EL PODER DE LA MÚSICA

¿Qué puede hacer una canción, además de entretenernos durante un rato? ¿Puede conseguir que las cosas cambien? ¿Acabar con el racismo, la violencia, la homofobia, las guerras, las desigualdades, puede hacerlo eso una canción? ¿Qué es una canción entre tanta barbarie, qué supone, qué poder tiene? ¿Tiene algún poder la música? ¿Terapéutico, emocional, cultural, social, político, sensorial? Creo que tengo claras todas las respuestas a todas estas preguntas, pero no sé si me merece la pena responderlas y, sobre todo, argumentarlas. Lo vuelvo a repetir: la música es la compañía más estable de cuantas he tenido en mi vida. Por uno u otro motivo, el resto de compañías, ya fueran humanas, culturales o sociales, nunca han sido las mismas. Murieron, desaparecieron, se perdieron, se fueron, qué sé yo. Pero la música siempre ha estado ahí, a mi lado, siempre. Y gracias a ella he superado muy malos momentos, he aprendido, me he emocionado, he vibrado, he conseguido dejar de pensar en aquello que me estaba erosionando por dentro. Hay canciones, y da igual las veces que las haya escuchado, que me siguen emocionando como la primera vez. Canciones que consiguen que se me salten las lágrimas, que son un latigazo a mis emociones, un apretón a mi corazón. No puede hablar de la música sin repetir la palabra emoción. Emoción. Me gusta que sea así. Adoro que sea así. Y que también me suceda con un poema, con una película, con un cuadro, con una puesta de sol o con una novela. Cuando sucede, porque a veces sucede, es una sensación muy complicada de transcribir mediante palabras. Hablamos de emociones, que juegan en otra liga, más allá de las palabras.

Me ha empujado a escribir este artículo This is Pop, la estupenda serie documental de ocho episodios que trata de contar, como su propio nombre indica, la evolución del Pop desde su creación. No es tarea fácil, ya que primero deberíamos definir qué es el Pop, y que con frecuencia hemos convertido en un contenedor de aquello que no encasillamos en el resto de los géneros, o que no es lo suficientemente puro como para hacerlo. Aunque el documental no profundiza excesivamente en los temas que aborda, sí hay que reconocerle y elogiar su pedagogía y capacidad de síntesis, convirtiéndose en una propuesta perfecta para personas no iniciadas. Yo lo he disfrutado mucho viéndolo con mi hija, 13 años, y contemplando sus caras cuando ha visto actuaciones de Jefferson Aireplane o de los primeros ABBA o conociendo la rivalidad que mantuvieron Blur y Oasis en la década de los 90. Cuenta con episodios muy atractivos y clarificadores, como el dedicado a los suecos y su importancia en la difusión del Pop más comercial, en lo que son unos auténticos reyes, o analizando la frontera por la que transita el Country en los últimos años, en permanente abrazo con el Pop, en sus expresiones más recientes. Muy divertido, por ejemplo, el capítulo dedicado a esa cosa llamada Auto-Tune, y que Cher con su Believe universalizó para dicha de los desafinados, así como muy emotivo el recuerdo del mítico edificio Brill, que tantas y tantas canciones y bandas albergó durante sus años de vigencia.

¿Qué puede conseguir una canción?, es lo que se pregunta este documental en su capítulo siete, y que también es su título. Y trata de responder recuperando esas canciones que, en su momento, supusieron un elemento de cambio o de construcción social. Canciones contra el racismo, la homofobia o el machismo, canciones por la paz. Por la paz. Se me ha quedado grabado el gesto de incredulidad, y de horror, de mi hija al ver la secuencia en la que golpean a un hombre que porta la bandera arco iris. Eso ya no pasa, me dijo. Sí pasa, por desgracia, mira lo que le ha pasado a Samuel, le respondí. Una canción no puede acabar con el racismo, con el machismo o con la homofobia. Una canción no puede conseguir la paz. No. Pero sí puede que pensemos en ello, que nos formulemos preguntas, que dudemos, que busquemos respuestas. Además de todo lo que nos ofrece. Una vida más rica, menos aburrida, más emocionante. No es poco.

RAFFAELLA CARRÁ

Andan ahora analizando las letras de las canciones de Raffaella Carrá como si pretendieran demostrar, tal y como sucede con esa leyenda que arrastra el rock en las últimas décadas, que esconden mensajes ocultos, no demoníacos, en esta ocasión, pero sí sexuales. Cómo si los mensajes sexuales, subliminales o directos, fueran un delito, que tal vez sea lo que necesitamos, y más práctica, que muchos transformarían el vinagre que almacenan en mansa agua, que ya les vale. Se ha muerto la Carrá en la previa de unas semifinales de un España frente a Italia de una Eurocopa, que es rizar el rizo de las emociones compartidas. Porque Raffaella fue querida, respetada, bailada y admirada en ambos países, y con toda la razón del mundo. Porque esa mujer transmitía buenas vibraciones, cordialidad, simpatía y, sobre todo, alegría. Por eso somos tantos los que lamentamos su fallecimiento, que no es algo que todos los personajes públicos consiguen, muchos de ellos empeñados en construir la peor imagen posible de sí mismos. Para mí supone perder un pedacito de mi infancia y juventud, y es que puedo volver a verme en ese comedor familiar, en una mesa abarrotada de platos y vasos vacíos, junto a mis padres y hermanos, contemplando como la Carrá brincaba rodeada de bailarines contorsionistas, cubierta por brillantes lentejuelas, con aquellas transparencias nada transparentes que solía gastar, y es que a su modo, siempre fue muy recatada. A diferencia de otras celebridades italianas que nos llegaron desde principios de los 80, especialmente, Raffaella nunca enseñó nada, salvo aquellas dos piernas larguísimas y bellísimas, que sabía mover como pocas.

Inalterable el rubio platino, como si fuera a la peluquería cada mañana, la Carrá controlaba como ninguna su mirada a la cámara, sus paletas separadas y hasta ese español zarrapastroso que ella convirtió en un aliado y en una seña de identidad. Aunque muy españolizada, siempre mantuvo ese punto guiri que tanto nos atrae. Si nos ponemos a pensarlo, y si retrocedemos en el tiempo, el éxito de la Carrá en nuestro país no fue un hecho aislado, ya que fueron otros muchos paisanos suyos los que triunfaron en España. Y todos con una característica común: ese español maltratado y saltarín que tanto nos gustaba. Umberto Tozzi, Sandro Giaccobe, Nicola di Bari, Ricchi e Poveri o Al Bano y Romina Power, que fueron avanzadilla de los Eros Ramazzoti, Tiziano Ferro, Nek o Laura Pausini posteriores, y no nos olvidemos, por supuesto, de Sabrina, y ese momento que ya forma de la historia televisiva, y algo más, de nuestro país. Pero Raffaella Carrá no fue una cantante más, fue algo diferente, entre presentadora, bailarina, cantante y vedette, sin hacer nada maravillosamente bien, pero nadie jamás lo ha sabido hacer tan bien como ella. En este sentido, la Carrá es la versión italiana de nuestra Lola Flores, única y diferente, pero por su fuerte personalidad, más allá de su talento o habilidades.

Raffaella Carrá siempre fue una reivindicación de la alegría, un bastión de la sonrisa, un chute de energía, un latigazo de rubio esplendor entre las sombras de la rutina. Quién no ha sudado una madrugada mientras cantaba Raffaella; quién no se ha sentido protagonista de alguna de sus letras, especialmente con aquella que exaltaba las habilidades sexuales que gastamos en el Sur, quién no ha liberado esa pluma o plumón que todos escondemos por tratar de emular una de sus piruetas, quién, quién no. Yo no lo oculto, le debo muchos buenos momentos a la Carrá, como también reconozco que forma parte de mi memoria sentimental, desde un punto de vista que me es difícil explicar. La miro de nuevo y regreso, inevitablemente, a ese comedor con mi familia rodeando una mesa de platos vacíos, con cáscaras de pipas y restos de caracoles. Y Raffaella Carrá bailando en la pantalla, rubia y magnética, la sonrisa por bandera.

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS, BSO

Si Carmen Puerto se despierta con AC/DC, le encanta Enrique Bunbury y ha descubierto a VivaSuecia y Rufus T Firefly, Jaime Cuesta se decanta por Neil Young o Manolo García y Julia Núñez echa de menos las canciones que escucha en el gym. Tampoco faltan en la playlist las típicas canciones veraniegas, esos éxitos fulminantes, y grandes clásicos de la historia de la música, presentes en El lenguaje de las mareas, y que puedes escuchar aquí>>> https://open.spotify.com/playlist/2bcH13cSIsFgPObrgZq6RX?si=3C9uOHVuT1iVlOY8hezmaw

LA LECCIÓN DE PAU

Situémonos. Corrían mediados de los 90, La Movida ya se estudiaba como un fenómeno pasado, finiquitado, y el Indie, como sonido y concepto, comenzaba a adueñarse de la escena musical española. A pesar de eso, devoré los primeros discos de Jarabe de Palo. En ellos encontré la más directa herencia de Radio Futura, pero con un componente tenebroso. La flaca o El lado oscuro olían a La Habana, a son, a puros panzones, pero también tenían un elemento turbio, pantanoso, que los distinguía de la banda de los hermanos Auserón. Y al frente de Jarabe de Palo, como gran líder, compositor y vocalista, un chico guapetón, con ese desaliño elegante que tan bien gasta Fernando León de Aranoa, con un pasado en el mundo de la publicidad, tanto delante como detrás de la cámara. Un tipo con desparpajo, con una voz peculiar, mediterránea y salsera al mismo tiempo, que lo sabía hacer sobre el escenario, llamado Pau Donés. En cierto modo, tal y como les sucedió a Los Rodríguez con anterioridad, Jarabe de Palo fue una banda a contracorriente, ya que indagaban y repetían sonidos que no formaban parte de la actualidad musical, marcada por las referencias de The Jesus and Mary Chain, los Pixies o Dinosaur Jr., más allá de nuestra fronteras, o de Los Planetas, los Surfin’ Bichos o Australian Blonde, por estos lares. Aún así, los primeros trabajos de Jarabe de Palo funcionaron muy bien, recibiendo eso que tan raramente sucede: el aplauso de la crítica y del público. O sea, vendían, se embarcaban en giras interminables, tenían éxito, pero ofreciendo buenas canciones. Si lo intenta verá como tengo razón: todos somos capaces de tararear unas cuantas canciones de Jarabe de Palo, y sin necesidad de forzar la maquinaria de la memoria, así a bote pronto. Y en algunos casos, como les ocurre a La flaca, Depende o Bonito, se tratan de canciones que forman parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Hace cinco años, a Pau Donés le diagnosticaron un cáncer contra el que ha luchado hasta el último instante. Y lo ha hecho sin dejar de hacer lo que mejor sabía: componer e interpretar canciones. La suya ha sido, durante estos cinco duros años, una verdadera demostración de vida. Pau nunca ocultó su enfermedad, la hizo pública desde el primer instante, y todos hemos contemplado su evolución. Tras una etapa de silencio, raro en un artista como él, hace poco nos sorprendió con una nueva canción, Eso que tú me das. Me impactó el vídeo, debo reconocerlo, ya que nos muestra a un Pau Donés que pretende ser como siempre ha sido, inquieto, amable, rítmico, pero al que le es imposible ocultar el duro latigazo al que le ha sometido la enfermedad. Una vez más, el miserable y mezquino cáncer, que tal vez sea de los males que padecemos el más feo y traicionero, jugando una mala pasada. De todos los mensajes que pudimos leer el día del trágico deceso, me emocionaron los del cineasta José Antonio Bayona, que eludía a la dignidad demostrada por Pau Donés hasta el último instante, y el de Enrique Bunbury que, tras recuperar algunos pasajes de una larga amistad, finalizaba señalando que “la lección de vida y muerte que nos deja es imborrable”, y que “murió, seguro, como vivió toda su vida: con una sonrisa”.

Desde los últimos meses vivimos instalados en la enfermedad, confinados para evitarla, cuando las enfermedades son una constante en nuestras vidas, desde que podemos recordar. Muy especialmente el cáncer, que rara es la familia que no ha sentido su terrible presencia. En mi casa convivimos con el cáncer durante años, que fueron desoladores, duros y largos. Porque es una enfermedad que zarandea al que la padece, va y viene, aumenta de intensidad sin previo aviso, cuando crees que ya ha desaparecido, en determinados casos. Afortunadamente, la medicina ha avanzado mucho, reduciendo su mortalidad y, sobre todo, humanizando sus tratamientos. Adolescente yo, recuerdo los días de quimio de mi madre, como la mujer fuerte que conocía desparecía como por arte de magia. Todos esos recuerdos regresaron a mi cabeza con la muerte de Pau Donés, como regresan cada vez que alguien conocido o querido padece la enfermedad. La más puerca e inmunda de las enfermedades, ojalá llegué el día en el que se estudié como una tragedia pasada, y que nadie tenga que seguir dignificando su propia muerte cuando la sufre. Mientras tanto, estemos del lado de todas las personas que la padecen, que sientan nuestro aliento, que nunca la soledad sea su compañera. Es tan fácil como una de las canciones que nos dejó Pau Donés, que a veces con una palabra se bastaba para decir tanto. Bonito, Grita.

COMPRAR SIN EMOCIÓN

Lo tenía completamente decidido. Tras varios días de búsqueda, visitando cientos de páginas, al fin encontré la ganga entre las gangas, el amplificador deseado, y casi a la mitad de precio. No la mitad, pero un 40% menos, seguro, por ahí andaba la cosa. Plateado, solo tres potenciómetros, con todas las conexiones habidas y por haber, 100 w. de potencia, una burrada, que jamás nadie llegará a disfrutar en los pisitos de pinypon que gastamos, salvo que lo instale en un hangar. Sin dudarlo, lo metí en la cesta. Ya solo quedaba el último y definitivo paso, pagar. Antes de hacerlo, como de costumbre, algo que ya he convertido en un ritual en mis compras digitales, lectura de los comentarios vertidos por anteriores compradores. Es una maravilla, funciona perfecto, los cacharritos se conectan a la primera, no he podido ponerlo a más de la mitad del volumen (NORMAL), menuda ganga, el mejor ampli relación precio calidad, y así durante 15 ó 20 comentarios hasta que llegue a Andrés (da igual el nombre): Todo bien, sí, ya es el segundo que compro, porque el primero se quedó mudo para siempre dos meses después de agotarse la garantía, suena genial, pero para nada suena mejor que mi viejo X (da igual la marca) de 37 años, eso sí que era un amplificador. Y en ese preciso momento, nada más leer ese comentario, dirigí la mirada hacia a mi anciano ampli X, 33 años tiene ya mi amigo, coloqué un disco de Prince en el plato (que ya no es el original), subí considerablemente el volumen, no pude pasar de la mitad (NORMAL), y durante unos minutos me quedé como hipnotizado, embelesado, como si otra vez tuviera 17 años y hubiera acabado de instalar mi nuevo y flamante equipo de música, que estrené, también, con una canción de Prince, When doves cry.

Lo confieso una vez más: la compañía más estable que he tenido en mi vida es la música. Me acompaña desde que recuerdo. No me imagino sin música al lado. Tampoco me imagino sin libros o películas. Nunca he sentido predilección por los coches o por las motos, jamás le pedí un Vespino o una Variant a mis padres, tampoco una Motoreta, no sueño con ir a un restaurante con estrellas Michelín (pero Paco, me encantaría conocer Noor), la ropa de marca es un concepto de no termino de entender y que no encaja en mi vida, pero eso sí, discos, películas o libros, cuantos más mejor, siempre serán pocos. Por eso, para mí tener un buen reproductor de música se convirtió, desde muy joven, en una especie de obsesión. Durante meses, en aquel tiempo sin Internet, de información lenta y pesada, las comparativas se hacían a pie, yendo de una tienda a otra, me entregué a la búsqueda del equipo de música, hasta que por fin lo encontré. Negro, repleto de luces, cinco piezas independientes y ¡con mando a distancia! Faltaba el último y gran escollo, el precio: 175.000 pesetas, una auténtica fortuna en 1986. De hecho, hoy en día un equipo de música con ese precio sigue siendo caro. Negocié con mi padre un préstamo que le iría pagando mensualmente, debo de reconocer que me perdonó bastantes cuotas, yo me ocupé de la entrada, 20.000 pesetas.

Me sería muy difícil describir todas las emociones que desfilaron por mi interior cuando escuché mi equipo de sonido por primera vez, cuando mis amigos venían a casa y compartíamos discos o en mil situaciones más. Todo eso pasó por mi cabeza el otro día, como un fogonazo. Y una pregunta fue creciendo: ¿realmente necesito un nuevo amplificador? Me bastó intentar subir de nuevo el volumen más de la mitad y no conseguirlo (NORMAL). En los blackfridays, en los cybermondays y demás días de ventas al por mayor nos hemos entregado al consumo por el consumo, a la posesión por la posesión, excluyendo cualquier componente que nos proporcione la más pequeña de las emociones. Compramos deportivas a las que no les gastaremos las suelas, televisores que ni sabremos nunca cómo se manejan en su totalidad o relojes deportivos de los que nos cansaremos cuando entendamos que es más cómodo leer los WhatApps directamente en el móvil y que tampoco es tan interesante saber las horas que hemos dormido. Y nos desprenderemos de ellos, porque no han significado nada en nuestras vidas. Porque lo fácil, lo que no nos ha costado mucho esfuerzo porque no lo hemos deseado realmente, no merece la pena.

PEQUEÑO, 20 AÑOS DE VIAJE

Sin Pequeño, la trayectoria musical de Enrique Bunbury sería completamente diferente a la que conocemos. Es más, puede que no hubiera seguido siendo una trayectoria en solitario y hasta puede que no estuviéramos hablando de trayectoria, a secas. Pequeño, que ahora cumple los 20 años desde su edición, supuso la confirmación, podemos hablar incluso de bautismo, del nuevo Bunbury, del nuevo artista que quería ser, fuera de los legendarios Héroes del Silencio. No era una tarea fácil, ciertamente, ya que fueron la banda española con mayor éxito y reconocimiento, tanto nacional como internacional, de las últimas décadas. Entre el final de los Héroes y Pequeño, Bunbury se la jugó con Radical Sonora, que no dejaba de ser la propuesta y la promesa del zaragozano por escapar de lo que había sido su carrera musical hasta ese preciso momento. Un disco de texturas, de búsqueda, que no dejó indiferente a nadie. La reacción de muchos seguidores no fue precisamente comprensiva o elogiosa, acostumbrados a un sonido muy definido. En este sentido, el éxito multitudinario de Héroes del Silencio no fue, ni mucho menos, un trampolín, o un fácil atajo, para el éxito posterior de Enrique Bunbury. Atrapado entre las exigencias de la gloria del pasado y la consolidación de su nueva propuesta, Bunbury se lo apostó todo a una carta y publicó Pequeño, en 1999. Una obra que es una mezcolanza de estilos y esencias, de formatos, así como una confluencia de influencias, homenajes, sonidos y procedencias. En Pequeño, Bunbury nos señala que no hay fronteras, que no hay límites, que está dispuesto a todo, a dejarse la garganta en un tango desgarrado, o a ofrecer una ranchera distorsionada o a aliñar una copla con una tarantela. De ese trabajo quedan temas esenciales del cancionero de Bunbury, como son El extranjero, De mayor o El viento a favor. Y queda, sobre todo, el kilómetro cero de una trayectoria tan fértil como camaleónica.

Esta progresión, lo que podríamos definir como constante búsqueda, ha sido una característica que impregna toda la producción de Bunbury, tanto pasada como presente. Y basta con hacer un somero repaso de su trayectoria discográfica. Flamingos es un monumento al eclecticismo, una apuesta por la innovación y por el riesgo, y un canto hacia lo diferente, que siempre es posible. El viaje a ninguna parte, como su propio nombre indica, es un viaje, un recorrido por las músicas que podemos encontrar en aquellos países con los que compartimos idioma. Emplearía la palabra homenaje para resumir Helville de Luxe, a ese rock americano, de Ruta 66, moteles y chupas de cuero, que soporta inmutable el paso de los años. Las consecuencias tal vez sea la mayor y mejor exposición vocal que ha realizado a lo largo de su carrera, una obra de profundas emociones y contrastes. Y, con seguridad, Licenciado Cantinas sea el disco más “distinto” de Bunbury, por arriesgado, por curioso e inquieto, por la colección de canciones que interpreta, homenaje a la América que tanto le ha dado. Tanto Palo Santo como Expectativas, su último trabajo con nuevas canciones, son la más evidente demostración de que Enrique Bunbury es un creador en activo, no se acoge ni se acomoda a su extenso repertorio, sino que lo va aumentando conforme pasan los años, y ahí están Parecemos tontos, Despierta o la Actitud correcta, solo por citar algunos ejemplos.

Sin miedo al vacío, sin paracaídas, a pleno pulmón, canción tras canción, Enrique Bunbury ha buscado una nueva versión de él mismo sin caer en el absurdo, en lo patético o en la repetición. Explorador de sonidos, trotamundos de los bulevares olvidados, Bunbury sigue recorriendo su particular camino, que tal vez tuvo su punto de partida enPequeño, el disco en el quecomenzó a expresarse libremente más allá de la acentuada etiqueta de los Héroes. Un disco salvador, en gran medida, o iniciático, de reconstrucción, en todo caso, del que muchos consideramos el rockstar más importante de lamúsica española, si nos atenemos a su producción, grado de conocimiento y repercusión internacional. He vuelto a escuchar Pequeño, en realidad nunca he dejado de hacerlo, y mantiene intacta esa frescura y ese torbellino de ideas e influencias que tanto me asombraron hace veinte años. Grande en melodías, no se ha hecho mayor, tal y como se podía escuchar en su propia canción, Pequeño forma parte de la historia musical del rock en español. Atemporal colección de canciones que definen a la perfección la personalidad de su autor, Enrique Bunbury, consciente de que un momento se va y no vuelve a pasar.