LO QUE LA MUERTE (NO) ESCONDE

Puede que fuera su escudo, su trinchera, su máscara. Durante años, muchos, fue la sonrisa del cine español. Una sonrisa sincera, inocente, cándida incluso, la mayoría de las ocasiones. Una sonrisa a juego con sus ojos, luminosos, oceánicos e inquietos. Verónica Forqué, hija de su padre, nombre imprescindible en la historia del cine español, de los 80 y 90, fundamentalmente. Uno de esos rostros que convertimos en familiares, como si fuera una más en la mesa camilla, y es que su popularidad fue mucha, ligada habitualmente a títulos de gran aceptación entre el público. El público, ese ente que ni el mismísimo Lorca fue capaz de descifrar. Lo tuvo todo, lo fue todo, trabajó con los mejores directores y compañeros de reparto, escogió sus papeles, desfiló por la alfombra roja de los Goya, tal vez sin ser consciente de lo que era: una estrella del cine y de la televisión. Pero un buen día, dejamos de invitarla a nuestro sofá de la audiencia, eliminamos ese hueco que le teníamos reservado, para ofrecérselo a otra actriz, con otro nombre, Penélope, Maribel o Leonor. Porque las mujeres, también en el cine, sí, también, lo tienen más difícil que los hombres y su tiempo caduca antes. No su talento -que siempre permaneció intacto-, su físico, sus curvas, las “patas de gallo”, las canas, todo eso que en los hombres, en muchos casos, es elegante madurez, y que en las mujeres es decadencia, “se les pasó el arroz”, “está colgona” o cualquiera de las muchas “lindezas” que les dedicamos. El teléfono deja de sonar, que es uno de los peores males que pueden padecer quienes se dedican a la interpretación, porque eso significa no sólo ostracismo, también dejar de ganar de dinero, o tener que aceptar lo que sea, porque los recibos de la hipoteca, de la comunidad, de la electricidad y de mil cosas más siguen llegando, estés o no en el candelero.

Supongo, no sé de las cuentas económicas de Verónica Forqué. Pero puede que no se tratara sólo de dinero, y también de sentirse de nuevo reconocida, querida, popular, por el gran público. Y sigo con las suposiciones. Que la televisión se ha convertido en los últimos años en un artefacto que está más cercano al mercadeo que a la divulgación no hace falta que yo lo diga, es la realidad. Que antepone miseria y horror a belleza y conocimiento, es evidente (y basta asomarse a la programación de cualquier cadena). Y que esto sucede porque hay un “público” que así lo quiere, bien cierto es, y dos más dos siempre son cuatro. Aún siendo cierto, y siendo conscientes de todo esto, esa televisión continúa, y continuará. Y no sabremos nunca si ha incidido en la muerte de Verónica Forqué, a pesar de todos los “especialistas” en la materia que han aparecido en los últimos días. Los mismos que “predijeron” la crisis económica o la pandemia, los mismos que tienen un máster en erupción de volcanes y energías renovables, ahora, también, faltaría más, son especialistas en enfermedades mentales. Lo único cierto es que Verónica Forqué murió cuando decidió poner fin a su vida. Todo lo demás, lo podemos intuir, inventar, sospechar o creer, pero nunca sabremos toda la verdad.

Hablamos de enfermedad mental cuando quien se quita la vida es una persona pública, si es nuestro hermano, amigo o pareja lo llevamos como un estigma, que preferimos callar, y hasta ocultar. Lo mismo que ocultamos que nuestros hijos o nosotros mismos tenemos cita con el psicólogo o el psiquiatra, vaya que alguien nos empiece a ver como unos locos, unos tarados o unos idos de la cabeza. Y es que, tal y como sucede con la discapacidad -esos subnormales, tullidos y lisiados de siempre-, las palabras marcan la primera barrera, el primer insulto, con las personas que padecen una enfermedad mental. Qué poca importancia les solemos dar a las palabras, y cuántas vidas se han llevado por delante. No verbalizar la enfermedad, no mostrarla a la luz, no reconocer que el suicidio es una de las causas por las que fallecen más personas en nuestro país es y seguirá siendo lo peor que podemos hacer por las personas que padecen una enfermedad mental. Y que no son pocas, precisamente, muchas más de las que creemos o imaginamos porque la mayoría siguen escenificando una sonrisa permanente, como Verónica Forqué, la sonrisa del cine español, aunque su interior sea un páramo, desolación. Todo eso que la muerte (no) esconde.

LOS TONTOS

En realidad, lo reconozco, nunca me he importado estar en el batallón de los tontos, sobre todo después de descubrir los nombres más ilustres de cuantos componen el de los listos. Hay quien mantiene que, en esta vida, para llegar a algo, a lo que sea, más que inteligente, trabajador, constante o talentoso, hay que ser listo. Listo, listo de calle, especifican. Y cuando dicen listo es con la musiquilla del doble sentido, esa del “tú ya sabes lo que te quiero decir”. Lo paso mal en esas tesituras, lo reconozco, porque normalmente no pillo esos dobles sentidos guiñados y, por no caer más, porque no querer escapar del rebaño, cabeceo afirmativamente, aunque no me haya enterado. Esa es una peculiaridad muy frecuente en el batallón de los tontos: huir de las polémicas, no tratar de imponer nuestras ideas o tesis a toda costa, algo de lo que los listos hacen gala. Pero qué bonita es esa expresión: hacer gala, y yo no puedo dejar de imaginarme a un notas tela de guapetón con su esmoquin recién planchado. Pero volvamos a los tontos, a los que son como yo, más o menos. Otra peculiaridad, que no cualidad: somos fáciles de engañar. Sí, lo somos, y por eso formamos parte de los tontos, así de simple. Muchas veces nos engañan -normalmente algún listo, claro está- al hacernos creer que vamos a cumplir con un sueño, con una ilusión o anhelo. Sí, porque los tontos tenemos también tenemos esa tarita, que no nos falte de nada, somos soñadores. O más que soñadores, ingenuos, y creemos que podemos conseguir los objetivos por nuestros propios medios, sin trampear, sin zancadillear al compañero, sin abusar del rival. Para creer eso, imagínese lo tonto que hay que ser, normal que nos llamen así. No tenemos remedio, y me temo no han encontrado, de momento, vacuna para lo nuestro.

Ante la clásica duda, muy del estilo el huevo y la gallina, todavía nadie ha podido determinar si el listo nace o se hace. Porque ser un buen listo, de los que de verdad triunfan en la vida, y terminan teniendo muchas y buenas cosas, esas cosas que envidiamos, y envidiamos, tiene tela marinera, eso no está al alcance de cualquiera. Y seguramente requiere de un entrenamiento concienzudo, de tener claro hasta dónde se puede llegar, que es el infinito y más allá, como dijo el astronauta de Toy Story. Obviamente, el tonto nace, porque nadie en su sano juicio quiere ser y formar parte del grupo de los tontos. Por eso no me voy a cebar con ellos, pobrecitos míos. Además, hacerlo sería la mayor demostración de masoquismo que habría contemplado en mi vida, cargando contra mí mismo, tonto entre los tontos. Pero es un problema aún mayor, de verdad, y esto que voy a contar tal vez no lo crea, pero es así. Prepárese, que no es cualquier cosa. Tome asiento, respire hondo. Venga, lo suelto ya. Los tontos no quieren dejar de ser tontos, y a la mayoría cuando le ofrecen la posibilidad de cambiar, cuando un listo se acerca y le dice: vente conmigo, el tonto dice, decimos, que no. O sea, eso ya es el colmo de la tontura: el ser tonto por propia elección. El querer estar en el lado de los ingenuos, de los crédulos, de los fáciles de engañar. De verdad, es que hay que ser muy tonto para querer seguir siendo un tonto y no ser un listo. Todo un listo. Ya ves.

El Tangana, que hace muy poco ha recibido unos cuantos premios, ha conseguido que convierta en himno, o más que eso, en banda sonora de mi vida pasada, presente y futura, un canción de su último y aclamado disco. La coplilla de marras, como no podía ser de otra manera, se titula Los tontos, y la canta a dúo con Kiko Veneno -ese grande de la música que si hubiera nacido en Alabama estaría a la altura de Cash, Young o Springteen, y que aquí no terminamos de glosar como se merece-, y aunque toda ella es soberbia, en algunos pasajes se puede escuchar: tú te has creído que, por ser yo bueno, puedes ir pisando por donde friego. Qué pocas palabras para expresar tanto. Un sentimiento que con frecuencia me inunda, cual brisa marina. Porque nadie piense que los tontos no tenemos conciencia de nuestra tontura, pues claro que la tenemos, del mismo modo que la tenemos de cuando los listos nos hacen una de las suyas. Y eso no quiere decir que nos guste que nos pisen lo recién fregado, que no nos gusta, pero es que tenemos claro que la solución no es pegarle un fregonazo al listo de turno, aunque se lo merezca. Y es que, al final, ser tonto también tiene su cosa, y a lo mejor no lo puede ser todo el mundo. Pero es que nadie quiere ser tonto, o eso dicen.

SEGUNDA EDICIÓN DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Entra de nuevo en imprenta El lenguaje de las mareas para realizar una SEGUNDA EDICIÓN, ya que se han agotado los ejemplares iniciales. A pesar de contar con una versión eBook, otra de BOLSILLO, incluso un Audiolibro, regresa a las librerías en su formato original. Y esto ha sido posible porque los lectores y lectoras así lo han querido, algo por lo que no podemos estar más felices. Mil gracias!!!!

MOCHILAS Y PUERTAS

En esta semana de fuego y lluvia, menuda semanita bipolar hemos tenido, los centros de enseñanza, en su gran mayoría, han abierto sus puertas. Pocas noticias mejores, porque a través de esas puertas no sólo se accede a las aulas, a las pistas de deporte o a los laboratorios. A través de esas puertas se accede, muy especialmente, al futuro. Después de varios meses, han regresado las silenciosas mañanas a casa. Tan sólo vulneradas por los habituales sonidos de la calle: el del taller probando una moto, el que tapiza, el que recoge chatarra o algún grito furtivo e inesperado. Los sonidos de mis vecinos. Mi vecina sigue cantando coplas y rancheras -y sigue haciendo carne en salsa-. Aunque lo deseaba, que volvieran a sus clases, los primeros días sin mis hijos en casa se me hacen extraños, solitarios, distintos, incluso tristes. No ha llegado al nivel del año pasado, tras tantos meses de permanente convivencia. Fueron más de seis meses. Aunque solucionado el grueso de lo intendencia, los primeros días son de visitas a las papelerías, de renovar mochilas y libros, de forrarlos, sí, de forrarlos, y de todos esos asuntos implícitos a la vuelta a las clases. Siempre fui al instituto con una mochila, verde militar -de hecho, creo que esa era su verdadera procedencia-, áspera como una lija, incómoda como ella sola, nada que ver con las actuales. No recuerdo cuántos cursos me duraban aquellas mochilas de esa lona tan gruesa y ruda, casi imposible de limpiar. Si tenías la desgracia de que se te derramase la tinta de un bolígrafo, no la volvías a tener limpia nunca más. La tinta azul, en ese verde castrense, adquiría unos tintes púrpuras, que hacían más visible y llamativa la mancha.

Me asaltan estos recuerdos mientras veo como las gotas de lluvia se estampan contra los cristales y escucho a mis hijos hablar de nuevos compañeros y profesores. Aunque fingen contrariedad, no dudan en proclamar que les habría gustado que las vacaciones prosiguieran, no pueden ocultar el entusiasmo que el reencuentro con las clases les provoca. Tenía que suceder en septiembre, claro que sí, un mes mucho más renovador, novedoso y repleto de oportunidades y cambios que el sobrevalorado enero, con su hartura de mazapanes y contenedores de basura colmados de cabezas de gambas, envoltorios de mantecados y cajas vacías. Ellos, mis hijos, tan jóvenes, e imagino como la mayoría, aún no tienen conciencia de todas esas cosas en las que pensamos los mayores, que ya empezamos a ver en el tiempo como un aguafiestas y no como una suma de días en el calendario. Aún así, les toca elegir muy pronto qué quieren hacer con sus vidas, a qué se quieren dedicar, esas cosas que yo mismo me sigo preguntando cada día, y el problema es que sin respuesta la mayoría de ellos. A pesar de esa responsabilidad, que en la mayoría de los casos solventan con demostrada eficiencia -y es que nos empeñamos en dudar de nuestros jóvenes y cada día nos tapan la boca-, volver a las aulas tiene mucho de aventura, de exploración, de descubrimiento, y hasta de misterio. Un tiempo nuevo.

Esas mochilas que cargan nuestros hijos y que, afortunadamente ya no son como aquellas feísimas y toscas verdes que me tocó padecer, están cargadas de bolígrafos nuevos, libros y reglas, pero también de ilusión y de futuro. Años decisivos a los que se enfrentan, de transformación biológica y personal. Crecerán, esos estirones dejarán cortos los pantalones y camisas, y en poco tiempo se convertirán en otras personas, a veces muy diferentes, a las que son ahora. Un tiempo de vértigo, de incertidumbre, pero ilusionante al mismo tiempo. Muy jóvenes les toca elegir, elegir su camino, justo cuando están en pleno proceso de cambio. Todos hemos pasado por esto, claro que sí, pero por ello no deja de ser una etapa compleja de la vida. Por eso, debemos estar a su lado, para lo que necesiten, lo mismo que lo están sus profesores y maestros. Con ellos me despido, agradeciéndoles de nuevo todo lo que han hecho y hacen, en tiempos tan adversos, propiciando que el viaje iniciado por nuestros hijos no se detenga. No es poco, todo lo contrario: es mucho. La puerta al futuro sigue abierta.

EL CHIRINGUITO

Si tuviéramos que establecer un día mundial o internacional, aunque solo fuese nacional o andaluz, del chiringuito, tendría lugar HOY, 15 de agosto, el festivo entre festivos, el padre, hijo y abuelo de todos los festivos. Eso es así. Y basta con acercarse a cualquiera de los que pueblan nuestro litoral, para comprobarlo. Prepare los codos, la cartera y la paciencia para celebrar la ocasión como se merece, que puede ser un ratito bueno entre todos los ratitos buenos del año, a pesar de las estrechuras. Y es que ese momento en el que te enfundas la camiseta o camisa (floreada, que jamás te atreverías a ponerte un lunes de noviembre), recorres la playa esquivando tumbonas, sombrillas, castillos de arena y cuerpos asalmonados hasta por fin llegar al chiringuito, donde con un gesto similar al de Magallanes en el preciso instante de partir desde Sanlúcar de Barrameda en dirección a las Islas de las Especias, examinas la concurrencia, en busca de ese amigo, cuñado o similar con el que tomarte una cervecita fresquita y lo encuentras, sí, al fondo, bien colocado, en su mesa alta, con su camisa floreada, también, él que es de castellanos marrones y pinzas de lunes a viernes, sientes en tu interior algo parecido a la victoria, a la burbujeante celebración de un gol en el minuto 93, ya sea con VAR o por la escuadra. Inigualable momento, raíz o premisa indispensable de lo que queda por delante, que en un día como éste, Día Mundial del Chiringuito, cuenta con una máxima que nunca falla: la improvisación, y sálvese quien pueda.Al chiringuitero profesional, la RAE debe admitir esta palabra a la mayor brevedad, ni el laboratorio del FBI en su sede central de Baltimore podría encontrar un grano de arena o un resto de salitre en su cuerpo o ropa. El profesional no pisa la playa, aunque le guste verla desde la distancia, acodado en la barra. Conoce al dueño/encargado del establecimiento de quince veranos seguidos o tiene la habilidad de parecer que lo conoce de todo ese tiempo (aunque lo acabe de conocer). Para eso, nada mejor que la táctica de la vitrina del pescado, asomarte con poderío, como si tuvieras la intención de encargar ese pargo de doce kilos que arrincona a los lenguados, y decirle al dueño/encargado: buen género, a cómo sale eso, y a continuación mueve la cabeza con gesto de conformidad, sin confirmar o negar la posible adquisición. Y cuando está en su mesa alta, o planchando barra de aluminio, el chiringuitero profesional formula la gran pregunta al camarero que lo atiende: ¿cuál está más fría, botella o tirador? Las dos igual. Ponme una que me duela la garganta. Y así, sin quererlo, en una buena jornada chiringuitera no hay nada previsto, van llegando amigos, amigas, cuñados, suegros, la abuela con la silla plegable y una legión de niños pidiendo un refresquito. Si os lo tomáis ahora, en la comida toca agua, amenaza uno de los chiringuiteros, aunque ellos ya lleven seis consumiciones, como poco. Entre estas disputas, grandes decisiones: ¿aceitunas o altramuces?, los fichajes del verano, varias rondas, inciertos viajes planeados y recuerdos recuperados, con las bocas calentitas ya, el encargado/dueño del establecimiento te avisa que ya tienes la mesa lista. Pongamos que hablamos de las cuatro y media de la tarde, en el mejor de los casos.Dieciocho, sin contar a Juanito, que tiene tres años y duerme en el carrito. Fuera de carta, nada, que nos la clavan, dice alguien, pues yo le metía a unrodaballo, eso no merece la pena para los que estamos, reniega otro, tres de ensaladilla, dos de tomates aliñados, unas sardinas y lomitos para los niñosyo no me voy a comer un lomito, protesta Carmen, con la vista puesta en las gambas que porta un camarero. Arroz para cuatro nada más, que luego se queda, avisa la abuela. En el remate, el chiringuitero profesional exige su chupito con esa gracia que solo él contempla y que más de uno califica como chulería, y luego organiza un brindis que decora con una de sus frases impostadas. Mientras, los más pequeños no cesan de abrir la puerta del congelador, a la caza de un helado. Guiña el ojo y hace como que firma sobre un papel invisible, el chiringuitero más curtido pide la cuenta. Miradas de asombro, alguna de rencor, ya te lo dije, pagamos por familia, claro, y yo que no traigo niños pago lo mismo, alguien murmura. Pues yo lo veo hasta barato, que si quitamos los helados, las tartas, los cafés, los batidos, las patatas fritas y los refrescos no es tanto, explica con ese desparpajo suyo el chiringuitero de mayor edad. Y hasta la siguiente. Feliz Día Mundial del Chiringuito.

EL PODER DE LA MÚSICA

¿Qué puede hacer una canción, además de entretenernos durante un rato? ¿Puede conseguir que las cosas cambien? ¿Acabar con el racismo, la violencia, la homofobia, las guerras, las desigualdades, puede hacerlo eso una canción? ¿Qué es una canción entre tanta barbarie, qué supone, qué poder tiene? ¿Tiene algún poder la música? ¿Terapéutico, emocional, cultural, social, político, sensorial? Creo que tengo claras todas las respuestas a todas estas preguntas, pero no sé si me merece la pena responderlas y, sobre todo, argumentarlas. Lo vuelvo a repetir: la música es la compañía más estable de cuantas he tenido en mi vida. Por uno u otro motivo, el resto de compañías, ya fueran humanas, culturales o sociales, nunca han sido las mismas. Murieron, desaparecieron, se perdieron, se fueron, qué sé yo. Pero la música siempre ha estado ahí, a mi lado, siempre. Y gracias a ella he superado muy malos momentos, he aprendido, me he emocionado, he vibrado, he conseguido dejar de pensar en aquello que me estaba erosionando por dentro. Hay canciones, y da igual las veces que las haya escuchado, que me siguen emocionando como la primera vez. Canciones que consiguen que se me salten las lágrimas, que son un latigazo a mis emociones, un apretón a mi corazón. No puede hablar de la música sin repetir la palabra emoción. Emoción. Me gusta que sea así. Adoro que sea así. Y que también me suceda con un poema, con una película, con un cuadro, con una puesta de sol o con una novela. Cuando sucede, porque a veces sucede, es una sensación muy complicada de transcribir mediante palabras. Hablamos de emociones, que juegan en otra liga, más allá de las palabras.

Me ha empujado a escribir este artículo This is Pop, la estupenda serie documental de ocho episodios que trata de contar, como su propio nombre indica, la evolución del Pop desde su creación. No es tarea fácil, ya que primero deberíamos definir qué es el Pop, y que con frecuencia hemos convertido en un contenedor de aquello que no encasillamos en el resto de los géneros, o que no es lo suficientemente puro como para hacerlo. Aunque el documental no profundiza excesivamente en los temas que aborda, sí hay que reconocerle y elogiar su pedagogía y capacidad de síntesis, convirtiéndose en una propuesta perfecta para personas no iniciadas. Yo lo he disfrutado mucho viéndolo con mi hija, 13 años, y contemplando sus caras cuando ha visto actuaciones de Jefferson Aireplane o de los primeros ABBA o conociendo la rivalidad que mantuvieron Blur y Oasis en la década de los 90. Cuenta con episodios muy atractivos y clarificadores, como el dedicado a los suecos y su importancia en la difusión del Pop más comercial, en lo que son unos auténticos reyes, o analizando la frontera por la que transita el Country en los últimos años, en permanente abrazo con el Pop, en sus expresiones más recientes. Muy divertido, por ejemplo, el capítulo dedicado a esa cosa llamada Auto-Tune, y que Cher con su Believe universalizó para dicha de los desafinados, así como muy emotivo el recuerdo del mítico edificio Brill, que tantas y tantas canciones y bandas albergó durante sus años de vigencia.

¿Qué puede conseguir una canción?, es lo que se pregunta este documental en su capítulo siete, y que también es su título. Y trata de responder recuperando esas canciones que, en su momento, supusieron un elemento de cambio o de construcción social. Canciones contra el racismo, la homofobia o el machismo, canciones por la paz. Por la paz. Se me ha quedado grabado el gesto de incredulidad, y de horror, de mi hija al ver la secuencia en la que golpean a un hombre que porta la bandera arco iris. Eso ya no pasa, me dijo. Sí pasa, por desgracia, mira lo que le ha pasado a Samuel, le respondí. Una canción no puede acabar con el racismo, con el machismo o con la homofobia. Una canción no puede conseguir la paz. No. Pero sí puede que pensemos en ello, que nos formulemos preguntas, que dudemos, que busquemos respuestas. Además de todo lo que nos ofrece. Una vida más rica, menos aburrida, más emocionante. No es poco.

RAFFAELLA CARRÁ

Andan ahora analizando las letras de las canciones de Raffaella Carrá como si pretendieran demostrar, tal y como sucede con esa leyenda que arrastra el rock en las últimas décadas, que esconden mensajes ocultos, no demoníacos, en esta ocasión, pero sí sexuales. Cómo si los mensajes sexuales, subliminales o directos, fueran un delito, que tal vez sea lo que necesitamos, y más práctica, que muchos transformarían el vinagre que almacenan en mansa agua, que ya les vale. Se ha muerto la Carrá en la previa de unas semifinales de un España frente a Italia de una Eurocopa, que es rizar el rizo de las emociones compartidas. Porque Raffaella fue querida, respetada, bailada y admirada en ambos países, y con toda la razón del mundo. Porque esa mujer transmitía buenas vibraciones, cordialidad, simpatía y, sobre todo, alegría. Por eso somos tantos los que lamentamos su fallecimiento, que no es algo que todos los personajes públicos consiguen, muchos de ellos empeñados en construir la peor imagen posible de sí mismos. Para mí supone perder un pedacito de mi infancia y juventud, y es que puedo volver a verme en ese comedor familiar, en una mesa abarrotada de platos y vasos vacíos, junto a mis padres y hermanos, contemplando como la Carrá brincaba rodeada de bailarines contorsionistas, cubierta por brillantes lentejuelas, con aquellas transparencias nada transparentes que solía gastar, y es que a su modo, siempre fue muy recatada. A diferencia de otras celebridades italianas que nos llegaron desde principios de los 80, especialmente, Raffaella nunca enseñó nada, salvo aquellas dos piernas larguísimas y bellísimas, que sabía mover como pocas.

Inalterable el rubio platino, como si fuera a la peluquería cada mañana, la Carrá controlaba como ninguna su mirada a la cámara, sus paletas separadas y hasta ese español zarrapastroso que ella convirtió en un aliado y en una seña de identidad. Aunque muy españolizada, siempre mantuvo ese punto guiri que tanto nos atrae. Si nos ponemos a pensarlo, y si retrocedemos en el tiempo, el éxito de la Carrá en nuestro país no fue un hecho aislado, ya que fueron otros muchos paisanos suyos los que triunfaron en España. Y todos con una característica común: ese español maltratado y saltarín que tanto nos gustaba. Umberto Tozzi, Sandro Giaccobe, Nicola di Bari, Ricchi e Poveri o Al Bano y Romina Power, que fueron avanzadilla de los Eros Ramazzoti, Tiziano Ferro, Nek o Laura Pausini posteriores, y no nos olvidemos, por supuesto, de Sabrina, y ese momento que ya forma de la historia televisiva, y algo más, de nuestro país. Pero Raffaella Carrá no fue una cantante más, fue algo diferente, entre presentadora, bailarina, cantante y vedette, sin hacer nada maravillosamente bien, pero nadie jamás lo ha sabido hacer tan bien como ella. En este sentido, la Carrá es la versión italiana de nuestra Lola Flores, única y diferente, pero por su fuerte personalidad, más allá de su talento o habilidades.

Raffaella Carrá siempre fue una reivindicación de la alegría, un bastión de la sonrisa, un chute de energía, un latigazo de rubio esplendor entre las sombras de la rutina. Quién no ha sudado una madrugada mientras cantaba Raffaella; quién no se ha sentido protagonista de alguna de sus letras, especialmente con aquella que exaltaba las habilidades sexuales que gastamos en el Sur, quién no ha liberado esa pluma o plumón que todos escondemos por tratar de emular una de sus piruetas, quién, quién no. Yo no lo oculto, le debo muchos buenos momentos a la Carrá, como también reconozco que forma parte de mi memoria sentimental, desde un punto de vista que me es difícil explicar. La miro de nuevo y regreso, inevitablemente, a ese comedor con mi familia rodeando una mesa de platos vacíos, con cáscaras de pipas y restos de caracoles. Y Raffaella Carrá bailando en la pantalla, rubia y magnética, la sonrisa por bandera.

VERANO

Llega el momento de recoger lo sembrado, de evaluar lo estudiado, o no. Los chavales reciben sus notas de junio, las notas finales, las notas entre todas las notas, con expresión variopinta. Las ruedas de las mochilas reciben su merecido descanso, después de meses de charcos, hojas secas, chicles y empujones. Las avenidas despiden a esos autobuses jaleosos de asientos maltratados, de cánticos que escapan por las ventanillas. La rutina escolar dice adiós hasta septiembre. Septiembre que es el verdadero mes iniciático, el mes uno, el mes que marca el nuevo año, la nueva Liga, el nuevo curso, la nueva colección –dos por el precio de uno, todos los madelmanes-, con el permiso de enero, que seguirá engañándose en su falsa gloria, en su liderazgo del calendario, en su resaca de turrones y cavas nunca saboreados. Y justo cuando acaba el curso, la noche de San Juan, el fuego que celebra la llegada del verano, aunque el verano del termómetro ya llevemos unas semanas padeciéndolo, y cada año olvidemos la temperatura del pasado y nos centremos en el nuevo calor del presente, que siempre es más calor. El invierno refresca, afortunadamente, nuestra memoria.

Contemplando la salida del colegio de unos chavales me fue imposible no retroceder en el tiempo y regresar a los veranos del chaval que fui durante años, y que intento, por todos los medios, que siga estando vivo, o al menos dormido, en mi interior. Recuerdo que lo primero que hacía nada más comenzar el verano era agarrar un calendario y contar los días libres que iba a tener. Pero los días libres reales, los fines de semana y los festivos no los contaba, necesitaba saber cuántos días de verdad, de verdad de la buena, iba a estar sin ir al colegio. Y no lo hacía por programación o anticipación, lo hacía por puro placer, por disfrutar de un sentimiento que aún hoy me es imposible clasificar. Largos veranos en una Córdoba más árida, más callada, más lenta, una Córdoba sin Festival de la Guitarra, sin Eutopía, sin Noche Blanca del Flamenco; una Córdoba pelada y mondada. Mis veranos se centraban, casi exclusivamente, entre mis visitas a la Biblioteca, algún que otro y esporádico chapuzón en la piscina de la calle Zarco y las noches en los cines de verano, especialmente el Olimpia, que era, supuestamente, el cine de mi barrio. Curiosamente, los que vivíamos en la calle Buen Suceso y alrededores éramos, por calificarlo de algún modo, “chicos sin barrio”. En la frontera entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, demasiado cerca y demasiado lejos, al mismo tiempo, de todos ellos. Caprichos del callejero.

Con toda probabilidad, aquellos veranos silenciosos y calurosos de mi infancia en aquella Córdoba inmovilista han influido decisivamente en la construcción de la persona que soy hoy, y muy especialmente en mi faceta como narrador. Me fascinaba entrar en la biblioteca, buscar un nuevo título de Tintín, El Príncipe Valiente o Astérix, que devoraba en esas largas siestas de ventilador y canciones dedicadas, a Pedrito por su cumpleaños, de Radio Córdoba. Jamás incumplí el plazo de entrega, ya que a la mañana siguiente, puntual a mi cita, renovaba el libro. Y si primero fueron los tebeos, más tarde llegaron Salgari, Hammet y Kafka. Y por la noche me aguardaba el cine de verano, en donde vi cien veces todas las películas del legendario Bruce Lee, y demás imitadores, así como las del picarón Álvaro Vitali o Esteso/Pajares, sí, pero también Ben HurLo que el viento se llevó o Psicosis. Y luego en mi casa, rodeado de hermanos que hablaban de cosas que a mí se me escapaban, mientras comía altramuces o pipas frente al ventilador, pensaba en los días que aún le quedaban a ese verano, que yo nunca sentí como árido, caluroso o silencioso