EL PODER DE LA MÚSICA

¿Qué puede hacer una canción, además de entretenernos durante un rato? ¿Puede conseguir que las cosas cambien? ¿Acabar con el racismo, la violencia, la homofobia, las guerras, las desigualdades, puede hacerlo eso una canción? ¿Qué es una canción entre tanta barbarie, qué supone, qué poder tiene? ¿Tiene algún poder la música? ¿Terapéutico, emocional, cultural, social, político, sensorial? Creo que tengo claras todas las respuestas a todas estas preguntas, pero no sé si me merece la pena responderlas y, sobre todo, argumentarlas. Lo vuelvo a repetir: la música es la compañía más estable de cuantas he tenido en mi vida. Por uno u otro motivo, el resto de compañías, ya fueran humanas, culturales o sociales, nunca han sido las mismas. Murieron, desaparecieron, se perdieron, se fueron, qué sé yo. Pero la música siempre ha estado ahí, a mi lado, siempre. Y gracias a ella he superado muy malos momentos, he aprendido, me he emocionado, he vibrado, he conseguido dejar de pensar en aquello que me estaba erosionando por dentro. Hay canciones, y da igual las veces que las haya escuchado, que me siguen emocionando como la primera vez. Canciones que consiguen que se me salten las lágrimas, que son un latigazo a mis emociones, un apretón a mi corazón. No puede hablar de la música sin repetir la palabra emoción. Emoción. Me gusta que sea así. Adoro que sea así. Y que también me suceda con un poema, con una película, con un cuadro, con una puesta de sol o con una novela. Cuando sucede, porque a veces sucede, es una sensación muy complicada de transcribir mediante palabras. Hablamos de emociones, que juegan en otra liga, más allá de las palabras.

Me ha empujado a escribir este artículo This is Pop, la estupenda serie documental de ocho episodios que trata de contar, como su propio nombre indica, la evolución del Pop desde su creación. No es tarea fácil, ya que primero deberíamos definir qué es el Pop, y que con frecuencia hemos convertido en un contenedor de aquello que no encasillamos en el resto de los géneros, o que no es lo suficientemente puro como para hacerlo. Aunque el documental no profundiza excesivamente en los temas que aborda, sí hay que reconocerle y elogiar su pedagogía y capacidad de síntesis, convirtiéndose en una propuesta perfecta para personas no iniciadas. Yo lo he disfrutado mucho viéndolo con mi hija, 13 años, y contemplando sus caras cuando ha visto actuaciones de Jefferson Aireplane o de los primeros ABBA o conociendo la rivalidad que mantuvieron Blur y Oasis en la década de los 90. Cuenta con episodios muy atractivos y clarificadores, como el dedicado a los suecos y su importancia en la difusión del Pop más comercial, en lo que son unos auténticos reyes, o analizando la frontera por la que transita el Country en los últimos años, en permanente abrazo con el Pop, en sus expresiones más recientes. Muy divertido, por ejemplo, el capítulo dedicado a esa cosa llamada Auto-Tune, y que Cher con su Believe universalizó para dicha de los desafinados, así como muy emotivo el recuerdo del mítico edificio Brill, que tantas y tantas canciones y bandas albergó durante sus años de vigencia.

¿Qué puede conseguir una canción?, es lo que se pregunta este documental en su capítulo siete, y que también es su título. Y trata de responder recuperando esas canciones que, en su momento, supusieron un elemento de cambio o de construcción social. Canciones contra el racismo, la homofobia o el machismo, canciones por la paz. Por la paz. Se me ha quedado grabado el gesto de incredulidad, y de horror, de mi hija al ver la secuencia en la que golpean a un hombre que porta la bandera arco iris. Eso ya no pasa, me dijo. Sí pasa, por desgracia, mira lo que le ha pasado a Samuel, le respondí. Una canción no puede acabar con el racismo, con el machismo o con la homofobia. Una canción no puede conseguir la paz. No. Pero sí puede que pensemos en ello, que nos formulemos preguntas, que dudemos, que busquemos respuestas. Además de todo lo que nos ofrece. Una vida más rica, menos aburrida, más emocionante. No es poco.

RAFFAELLA CARRÁ

Andan ahora analizando las letras de las canciones de Raffaella Carrá como si pretendieran demostrar, tal y como sucede con esa leyenda que arrastra el rock en las últimas décadas, que esconden mensajes ocultos, no demoníacos, en esta ocasión, pero sí sexuales. Cómo si los mensajes sexuales, subliminales o directos, fueran un delito, que tal vez sea lo que necesitamos, y más práctica, que muchos transformarían el vinagre que almacenan en mansa agua, que ya les vale. Se ha muerto la Carrá en la previa de unas semifinales de un España frente a Italia de una Eurocopa, que es rizar el rizo de las emociones compartidas. Porque Raffaella fue querida, respetada, bailada y admirada en ambos países, y con toda la razón del mundo. Porque esa mujer transmitía buenas vibraciones, cordialidad, simpatía y, sobre todo, alegría. Por eso somos tantos los que lamentamos su fallecimiento, que no es algo que todos los personajes públicos consiguen, muchos de ellos empeñados en construir la peor imagen posible de sí mismos. Para mí supone perder un pedacito de mi infancia y juventud, y es que puedo volver a verme en ese comedor familiar, en una mesa abarrotada de platos y vasos vacíos, junto a mis padres y hermanos, contemplando como la Carrá brincaba rodeada de bailarines contorsionistas, cubierta por brillantes lentejuelas, con aquellas transparencias nada transparentes que solía gastar, y es que a su modo, siempre fue muy recatada. A diferencia de otras celebridades italianas que nos llegaron desde principios de los 80, especialmente, Raffaella nunca enseñó nada, salvo aquellas dos piernas larguísimas y bellísimas, que sabía mover como pocas.

Inalterable el rubio platino, como si fuera a la peluquería cada mañana, la Carrá controlaba como ninguna su mirada a la cámara, sus paletas separadas y hasta ese español zarrapastroso que ella convirtió en un aliado y en una seña de identidad. Aunque muy españolizada, siempre mantuvo ese punto guiri que tanto nos atrae. Si nos ponemos a pensarlo, y si retrocedemos en el tiempo, el éxito de la Carrá en nuestro país no fue un hecho aislado, ya que fueron otros muchos paisanos suyos los que triunfaron en España. Y todos con una característica común: ese español maltratado y saltarín que tanto nos gustaba. Umberto Tozzi, Sandro Giaccobe, Nicola di Bari, Ricchi e Poveri o Al Bano y Romina Power, que fueron avanzadilla de los Eros Ramazzoti, Tiziano Ferro, Nek o Laura Pausini posteriores, y no nos olvidemos, por supuesto, de Sabrina, y ese momento que ya forma de la historia televisiva, y algo más, de nuestro país. Pero Raffaella Carrá no fue una cantante más, fue algo diferente, entre presentadora, bailarina, cantante y vedette, sin hacer nada maravillosamente bien, pero nadie jamás lo ha sabido hacer tan bien como ella. En este sentido, la Carrá es la versión italiana de nuestra Lola Flores, única y diferente, pero por su fuerte personalidad, más allá de su talento o habilidades.

Raffaella Carrá siempre fue una reivindicación de la alegría, un bastión de la sonrisa, un chute de energía, un latigazo de rubio esplendor entre las sombras de la rutina. Quién no ha sudado una madrugada mientras cantaba Raffaella; quién no se ha sentido protagonista de alguna de sus letras, especialmente con aquella que exaltaba las habilidades sexuales que gastamos en el Sur, quién no ha liberado esa pluma o plumón que todos escondemos por tratar de emular una de sus piruetas, quién, quién no. Yo no lo oculto, le debo muchos buenos momentos a la Carrá, como también reconozco que forma parte de mi memoria sentimental, desde un punto de vista que me es difícil explicar. La miro de nuevo y regreso, inevitablemente, a ese comedor con mi familia rodeando una mesa de platos vacíos, con cáscaras de pipas y restos de caracoles. Y Raffaella Carrá bailando en la pantalla, rubia y magnética, la sonrisa por bandera.

VERANO

Llega el momento de recoger lo sembrado, de evaluar lo estudiado, o no. Los chavales reciben sus notas de junio, las notas finales, las notas entre todas las notas, con expresión variopinta. Las ruedas de las mochilas reciben su merecido descanso, después de meses de charcos, hojas secas, chicles y empujones. Las avenidas despiden a esos autobuses jaleosos de asientos maltratados, de cánticos que escapan por las ventanillas. La rutina escolar dice adiós hasta septiembre. Septiembre que es el verdadero mes iniciático, el mes uno, el mes que marca el nuevo año, la nueva Liga, el nuevo curso, la nueva colección –dos por el precio de uno, todos los madelmanes-, con el permiso de enero, que seguirá engañándose en su falsa gloria, en su liderazgo del calendario, en su resaca de turrones y cavas nunca saboreados. Y justo cuando acaba el curso, la noche de San Juan, el fuego que celebra la llegada del verano, aunque el verano del termómetro ya llevemos unas semanas padeciéndolo, y cada año olvidemos la temperatura del pasado y nos centremos en el nuevo calor del presente, que siempre es más calor. El invierno refresca, afortunadamente, nuestra memoria.

Contemplando la salida del colegio de unos chavales me fue imposible no retroceder en el tiempo y regresar a los veranos del chaval que fui durante años, y que intento, por todos los medios, que siga estando vivo, o al menos dormido, en mi interior. Recuerdo que lo primero que hacía nada más comenzar el verano era agarrar un calendario y contar los días libres que iba a tener. Pero los días libres reales, los fines de semana y los festivos no los contaba, necesitaba saber cuántos días de verdad, de verdad de la buena, iba a estar sin ir al colegio. Y no lo hacía por programación o anticipación, lo hacía por puro placer, por disfrutar de un sentimiento que aún hoy me es imposible clasificar. Largos veranos en una Córdoba más árida, más callada, más lenta, una Córdoba sin Festival de la Guitarra, sin Eutopía, sin Noche Blanca del Flamenco; una Córdoba pelada y mondada. Mis veranos se centraban, casi exclusivamente, entre mis visitas a la Biblioteca, algún que otro y esporádico chapuzón en la piscina de la calle Zarco y las noches en los cines de verano, especialmente el Olimpia, que era, supuestamente, el cine de mi barrio. Curiosamente, los que vivíamos en la calle Buen Suceso y alrededores éramos, por calificarlo de algún modo, “chicos sin barrio”. En la frontera entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, demasiado cerca y demasiado lejos, al mismo tiempo, de todos ellos. Caprichos del callejero.

Con toda probabilidad, aquellos veranos silenciosos y calurosos de mi infancia en aquella Córdoba inmovilista han influido decisivamente en la construcción de la persona que soy hoy, y muy especialmente en mi faceta como narrador. Me fascinaba entrar en la biblioteca, buscar un nuevo título de Tintín, El Príncipe Valiente o Astérix, que devoraba en esas largas siestas de ventilador y canciones dedicadas, a Pedrito por su cumpleaños, de Radio Córdoba. Jamás incumplí el plazo de entrega, ya que a la mañana siguiente, puntual a mi cita, renovaba el libro. Y si primero fueron los tebeos, más tarde llegaron Salgari, Hammet y Kafka. Y por la noche me aguardaba el cine de verano, en donde vi cien veces todas las películas del legendario Bruce Lee, y demás imitadores, así como las del picarón Álvaro Vitali o Esteso/Pajares, sí, pero también Ben HurLo que el viento se llevó o Psicosis. Y luego en mi casa, rodeado de hermanos que hablaban de cosas que a mí se me escapaban, mientras comía altramuces o pipas frente al ventilador, pensaba en los días que aún le quedaban a ese verano, que yo nunca sentí como árido, caluroso o silencioso

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En el mismo día aparecen en tres ciudades de España —Sevilla, Madrid y Barcelona—, en papeleras de lugares muy conocidos y frecuentados, restos humanos semicongelados: un pie, una mano y un corazón. Todos los indicios apuntan a la siniestra estrategia de un asesino en serie que quiere acaparar toda la atención.
Para tratar de resolver el caso, la policía recurre a la excéntrica, huraña e intuitiva inspectora Carmen Puerto que, a pesar de su autoimpuesta reclusión, es capaz de analizar, interpretar y desvelar los crímenes más complicados. Como en «El lenguaje de las mareas», Carmen Puerto encontrará en Jaime Cuesta y Julia Núñez los ojos y las manos que la conectarán con el exterior…

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TIEMPO DE SALMOREJO

Es cierto: ya están los tomates en su punto para preparar salmorejo. Tomates de verdad, criados bajo el sol, blanditos y rojos, deliciosos para restregar sobre una tostada de pan con aceite, o para preparar el mejor de los sofritos, o un refrescante gazpacho o un delicioso salmorejo. Si me lo propongo, sería incapaz de encontrar en mi memoria mi primer encuentro con el salmorejo, imposible. Tal vez algún chupete untado, o las manos metidas dentro de un bol, o vete tú a saber, que seguro no voy descaminado. En realidad, lo recuerdo de siempre. Aunque yo lo preparo casi todo el año, de hecho es un producto fijo en infinidad de cartas, así como en las estanterías de los supermercados, en mi casa era un plato de temporada. Y comenzaba ahora, cuando los tomates estaban en su punto, tanto en sabor como en precio. El tiempo del salmorejo, en mi infancia, iba emparejado a un tiempo de felicidad, de libertad, de luz, de fiesta. Porque el salmorejo llegaba con las Cruces, los Patios y la Feria, con mayo, y también llegaba cuando desaparecían la mesa camilla, los jerseys, los abrigos y las mantas. Y proseguía con el cine de verano, las vacaciones, las piscinas, las nunca silenciosas siestas y las interminables noches jugando con los amigos. Desde niño, asocié el salmorejo a un tiempo radiante, pleno, de alegría, de entusiasmo, de entrar y salir, de muchas risas, de estar en la calle, de disfrute. Y en cierto modo, me sigo sintiendo así cada vez que preparo salmorejo, y puede que por eso lo suela compartir en la redes, porque al hacerlo es como si compartiera alegría.

Aunque los he probado, nunca he comprado un salmorejo en el supermercado. Y no sólo es por una cuestión de sabor, que también, o de naturalidad, que también, es porque hacerlo es el chispazo que enciende esa alegría que el salmorejo me transmite. Como el gazpacho, el arroz o las natillas, no hay dos salmorejos iguales, aunque se utilicen las mismas recetas y casi los mismos ingredientes. Eso a veces deriva en verdaderos enfrentamientos salmorejiles, a lo futbolero, en los que son frecuentes los comentarios del tipo: como el salmorejo de… mi madre, del bar de la esquina, de tal restaurante o el mío no hay ninguno. Pero es un error, porque se puede disfrutar con normalidad de diferentes salmorejos, lo mismo que puedes disfrutar de la misma manera e intensidad de las canciones de los Stones o de los Beatles. Yo lo sigo considerando como fue en su origen: un plato de aprovechamiento y reciclaje, de esos trozos de pan duro que botan en la talega y dándole uso a esos tomates que ya no valen para la ensalada. Cortito de ajo, que no podemos olvidar el dicho: salmorejo, la cama cerca y el agua lejos, que la siesta puede ser terrible. Y seamos sinceros, ni a nosotros mismos nos sale siempre exactamente igual el salmorejo, siempre hay una diferencia, o varias, con el que preparamos anteriormente y con el que prepararemos mañana, y seguramente eso sea lo que lo convierte en un plato diferente. Pero hablando de diferencias, algo que me encanta son las diferentes presentaciones y acompañamientos que podemos encontrar. Los clásicos taquitos de jamón y huevo duro, con unas lagrimitas de aceite de oliva, pero no lo desdeñemos con tortilla de patatas, con atún o con mojama, también muy rico.

Recuerdo la primera vez que preparé salmorejo fuera de Andalucía, en Madrid, a principios de los 90, cuando todavía era sólo un plato que pedían los turistas en sus visitas a Córdoba, y todos los presentes empezaron a untarlo en el pan como si fuera un paté o una mayonesa, sorprendidos, casi alucinados, por el sabor. No es de extrañar que no haya tardado en convertirse en el plato que es hoy, muy extendido y conocido, con una gran oferta y demanda. Un plato peculiar, ya que no es una crema, tampoco una salsa y mucho menos un puré, es otra cosa, diferente. Salmorejo, que yo sigo emparejando a un tiempo y a un estado emocional, a vivencias y recuerdos. Por eso, cuando llega un tristón y gris día de noviembre, y aunque los tomates no estén en su punto, yo preparo una buena fuente de salmorejo a modo de terapia. Porque nada más comenzar a hacerlo, mientras empapo el pan o pelo el ajo, creo que vuelvo a estar en un día de luz y alegría. Y para finalizar, otro dicho, que deberían aplicarse sobre todo nuestros políticos: cuando tú vas a por los tomates, yo ya tengo hecho el salmorejo.

ÉRASE UNA VEZ MAYO

¿Nos da algo para la Cruz de Mayo?, le preguntábamos al nuevo posible benefactor con el que nos encontrábamos, como si la Cruz tuviera necesidades alimenticias o de cualquier otro tipo. Comenzamos con cajas de cartón, las vacías de las botellas de leche Colecor eran las más preciadas. Recias, robustas, crujientes, y muy resistentes. Eran unas botellas de litro y medio de un plástico semitransparente que luego también tenían su utilidad. Bien recortado el cuello de la botella, con su correspondiente globo, era un tirador fabuloso. Eso sí, lo que se dice apuntar, era más que complicado apuntar. Recuerdo tardes de verano desayunando una botella de Colecor, muy fría, junto a un plato de rosquillas. En ese tiempo en el que la lactosa era una ciencia ficción y la leche se consideraba como el gran alimento. Mientras más, mejor. Las Cruces de Mayo con las cajas de cartón, y decoradas con gitanillas y geranios de las macetas de mi madre. La de sofocones que le di, todo el año cuidando sus flores para que yo se las guillotinase en un plis. Y pasamos a la Cruz minipaso, en aquellos años en los que los costaleros conformaban una especie de mitología, y hasta íbamos a verlos a ensayar, como si se trataran de guerreros legendarios que practicaban con sus espadas. En la Cruz minipaso había que dividir las ganancias, ya que como poco éramos dos los que la “cargábamos”, pero también es verdad que las ganancias eran mayores, especialmente al principio. Cosas de la novedad. En muy poco tiempo, tan poco y tan rápido que me es imposible precisar, comencé a disfrutar las Cruces de Mayo desde otra perspectiva: con los codos apoyados en las barras de aluminio. Pimientos fritos, flamenquines y un poquito de salmorejo, que no falte. Durante 3 décadas viví entre San Agustín, San Lorenzo y el Realejo, en la calle Buen Suceso, imposible que las Cruces no formaran parte de mi calendario, en cualquiera de sus modalidades y situaciones.

Y lo mismo me sucede con los Patios, que siempre he considerado como la expresión más auténtica y genuina de cuantas tenemos en Córdoba. Si algo nos define y diferencia son los Patios, no me cabe duda. Porque ferias, hay muchas, al igual que catas, y las Cruces también se pueden disfrutar en otros lugares, como en Granada, por ejemplo. Pero para ver y conocer los Patios hay que venir a Córdoba. Si rebusco en la memoria del niño que fui puedo recordar los Patios antes de que tuvieran colas, horarios y aplicaciones, cuando eran microcosmos que conformaban la Córdoba más esencial. Recuerdo ir a casas de amigos donde los vecinos esperaban en el patio su turno para ir al servicio compartido. Recuerdo patios por los que atrechábamos para ir de una calle a otra. Recuerdo patios en los que se comían caracoles a media tarde, entre jazmines y buganvillas. Recuerdo patios con perros somnolientos y canarios de colores cantando en sus jaulas. Recuerdo patios en los que el concepto de familia era muy diverso, porque además de la propia tenías la que formabas con tus vecinos. Los Patios, en Córdoba, suponen lo que fuimos y que, en gran medida, seguimos siendo. Y por eso es de agradecer el esfuerzo que realiza todos los años este periódico, para que su ya célebre Guía de Los Patios siga siendo una realidad que todos podemos disfrutar.

Se me acaba el espacio y todavía me queda mucho mayo que recordar. El de la Cata, por ejemplo, o el de las ferias, porque en mi infancia y juventud yo disfruté dos por igual, la de la Salud y la del colegio, en los Salesianos. Aquellas casas del terror construidas con pupitres, que son casi los antecedentes de los escape room actuales, o la tómbola en el pórtico, o las primera fiestas y ese momento en el que sonaba Spandau Ballet y soñabas con que la chica que te gustaba dijera sí cuando la invitabas a bailar. Aunque incómoda, la Feria en Los Patos tenía su encanto, y sus peligros. En El Arenal nos adaptamos al más de lo mismo, con todas sus comodidades y demás ventajas, pero yo nunca la disfruté tanto como la anterior. Porque mayo, nuestro mayo, tiene mucho de adaptaciones y de peligros, y también de recuerdos, que ojalá pronto escapen de la memoria para volver a ser una realidad.

LA NOCHE DE TODOS LOS SUEÑOS

Final del verano y comienzo del curso

Cada noche duermo peor, o cada vez son más las noches que duermo mal, parecen frases gemelas, pero esconden sus diferencias. Como los gemelos, o los mellizos, que siempre dudo en el término. Esas pecas, esa nariz más gruesa, esas orejas de soplillo. Siempre hay una diferencia, leve o gruesa, pero diferencia. Lo del dormir mal, poco también lo englobo en el mal, debe ser una cosa de los años, de cumplirlos, y tal vez por eso no lo llevamos tan mal -perdón por tanto mal-. Perdemos la tersura, la elasticidad y el sueño, qué cosas, con el paso de los años. Menos mal que no perdemos las ganas (en ganas cabe todo, o casi). Cada nueva vela que añadimos a la tarta, unos minutos menos de sueño. Y aunque en el global te acostumbras, en la noche, cuando sucede, lo entiendes como algo nuevo. Mirar la pantalla del móvil y descubrir que son las cuatro y veinte de la madrugada. Esa es una de mis horas fetiches, que he padecido en mis noches de los últimos meses. Ha sido tan frecuente, tan reiterado, que cuando el reloj ha sobrepasado el umbral de las seis lo he sentido y celebrado como un auténtico éxito, como una anomalía. Es como un insomnio invertido, porque caigo redondo en la cama, desfallecido, apenas unos minutos tardo en dormirme. Y en soñar. Porque en los últimos meses, tal vez coincida con el inicio de esta mierda de pandemierda, he vuelto a soñar. Pero a soñar como lo hacía en la infancia: larguísimos sueños, repletos de aventuras, surrealismo burbujeante, abstracción de colores exagerados y situaciones imposibles, que puedo recordar perfectamente cuando despierto. Puedo contarlos cada mañana, como el que cuenta la última farra, viaje o conquista.

Debería dedicar todas las mañanas unos minutos a anotar en una libreta el sueño de la última noche. Un diario de sueños. No de ilusiones, o esperanzas. No, de sueños, sueños verdaderos. Los que llegan cuando cierras los ojos y tu mente es un caballo sin montura ni jinete en una interminable pradera. Tal vez los sueños representen el punto más cercano en el que nos llegamos a encontrar de la verdadera libertad. Cuando era niño, si despertaba tras haber transcurrido la noche en un sueño placentero, volvía a cerrar los ojos y deliberadamente proseguía con el sueño. Como si se tratara de una película, filmaba en mi interior la segunda parte, la secuela, y durante unos minutos creía que el sueño había regresado. Muchas veces fueron como un western actual, pero sin sangre, sin muertos, sin tragedia, aventuras para todos los públicos, que llegaban a conseguir que me despertara cansado, como si en realidad hubiera saltado y corrido como lo había hecho antes, en mis sueños. Todos tenemos sueños que no podemos contar, que no nos gustan. Esa sensación angustiosa de despertar y durante unos minutos dudar de lo que es real y no. Y te preguntas si fuiste capaz de tal y cual cosa, o si realmente te pasó eso que soñaste. Y buscamos significados a esos malos sueños como el que se busca un bulto en el cuerpo, necesitado de explicarse.

En ocasiones he utilizado los sueños como material narrativo. Sí, hay capítulos, escenas, que las he soñado previamente. Puede que eso sea jugar con ventaja. Y normalmente mis personajes son soñadores, y normalmente cuento lo que sueñan. Igual que como vestimos, lo que comemos o lo que consumimos culturalmente, lo que soñamos también nos define. Por eso tal vez los sueños deben entenderse como autoficción, aunque yo prefiero que no, que se nos está yendo de las manos, y a este paso hablaremos de metaautoficción en poco tiempo. Y no todas las vidas son interesantes de contar, compartir. Y no son tan especiales como nosotros creemos, aunque nuestra soberbia o ego nos digan lo contrario. Los sueños sí son otra cosa, están hechos de otro material, no sé si más resistente, volátil o inexplicable. Da igual, siguen siendo la magia que aparece cuando cierras los ojos y tu mente te ofrece todo eso que la realidad te niega. La noche de todos los sueños posibles, como presagio o terapia, como un camino sin árcenes, que conducen a esa cima que nunca llegamos a conquistar.

DONDE DEBO ESTAR

Si todos los futbolistas fueran el mismo futbolista, aunque fueran como Messi, o como el mejor Guti, sería insoportable, insufrible, ver un partido. Su perfección nos aburriría a los pocos minutos. Y lo mismo nos sucedería con el baloncesto, diez Lebron James sobre la pista. Prórroga tras prórroga hasta la eternidad del cansancio. Ponga el ejemplo deportivo que le apetezca. Se puede ser homosexual de muchas maneras, con y sin pluma, y lesbiana, y heterosexual, y trans, y lo que te dé la gana. No hay un molde o patrón que defina nuestra sexualidad y género. No somos como el chocolate, no llevamos en la frente escrito el índice de pureza de lo que somos. Como tampoco a todos los gallegos les gusta el orujo y la empanada, ni todos los vascos se pasan el día levantando piedras y cortando troncos ni todos los norteamericanos tienen un rifle tras la puerta ni todos los ingleses toman un té a las cinco. No. Teniendo claro que no somos una masa uniforme, que no hay un concepto que nos aglutine a todos, como tampoco hay un concepto que nos defina de una manera exacta, cada día estoy más convencido de que se puede ser y se es andaluz de muchísimas maneras, y que todas ellas son tan válidas como la suya y como la mía. Tan precisas e imprecisas, tan exactas e inexactas al mismo tiempo. Porque el ser andaluz no se consigue mediante oposición, realizando un cursillo o gracias al certificado firmado por la administración competente. Es mucho más sencillo que todo eso, se es andaluz porque se quiere. Y hay muchos que deciden serlo porque les apetece, porque vinieron a esta tierra, se enamoraron de ella y se consideran andaluces, y yo los reconozco como tal. Porque ser andaluz no es un carné, ni una partida de nacimiento ni una postura, como tampoco lo es una impostura.

Yo creo que por eso mismo, me han gustado tanto el artículo de mi querido amigo Daniel Ruiz, titulado Hombres de luz, y el spot de los supermercados El Jamón, porque inciden en esa diferencia que nos une. Illo, quillo, picha, nene, pego, malaje, esaborío, miarma, malafollá, ancá, noniná, perol, fartusco, y no sé cuántas palabras y expresiones más que utilizamos de Ayamonte a Pulpí, y que aderezamos con todo tipo de acentos, seseos, ceceos, aos, eos y demás peculiaridades lingüisticas, porque hasta en eso, o también en eso, somos diferentes, y yo me alegro de que así lo sea. Porque la diferencia, lejos de separarnos, nos enriquece. Porque esa diversidad de palabras, de expresiones, de acentos, de sonidos, hacen que el andaluz sea una lengua, dialecto o modalidad oral, o como se quiera decir, más rica, más amplia, más sabia. Y porque el que acepta la diversidad tiene muchas más opciones de vivir una vida más plena, porque no le pone trabas a casi todo, porque es curioso, porque le gusta probar, indagar y descubrir aquello que no conoce. Sólo el enano mental y el miope le tienen miedo a la diversidad, que siempre debe ser entendida como lo que es, una suma, y nunca una resta. Afortunadamente, en Andalucía se nos da mejor sumar que restar.

Que nadie me venga a decir cómo he de ser andaluz, o si tengo todas las cualidades que se requieren o si todavía me falta medio kilo. Porque soy andaluz a mi manera, que entiendo es la manera de todos, con mis querencias y con mis contradicciones, con mis aliños propios, con mis fobias, mis filias y mis manías, con mis cosas, que para eso son mías. Y lo mismo me emociono escuchando a una banda de Boston que a Rocío Márquez, y me divierten Califato 3/4 y muevo los pies al ritmo de Los Voluble, y que no falte Prince, y se me salta una lagrimilla con ese vozarrón inigualable de la Jurado, interpretando ese himno nuestro que sólo pueden cantar, como se merece, tres o cuatro, y puede que sea demasiado generoso. Y no brindo con manzanilla o fino, prefiero el tinto, y hasta en eso soy andaluz, que la denominación de origen la llevo en las tripas, en las entrañas. En las emociones, que se despiertan cada mañana cuando me asomo a la ventana y miro, y huelo, y escucho, y me digo: estoy donde debo estar.

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis

LA LUZ DE LOS POETAS

Con la muerte de Joan Margarit me he dado cuenta de varias cosas. Una: algunos premios, como le sucede al Cervantes, llegan tarde. Los premios literarios, como las fiestas de la primavera, como las subidas de sueldo, como los ascensos y como los helados, como los revolcones en los portales, hay que concederlos, y por tanto disfrutarlos, en su momento. En muchos casos se convierten en la herencia para los hijos, en disfrute de los nietos, en consuelo de viudos y viudas, porque el que realmente debería aprovecharlo, y hablo del prestigio o del reporte material, apenas cuenta con tiempo o ya no tiene cuerpo para hacerlo. Dos: la muerte de un poeta tiene mucho de fomento de la lectura. Las redes sociales se llenan con sus poemas, recuperamos entrevistas y fotografías y hasta buscamos algunos versos -que en muchos casos nunca habíamos leído- para compartirlos en nuestros muros y perfiles. Aunque dura poco esta eclosión, es una bonita despedida la que les brindamos a los poetas en su fallecimiento, repleta de belleza, admiración y emoción, que no es poco. Y tres: la muerte de un poeta, y da igual su tamaño, dimensión o trayectoria, sigue siendo un asunto menor en la contabilidad de este tiempo, si lo comparamos con el último episodio de La isla de las tentaciones, una nueva pelea por/en Cantora o un gol de quien sea, que sí son asuntos mayores, de gran importancia y consideración. De los poetas, y da igual su significación y los premios recibidos, al final de sus días raramente conservamos en nuestra memoria alguno de sus poemas. Unos versos, una metáfora. El ruido de ciudad en los cristales acabará por ser tu única música, y las cartas de amor que habrás guardado serán tu última literatura.

Unas horas antes de que comunicaran el fallecimiento de Joan Margarit, por la mañana, una mañana de mucho trabajo, de jaleos varios y muy diferentes, sin saber por qué regresó a mi memoria la imagen de un contestador automático, color vainilla, que instalé en mi casa a principios de los 90, cuando vivía solo. Tiempo sin móviles, que sólo estaban al alcance de unos cuantos acaudalados, y en una versión atroz y gigantesca, en aquellas maletas que pesaban como si fueran de plomo. En aquel tiempo, pasé muchas horas de soledad, y no la recupero con tristeza. Estaba en ese momento de la vida en el que sólo contemplas encrucijadas, y la dirección a escoger es la Primitiva con la que te levantas cada día. Comenzaba a escribir, sin ninguna intención, tampoco aspiración, como consuelo, como terapia, todo eso lo sé ahora, pasados los años. Hubo muchos días planos, solamente alterados por una carta en el buzón -aún escribíamos en papel en aquel tiempo-, o tras descubrir, al final del pasillo, sobre la repisa de madera, la lucecita parpadeando del contestador automático. El día que murió Joan Margarit yo me acordé de ese contestador color vainilla, de su lucecita roja, y de un mensaje que me llegó y que jamás nunca he sabido quien lo grabó. Hola, Salva, te he leído y me gustaría hablar contigo. Y hasta hoy. No recuerdo muchos poemas, a pesar de los miles leídos, y sin embargo esa frase permanece en mi memoria. Como un verso libre, como un enigma que tal vez nunca descifraré.

La muerte de los poetas también dejan muchos enigmas por resolver, esos poemas que pretendemos que hubieran escrito, cuando los poemas son almas libres que no se pueden programar. A menudo pienso en los poemas de mis amigos, en los que habrían escrito Eduardo García y Nacho Montoto. La pasada semana fue el cumple de Pepe, el hijo que Nacho nunca llegó a conocer, y su imagen soplando una vela con el número 4 es un poema de vida y esperanza, una señal en el camino que te marca la dirección, hacia adelante. Cuatro, los poetas dejan una señal, que brilla en la contabilidad de este tiempo tan chabacano. Me retracto. Los poetas, como todos nosotros, se mueren, antes o después, a veces demasiado pronto, pero siempre dejan un rastro, una luz en nuestra oscuridad. Una luz muy diferente a esa que parpadeaba, al final del pasillo, en ese contestador color vainilla por el que no siento nostalgia alguna.

22 F, DÍA DE LA IGUALDAD SALARIAL

Desde hace unos años, pocos, se ha establecido la fecha del 22 de febrero como el Día Internacional por la  Igualdad Salarial entre Hombres y Mujeres. Así, a estas alturas, hay quien pueda llegar a pensar que se trata de una campaña más de feministas aburridas y trasnochadas, y no, ni mucho menos. En primer lugar, porque el movimiento feminista es más necesario ahora que nunca; y en segundo, porque la desigualdad salarial es una realidad que escapa de las normas, de las leyes y hasta de la lógica. Unos datos muy simples y concretos para ilustrar la cuestión. El Tratado de Roma, embrión de lo que hoy conocemos como Unión Europea, incorporó la igualdad de salario entre todos los trabajadores sin tener en cuenta su sexo, como uno de sus principios fundacionales. Sesenta años después, que ya son años, la realidad es la siguiente: las europeas ganan un 15% menos que los europeos por realizar un mismo trabajo. En España, esta cifra alcanza el 22%l. Algunos datos más a considerar: de cada 100 personas que tienen un contrato a tiempo parcial, 76 son mujeres, porque 80 de cada cien mujeres se ocupan al mismo tiempo de su “empleo” que de “trabajar” en casa, en lo que denominamos dulcemente “tareas del hogar”, y que en la mayoría de las ocasiones es un “trabajo” más que duro –y que convierte a las mujeres en trabajadoras de “guardia” durante las 24 horas del día-. Y esta reducción salarial por un mismo empleo, esta reducción de la jornada laboral, este trabajo permanente en la casa, es una cruda y casi esclavista realidad en el presente, pero que se amplifica y aumenta en el futuro, cuando las mujeres se enfrentan a jubilaciones infinitamente inferiores que las de los hombres ya que, legalmente, han cotizado mucho menos que ellos, aunque en la mayoría de los casos hayan trabajado mucho más.El Día por la Igualdad Salarial se fijó en el 22 de febrero por un cálculo tan simple como horripilante: una mujer europea tiene que trabajar 418 días para cobrar lo mismo que un hombre en 365. Como antes comentaba, legalmente no podría ser posible, y de hecho en determinados sectores no sucede, pero se emplean determinadas artimañas de falsas categorías profesionales, inferiores a las reales, que propician la reducción salarial. Ojalá el 22 F llegue a ser un día -no muy lejano en el tiempo- a dotar con otro significado, muy diferente al actual.