MUDANZA

Siempre me ha provocado una profunda desolación ese entrenador de fútbol que despiden a mitad de temporada. Y es que imagino estampas muy similares a esas que nos ofrecen las películas realistas alemanas de los sesenta y setenta. Películas de directores con apellidos impronunciables. Todo muy frío y áspero, el escenario perfecto para que la soledad represente su gran actuación. Amplios salones vacíos, cajas de cartón esparcidas por el suelo, dormitorios sin fotografías en las mesitas de noche, despertadores sin hora establecida, frigoríficos huérfanos, apenas un par de latas de cervezas y un paquete de salchichas caducadas. Paredes en las que podemos descubrir los cuadros que ya no están. Las marcas de la puerta, representando las medidas de Ana o Jaime con dos, tres y cuatro años. Una gota que cae lastimosa y repetidamente del grifo del lavabo. Al fondo del pasillo, el teléfono suena, sugerentes ofertas aguardan, pero nadie responde. Puede que por estas imágenes comprenda a los entrenadores que deciden alojarse en un hotel, que viajan solos en cada nueva aventura, sin la compañía de los suyos, de la familia, del hogar. Cuesta muchos años y esfuerzo construir tu propio hogar. Que las habitaciones desprendan un olor que no nos sorprenda, que las estanterías se amolden a nuestro desorden, que la luz sea amable, que los pomos de las puertas respeten nuestros movimientos, que los suelos dejen de gemir. Cuesta mucho convertir un espacio neutro en un espacio propio, íntimo. Tu espacio. Puede que por eso muchos entrenadores sean proclives a establecer su hogar en un punto concreto, al que siempre tienen la oportunidad de regresar, cuando el delantero de turno le amarga la existencia por ineficacia propia o eficacia rival. Abandonar una habitación, aunque haya sido tu habitación durante varios meses, no es lo mismo que abandonar tu hogar y empezar de nuevo.

Podemos buscarle los beneficios y virtudes a la mudanza, que las tiene, sí, las tiene, pero la amargura que nos regala las supera muy ampliamente. No conozco a nadie que le gusten las mudanzas, del mismo modo que no conozco a nadie que le guste despedirse de su familia, de sus amigos, de los seres queridos. La emoción de lo desconocido, de lo que vendrá, que puede que sea mejor, nadie lo duda, no es la tirita capaz de cerrar la herida. Porque la mudanza tiene mucho de herida, sí, de perdida, de tiempo y recuerdos que se van. No es bueno vivir de recuerdos, nos cuentan, y repetimos en voz alta, disciplinados, pero muchos de ellos nos gustarían que siguieran formando parte del presente. Y aunque los recuerdos forman parte del mundo de lo abstracto, nosotros los asociamos a espacios tangibles, concretos. Ese cajón en el que guardamos nuestras primeras gafas, el cuarto de baño donde despertaron las hormonas, el balcón al que me asomaba cada mañana, el sillón en el que tomaba asiento mi madre, un frasco de colonia de papá. Te dices y te repites que los recuerdos son inmateriales, que ya están dentro de tu memoria, argumentos reales, sí, pero a ti te gustaría seguir conviviendo con el objeto, con lo concreto. En cierto modo, te gustaría seguir estando o disfrutando de ese ayer.

Quién no ha perdido algo en una mudanza, lo que sea. Libros, los grandes castigados. En realidad, no se pierden tantas cosas en las mudanzas: se incorporan a un nuevo orden que nada tiene que ver con tu propio orden. Y es que el desorden no existe, cada cual cuenta con su propia definición. La mudanza, el despedirte del pasado, o de la representación concreta del pasado, la cuenta perfectamente Pablo García Casado en su poema Ajuar: Vendió su casa para pagar las deudas, sólo se quedó lo necesario. Estamos bien, dice, un piso más pequeño, más fácil para limpiar. El resto está en una nave que tiene su hermano en el polígono. Vitrina Luis XV, cómoda de caoba, vajilla, protegidas del frío y la humedad por un plástico transparente. Todos los domingos, muy temprano, toma el autobús hasta el polígono con una bolsa de trapos y productos de limpieza. Con frecuencia, esa nave del cuñado es un espacio indefinido de tu memoria y el autobús se toma cada mañana, nada más despertar, mientras esperas que el olor deje de sorprenderte y las baldas de la librería comiencen a curvarse. También puedes abandonar la habitación del hotel, pagar lo debido, y regresar al hogar.

SOLEDAD

Soledad

Cada cierto tiempo, tal y como nos contaba esa divertida película alemana, Good bye Lenin!, leemos en algún periódico que alguien regresa a la vida tras haber estado mucho años en coma. Recuerdo el caso de aquel gallego que, tras abandonar el hospital, y tras pisar de nuevo las calles, creía que estábamos locos, ya que todo el mundo iba hablando solo y en voz alta. El profundo sueño del coma lo reclutó antes de que los teléfonos móviles fueran esta cotidianidad que nos abruma y que, supuestamente, nos interconecta. Según contó él mismo, le costó adaptarse a este nuevo mundo de velocidad, conversaciones solitarias y euros en la billetera.

Como en el caso de este gallego cuyo nombre no recuerdo, o en el de la anciana de la película, nos quedamos con la anécdota, con ese giro casi humorístico que acarrea a sus protagonistas el encontrarse, de repente, con un tiempo desconocido, y nos emocionamos. Una emoción corporativa, tal vez, ya que se tratan de casos que entendemos como el hilo de la esperanza, esas excepciones que escapan de la imperativa y enlutada regla. Excepciones que también deseamos protagonizar, en el caso de que la mala fortuna se cebe con nosotros.

Soledad nunca despertó. Y hasta cinco años después de morir nadie reparó en su ausencia. La encontraron muerta en su propia cama, en su casa. Una casa en un edificio en pleno centro de la ciudad, en un lugar inmejorable, frente a la Catedral, muy cerca de la Judería. Tan inmejorable que no tardaron los vecinos en ir aceptando, en un lento pero constante efecto dominó, las jugosas ofertas para vender sus viviendas y convertirlas en alojamientos turísticos. 

-No me interesa -se limitó a responder Soledad al agente inmobiliario. Fue la única y última conversación que mantuvieron.

Lo intentaron en seis ocasiones más, ya siendo Soledad la última vecina permanente del edificio, y nunca obtuvieron respuesta. No abrió la puerta, lo descolgó el teléfono, no respondió a ninguna carta.

Descubrieron el cuerpo de Soledad unos operarios que rehabilitaban una fachada cercana. En un principio, les llamó la atención la ventana abierta, el balanceo de unas cortinas raídas y, por último, la colonia de pájaros que convivían junto a los restos de Soledad. Los trabajadores no podían creer lo que contemplaban: yacía boca arriba, cubierta con un camisón de raso que debió ser blanco en algún tiempo pasado, el pelo y las uñas le habían seguido creciendo una vez fallecida, procurándole un aspecto entre fantasmagórico y gótico: parecía la protagonista de una película de Tim Burton.

Cuando las fuerzas de seguridad del Estado accedieron a la vivienda de Soledad, encontraron junto a la puerta decenas de notificaciones, la mayoría de ellas avisos por impagos, publicidad de pizzas y de inmobiliarias, y un manto de pelusas y plumas. En la mesita de noche, seguían apilados diez o quince libros, cubiertos por una gruesa y casi porcelánica capa de polvo. Una agente, movida por la curiosidad, leyó los títulos tras limpiar los lomos: Cumbres borrascosas, Quién teme a Virginia Wolf y Madame Bovary, junto a varias guías de viajes: Roma, Londres, Nueva York o Lisboa. 

Los agentes pudieron constatar que un año después de su supuesta muerte, le cortaron los suministros de electricidad y agua. En realidad, dejó de necesitarlos. También supieron su nombre completo, Soledad Hueso García, y que durante doce años trabajó como enfermera en un hospital cercano. Sus compañeros, al referirse a Soledad, la retrataron como una persona distante, fría, alicaída, parecía que estaba siempre deprimida, comentó una anestesista. De hecho, cuando Soledad dejó de acudir al trabajo se encontraba de baja médica.

Curiosamente, nadie denunció ante la policía, ni ante ningún otro organismo, la desaparición de Soledad. Cinco años, cinco largos años. Nadie. Ni un familiar, ni una amiga o amigo, ni un compañero de trabajo ni el tendero de la tienda más próxima, ni el dueño de ese bar que hay en cada esquina, nadie tuvo el más mínimo interés en saber qué había sido de Soledad. Solo los pájaros, el polvo y los libros permanecieron al lado de Soledad durante esos cinco años.

Nada más terminar de leer la triste historia de Soledad, comencé a formularme multitud de preguntas. ¿Me echaría alguien en falta en el caso de desaparecer repentinamente? ¿Alguien me buscaría? ¿Cómo es una persona a la que nadie, absolutamente nadie, echa de menos? Años después, no deja de pulular en mi cabeza la historia de Soledad, una triste historia de soledad y muerte que se ha instalado con galones en mi particular desván de los horrores.

Hasta tal punto que he desarrollado una especie de fobia a los pájaros, ornitofobia, he leído que se llama, al igual que ha motivado que nunca duerma con la ventana abierta, aunque deba de utilizar el aire acondicionando con mayor frecuencia, y que ya no deje libros sobre la mesita de noche. No he vuelto a leer una guía de viajes.

VIERNES. ATRACO PERFECTO.

Como todos los viernes, pasada la medianoche, tras comprobar que sus hijos ya duermen, Juan y Lucía salen a la calle y se dirigen hasta la que fue su casa, al final de la avenida, en dirección al centro de la ciudad.

-Siguen sin abrir nada donde estuvo la librería –piensa Juan, mirando el cartel de la inmobiliaria. Es un pensamiento que se repite en los últimos viernes.

-Seguro que a la vuelta me dice otra vez lo de la librería –piensa Lucía, cuando pasan por el citado establecimiento.

Como todos los viernes, durante el trayecto, no más de que quince minutos a paso ligero, no hablan: solo miran a los que se agolpan en los veladores de los bares, a los que fuman y charlotean amistosamente a la salida de los restaurantes, a los que simplemente pasean, a los negocios cerrados que afean la avenida. La librería, siempre le dedican una mirada a la librería. Miran a la librería y a todo lo demás con cierta melancolía, cuesta adjudicarle un sentimiento concreto, unitario, a esas miradas, que en cualquier caso transmiten tristeza. Como todos los viernes, desde hace tres años, tres años ya han pasado, tan lentos y tan rápidos al mismo tiempo, Juan y Lucía se detienen en la entrada de un edificio espigado y moderno, acolchado en cristal y metal, el número 2 de la avenida, que alberga 54 viviendas, distribuidas en seis plantas. Como todos los viernes, antes de encajar la llave en la cerradura de la puerta de entrada, como soldados en la misión más peligrosa, Juan y Lucía se percatan de que no haya nadie cerca, en las inmediaciones, y que el portal permanezca a oscuras, tal y como sucede en este preciso momento. Entonces, si se sienten a salvo, solos, y siguiendo el ritual de todos los viernes por la noche, Juan y Lucía se plantan de dos saltos en el ascensor y cuentan los segundos, con algo de angustia, de inquietud, hasta que la puerta se abre ante ellos y, a continuación, llegan hasta la cuarta planta. No ser descubiertos por los que fueron sus vecinos, ese es el reto. Y como todos los viernes, abren muy lentamente la puerta del ascensor, se cercioran de que el pasillo se encuentre a oscuras y vacío, siguen siendo esos temerosos soldados en la misión más peligrosa, y a toda prisa se dirigen a la izquierda, a la puerta que está rotulada con la letra D. Lucía extrae de su bolso el manojo de llaves, las aprisiona con fuerza para que no suenen, busca la plana, la de multitud de orificios, la de seguridad, tan diferente a la actual, escueta, y la introduce en la cerradura. Como todos los viernes, nada más acceder al interior de la que fue su casa hasta hace tres años, Juan y Lucía se abrazan en silencio, durante un par de minutos. Es un abrazo triste y lastimero, doloroso y dolorido, compartido.

Lucía pone en funcionamiento una linterna con la que recorre, junto a Juan, su marido, el que fue su hogar. Aunque todos los viernes trata de evitarlo, Lucía alumbra la puerta del dormitorio que durante varios años compartieron sus hijos. Elena, Jorge, dos, tres, cuatro años, 84, 96, 107 centímetros, tatuado mediante arañazos en la madera del marco. Y buscan en las paredes, en las esquinas, en las puertas, esos recuerdos de sus vidas en esta casa vacía que huele a silencio y a soledad. Y, como todos los viernes, concluyen su nocturna y fugitiva visita en la terraza. Esa terraza en la que fueron tan felices, tantos y tantos viernes tan diferentes al actual. Pedro, el vecino del edificio de enfrente que nunca conocieron personalmente, pero al que Lucía y Juan le imaginaron docenas de empleos y aficiones como si se tratara de un juego, un viernes más vuelve a contemplar entre las penumbras la visita de los que fueron sus vecinos. Seguía Pedro con atención el devenir diario de la familia. Aún si hijos, los recuerda Pedro cenando en primavera, en la terraza, charlando amistosamente con otras parejas, felices. En el silencio de la noche, pudo escuchar con claridad sus conversaciones, y en más de una ocasión estuvo tentado de tomar parte, pero nunca lo hizo. Y tiene la sensación de que hubiera sido bienvenido.

Claro que sí.

Desde su terraza, mucho más pequeña, vio Pedro como los hijos fueron llegando y fueron creciendo, como cambiaron el cierre y los estores, como instalaron unos botelleros de acero en la pared, como durante todo el mes de agosto desaparecían. Para regresar morenos y felices. Y también empezó Pedro a ver, solo unos pocos años después, como Juan pasaba las mañanas en casa, fumando y fumando en la terraza, como Lucía dejó de ir al gimnasio, como la chica de la limpieza ya no iba todos los martes y jueves, como las botellas dejaron de apilarse en el botellero, como las cenas de los viernes no volvieron a tener lugar.

Contempló Pedro como la terraza que tantos buenos ratos le había procurado, esa terraza que envidiaba, se había convertido en una muy parecida a la suya, y que el contemplarla le reportaba una sensación similar a la de situarse frente a un espejo. Aun así, cada viernes espera que la linterna se abra paso en la oscuridad de la noche.

UN HOMBRE BAJO EL AGUA, DE JUAN MANUEL GIL

En Un hombre bajo el agua, el escritor almeriense Juan Manuel Gil recrea desde el presente la reconstrucción de un pasado fragmentado que permanece escondido en el interior de una balsa agrícola de riego.

Juan Manuel Gil, con su primer libro, Guía inútil de un naufragio, ganó el Premio Andalucía Joven de Poesía en el año 2003. En el arranque del poema que abre esa obra, titulado Día primero, se puede leer: Imaginemos que esto es realidad, / que cada palabra que aquí escribo / alinea cuerpos, sábanas y agua / -sin incurrir en falsas esperanza-. Dieciséis años después, varios los libros publicados, de muy diferentes estilos y géneros, esos versos pueden entenderse como premonitorios a la hora de diseccionar el nuevo título de Juan Manuel Gil, Un hombre bajo el agua, publicada por la editorial Expediciones Polares.

Si la obra de este autor se caracteriza por algún elemento que pudiéramos entender como común, sería el de la búsqueda constante. Una búsqueda en aras de la evolución, innovación, narrativa; una búsqueda de nuevas herramientas, no necesariamente literarias, así como de diferentes modos y tiempos de contar una historia.

Buscó la geografía como un elemento de ubicación, pero también de permanente movimiento, en la citada Guía inútil de un naufragio; buscó atajos y pasadizos entre los géneros en la híbrida Inopia; buscó el encuentro de los tiempos y de las voces en la deliciosa Mi padre y yo, un western y buscó un nuevo espacio narrativo en la turbadora Las islas vertebradas, que puede considerarse, hasta el momento, como la obra de Gil que se rige por los patrones más tradicionales, de la novela en este caso. Y esa búsqueda, por encontrar y encontrarse, por recorrer nuevos territorios, sigue estando muy presente en Un hombre bajo el agua.

En esta última novela, Juan Manuel Gil busca descubrir en la memoria prestada de los otros la recuperación de la memoria real, de lo que verdaderamente sucedió durante su adolescencia. El protagonista, de nombre Juan Manuel, encuentra en una balsa de riego agrícola el cadáver de Eduardo, un hecho que se convierte en muy relevante de su vida. De hecho, puede entenderse como una puerta que se abre hacia el mañana, dejando atrás definitivamente la infancia. La balsa, como tal, también cuenta con un fuerte componente simbólico. A diferencia de lo que sucedía en Las islas vertebradas, donde el agua representaba el infinito, la búsqueda, en esta nueva novela es un elemento hostil, turbio, turbador, que amplifica la sensación de desasosiego, irrealidad y oscuridad que transmite la historia.

En Un hombre bajo el agua nada es verdad, nada es mentira y todo pudo haber pasado, o esa es la sensación que nos transmite la reconstrucción de un complicado puzle, compuesto por miles de piezas con la forma y el peso de los recuerdos. En este sentido, la memoria, tanto la propia como la de los demás, es material de reciclaje al que acude el escritor para hilvanar el pespunte de un relato marcado por la incertidumbre, el desarraigo y las dobles y triples miradas, lecturas e interpretaciones.

Es muy interesante el permanente diálogo al que somete la infancia con la edad adulta. Vierte Juan Manuel Gil a lo largo de todo el texto una mirada, incluso una revisión o examen de la infancia, desde la perspectiva de la vida adulta, nada complaciente, nada estándar, muy lejos de esas interpretaciones tan manidas y prototípicas en las que nos muestran infancias felicísimas, universos de alegría y amor que ya no volveremos a disfrutar a lo largo de nuestras vidas.

En la descripción del paisaje social y geográfico de la adolescencia del protagonista podemos encontrar las cenizas o los rescoldos de esa España de no hace tanto y que tan bien retrató Juan Goytisolo en la mítica Campos de Níjar, geográficamente tan cercana a Un hombre bajo el agua. Esa sociedad callejera, humilde y festiva, de niños que juegan en las calles, mujeres que toman el fresco en las puertas de sus casas y vecindarios que son como colmenas humanas, repletas de inclasificables relaciones, más intensas e íntimas que las familiares en muchos casos. Sin una premeditación ostentosa, sin el pretexto del adorno, Juan Manuel Gil rescata esa sociedad de su infancia a través de la mirada vertida por todos aquellos que le ayudan a trazar la línea argumental de sus recuerdos.

Demuestra este escritor almeriense que la denominada autoficción, género en auge si contemplamos los recientes éxitos de Ordesa, de Manuel Vilas o de El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, se sustenta en la memoria y en los recuerdos, a pesar de que en demasiadas ocasiones no coinciden con lo realmente vivido/sucedido. De hecho, Gil se plantea si no hacemos otra cosa, a lo largo de nuestras vidas, que ensamblar una memoria con la que sentirnos relativamente cómodos, a salvo, o al menos no maltratados.

Si acudimos nuevamente a la pasada producción literaria de Gil, en uno de los textos que componen Hipstamatic 100, una compilación de textos breves, la mayoría de ellos aparecidos en prensa, podemos leer: creo que la curiosidad nunca comparte cama con el óxido, la rutina, el reuma, el conformismo o el cliché. No son de la misma especie. Se repelen. Quizá ni siquiera se conozcan entre ellos. La curiosidad es hospitalaria y, a la vez, nos hace nómadas, inquietos. Esta reflexión se mantiene muy viva, plena de actividad y vigencia, en Un hombre bajo el agua. Una nueva marca, profunda y visible, en el personal y ambicioso atlas literario que está trazando este autor almeriense a lo largo de los años y de las obras publicadas. Buen viaje.

LA PAYASA

La payasa, un relato de Salvador Gutiérrez Solís

La payasa

Buscó en la parte inferior del armario una caja de cartón, rectangular y grande. La agarró con las dos manos, se la aplastó contra el pecho y la dejó caer en la cama, con suavidad. Al abrirla, el dormitorio se inundó del olor encerrado: lavanda. Extendió sobre el edredón las diferentes piezas, que volvió a planchar con la mano muy delicadamente. Fue más una caricia. Tras ponerse la redonda nariz roja de plástico se miró en el espejo: peluca color zanahoria, rotundos coloretes, cejas pintadas de negro, exageradas pestañas. Se repasó el uniforme: amplio pantalón negro, sujetado con dos tirantes, también negros, zapatos de charol como barcas en los pies, una camisa de rombos blancos, verdes y rojos. Para finalizar, los últimos accesorios, un bastón blanco y negro y un bombín, que nunca llega a estar sobre su cabeza. Conforme con lo que ve, Marta se dirige a la cocina y abre el frigorífico, de donde extrae una enorme tarta de chocolate, galleta y natillas. Con cuidado, la coloca en una caja blanca de cartón y se dirige al garaje comunitario: plaza 102, Toyota Corolla 6402BPY. Ocupado el maletero por un amplificador, varias telas y una pequeña escalera plegable, deposita la caja con la tarta en el suelo del asiento del acompañante. Nada más salir a la calle, al final de la rampa, tiene que frenar para dejar paso a una mujer que camina acompañada de sus dos hijas. La menor descubre a Marta, al volante, al otro lado del cristal, y la expresión de su cara cambia en un instante: es miedo, pánico incluso. Vaya tela la peliculita, voy a tener que cambiar de disfraz a este paso, se lamenta Marta, que conecta la radio. Suena una canción de los Smiths que consigue trasladarla a otro tiempo, años atrás. Era joven y le gustaba bailar los viernes por la noche, hasta el amanecer.

Diez minutos de trayecto, hasta llegar a una urbanización ubicada hasta lo que no hace tanto eran las afueras de la ciudad. Ya no, de la mañana a la noche pasó a ser una zona cara, con centros comerciales y pistas de paddle. Una zona de expansión, la califican. Tras descender de su automóvil, se dirige al edificio 5 y pulsa el piso 2ªD. Soy la payasa, vengo al cumpleaños de Nacho, responde Marta. ¿Payasa? Pregunta una dubitativa voz de hombre, a través del telefonillo. ¡Sorpresa!, grita Marta eufórica, y la cancela se abre. En el portal se cruza con un hombre y una mujer que la observan desconcertados, pero Marta ya está acostumbrada a esas miradas. Se sabe a salvo bajo el disfraz.

Tres segundos después de pulsar el timbre, un hombre de unos 35 años, moreno, se llama Eduardo, abre la puerta.

¡Ya está aquí Loquita, la payasa!, se presenta Marta, ofreciendo la caja de cartón que contiene la tarta de galletas, chocolate y natillas. Perdón, pero es que no hemos contratado ninguna payasa, le informa Eduardo, con cierto pudor. ¡Sorpresa!, exclama Marta, y se cuela en el interior de la vivienda. Eduardo sonríe con extrañeza y conduce a Marta hasta el salón, donde 7 niños rodean una mesa repleta de bocadillos de chocolate, de chorizo con margarina y batidos de vainilla y fresa. Gloria, la pareja de Eduardo, le exige una explicación a éste con la mirada, a lo que responde encogiendo los hombros. Seguro que es obra de su hermano, para así justificar que nunca viene a ver su sobrino, y eso que es el padrino, se cree que con dinero todo se paga, piensa y no dice Eduardo, al mismo tiempo que Gloria supone que Eduardo está pensando justamente eso mismo, que le ha repetido mil veces. Munición de mil discusiones.

¿Dónde está Nacho?, pregunta una desaforada Marta, con los brazos abiertos, y un niño de pelo negro responde temeroso, levantando la mano.

Lo de Stephen King no tiene nombre, resopla Marta interiormente.

Durante más de una hora Marta repite su repertorio de canciones, bailes y juegos habituales, consiguiendo desde el primer instante la complicidad de todos los niños. A su lado, son felices, y ella también parece serlo. Se muestra especialmente cariñosa con Nacho, el “cumpleañero”, al que concede todo el protagonismo. Se esmera Marta, como si se tratara de un ritual sagrado, a la hora de interpretar la escenografía de apagar las 8 velas, música y luces se incorporan a la función. Cumple con el guión.

Le encanta a Marta cuando en la despedida los niños le ruegan que no se vaya, que se quede unos minutos más, pero por propia experiencia sabe que es el momento de marcharse. Ese momento justo, que aún te echan de menos, que no hayas empezado a aburrir.

Por curiosidad, ¿quién te ha enviado?, no puede evitar preguntarle Gloria en la despedida, junto a la puerta.

¡Sorpresa!, repite Marta la respuesta de otras ocasiones.

De regreso a casa, tras despojarse de la peluca, maquillaje, pestañas y nariz roja de plástico, Marta se tumba en la cama y toma la fotografía que hay sobre la mesita de noche. En ella aparece un niño moreno, de cara redondeada, en el preciso momento de soplar una vela con la forma del número 8, en el centro de una tarta de galletas, chocolate y natillas. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, comienza a tararear.

ÉRASE UNA VEZ TARANTINO

Quentin Tarantino

Mi primera vez con Tarantino, Reservoir dogs obviamente, fue en un cine de verano. Fui el último de mis amigos en verla, y como a ese hereje que es necesario convertir a la mayor brevedad, así me conducían, incrédulos de que aún no hubiese visto la nueva gran maravilla del cine mundial. Suele suceder, cuando se pasan un tiempo dándote la tabarra con las bondades de algo, cuando llega el momento vas con el colmillo retorcido y la mirada afilada, buscando más el error que la virtud. Somos así, no lo podemos remediar. No fue, precisamente, un amor a primera vista lo mío con Tarantino, Reservoir Dogs me pareció mucho menos que la fama que la precedía, soporífera en determinados diálogos, y de sonrisa, como mucho, en algunos momentos, mientras que mis amigos tildaban aquellas ocurrencias, tipo a la de Madonna, como auténticas genialidades. Me entretuvo y poco más, seguía prefiriendo al auténtico, a Peckimpack, tan presente en toda la película. Y llegó Pulp Fiction y me tapé la boca. Indiscutible, incuestionable. Me entusiasmó de principio a fin, excitante, apasionante, un torbellino de ideas, diálogos y planos memorables, uno de los despliegues más arrebatadores que he contemplado en una pantalla de cine. En estado de gracia, Tarantino durante un tiempo fue un cineasta que no dudaba en proclamar sus referencias, en acudir a materiales más allá de los estrictamente cinematográficos, y que a la vez tenía el tiempo y talento suficientes para participar en otros proyectos, de un modo u otro, como Amor a quemarropa, Asesinos natos o Abierto hasta el amanecer, junto a su amigo Robert Rodríguez.  Un ciclón creativo.

En Jackie Brown, que sigue siendo una de mis preferidas, encontré a un Tarantino más sosegado, más comedido, pero mejor narrador, ofreciendo diferentes puntos de vista. Y prosiguieron las excesivas, delirantes y maravillosas Kill Bill, I y II, y Malditos Bastardos, irregular acercamiento al cine bélico. De sus dos incursiones expresas en el western clásico, en todo su cine siempre hay referencias, solo me interesó, y no excesivamente, Django desencadenado; Los odiosos ocho me parece su película más fallida hasta el momento. Ha regresado Tarantino a las pantallas con Érase una vez Hollywood, que bien podría considerarse como la película menos suya, si revisamos su obra pasada, la más convencional desde un punto de vista narrativo, pero no por ello deja de ser memorable, hasta el punto de situarla, sin dudar, en la cúspide de su carrera. Es una historia contada con nervio, con soltura, sin esos diálogos suyos, tan característicos por otra parte, pero que en más de una ocasión me han conseguido desesperar. Acaba ya, he tenido ganas de gritar en más de una ocasión. Tanto Brad Pitt como Di Caprio realizan unas fantásticas interpretaciones, no se hacen sombra, no se estorban, se complementan perfectamente. Y lo mismo sucede con Margot Robbie, tan monumental como breve en su recreación de Sharon Tate. Citándola, es inevitable mencionar a Charles Manson, tan presente durante todo el metraje, desde una perspectiva que recuerda mucho a la narrada por Emma Cline, en su espléndida novela, Las chicas.

Érase una vez Hollywood es la declaración filmada de amor que Tarantino le dedica al cine, a los géneros que le han acompañado a lo largo de su vida, a sus claras e inevitables referencias, del cine negro, a la comedia, pasando por el Spaghetti Western, capital en esta película. No termino de comprender las devastadoras críticas que este film ha recibido por parte de determinados críticos, parapetándose tras extensísimos textos, en algunas ocasiones, como si necesitaran muchas palabras y argumentos para explicar su rechazo. Cuenta con todos los ingredientes que le debemos exigir a una obra de estas características, además de desprender una pasión, un continuo homenaje, al cine y sus principales protagonistas. Después de ver Érase una vez Hollywood, espero que Tarantino no cumpla con su promesa, de retirarse tras dirigir la décima película –le quedaría solo una-. A este nivel, que nunca separe la claqueta de su mano.