VERANO

Llega el momento de recoger lo sembrado, de evaluar lo estudiado, o no. Los chavales reciben sus notas de junio, las notas finales, las notas entre todas las notas, con expresión variopinta. Las ruedas de las mochilas reciben su merecido descanso, después de meses de charcos, hojas secas, chicles y empujones. Las avenidas despiden a esos autobuses jaleosos de asientos maltratados, de cánticos que escapan por las ventanillas. La rutina escolar dice adiós hasta septiembre. Septiembre que es el verdadero mes iniciático, el mes uno, el mes que marca el nuevo año, la nueva Liga, el nuevo curso, la nueva colección –dos por el precio de uno, todos los madelmanes-, con el permiso de enero, que seguirá engañándose en su falsa gloria, en su liderazgo del calendario, en su resaca de turrones y cavas nunca saboreados. Y justo cuando acaba el curso, la noche de San Juan, el fuego que celebra la llegada del verano, aunque el verano del termómetro ya llevemos unas semanas padeciéndolo, y cada año olvidemos la temperatura del pasado y nos centremos en el nuevo calor del presente, que siempre es más calor. El invierno refresca, afortunadamente, nuestra memoria.

Contemplando la salida del colegio de unos chavales me fue imposible no retroceder en el tiempo y regresar a los veranos del chaval que fui durante años, y que intento, por todos los medios, que siga estando vivo, o al menos dormido, en mi interior. Recuerdo que lo primero que hacía nada más comenzar el verano era agarrar un calendario y contar los días libres que iba a tener. Pero los días libres reales, los fines de semana y los festivos no los contaba, necesitaba saber cuántos días de verdad, de verdad de la buena, iba a estar sin ir al colegio. Y no lo hacía por programación o anticipación, lo hacía por puro placer, por disfrutar de un sentimiento que aún hoy me es imposible clasificar. Largos veranos en una Córdoba más árida, más callada, más lenta, una Córdoba sin Festival de la Guitarra, sin Eutopía, sin Noche Blanca del Flamenco; una Córdoba pelada y mondada. Mis veranos se centraban, casi exclusivamente, entre mis visitas a la Biblioteca, algún que otro y esporádico chapuzón en la piscina de la calle Zarco y las noches en los cines de verano, especialmente el Olimpia, que era, supuestamente, el cine de mi barrio. Curiosamente, los que vivíamos en la calle Buen Suceso y alrededores éramos, por calificarlo de algún modo, “chicos sin barrio”. En la frontera entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, demasiado cerca y demasiado lejos, al mismo tiempo, de todos ellos. Caprichos del callejero.

Con toda probabilidad, aquellos veranos silenciosos y calurosos de mi infancia en aquella Córdoba inmovilista han influido decisivamente en la construcción de la persona que soy hoy, y muy especialmente en mi faceta como narrador. Me fascinaba entrar en la biblioteca, buscar un nuevo título de Tintín, El Príncipe Valiente o Astérix, que devoraba en esas largas siestas de ventilador y canciones dedicadas, a Pedrito por su cumpleaños, de Radio Córdoba. Jamás incumplí el plazo de entrega, ya que a la mañana siguiente, puntual a mi cita, renovaba el libro. Y si primero fueron los tebeos, más tarde llegaron Salgari, Hammet y Kafka. Y por la noche me aguardaba el cine de verano, en donde vi cien veces todas las películas del legendario Bruce Lee, y demás imitadores, así como las del picarón Álvaro Vitali o Esteso/Pajares, sí, pero también Ben HurLo que el viento se llevó o Psicosis. Y luego en mi casa, rodeado de hermanos que hablaban de cosas que a mí se me escapaban, mientras comía altramuces o pipas frente al ventilador, pensaba en los días que aún le quedaban a ese verano, que yo nunca sentí como árido, caluroso o silencioso

ÉRASE UNA VEZ MAYO

¿Nos da algo para la Cruz de Mayo?, le preguntábamos al nuevo posible benefactor con el que nos encontrábamos, como si la Cruz tuviera necesidades alimenticias o de cualquier otro tipo. Comenzamos con cajas de cartón, las vacías de las botellas de leche Colecor eran las más preciadas. Recias, robustas, crujientes, y muy resistentes. Eran unas botellas de litro y medio de un plástico semitransparente que luego también tenían su utilidad. Bien recortado el cuello de la botella, con su correspondiente globo, era un tirador fabuloso. Eso sí, lo que se dice apuntar, era más que complicado apuntar. Recuerdo tardes de verano desayunando una botella de Colecor, muy fría, junto a un plato de rosquillas. En ese tiempo en el que la lactosa era una ciencia ficción y la leche se consideraba como el gran alimento. Mientras más, mejor. Las Cruces de Mayo con las cajas de cartón, y decoradas con gitanillas y geranios de las macetas de mi madre. La de sofocones que le di, todo el año cuidando sus flores para que yo se las guillotinase en un plis. Y pasamos a la Cruz minipaso, en aquellos años en los que los costaleros conformaban una especie de mitología, y hasta íbamos a verlos a ensayar, como si se trataran de guerreros legendarios que practicaban con sus espadas. En la Cruz minipaso había que dividir las ganancias, ya que como poco éramos dos los que la “cargábamos”, pero también es verdad que las ganancias eran mayores, especialmente al principio. Cosas de la novedad. En muy poco tiempo, tan poco y tan rápido que me es imposible precisar, comencé a disfrutar las Cruces de Mayo desde otra perspectiva: con los codos apoyados en las barras de aluminio. Pimientos fritos, flamenquines y un poquito de salmorejo, que no falte. Durante 3 décadas viví entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, en la calle Buen Suceso, imposible que las Cruces no formaran parte de mi calendario, en cualquiera de sus modalidades y situaciones.

Y lo mismo me sucede con los Patios, que siempre he considerado como la expresión más auténtica y genuina de cuantas tenemos en Córdoba. Si algo nos define y diferencia son los Patios, no me cabe duda. Porque ferias, hay muchas, al igual que catas, y las Cruces también se pueden disfrutar en otros lugares, como en Granada, por ejemplo. Pero para ver y conocer los Patios hay que venir a Córdoba. Si rebusco en la memoria del niño que fui puedo recordar los Patios antes de que tuvieran colas, horarios y aplicaciones, cuando eran microcosmos que conformaban la Córdoba más esencial. Recuerdo ir a casas de amigos donde los vecinos esperaban en el patio su turno para ir al servicio compartido. Recuerdo patios por los que atrechábamos para ir de una calle a otra. Recuerdo patios en los que se comían caracoles a media tarde, entre jazmines y buganvillas. Recuerdo patios con perros somnolientos y canarios de colores cantando en sus jaulas. Recuerdo patios en los que el concepto de familia era muy diverso, porque además de la propia tenías la que formabas con tus vecinos. Los Patios, en Córdoba, suponen lo que fuimos y que, en gran medida, seguimos siendo. Y por eso es de agradecer el esfuerzo que realiza todos los años este periódico, para que su ya célebre Guía de Los Patios siga siendo una realidad que todos podemos disfrutar.

Se me acaba el espacio y todavía me queda mucho mayo que recordar. El de la Cata, por ejemplo, o el de las ferias, porque en mi infancia y juventud yo disfruté dos por igual, la de la Salud y la del colegio, en los Salesianos. Aquellas casas del terror construidas con pupitres, que son casi los antecedentes de los escape room actuales, o la tómbola en el pórtico, o las primera fiestas y ese momento en el que sonaba Spandau Ballet y soñabas con que la chica que te gustaba dijera sí cuando la invitabas a bailar. Aunque incómoda, la Feria en Los Patos tenía su encanto, y sus peligros. En El Arenal nos adaptamos al más de lo mismo, con todas sus comodidades y demás ventajas, pero yo nunca la disfruté tanto como la anterior. Porque mayo, nuestro mayo, tiene mucho de adaptaciones y de peligros, y también de recuerdos, que ojalá pronto escapen de la memoria para volver a ser una realidad.

LEER, VIVIR, AMAR #DíaDelLibro

Me ha llevado un tiempo escoger el orden en el que aparecen las tres palabras del título, porque todas las variaciones me gustaban, todas tenían su justificación y todas me representaban. No creo que haya acertado con el título escogido, o tal vez todos los posibles títulos fueran acertados, que también cabe esa posibilidad. Y es que combinar, en mi caso, y seguro que en el caso de muchísimas más personas, leer con vivir y con amar es muy fácil, ya que los tres verbos se conjugan y se desenvuelven, con soltura, en la misma frase. Cada vez que escribo sobre leer, la lectura y los libros, a mi cabeza llegan un sinfín de palabras y expresiones amplia y repetidamente empleadas que, por eso, no dejan de ser ciertas. Por ejemplo, seguro que le suena: quien lee, vive más. Sí, es muy recurrente, pero es que no puede ser más cierta. Gracias a los libros he recorrido las entrañas de los palacios más abrumadores de París en el XIX, me he colado bajo la piel de un asesino en serie, o he soñado con una nueva vida, con otro padre que no era mi padre, en el Nueva York de los 60. He recorrido las tumultuosas calles de El Cairo, Lima o Pekín, he sentido el peso de una espada en mi mano y he descubierto en un mapa dónde se encuentra el tesoro, en aquella hermosa e inaccesible isla. Y todo eso, y mucho más, no lo he leído simplemente, lo he vivido, dentro de mi cabeza, sí, pero con una veracidad tal que no supe diferenciarla de la realidad. En esos momentos, mientras lo leía, era real. Otra frase que se utiliza mucho por estas fechas, especialmente, en torno al Día del Libro, el próximo 23 de abril, es aquello de que la lectura, los libros, nos hacen más libres. Tan simple como cierto. Todos los libros, hasta el peor que podamos leer, esconde una enseñanza, de mayor o menor envergadura, pero enseñanza. Mientras más leemos, más conocimientos adquirimos, y no sólo eso, hablemos de amplitud de miras, de nuevas perspectivas, que los libros nos ofrecen. Sí, porque nos enseñan a contemplar el mundo con otros ojos.

Y ahora voy con una de mis favoritas: quien te regala un libro, no sólo te quiere, también te estima. No sé quién es el creador, pero desde que la escuché por primera vez se me ha quedado y cada vez que puedo la repito. Regalar un libro, y no me refiero a comprar uno de la pila más alta, requiere su tiempo y esfuerzo, porque pretendes que sea consecuente, ajustado, con la personalidad del regalado. O porque pretendes que sienta lo mismo que tú sentiste al leerlo. O porque en ocasiones nos volvemos “futboleros” con determinadas cuestiones, como son los libros, y esa novela que hemos leído es la mejor del mundo mundial y necesitamos aliados en nuestra causa. O por mil motivos más, da igual. Regalar un libro tiene mucho de elegancia, de inteligencia, pero también de admiración por la otra persona. Le debo mucho a los libros, tengo claro que sin la lectura sería otra persona, y doy por hecho que peor, en todos los sentidos. Más neutra, más simple (que no sencilla), más previsible, más gris. Menos yo, o algo parecido.

Motivos más que suficientes, y otros muchos que requerirían de más y más espacio, para celebrar el Día del Libro como se merece. Entrando en las librerías, a las más cercanas, mejor, buscando en los anaqueles, comprando, sí, comprando, que sin dinero no habría ni editoriales, ni librerías, ni escritores ni libros. Tengamos en cuenta que el gran objetivo del 23 de abril, además de recuperar y prestigiar fechas simbólicas, es el de que los lectores y los libros se encuentren, que por lo menos haya ese primer encuentro. Lo siguiente, el gran reto, es que los libros formen parte de nuestras vidas, que los naturalicemos como unos elementos más, rutinarios, cercanos y necesarios, de nuestras existencias. Ese es verdaderamente el gran reto. En este tiempo de vacunas, tenemos en las librerías las más eficaces contra la ignorancia, el aburrimiento y el pensamiento único. No tienen efectos secundarios y puedes administrarte las dosis que consideres, que su consumo abusivo, y hasta su adicción, está considerado como muy beneficioso. Yo, por si las moscas, trato de vacunarme a diario. Leer, vivir, amar.

LA NOCHE DE TODOS LOS SUEÑOS

Final del verano y comienzo del curso

Cada noche duermo peor, o cada vez son más las noches que duermo mal, parecen frases gemelas, pero esconden sus diferencias. Como los gemelos, o los mellizos, que siempre dudo en el término. Esas pecas, esa nariz más gruesa, esas orejas de soplillo. Siempre hay una diferencia, leve o gruesa, pero diferencia. Lo del dormir mal, poco también lo englobo en el mal, debe ser una cosa de los años, de cumplirlos, y tal vez por eso no lo llevamos tan mal -perdón por tanto mal-. Perdemos la tersura, la elasticidad y el sueño, qué cosas, con el paso de los años. Menos mal que no perdemos las ganas (en ganas cabe todo, o casi). Cada nueva vela que añadimos a la tarta, unos minutos menos de sueño. Y aunque en el global te acostumbras, en la noche, cuando sucede, lo entiendes como algo nuevo. Mirar la pantalla del móvil y descubrir que son las cuatro y veinte de la madrugada. Esa es una de mis horas fetiches, que he padecido en mis noches de los últimos meses. Ha sido tan frecuente, tan reiterado, que cuando el reloj ha sobrepasado el umbral de las seis lo he sentido y celebrado como un auténtico éxito, como una anomalía. Es como un insomnio invertido, porque caigo redondo en la cama, desfallecido, apenas unos minutos tardo en dormirme. Y en soñar. Porque en los últimos meses, tal vez coincida con el inicio de esta mierda de pandemierda, he vuelto a soñar. Pero a soñar como lo hacía en la infancia: larguísimos sueños, repletos de aventuras, surrealismo burbujeante, abstracción de colores exagerados y situaciones imposibles, que puedo recordar perfectamente cuando despierto. Puedo contarlos cada mañana, como el que cuenta la última farra, viaje o conquista.

Debería dedicar todas las mañanas unos minutos a anotar en una libreta el sueño de la última noche. Un diario de sueños. No de ilusiones, o esperanzas. No, de sueños, sueños verdaderos. Los que llegan cuando cierras los ojos y tu mente es un caballo sin montura ni jinete en una interminable pradera. Tal vez los sueños representen el punto más cercano en el que nos llegamos a encontrar de la verdadera libertad. Cuando era niño, si despertaba tras haber transcurrido la noche en un sueño placentero, volvía a cerrar los ojos y deliberadamente proseguía con el sueño. Como si se tratara de una película, filmaba en mi interior la segunda parte, la secuela, y durante unos minutos creía que el sueño había regresado. Muchas veces fueron como un western actual, pero sin sangre, sin muertos, sin tragedia, aventuras para todos los públicos, que llegaban a conseguir que me despertara cansado, como si en realidad hubiera saltado y corrido como lo había hecho antes, en mis sueños. Todos tenemos sueños que no podemos contar, que no nos gustan. Esa sensación angustiosa de despertar y durante unos minutos dudar de lo que es real y no. Y te preguntas si fuiste capaz de tal y cual cosa, o si realmente te pasó eso que soñaste. Y buscamos significados a esos malos sueños como el que se busca un bulto en el cuerpo, necesitado de explicarse.

En ocasiones he utilizado los sueños como material narrativo. Sí, hay capítulos, escenas, que las he soñado previamente. Puede que eso sea jugar con ventaja. Y normalmente mis personajes son soñadores, y normalmente cuento lo que sueñan. Igual que como vestimos, lo que comemos o lo que consumimos culturalmente, lo que soñamos también nos define. Por eso tal vez los sueños deben entenderse como autoficción, aunque yo prefiero que no, que se nos está yendo de las manos, y a este paso hablaremos de metaautoficción en poco tiempo. Y no todas las vidas son interesantes de contar, compartir. Y no son tan especiales como nosotros creemos, aunque nuestra soberbia o ego nos digan lo contrario. Los sueños sí son otra cosa, están hechos de otro material, no sé si más resistente, volátil o inexplicable. Da igual, siguen siendo la magia que aparece cuando cierras los ojos y tu mente te ofrece todo eso que la realidad te niega. La noche de todos los sueños posibles, como presagio o terapia, como un camino sin árcenes, que conducen a esa cima que nunca llegamos a conquistar.

MÁS POESÍA

Llega la primavera y celebramos el Día de la Poesía, que muchos consideran como algo ñoño, cursi y hasta desfasado. No sé por qué, pero desconfiamos y hasta nos burlamos de los días en los que se celebran cosas positivas, cosas bonitas. Emplee el adjetivo bonito sin pudor, que no pasa nada, nadie le multará, ni le sancionará y con frecuencia representará con bastante exactitud un acontecimiento, realidad o cosa concreta. Es bonito que le dediquemos un día a la poesía, y que las redes se llenen de poemas y más poemas, y que recuperemos algún autor que nos emocione y lo compartamos. Es bonito, sí. Yo procuro leer poesía todos los días, todas las noches antes de dormirme. A veces lo hago como terapia, sobre todo cuando acaban esos días feos y duros y amargos y jodidos en los que te quedas sin fuerza. En esos días, puñeteros días, un poema puede ser una hebra de esplendor, un momento de calma, de ocupar tu mente con algo que no tiene la textura del fango, y eso es mucho. Muchísimo. Uno de esos días, eso es impagable. Por eso yo celebro el Día de la Poesía con todos sus perejiles, a boca llena, con alegría y devoción, porque es un ámbito importante de mi vida. En la poesía he encontrado muchas preguntas, pero también he encontrado muchas respuestas. Me ha enseñado a contemplar y ver el mundo, y sus pobladores, con otros ojos. Renovados, limpios. La primera imagen no es la certera, tampoco la segunda o la tercera, hay que saber mirar dentro, más allá de las pieles, los prejuicios, los pudores y los conceptos. En la esencia. Porque la poesía desnuda lo verdadero, lo muestra, como un tesoro delicado y luminoso, que nos deslumbra entre las manos.

Las turbulencias de Dylan Thomas, el fulgor estelar de Cernuda, la real pulcritud de García Casado, la sensibilidad íntima de Julia Uceda, la exactitud de Carver, la normalidad de Ángel González, la solemnidad de Aleixandre, el largo aliento de Claudio Rodríguez, la sinceridad de María Victoria Atencia, la belleza total de García Baena, la sabiduría de Wisława Szymborska, el descaro de Gil de Biedma, la calidez de Braulio Ortiz Poole, la cotidianidad de Juanjo Téllez, la emoción de Pérez Azaústre, la duda de Eduardo García, la luz de Nacho Montoto, la trasgresión de Bukowski, la transparencia de Gloria Fuertes, el ingenio de Manuel Vilas, la permeabilidad de Raquel Lanseros, la iluminación de Fernández Mallo o la mirada de Eliot. Y podría citar más poetas, que con sus poemas, con su talento, me han acompañado en la mayoría de mis días, ofreciendo un instante al margen de la realidad, o transformando la realidad. No sé si está demostrado científicamente, si es que alguien se ha interesado por el asunto, pero no me extrañaría que la poesía tuviera un componente terapeútico, sanador, reparador como poco. O embriagador, que también lo necesitamos, de vez en cuando. Yo, desde luego, no concibo la vida sin poesía, del mismo modo que tampoco la concibo sin música o cine, sin arte. Sería otra cosa, más fea, más aburrida, sosa hasta la ausencia de sabor, perfectamente definible en su pequeñez. Y las cosas que son fáciles de definir no me interesan.

Más poesía, claro que sí, hoy, mañana y siempre, y por eso celebro su día desde la alegría, la emoción y el agradecimiento. Les debo a los poetas mucha belleza, mucha emoción, mucha luz, esas deudas que tenemos la obligación de contraer porque consiguen que nuestras vidas sean mejores, más bonitas. No renuncie, pronúnciela: bonita, qué palabra más bonita. En el Día de la Poesía, que es también el de la primavera, por su llegada, siempre me acuerdo de aquellas fiestas juveniles, aquellas fiestas improvisadas, repletas de parques, jardines, luces y hormonas, repletas de primeras veces, que siempre permanecen en nuestro interior. Días dichosos de ese tiempo en el que nos estábamos construyendo, repletos de una poesía de verso libre, entre lo salvaje, lo esencial, lo infantil y lo arrebatador. La poesía tiene de todo eso: nos conecta con lo esencial, con lo que se esconde bajo el disfraz de los años.

LEER: UN VIAJE ALUCINANTE

El viaje comenzó al otro lado del espejo, una voz aguda y familiar me dijo: ven, ven. A continuación, no atendí la advertencia de Sancho y mi cuerpo rodó maltrecho después de que los brazos de los gigantes se transformaran en aspas de molino. Don Quijote cayó a mi lado, orgulloso y enrabietado, sin poder creer lo que contemplaba; reímos cuando nuestros ojos se cruzaron. Junto a Luciano me colé en las fiestas del París más lujoso y exquisito, el París de las grandes ilusiones perdidas. Brindamos de madrugada, sedujimos a las mujeres más hermosas y tuvimos que escondernos de los maridos intoxicados por los celos, dispuestos a todo con tal de mantener a salvo su honor. Don Camilo me invitó a sentarme a su lado, en la mesa con tablero de mármol, cerca de la barra. Un café y un suizo, le indicó al camarero con aspecto de carcelero. Los hampones de los versos, los novelistas escuálidos y los gacetilleros de media pluma narraban sus épicas gestas inventadas, sus relaciones imposibles y sus glorias por venir. Ya de madrugada, cuando quise abandonar el establecimiento, el camarero con aspecto de carcelero me agarró de un brazo y me condujo hasta la trastienda: ve pagando ya, y sin dar un ruido, me dijo. Miré hacia la mesa y don Camilo había desaparecido como por arte de magia. Me gustaría pesar un sueño, me dijo Paul; quisiera pesar las palabras, dije yo. Yo he pesado el humo, que pesa lo mismo que el silencio de las palabras, respondió. Afuera, Nueva York se desperezaba con violencia de taxis que forman arterias amarillas y rascacielos que se enfrentan al cielo y a la gravedad. Las ventanas abiertas de Manhattan, justo enfrente, nos guiñaban. Chaves Nogales me contó cómo era Belmonte por dentro y me condujo a su propio exilio, y sentí su misma añoranza. He conocido las islas más recónditas del Pacífico, he cazado osos polares, me he perdido en el interior de una pirámide, unos peligrosos terroristas secuestraron el avión en el que viajaba rumbo a Bangkok, he compartido mis tardes con Teresa y cinco horas con Mario, he bailado en salones de mil espejos, he vendido vitaminas a domicilio, podría pasear por Barcelona como si fuera mi propia ciudad, sé que Las Afueras son ese punto del Mapa sin determinar y he escuchado el corazón del trapecista antes de saltar al vacío gracias a las emociones, a las vidas, a las historias, que he encontrado en los libros.Como Alicia, crucé la imaginaria frontera del espejo, e inicié este alucinante viaje en el que se ha convertido mi vida gracias a la Literatura. La envidia, la necesidad de inventar/mostrar mi propio mundo, la alargada sombra de los autores más admirados, tomaron mi mano un buen día y me trasladaron al paraíso de las ideas escondidas. Un paraíso alucinante y desordenado, un festín de formas y sombras, un baile sin máscaras, una canción que se te cuela y que ya jamás puedes dejar de tararear. La Literatura es un veneno muy contagioso; una forma de entender la vida que puede llegar a ser esclavista, adictiva y malvada, pero que, sin embargo, te reporta momentos de gran felicidad. Tal y como me ha sucedido con los personajes creados por mis autores preferidos, he sentido el vacío de la despedida, el ahogo del adiós, cuando he vislumbrado que estaba a punto de concluir una novela. He llegado a mantener una relación estable e íntima, de varios meses, de años, con mis personajes, los he criado y recreado, los he tratado de dirigir desde el teclado, pero ellos siempre adquieren autonomía propia, se emancipan y conquistan la isla de las ideas escondidas. Personajes que han sido mis amigos, mis confidentes, mis consejeros; amigos vestidos de palabras de los que me ha costado despedirme. A algunos de ellos he engañado, y les he prometido resurrecciones futuras que jamás llegarán.  La Literatura, desde cualquier lado del espejo, desde dentro o desde el cielo, siempre es un viaje alucinante, incierto y maravilloso. Entregamos el billete de ida, pero, muy pronto, perdemos el de vuelta por ese agujero del bolsillo que no queremos coser. Inmerso en el viaje, te asomas alucinado a la ventanilla y ves las ciudades pasar, los ríos, las nubes, las montañas, las vidas que llegas a sentir como propias. La Literatura, a un lado u otro del espejo, es un viaje imprevisible por un río de corriente alterna, un río que te domina y guía, que te acompaña, y que desemboca en ese gran corazón donde laten todas las palabras, todas las historias, todas las emociones.

LIBRERÍAS

El pasado viernes, aunque fuera 13, celebramos -en plural, porque es una celebración colectiva- el Día de las Librerías. Y aunque todos los días deberían serlo, por todo lo que suponen, o deben suponer, para nuestras vidas, es bueno y saludable que al menos una vez al año se subraye en el calendario. En este tiempo, muy especialmente, deberían instaurar otro día celebratorio, el de los libreros y libreras, ese gremio a prueba de fuego y golpes, resistentes como el acero, que no dejan de ser el alma, el corazón y todo lo demás de las librerías. Conozco libreros y libreras maravillosas a lo largo y ancho de la geografía española. Personas comprometidas con su trabajo, que lo entienden como un auténtico servicio público. De un conocimiento y formación fuera de toda duda; en más de una ocasión los he escuchado con la boca abierta, disertando sobre algún autor o recomendando con pasión una obra. En todas las librerías que he visitado como autor, por muy diferentes motivos, me he sentido valorado y querido, mimado la mayoría de las ocasiones. Entrar en una librería, al menos para mí, y sé que no soy el único, tiene algo de ceremonia, de celebración, de bullicioso nerviosismo infantil, ese deseo de descubrir nuevos tesoros, nuevas aventuras, nuevas vidas. Es normal que hayan relacionado las librerías con el paraíso, con espacios de libertad, con catedrales del saber y con no sé cuántas cosas más, bellas y hermosas, válidas todas ellas, y cargadas de razón. Para mí, e imagino que para muchos, sería inconcebible una ciudad sin librerías, del mismo modo que lo sería un cuerpo sin corazón o una canción sin acordes.

Necesarias, todos deberíamos visitarlas, escuchar y hablar con las personas que las gestionan, no sólo en su día, con frecuencia. Y comprar libros, sí, porque todas esas bondades antes expuestas quedan en nada cuando no se pueden pagar las nóminas, los alquileres o las hipotecas, o cuando los impuestos te estrujan o es imposible asumir nuevos pedidos, por falta de liquidez. Sí, se trata de dinero, ese mismo dinero que nos dejamos en las librerías cada vez que compramos un libro. Es un tema prosaíco, sí, llámelo como usted quiera, pero sin dinero muchos sueños y buenas intenciones se van directamente al pozo de la ruina y del olvido. Y no corren buenos tiempos para las librerías, no, no lo son, por muy diferentes motivos. Esta maldita pandemia también las está maltratando sobremanera, reduciendo aforos y horarios, padeciendo ese miedo que nos frena a la hora de entrar en espacios cerrados -aunque los datos de contagio en eventos y recintos culturales sean insignificantes-. Aunque la gran tragedia de las librerías de cercanía procede de la desigual competencia que mantienen con las megaplataformas digitales, esas que nos llevan el libro a nuestra casa en unas pocas horas, y que nosotros seleccionamos a golpe de click. Y en muchos casos el precio es exactamente el mismo, pero sin contacto humano, sin atender recomendaciones o buenos consejos, nuevamente tumbados en el sofá, tal y como pretenden que consumamos los canales de venta más importantes que dominan el negocio digital.

Aplaudo hasta el dolor de manos el nacimiento de todostuslibros.com, una iniciativa valiente, innovadora, inteligente y solidaria, que ha unido a muchísimas librerías de toda España, aferrándose a esa sabia máxima -tan antigua- que dice aquello que la unión hace la fuerza. El factor precio desaparece, es idéntico al de los gigantes, del mismo modo que lo hace el de la variedad, donde tal vez cuentan con mayor número de títulos las librerías. Y también te lo llevan a tu casa, pero cuando accedes a su web puedes seleccionar tus librerías favoritas, así como leer recomendaciones, consejos y hasta adquirir chequelibros para regalar. O sea, un magnífico concepto, en una plataforma muy bien diseñada, con todos los avances tecnológicos, pero con el calor de la librería tradicional. Qué puede salir mal. Espero muy sinceramente que nada. Porque tal vez sea la única o última manera de mantener con vida a todos esos corazones que laten en las librerías de nuestras ciudades, y que tanto calor nos ofrecen. Que no llegue el frío.

REEDICIÓN DE LOS AMANTES ANÓNIMOS EN LA PRIMAVERA DE 2021

Tengo que contarlo, porque sois much@s los que estáis preguntando. Con la entrada de la primavera llegará una nueva edición de Los amantes anónimos, la primera novela de Carmen Puerto. Pero no será la misma obra que vio la luz en 2016. Mantiene la trama original y… 

Lo fácil habría sido reimprimir la versión original, pero no nos gusta lo fácil. Así que nos hemos vuelto a poner ante al ordenador… no es una reedición al uso. Os puedo asegurar que gana mucho con la «reforma». Y la publica, como El lenguaje de las mareas, Almuzara. 

Habrá que ir pensando, también, en una nueva portada para Los amantes anónimos. Carmen Puerto la tiene clara, pero a mí me parece un tanto arriesgada…

#LosAmantesAnonimos #Primavera2021 #NuevaVida

#ElLenguajeDeLasMareas

#CarmenPuerto

COLEGIOS, LAS PUERTAS DEL MAÑANA

A pesar de los septiembres de cafeteras y apreturas, en mi memoria el colegio permanece como un lugar y como un tiempo especial, privilegiado, deslumbrante en muchos momentos. Lo pasé muy bien en el colegio, muy bien, e igual de bien en mis años de Bachillerato (Unificado Polivalente) y COU. Los recuerdo como muy buenos años, vividos intensamente. Hasta quinto de EGB estudié en un colegio próximo a mi casa, en el López Diéguez, donde también estuvo varias décadas antes Pablo García Baena. Como para dudar de los beneficios de la enseñanza pública (y lo digo por el poeta, claro). En sexto comencé mi periplo en los Salesianos. Ahora me doy cuenta de que nunca he sido creyente, que jamás he sentido eso que llaman fe, pero reconozco sin pudor que todos los 31 de enero y los 24 de mayo recuerdo a Juan Bosco y a María Auxiliadora y que aún me sé, de principio a fin, el Rendidos a tus plantas. Defensor, como soy, de la enseñanza pública y de la laicidad como concepto, jamás he escondido mi pasado en los Salesianos. Es más, considero que en gran medida aquellos años han sido fundamentales en la construcción del hombre que hoy soy. Ya no sé si eso se sitúa en el deber o en el haber del colegio.

Mis amigos de aquel tiempo siguen siendo mis amigos, como si formáramos parte de una familia creada y establecida más allá de nuestras propias casas. De aquel tiempo conservo mi pasión por el cine, por la música, por la lectura, que me inculcaron como si se trataran de juegos. También mi pasión por el fútbol. Conservo imágenes, sonidos y olores que estoy completamente convencido que me acompañarán el resto de mi vida. Recupero todos estos recuerdos, regreso a mi pasado colegial mientras forro los libros de texto de mis hijos. Mi hija, afortunadamente, seguirá teniendo la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que considero tan o más importante que memorizar las cuatro reglas y conjugar correctamente los verbos. En séptimo y octavo de EGB yo tenía una asignatura más o menos parecida: Constitución. Me gustaba, sí. Recuerdo los debates, que organizaba Rafael Cano, el profesor que se ocupaba de la materia. Como miembros de un pequeño Parlamento, exponíamos nuestras ideas, políticas, sociales o culturales, con absoluta libertad, aprendiendo a escuchar a los demás y aprendiendo, sobre todo, a respetar las ideas de los demás. Pues como la Educación para la Ciudadanía de hoy, chispa más o menos, que nadie se rasgue las vestiduras.

Forro los libros de mis hijos y recuerdo esas mañanas de septiembre de legañas y manchas de cacao, de remolinos y rebecas, de volver al colegio con ojos de sueño y felicidad en el gesto. También recuerdo los partidillos en el recreo, los primeros flirteos en el escalón del Realejo, los bocadillos de mortadela italiana. Ya ha pasado el tiempo, y los recuerdos de mis años en el colegio, en López Diéguez primero, en los Salesianos, posteriormente, se conservan intactos. Fueron muy buenos años, plenamente vividos. Felices. Me encantaría que mis hijos, pasados los años, conservaran recuerdos similares a los míos, al menos en intensidad emocional, a pesar de la pandemia. Les han tocado nuevos tiempos, diferentes, raros, extraños y complicados; espero que mejores, cuando todo esto pase. En cualquier caso, tengo muy claro que las puertas de los colegios de hoy, como los de ayer, son las puertas del futuro. Que vuelvan a estar abiertas supone mantener intacta la esperanza en un mañana mejor.