LA SABIDURÍA DEL PERDEDOR

Cada vez lo tengo más claro: el éxito (o lo que reconocemos como tal) enseña muy poco, y sus efectos, tras el furor del momento, pueden ser más nocivos y negativos de lo que imaginamos. Sé que es un topicazo mayúsculo, de los muy gordos, pero es que no hay mejor maestro que el fracaso. Una enseñanza de vida y de resistencia, que tal vez sean la misma cosa. Porque cada día, o la mayoría de ellos, es una nueva derrota. Y asumirlos, aceptarlos, adaptarnos, sobrevivir sin morir en el intento, es el resultado de esa enseñanza. La vida, tal cual, galería de fracasos, escuela de robinsones, manual de instrucciones (con demasiada letra pequeña) para nadadores en aguas revueltas. Saber perder, es saber ganar, y en esto he estado pensando esta semana tras el lío que se montó en el resucitado Festival de Benidorm. Vayamos por partes. Que sí, que lo del jurado es de las cosas más extrañas que hemos visto en televisión. ¿Jurado demoscópico? Bromas, no, por favor. Y que los votos de los espectadores sólo valgan un 25% es, como poco, ningunear la opinión que debería ser más importante: la del público. Y no entremos ya en lo de meter un austriaco y a un islandés en un jurado que debía decidir el artista que representaba a España en Eurovisión. ¿Habrá españoles en los jurados de Islandia, Austria o Noruega que decidan sus representantes en el festival de marras? La respuesta es obvia. Hasta ahí estamos de acuerdo, casi no se puede discutir, pero tengamos mesura, tomemos distancia, y pongamos los pies en la tierra. Me habría encantado que ganaran las tetas de Rigoberta Bandini, de la que soy seguidor desde mucho antes que anunciara cervezas o se presentara a los festivales eurovisivos. No lo escondo. O Varry Brava, con ese himno homenaje a la Carrá, no lo oculto. O que me hacía gracia, y poco más, la canción de Tanxugueiras, sí, es verdad. Y no me olvido de Xeinn, del que pocos han hablado, y que para mi gusto defendía la canción más netamente eurovisiva de cuantas escuchamos.

Dicho esto, y como antes señalaba, recuperemos la mesura, y tengamos en cuenta que se trata del Festival de Benidorm, de Eurovisión, que no hablamos de centros de salud, de vacunas que salvan vidas o de tasas de desempleo. No. Vamos a relajarnos. No busquemos complicaciones y más ríos revueltos, que ya tenemos bastantes. Que me hubiera gustado que hubiéramos enviado una canción con letra feminista, o inclusiva, progresista, con valores, y no la que hemos enviado, también lo reconozco. Tengamos en cuenta, y espero que nadie se lleve un chasco, que la historia de la música de los últimos setenta años, hablamos de rock y pop, cuenta con un gran número de canciones que aclamamos como obras maestras y cuyas letras es mejor no traducir, si nos referimos a autores en habla inglesa, por lo general. Y le hablo de Bowie, Prince o los Beatles, no traduzca algunas de sus grandes creaciones si no quiere llevarse un chasco descomunal. Yo no voy a comprar nunca un disco de Chanel, ni creo que tenga opciones de ganar el Festival Eurovisión, pero es justo reconocer que ofreció una buena interpretación, que se movió bien en el escenario y que la canción es pegadiza. Y es que de eso se trata.

Si para ganar hay que machacar al adversario, prefiero mil veces perder, me parece más sano. Y hasta más ético y moral. Soy del batallón de los perdedores. También es cierto que se puede montar un jurado con más lógica, menos raro, es cierto, y ojalá lo hagan. Pero, ¿y lo mucho que nos hemos reído con los comentarios en Twitter o con los memes que nos han llegado? No malgastemos nuestras fuerzas en batallas que dirimen asuntos tan poco trascendentales, tan de esa manera, que es Eurovisión, repito, no más. Y lo más curioso es que las que deberían estar más afectadas, y cabreadas, las artistas, Rigoberta y Tanxugueiras especialmente, son las que han mostrado mejor talante y buen rollo, felicitando con naturalidad a Chanel, y deseándole el mayor de los éxitos en la cita eurovisiva. Saber perder, la lección que todos deberíamos aprender. Y conjugar con mesura el reflexivo de indignar. Y que no falte nunca caldo en la nevera, que eso sí que es un problema de verdad.