LA VIDA EN EL CODO

Quién nos iba a decir que esta pesadilla/pandemia por la que estamos atravesando iba a encumbrar, hasta el Olimpo anatómico, no a unos ojos bonitos o a unos labios sensuales, o a una nariz atractiva y enérgica o a un cuello noble, a lo Cayetana, sino al codo. Esa articulación que tan malos ratos nos ha deparado cuando la hemos chocado contra los pomos de las puertas, o contra los cantos de las mesas, y hemos sentido ese dolor frío y punzante, que ha conseguido abrir el grifo de nuestras lágrimas. El codo, sí, el codo tiene el papel protagonista en esta película terrible y grosera, y muy pesada, y como una estrella ocupa su puesto en la alfombra roja que desplegamos cada día. Como un escudo, como la más fiable de las protecciones, como blindaje de nuestro organismo ante el acechante virus. Le deberemos la vida a nuestro codo, y por eso alzaremos estatuas de codos en las plazas y las avenidas, constituiremos el Día Internacional del Codo y hasta habrá un gran homenaje público al Codo Anónimo, como símbolo de solidaridad, generosidad y fidelidad. Ese codo que lo dio todo, sin esperar nada a cambio, se podrá escuchar en el discurso oficial. Messi, Cristiano y Neymar tienen contados los días de gloria, si es que ya no han pasado a mejor vida. Hamilton, Gasol, Nadal y Alonso que se olviden de los contratos astronómicos de hasta ahora y de seguir ocupando las portadas de los periódicos. Ya no serán más, nunca más, los primeros puestos de Twitter; se les acabó el TT. Ya no importa la cantidad de goles que puedas meter, ni si eres capaz de encadenar tres triples consecutivos o de ganar Roland Garros por vigésimo año consecutivo, todo eso ya carece de valor, de verdad. El oro, el verdadero oro, es abrir puertas y ventanas con el codo sin apenas inmutarse, sin esas maniobras circenses que estamos desplegando tanto estos días. Si nos viéramos, desde la fría distancia, nos daríamos cuenta de la comicidad de nuestros movimientos, de los laberintos de dedos y brazos que llegamos a ofrecer. Mejor no vernos.

Ni másteres, ya sean verdaderos o no, ni ojos azules, ni dominar seis idiomas, ni saber programar, ni don comercial, ni tener el oído de Prince, ni la risa de Julia Roberts, ni ser capaces de hacer multiplicaciones mentales de cifras de diez números, ni vientre de tableta, ni hipnotizar desde la barra fija, ni inteligencia ni empatía ni nada de nada, ser el más habilidoso con el codo, ahí está y ahí reside la gran diferencia, el valor absoluto. Así lo ha dictado esta pandemia que nos asola, confina y acojona, así nos los recomiendan. La nueva normalidad es un codo, reside en un codo, depende de un codo. El gran triunfador, la nueva personalidad, el celebrity, el VIP, el todo, el nuevo rey es el codo, sí, tal cual. Y pronto veremos en televisión entrevistas con los propietarios de los codos más expertos, puede incluso que monten un reality, a lo Masterchef con pruebas a superar por los codos de los concursantes y seguro que no tardan en informarnos de que tal o cual estrella de esta nueva categoría ha asegurado su codo en no sé cuántos millones de euros. Y los informativos abrirán con un nuevo récord, con una nueva habilidad, que contemplaremos absortos, alucinados, envidiosos en su mayoría. Y concursos de Miss y Mister Codos, yeah. Todo eso lo veremos, claro que sí, antes que después, pero a muy pocos les sorprenderá.

Lo curioso de todo esto es que tratamos a nuestro codo como si no formara parte de nuestro cuerpo, como si fuera un apéndice extraño, ahí pegado, que no nos puede transmitir nada. Como si no fuera de hueso, carne y piel, como si estuviera hecho de acero, inmutable a todo, todopoderoso. Y lo que peor llevo, no lo puedo ocultar -tal vez sea lo que más me cuesta de la denominada nueva normalidad-, es que hayamos sustituido los besos y los abrazos por un absurdo y hasta ridículo choque de codos. Prefiero, mil veces, un mirarnos a los ojos, abiertos y sinceros o decirnos un te quiero o un te he echado de menos a boca llena, incluso pisarnos -sin saña, claro-, que rozarse los codos. Seguiré abriendo puertas y ventanas con los codos, es lo que toca, pero los besos y los abrazos, ay, prefiero compartirlos de otra manera (respetando la distancia social, por supuesto).

LA NUEVA NORMALIDAD

Es terrible, a ratos atroz, grotesco en ocasiones, el vocabulario que hemos incorporado en las últimas semanas a nuestras vidas: desescalada, escalada, pandemia, confinamiento, virus, pandemia, el o la covid, qué poca poesía, y qué narrativa más tosca y negra. Aún así ya han llegado las primeras novelas sobre este tiempo tan chungo. Mi admiración por esos velocistas de las letras. Escribir una novela, con su correspondiente corrección, maquetación, diseño y promoción en poco más de dos meses. Hasta el mismísimo Balzac sentiría envidia de tal, tal, cómo decirlo, capacidad, facilidad, agilidad, la verdad es que no termino de encontrar el adjetivo adecuado. Volviendo a las palabras, tal vez un tiempo feo requiera de palabras feas, de no sacrificar en vano a las más bellas, que no lo merecen -por otra parte-. Tampoco lo merecemos nosotros. Otra de las expresiones de nuevo cuño es la denominada “nueva normalidad”, que si usted le dedica unos segundos a analizarla tal vez le descubra más significados y fronteras de las que podamos imaginar. A mí lo de la nueva normalidad no es que me suene a algo feo, me suena a algo que tal vez no me guste demasiado, porque me gustaba, y mucho, mi normalidad de hasta ahora. De bullicio, de gentío, de aglomeración, incluso, sin control, sin pensar en los horarios, en las concentraciones, en la afluencia, casi sin pensar en nada. Y claro, esto es otro rollo. Pasamos de una farra con enganchón hasta la madrugada a una cita planificada por la agenda del teléfono. Yo soy muy de bullas, me gustan. La nueva normalidad hubiera quedado muy chulo como nombre para un grupo ochentero, de la Movida, con un toquecito techno, si me apuran, con pelos escaldados y hombreras como alas de cigüeñas. Puedo ver la portada del disco.

En la nueva normalidad no hay abrazos, ni besos, tampoco festivales, ni ferias, y los niños a los colegios nos cuentan que solo irán la mitad. Y las presentaciones de libros, ay, podremos entrar unos poquitos, un puñadito, como en los museos, o en los cines. Y en la nueva normalidad, que no moralidad -y eso que haría falta, sobre todo para algunos-, viajaremos en aviones sin pegarnos codazos, cuando nos dejen, pero serán más caros, y lo mismo nos sucederá con los trenes. Y tendremos miedo a subirnos a un autobús, y cuando alguien vaya sin mascarilla lo contemplaremos como un delincuente y el sonido de un estornudo sera tan terrorífico como el de una bomba. Y ya no voy a tratar de anticipar todos esos efectos que le presupongo a la nueva normalidad y como si de un camaleón me tratase, me adapto a ella, no sé si por salud mental, oportunismo o supervivencia. Lo que le pido, ya que es nueva imagino que aún está en proceso de conformación, es que por una vez que no ganen los de siempre. Porque si a los ciudadanos de pie, a los curritos, se nos obliga a cambiar, que cambien también los demás. Que la igualdad y la riqueza, sí, de una vez por todas, sean equitativas a toda la población, y que lo mismo ocurra con las oportunidades. Que mis hijos, y los suyos y los de más allá, salgan del mismo punto de partido y que recorran los kilómetros que ellos mismos decidan o puedan, en virtud a su vocación o talento, pero no por la disponibilidad económica de sus padres. Lo estoy diciendo, y sé que no sucederá.

La nueva normalidad debería ser, según tengo entendido, la de las ideas y la creatividad, y por eso mismo ya empiezo a desconfiar. Esta misma semana, dos meses después de que comenzara el Estado de Alarma, el ministro de cultura ha anunciado las ayudas al sector. Que son, a una parte del sector, claro, a la industrial. Para los que escribimos los libros, o componen las canciones o filman las películas no hay nada. Que sí, que sin industria no hay cultura, pero sin el hecho creativo, sin las canciones, los cuadros o las novelas, tampoco la habría, y a ese embrión nos han dejado atrás. Espero y deseo que eso no forme de la nueva normalidad y que solo se trate de unos primeros auxilios, de apagar los primeros fuegos, y que luego nos tendrán en cuenta. Sé que no será así, pero quiero ser optimista. Como lo soy, aunque pueda parecer lo contrario, con la nueva normalidad, que lo mismo hasta me acaba gustando. Fíjate tú.

LA VENTANA INDISCRETA

Calculo que debió suceder como a finales de los 80 o principios de los 90, hace una pila de años en todo caso, en aquella España colorista de hombreras alocadas, la Movida en su máximo esplendor, que solo contaba con dos cadenas de televisión. Pues en la Segunda Cadena, hasta no hace tanto de eso la UHF (eso ya es cavernícola), programaron, creo recordar que los lunes o martes por la noche, un ciclo de películas del gran Alfred Hitchcock. Nada más enterarme, lo primero que hice fue plantarme en uno de aquellos bazares con nombres que relacionábamos con gangas legendarias y lejanas, como Ceuta, Melilla o Canarias, para surtirme de un buen número de cintas de VHS -sigamos con las siglas del Pleistoceno-. TDK de 240 minutos, que con suerte grababan dos películas cada una, si ajustaba bien los tiempos. Para eso contábamos con el TP, claro, el gran Tele Programa, aquella diminuta revista que era una especie de Biblia para los teleadictos como yo. Allí te detallaban, con un tamaño de letra que te maltrataba la vista en dos segundos los actores protagonistas, el director y, claro, la duración de la película. Fui muy feliz viendo, grabando y volviendo a ver todas esas grandiosas películas de Hitchcock, de la terrorífica Psicosis (qué mal lo paso si me ducho y no hay nadie en casa) a la turbadora Vértigo, pasando por la taquicárdica Los pájaros o la agónica Con la muerte en los talones. Muchas de mis referencias, y no me detengo solo en las cinematográficas, se las debo a Hitchcock. Pocos directores han narrado tan bien, con tanta precisión, esmero y sencillez una historia, sin confundir al espectador, siendo muy hábil, y economista, con la cantidad de información que te aporta en cada momento. Recuerdo al gran maestro del suspende porque recientemente se han cumplido 40 años de su fallecimiento, pero también porque una de sus películas se ha convertido en las últimas semanas en una de las grandes metáforas que resumen nuestra vida en el encierro. Me refiero, claro, a la maravillosa La ventana indiscreta.

No tan elegantes como el escayolado James Steward -menudo papelón se marca-, la mayoría sin una Grace Kelly que nos visite de tanto en tanto, nos apostamos en nuestras ventanas y, sin necesidad de prismáticos, vamos observando y, sobre todo, evaluando el comportamiento de los que contemplamos. Ese de verde, el que va con dos niños, se creerá que somos tontos, que lleva puesto un chándal y cuando nadie se da cuenta, se pone a correr antes de tiempo. Aquellos de allí, se nota a la legua que son coleguitas, seguro que hasta llevan un botellín escondido, que se toman a las primeras de cambio. Y esa mujer, por favor, que se ha pasado en dos centímetros el distanciamiento social por el forro, que juegue con su salud, pero no con la de los demás, habrase visto. Y los de las azoteas, qué sinvergüenzas los que tienen azoteas, dándose sus buenos paseos cuando el resto no hemos podido. Es que deberían haber clausurado hasta los patios y jardines particulares, oye, que no hay derecho que haya gente tan bien y otros que los estemos pasando tan mal.

Tenemos la ventana física, la de cristales y puertas, pero también contamos con esas otras ventanas, virtuales, que se encuentran en los medios comunicación, que en algunos casos habría que denominarlos de otro modo, y en las llamadas redes sociales, que tan antisociales pueden llegar a ser. En las últimas semanas se ha abierto la veda y de qué manera, cualquiera se erige en sheriff del lugar y determina lo que está bien, lo que está mal, cuándo, dónde y cómo tenemos que actuar. Tal cual. Ellos tienen miradas telescópicas y determinan distancias y comportamientos, y por supuesto saben de virus, economía, política, literatura y de lo que haga falta. Ahí están, no están escayolados, pero también tienen su tara, rebosan ejemplaridad y certidumbre, porque todo lo tienen clarísimo. Y así lo cuentan, casi ordenan, con tanta contundencia que a los demás, pobres ignorantes, solo nos queda obedecer, y seguir al pie de la letra sus sabias enseñanzas. Me temo que con estos ejemplares el maestro Hitchcock bien poco podría haber hecho. Un remake chusquero, como mucho, al que tendría que haberle cambiado el título: La razón de los idiotas.

EUROVISIÓN

Jennifer López lo intentó, se le notó a la legua, pero se pasó de rosca. Su Anillo traspasó la frontera de Eurovisión para colarse en el amplio e infinito universo de lo innombrable y hasta de la infamia más absoluta, si uno le dedica dos segundos a escuchar la letra de la canción de marras. Tengo claro que no fue una coincidencia, que J. Lo. y su equipo trataron de eclipsar a Eurovisión, como queriendo decir algo parecido a: esta canción sí que ganaría el festival, y de calle, pero no, se confunden, que ese no es el concepto, por mucho que nuestro Silvestre se empeñe en mostrar tableta en ese videoclip a lo Juego de tronos futurista. Luego acabamos bailando el Anillo en algunas de las fiestas, ferias o verbenas que nos devoraron. Cosas del calor, que se acerca y exige su canción del verano, su copla de estribillo machacón, ese hit hortera que debe reinar en la pista de nuestra discoteca mental, esa que llegamos a tararear hasta para nuestro disgusto. Y nos regañamos, pero no se preocupe, que todos guardamos un muerto en el armario, o dos o tres, y hasta una docena, y todos nos hemos dejado llevar por esa canción tan canalla como horrenda, pero bailonga para nuestra desgracia. No más prólogos, adentrémonos en el asunto, hablemos de Eurovisión, que es lo que toca por estas fechas, a pesar de esta cosa horrenda en la que estamos sumidos. Sí, lo reconozco, me encanta Eurovisión, y me encantaría asistir a una final, y me temo que, a este paso, tendré que tomar un avión y recorrer miles de kilómetros, si se mantiene la costumbre de que la final se celebre en el país ganador de la anterior edición.

Después de lo sucedido con Salvador Sobral ya no me atrevo a pronosticar nada, y me refiero a que la canción del citado tenía el ritmo y la electricidad de una carrera de caracoles. Haga una prueba, trate de recuperar el estribillo, trate de cantarla, tararee, si alguien del grupo lo consigue merece ser reconocido como cum laude en el doctorado eurovisivo. Me temo que influyó la situación personal del artista, la debilidad que nos mostraba, esa petición de cariño que parecía demandar cada vez que abría la boca. Aunque Eurovisión tiene eso, siempre, se alimenta de los extrarradios, de la atmósfera circundante, y hasta de las fronteras, que le pregunten a Rusia, si no, esa cantidad de puntos satélites –no fallaba una el fallecido Uribarri en sus vaticinios-. ¿Por qué Sobral sí y Alfred y Amaia no? La cálida y sugerente voz de ella no fue suficiente para levantar una tristona canción Disney, que empezaba a ser reconocida, y casi hasta a gustar, sí, porque llega a gustar, después de muchas escuchas. Y Eurovisión no es eso, Eurovisión es el chispazo del instante, el estribillo facilón que se te queda a la primera, las lentejuelas y el brindis, los bótox exagerados y los taconazos, el brillo con reclamo, la pandemia de lo hortera. (He dicho PANDEMIA!!!!). Toneladas de purpurina. En un segundo, sin tiempo de espera.

Tengo la impresión de que Lo malo, la canción de Aitana y Ana, igualmente de Operación Triunfo, habría contado con más posibilidades, aunque después de Sobral cualquier cosa es posible, insisto. Este año nos quedamos sin Eurovisión, sin disfrutar de esos vídeos, como rodados con cámaras de los 80, que nos muestran a los aspirantes. Nos quedamos sin esos momentos, apostando por la República Checa, Chipre o Malta, o por cualquier nórdico, siempre tan arropaditos entre ellos, o por una de esas sorpresas que el festival se saca de la manga para seguir avivando su leyenda. Este sábado debería ser la cita, ya deberíamos tener preparados los frutos secos, los caracoles y las pizzas. Los taconazos, los brillos y las lentejuelas, en la pantalla. Algo haremos. El Anillo lo tenemos reservado para la apoteosis final, si llega. Haremos que llegue.

NUESTROS MUERTOS

No sé si como consecuencia de una tradición milenaria, no nos olvidemos de que el mismísimo Cid ganó una gran batalla estándolo ya, pero la realidad es que la muerte, y por tanto los muertos, cuentan con un gran peso dentro de nuestra forma de entender la vida. Y no hay contradicción en esta afirmación, la muerte es una de las partes más importantes de la vida: la causa, el efecto, el fin. Amemos la vida, pero no reduzcamos las dimensiones de la muerte, su poder. Tengo muy presentes todas esas frías mañanas, en el cementerio, cambiando las flores y repasando los nichos, dentro de los cuales reposaban los restos mortales de mis padres. Cambiando las flores cada poco, limpiando con esmero las lápidas, hasta blanqueando o barnizando los contornos, para que sigan estando “presentables”. Sin llegar al extremo de lo que hemos leído que hacían los egipcios con sus más insignes difuntos, que los acompañaban de comida, libros, e incluso juegos, siempre hemos demostrado una especial atención por los que ya no están. Algo que deberíamos considerar como una virtud, como una bondad, y no como una pesada losa heredada. Hablamos con nuestros muertos, mucho más que las cinco horas que escribió Delibes y que tan bien representó Lola Herrera. Toda la vida hablándoles. Yo les hablo a mis muertos, todos los días, mantengo conversaciones con mis padres, con mi hermano, se fueron hace mucho tiempo, demasiado pronto, y tengo claro que sin estas conversaciones mi vida sería muy diferente a la actual. Me he negado a olvidarlos. Y en mis conversaciones abordo el ordinario, y lo extraordinario cuando toca, mi día a día, y ellos me escuchan con paciencia infinita y con una sonrisa. Yo siento muy cerca a mis muertos, caminan a mi lado, viven conmigo. Porque la muerte no acaba con el amor. Porque los recuerdos hay que alimentarlos.

Cuando los muertos se cuentan por miles, como los estamos contando desde hace unas semanas, pierden su identidad y se convierten en un ente anónimo. Lo mismo le sucede a la “gente”, al “público”, a los “espectadores”, a los “aficionados”, a la “audiencia”, se convierten en masa uniforme, sin matices. En un ente sin cara ni ojos, sin apellidos ni nombre, sin personalidad. Sin sus tragedias a cuestas. Sin familias, sin recuerdos. Y los muertos, todos los muertos, tienen derecho a que respetemos su individualidad, su concreción; porque todos ellos fueron universos, mágicos, especiales, únicos e irrepetibles para todas las personas que los amaron. Porque, salvo contadas excepciones, todos tenemos personas que nos aman, en mayor o menor medida. Cuando enterramos a los muertos en el anonimato, enterramos de la manera más egoísta e insensible nuestro dolor. No nos duele aquello que no distinguimos, que no conocemos, que se nos presenta desde la nada. Y renunciar al dolor, o pretenderlo, es renunciar a la memoria. Y no hay justificación para ello.

No se merecen los muertos de las últimas semanas, los muertos de ayer, hoy y siempre, cualquier muerto –porque todos son nuestros muertos-, el frío anonimato de la estadística. Que los consideremos solamente un pequeñísimo porcentaje de una curva que crece o mengua. Un titular de diez minutos, una frase en un discurso interminable; una portada nauseabunda de un periódico que renunció al periodismo –para dedicarse, en cuerpo y alma, a la casquería-. No hay muertos pequeños, no hay muertos numerales. Y, sobre todo, no se merecen nuestros muertos que los usen con propósitos pugilísticos, para golpear al adversario. Nuestros muertos no son una granada, una bala o un cañón, como tampoco pueden ser un escudo o una trinchera. Respetar y amar a nuestros muertos supone reconocerte ante el espejo, ser capaz de levantarte cada día y abrir los ojos, sin sentir vergüenza. Y dignificar a los muertos, a los tuyos y a los míos, a todos los muertos, es lo poco que podemos ofrecerles. Lo poco, y lo mucho, que nos merecemos, también nosotros.

NO NOS OLVIDÉIS

No nos olvidéis. Es lo único que os pido, que cuando todo esto pase, que pasará, ya lo veréis, no nos olvidéis. No os olvidéis de los titiriteros, de los músicos, de las pintoras, de las escultoras, de los comediantes, de las humoristas, de los bailarines; no os olvidéis de los actores, de las actrices, de los directores, de los guionistas, de los figurantes, de las estilistas, de los ayudantes de producción, de las taquilleras, de las productoras. No os olvidéis, por favor, de los poetas, de las novelistas, de los cuentistas, de las libreras, de los editores, de las correctoras, de los bibliotecarios, de los impresores. No os olvidéis, os lo ruego, de las periodistas, de los fotógrafos, de los locutores, de los mezcladores, de las redactoras, de los diseñadores, de los repartidores, de las publicistas. Cuando todo esto pase, porque pasará, claro que sí, solo os lo pido que no os olvidéis de los violinistas, de las pianistas, de los tenores, de las contrabajistas, de las directoras, de los acomodadores. No os olvidéis de Felipe, Luis, Sara, Isaac, Eva, Charo, Pablo, Carlos, Javier, Lucía, Paula, Pedro, Belén, Miguel Ángel. No os olvidéis de Antonio, Marina, Daniel, Rafa, Carmen, Ricardo, Agustín, Manolo, Virginia, Salva. En este tiempo de confinamiento, muchos de vosotros habéis podido comprobar que la cultura no solo nos alimenta, nos nutre, también nos sana, nos cura. Nos salva de la ignorancia, del aburrimiento (que puede ser la puerta de entrada de la curiosidad, pero también del rencor y de lo retorcido, de lo terrible); nos salva de la desidia, de la desinformación y de la apatía. Porque la cultura, la información, son la luz en la oscuridad, el agua en el desierto, la calma en la tempestad. Porque vuestras vidas son más ricas, más plenas, más vividas, con un libro entre las manos, envuelta en música, frente a una pantalla o recorriendo una galería de arte. Porque no solo vivís más, vivís mucho mejor, mucho más. Y en estos días lo estáis comprobando, como nunca tal vez.

No nos olvidéis cuando esto pase, y no lo pido como contraprestación, porque hayamos entregado durante estos días de encierro nuestros libros, películas, museos, poemas, canciones o fotografías. No, no se trata de un trueque, de un quid pro quo, por todos los directos, charlas, cuentos, canciones, actuaciones compartidas en las últimas semanas, no. No es una devolución, no va de eso. Seguid compartiéndonos, usándonos, disfrutándonos, se trata de incorporarnos definitivamente a vuestras vidas como una rutina más. Paseíto de media hora y un cuento; protagonizar aventuras inimaginables, volver a soñar con un cómic. Un libro de poemas junto al cartón de leche, un cuadro colgando entre los embutidos, una película donde antes eran chismes, la memoria en el hueco del olvido, una canción en donde tanto tiempo habitó el silencio. Se trata de eso, de que sigáis/sigamos estando a nuestro/vuestro lado, queremos seguir siendo vuestra compañía, formar parte de vuestras vidas. No cerrar esta puerta que hemos abierto, cuando se ha cerrado la de la calle.  

Os lo pido, no nos olvidéis, que no volvamos a la desnudez, a la miseria, al vacío, a tener que renunciar a nuestras profesiones -porque han dejado de serlo-. Que no tengamos que recorrer ese infierno que muchos ya recorrimos, porque seguramente iremos muy justos de fuerza y demasiados caeremos en el intento. Han sido muchas las caídas y cada vez cuesta más levantarse y seguir recorriendo el camino. No nos olvidéis, os lo pido, por favor, por este presente que estamos compartiendo, por el futuro, que puede ser bueno, y hasta muy bueno, si entre todos nos comprometemos a que lo sea. Nosotros estamos dispuestos a ello, y a hacerlo a vuestro lado. Por todo esto, y por mucho más que no podría explicar con palabras, hablo de sensaciones y de emociones demasiado íntimas y personales, os pido que no nos olvidéis. Si esto vuelve a pasar, ojalá nunca más tengamos que vivirlo, y mucho menos nuestros hijos, nietos o nuestros mayores, muy especialmente, estaremos otra vez a vuestro lado. Tenedlo presente: estaremos. Te lo pido a ti que me lees, y al vecino del tercero D, y a mi dentista, y a la sanitaria desconocida y heroica, y al mecánico, y a la funcionaria de Correos, y también se lo pido al alcalde, y a la consejera del ramo, y al ministro -a pesar de sus declaraciones-, por favor, no nos olvidéis.

MIENTRAS CRUZAMOS LA PUERTA

Estamos cruzando la puerta, pero no sabemos lo que nos aguarda a continuación. Nos lo repiten una y otra vez. Todo será diferente. Nada será como antes, llega lo desconocido. Un nuevo tiempo. Y ante todas estas proclamas, ante semejantes vaticinios –tiempo de gurús, videntes e idiotas-, yo me pregunto: ¿qué mundo tan cutre y escuálido habíamos construido, después de tantos y tantos años, después de tanto y tanto currar, que no soporta un mes o dos de inactividad? Si no tuvieras ahorros para subsistir durante un mes, después de llevar años trabajando, todos dudarían de tu capacidad, de tu eficacia y de tu yo qué sé, no hablaría bien de ti, en cualquier caso. Quién no se ha roto una pierna, un hombro, o lo han operado de una hernia, o de un ligamento o de lo que sea, y se ha tirado un mes o dos de reposo, convaleciente, y eso no ha supuesto que su vida se haya transformado en otra cosa absolutamente diferente -o que haya acabado-. Pues nada, parece que esos ejemplos con nuestro sistema no valen, o nos dicen que no vale. Si el cambio es a mejor, pues mira, hasta lo compro, pero si va a ser para hacer lo de siempre, pues ya tengo mis reservas. ¿Recordamos la gran crisis financiera de 2008? Esa que generaron unos pocos y que pagamos todos, esa misma. ¿Recordamos las proclamas y augurios de aquellos días? Pues eso, que el resultado fue que los que la liaron parda, los que reventaron la burbuja a costa de inflarla -al mismo ritmo que inflaban sus bolsillos- acabaron siendo los grandes beneficiados y los estafados, los que nunca fuimos a las salas VIPS, los que no tuvimos cuentas en Panamá, ni segundas residencias ni coches de gama alta ni acciones ni tantas y tantas cosas acabamos, de rodillas, bayeta en mano, limpiando los churretes de una fiesta a la que nunca fuimos invitados.

Estamos cruzando una puerta de considerable grosor, me temo que nos va llevar un tiempo y que, finalmente, cuando creamos ver la luz, la veremos muy lentamente, como si se tratara de una secuencia rodada por Bergman. Mientras eso sucede, propongo que aprovechemos este momento para recuperar o restaurar emociones, contactos, que hemos olvidado en el tiempo. Estoy seguro que este prolongado confinamiento propiciará que haya un aluvión de separaciones y divorcios -para quien pueda pagarlo, claro-, pero creo que también traerá renovación de enamoramientos, o enamoramientos, a fin de cuentas; redescubrir sensaciones, pasiones del pasado, que la rutina, eso que llamamos el día a día, se empeña en esconder -en el armario de los sentimientos-. Y algo parecido nos puede suceder con nuestros hijos. Yo estoy disfrutando mucho de mi familia estos días. Apenas hablo por teléfono, prefiero hablar con ellos. Muchas horas hablando, contándonos de todo, y larguísimas tardes de juegos, parchís o Monopoly, en las que no paramos de reír, de saltar y brincar con las jugadas más decisivas. En un principio lo entendí como meros pasatiempos con los que mejor sobrellevar el confinamiento, pero hoy ya lo considero como un regalo, tal vez el único, de este tiempo extraño y atroz.

Estamos cruzando la puerta y todavía no somos capaces de adelantar lo que nos encontraremos a continuación -salvo los gurús y los idiotas, claro-. No sabemos si habrá luz, o por el contrario la oscuridad nos cubrirá. No sabemos si nos encontraremos ante un nuevo mundo o más de lo mismo, que es el temor de tantos, mi gran temor. Nos encantan los hashtag de buenas intenciones, #unidos #solidaridad #venceremos, del mismo modo que nos gustan las películas malas con final feliz, pero a la hora de la verdad lo mío es mío y mis privilegios son mis privilegios y los quiero conservar todos, por encima de todo y todos. Y así es muy difícil que este barco en el que llevamos navegando durante tantos y tantos años siga a flote. Por eso, en mi casa al menos, mientras cruzamos la puerta, hemos optado por fijar las juntas, por elevar el nivel de flotación, vaya que luego la marea o lo que sea, sea mayor de lo que imaginamos.

EL PARAÍSO QUE NUNCA FUE

Si fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han estado instruyendo para todo esto por lo que estamos pasando. Nos enseñaron, primero, que tener una propiedad, una casa especialmente, era lo más parecido a alcanzar nuestros sueños, y nos entregamos a ello sin freno ni control. Inflamos tanto, tanto, la burbuja que acabó reventando. Y todos, de un modo u otro, reventamos a la vez. Eso sí, con nuestras hipotecas a treinta y cinco años, condenados, en la mayoría de los casos, a vivir en la misma casa durante ese tiempo, sin tener en cuenta nuestras circunstancias. Esas casas que nunca reconocimos como el yugo y que llenamos de comodidades y avances tecnológicos para mejor disfrutarlas. Internet a banda ancha, a todo lo que da, sin límite de descarga; pantallas de televisión del tamaño de una mesa de ping pong; unas cocinas que jamás habrían soñado nuestros padres, donde jugamos a emular a los grandes cocineros; esplendorosas y frondosas zonas ajardinadas, piscinas comunitarias, pistas de pádel y de fútbol sala, parques infantiles, en el glorioso universo de las urbanizaciones en las afueras, la gran metáfora de la propiedad en este tiempo. Convertimos las cenas con amigos, sin salir de casa, para qué, en el gran acontecimiento de nuestras duras semanas -para pagar el hipotecado sueño-. Y Amazón y Aliexpress nos comprendieron y nos pusieron el mundo a nuestra disposición, solo con introducir el número de la tarjeta de crédito en el lugar correspondiente.

Si fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han instruido en mantener relaciones a distancia, muy cómodamente, sin tener que salir de casa. Del adictivo Messenger a las redes sociales de la actualidad, que en muy poco tiempo nos convirtieron en consumados periodistas, en expertos fotógrafos y en tipos especiales, mil felicitaciones recibimos en nuestro cumpleaños. Y, lo más importante, en muy poco tiempo tuvimos amigos en Argentina, Marruecos, Toledo, Murcia o Badalona sin necesidad de mover los pies de nuestra casa. Amigos de verdad, con los que hemos construido una nueva y sólida sociedad, que se rige por principios muy parecidos a la real, pero de la que puedes formar parte sin esfuerzo alguno. Las deslumbrantes videoconsolas actuales, en las que protagonizamos apasionantes aventuras o le metemos un gol por la escuadra a Ter Stegen, son el resultado de un lento pero continuo aprendizaje de años, desde que mordimos el anzuelo con los viejos Spectrum o con el Comecocos. Y llegaron las plataformas digitales, con sus mil canales, de golf a pesca, y sus series alucinantes; el cine llegó a casa, nos repetimos. Pero es que hicimos lo mismo con la música o con la lectura, hasta el punto de que arrinconamos a nuestros orondos discos duros, que durante mucho tiempo fueron nuestro gran templo cultural y memorialista.

Y llegamos a este momento, en el que todas esas habilidades y conocimientos adquiridos durante décadas alcanzan todo su esplendor. Nuestros hijos ya no necesitan ir al colegio, se las apañan de maravilla con Hangout, Skype o el Classroom. Teletrabajamos desde la cama, en pijama, a veces son las doce y todavía no nos hemos cepillado los dientes, y eso que ya hemos mantenido dos reuniones. No tenemos que comprar entradas para conciertos ni soportar codazos, Coldplay o Coque Malla actúan en el salón de casa; visitas privadas al Louvre o al Prado, Velázquez como jamás lo podríamos haber imaginado ver. Me pongo en forma con la reina del fitness y gracias a un tutorial de Youtube por fin cumplo uno de mis sueños: estoy aprendiendo a tocar la guitarra. En fin, qué le digo, si yo fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han estado instruyendo para este virus que castiga, y de qué manera, el contacto, las relaciones. Y la trampa en la que ahora estamos encerrados, nuestra casa, nunca la hemos considerado como tal, sino como lo más parecido al paraíso.

LA FIESTA DE LA PRIMAVERA

Suena el despertador, hoy no es tan desagradable como otros días. No hay rencor en nuestra reacción, no nos queremos vengar de su exactitud. El amanecer se cuela por las rendijas de la persiana, prudente y hermoso, anaranjado, cálido. Desde la ventana, contemplas a los más madrugadores que sacan sus perros a pasear. Esa mujer de rebeca gris, la del pelo cobrizo, la crees ver cada mañana haciendo justamente lo mismo, lo firmarías sin dudar, como si se tratara de un dejà vu milimétrico, inalterable. Esa rutina que te tranquiliza, que confirma tu lugar en el mundo. Porque todos contamos con ese lugar, el que más se adapta a nuestra espalda, a nuestras piernas y a nuestros pensamientos. La cafetera cumple con su función, silba su aliento de olor, y no tarda en invadir toda la casa, como el gas más delicioso e inofensivo. Se cuela por debajo de la puerta, por la terraza, por el respiradero, y se funde con el olor procedente de las casas de los vecinos, y con el del pan tostado, y el de los cacaos recién hechos, y el de las primeras ollas, y el de los sofritos, y con el de esa carne en salsa que te entusiasma desde la distancia. No hace tanto, estuviste a punto de preguntarle la receta a los vecinos, esa pareja mayor que congrega a sus hijos y nietos con una paella todos los domingos, y por no sé qué no lo hiciste. Te quedaste con la duda, o tal vez prefiriendo admirarlos desde la distancia, como a uno de esos ídolos que nunca conocemos para seguir manteniendo intacta su magia. Algún niño llora, pero por el madrugón, por tener que abandonar su cuna de sueños y seguridad, y busca con la mirada ese peluche de vivos colores que se difuminó cuando comenzó a dormirse. Sigue ahí, con su sonrisa, el peluche, junto a la cuna.

Comienzas la mañana tomando café, leyendo el periódico en el móvil o leyendo los mensajes acumulados. No puedes evitar reír al leer las ocurrencias de Paco, es el rey de los memes. Los compartes con otros amigos, y sonríes al hacerlo. En la radio suena una canción de David Bowie, que te pone un poco triste, porque ya no está, pero también te alegra, te traslada a aquella noche en aquel bar. Eras joven. Tus hijos remolonean pero cumplen con el horario, el trabajo y los colegios aguardan. En el ascensor, sin saber por qué, recuperas las palabras del locutor de radio, adelanto de la primavera, y tú mismo lo confirmas cuando ves el azahar, como una cálida nevada, cubriendo el techo de los coches. Una buena fotografía para subir a tu Instagram, una acción poética natural e inesperada. En la panadería están colocando las piezas en los mostradores, en el quiosco de prensa los fardos de periódicos se alinean en la parte delantera. Los fines de semana, los domingos, sobre todo, te gusta charlar un rato con Encarna, cuando vas a comprar el diario. Comentáis las portadas, los hechos más relevantes. Encarna te recuerda a aquella profesora de Lengua, tan ordenada, tan pulcra, tan eficiente, que consiguió que la sintaxis o la morfología dejaran de ser espacios hostiles. Tenía buena mano, sí, doña María, sí, doña María, la recuerdas con frecuencia, al igual que a aquel chico que hacía el cubo de Rubik en 14 segundos o a aquella chica con la que bailaste en una fiesta del instituto.

Cualquier día puede ser el de la fiesta de la primavera, incluso uno de estos días recientes, pesados y oscuros, por los que transitamos. Basta con querer, con imaginarlo, con intuirlo. Todas las enfermedades, se habla especialmente del cáncer, pueden tener evoluciones muy diferentes dependiendo del estado anímico de la persona que lo padece. Cuando la enfermedad es colectiva, como la que estamos padeciendo en este preciso momento, también debe serlo el estado anímico. Un estado que se construye, alejándonos del catastrofismo, que no de la realidad, evitando la propagación de las noticias falsas, apartando el fuego de ese inflamable gas que es la histeria, cuando es colectiva. Es el momento de la prudencia, de la responsabilidad, y también de ayudar al que peor lo esté pasando. Pronto, volveremos a disfrutar de la primavera, como una fiesta, como una alegoría de un tiempo nuevo y bueno. Mejor, sin duda. Querer es poder.