ÉRASE UNA VEZ MAYO

¿Nos da algo para la Cruz de Mayo?, le preguntábamos al nuevo posible benefactor con el que nos encontrábamos, como si la Cruz tuviera necesidades alimenticias o de cualquier otro tipo. Comenzamos con cajas de cartón, las vacías de las botellas de leche Colecor eran las más preciadas. Recias, robustas, crujientes, y muy resistentes. Eran unas botellas de litro y medio de un plástico semitransparente que luego también tenían su utilidad. Bien recortado el cuello de la botella, con su correspondiente globo, era un tirador fabuloso. Eso sí, lo que se dice apuntar, era más que complicado apuntar. Recuerdo tardes de verano desayunando una botella de Colecor, muy fría, junto a un plato de rosquillas. En ese tiempo en el que la lactosa era una ciencia ficción y la leche se consideraba como el gran alimento. Mientras más, mejor. Las Cruces de Mayo con las cajas de cartón, y decoradas con gitanillas y geranios de las macetas de mi madre. La de sofocones que le di, todo el año cuidando sus flores para que yo se las guillotinase en un plis. Y pasamos a la Cruz minipaso, en aquellos años en los que los costaleros conformaban una especie de mitología, y hasta íbamos a verlos a ensayar, como si se trataran de guerreros legendarios que practicaban con sus espadas. En la Cruz minipaso había que dividir las ganancias, ya que como poco éramos dos los que la “cargábamos”, pero también es verdad que las ganancias eran mayores, especialmente al principio. Cosas de la novedad. En muy poco tiempo, tan poco y tan rápido que me es imposible precisar, comencé a disfrutar las Cruces de Mayo desde otra perspectiva: con los codos apoyados en las barras de aluminio. Pimientos fritos, flamenquines y un poquito de salmorejo, que no falte. Durante 3 décadas viví entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, en la calle Buen Suceso, imposible que las Cruces no formaran parte de mi calendario, en cualquiera de sus modalidades y situaciones.

Y lo mismo me sucede con los Patios, que siempre he considerado como la expresión más auténtica y genuina de cuantas tenemos en Córdoba. Si algo nos define y diferencia son los Patios, no me cabe duda. Porque ferias, hay muchas, al igual que catas, y las Cruces también se pueden disfrutar en otros lugares, como en Granada, por ejemplo. Pero para ver y conocer los Patios hay que venir a Córdoba. Si rebusco en la memoria del niño que fui puedo recordar los Patios antes de que tuvieran colas, horarios y aplicaciones, cuando eran microcosmos que conformaban la Córdoba más esencial. Recuerdo ir a casas de amigos donde los vecinos esperaban en el patio su turno para ir al servicio compartido. Recuerdo patios por los que atrechábamos para ir de una calle a otra. Recuerdo patios en los que se comían caracoles a media tarde, entre jazmines y buganvillas. Recuerdo patios con perros somnolientos y canarios de colores cantando en sus jaulas. Recuerdo patios en los que el concepto de familia era muy diverso, porque además de la propia tenías la que formabas con tus vecinos. Los Patios, en Córdoba, suponen lo que fuimos y que, en gran medida, seguimos siendo. Y por eso es de agradecer el esfuerzo que realiza todos los años este periódico, para que su ya célebre Guía de Los Patios siga siendo una realidad que todos podemos disfrutar.

Se me acaba el espacio y todavía me queda mucho mayo que recordar. El de la Cata, por ejemplo, o el de las ferias, porque en mi infancia y juventud yo disfruté dos por igual, la de la Salud y la del colegio, en los Salesianos. Aquellas casas del terror construidas con pupitres, que son casi los antecedentes de los escape room actuales, o la tómbola en el pórtico, o las primera fiestas y ese momento en el que sonaba Spandau Ballet y soñabas con que la chica que te gustaba dijera sí cuando la invitabas a bailar. Aunque incómoda, la Feria en Los Patos tenía su encanto, y sus peligros. En El Arenal nos adaptamos al más de lo mismo, con todas sus comodidades y demás ventajas, pero yo nunca la disfruté tanto como la anterior. Porque mayo, nuestro mayo, tiene mucho de adaptaciones y de peligros, y también de recuerdos, que ojalá pronto escapen de la memoria para volver a ser una realidad.

LEER, VIVIR, AMAR #DíaDelLibro

Me ha llevado un tiempo escoger el orden en el que aparecen las tres palabras del título, porque todas las variaciones me gustaban, todas tenían su justificación y todas me representaban. No creo que haya acertado con el título escogido, o tal vez todos los posibles títulos fueran acertados, que también cabe esa posibilidad. Y es que combinar, en mi caso, y seguro que en el caso de muchísimas más personas, leer con vivir y con amar es muy fácil, ya que los tres verbos se conjugan y se desenvuelven, con soltura, en la misma frase. Cada vez que escribo sobre leer, la lectura y los libros, a mi cabeza llegan un sinfín de palabras y expresiones amplia y repetidamente empleadas que, por eso, no dejan de ser ciertas. Por ejemplo, seguro que le suena: quien lee, vive más. Sí, es muy recurrente, pero es que no puede ser más cierta. Gracias a los libros he recorrido las entrañas de los palacios más abrumadores de París en el XIX, me he colado bajo la piel de un asesino en serie, o he soñado con una nueva vida, con otro padre que no era mi padre, en el Nueva York de los 60. He recorrido las tumultuosas calles de El Cairo, Lima o Pekín, he sentido el peso de una espada en mi mano y he descubierto en un mapa dónde se encuentra el tesoro, en aquella hermosa e inaccesible isla. Y todo eso, y mucho más, no lo he leído simplemente, lo he vivido, dentro de mi cabeza, sí, pero con una veracidad tal que no supe diferenciarla de la realidad. En esos momentos, mientras lo leía, era real. Otra frase que se utiliza mucho por estas fechas, especialmente, en torno al Día del Libro, el próximo 23 de abril, es aquello de que la lectura, los libros, nos hacen más libres. Tan simple como cierto. Todos los libros, hasta el peor que podamos leer, esconde una enseñanza, de mayor o menor envergadura, pero enseñanza. Mientras más leemos, más conocimientos adquirimos, y no sólo eso, hablemos de amplitud de miras, de nuevas perspectivas, que los libros nos ofrecen. Sí, porque nos enseñan a contemplar el mundo con otros ojos.

Y ahora voy con una de mis favoritas: quien te regala un libro, no sólo te quiere, también te estima. No sé quién es el creador, pero desde que la escuché por primera vez se me ha quedado y cada vez que puedo la repito. Regalar un libro, y no me refiero a comprar uno de la pila más alta, requiere su tiempo y esfuerzo, porque pretendes que sea consecuente, ajustado, con la personalidad del regalado. O porque pretendes que sienta lo mismo que tú sentiste al leerlo. O porque en ocasiones nos volvemos “futboleros” con determinadas cuestiones, como son los libros, y esa novela que hemos leído es la mejor del mundo mundial y necesitamos aliados en nuestra causa. O por mil motivos más, da igual. Regalar un libro tiene mucho de elegancia, de inteligencia, pero también de admiración por la otra persona. Le debo mucho a los libros, tengo claro que sin la lectura sería otra persona, y doy por hecho que peor, en todos los sentidos. Más neutra, más simple (que no sencilla), más previsible, más gris. Menos yo, o algo parecido.

Motivos más que suficientes, y otros muchos que requerirían de más y más espacio, para celebrar el Día del Libro como se merece. Entrando en las librerías, a las más cercanas, mejor, buscando en los anaqueles, comprando, sí, comprando, que sin dinero no habría ni editoriales, ni librerías, ni escritores ni libros. Tengamos en cuenta que el gran objetivo del 23 de abril, además de recuperar y prestigiar fechas simbólicas, es el de que los lectores y los libros se encuentren, que por lo menos haya ese primer encuentro. Lo siguiente, el gran reto, es que los libros formen parte de nuestras vidas, que los naturalicemos como unos elementos más, rutinarios, cercanos y necesarios, de nuestras existencias. Ese es verdaderamente el gran reto. En este tiempo de vacunas, tenemos en las librerías las más eficaces contra la ignorancia, el aburrimiento y el pensamiento único. No tienen efectos secundarios y puedes administrarte las dosis que consideres, que su consumo abusivo, y hasta su adicción, está considerado como muy beneficioso. Yo, por si las moscas, trato de vacunarme a diario. Leer, vivir, amar.

LIBRERÍAS

El pasado viernes, aunque fuera 13, celebramos -en plural, porque es una celebración colectiva- el Día de las Librerías. Y aunque todos los días deberían serlo, por todo lo que suponen, o deben suponer, para nuestras vidas, es bueno y saludable que al menos una vez al año se subraye en el calendario. En este tiempo, muy especialmente, deberían instaurar otro día celebratorio, el de los libreros y libreras, ese gremio a prueba de fuego y golpes, resistentes como el acero, que no dejan de ser el alma, el corazón y todo lo demás de las librerías. Conozco libreros y libreras maravillosas a lo largo y ancho de la geografía española. Personas comprometidas con su trabajo, que lo entienden como un auténtico servicio público. De un conocimiento y formación fuera de toda duda; en más de una ocasión los he escuchado con la boca abierta, disertando sobre algún autor o recomendando con pasión una obra. En todas las librerías que he visitado como autor, por muy diferentes motivos, me he sentido valorado y querido, mimado la mayoría de las ocasiones. Entrar en una librería, al menos para mí, y sé que no soy el único, tiene algo de ceremonia, de celebración, de bullicioso nerviosismo infantil, ese deseo de descubrir nuevos tesoros, nuevas aventuras, nuevas vidas. Es normal que hayan relacionado las librerías con el paraíso, con espacios de libertad, con catedrales del saber y con no sé cuántas cosas más, bellas y hermosas, válidas todas ellas, y cargadas de razón. Para mí, e imagino que para muchos, sería inconcebible una ciudad sin librerías, del mismo modo que lo sería un cuerpo sin corazón o una canción sin acordes.

Necesarias, todos deberíamos visitarlas, escuchar y hablar con las personas que las gestionan, no sólo en su día, con frecuencia. Y comprar libros, sí, porque todas esas bondades antes expuestas quedan en nada cuando no se pueden pagar las nóminas, los alquileres o las hipotecas, o cuando los impuestos te estrujan o es imposible asumir nuevos pedidos, por falta de liquidez. Sí, se trata de dinero, ese mismo dinero que nos dejamos en las librerías cada vez que compramos un libro. Es un tema prosaíco, sí, llámelo como usted quiera, pero sin dinero muchos sueños y buenas intenciones se van directamente al pozo de la ruina y del olvido. Y no corren buenos tiempos para las librerías, no, no lo son, por muy diferentes motivos. Esta maldita pandemia también las está maltratando sobremanera, reduciendo aforos y horarios, padeciendo ese miedo que nos frena a la hora de entrar en espacios cerrados -aunque los datos de contagio en eventos y recintos culturales sean insignificantes-. Aunque la gran tragedia de las librerías de cercanía procede de la desigual competencia que mantienen con las megaplataformas digitales, esas que nos llevan el libro a nuestra casa en unas pocas horas, y que nosotros seleccionamos a golpe de click. Y en muchos casos el precio es exactamente el mismo, pero sin contacto humano, sin atender recomendaciones o buenos consejos, nuevamente tumbados en el sofá, tal y como pretenden que consumamos los canales de venta más importantes que dominan el negocio digital.

Aplaudo hasta el dolor de manos el nacimiento de todostuslibros.com, una iniciativa valiente, innovadora, inteligente y solidaria, que ha unido a muchísimas librerías de toda España, aferrándose a esa sabia máxima -tan antigua- que dice aquello que la unión hace la fuerza. El factor precio desaparece, es idéntico al de los gigantes, del mismo modo que lo hace el de la variedad, donde tal vez cuentan con mayor número de títulos las librerías. Y también te lo llevan a tu casa, pero cuando accedes a su web puedes seleccionar tus librerías favoritas, así como leer recomendaciones, consejos y hasta adquirir chequelibros para regalar. O sea, un magnífico concepto, en una plataforma muy bien diseñada, con todos los avances tecnológicos, pero con el calor de la librería tradicional. Qué puede salir mal. Espero muy sinceramente que nada. Porque tal vez sea la única o última manera de mantener con vida a todos esos corazones que laten en las librerías de nuestras ciudades, y que tanto calor nos ofrecen. Que no llegue el frío.

REEDICIÓN DE LOS AMANTES ANÓNIMOS EN LA PRIMAVERA DE 2021

Tengo que contarlo, porque sois much@s los que estáis preguntando. Con la entrada de la primavera llegará una nueva edición de Los amantes anónimos, la primera novela de Carmen Puerto. Pero no será la misma obra que vio la luz en 2016. Mantiene la trama original y… 

Lo fácil habría sido reimprimir la versión original, pero no nos gusta lo fácil. Así que nos hemos vuelto a poner ante al ordenador… no es una reedición al uso. Os puedo asegurar que gana mucho con la «reforma». Y la publica, como El lenguaje de las mareas, Almuzara. 

Habrá que ir pensando, también, en una nueva portada para Los amantes anónimos. Carmen Puerto la tiene clara, pero a mí me parece un tanto arriesgada…

#LosAmantesAnonimos #Primavera2021 #NuevaVida

#ElLenguajeDeLasMareas

#CarmenPuerto

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS. PUNTA DEL MORAL, AYAMONTE

El punto de partida de El lenguaje de las mareas (Almuzara) resulta tremendamente familiar: dos chicas jóvenes desaparecen una noche a finales de agosto en las inmediaciones de Punta del Moral, Ayamonte, después de haber estado con unas amigas en un chiringuito de la zona. No hay que rebuscar demasiado para encontrar casos similares en la crónica nacional; suceden más a menudo de cuanto uno quisiera y, por desgracia, suelen tener el desenlace más temido. En este punto, Salvador Gutiérrez Solís parece inspirarse en el caso de Diana Quer, que una noche de agosto de 2016 se dio de bruces con José Enrique Abuín, una mala bestia que le arrancó el alma de una manera atroz. Al lector también le resultará familiar la cobertura mediática que rodea este tipo de noticias; el morbo que despiertan, no el espanto; el mercantilismo que las convierte en grandes titulares. En apenas unos días, la desaparición de las dos chicas en Punta del Moral, Ayamonte, pasa a formar parte del menú diario de esos programas televisivos en manos de periodistas y tertulianos que se comportan como si lo supieran todo de absolutamente todo, que jamás dudan y raramente rectifican, ignorantes de que la duda y la capacidad de rectificación distinguen al sabio del necio.

Las chicas desaparecidas en Punta del Moral, Ayamonte, se llaman Sandra Peinado y Ana Casaño, de 17 y 18 años de edad respectivamente, nacidas en la lejana Rusia, pero adoptadas siendo bebés por dos familias pudientes que suelen pasar las vacaciones de verano en la costa onubense. El padre de la primera de ellas estaba ya en el punto de mira de la prensa por razones bien distintas, pero igualmente familiares para el lector: un caso de corrupción en las altas esferas políticas en torno a ciertos másteres falsos que involucra a la líder del Partido Nacional, un claro trasunto del Partido Popular, que ha cultivado el clientelismo con fruición, convencido de que la ciudadanía es tonta del bote. Se teme que la desaparición de las chicas sea una represalia por estos chanchullos, pero la aparición de una de ellas con vida altera la brújula de los investigadores: los rastros de semen hallados en la camiseta de la chica pertenecen a un joven de la zona que estuvo implicado en una violación grupal, años atrás; otra historia habitual en los periódicos y en los telediarios. Sin embargo, en ocasiones buscamos los demonios lejos de donde realmente se esconden: la ficción da varios sorprendentes giros y en uno de ellos se acerca al caso Asunta Basterra, ocurrido en Galicia en septiembre de 2013, en torno al asesinato de una niña de doce años a manos de sus padres adoptivos. No debiera sorprendernos esta continua labor de zapa en la actualidad; en definitiva, el tiempo presente es el territorio privilegiado por la novela negra.

El lenguaje de las mareas tiene una extraña protagonista, la investigadora Carmen Puerto -una paranoica que el autor no se decide a tratar como tal-, que vive encerrada en un apartamento de Sevilla sin apenas contactos con el exterior; ella compone el puzle desde la distancia, gracias a las piezas sueltas que va encontrando en las redes sociales y en la Internet profunda, ese inquietante abismo hodierno en el fondo del cual se escuchan reptar criaturas lovecraftianas. A pesar del protagonismo de Carmen Puerto, la historia es coral y arborescente. Salvador Gutiérrez Solís construye un complejísimo mecanismo narrativo que le permite saltar de un personaje a otro, de una circunstancia a otra, de una acción a otra, y crear el cuadro más complejo, completo y verosímil posible. Al novelista le interesan los investigadores y los investigados, las víctimas y los posibles verdugos, los ciudadanos libres de toda sospecha y aquellos otros que tienen mucho que ocultar, etc. pues todos ellos desempeñan un papel en la trama, en cualquier trama. Nada es sencillo en estos casos. Mención especial merece el protagonismo del paisaje, un territorio fronterizo en la desembocadura del Guadiana, sabiamente explotado. Lo que pasa en Punta del Moral, Ayamonte, sucede en el mundo.

Crítica de José Abad para el diario Granada Hoy, aparecida el 27 de octubre de 2020.

https://www.granadahoy.com/ocio/Punta-Moral-Ayamonte_0_1513348802.html

CULTURA SEGURA

Todos los días, casi todos los días -el siempre de “todos” me agobia-, leo poesía. Por la noche, antes de irme a la cama y seguir leyendo narrativa. Soy muy curioso, y me intereso por lo que escriben los jovenes poetas somalíes, asutralianos o turcos; o me dedico a descubrir todas esas grandes poetas, mujeres, que hemos intentado sepultar en el olvido o recupero algún clásico que no he leído lo suficiente o yo qué sé. Son muchos los años que llevo haciendo esto, sin método, sin tratar de memorizar, sin anotar nada, viajero sin brújula. Muchas noches, cuando termino de leer, me planteo que los días siguientes deberían ser como los poemas que he leído. Y así he imaginado días luminosos gracias a Wisława Szymborska, días funambulistas, como planeados por Gil de Biedma; o días extraños y mágicos, como un poema de Alejandra Pizarnik. Normalmente, no se acaban cumpliendo, claro, y eso que algunas veces tengo días muy García Casado, pero el simple hecho de imaginarlo, de insinuarlo, me produce un cierto placer, bienestar, no sé cómo explicarlo. Tal vez no sepa explicar una necesidad, del mismo modo que me costaría demasiado explicar la sed, el hambre o el deseo. Porque para mí la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, desde un poema a una serie de televisión, de un disco a una película, de una novela a un cuadro, es una necesidad. ¿Fisiológica? Pues seguramente, no quiero ni puedo imaginar una vida, un futuro, sin cultura de la que alimentarme.

En mi caso concreto, la cultura es, además, un medio de vida. Y recupero la imagen del funambulista, pero sin red y sin arné de seguridad, claro. Vivo, y contribuyo a que vivan los miembros de mi familia, de lo que escribo. Ahora que se habla tanto de la gesta de Magallanes y de Elcano, esto también tiene su mandanga, sobre todo porque cada día las tormentas son mayores y la nao está más cascada. Ya no me quedan manos con las que tapar los agujeros del casco. Pero yo no soy una excepción, todo el sector cultural, en cualquiera de sus manifestaciones, y en cualquiera de sus ámbitos, de los productores, a los creadores, pasando por los técnicos y demás profesionales con relación, se han visto afectados. Gravemente afectados, hasta el punto que muchos de ellos han tenido que cerrar las puertas y poner punto y final a su actividad. Porque si este maldito virus está siendo terrible con el sector del turismo, o con el de la hostelería, no lo está siendo menos con todos los que nos dedicamos a la cultura, que hemos visto como todo lo conseguido durante tantos, y tantos, años de esfuerzo y vulnerabilidad, se ha derrumbado en un instante. Y ha sucedido porque hemos sido tradicionalmente un sector laboral tremendamente frágil, a expensas de las inclemencias externas. Y si en el pasado un resfriado o una gripe nos ha mandado a la cama, este virus nos ha machacado sin piedad, y apenas hemos podido encontrar nada a lo que agarrarnos. Casi nada.

La semana pasada asistí a un concierto, de Viva Suecia, una banda murciana que admiro profundamente y que me parece de lo mejor que se ha incorporado a la escena musical española de los últimos años. La última vez que acudí al recinto donde tuvo lugar la actuación, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, nos recibieron con un chupito de ese licor bárbaro e impronunciable. La semana pasada fue con gel hidroalcóholico, que no nos bebimos, claro. Una vez dentro me sorprendió la distancia entre los asientos, que no nos permitieran, como en los bares, estar juntos los grupos de amigos. Que apenas pudiéramos ponernos de pie, que nos quitáramos las mascarillas con demasiada antelación antes de beber. Me sentí muy seguro, es cierto, pero también muy controlado. Si todas esas medidas se hubieran tomado en otras propuestas de ocio y consumo, no habrían abierto el 90% de los bares y restaurantes, las playas habrían ofrecido otro aspecto este verano y seguramente muchos centros comerciales no habrían abierto sus puertas. Sin embargo, y a pesar de no haberse dado un solo contagio en las actividades culturales, el nivel de exigencia en muchísimo más elevado que en cualquier otro ámbito. ¿Por qué? ¿Alguien puede o quiere responder a esta pregunta? No me cansaré de repetirlo: una sociedad que no cuida a su cultura, que maltrata sus creadores, que pone trabas a quienes la hacen posible, es una sociedad que demuestra mucho más que su miopía, más aún, su ceguera. Y la oscuridad solo trae el horror y el vacío. La nada.

COLEGIOS, LAS PUERTAS DEL MAÑANA

A pesar de los septiembres de cafeteras y apreturas, en mi memoria el colegio permanece como un lugar y como un tiempo especial, privilegiado, deslumbrante en muchos momentos. Lo pasé muy bien en el colegio, muy bien, e igual de bien en mis años de Bachillerato (Unificado Polivalente) y COU. Los recuerdo como muy buenos años, vividos intensamente. Hasta quinto de EGB estudié en un colegio próximo a mi casa, en el López Diéguez, donde también estuvo varias décadas antes Pablo García Baena. Como para dudar de los beneficios de la enseñanza pública (y lo digo por el poeta, claro). En sexto comencé mi periplo en los Salesianos. Ahora me doy cuenta de que nunca he sido creyente, que jamás he sentido eso que llaman fe, pero reconozco sin pudor que todos los 31 de enero y los 24 de mayo recuerdo a Juan Bosco y a María Auxiliadora y que aún me sé, de principio a fin, el Rendidos a tus plantas. Defensor, como soy, de la enseñanza pública y de la laicidad como concepto, jamás he escondido mi pasado en los Salesianos. Es más, considero que en gran medida aquellos años han sido fundamentales en la construcción del hombre que hoy soy. Ya no sé si eso se sitúa en el deber o en el haber del colegio.

Mis amigos de aquel tiempo siguen siendo mis amigos, como si formáramos parte de una familia creada y establecida más allá de nuestras propias casas. De aquel tiempo conservo mi pasión por el cine, por la música, por la lectura, que me inculcaron como si se trataran de juegos. También mi pasión por el fútbol. Conservo imágenes, sonidos y olores que estoy completamente convencido que me acompañarán el resto de mi vida. Recupero todos estos recuerdos, regreso a mi pasado colegial mientras forro los libros de texto de mis hijos. Mi hija, afortunadamente, seguirá teniendo la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que considero tan o más importante que memorizar las cuatro reglas y conjugar correctamente los verbos. En séptimo y octavo de EGB yo tenía una asignatura más o menos parecida: Constitución. Me gustaba, sí. Recuerdo los debates, que organizaba Rafael Cano, el profesor que se ocupaba de la materia. Como miembros de un pequeño Parlamento, exponíamos nuestras ideas, políticas, sociales o culturales, con absoluta libertad, aprendiendo a escuchar a los demás y aprendiendo, sobre todo, a respetar las ideas de los demás. Pues como la Educación para la Ciudadanía de hoy, chispa más o menos, que nadie se rasgue las vestiduras.

Forro los libros de mis hijos y recuerdo esas mañanas de septiembre de legañas y manchas de cacao, de remolinos y rebecas, de volver al colegio con ojos de sueño y felicidad en el gesto. También recuerdo los partidillos en el recreo, los primeros flirteos en el escalón del Realejo, los bocadillos de mortadela italiana. Ya ha pasado el tiempo, y los recuerdos de mis años en el colegio, en López Diéguez primero, en los Salesianos, posteriormente, se conservan intactos. Fueron muy buenos años, plenamente vividos. Felices. Me encantaría que mis hijos, pasados los años, conservaran recuerdos similares a los míos, al menos en intensidad emocional, a pesar de la pandemia. Les han tocado nuevos tiempos, diferentes, raros, extraños y complicados; espero que mejores, cuando todo esto pase. En cualquier caso, tengo muy claro que las puertas de los colegios de hoy, como los de ayer, son las puertas del futuro. Que vuelvan a estar abiertas supone mantener intacta la esperanza en un mañana mejor.

SEPTIEMBRE

Y llegó septiembre. De mis amores y de mis odios más profundos. Ese mes que marca la frontera entre los años, las temporadas y los quehaceres, en su versión más generalista. Puede comenzar una colección con los abanicos más exclusivos y modernos que se imagina, en cómodos plazos, multitud de colores, le quedara bien con ese vestido que se compró para la boda de su primo o para ese traje que tiene guardado en el armario empotrado, esa es la idea. También puede hacerse, en versión miniatura, que no habría garaje que lo aguantara a tamaño real, con la colección de motos de Valentino Rossi. Pronto veremos una colección con los guantes de Casillas, los bidones de agua de Contador y con los tuits de Gasol, porque todo se puede coleccionar, todo –hasta eso que se le ha venido a la cabeza en este preciso momento-. Acuérdese de esa colección de cajas de cerillas, o de billetes de metro o de entradas de conciertos que un día, escondidos en una caja de carne de membrillo de Puente Genil, recuperó en una limpieza intensiva. Puede que esa limpieza tuviera lugar en septiembre, que es un mes muy dado a remover cosas y hábitos, a limpiar en definitiva. Aunque, si lo piensa un instante, removemos más cosas que hábitos, ya que nos es más fácil variar el decorado que nosotros mismos, que estamos más instalados (y plegados) en nuestras cosas. Pues sí, hemos llegado a septiembre, que este año es más septiembre que nunca, porque entre todos hemos gestado y asumido que este septiembre es el del gran batacazo, el del cataplum, el del gran hundimiento, el del rescate entre los rescates –los violinistas ya dejaron de tocar en este Titanic sin tesoro en la bodega-. Amputaremos la pierna sana que nos queda y nos sentiremos satisfechos, porque el corazón seguirá latiendo, aunque ya no tenga miembros que alimentar. Nos diremos: demasiado bien estamos para la que está cayendo, y a soñar con otro septiembre tras un agosto con ración de sardinas y tres cervecitas fresquitas –con su IVA correspondiente- en el chiringuito de los últimos años. En este septiembre ya no tenemos derecho a tener síndrome postvacacional –tampoco postvocacional- cuando nos vayamos incorporando a nuestro puesto de trabajo, eso ya pasó a la historia, y emplearemos doscientas coletillas en explicarlo, porque el trabajo es un artículo de lujo, sólo al alcance de unos cuantos elegidos, sin derecho a protesta. En septiembre retomamos nuestra relación con la báscula y la economía –a escala de loseta-, contamos las calorías, los cigarrillos, los gramos de jamón york en la oferta del supermercado, los diez céntimos de vuelta. Reconversión en septiembre, basta realizar un breve estudio sociológico en los contenedores de la basura para saber  de lo que nos desprendemos y lo que adquirimos, con el entusiasmo de eternizar en nuestras vidas. Cuidado con los contagios, no olvide la mascarilla, las distancias, las relaciones. Cuidado con las agujetas, que hacen mella en los primerizos y pueden frenar nuestra euforia. No hay septiembre sin sus exámenes –terribles recuerdos- y sin su vuelta al cole y sus anuncios con niños rubitos y bien criados, como sacados de una academia sueca. De vuelta ya, de todo o nada. Sí, definitivamente, es septiembre, puede que sea el momento. ¿Para qué? Escriba en su diario de sueños –por cumplir- el reto y dispóngase a lograrlo. Es posible.