y ventanas con el codo sin apenas inmutarse, sin esas maniobras circenses que estamos desplegando tanto estos días. Si nos viéramos, desde la fría distancia, nos daríamos cuenta de la comicidad de nuestros movimientos, de los laberintos de dedos y brazos que llegamos a ofrecer. Mejor no vernos.

Ni másteres, ya sean verdaderos o no, ni ojos azules, ni dominar seis idiomas, ni saber programar, ni don comercial, ni tener el oído de Prince, ni la risa de Julia Roberts, ni ser capaces de hacer multiplicaciones mentales de cifras de diez números, ni vientre de tableta, ni hipnotizar desde la barra fija, ni inteligencia ni empatía ni nada de nada, ser el más habilidoso con el codo, ahí está y ahí reside la gran diferencia, el valor absoluto. Así lo ha dictado esta pandemia que nos asola, confina y acojona, así nos los recomiendan. La nueva normalidad es un codo, reside en un codo, depende de un codo. El gran triunfador, la nueva personalidad, el celebrity, el VIP, el todo, el nuevo rey es el codo, sí, tal cual. Y pronto veremos en televisión entrevistas con los propietarios de los codos más expertos, puede incluso que monten un reality, a lo Masterchef con pruebas a superar por los codos de los concursantes y seguro que no tardan en informarnos de que tal o cual estrella de esta nueva categoría ha asegurado su codo en no sé cuántos millones de euros. Y los informativos abrirán con un nuevo récord, con una nueva habilidad, que contemplaremos absortos, alucinados, envidiosos en su mayoría. Y concursos de Miss y Mister Codos, yeah. Todo eso lo veremos, claro que sí, antes que después, pero a muy pocos les sorprenderá.

Lo curioso de todo esto es que tratamos a nuestro codo como si no formara parte de nuestro cuerpo, como si fuera un apéndice extraño, ahí pegado, que no nos puede transmitir nada. Como si no fuera de hueso, carne y piel, como si estuviera hecho de acero, inmutable a todo, todopoderoso. Y lo que peor llevo, no lo puedo ocultar -tal vez sea lo que más me cuesta de la denominada nueva normalidad-, es que hayamos sustituido los besos y los abrazos por un absurdo y hasta ridículo choque de codos. Prefiero, mil veces, un mirarnos a los ojos, abiertos y sinceros o decirnos un te quiero o un te he echado de menos a boca llena, incluso pisarnos -sin saña, claro-, que rozarse los codos. Seguiré abriendo puertas y ventanas con los codos, es lo que toca, pero los besos y los abrazos, ay, prefiero compartirlos de otra manera (respetando la distancia social, por supuesto).

NUESTROS MUERTOS

No sé si como consecuencia de una tradición milenaria, no nos olvidemos de que el mismísimo Cid ganó una gran batalla estándolo ya, pero la realidad es que la muerte, y por tanto los muertos, cuentan con un gran peso dentro de nuestra forma de entender la vida. Y no hay contradicción en esta afirmación, la muerte es una de las partes más importantes de la vida: la causa, el efecto, el fin. Amemos la vida, pero no reduzcamos las dimensiones de la muerte, su poder. Tengo muy presentes todas esas frías mañanas, en el cementerio, cambiando las flores y repasando los nichos, dentro de los cuales reposaban los restos mortales de mis padres. Cambiando las flores cada poco, limpiando con esmero las lápidas, hasta blanqueando o barnizando los contornos, para que sigan estando “presentables”. Sin llegar al extremo de lo que hemos leído que hacían los egipcios con sus más insignes difuntos, que los acompañaban de comida, libros, e incluso juegos, siempre hemos demostrado una especial atención por los que ya no están. Algo que deberíamos considerar como una virtud, como una bondad, y no como una pesada losa heredada. Hablamos con nuestros muertos, mucho más que las cinco horas que escribió Delibes y que tan bien representó Lola Herrera. Toda la vida hablándoles. Yo les hablo a mis muertos, todos los días, mantengo conversaciones con mis padres, con mi hermano, se fueron hace mucho tiempo, demasiado pronto, y tengo claro que sin estas conversaciones mi vida sería muy diferente a la actual. Me he negado a olvidarlos. Y en mis conversaciones abordo el ordinario, y lo extraordinario cuando toca, mi día a día, y ellos me escuchan con paciencia infinita y con una sonrisa. Yo siento muy cerca a mis muertos, caminan a mi lado, viven conmigo. Porque la muerte no acaba con el amor. Porque los recuerdos hay que alimentarlos.

Cuando los muertos se cuentan por miles, como los estamos contando desde hace unas semanas, pierden su identidad y se convierten en un ente anónimo. Lo mismo le sucede a la “gente”, al “público”, a los “espectadores”, a los “aficionados”, a la “audiencia”, se convierten en masa uniforme, sin matices. En un ente sin cara ni ojos, sin apellidos ni nombre, sin personalidad. Sin sus tragedias a cuestas. Sin familias, sin recuerdos. Y los muertos, todos los muertos, tienen derecho a que respetemos su individualidad, su concreción; porque todos ellos fueron universos, mágicos, especiales, únicos e irrepetibles para todas las personas que los amaron. Porque, salvo contadas excepciones, todos tenemos personas que nos aman, en mayor o menor medida. Cuando enterramos a los muertos en el anonimato, enterramos de la manera más egoísta e insensible nuestro dolor. No nos duele aquello que no distinguimos, que no conocemos, que se nos presenta desde la nada. Y renunciar al dolor, o pretenderlo, es renunciar a la memoria. Y no hay justificación para ello.

No se merecen los muertos de las últimas semanas, los muertos de ayer, hoy y siempre, cualquier muerto –porque todos son nuestros muertos-, el frío anonimato de la estadística. Que los consideremos solamente un pequeñísimo porcentaje de una curva que crece o mengua. Un titular de diez minutos, una frase en un discurso interminable; una portada nauseabunda de un periódico que renunció al periodismo –para dedicarse, en cuerpo y alma, a la casquería-. No hay muertos pequeños, no hay muertos numerales. Y, sobre todo, no se merecen nuestros muertos que los usen con propósitos pugilísticos, para golpear al adversario. Nuestros muertos no son una granada, una bala o un cañón, como tampoco pueden ser un escudo o una trinchera. Respetar y amar a nuestros muertos supone reconocerte ante el espejo, ser capaz de levantarte cada día y abrir los ojos, sin sentir vergüenza. Y dignificar a los muertos, a los tuyos y a los míos, a todos los muertos, es lo poco que podemos ofrecerles. Lo poco, y lo mucho, que nos merecemos, también nosotros.

NO NOS OLVIDÉIS

No nos olvidéis. Es lo único que os pido, que cuando todo esto pase, que pasará, ya lo veréis, no nos olvidéis. No os olvidéis de los titiriteros, de los músicos, de las pintoras, de las escultoras, de los comediantes, de las humoristas, de los bailarines; no os olvidéis de los actores, de las actrices, de los directores, de los guionistas, de los figurantes, de las estilistas, de los ayudantes de producción, de las taquilleras, de las productoras. No os olvidéis, por favor, de los poetas, de las novelistas, de los cuentistas, de las libreras, de los editores, de las correctoras, de los bibliotecarios, de los impresores. No os olvidéis, os lo ruego, de las periodistas, de los fotógrafos, de los locutores, de los mezcladores, de las redactoras, de los diseñadores, de los repartidores, de las publicistas. Cuando todo esto pase, porque pasará, claro que sí, solo os lo pido que no os olvidéis de los violinistas, de las pianistas, de los tenores, de las contrabajistas, de las directoras, de los acomodadores. No os olvidéis de Felipe, Luis, Sara, Isaac, Eva, Charo, Pablo, Carlos, Javier, Lucía, Paula, Pedro, Belén, Miguel Ángel. No os olvidéis de Antonio, Marina, Daniel, Rafa, Carmen, Ricardo, Agustín, Manolo, Virginia, Salva. En este tiempo de confinamiento, muchos de vosotros habéis podido comprobar que la cultura no solo nos alimenta, nos nutre, también nos sana, nos cura. Nos salva de la ignorancia, del aburrimiento (que puede ser la puerta de entrada de la curiosidad, pero también del rencor y de lo retorcido, de lo terrible); nos salva de la desidia, de la desinformación y de la apatía. Porque la cultura, la información, son la luz en la oscuridad, el agua en el desierto, la calma en la tempestad. Porque vuestras vidas son más ricas, más plenas, más vividas, con un libro entre las manos, envuelta en música, frente a una pantalla o recorriendo una galería de arte. Porque no solo vivís más, vivís mucho mejor, mucho más. Y en estos días lo estáis comprobando, como nunca tal vez.

No nos olvidéis cuando esto pase, y no lo pido como contraprestación, porque hayamos entregado durante estos días de encierro nuestros libros, películas, museos, poemas, canciones o fotografías. No, no se trata de un trueque, de un quid pro quo, por todos los directos, charlas, cuentos, canciones, actuaciones compartidas en las últimas semanas, no. No es una devolución, no va de eso. Seguid compartiéndonos, usándonos, disfrutándonos, se trata de incorporarnos definitivamente a vuestras vidas como una rutina más. Paseíto de media hora y un cuento; protagonizar aventuras inimaginables, volver a soñar con un cómic. Un libro de poemas junto al cartón de leche, un cuadro colgando entre los embutidos, una película donde antes eran chismes, la memoria en el hueco del olvido, una canción en donde tanto tiempo habitó el silencio. Se trata de eso, de que sigáis/sigamos estando a nuestro/vuestro lado, queremos seguir siendo vuestra compañía, formar parte de vuestras vidas. No cerrar esta puerta que hemos abierto, cuando se ha cerrado la de la calle.  

Os lo pido, no nos olvidéis, que no volvamos a la desnudez, a la miseria, al vacío, a tener que renunciar a nuestras profesiones -porque han dejado de serlo-. Que no tengamos que recorrer ese infierno que muchos ya recorrimos, porque seguramente iremos muy justos de fuerza y demasiados caeremos en el intento. Han sido muchas las caídas y cada vez cuesta más levantarse y seguir recorriendo el camino. No nos olvidéis, os lo pido, por favor, por este presente que estamos compartiendo, por el futuro, que puede ser bueno, y hasta muy bueno, si entre todos nos comprometemos a que lo sea. Nosotros estamos dispuestos a ello, y a hacerlo a vuestro lado. Por todo esto, y por mucho más que no podría explicar con palabras, hablo de sensaciones y de emociones demasiado íntimas y personales, os pido que no nos olvidéis. Si esto vuelve a pasar, ojalá nunca más tengamos que vivirlo, y mucho menos nuestros hijos, nietos o nuestros mayores, muy especialmente, estaremos otra vez a vuestro lado. Tenedlo presente: estaremos. Te lo pido a ti que me lees, y al vecino del tercero D, y a mi dentista, y a la sanitaria desconocida y heroica, y al mecánico, y a la funcionaria de Correos, y también se lo pido al alcalde, y a la consejera del ramo, y al ministro -a pesar de sus declaraciones-, por favor, no nos olvidéis.

MIENTRAS CRUZAMOS LA PUERTA

Estamos cruzando la puerta, pero no sabemos lo que nos aguarda a continuación. Nos lo repiten una y otra vez. Todo será diferente. Nada será como antes, llega lo desconocido. Un nuevo tiempo. Y ante todas estas proclamas, ante semejantes vaticinios –tiempo de gurús, videntes e idiotas-, yo me pregunto: ¿qué mundo tan cutre y escuálido habíamos construido, después de tantos y tantos años, después de tanto y tanto currar, que no soporta un mes o dos de inactividad? Si no tuvieras ahorros para subsistir durante un mes, después de llevar años trabajando, todos dudarían de tu capacidad, de tu eficacia y de tu yo qué sé, no hablaría bien de ti, en cualquier caso. Quién no se ha roto una pierna, un hombro, o lo han operado de una hernia, o de un ligamento o de lo que sea, y se ha tirado un mes o dos de reposo, convaleciente, y eso no ha supuesto que su vida se haya transformado en otra cosa absolutamente diferente -o que haya acabado-. Pues nada, parece que esos ejemplos con nuestro sistema no valen, o nos dicen que no vale. Si el cambio es a mejor, pues mira, hasta lo compro, pero si va a ser para hacer lo de siempre, pues ya tengo mis reservas. ¿Recordamos la gran crisis financiera de 2008? Esa que generaron unos pocos y que pagamos todos, esa misma. ¿Recordamos las proclamas y augurios de aquellos días? Pues eso, que el resultado fue que los que la liaron parda, los que reventaron la burbuja a costa de inflarla -al mismo ritmo que inflaban sus bolsillos- acabaron siendo los grandes beneficiados y los estafados, los que nunca fuimos a las salas VIPS, los que no tuvimos cuentas en Panamá, ni segundas residencias ni coches de gama alta ni acciones ni tantas y tantas cosas acabamos, de rodillas, bayeta en mano, limpiando los churretes de una fiesta a la que nunca fuimos invitados.

Estamos cruzando una puerta de considerable grosor, me temo que nos va llevar un tiempo y que, finalmente, cuando creamos ver la luz, la veremos muy lentamente, como si se tratara de una secuencia rodada por Bergman. Mientras eso sucede, propongo que aprovechemos este momento para recuperar o restaurar emociones, contactos, que hemos olvidado en el tiempo. Estoy seguro que este prolongado confinamiento propiciará que haya un aluvión de separaciones y divorcios -para quien pueda pagarlo, claro-, pero creo que también traerá renovación de enamoramientos, o enamoramientos, a fin de cuentas; redescubrir sensaciones, pasiones del pasado, que la rutina, eso que llamamos el día a día, se empeña en esconder -en el armario de los sentimientos-. Y algo parecido nos puede suceder con nuestros hijos. Yo estoy disfrutando mucho de mi familia estos días. Apenas hablo por teléfono, prefiero hablar con ellos. Muchas horas hablando, contándonos de todo, y larguísimas tardes de juegos, parchís o Monopoly, en las que no paramos de reír, de saltar y brincar con las jugadas más decisivas. En un principio lo entendí como meros pasatiempos con los que mejor sobrellevar el confinamiento, pero hoy ya lo considero como un regalo, tal vez el único, de este tiempo extraño y atroz.

Estamos cruzando la puerta y todavía no somos capaces de adelantar lo que nos encontraremos a continuación -salvo los gurús y los idiotas, claro-. No sabemos si habrá luz, o por el contrario la oscuridad nos cubrirá. No sabemos si nos encontraremos ante un nuevo mundo o más de lo mismo, que es el temor de tantos, mi gran temor. Nos encantan los hashtag de buenas intenciones, #unidos #solidaridad #venceremos, del mismo modo que nos gustan las películas malas con final feliz, pero a la hora de la verdad lo mío es mío y mis privilegios son mis privilegios y los quiero conservar todos, por encima de todo y todos. Y así es muy difícil que este barco en el que llevamos navegando durante tantos y tantos años siga a flote. Por eso, en mi casa al menos, mientras cruzamos la puerta, hemos optado por fijar las juntas, por elevar el nivel de flotación, vaya que luego la marea o lo que sea, sea mayor de lo que imaginamos.

EJERCICIOS DE ESTILO

Servicios profesionales Salvador Gutiérrez Solís

Me ha costado mucho, muchísimo, ponerme frente a la pantalla del ordenador para escribir estas palabras. Más que nunca. ¿Pará que escribir? Si me asomo medio metro y contemplo las troneras que me rodean siento pudor, rubor y estupor. También horror. A dos metros, el experto que todo lo sabe, que todo lo supo y que todo lo sabrá. El sabio, y da igual el asunto, sabio en todas las materias, de la hípica a la pesca, de la política a la ópera. Y ahora, claro, también sabio en pandemias. Más allá, el “ya te lo dije”, que es el sabio a posteriori, el de los ajos y el salmorejo, el adelantado a su tiempo, sobre todo cuando el tiempo ha pasado. No nos olvidemos del apocalíptico -de un amarillo canario-, que cada segundo nos cuenta las bajas, mientras se vuelve a poner el termómetro y a analizar ese tosido de hace tres semanas. Todos hemos tenido fiebre y tos y 10 coronavirus en los últimos días. Y tenemos al idiota, con sus ejercicios de estilo a lo Queneau, esperando su lluvia de retuits, likes y al que le grita “qué bonito” desde el balcón, como si lo gritara al violinista que ameniza esta espera, para sorpresa de los vecinos. Es un idiota, a secas, no es Queneau. Con semejante panorama, qué escribir, para qué, si ya lo han dicho todo, desde la mentira hasta la hipérbole, desde la desvergüenza hasta el abismo, desde el artificio a la soberbia. La soberbia, sí, tan presente en estos tiempos de aislamiento y exposición. Un tiempo bipolar, de reclusión y apertura. Benditas redes sociales, gritó uno, pero algunos no deberían tener, dijo otro, y puede que los dos tengan razón. Las redes sociales guardan un cierto paralelismo con las armas de fuego: no todos pueden tener una pistola en la mano. Habrá quién la utilice, simplemente, para poner a prueba su puntería. Habrá quien lo entienda como un elemento esencial para su seguridad, para seguir respirando tranquilo (desconfío de quien se sienta seguro con un arma cerca). Pero habrá quien la utilice para matar. Allí, a la derecha, mire, otro francotirador.

Tengo miedo, sí, mucho miedo, y reconocerlo forma parte de la terapia. Lloro todos los días, varias veces todos los días. Y eso no me convierte ni en mejor persona ni en un blandengue. Solo es la representación de un hombre que tiene miedo, asomado al abismo. Me esfuerzo cada día en aferrarme a una rutina que actúe como venda o como látigo. Seguir la zanahoria, que la rueda del molino no deje de girar. Una vez alguien me dijo que lo realmente fundamental es no bajarse nunca de la noria. A ratos, cerca del cielo, a ratos a ras del suelo, pero siempre subido en la noria. Tal vez sea esa la definición más exacta de la vida. O tal vez esa sea la definición que pretendemos aplicar a nuestra vida, que parece lo mismo y no, tiene sus diferencias. Mantener la cabeza fría, nos dicen, y yo me repito, y eso que prefiero no comprobar si la tengo fría o caliente vaya que descubra la temida fiebre. Todos hemos tenido fiebre. Y suena el despertador, y vuelvo a escribir cafetera y mantra. Un nuevo día, tal vez de menos, esa es la esperanza.

Unos días atrás, abominé de los memes y de todos los chistes y gracietas que nos llegan al móvil. Me arrepiento de aquello, qué confundido estaba: los memes salvan vidas. Con todo lo que hemos hablado de los límites del humor, que hemos convertido en un atentado a la libertad de expresión -hasta los mismos de tanta corrección y tanta patochada-, para acabar siendo todos unos irreverentes, entregados a reírnos a carcajadas de esta tragedia que nos asola. ¿Hablamos ahora de los límites del humor? En momentos como los de ahora, debemos agradecer, y mucho, que el humor no tenga límites. Como tampoco los tiene el amor, que siempre nos salvará, hasta del abismo más profundo y cercano. Tal vez sea esa la receta, amor y humor, y luego usted añada los ingredientes que más le gusten o convengan, como a esos gintónics de moda a los que nos falta añadirles fideos y un hueso de jamón. Al gusto del consumidor. Un ejercicio de vida, que no de estilo, aunque nos quedemos sin likes, sin retuits y hasta sin aplausos desde los balcones.

EL PARAÍSO QUE NUNCA FUE

Si fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han estado instruyendo para todo esto por lo que estamos pasando. Nos enseñaron, primero, que tener una propiedad, una casa especialmente, era lo más parecido a alcanzar nuestros sueños, y nos entregamos a ello sin freno ni control. Inflamos tanto, tanto, la burbuja que acabó reventando. Y todos, de un modo u otro, reventamos a la vez. Eso sí, con nuestras hipotecas a treinta y cinco años, condenados, en la mayoría de los casos, a vivir en la misma casa durante ese tiempo, sin tener en cuenta nuestras circunstancias. Esas casas que nunca reconocimos como el yugo y que llenamos de comodidades y avances tecnológicos para mejor disfrutarlas. Internet a banda ancha, a todo lo que da, sin límite de descarga; pantallas de televisión del tamaño de una mesa de ping pong; unas cocinas que jamás habrían soñado nuestros padres, donde jugamos a emular a los grandes cocineros; esplendorosas y frondosas zonas ajardinadas, piscinas comunitarias, pistas de pádel y de fútbol sala, parques infantiles, en el glorioso universo de las urbanizaciones en las afueras, la gran metáfora de la propiedad en este tiempo. Convertimos las cenas con amigos, sin salir de casa, para qué, en el gran acontecimiento de nuestras duras semanas -para pagar el hipotecado sueño-. Y Amazón y Aliexpress nos comprendieron y nos pusieron el mundo a nuestra disposición, solo con introducir el número de la tarjeta de crédito en el lugar correspondiente.

Si fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han instruido en mantener relaciones a distancia, muy cómodamente, sin tener que salir de casa. Del adictivo Messenger a las redes sociales de la actualidad, que en muy poco tiempo nos convirtieron en consumados periodistas, en expertos fotógrafos y en tipos especiales, mil felicitaciones recibimos en nuestro cumpleaños. Y, lo más importante, en muy poco tiempo tuvimos amigos en Argentina, Marruecos, Toledo, Murcia o Badalona sin necesidad de mover los pies de nuestra casa. Amigos de verdad, con los que hemos construido una nueva y sólida sociedad, que se rige por principios muy parecidos a la real, pero de la que puedes formar parte sin esfuerzo alguno. Las deslumbrantes videoconsolas actuales, en las que protagonizamos apasionantes aventuras o le metemos un gol por la escuadra a Ter Stegen, son el resultado de un lento pero continuo aprendizaje de años, desde que mordimos el anzuelo con los viejos Spectrum o con el Comecocos. Y llegaron las plataformas digitales, con sus mil canales, de golf a pesca, y sus series alucinantes; el cine llegó a casa, nos repetimos. Pero es que hicimos lo mismo con la música o con la lectura, hasta el punto de que arrinconamos a nuestros orondos discos duros, que durante mucho tiempo fueron nuestro gran templo cultural y memorialista.

Y llegamos a este momento, en el que todas esas habilidades y conocimientos adquiridos durante décadas alcanzan todo su esplendor. Nuestros hijos ya no necesitan ir al colegio, se las apañan de maravilla con Hangout, Skype o el Classroom. Teletrabajamos desde la cama, en pijama, a veces son las doce y todavía no nos hemos cepillado los dientes, y eso que ya hemos mantenido dos reuniones. No tenemos que comprar entradas para conciertos ni soportar codazos, Coldplay o Coque Malla actúan en el salón de casa; visitas privadas al Louvre o al Prado, Velázquez como jamás lo podríamos haber imaginado ver. Me pongo en forma con la reina del fitness y gracias a un tutorial de Youtube por fin cumplo uno de mis sueños: estoy aprendiendo a tocar la guitarra. En fin, qué le digo, si yo fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han estado instruyendo para este virus que castiga, y de qué manera, el contacto, las relaciones. Y la trampa en la que ahora estamos encerrados, nuestra casa, nunca la hemos considerado como tal, sino como lo más parecido al paraíso.

LA FIESTA DE LA PRIMAVERA

Suena el despertador, hoy no es tan desagradable como otros días. No hay rencor en nuestra reacción, no nos queremos vengar de su exactitud. El amanecer se cuela por las rendijas de la persiana, prudente y hermoso, anaranjado, cálido. Desde la ventana, contemplas a los más madrugadores que sacan sus perros a pasear. Esa mujer de rebeca gris, la del pelo cobrizo, la crees ver cada mañana haciendo justamente lo mismo, lo firmarías sin dudar, como si se tratara de un dejà vu milimétrico, inalterable. Esa rutina que te tranquiliza, que confirma tu lugar en el mundo. Porque todos contamos con ese lugar, el que más se adapta a nuestra espalda, a nuestras piernas y a nuestros pensamientos. La cafetera cumple con su función, silba su aliento de olor, y no tarda en invadir toda la casa, como el gas más delicioso e inofensivo. Se cuela por debajo de la puerta, por la terraza, por el respiradero, y se funde con el olor procedente de las casas de los vecinos, y con el del pan tostado, y el de los cacaos recién hechos, y el de las primeras ollas, y el de los sofritos, y con el de esa carne en salsa que te entusiasma desde la distancia. No hace tanto, estuviste a punto de preguntarle la receta a los vecinos, esa pareja mayor que congrega a sus hijos y nietos con una paella todos los domingos, y por no sé qué no lo hiciste. Te quedaste con la duda, o tal vez prefiriendo admirarlos desde la distancia, como a uno de esos ídolos que nunca conocemos para seguir manteniendo intacta su magia. Algún niño llora, pero por el madrugón, por tener que abandonar su cuna de sueños y seguridad, y busca con la mirada ese peluche de vivos colores que se difuminó cuando comenzó a dormirse. Sigue ahí, con su sonrisa, el peluche, junto a la cuna.

Comienzas la mañana tomando café, leyendo el periódico en el móvil o leyendo los mensajes acumulados. No puedes evitar reír al leer las ocurrencias de Paco, es el rey de los memes. Los compartes con otros amigos, y sonríes al hacerlo. En la radio suena una canción de David Bowie, que te pone un poco triste, porque ya no está, pero también te alegra, te traslada a aquella noche en aquel bar. Eras joven. Tus hijos remolonean pero cumplen con el horario, el trabajo y los colegios aguardan. En el ascensor, sin saber por qué, recuperas las palabras del locutor de radio, adelanto de la primavera, y tú mismo lo confirmas cuando ves el azahar, como una cálida nevada, cubriendo el techo de los coches. Una buena fotografía para subir a tu Instagram, una acción poética natural e inesperada. En la panadería están colocando las piezas en los mostradores, en el quiosco de prensa los fardos de periódicos se alinean en la parte delantera. Los fines de semana, los domingos, sobre todo, te gusta charlar un rato con Encarna, cuando vas a comprar el diario. Comentáis las portadas, los hechos más relevantes. Encarna te recuerda a aquella profesora de Lengua, tan ordenada, tan pulcra, tan eficiente, que consiguió que la sintaxis o la morfología dejaran de ser espacios hostiles. Tenía buena mano, sí, doña María, sí, doña María, la recuerdas con frecuencia, al igual que a aquel chico que hacía el cubo de Rubik en 14 segundos o a aquella chica con la que bailaste en una fiesta del instituto.

Cualquier día puede ser el de la fiesta de la primavera, incluso uno de estos días recientes, pesados y oscuros, por los que transitamos. Basta con querer, con imaginarlo, con intuirlo. Todas las enfermedades, se habla especialmente del cáncer, pueden tener evoluciones muy diferentes dependiendo del estado anímico de la persona que lo padece. Cuando la enfermedad es colectiva, como la que estamos padeciendo en este preciso momento, también debe serlo el estado anímico. Un estado que se construye, alejándonos del catastrofismo, que no de la realidad, evitando la propagación de las noticias falsas, apartando el fuego de ese inflamable gas que es la histeria, cuando es colectiva. Es el momento de la prudencia, de la responsabilidad, y también de ayudar al que peor lo esté pasando. Pronto, volveremos a disfrutar de la primavera, como una fiesta, como una alegoría de un tiempo nuevo y bueno. Mejor, sin duda. Querer es poder.