EL LENGUAJE DE LAS MAREAS, BSO

Si Carmen Puerto se despierta con AC/DC, le encanta Enrique Bunbury y ha descubierto a VivaSuecia y Rufus T Firefly, Jaime Cuesta se decanta por Neil Young o Manolo García y Julia Núñez echa de menos las canciones que escucha en el gym. Tampoco faltan en la playlist las típicas canciones veraniegas, esos éxitos fulminantes, y grandes clásicos de la historia de la música, presentes en El lenguaje de las mareas, y que puedes escuchar aquí>>> https://open.spotify.com/playlist/2bcH13cSIsFgPObrgZq6RX?si=3C9uOHVuT1iVlOY8hezmaw

EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Sí, hoy escribo de mi nueva novela, autopromoción descarada, lo sé, pero es que necesito contar algunas cosas sobre El lenguaje de las mareas, que acaba de publicar Almuzara. Explicar lo que me ha supuesto, lo que significa para mí. Que es mucho. Aunque llega a las librerías en un momento extraño -en realidad, tendría que haber llegado hace casi dos meses-, es una novela muy especial para mí. Y es que tras casi cuatro años en blanco, esta historia me empujó a sentarme frente a la pantalla del ordenador. Cuatro años lejos de la literatura que tal vez han sido necesarios, para llenarlos de vida, de nuevas emociones, de tiempo. En cierto modo, puede entenderse esta novela como mi reconciliación con la escritura. Indiscutiblemente, Carmen Puerto, su protagonista, tiene mucha culpa de esto. Desde el primer día, desde que se coló en mi cabeza, tuve claro que había llegado para quedarse y es que nunca antes un personaje me había enganchado como lo ha hecho esta inspectora. Y eso que es muy jodida, cascarrabias, deslenguada, a ratos maleducada, puñetera en el más amplio sentido de la expresión. Pero, también, muy inteligente, y con una intuición que la hace ser diferente. Una mujer que vive atrapada en su propio y sombrío mundo, que no pasa por su mejor momento, precisamente, y a pesar de eso tiene que enfrentarse a su caso más complicado. Débil y poderosa al mismo tiempo, Carmen Puerto tiene mucho de todos nosotros. Pensemos en una cebolla, con sus distintas capas o pieles. En el interior de El lenguaje de las mareas hay varias tramas, incluso me zambullo en diferentes géneros, más allá del negro. Y de este modo, a ratos es una novela que reflexiona sobre esta sociedad contaminada y abrumada por tal cantidad de información, hasta el punto que nos cuesta distinguir lo fake de lo cierto. También sitúo el foco sobre las redes sociales, su uso desmedido, la imagen que llegamos a trasmitir/recibir a través de ellas, y como eso puede influirnos hasta extremos que no nos podemos llegar a imaginar. Como, en demasiadas ocasiones, el binomio juventud y redes sociales puede deparar resultados insospechados, al mostrarse públicamente más de lo aconsejable y ante quien no se debe.

Aunque es una novela para adultos, me encantaría que muchos adolescentes leyeran El lenguaje de las mareas, porque además de sentirse reconocidos, les puede ayudar a la hora de enfrentarse a las redes sociales, conociendo algunos de sus efectos colaterales, si no toman las medidas y prevenciones adecuadas. Lo avanzo ya, antes de que nadie lo diga: he tomado de la realidad más que nunca a la hora de escribir esta novela. Más que nunca. Los casos de Asunta, Diana Quer, La Manada, Marta del Castillo o Laura Luelmo están detrás de esta historia, de un modo u otro. Por que todos ellos me sobrecogieron en su momento, y todos ellos coinciden en un mismo y terrible punto, que no es otro que el de la desigualdad de género. Que también persiste, y en demasiadas ocasiones de una manera brutalmente trágica, cuando hablamos de determinados delitos. Comportamientos que no son peligrosos para los hombres, salir a correr, trasnochar, ir de fiesta o subirte en el coche de un desconocido -que todos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas-, sí pueden llegar a serlo para las mujeres. Un peligro que aumenta, y considerablemente, si se trata de mujeres jóvenes.

Con frecuencia, escuchamos aquello de que un punto geográfico se convierte en el protagonista de una novela. En esta ocasión, lo puedo asegurar, no se trata de una exageración o de una estrategia comercial. El lenguaje de las mareas tiene mucho de homenaje a la Costa de Huelva, a Ayamonte, Punta del Moral, sus playas y marismas, sus caños, a esa naturaleza que sigue siendo tan bella como salvaje, turbadora en ocasiones. Y, claro, su luz, única, está muy presente igualmente. Una luz que es la gran protagonista en la enorme pieza audiovisual que ha creado Toño Méndez, y que puedes contemplar en diferentes plataformas (Youtube, por ejemplo). En esa zona, frontera con Portugal, he sido y soy muy feliz, y si esta novela consigue que más personas piensen y sientan lo mismo que yo, lo doy por bienvenido. Me siento, y no exagero, como si fuera mi primera novela, la primera vez, con esa misma curiosidad e ilusión, con esa misma intensidad. Ahora me toca contemplarla desde la distancia y esperar, desear, que llegue a vuestras manos y que la disfrutéis lo mismo que la he disfrutado escribiéndola. Que ha sido mucho. Mucho.

PRIMERAS PRESENTACIONES DE EL LENGUAJE DE LAS MAREAS

Jueves, 25 de junio, firma de ejemplares, desde las 19.30 h. en la Librería Siltolá, de Sevilla.

Viernes, 26 de junio, presentación, 21 h. Alcaraván, Ayamonte (Huelva).

La noche del 30 de agosto de 2018, dos chicas de 17 y 18 años, Sandra Peinado y Ana Casaño, desaparecen sin dejar rastro en Punta del Moral, Ayamonte, junto a la frontera con Portugal. Sandra es hija de un personaje de máxima actualidad, implicado en un caso de corrupción política. Y Ana es una joven de fuerte temperamento que mantiene una relación muy complicada con sus padres. Ambas son adoptadas y pasaron sus primeros meses de vida en orfanatos de su Rusia natal.
Carmen Puerto, inspectora apartada del Cuerpo Nacional de Policía en los últimos tiempos, desde su confinamiento entre capuchinos, tabaco y poemas de Dylan Thomas recibe la llamada de sus compañeros Jaime Cuesta y Julia Núñez, que una vez más vuelven a convertirse en sus manos y ojos en el exterior, para enfrentarse a su caso más complicado. Así comienza este trepidante thriller en el que sucesos reales que han contado con una gran repercusión mediática se transforman en elementos de ficción al servicio de una historia de ritmo implacable, en un escenario tan bello como turbador.

El regreso a la novela de Salvador Gutiérrez Solís, de la mano de Carmen Puerto, la inspectora de policía más singular y carismática que ha deparado la novela negra española en los últimos años.

OPTIMISMO, POR FAVOR

Lo reconozco, se me da fatal esto de las fases, las desescaladas y demás nomenclaturas de la actualidad. Si alguien me pregunta qué se puede hacer o no desde este lunes, no sabría que responderle, la verdad. Para esas cosas necesito del día a día, de alguien que me lo diga. Y no es por pasotismo, por desidia o por aburrimiento, es porque no me entero -sencillamente-. Por ejemplo, no me entero de lo que hablan cuando se refieren a círculo de confianza, porque a mí quien se me viene a la cabeza es Robert De Niro, en aquella comedia con Ben Stiller. Tampoco me entero de los aforos, porque nos podemos pegar, y hasta arrejuntar, y por lo visto hartarnos de cerveza hasta las tres de la madrugada, lo nunca visto, pero los teatros, las salas de conciertos y los cines tienen que parecer desiertos. Eso no lo termino de comprender. Pero eso da igual, habiendo Primitiva, Bonoloto y Euromillón, habiendo Liga, que el fútbol ya está aquí, con aficionados robots y todo, y, sobre todo, habiendo bares, todo lo demás da igual, exactamente igual. Que no se pueden presentar libros, que no hay recitales poéticos, que los museos siguen cerrados, que va a ser muy difícil que haya actuaciones en directo en un tiempo, y qué más da, en eso seguimos siendo y estando igual. Al final no se va a diferenciar tanto la nueva normalidad de la vieja normalidad, y es que hasta se parecen mucho. Gemelos que han salido los niños. En los peores días de la pandemia, cuando escuchaba a alguien decir eso de que esto nos iba a ser mejores me daban ganas de reír, a carcajadas, o de recomendarle muy seriamente tratamiento psicológico. ¿Mejores? ¿de verdad alguien creyó eso? ¿En base a qué, por qué, es que no nos conocemos? Si el Congreso es el reflejo de España, si es como esa lata de tomate concentrado que ha chupado el jugo de 15 kilos de tomates, que no lo creo, basta con revisar lo sucedido esta misma semana para darnos cuenta, constatar, que esto no nos ha hecho mejores.

Las desgracias, porque esto ha sido una desgracia, con letras mayúsculas -pero yo no se las voy a poner-, nos pueden endurecer, resabiar, hacernos más cautos y precavidos, menos confiados, pero no necesariamente mejores. O lo que yo entiendo por mejores, claro, que eso ya sería otro debate. Que sí, que aprendemos una lección, pero a lo mejor entregamos demasiado a cambio y el precio no nos merece la pena. Pero seamos optimistas, aunque seamos españoles, que hasta somos capaces de eso, y pensemos que lo peor ya ha pasado. Podemos salir a la calle, sin horarios, sin límites, o eso he creído entender. Esto lo digo, sobre todo, por esos vecinos míos que siguen como zombis pandémicos dando vueltas y vueltas en la azotea, con la que está cayendo. Temo que llegue el día en el que suba a la azotea y solo encuentre, recuerdo de lo que fueron, una gafas o unas deportivas derritiéndose bajo este tiránico sol que nos abrasa. En definitiva, abajo el pesimismo y retomemos el optimismo, aunque solo se trate de un placebo, de un engaño, pero ya está bien de este mal rollo, de este tufo permanente y de ese adorar al gran cascarrabias. Optimismo, por favor, a espuertas, una sobredosis. Que con el optimismo no se come, claro, eso ya lo sabemos todos, pero al menos se padece un poco menos y hasta descubres algunos colores que te alegran el día, aunque solo sea durante unos pocos segundos.

Azaña dijo algo parecido a que si los españoles hablásemos solo de aquello que sabemos, se produciría tal silencio que nos permitiría pensar. ¡Pensar! ¡Silencio! ¡Españoles! A pesar de la utopía, y hasta de la ciencia ficción, yo me adhiero a la fórmula del sabio político. Y es que tal vez ha llegado el momento de hablar menos y pensar más. O mejor, hablar solo justo, y después de haberlo pensado. Esa sería la gran combinación, la que de verdad nos haría mejores, muy mejores, a todos. Que seamos mejores por elección propia y no porque una desgracia, sea del tamaño que sea, nos lo imponga. No es un mal proyecto, todo lo contrario. Hasta saliendo mal, solo con intentarlo, ya habrá merecido la pena.

EN NUESTRAS MANOS

En la misma semana que cuatro componentes de la tristemente célebre y conocida como La Manada se sientan en el banquillo, para ser juzgados por un supuesto caso similar al que fueron condenados en Pamplona, por primera vez se rompe el consenso institucional en la Diputación de Córdoba, así como en otras instituciones de otras provincias y comunidades autónomas de todo el país, sobre un tema tan grave, serio y atroz como es la violencia de género. Bochornosa y cobarde reacción de uno de sus líderes, cuando una mujer lo increpaba. Está claro, porque lo han repetido una y otra vez, hasta la extenuación, como un mantra, que no están de acuerdo con la denominación violencia de género, ya no digamos violencia machista o violencia contra las mujeres, porque simple y sencillamente entienden que esa violencia no existe o no es tanta ni tan frecuente como se comenta. Prefieren términos más light, menos significativos, como violencia intrafamiliar o violencia en el ámbito doméstico, que son definiciones que albergan todo y no señalan nada, como si hubiera miedo, o yo qué sé, a que los hombres saliéramos mal parados. La realidad es, porque las cifras están ahí, porque las estadísticas y las funestas sumas no engañan, y eso que lo contamos oficialmente desde no hace tanto, que los hombres salimos mal parados cuando nos referimos a violencia de género. Porque somos los hombres los que asesinamos a nuestras parejas o exparejas. Esa es la realidad, y querer tratar de ocultarla bajo denominaciones ambiguas o aglutinadoras es absurdo. Como también es absurdo insistir en ese falso y malintencionado discurso sobre las denuncias falsas en los casos de violencia de género, ya que las estadísticas reales nos muestran ínfimos porcentajes, que no se acercan, ni de lejos, a la generalidad. Por este descreimiento hacia la violencia de género, lo que se había conseguido con tanto esfuerzo se ha roto y ya no hay una unanimidad institucional, como ha existido durante décadas.

Yo no soy mucho de creer en las coincidencias, a pesar de que la RAE aceptase serendipia como animal de compañía, y por tal motivo me llama mucho la atención la información que se ha difundido esta semana por diferentes canales. El abogado defensor de La Manada, siempre creeré que La Piara es más acertado, conocido porque sus declaraciones no suelen dejar indiferente a nadie, por ser suave, supuestamente habría contratado detectives para seguir a las chicas violadas con la intención de demostrar que no estaban tan traumatizadas, ya que salían a la calle, iban al gimnasio y hasta subían fotografías a sus redes sociales. Porque para este abogado, tal y como es fácil deducir tras conocer su supuesta estrategia, las mujeres que han padecido una violación deben estar escondidas, apartadas, de luto permanente o similar. Es curioso, y ya ha comentado con anterioridad que no creo en las coincidencias, que este abogado, y según señalan determinadas informaciones, hubiera sido tanteado por esa formación política que ha roto el consenso con respecto a la violencia de género, para ingresar en sus filas. Como poco, es curioso.

Lo que no es nada curioso, y sí muy triste, es volver a comprobar qué fácilmente podemos retroceder en todo lo relativo a los derechos de las mujeres. Sus conquistas, que son las conquistas de todos, y quien no lo vea así no cree en una sociedad entre iguales, no están fijadas sobre acero o cemento, sobre cristal. Sobre techos y suelos de frágil cristal, que rompemos cuando nos conviene. Lo hicimos en los peores años de la crisis, relegándolas a las peores condiciones laborales, y lo volvemos a hacer ahora, con la excusa de la inmediatez política. Un 25 de noviembre más, nos volveremos a escandalizar con las cifras arrojadas por la violencia de género, nos estremecerán los amargos y trágicos relatos que no son extraordinarios, que son cotidianos, desgraciadamente. Y todos, todos, insisto, contamos con la capacidad de acabar con esta lacra que nos degrada como sociedad. Porque su erradicación está en las manos de todos y cada uno de nosotros. Sí, en las de todos.

BLACK FRIDAY

QUE somos una especie de camaleones culturales-sociales no hay quien lo niegue. Nos bastan dos anuncios, tres comentarios y un levísimo empujón para disfrazar a nuestros hijos en Halloween, tragarnos una cola con sirope de lo que sea que sabe más mal que bien o lanzarnos a comprar lo que sea porque ha llegado el Black Friday. Sí, somos así. Y festejamos San Patricio como si hubiéramos nacido en Dublín, comeremos lentejas en Nochevieja si se tercia y acabaremos celebrando el Día de Acción de Gracias. Pobres pavos, que los pocos que hayan sobrevivido a la Navidad ya cuentan con otra fecha para pasar un mal rato. Somos así, no lo podemos evitar, tampoco lo intentamos mucho, más bien, o casi nada, es la verdad. ¿Usted se imagina a neoyorquinos devorando bocatas de tortilla de patatas o flamenquines por la calle o una churrería a orillas del Támesis, se lo imagina? Yo, no. Con el lenguaje, pues tres cuartos de lo mismo, abandonamos nuestras propias palabras, las arrinconamos en el rincón más oscuro, y adoptamos con alegría las que nos llegan de fuera. Y todo tiene traducción, o casi todo. Con lo bien que suena mercadotecnia, que hasta rima con hernia. Y no le reprochemos nada a la publicidad, a la influencia de los medios, que también tratan de influirnos con otras cosas y no caemos en sus redes, somos receptivos con lo que queremos. Los más acogedores del mundo mundial con lo de fuera, ya ves tú, que no tarda nada, ni cinco minutos, para sentirse como en su propia casa, salvo que lleguen en patera. Con esos no, claro. Ahora es el Black Friday, Viernes Negro se llama el evento en cuestión, que yo creía que eran los viernes 13, pero no, que se trata de rebajas, de gangas que no podemos dejar pasar.

Y ya les aviso, por si no lo saben, aunque creo que lo sabrán, claro, que tras el Black Friday llega el Cyber Monday, o Ciber Lunes, que ni el propio Kubrick podría haber titulado mejor, y que es el gran día de compras a través de Internet, venga, anímese, que estamos a tiempo. Pero escoja una forma de pago segura, que cualquiera sabe quién se esconde tras la pantalla y el teclado. Si uno lo investiga un poco, tampoco hay que escribir una tesis, esto del Viernes Negro surgió en Filadelfia, sí, de donde era originario el Príncipe de Bel-Air, ni más ni menos, a modo de respuesta para remontar comercialmente el día posterior a Acción de Gracias. O sea, aunque ya ha gastado bastante, gaste un poco más, ya puestos, por un día más tampoco va a pasar nada, más o menos podría ser la reflexión. Por lo que, en realidad, nuestro Black Friday debería celebrarse pasada la Nochebuena, el primer viernes posterior concretamente. Lo que nos faltaba, después del atracón que nos pegamos, de comida y de familia, como para enfrentarse a unas rebajas atropelladas, de unas pocas horas. Los experimentos con gasesosa. Ya que lo celebramos todo, mejor así, como está, que hasta puede que encontremos un regalillo con el que tachar la lista que ya hemos comenzado a elaborar. Yo no tengo pensado nada, no me atrevo a decir en voz alta.

Llegado este punto, asumida la realidad, tal cual, ya no sé si está capacidad para asimilar lo que nos llega de fuera es una frivolidad, una fatalidad o una virtud, de verdad que no lo sé. Eso sí, también es cierto que asimilamos muy rápidamente aquello que degustamos, como el mojito, el sushi o el daikiri, aquello que nos anima a consumir más, es que no podemos dejar pasar una ganga, aunque realmente no lo sea, aquello que se inventa una juerga más en el calendario de festejos, aunque nos tengamos que poner una sábana vieja en lo alto para pretender ser un fantasma, y que, sin embargo, todo aquello que nos llega de fuera que pueda suponernos un problema, que simplemente no entendamos o que intuyamos como algo peligroso, con frecuencia por puro desconocimiento, no es que no lo asimilemos, es que lo rechazamos frontalmente. Pero bueno, tampoco nos pongamos tan serios, que solo se trata de tirar de tarjeta, el que pueda, claro, y poco más. Para todo lo demás, y no estoy pensando precisamente ahora en el celebre anuncio, nos basta con ignorar. Y así nos va, claro.

LA DIGNIDAD DE MAÑANA

Despierto todos los días sobre las seis y media, a veces antes, raramente después, y lo primero que hago es meterme en el cuerpo un vaso de agua con Plantago Ovata en polvo, diluido. Dicen que es bueno para mi flora intestinal y mis visitas al cuarto de baño. Después, antes de cepillarme los dientes, escribo Cafetera y mantra en mi cuenta de Twitter. Es mi particular buenos días virtual, anunciar que estoy vivo, que sigo, en lo que sea, pero que sigo. Algunos días, esos días malos, no escribo lo de Cafetera y mantra, no escribo nada. Justo después de despertar a mi hijo, sobre las 7:05, voy en bicicleta al gimnasio. No más de cincuenta minutos, a las 8:15 estoy de vuelta. En el gym, entre un ejercicio y otro, leo noticias en el móvil, escribo algún tuit, consulto el estado de mi cuenta corriente, no suele haber sorpresas agradables. Regreso a casa, respondo correos y mensajes, mientras espero que el sudor remita. Una ducha rápida y paseíto para acompañar a mi hija al colegio. A las 9:15, a veces mucho antes (cuando elimino el gym), comienzo a trabajar, mientras tomo un café brevísimo acompañado de pan con aceite. Redes, escribir, corregir, alguna reunión o rueda de prensa, diseñar algún nuevo proyecto, a demanda, la vida de los autónomos es como las primeras semanas de un recién nacido. A demanda, a demanda. A las 14 h. recojo a mi hija del colegio, calentamos la comida, preparamos la mesa, mientras mi esposa y mi hijo mayor llegan. Breve cabeceo, con sueños de tres minutos, sí, a veces sueño con solo cerrar los ojos diez minutos, antes de ponerme otra vez frente al ordenador a las 16 h. Y de nuevo, como un recién nacido, a demanda, a demanda, hasta las 20, 21, 22 h., o hasta que haga falta. A las 23.30 h., habitualmente, tras haber compartido un poema en Twitter, es mi manera de decir: la vida es algo más que la rutina registrada en nuestro extracto bancario, siempre puede haber un minuto o un segundo de magia, de creatividad, me voy a la cama con un libro entre las manos. Libros que leo, normalmente, por trabajo. Y cuando los ojos se me cierran, nunca pasan más de 30 minutos, apago la luz. Fin.

Ni remotamente gano en consonancia con las horas que trabajo, pero no me puedo quejar, me repito cuando la desazón llega. Y hasta me digo: soy un privilegiado (sin mirar la matrícula de mi anciano coche). No creo que la mía sea la mejor de las vidas, tampoco la situaría entre las peores. Desde la distancia, desde la distancia, repito, puede parecerse a la vida que un día imaginé. Quiero pensar. Hay momentos felices, que conviven con mis miedos y temores, con la incertidumbre y con la ansiedad. Pasado, presente y futuro. Antes, no sé precisar ese antes, no pensaba tanto en el futuro, lo contemplaba como ese espacio de tiempo que llegaría cuando tocase, pero que no sería muy diferente al presente. Eso lo pensaba antes. Ahora pienso que el futuro puede ser mucho peor que el pasado y hasta que este presente nuestro de ahora. Eso me frustra, no me gustaría que mis hijos no pudieran disfrutar de las oportunidades que yo he tenido. No quiero para mis hijos la vida que tuvieron mis padres, retroceder, regresar al pasado.

No sé cómo se calcula el Producto Interior Bruto ni lo que representa en mi vida y en la de mi familia. Términos como daflación, estanflación o depreciación no forman parte de mi vocabulario. En mi vocabulario sí están: gafas, empastes, brackets, libros, rodilleras, coche, sinusitis, hipoteca, facturas, IVA. A veces, cuando pienso en estas cosas, me entra el miedo, la angustia a ratos, y miro por la ventana, como ahora, mientras escribo estas palabras, y me veo reflejado en ese hombre envuelto en nubes que tiende la ropa en la azotea, en el edificio de enfrente. Ese hombre que podría ser yo y viceversa. Ese hombre que también acompaña a sus hijos al colegio y que carga con las bolsas de la compra con frecuencia. A su esposa empieza a crecerle el pelo, ya ha dejado de cubrirse la cabeza con un pañuelo. Eso sí que es un problema, pienso y por un minuto vuelvo a sentirme un privilegiado. La vida, tal cual, jodida y maravillosa, incertidumbre y felicidad. Tal vez solo deberíamos pedirle oportunidades para nuestros hijos, que puedan construir el futuro, que ellos mismos decidan, y dignidad para todos, no perderla, que no nos la arrebaten. Pero eso hay que buscarlo y ganárselo, no basta con pedirlo. Hoy, todos los días.

NUESTROS MUERTOS

He vuelto a preparar gachas dulces este año. Más que aceptables, buenas, rozando el notable, conseguido el objetivo. Todos los objetivos. Mi único desplante con la tradición de las gachas reside en las nueces, que sustituyen al pan frito. Donde se ponga una buena rebanada de pan frito que se quiten todos los cereales del mundo, hasta los envueltos en chocolate. Mi padre me solía preguntar: ¿qué te gusta más, el pan frito o las ‘rebanás’? Y yo siempre caía, porque me gustaba caer. Fueron muchos los desayunos de pan frito, aquello sí que era un compromiso con el reciclaje y con la economía. Como también lo eran las migas o el salmorejo, reutilización alimentaria. Aprovechemos el pan duro. Recuerdo tiras de pan frito, a modo de churros, a tacos, acompañando chocolates, sopas o gachas. Y también recuerdo rebanadas de pan frito empapadas en agua y sal. Si las comías al instante, en ese momento de transformación, constituían un bocado delicioso. También hubo desayunos de hígado en manteca, los llamábamos pajarillas. Mis padres las preparaban cuando llegaba el frío. Tengo grabado en mi olfato el olor de las pajarillas calentándose en una de aquellas sartenes negras con pecas blancas. Ese olor me fascinaba, sí. Nos reuníamos alrededor de la sartén y comíamos hígado y mojábamos pan en la manteca colará bien temprano, antes de partir hacia el colegio. Seguramente, los desayunos de mis hijos son más sanos, desde un punto de vista nutricional, pero emocionalmente aquellos de mi infancia contaban con un componente tribal, de pertenencia, que aún me sigue costando mucho trabajo explicar. Necesito de muchas palabras para narrar algo de apariencia tan básica. Por respeto a mi infancia, y a mis recuerdos, prometo que jamás hará las gachas con quinoa o con una de esas harinas raras, de mil beneficios, que nos venden como si fuera polvo de oro.

Somos nuestros recuerdos y lo poco que somos capaces nosotros de añadir. La mochila ya la traemos bastante rellena, nosotros incorporamos un par de calcetines, tres ideas, siete manías y cuatro bultos sospechosos que no queremos pasar por el detector de nuestra conciencia, vaya que piten. Y nuestros muertos, claro, siguen pululando, muy vivos, en nuestras vidas, en nuestro presente. En estos días nos acordamos de ellos especialmente, es casi obligatorio hacerlo. Recuerdo aquellas frías mañanas, antes de que el cambio climático fuera esta incontestable realidad, en el cementerio, tras la correspondiente parada en la floristería. La búsqueda de aquella escalera que era tan difícil de encontrar, los nombres en las lápidas, los bordes encalados, las bayetas mojadas oliendo a lejía sacando brillo al mármol, los jarrones vacíos, la soledad de algunos muchos muertos olvidados. Por estos días, los cementerios nos siguen congregando, de un modo u otro, convivimos con ellos y con los disfraces de nuestros hijos, que han crecido en torno a una celebración que para ellos es festiva. Tal vez se trate de la mutación lógica, sustituir añoranza por diversión.

Somos nuestros muertos, los llevamos pegados a nosotros, como una sombra que nos acompaña permanentemente, caminan a nuestro lado. De vez en cuando, cuando así lo consideran, se manifiestan, para alertarnos, para rescatarnos de la memoria esos momentos compartidos. Para recordarnos lo que somos, lo que fuimos, de dónde venimos, que es la gran certeza que nunca deberíamos obviar. Debemos entender nuestros muertos, a los que ya no están, como un legado y nunca como lastre. No son una frontera, son una puerta, una luz en el camino, una seña de identidad. Yo todos los días me acuerdo de ellos, con alegría, por haberlos tenido, por haberlos disfrutado y hago todo lo posible por espantar la tristeza de la ausencia. Nunca se logra, eso ya lo sé, pero intentarlo forma parte de la terapia, de la salvación. Como los recuerdos, toca seleccionar, y escoger la alegría.

MUERTOS

Muertos

Lo que habría dado por ver la cara –el gesto, la expresión, el suspiro- de ese gerente de afamado centro comercial –de apellido británico- tras escuchar la petición que le formuló doña A. Imagino a doña A vestida de domingo, maquillada suavemente, empapada en perfume caducado, esencia de canela tal vez, sentada frente al gerente de la gran superficie, en su despacho de la última planta –céntricas vistas al otro lado de la cristalera. Doña A le pidió permiso al gerente para esparcir las cenizas de su difunta amiga doña B, en la cuarta planta del centro comercial, en la esquina de Moda de Señora que hay junto a la cafetería. Pero, ¿eso cómo va a ser?, apenas pudo decir el gerente –un intenso e inesperado calor, como si alguien hubiera puesto en funcionamiento una calefacción interna, le fabricó un bigote de sudor sobre el labio superior. Es que aquí hemos sido muy felices, se limitó a responder doña A con gesto compungido, agarrada a su pequeño bolso de charol negro, dispuesta a todo con tal de convencer al gerente. Supongo que no accedería a la petición, aunque la imaginación me regala una estampa surrealista, digna de los Cohen, donde unas alas de ceniza desfilan entre las maniquís y los electrodomésticos, entre las tablas de surf y las bicicletas elípticas antes de perderse en ningún lugar. Esta historia, que podría entenderse como una broma algo macabra, tipo cámara oculta, no deja de ser una historia real, y temo que no se trate de una excepción. De hecho, eso que llamamos sociedad del bienestar –y que disfrutamos unos pocos-, y que ya ha inventado una serie de extrañas enfermedades y malestares, también ha perfeccionado los que podríamos definir como nuestros rituales funerarios, y que vienen a ser muy semejantes a los que descubrimos en las cavernas de nuestros milenarios antepasados, pero en versión sofisticada. Rituales que, como nos sucede en vida, también se rigen por las denominadas clases sociales, porque hasta el descanso de los muertos se paga: un panteón para los pudientes, una simple placa para los menos agraciados, pino y caoba, etc.

Durante esta semana se ha hablado, y mucho, de muertos, entierros, cifras y caprichos –que por fecha toca- en los diferentes canales de televisión, radios y periódicos –y lo de doña A sólo es un ejemplo. Un empresario inventó eso de crear un diamante a partir de las cenizas de tu ser querido, o lo que podríamos entender como la versión más refinada –y negra- del reciclaje. La incineración ha cobrado fuerza, pero aún se sigue optando por el método tradicional, pero con variaciones al gusto del consumidor. Por ejemplo, recuerde al ser querido el uno de noviembre –o cualquier día que le convenga- con una corona donde se reproduce el escudo del equipo de sus amores, o con una losa donde se puede ver su rostro –como un tatuaje en la piedra-, o un horno de leña si era panadero o cuatro rosas si era florista o le gustaba la bebida, que todo puede ser. Precios que se elevan más de un doscientos por cien, colas en los cementerios, cal y barniz, escaleras plegables y misas abarrotadas: imágenes más que frecuentes, que componen ese guión que cada año repetimos, mientras don Juan se declara –o le tira los tejos- a la cándida Inés. Frente a la gran eclosión casi rococó tan típica del uno de noviembre, como contraste, podemos encontrar todos esos nichos olvidados, sucios de abandono, siempre huérfanos de flores, con inquilinos que el polvo y el descuido condenan al más absoluto de los anonimatos. Como siempre suele suceder, entre los dos puntos, entre la exageración y la ignorancia, tal vez encontremos la tendencia/lugar más apropiado. En cualquier caso, la inversión en el ritual funerario es la que menos se disfruta, los que aquí nos quedamos cargamos con la pena y con la factura de rigor, mal negocio. Además, hay algo de excéntrico –y de irónico- en todas esas peticiones que solicitamos para cuando ya no podamos comprobar si se han llevado a cabo según nuestro antojo. Tal vez todos, de una u otra manera, busquemos un hueco en eso que llaman eternidad.